El último adiós

Mary Higgins Clark · Capítulo 86 de 87

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El último adiós

Martes, 7 de Noviembre

Dan dejó a Nell en brazos del bombero. Entonces, él y Sclafani saltaron por encima de la barandilla, saliendo del radio de impacto de los seis pisos de escaleras que se derrumbaban, en ese momento, sobre la calle y que sepultaban, bajo sus escombros los cuerpos de Adam Cauliff y Bonnie Wilson.

MARTES, 7 DE NOVIEMBRE

JORNADA ELECTORAL

90

Se elegía a un nuevo presidente destinado a conducir el futuro de Estados Unidos durante los próximos cuatro años. Un nuevo senador iba a hablar por el estado de Nueva York en el club más exclusivo del país. Y, al final del día, la ciudad de Nueva York conocería si el distrito encabezado durante casi cincuenta años por Cornelius MacDermott había elegido a su nieta, Nell MacDermott, como su nueva representante.

En parte por nostalgia, pero también como concesión supersticiosa, Nell había emplazado el cuartel general de la campaña en el hotel Roosevelt, escenario de todas las victorias de su abuelo. A medida que iban cerrándose las urnas, y empezaban a filtrarse los primeros resultados, permanecían sentados en la suite de la décima planta del hotel. Estaban concentrados en los tres monitores de televisión que ocupaban todo un flanco de la estancia; una para cada una de las tres mayores cadenas.

Gert MacDermott les acompañaba, junto con Liz Hanley y Lisa Ryan.

Sólo faltaba Dan Minor, que ya venía del hospital. Los asistentes de campaña daban vueltas, entrando y saliendo de la habitación, picando y sorbiendo nerviosamente algo de comida y bebida que yacían dispuestas por todos lados. Algunos eran optimistas, otros se mostraban temerosos y cautos por haber vivido una campaña particularmente dura.

Nell se dirigió hacia su abuelo.

–Se gana o se pierde, Mac. Estoy contenta de que me presionaras a presentarme.

–¿Y por qué no ibas a hacerlo? – respondió, gruñón-. La comisión del partido estaba de acuerdo conmigo; los pecados del esposo no deben manchar a la esposa. Aunque, en caso de juicio, te hubieras visto inevitablemente arrastrada y el circo montado por los medios alrededor de

todo ello habría convertido tu campaña en un infierno. Con Adam y el resto ya muertos, todo el asunto se convirtió enseguida en agua pasada.

«Agua pasada, pensó Nell. Agua pasada que Adam la hubiera traicionado. Que se hubiera asegurado deliberadamente y a sangre fría de que cualquiera que pudiera incriminarle, incluidos Jimmy Ryan y Winifred Johnson, murieran en la explosión. Era agua pasada el hecho de que se hubiera casado con un monstruo y compartir su vida con él durante tres años. «¿Sentía yo que en el fondo de nuestra relación había algo terrible?

Pues debí suponerlo.»

El investigador de Bismarck había encontrado más información inquietante acerca de Adam. Se sirvió del seudónimo Harry Reynolds en uno de sus tratos dudosos en Dakota del Norte, y debía de habérselo contado a Winifred.

Nell miró en derredor. Lisa Ryan captó su mirada y levantó los pulgares para animarla. A principios del verano, Lisa había contactado con Nell, ofreciéndose para ayudarla en su campaña. Nell aceptó encantada y estaba feliz con los resultados obtenidos. El trabajo de Lisa fue incansable, pasando las noches en la oficina electoral, hablando con los votantes por teléfono o bien mandando pasquines electorales por correo.

Sus hijos habían pasado el verano en la costa con sus vecinos, Brenda Curren y su marido. Le parecía que lo mejor para ellos era que se alejaran del vecindario hasta que se enfriaran los efectos de la muerte de su padre.

No había ido tan mal. El nombre de Jimmy Ryan formaba parte de los archivos de la policía, pero no sin llamar mucho la atención de la prensa.

«Los niños saben que su padre cometió un terrible error -le explicó cándidamente Lisa a Nell cuando se encontraron por primera vez tras los acontecimientos-. Pero también saben que acabaron con su vida porque estaba dispuesto a enfrentarse a ese error. Quería expiar su culpa. Sus últimas palabras fueron "Lo siento", y ahora sé lo que quería decir. Merece todo mi perdón.

Si Nell salía elegida, Lisa trabajaría junto a ella en su despacho de Nueva York. «Espero que suceda», pensó Nell mientras volvía a concentrarse en los monitores situados ante ella.

Sonó el teléfono. Lisa respondió y se dirigió hacia Nell.

–Era Ada Kaplan. Está rezando por que ganes. Dice que eres una santa.