El último adiós
Viernes, 23 de Junio
Dan colgó, se sacó la cartera, la lanzó sobre la mesilla de café y se sentó en el sofá. De la cartera sacó la foto que había guardado desde que tenía seis años y la sujetó.
Los minutos y las horas fueron pasando mientras él seguía sentado, inmovilizado, extrayendo todos los recuerdos que de ella pudiera recuperar, por vagos que éstos fueran.
«Oh, Quinny, ¿por qué tuviste que morir de ese modo?», se preguntó.
«Y, ¿por qué, madre, te culpaste de lo que me sucedió? No, fue culpa tuya. Yo fui el estúpido crío que lo provocó. Pero, al final, todo salió bien, me las arreglé mejor que bien. Quería que, al menos, supieras eso.»
Sonó el timbre. Lo ignoró. Volvió a sonar, esta vez de manera insistente.
«¡Mierda! Dejadme en paz. No quiero tomar una copa con los vecinos.»
Reticente, se levantó, atravesó la estancia y abrió la puerta. Nell MacDermott estaba en pie ante él.
–Mac me lo ha contado -dijo-. No sabes cuánto lo siento. Sin pronunciar palabra, se puso a un lado y la dejó entrar. Cerró la puerta, la abrazó y empezó a llorar.
VIERNES, 23 DE JUNIO
74
El viernes por la mañana, un mensajero fue enviado a recoger las cintas de los noticieros nocturnos del 9 de septiembre, emitidos por las seis grandes cadenas de Nueva York. Una vez reunidas, debían ser entregadas en el despacho del fiscal del distrito.
Los inspectores Sclafani y Brennan estaban esperando al mensajero y, tras llegar éste, se llevaron las cintas a la sala de aparatos en el noveno piso.
Abriéndose camino en el laberinto de material y cables, seleccionaron un vídeo y un monitor de un rincón de la estancia. Brennan acercó unas sillas, mientras Sclafani introducía la cinta de la CBS en el aparato.
–Empieza el espectáculo -le dijo a su compañero-. Ya puedes sacar las palomitas.
La noticia principal trataba del incendio que asoló la mansión Vandermeer, en la calle Veintiocho esquina con la Séptima Avenida.
Dana Adams era la reportera de la CBS en la escena del suceso, emitiendo en directo: «La mansión Vandermeer, erigida sobre una de las primeras granjas holandesas de la ciudad y monumento histórico que había
permanecido vacía durante los últimos ocho años, quedó sepultada bajo las llamas esta noche. El fuego, denunciado al parque de bomberos local a las siete y treinta y cuatro minutos, se extendió rápidamente por el edificio y enseguida todo el tejado fue pasto de las llamas. Tras conocerse que algunas personas sin techo solían guarecerse en las instalaciones, los bomberos arriesgaron sus vidas para desentrañar la estructura del edificio.
Desgraciadamente, en el baño del piso superior descubrieron el cuerpo de una vagabunda que, aparentemente, había muerto por asfixia. Se cree que fue ella quien provocó el fuego que asoló la mansión. Las autoridades afirman que han procedido a una identificación aproximada de la víctima, pero que no darán a conocer su nombre hasta que puedan confirmarlo y, si es posible, con la ayuda de un pariente cercano que pueda ser localizado e informado.»
Ahí terminaba la sección informativa y empezaban los anuncios.
–¡La mansión Vandermeer! – exclamó Sclafani-. Es propiedad de Lang,
¿no?
–Sí, y Cauliff poseía la propiedad anexa.
–Lo que significa que ambos eran susceptibles de ganar una buena pasta a causa de ese fuego.
–Exacto.
–Bien, veamos el resto de cintas, por si hallamos algún otro indicio que pudiera vincularse a la recompensa que obtuvo Jimmy Ryan.
Casi tres horas después, no habían encontrado nada más en ninguna de las emisoras que tuviera relación, aun remota, con Jimmy Ryan. La destrucción de la vieja mansión había sido exhaustivamente cubierta por todas ellas.
Devolvieron las cintas al equipo técnico para que hicieran copias de seguridad.
–Y graba los segmentos de Vandermeer todos juntos -le dijo Sclafani al técnico.
Regresaron a la oficina de Sclafani para poner en común lo que acababan de descubrir.
–¿Qué tenemos? – comenzó Brennan.
–Coincidencias, que ambos sabemos que es una palabrota, y la opinión de una niña de diez años de que su papá se sintió mal mirando las noticias.