El verano que lo derritió todo

Tiffany McDaniel · Capítulo 17 de 27

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El verano que lo derritió todo

Capítulo 17

… mutuo amor, corona de nuestra felicidad.

JOHN MILTON, El paraíso perdido, IV, 728

He estado encima de más iglesias de las que he visitado. La última vez que estuve en una iglesia tenía cuarenta y cuatro años y fue en el funeral de mi padre. Mamá y él se habían instalado en Pensilvania, y yo había ido a pasar una temporada con ellos mientras mamá estaba enferma.

Ella murió en junio. Él en agosto. Otro verano de muerte. Sabía que él no duraría mucho por la forma en que se quedaba sentado a la cabecera de ella con los ojos entrecerrados, los brazos cruzados y las piernas atravesadas. Pese a la insistencia de Grand en que me pusiese protector solar, nadie se lo pidió nunca a mamá, ni siquiera cuando salió de casa y fue a todos aquellos sitios al sol. Sus pepitas de chocolate se habían derretido.

Yo no estaba allí para apartarla del horno.

Me acuerdo de cómo le posaba papá la mano en su cabeza blanca y ligera como polvo en la almohada. Ella alzaba sus ojos terminales hacia él y la ventana. Su respiración áspera e irregular como una uña que rasca una sábana de algodón.

Lo único que quería hacer era salir, incluso cuando llovía. Sobre todo, cuando llovía.

—Dejadme ir.

Estiraba las manos hacia los pies como si ese fuese el primer paso.

Nosotros volvíamos a poner sus huesos en la cama. Ya no era ella la que se recluía. Éramos nosotros los que la recluíamos, y ese cambio de papeles cuajó nuestros corazones de una tristeza ineluctable hasta que casi deseamos que volviese a tener miedo de la lluvia.

—Tienes que descansar —le decíamos, y le tomábamos el pulso, que sonaba a clausura.

Una vez que ella estaba dormida, acerqué la nariz a su piel fría. Pensé que olería a la morfina que le inyectaban. No sé si la morfina tiene olor, pero pensaba que sería algo metálico, algo ácido, sin duda algo frío. Me tranquilizó comprobar que todavía olía al río Breathed. ¿De verdad seguía oliendo así? Creo que simplemente necesitaba que ella tuviese ese olor.

Nuestra conversación consistía en mi nombre pronunciado por ella y el suyo pronunciado por mí. Fielding. Mamá. ¡Fielding! ¡Mamá! ¿Fielding?

¿Mamá?

Es difícil hablar con una madre moribunda, sobre todo cuando empieza a gritar que hay fuego. Le dijimos que estaba apagado.

—¿Cuándo? —preguntó.

—Hace mucho —contestamos casi al unísono.

Cogí un paño húmedo y le acaricié el rostro. A ella pareció gustarle.

Sonrió. Dijo el nombre de Grand.

—No está aquí, mamá.

Le dejé el paño sobre los ojos para no tener que verlos.

—¿Por qué no está aquí mi niño?

—Está con Sal.

Con la palma de la mano posada sobre el paño, notaba sus ojos empujando como diminutas manos que trataban de asomar entre escombros.

—Ah. —Ella inspiró. Una frase esbozada débilmente—. Mis niños.

Entonces me aparté de ella y pensé en Granny, en ese sufrimiento al que como hombres se nos exige que pongamos fin. Cuando estaba haciendo la maleta para ir a México a comprar pentobarbital, sonó el teléfono. Era papá.

No dijo palabra. Solo lloró. Le dije que había interferencias y que volviese a llamar. Tuve que colgar yo primero. Rompí el billete de avión y recorrí la casa abriendo todos los grifos. La cocina, el cuarto de baño, arriba y abajo.

Fregaderos, bañeras y duchas. Quería oír el agua bajando por los desagües para no tener que oírme a mí haciendo lo mismo.

Después del funeral de mamá, cuando papá y yo volvíamos en coche a casa, me dijo que tomase un desvío. Siguiendo sus indicaciones, acabé conduciendo hasta un parque de atracciones situado cerca de la autopista.

—Tenemos que subirnos en las montañas rusas —gruñó contra el pañuelo.

—Detestas las montañas rusas. ¿Y qué te dijo el médico del corazón?

Nada de sobresaltos, ¿recuerdas? Nada de sustos.

