El verano que lo derritió todo
Capítulo 15
Aquí en lo obscuro
tantas cosas preciosas.
JOHN MILTON, El paraíso perdido, III, 611
Aveces me parece ver tu hombro. Entonces me doy cuenta de que solamente es un tarro de miel. Grito tu nombre y estoy convencido de que veo tu lunar, pero solo es la última uva de la parra. Te agarro del cuello, pero no es más que un trozo de cuerda. Tiendo la mano hacia tu costilla, pero simplemente es un grano de arroz. Te cojo la mano, apenado al descubrir que es la mía.
No sé con certeza quién eres. Nunca consigo averiguar quién eres, Grand. Siempre eres otra cosa. Por mucho que te busque, no te encuentro.
Lo intento. En la oscuridad, lo intento, porque una vez me dijeron que puedes imaginar cualquier cosa en la oscuridad. De modo que me quedo sentado en mi caravana con todas las luces apagadas y todas las cortinas de las ventanas corridas. Me quedo sentado tratando de encontrarte e imaginando que lo logro hasta que la luz vuelve y me doy cuenta de que eres otra cosa.
Una luz se enciende y brilla a través de la fina cortina de la ventana situada junto a la puerta. Me levanto de la tumbona y por el camino tropiezo con una botella vacía y la lanzo rodando por la moqueta. Me recuerdo que tengo que parar en la licorería. No la de al lado de la casa de empeños. El dueño nunca me ha perdonado que rompiese aquella botella contra la pared.
Abro la puerta al chico de al lado y su luz en mis ojos.
—¿Qué hace a oscuras? —Baja la luz a mi costado—. ¿Qué tiene en la mano, señor Bliss?
Le doy la vuelta a la mano, y la luz enfoca el cuero blanco y los puntos rojos.
—Es una pelota de béisbol.
La suelto. Él sigue iluminando la pelota mientras rueda por el suelo.
Cuando la bola se detiene, vuelve a enfocarme la cara. Entorno los ojos y miro más allá, a sus ojos clavados en mí, que pasan rápido de la reflexión a la sonrisa.
—Lamento haberle molestado, señor Bliss. Es que su caravana estaba muy oscura. No había ni una luz. Pensé que le había pasado algo, que a lo
mejor se había caído.
Miro su rostro juvenil y hago una mueca.
—¿Cuántos años tienes?
—Trece.
—Joder.
—¿Qué ha dicho, señor Bliss?
—He dicho que me dejes en paz. Espera…
—¿Está bien, señor Bliss?
Me llevo las manos a la cabeza y trato de recordar.
—¿Has visto a Sal?
—¿A quién, señor Bliss?
—Al chico. —Agito las manos en dirección a él. ¿Cómo es posible que no sepa de quién hablo?—. ¿Has visto al chico? Tenemos que ir a por él…, tenemos que llevárnoslo.
—¿Seguro que está bien, señor Bliss?
—Oh, qué tonto soy. —Me doy un manotazo en la cabeza—. Pero qué tonto soy. No, no, estoy bien.
—¿Quién es Sal?
—No importa. Ya sé dónde está. Vuelve a casa. Estoy bien.
—De acuerdo, señor Bliss. Oiga, siento haberle roto…
Doy un portazo antes de que llegue a la parte de la máquina del tiempo.
Vuelvo a la tumbona. Por el camino, arrastro los pies por la moqueta hasta que noto la cara lisa del cristal con los dedos de los pies descalzos. Recojo la botella y la inclino del todo. No queda ni una condenada gota.
La llevo a la tumbona y me siento. No enciendo ni una lámpara. Estoy bien sin electricidad. Durante aquel verano, pasamos largos periodos de tiempo sin ella debido a los apagones que afectaron a todo Breathed. A finales de julio, se producían a diario. La compañía eléctrica emitió avisos para que contribuyésemos a ahorrar energía, con medidas como desconectar todos los aparatos innecesarios.
