El verano que lo derritió todo

Tiffany McDaniel · Capítulo 1 de 27

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El verano que lo derritió todo

Capítulo 1

Del primer hombre la desobediencia,

y del fruto del amor prohibido,

cuyo mortal sabor la muerte trajo al mundo.1

JOHN MILTON, El paraíso perdido, I, 1-3

El calor llegó con el diablo. Era el verano de 1984, y mientras que el diablo había sido invitado, el calor no. En realidad, era de esperar que llegase. Al fin y al cabo, el calor es el nombre del diablo, ¿y cuándo fue la última vez que saliste de casa sin el tuyo?

Era un calor que no solo derritió las cosas tangibles como el hielo, el chocolate o los helados. También derritió todas las cosas intangibles. El miedo, la fe, la ira y esas guías tan fiables del sentido común. Pero además derritió vidas y dejó a su paso un futuro que enterrar con la tierra de la pala del enterrador.

Yo tenía trece años cuando todo pasó. Una edad en la que me vi sobrepasado y transformado por la vida como no me había ocurrido antes.

Hace mucho que no tengo trece años. Si fuese de los que todavía celebran los cumpleaños, ahora tendría ochenta y cuatro llamas parpadeando sobre la tarta, sobre esta vida y su terrible genio, su inevitable tragedia, su verano de dientes que se abrieron y devoraron el pequeño universo que llamábamos Breathed, Ohio.

He de decir que 1984 fue un año que supo hacer historia. Apple lanzó su ordenador Macintosh para las masas, dos astronautas se pasearon por las estrellas como dioses, y el cantante Marvin Gaye, que cantaba lo maravilloso que es ser amado, murió a manos de su padre de un disparo en el corazón.

En mayo de ese año, un grupo de investigadores publicó el resultado de su investigación en una revista científica, que revelaba que habían aislado e identificado un retrovirus que pasaría a llamarse VIH. En su artículo concluían que el VIH era el responsable del síndrome de inmunodeficiencia adquirida. El sida de las pesadillas.

Sí, 1984 fue un año de noticias. Fue el año en el que Michael Jackson se quemó rodando un anuncio de Pepsi y en el que el Niño Burbuja de Houston, Texas, salió de su cárcel de plástico, recibió la primera caricia de su madre y murió instantes más tarde con solo doce años.

En general, los ochenta resultarían unos años muy ajetreados para el diablo. En aquella época no había forma de escapar de los cuernos. La histeria desatada en torno a las sectas satánicas estaba en su apogeo, y tardó en decaer. El miedo adoptó forma de cuadrado durante esa década para poder adaptarse a nuestros hogares y nuestras vidas ordenadas y cuadriculadas.

Si un brik de leche se volcaba, el diablo estaba detrás. Si un niño tenía cardenales, enseguida lo sometían a terapia para que confesase que sus padres habían abusado de él junto a una fogata vestidos con túnicas negras.

No hay más que fijarse en el caso de la guardería McMartin, que empezó en 1984 y acabó con rocambolescas historias de pequeños que desaparecían evacuados por retretes o de niños maltratados por Chuck Norris. Aunque esas acusaciones también fueron a parar al retrete, esa época de pánico generalizado pasaría a la historia como un momento en el que ni las estrellas más radiantes pudieron salvar el cielo más oscuro.

El diablo de Breathed llegaría de otra forma. El hombre que lo invitó fue mi padre, Autopsy Bliss. Autopsy es un nombre sumamente extraño para un hombre, pero su madre era una mujer sumamente extraña. Es más, era una mujer religiosa sumamente extraña que usaba la Biblia como estetoscopio para detectar el pulso del diablo en el mundo que la rodeaba.

Los sonidos podían ser cualquier cosa: el viento que tiraba una lata; el golpeteo de la lluvia en el cristal de una ventana; los latidos irregulares del corazón de un extraño que pasaba corriendo.

A veces las cosas que creemos oír son en realidad nuestras cambiantes necesidades. Mi abuela necesitaba escuchar el fantasma de la serpiente para poder creer que existía de verdad.

Era una mujer resuelta que encurtía limones, sabía usar una caja de herramientas y crio a un hijo ella sola, al mismo tiempo que obtenía un título en Ciencias de la Antigüedad. Precisamente tenía la antigüedad en mente cuando bautizó a su hijo.