Ese día se subió en todas las montañas rusas del parque, serio como su traje negro. Los latidos de su corazón se dispararon, su pulso se aceleró, pero lo que él quería que ocurriese no ocurrió. No he visto a un hombre más decepcionado en mi vida. Volvió al parque cada día, pero después de un mes de montañas rusas, no sufrió el infarto que los médicos le habían asegurado que padecería sometido a esa tensión.

Se había acostumbrado tanto a las montañas rusas que allí estaba él, con la barbilla apoyada en el dorso de la mano, mirando más allá de los

loopings y las curvas como si diese un paseo dominical en coche mientras a su alrededor todo el mundo gritaba y se aferraba desesperadamente a la barandilla.

Cuando por fin llegó el infarto, lo hizo cuando él se encontraba tranquilamente sentado en el sillón reclinable. En lugar de necrológica, puse una invitación en el periódico. Me quedé sentado en un banco de la iglesia y, por cada persona que cruzaba la puerta que no era Sal, bebía un trago de la petaca que llevaba en el bolsillo. Cuando el pastor me pidió que saliese a pronunciar unas palabras, la petaca estaba vacía. Acabé tambaleándome en el púlpito mientras explicaba con todo lujo de detalles lo que pasa cuando una bala impacta en la cavidad torácica.

El pastor me susurró al oído algo así como:

—Creo que debería sentarse ya.

—Vete a la mierda, tío —es posible que yo le contestase.

Y entonces alguien le dio un puñetazo. Supongo que fui yo.

Nunca estuve hecho para ser un hombre violento. Estaba hecho para ser el hijo de mi padre. De mi madre. Pero al final me convertí en el hijo de aquel verano. Aquel verano es mi padre. Es mi madre. Es el responsable de mi violencia.

A veces me siento como si todavía estuviese abriéndome paso entre la multitud para llegar al fuego. Tengo que lanzar un puñetazo. Tengo que asestar una patada. Tengo que dar todo lo que soy para apagar el fuego. Esa lucha no ha cesado durante toda mi vida.

No he vuelto a las tumbas de mamá y papá desde entonces. Ya ni siquiera me acuerdo del nombre del cementerio de Pensilvania donde están.

A veces voy andando al cementerio que hay en la calle del camping de caravanas, elijo un par de tumbas y finjo que son las de mis padres. Me pongo junto a ellas y charlo de esto y de aquello. Siempre mantenemos conversaciones ligeras, algo que un mosquito les susurraría al oído, desde luego nada digno de perforar un túnel en las tinieblas. Ellos ya han tenido su parte de miedos indecibles. ¿Por qué molestarlos más?

Antes de dejarlos siempre les pongo una flor a cada uno y me voy a pasear todo lo lejos que me permite mi achacoso cuerpo.

No he envejecido bien. Mis otrora ágiles miembros y antes flexibles articulaciones están ahora rígidos como cartones grapados. Antes era alto, como mi familia, pero la artritis es un demonio que doblega, y con ello, encoge. Pero lo peor es el dolor que se introduce sin permiso y se aferra

como una mezcla venenosa hasta acumularse bajo mi piel formando bultos y nudos que palpitan como el latido de un trueno.

Lo que más me duele son las manos. ¿Quieres saber cómo me duelen?

Cuelga un trozo de madera y dedícate a darle puñetazos desde que amanece hasta que anochece. Verás las enfermizas protuberancias de los nudillos, como ovillos de alambre apretado. El dolor es nuestro encuentro más íntimo. Vive dentro de nosotros, tocando todo lo que nos conforma.

Reclama tus huesos, domina tus músculos, extrae tu fuerza, y no vuelves a verla. El arte del dolor reside en su contacto. Su horror reside también en él.

El dolor es una cosa que habla, y lo que me dice el dolor es que he sido un irresponsable con mi cuerpo. Desde que tenía diecisiete años, he trabajado todos los días a un ritmo de vértigo, subiendo y bajando escaleras de mano, desmantelando ladrillos y piedras al mismo tiempo que forzaba el cuerpo a mantenerse ágil sobre los tejados.