Para mantenerse fresco, papá absorbía calor con todo lo que comía.
Preparaba chile y sopa utilizando guindillas del jardín como cucharas.
Cuando le pregunté por qué lo hacía, contestó que porque ingerir calor refresca el cuerpo de dentro hacia fuera.
A mí no me convencía, y observaba cómo él chorreaba sobre los platos de sopa y sorbía su sudor sin querer. Días después de no comer otra cosa que calor, levantó las manos y dijo:
—A la mierda.
No hace falta decir que volvió a chupar cubitos de hielo.
Las llamadas telefónicas interrumpían el calor. Siempre anónimas, pero siempre voces que conocíamos y que nos llamaban defensores de los negros o adoradores del diablo. A veces las dos cosas a la vez. Esas llamadas hicieron que papá fuese a sacar el periódico con su invitación del cajón donde estaba guardado.
—¿Qué pasa, Autopsy?
Sal observó cómo papá leía en silencio la invitación.
—Si hubiera sabido que daría tantos problemas, no lo habría hecho.
Metió otra vez el periódico en el cajón.
Había un ventilador encima de la mesa, y papá se puso enfrente de él estirando los brazos y girando el cuerpo, dejando que la corriente de aire fluctuase lo mejor posible por su chaleco y su camisa abotonada. Mientras lo hacía, habló por encima del zumbido del ventilador para relatarnos a Sal y a mí uno de sus primeros casos.
—Fue cuando yo empezaba en el oficio. Se trataba de una chica de quince años que había acusado a su padre de violación en cuatro ocasiones distintas. El padre negaba los cargos, pero había pruebas de que la chica había sufrido lesiones en la, en fin…
Se aclaró la garganta, y el carraspeo sonó igual de alto que su voz por encima del zumbido del ventilador.
—Los vecinos declararon que la chica solía pasearse por casa con muy poca ropa. Es más, aseguraron que al padre no parecía importarle la desnudez casi total de su hija. Dijeron que tal vez recordaban alguna ocasión en la que la mano de él había bajado demasiado por la espalda de ella para su gusto. Quizá un beso o un abrazo entre padre e hija que duraba un poco más de lo normal.
»Uno de los amigos de la chica, un crío, declaró que más de una vez había sorprendido al padre durmiendo desnudo en la cama de su hija. Se sabía que el padre bebía demasiado y que en el pasado había sido acusado de violación. La mujer que lo acusó era una exnovia que más adelante retiró los cargos y dijo que los había presentado solo porque estaba enfadada con él. Aun así, yo estaba convencido de que él era culpable de la violación de su hija.
»Miraba sus ojos entrecerrados y me decía: Esos son los ojos de un diablo. Miraba sus manos, sus manos callosas con las uñas sucias, y decía:
Esas son las manos de un monstruo. Sin tener en cuenta que simplemente eran las manos de alguien que se dedica a la construcción.
»Él no se movió durante todo el juicio, ni pestañeó cuando su hija describió en el estrado los detalles escabrosos de la violación de la que él había sido el responsable. Sí, dije, no es un padre. Es el diablo.
»Todo el mundo se alegró cuando lo acusaron de los cuatro cargos de violación. Rayos, grité entusiasmado. Había pasado al diablo por el filtro, y el mundo estaba ahora más limpio.
Papá se acercó a la ventana, donde apoyó la cara sudorosa contra el cristal.
—Justo en enero de este año, la chica (que ahora tiene treinta y tres años) se presentó ante la policía. Dijo que había acusado falsamente a su padre por el mismo motivo que su exnovia. Lo único de lo que aquel hombre parecía ser culpable era de cabrear a las mujeres de su vida.
»La hija dijo que cuando quiso darse cuenta el caso se le había ido de las manos y le daba demasiado miedo reconocer que no era verdad. Pero desde que se había desenganchado de la heroína y se había convertido al cristianismo, sentía que era su deber aclararlo todo.
