El último adiós
Capítulo 50
contento de que no fuera así. – Frunció entrecejo-. No tengo ganas de hablar de ello.
Megan vio la expresión de temor que le embargaba. Sabía que estaba pensando en la serpiente, pero desconocía aún la conexión.
–Ben, hay veces en que hablar sobre cosas molestas es de gran ayuda.
Contemplar la explosión de un barco resulta terrible.
–Pude ver la gente -susurró.
–Ben, ¿sabías que si eres capaz de dibujar lo que viste, estoy, segura de que podré ayudar a quitártelo de la cabeza? ¿Te guste dibujar?
–Me encanta.
Megan guardaba en su consulta papel de dibujo, rotuladores y lápices de colores. Unos minutos después, Ben estaba inclinado sobre la mesa, profundamente concentrado.
Observándole, Megan advirtió que el niño debía de haber visto la explosión con mucho mayor detalle del que su padre sospechaba.
El cielo del dibujo se llenó de restos vivamente coloreado en llamas.
Otros objetos semejaban pedazos de mobiliario y vajilla resquebrajados.
El rostro de Ben pareció agarrotarse, tenso, en el momento de dibujar lo que sin duda era una mano.
Entonces, dejó el lápiz.
–No quiero dibujar la serpiente.
50
A la hora concertada, Nell estaba sentada a una mesa de la esquina, bebiéndose una copa de vino y mordisqueando un palillo de pan, cuando su abuelo y Liz llegaron a Neary's, en la calle 57 Este.
Al advertir la expresión de sorpresa de su abuelo, dijo airosa:
–Pensé en seguirte el juego, Mac. Nos citamos a las siete y media y yo llego a las siete y cuarto, para luego quejarme de tu tardanza y quedarnos después en paz.
–Lástima que sea lo único que hayas aprendido de mí -espetó Mac al deslizarse junto a su nieta.
Nell le besó en la mejilla. Cuando Liz la citó por la tarde, le había explicado el estado de ánimo en que se encontraba su abuelo.
–Nell, no tengo que contarte el modo de actuar de Mac. El hombre pide cancha cuando la necesita. Está sufriendo porque sabe lo que significa para
ti la muerte de Adam. No soporta verte herida. Mataría por ti y habría cambiado su sitio por el de Adam en el barco con tal de ahorrarte el sufrimiento-le había explicado Liz.
Al escucharla, Nell se había avergonzado de sí misma. Sí, tenían sus diferencias, pero Mac era como su baluarte, siempre allí, listo para ayudarla cuando le necesitaba. No tenía sentido seguir enojada con él.
–Hola, abuelo -dijo en ese momento. Sus dedos se entrelazaron.
–¿Sigues siendo mi chica preferida?
Liz se había sentado ante ellos, al otro lado de la mesa.
–¿Debo dejaros solos mientras os acarameláis?
–No. El especial de esta noche es ternera trinchada, tu favorito, y el mío también. – Nell sonrió a Liz y le hizo un ademán, señalando a su abuelo-.
Aunque, naturalmente, sólo Dios sabe lo que la «Leyenda» aquí presente pedirá para cenar.
–En ese caso, me quedo. Pero ¿os parece que podríamos hablar del tiempo o de los Yankees hasta que nos sirvan la cena?
–Lo intentaremos -respondieron al unísono Cornelius y Cornelia MacDermott; luego sonrieron.
Pero inevitablemente el cóctel de gambas fue el punto de salida para discutir sobre las elecciones.
–Nunca es tarde hasta que lo es, Nell -dijo Mac-. En año de elecciones, tanto el Estado como la ciudad de Nueva York resultan siempre impredecibles. Ése es el motivo por el que cada uno de los distritos al Congreso es tan importante. Incluso gente fuertemente implicada con un candidato puede dejarlo en la estacada por algún otro que de pronto les seduzca. Y tú eres una candidata que puede provocar esa reacción.
–¿Lo crees de verdad?
–Lo sé -replicó Mac-. No he estado haciendo esto toda mi vida para acabar no aprendiendo nada. Hagamos que tu nombre salte a escena y a ver qué pasa.
–Ya sabes que seguramente lo haré, Mac. Déjame sólo un par de días más para recomponerme.
Solventado el tema de la candidatura, próximo.
–¿Fuiste a ver a la médium?
–Sí, lo hice.
–¿Pudiste hablar con Jesucristo y la Virgen María?
–Mac -le advirtió Liz.
«No lo puede evitar», admitió Nell y escogió cuidadosamente sus palabras.
–Sí, Mac. Fui allí. Ella me dijo que Adam lamentaba haberse opuesto a mi decisión de hacer algo que yo quería. Estoy segura de que con ello se refería a mi decisión de meterme en política. Dijo que Adam quiere que siga con mi propia vida y ruegue por él. Además, me expresó su deseo de que donara toda su ropa para que otra gente disfrute de su ayuda.
–Si eso es lo que escuchaste, se trata de un buen consejo.
–Diría que no hay mucha diferencia entre lo que monseñor Duncan me hubiera dicho -dijo-. La única diferencia -añadió deliberadamente- es que Bonnie Wilson lo oyó directamente de Adam.
Nell percibió que tanto Liz como su abuelo la estaban mirando fijamente.
–Sé que suena increíble, pero cuando estuve allí, con ella, me lo creí todo, absolutamente.
–¿Lo crees ahora?
–Creo en el consejo. Pero Mac, hubo algo más. El nombre de Peter Lang apareció. Sigo sin saber qué pensar, pero sí que puedo creer en Bonnie Wilson. Adam, desde el otro mundo, me está poniendo en guardia contra él.
–¡Nell, por amor de Dios! Te estás tomando todo esto muy a pecho.
–Lo sé. Pero Adam y Peter Lang trabajaban juntos en el desarrollo de aquel proyecto en la calle Veintiocho. Adam diseñaba el edificio que iban a erigir. Peter me llamó a última hora de la tarde, diciendo que tenía un asunto importante que discutir conmigo. Nos veremos mañana por la mañana.
–Mira -dijo Mac-, Lang no ha llegado a donde está sin zurrar a unos cuantos, de modo que seguramente no sea trigo limpio. Haré que alguien husmee en sus asuntos. – Se detuvo, dudando si plantear otro problema durante la cena, pero se animó-. Aunque él no es la única preocupación que tenemos. Nell, ¿has oído algo sobre el derrumbe de la fachada del edificio en la avenida Lexington?
–Sí, lo vi en las noticias de las seis.
–Pues ése es otro problema. Justo antes de dejar la oficina, recibí una llamada de Bob Walters. Sam Krause era el constructor del edificio, pero Adam era el arquitecto responsable de la obra de restauración para Walters