Aunque la reparación de torres y campanarios era mi ocupación favorita, hacía como Elohim y realizaba todo tipo de trabajos. Quemaba maleza, ponía hormigón, aceptaba cualquier faena de albañil que encontraba… Leches, incluso fui leñador una temporada. He hecho carpintería metálica, perforación y soldadura, y he trabajado con acero pesado. Aceptaba los turnos que a nadie le interesaban. Pasaba de un trabajo a otro. Y luego está todo lo que he follado, que también pasa factura al cuerpo. Intentaba ganarme el sueño como fuese. No tenía suerte.

Por eso soy un dolor omnipresente en cada centímetro de mi mente y cada centímetro de mi cuerpo. Soy la agitación interminable, la caída interminable, la historia interminable de lo que le pasa a un hombre que no puede soltar amarras.

Pienso en la muerte. Sé que es el largo pasillo de puertas en llamas que me espera. Sé que es el verdadero diablo con el que pasaré la eternidad. No sé qué será del cuerpo que dejo atrás. Cuánto tardarán en venir las moscas.

Cuánto tardarán en encontrarme. Me enterrarán bajo tierra, no por respeto, sino para deshacerse del olor. No habrá pañuelos secándose en el horizonte.

Me encaminaré a la muerte sin la compañía de las lágrimas. Tal vez el niño de la caravana de al lado derrame alguna. Tal vez él diga mi nombre como si tuviese alguna importancia.

Puede que le enseñe al chaval mi álbum de recortes. Es de piel roja como el de Elohim. A veces pienso que el álbum está lleno de Grand, de Sal, de mamá y de papá, e incluso de Elohim. Cuesta distinguir entre una

foto de ellos y una de una chimenea desmontada. Tengo la sensación de que los he derribado a todos.

El otro día le pregunté al chico si le apetecía ir a dar un paseo. Hace treinta años que no paseo con alguien. Y de golpe y porrazo, allí estábamos, andando por la carretera, dejando atrás los saguaros y el desierto. Pensé que podríamos seguir andando hasta Ohio, y todo iría bien porque lo tendría a mi lado.

Pero entonces lo vimos tirado en el borde de la carretera.

—Pobre criatura.

Me acerqué a su figura sin vida.

—¿Señor Bliss?

—Tranquilo, chico. Solo es un ciervo. Al pobrecillo lo han atropellado.

Entorné los ojos y vi una cornamenta que por su tamaño debía de pertenecer a un joven macho. Su sangre poseía la textura de un alimento de desayuno, como algo para untar en una tostada.

Me volví hacia el niño.

—Huele a fresas.

—Señor Bliss, a lo mejor le está afectando el calor. A lo mejor deberíamos volver a casa.

Miré otra vez al ciervo y vi que se le hinchaba la barriga.

—Dios mío. Sigue vivo. Cuánto debe de estar sufriendo. — Pensé en los órganos amoratados. En heridas con bordes brutales. En venas que se desenredaban en ríos en un mapa a la tumba—. Tenemos que ayudarle a morir. Tenemos que rematarlo. Yo lo haré. Tú todavía eres un niño.

Saqué el trocito de cerámica del bolsillo mientras me arrodillaba y acaricié al ciervo.

—Ojalá tuviera la pistola —le dije al animal, como si él fuese a entenderlo.

Arrastré la punta afilada de la cerámica por su garganta esperando que la piel se abriese y la sangre manase. Al ver que eso no pasaba, volví a intentarlo, pero el ciervo no se dejaba cortar.

—Señor Bliss, pare, por favor.

—No puedo. ¿No lo entiendes? Está sufriendo.

Empecé a buscar la muerte del ciervo en lugar de ayudarle a morir. Le corté en el cuello con el pedazo de cerámica una y otra vez. El ciervo empezó a resistirse, o al menos yo le inmovilizaba el cuerpo como si se resistiese.

—Señor Bliss, pare.

Noté que los brazos del niño me rodeaban el cuello con delicadeza, pero a la vez con determinación, y tiraban de mí hacia atrás.

—No es un ciervo, señor Bliss, no es un ciervo. Es una caja de cartón.

Debe de haberse caído de un camión.