»En cuanto al chico que testificó, resultó que era el que había provocado las lesiones que hicieron que la policía creyese que ella había sido violada.
Por lo visto, a los dos les iba lo duro. Y los vecinos que declararon que habían visto al padre sobarla, besarla y abrazarla más de la cuenta, en realidad estaban enfadados con él por una valla que estaba instalando, que según ellos traspasaba el límite de su propiedad.
Papá apartó la cara de la ventana y dejó una mancha del sudor en el cristal.
—Yo quería pedirle al hombre disculpas, pero la condenada hija se sinceró demasiado tarde. La cárcel puede ser un sitio muy duro para un hombre acusado de violar a su propia hija. Después de tres años de condena, que había estado llena de viajes a la enfermería de la cárcel, el hombre había muerto de una agresión en la lavandería.
Papá se frotó la cicatriz de la frente mientras murmuraba algo para sí antes de entornar los ojos contra la luz radiante del exterior.
—Yo estaba segurísimo de su culpa. Si podía estar tan seguro y a la vez tan equivocado, ¿cuántas veces me había equivocado antes? Empecé a tener dudas. Revisé mis casos y vi grietas, no victorias. No era ningún héroe.
Había manejado mal el filtro que me habían confiado.
Papá estaba de pie, pero parecía que estuviese arrodillado. El pantalón se ensuciaba en las rodillas ante mis ojos. Las manos se unían, caídas a los lados, pero juntas por delante. Mi padre estaba rezando.
—Me dio que pensar en todas las cosas de las que estamos muy seguros. Como el diablo. Puse la invitación en el periódico y pensé que el diablo aparecería, tendría tridente y cuernos, y sería todo rojo. Sería malo, cruel y perverso. Estaba convencido, y entonces llegaste tú, Sal. Y no con un tridente, sino con un corazón. Yo…
Le interrumpió el sonido del timbre. Se secó los ojos mientras mamá iba a abrir la puerta y un momento más tarde hacía pasar a Fedelia, vestida con un grueso abrigo negro —terciopelo, nada menos— que rozaba el suelo y que llevaba bien cerrado en el cuello.
Me quedé mirando el sudor que relucía sobre su labio descubierto. Era la primera vez que veía su cara desnuda. Desmaquillada. Pequeñas marcas rojas en las mejillas de rascarse. Una capa blanca en el nacimiento del pelo que había dejado el jabón.
Me apartó bastante violentamente para llegar hasta Sal, que estaba detrás de mí.
—Me has dejado muy tocada desde la última vez que te vi, diablillo.
—¿Ah, sí?
—Ahora cada vez que me miro al espejo, veo la eternidad que he creado. —Señaló su pelo—. Es hora de deshacerme de ella.
—Oh, tía —dijo mamá con voz entrecortada.
Fedelia asintió con la cabeza metiendo las manos en el bolsillo del abrigo para sacar unas tijeras de peluquero que ofreció a Sal.
—¿Haces los honores?
Para evitar poner la casa perdida de pelo, fuimos al porche de la parte trasera, donde mamá sacó un taburete. Había oscurecido, de modo que pusimos el taburete debajo de las bombillas del porche, cuyas luces ya habían empezado a predicar para montones de polillas, escarabajos y pequeñas moscas nocturnas.
Fedelia se sentó en el taburete y comprobó su estabilidad manteniendo el abrigo cerrado con tal fuerza, que la presión le hinchaba las venas del dorso de las manos. Movía rápido las puntas de los pies. Con el movimiento, el bajo del abrigo se abrió ligeramente sobre la pierna y atisbé unas lentejuelas. Ella volvió a agarrar el abrigo y me miró con el ceño fruncido como si hubiese sido culpa mía.
Sal se puso detrás de ella observando los insectos que volaban alrededor de la luz encima de él, que le daban una aureola de mosquitos y polillas, y le preguntó a Fedelia si estaba lista.