—La palabra autopsy deriva de la palabra autopsia —decía—, que en griego antiguo significa «ver con los propios ojos». En el gran anfiteatro del más allá, todos hacemos nuestras propias autopsias. Esas autopsias autoimpuestas no se hacen sobre el cuerpo físico de nuestro ser, sino sobre el espíritu. A esos exámenes definitivos los llamamos autopsia del alma.

Cuando terminó el verano, le pregunté a mi padre por qué había invitado al diablo.

—Porque quería ver con mis propios ojos —contestó él con la definición de su nombre, mientras sus palabras se esforzaban por sortear las lágrimas para no ahogarse de pena—. Para ver con mis propios ojos.

Durante su infancia, mi padre fue la madera del torno de su madre, moldeado cuidadosamente a lo largo de los años por la fe de ella. Cuando tenía trece años, los bordes casi pulidos, el torno dejó de dar vueltas de repente, y todo porque su madre resbaló en el suelo de linóleo de la cocina y cayó hacia atrás sin paracaídas.

Los cardenales llegarían a parecer ciruelas claras en su piel. Y aunque no se rompió ningún hueso, se produjo en ella una fractura espiritual.

Cuando papá la ayudó a levantarse, ella dejó escapar el gemido que había estado conteniendo. A continuación, pesarosa y aturdida, cayó de rodillas otra vez al linóleo.

—¡Él no estaba ahí! —gritó.

—¿Quién no estaba ahí? —preguntó papá, que se había contagiado de los temblores de ella.

—Cuando me estaba cayendo, he estirado la mano. —Repitió ese gesto

—. Pero él no la ha agarrado.

—Lo he intentado, mamá.

—Sí. —Ella le acarició las mejillas con las palmas húmedas de las manos—. Pero Dios no. Ahora me doy cuenta de que estamos solos, pequeñajo.

Quitó los crucifijos de las paredes, enterró la Biblia en la sección infantil del cementerio y nunca más hincó las rodillas en el suelo para rezar.

Perdió la fe de forma repentina y absoluta. A papá todavía le quedaban los vapores de su fe, y envuelto en esos vapores se encontraba un día que entró en el juzgado, donde el juez estaba regañando a su madre por destrozar la iglesia… por segunda vez.

Mientras papá esperaba fuera de la sala del tribunal donde ella era juzgada, oyó voces un par de puertas más al fondo. Entró en otra sala y se quedó a ver el juicio de un hombre acusado de sacar una escopeta en la lavandería y dejar unas manchas de sangre que no había forma de limpiar.

Para papá, ese hombre era el diablo aparecido, y el juzgado, el filtro de Dios destinado a eliminar su aparición de la sociedad. Estando allí, vio unas pequeñas grietas en la pared de la sala del tribunal. Los agujeros de una red a través de la que una luz radiante y cálida brillaba pura y gloriosa. Era una luz que le dio ganas de levantarse y gritar Amén hasta quedarse ronco.

Mientras que antes su alma se debatía entre la duda y la fe, ese día en la sala del tribunal, su alma se decidió por la fe. Si no en el resto de las cosas, al menos en lo tocante a ese filtro, ese instrumento de pureza. Y a los ojos de papá, el encargado de ese filtro, la persona que se aseguraba de que todo funcionase de la mejor manera posible, era el fiscal. El responsable de asegurarse de que el filtro atrapa a los diablos del mundo.

Papá se quedó sentado en la sala, las manos temblando y los pies balanceándose a escasos centímetros por encima del suelo al que todavía no llegaban. Cuando el veredicto de culpabilidad llegó, se sumó al aplauso general mientras olía una lejía que no asoció con el conserje del pasillo, sino con la suciedad atrapada en el filtro y con el mundo purificado.

La sala se vació hasta que solo quedaron papá y el fiscal.

Papá estaba sentado en el banco con los ojos muy abiertos, esperando.

—Así que tú eres al que he oído.

A papá la voz del fiscal le sonó como un sermón.

—¿Cómo ha podido oírme, señor? —preguntó papá asombrado.

—Has hecho mucho ruido.

—Pero si no he dicho nada, señor.

El fiscal rio como si fuese lo más gracioso que había oído en su vida.

—Y con ese silencio, lo has dicho todo. Has sido ruidoso como una luz en el cromo, radiante y sonoro en ese brillo silencioso. Y los niños tan ruidosos se convierten en los hombres ruidosos destinados a estar en el juzgado, pero nunca (no, jamás) entre los esposados.