—No, te equivocas. Es…

Miré lo que pensaba que era un ciervo atropellado, pero en realidad era una maltrecha caja de cartón. El par de palos que podían ser cuernos si querías que lo fuesen. Luego estaba la mermelada de fresa que yo creía que era sangre. La confitura salía de los tarros rotos, se esparcía y luego se estrechaba como si el camino a la gloria eterna fuese un pasaje largo y angosto. Tal vez por eso costaba tanto llegar allí. Nuestros pecados nos ensanchan hasta que no podemos pasar por el camino estrecho. No nos queda más remedio que languidecer en el hervidero de lo que resta, como he estado languideciendo yo.

Dios mío, quémame hasta que desaparezca del todo.

—Señor Bliss, mire esto. Uno de los tarros no se ha roto.

El niño elevó el milagro al sol, cuya luz brillaba a través de la mermelada y bendecía cada semilla.

Cogí el frasco y traté de abrir la tapa, pero no pude por culpa de estas puñeteras manos, acortadas por la hinchazón y los nudos. Observé cómo sus dedos largos y espigados abrían el tarro con facilidad. Un niño abría lo que yo no podía abrir. De repente, yo era el enano, y él, el hombre más alto del mundo. Por un instante, lo odié.

El muchacho saboreó la mermelada, que se le escurrió por las comisuras de la boca.

—¿Alguna vez te he dicho que tenía un hermano? Se llamaba Grand.

—Tome, señor Bliss. —El chico recogió el trozo de cerámica caído al suelo—. Guárdelo en el bolsillo antes de que se le olvide.

—No se me olvidará.

Me acuerdo perfectamente de aquel día. Sal y yo estábamos en la cocina ayudando a mamá a limpiar el cristal de la vitrina con vinagre. Podía oír la música a todo volumen que venía del cuarto de Grand en el piso de arriba.

Desde aquella noche, parecía que era lo único que hacía. No salir de su cuarto. Poner música a todo volumen. Decirle a mamá que no tenía hambre y que no bajaría a cenar. Y, no, papá, no le apetece salir de momento, ¿y

quieres hacer el favor de dejarlo en paz? Esas eran las cosas que él gritaba a través de la puerta cerrada de su habitación.

Me odiaba. Por eso no podía mirarme. Por eso se saltaba las comidas.

Por eso cerraba la puerta de su cuarto y solo salía cuando yo no andaba cerca.

Y de repente, un buen día, allí estaba él, como un espíritu, en mi habitación. Para entonces, se me había levantado el párpado y ya no me dolía la nariz cuando estornudaba. El dolor de la pelea residía en el origen de esta. Grand era la clase de hermano que se arrepentía de esas riñas fraternas. Yo veía ese arrepentimiento, como si en su mente él no dejase de ver los moratones, incluso después de que hubiesen desaparecido de mi cara.

—¿Has visto la biblia, Fielding?

Mi hermano no podía ocultar el dolor que todavía sentía desde la noche que yo le había dejado la biblia abierta. Al fin y al cabo, eso era lo que me estaba preguntando. Cómo podía hacer yo algo así.

¿Qué habría contestado él si en lugar de negar con la cabeza yo le hubiese dicho: Sí, he visto la biblia y te he visto a ti?

La cobardía siempre llega tarde por el simple hecho de que la valentía ofrece más oportunidades. Nuestra oportunidad podría haber sido el entendimiento. Podría haberse elevado de lo que durante mucho tiempo se había considerado un pecado. Y sin embargo, es muy fácil ser el cobarde cuando no hace falta más que una mentira.

—Yo nunca toco la biblia, Grand, ya lo sabes.

Él se fue sin decir una palabra más. Más tarde esa noche, encontraría la biblia abierta encima de mi almohada. Había una frase subrayada. Hebreos, 13.

Permanezca el amor fraternal.

El sol había salido, y parpadeé ante su luz. Así era Grand. El primero en perdonar cuando tenía el derecho a ser el último. Arranqué la página y salí del cuarto sujetándola contra el pecho. La puerta de su habitación estaba abierta. Era la primera vez en días que no sonaba música a todo volumen.

Él estaba tumbado en la cama, leyendo. Es posible que Langston Hughes.

Pasé en silencio por delante de su cuarto y bajé a la cocina, donde metí la página en el fondo del congelador.

Me pregunto qué habrá sido de esa página. ¿Seguirá en el congelador detrás de la caja de brócol? ¿O lo habrá limpiado alguien? ¿Habrán sacado el hielo, habrán tirado el brócoli y habrán descubierto así el papel, preguntándose por qué está la página de Hebreos, 13 en un congelador? Yo diría que porque quería salvarla de aquel verano y evitar que se derritiese.