—Estoy lista. Libérame.
A medida que las tijeras se acercaban por primera vez, Fedelia cerró los ojos. Hizo una mueca cuando las hojas cortaron y la primera cinta cayó con esa elegancia a cámara lenta de las cosas que caen.
Pensé que ella iba a detenerlo y a decir que había cambiado de opinión, pero mientras una lágrima corría por su mejilla, abrió los ojos y, como si toda la luz brillase en sus iris, el resplandor diluyó el tono ámbar y lo convirtió en un amarillo que nos cautivó a todos.
Con cada cinta y cada mechón de pelo que caía, ella se sentaba un poco más derecha, un poco más erguida. Una gota de su frente. Una gota de sus ojos. De su nariz. De sus mejillas. Gota, gota, gota. Todo sudor y lágrimas, y, sin embargo, ¿no era esa la ira que se derretía ante nosotros?
Observé cómo caían las cintas, que se enroscaban y arremolinaban como serpientes liberadas por una mujer que se desembarazaba de la ira que había estado a punto de canibalizarla.
Sal le cortó tanto el pelo que solo quedaron las raíces blancas. Una vez que terminó, ella se levantó y se apartó del montón de pelo naranja y cintas del suelo. Agachó la cabeza y se tocó el resto del cabello.
—¿Tía? —Mamá estiró el brazo hacia Fedelia—. ¿Estás bien?
—Cuánto pesaba ese pelo. Te acostumbras tanto a llevarlo que te olvidas de lo que pesa. —Fedelia levantó la cabeza y sonrió—. Me alegro mucho de que se haya ido por fin.
Se quitó el abrigo negro y dejó al descubierto el reluciente vestido color castaño y dorado que llevaba debajo. Tenía escote por delante y por detrás, y se ceñía a una cintura y unas caderas que yo no sabía que ella tenía. Se acabaron los sacos. A partir de ahora, lentejuelas y prendas ceñidas.
—Llamadme Paraíso.
Adoptó una pose que traía a la mente a determinado pato en pleno vuelo.
—Estás muy guapa, Fedelia.
Mamá sonrió y aplaudió suavemente por debajo de la barbilla.
Fedelia bajó los brazos.
—Hace cuarenta años que nadie me dice que estoy guapa.
Papá le acarició la mejilla húmeda.
—La culpa de eso es nuestra, no tuya.
Y siguió mirándola cuando dijo:
—Fielding, dile a tu tía lo guapa que es.
—Eres muy guapa, tía Fedelia.
Ella tomó la mano de papá y la apretó antes de arrodillarse delante de mí.
—No me he portado muy bien contigo, ¿verdad, Fielding?
—No te has portado bien con ninguno de nosotros.
Por primera vez la oí reír.
Dio las gracias a Sal y se disponía a decirle algo más, pero unos golpes fuertes en la puerta principal nos distrajeron a todos.
Fuimos a ver quién era, y durante todo el recorrido mamá siguió elogiando a Fedelia mientras mi tía asentía con la cabeza como si nunca hubiese sido la de antes.
Por las ventanas situadas a los lados de la puerta principal, vimos que Otis se paseaba por el porche sacudiendo los hombros y haciendo crujir el cuello.
Papá se acercó a la puerta, pero Fedelia le advirtió del riesgo de abrirla.
—Está muy encendido por algo. Podría escaldarnos a todos si le dejas entrar.
Sin hacer ruido, papá introdujo el extremo de la cadena de seguridad en el riel de la puerta.
—Solo vamos a ver qué quiere. ¿No le debemos eso? ¿No es aún amigo nuestro?
Nosotros no estábamos tan seguros cuando papá giró despacio el pomo.
Por encima de sus pasos, Otis oyó que la puerta se abría silenciosamente.
La casa entera se sacudió cuando él se agarró al marco para no tirar la puerta al precipitarse hacia ella.