Ese fue el momento en el que papá supo que él también se convertiría en una de las personas encargadas del filtro. Y mientras que su madre nunca recobró la fe, él mantuvo la suya en el tribunal y en los juicios de la humanidad, pero sobre todo en ese filtro.

Decían que era uno de los mejores fiscales en la historia del estado. Sin embargo, había cierto descontento en mi padre. Manejar el filtro no resultaba una ciencia exacta. Muchas veces, después de ganar un caso, escapaba de los aplausos y las palmaditas de felicitación en la espalda para volver a casa y quedarse sentado en silencio con los ojos entornados. Así era como sabías que estaba pensando. Ojos entornados, brazos cruzados, piernas atravesadas.

Fue una de esas noches cuando desatravesó las piernas, descruzó los brazos y abrió mucho los ojos, por ese orden. A continuación, se levantó y,

con gran convicción, cogió un bolígrafo y una hoja de papel. Entonces empezó a escribir lo que acabaría siendo una invitación al diablo.

El primer día de verano esa invitación se publicó en el periódico de nuestro pueblo, The Breathanian. Estábamos desayunando, y mamá puso el diario en medio de la mesa. Con la leche matutina goteándonos por la barbilla, contemplamos la invitación publicada en primera página. Mamá le dijo a papá que era demasiado atrevido. Tenía razón. Hasta los ateos tenían que reconocer que había que ser un hombre valiente para poner a prueba la existencia del Príncipe de las Tinieblas.

Todavía tengo esa invitación en alguna parte. Ahora todo se acumula a mi alrededor. Hay montañas por todas partes, de los montículos blandos de ropa sucia a los platos del fregadero. El montón de basura ya me llega a la cintura. Atravieso esos campos de bandejas de cenas congeladas y botellas de cerveza vacías como antes atravesaba campos de hierba alta y flores silvestres.

A un viejo que vive solo le trae sin cuidado la elegancia. El mundo exterior tampoco ayuda. No paro de recibir vales para comprar audífonos.

Los mandan en sobres grises que se amontonan como nubarrones sobre la mesa. Trueno, trueno, retumbo, retumbo, y ahí está la invitación, debajo de todo, como un relámpago del cielo.

Querido señor Diablo, don Satanás, su alteza Lucifer y todas las cruces con las que carga:

Le invito cordialmente a Breathed, Ohio. Tierra de colinas y balas de heno, de pecadores y de indulgentes.

Que venga en paz.

Con gran fe,

Autopsy Bliss

Nunca pensé que obtendríamos respuesta a la invitación. En aquel entonces, ya no estaba seguro de creer en Dios ni en su opuesto. Si me hubiese encontrado en un mercadillo algo que anunciaban como el auténtico paño de la Verónica al lado de un hula hoop torcido, yo era la clase de chico que habría comprado el hula hoop aunque me hubiesen dado el paño gratis.

Si el diablo iba a venir de verdad, yo esperaba ver su imagen mítica. Un demonio con el lustre del asfalto. Sería un arrebato de furia. Un escalofrío.

Una tos fuerte. Cujo, el perro asesino, en la ventanilla de un coche, una entrada en la taquilla de un cine en el que proyectan Creepshow, un salto a lo profundo de la noche.

Me lo imaginaba con piel de reptil y ataviado con un traje cuyas solapas en llamas hacían saltar las alarmas de incendios. Las uñas puntiagudas como dientes de tiburón y caníbales. Serpientes deslizándose sobre él como el alquitrán. Moscas zumbando a su alrededor como un extraño sentido del humor. También habría pezuñas, cuernos, horcas. Puede que una perilla.

Así es como yo creía que sería. Un susto espectacular. Me equivocaba.

Había cometido el error de oír la palabra diablo e imaginarme unos cuernos.

Pero ¿sabes que en Wisconsin hay un lago, un lago maravilloso, llamado Devil? En Wyoming hay una magnífica intrusión de roca con el mismo nombre. Incluso existe una variedad impresionante de mantis religiosa conocida como flor del diablo. Y una flor, del género Crocosmia, llamada simplemente Lucifer.

¿Por qué al oír la palabra diablo solo me imaginé un monstruo? ¿Por qué no vi un lago? ¿Una flor que crecía junto a ese lago? ¿Una mantis religiosa encima de una piedra?

Es un error absurdo esperar a la bestia porque a veces, solo a veces, es la flor la que lleva ese nombre.

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1 Las citas de El paraíso perdido han sido tomadas de la edición de

Cátedra de 2018, con traducción de Esteban Pujals. (Todas las notas son del

traductor.)

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