Nuestro amor congelado y a salvo para siempre gracias a la congelación.

A veces me despierto en plena noche intentando agarrar el congelador que ha sido desmontado. El brócoli descongelado. El hielo derretido. La página arrastrada por los aires a las llamas. Trato de cogerla, pero siempre, siempre, llego demasiado tarde a salvarla.

—¿Fielding?

Mamá me estaba llamando y regañando por dejar mucha pelusa en el cristal. La cocina entera olía a vinagre mientras los tres limpiábamos las vitrinas.

Dejé el trapo y cogí el bol posado sobre la encimera. Una imagen de él lleno de ensalada de macarrones me cruzó la mente como un relámpago.

—¿Sal? ¿De dónde sacaste este bol?

—Me lo dio Amos.

—Cuando vinieron sus padres, dijeron que él no te lo había dado.

¿Recuerdas?

—A lo mejor fue de su madre. —Mamá me quitó el bol y le echó un vistazo—. ¿Te lo dio ella, cariño? ¿Tu madre?

—No tiene madre. Él mismo lo dijo. ¿Verdad que sí, Sal?

Él asintió con la cabeza despacio mientras mamá dejaba el bol lanzando un suspiro y se reclinaba contra la encimera, mirando la despensa. Le llamó la atención la lata de sardinas Crown Prince. Sonrió como si se le hubiese ocurrido la mejor idea de su vida mientras cogía la lata y le quitaba la tapa.

Advirtió a Sal que no se moviese y empezó a ponerle las sardinas encima de la cabeza.

—¿Qué haces?

Sal sonrió. Para él, no podía haber nada mejor en la vida.

—Te estoy haciendo una corona porque eres un príncipe y tu madre es una hermosa reina que te quiere más de lo que te puedes imaginar.

Después de colocar la última sardina, dejó la lata sobre la encimera y retrocedió para ver a Sal en su totalidad.

—Sí, eres un príncipe.

—¿El Príncipe de las Tinieblas?

Parecía que él temiese que lo llamara diablo.

—Tesoro, tú no podrías ser sino el Príncipe de la Luz.

—Ojalá tú fueras mi madre.

Dio la impresión de que el susurro de él resonaba en las paredes.

—Oh, cariño. —Las sardinas se cayeron al suelo cuando ella lo atrajo hacia sí y lo abrazó fuerte—. Puedo ser tu madre siempre que lo necesites, tesoro.

Él se merecía una madre que lo abrazase así, y, sin embargo, me sorprendí deseando que mi madre no fuese la elegida. Como si abrazándolo ella se pusiese en peligro. Por un instante, me permití creer lo que decía Elohim. Que los pies de Sal hacían el ruido de unas pezuñas hendidas en el suelo. Que él era la lengua bífida, el demonio rojo, el infierno todos los días de la semana. Algo que contener detrás de una valla metálica. Lejos de la chimenea y del hogar. Lejos de tus seres queridos.

—No sé por qué quieres a un ladrón como hijo.

Mamá me lanzó una de sus miradas y me indicó que me callase.

—¿Qué? —Me encogí de hombros—. Está bastante claro que robó el bol y la cuchara en alguna parte.

—Bah, él no robó nada.

Mi madre soltó a Sal, y él me detestó por ser la causa.

Mientras ella empezaba a recoger las sardinas dejando escapar profundos suspiros, yo seguí.

—Si no los robó, ¿de dónde los sacó? ¿Eh, Sal?

—No me acuerdo.

Su ira hacía de él una sombra, una especie de corriente de aire frío que entraba por debajo de la puerta.

—Mientes. Eres un ladrón y un embustero.

—No soy un ladrón.

Me lanzó una mirada fulminante como si pudiese prenderme fuego. Lo creí capaz de hacerlo si no hubiese temido que mamá se llevase una decepción.

Yo le estorbaba para llegar a la encimera, de modo que me empujó fuerte, cogió rápido el bol y la cuchara, y se fue corriendo de la cocina con ellos.

—No sé por qué tenías que empezar esa historia, Fielding. Ve a buscarlo.

Mamá me echó de la cocina.

