El último adiós

Mary Higgins Clark · Capítulo 32 de 87

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El último adiós

Capítulo 32

«Una vez vi a Bonnie Wilson en aquel programa de televisión tan extraño el año pasado -pensó Nell-. Ese en el que invitan a la gente a llamar para poner a prueba los poderes psíquicos de los expertos. A menos que fuera un amaño sin contemplaciones, era sorprendente el modo en que se relacionaba con algunas personas del público.» Nell recordaba, particularmente, la vívida imagen que Bonnie evocó cuando una mujer le preguntó acerca de su marido fallecido en un accidente de coche.

«-Usted le estaba esperando en el restaurante donde, años atrás, se prometieron -había dicho-. Era su quinto aniversario de bodas. Él quiere que sepa que la quiere y que está feliz, a pesar del amargo dolor que siente por todos los años que todavía esperaba poder pasar con usted.»

«Por Dios santo -pensó Nell-. ¿Es posible que Adam esté tratando realmente de comunicarse conmigo? Sé que Mac odia que hable de ello, pero yo sí creo que los muertos tienen una presencia importante en nuestras vidas. En definitiva, afirmo con total seguridad que mamá y papá vinieron a decirme adiós cuando murieron; y sé que estaban conmigo, orientándome hacia la salvación, cuando estuve a punto de ahogarme en Hawai. ¿Por qué iba a ser tan improbable que Adam tratara de contactar conmigo ahora? Y

¿por qué se dirigió primero a otra persona en lugar de venir directamente a mí tal y como hicieron mamá, papá y Grammy?»

Nell miró el teléfono. Todo su ser se debatía por resistir los deseos de llamar a Gert y confesarle lo confundida que se sentía.

32

Cuando regresó a casa después de su paseo diario por Central Park, un sentimiento de inquietud había sustituido la euforia previa de Dan Minor.

Admitió que estaba buscando una aguja en un pajar al pretender localizar a su madre -Quinny, como Lilly Brown la había llamado- sentada en un banco del parque o esperar a que Lilly le llamara un día para decirle: «Está aquí, en el asilo.»

No obstante, una buena ducha le ayudó a reanimarse. Se puso unas bermudas, una camisa informal y unas zapatillas y se dirigió a la nevera del mueble-bar. No estaba seguro de si cenaría, pero tenía ya preparada una copa de Chardonnay y algo de queso y galletitas saladas.

Se acomodó en el sofá de la espaciosa sala de estar de altos techos y decidió que, después de tres meses y medio, la estancia empezaba a tomar

forma. «¿Por qué me siento mucho más en casa en este apartamento de Manhattan de lo que jamás me sentí en la catedral Parkway de Washington?», se preguntó conociendo de antemano la respuesta.

«Son los genes de Quinny», dedujo. Aunque sus abuelos se habían trasladado con ella a Maryland cuando tenía doce años, su madre había nacido allí y, según Lilly Brown, Nueva York era «su sitio favorito en todo el mundo».

«¿Hasta qué punto la recuerdo y en qué medida lo que sé de ella procede de las cosas que me han contado?», se preguntaba Dan.

Sabía que su padre se había enamorado de otra mujer cuando él tenía sólo tres años, de modo que no guardaba ningún recuerdo de la vida en común de sus padres. «La única cosa cierta que puedo decir de papá -pensó Dan-, es que jamás luchó por mi custodia después de que mamá desapareciera.»

Sabía que sus abuelos le despreciaban, pero fueron lo bastante discretos para no demostrárselo en sus años de matrimonio.

–Desgraciadamente, hay un montón de matrimonios que se rompen, Dan -le habían dicho-. Y el que no desea terminar con la relación acaba algo maltrecho. Después de un tiempo, la gente suele superarlo; tu madre también lo habría superado, pero lo que no pudo superar es lo que te sucedió a ti.»

«¿Por qué sigo pensando que después de todos estos años mi madre y yo podríamos restablecer una relación?… Pero seguro que podríamos. Sé que podríamos.» El detective privado encargado de su busca después de haberla visto en aquel documental televisivo había logrado recabar alguna información.

«-Trabajaba como asistente para ancianos -les informó-. Y parece que era una buena profesional. Pero cuando la depresión se apoderaba de ella empezaba a beber de nuevo y volvía a las calles.»

El investigador conversó con un asistente social que le informó de haber mantenido una larga charla con Quinny. En ese momento, mientras sorbía su copa de vino, Dan recordó una cosa en especial que ese asistente había dicho: «Le pregunté a Quinny qué es lo que más le gustaría recibir de la vida. Tras sostener mi mirada largo rato, susurró: "Redención."»

La palabra retumbó en su cabeza.

El teléfono sonó. Dan se dirigió al aparato y comprobó el identificador de llamadas. Arqueó las cejas al ver que la llamada era de Penny Maynard, la diseñadora de modas que vivía en el cuarto piso de su mismo edificio.

Algunas veces habían cruzado alguna palabra en el ascensor. Tenía más o menos su edad y un atractivo peculiar. Incluso una vez estuvo tentado de pedirle una cita; pero, finalmente, decidió que no deseaba mantener una amistad demasiado próxima con alguien a quien iba a ver regularmente en el ascensor.

Dejó que el contestador registrara el mensaje. La máquina se accionó.

–Dan -dijo Penny con firmeza-. Sé que estás en casa. Un par de vecinos han pasado por aquí y acabamos de decidir que ya era hora de que conociéramos todos a nuestro pediatra. Así que baja y reúnete cota nosotros. No tendrás que quedarte más de veinte minutos si no quieres, a menos, claro, que decidas unirte a una de mis cenas comunitarias a base de pasta.

Dan oía murmullos de fondo. Repentinamente alborozado ante la perspectiva de pasar un rato con otra gente, cogió el teléfono.

–Estaré encantado en asistir-dijo.

Algo más relajado y animado al ver que los presentes en la reunión parecían gente agradable, se quedó a cenar y regresó a su loft a tiempo para ver las noticias de las diez. Hubo una breve sección dedicada a la misa en memoria de Adam Cauliff, el arquitecto muerto en accidente de navegación en el puerto de Nueva York.

Rosanna Scotto, de la Fox News estaba informando: «La explosión que mató a Cauliff y a otras tres personas sigue bajo investigación. El ex congresista Cornelius MacDermott está ahora acompañando a la viuda de Adam Cauliff, su nieta, fuera de la iglesia. Se intensifican los rumores acerca de la posibilidad de que Nell MacDermott se presente al antiguo escaño que su abuelo ocupó durante casi cincuenta años, ya que Bob Gorman, el congresista que lo ocupaba hasta ahora se retira de la vida pública.»

Los ojos de Dan se abrieron por completo al ver un primer plano de Nell en la pantalla. Le parecía familiar. «Espera un segundo -pensó-. La conocí hace cuatro o cinco años en una recepción en la Casa Blanca. Estaba con su abuelo y yo acompañaba a la hija del diputado Dade.»