Desde el porche de la parte trasera, vi que Sal subía corriendo la colina hasta el bosque. Lo llamé y empecé a perseguirlo. Parecía que no fuese a parar de correr nunca. Las colinas como su mundo ascendente. Tal vez era un príncipe y huía a su castillo. ¿Podía seguirlo yo hasta allí? ¿Podía continuar persiguiendo al salvaje soberano hasta su reino, donde una lata de sardinas era suficiente?

Él corría más rápido que yo, y me costaba distinguir lo que veía. ¿Era un niño lo que iba delante? ¿O una llama que ardía por el terreno, encendiendo fuegos silenciosos de los que solo nosotros teníamos constancia?

No era ningún reino, pero por fin se detuvo ante la vía del tren.

—¿Por qué me has seguido, Fielding?

Recobró el aliento como un niño de verdad que había corrido muy rápido.

Creo que había estado llorando, pero tenía demasiado sudor para distinguirlo.

—Sal, lo que he dicho antes… Me he portado como un idiota.

Últimamente he estado cabreado. Ya sabes, con Grand y todo eso. No debería haberlo pagado contigo.

Al fin y al cabo, eso era lo que había provocado mi arrebato, ¿no? Ver a mi madre y a Sal abrazarse con tanta naturalidad. Como yo quería abrazar a Grand y que él me abrazase. La fuerza bruta de ese descubrimiento, revelando algo de nosotros. Con suerte, algo como la miel goteando de los pliegues de nuestros codos mientras nos disculpamos y decimos que todo era un juego y que no ha cambiado nada. Pero, por supuesto, todo había cambiado.

—¿Sal? He dicho que lo siento.

Él miró el bol y la cuchara que todavía tenía en las manos.

—No recuerdo de dónde los saqué, de verdad. Pero puedo inventarme una historia. Imaginemos que eres un niño…

—Soy un niño.

—Y vas andando por la vía del tren. Venga, anda por la vía del tren.

Me subí a la vía y, pese a sentirme un poco ridículo, empecé a andar por ella. Pensé que se lo debía por haber provocado la pelea.

—¿Por qué voy andando por la vía, por cierto?

—Porque quieres tener una oportunidad en la vida. —Empezó a dar vueltas alrededor de mí—. Tu padre está agotado, con el mono de trabajo y

la suciedad incrustada en la piel. No puedes cantar en los árboles altos si estás demasiado cansado para trepar. No puedes disfrutar del día si los dejas pasar todos gritando como un tonto a la vida que detestas.

»Tu padre no es más que un viejo vencido. Sin embargo, quiere que seas como él. Que estés cansado y vencido y vayas a trabajar la tierra verde de Dios. Pero no es verde. Es la desaparición de la pasión. La derrota del entusiasmo. Es una tierra que se termina.

»Cuando dices que quieres más, más que los gritos, más que tu padre, tu madre te pregunta si te das cuenta de lo mucho que él ha trabajado para conseguir esta tierra. Para hacer de la granja algo que tú puedas heredar. ¿Te das cuenta?, te grita, asustada porque ella también tiene muchas muertes que sufrir.

»«Mamá, solo quiero más —dices—. Quiero volar como la luz que brilla de repente. Quiero saber lo que es tener un motivo para bailar. Quiero todo el amor posible».

»Ella dice que la gente como nosotros no bailamos ni volamos. La gente como nosotros, dice, no consigue más. Aceptamos la vida que se nos da y decimos gracias y gloria a Dios que en Su misericordiosa sabiduría nos ha concedido esa dicha. Detestas a su Dios y Su sabiduría. Detestas que ella acepte esa vida vacía. Y en todas las partes en las que tu padre habita en ti, deseas pegarle, como él hace.

»Los detestas a los dos por todas las cosas que son y por todas las cosas que nunca serán. Eso es lo que le gritas. Que detestas que él lleve monos todos los días y que ella no sepa leer ni escribir. Detestas que a él lo llamen chico, incluso los que son más jóvenes que él. Detestas que nunca será más que un negro tonto y que ella nunca será más que un ama de casa en una cocina, una cocina en la que le han roto más huesos que pasteles ha preparado.

»Gritas hasta que crees que estás hundido en un odio del que temes que nunca podrás librarte. Entonces tu madre se queda muy callada. Ves sus ojos y comprendes que fuiste tú el que puso el dolor en ellos. Lo esperas, sabiendo que se avecina.

—¿Qué se avecina? ¿Sal?

Cuando su mano me pegó en la mejilla, fue como la bofetada de una llama.

—Ella dice que nunca tendrás la devoción de tu padre. ¡Diablo!, te grita.

Así que la miras por última vez y huyes porque lo que siempre tendrás allí

son cuernos, pero en otra parte puede que tengas una aureola. Aun así, oyes su última palabra cuando vas andando por la vía del tren. Diablo. Piensas que a lo mejor lo eres, y a lo mejor lo serás siempre. A lo mejor esa es tu forma de permanencia, tu única eternidad.

»Como si te hubiera oído huir, un hombre aparece y te dice que tiene un helado al que podrías dirigir tus pasos. Le dices que no sabes. Él dice que ve que eres la clase de niño que necesita algo a lo que agarrarse, así que te da un bol y una cuchara.

Sal me empujó el bol y la cuchara contra la barriga y me obligó a aceptarlos para quitármelos de las costillas.

—El hombre te ofrece ir a dar una vuelta en su brillante descapotable.

¿Cómo va a ser malo un descapotable?, piensas. Solo los conducen en los anuncios cuando venden la idea de felicidad, cuando venden la oportunidad de vivir bien. Tú sigues deseando desesperadamente esa oportunidad, así que coges el bol y la cuchara y te subes al descapotable, que te recuerda los cincuenta, con su cromo pulido y sus alerones altos. Piensas que eso es lo que tienes que hacer. Subirte a un descapotable blanco y dejar las sombras de la granja.

»A medida que te acercas a su casa, te dice que te agaches, que te pegues al suelo del coche y que cuentes hasta veinte. Es bastante bajo, por lo que puedes ver por encima, así que no tienes miedo, y cuando has contado hasta veinte, estás en su garaje y luego en su casa, donde ves fotos de una mujer alta. Le preguntas si es su esposa. Sí, contesta. La mujer sonríe en las fotos, así que piensas que él no puede ser muy malo. Olvidas que sonreímos a la cámara, no a la vida que se esconde detrás.

—No me gusta esa historia.

Dejé el bol y la cuchara en la vía.

Pensé que Sal iba a darme otra bofetada. En cambio, siguió con la historia como si nada pudiese interrumpirla.

—El hombre entra en la cocina, a por el helado, dice. Mientras lo esperas, lees viejos recortes de periódico de su álbum encuadernado en piel roja. En un recorte ves a una mujer con la misma cara de las fotografías que hay a tu alrededor. Te invade una sensación de ansiedad.

»Cuando el hombre vuelve, no tiene ningún helado. Tiene un pañuelo blanco. Y, de repente, no puedes respirar.

Sal se acercó por detrás de mí y me tapó la boca con la mano tan violentamente que pensé que me iba a partir los dientes.

—Duerme ahora, niño —repitió Sal una y otra vez mientras yo forcejeaba.

Su fuerza me sorprendió, y no me soltó hasta que le di un codazo lo más enérgico que pude.

—¿Qué te pasa, Sal?

—Solo es una historia, Fielding.

Sonó la bocina de un tren que se acercaba a lo lejos.

—Es una historia bastante retorcida.

—El infierno está lleno de historias así.

Miró hacia atrás al tren, cuyo humo se agitaba como un camino que seguir. Tal vez en su mente estaba siguiendo ese humo hasta las nubes y hasta el dios demasiado áureo para ser de ayuda en la tierra.

Fui a quitar el bol y la cuchara de la vía, pero Sal me dijo que los dejase.

—Es el final de la historia —dijo—. Algo roto.

Juntos observamos cómo el tren pasaba con estruendo primero por encima de la cuchara y luego del bol, y sus pedazos rotos se esparcían por el suelo.

—¿Sabes una cosa, Fielding? Lo malo de romper algo en lo que nadie piensa mucho es que se crean más sombras. El bol intacto era una sombra.

Una sola sombra. Ahora cada trozo tendrá una sombra propia. Madre mía, cuántas sombras se han formado. Pedacitos de oscuridad que de repente parecen más grandes de lo que nunca fue el bol. Ese es el problema de las cosas rotas. La luz muere de muchas formas pequeñas, y las sombras…, en fin, siempre acaban ganando a lo grande.

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