Tenía la cara tan húmeda que parecía que lo hubiesen conectado a una manguera de agua. Metió la cabeza a la fuerza entre la puerta y el marco, presionando con la nariz contra la parte superior de la cadena.
—¿Recibisteis nuestra tarjeta y la enredadera? Tú y Dovey estáis en nuestras oraciones en este trance tan duro.
Papá sacudió la cabeza en una muestra de compasión.
—¿Dónde está?
Otis trató de meter el brazo por la rendija.
—¿Quién?
—Ya sabes quién, Autopsy.
Otis se apoyó contra la puerta que papá trataba de cerrar.
—No está aquí.
Papá hizo un gesto con la mano a mamá para que escondiese a Sal.
Otis rugió, con los músculos listos. Eso era para lo que había levantado tantas pesas. Por eso había hecho tantas sentadillas con una barra clavada en los hombros. Las carreras y los batidos de proteínas al final no habían sido en vano. Todo el tiempo perdido en el gimnasio, escapando del mundo, pero solo preparándose para eso. Preparándose para ese momento en el que tendría que defender a su hijo caído. En el que tendría que darle a la madre de luto una venganza que pudiese ver en sus nudillos.
—Ya te he dicho que no está aquí, Otis.
El rápido empujón de papá contra la puerta no bastó contra Otis y su fuerte empellón acompañado de bramidos. La cadena se partió, y papá cayó hacia atrás al suelo. Mamá gritó y se arrodilló junto a él, que se había quedado inmóvil, sujetando su maltrecha cabeza.
Le dio unas bofetadas intentando hacerle abrir los ojos.
—Vamos, cariño.
Yo me arrodillé al otro lado agarrando su mano flácida y sacudiéndola.
No respondía.
Miré a Otis en la puerta reventada, apretando los puños, mientras la cadena rota seguía balanceándose contra el marco. Él solo veía al niño escondido detrás de Fedelia.
—Lárgate de aquí, Otis Jeremiah. —Fedelia levantó una mano con firmeza, manteniendo temerosamente la otra por detrás junto a Sal—. He dicho que te largues. No te atrevas, no te atrevas a acercarte. No, he dicho que no.
Otis propinó un fuerte empujón a Fedelia contra la pared. Ella se deslizó temerosa y conmocionada por el papel pintado hasta el suelo mientras Otis agarraba a Sal por el cuello de la camiseta.
—¿Fielding? —Bajé la vista y vi que papá había abierto por fin los ojos.
Me agarraba débilmente el brazo diciendo—: Salva a Sal.
Yo jamás habría sido lo bastante rápido. Por muy veloz que fuese.
Jamás habría sido lo bastante rápido para impedir que Otis diese un puñetazo a Sal en la cara. El golpe lo lanzó hacia atrás y lo derribó al suelo, donde se hizo un ovillo tan prieto que pensé que iba a desaparecer.
Grité a Otis que se fuese golpeándole con los puños en los abdominales.
Era como pegarle a un bloque de hormigón.
Él me agarró por los hombros, como había hecho muchas veces antes para comprobar mi fuerza. Esta vez lo hizo para tirarme al suelo.
Oí un gruñido débil. Cuando alcé la vista vi a papá subido a la espalda de Otis. Papá no era de los que se pelean. Lo intentó, pero era como ver a una araña luchando por derribar a un oso. Unas piernas y unos brazos largos que rodeaban a su presa, pero que no hacían más que irritar a la bestia que tenían debajo.
Otis arrojó a papá al suelo. Forcejearon y acabaron rodando los dos.
Fedelia, recuperada del empujón, agarró la escoba que tenía cerca y la utilizó para atizar a Otis, aunque alguna vez le dio a papá sin querer, que se quejaba al notar los impactos.
Papá, que era alto y larguirucho, no podía competir con Otis, cuadrado y ancho, y rápidamente acabó reducido con una llave estranguladora.
Además, Otis apretaba muy fuerte. A papá le saltaron los ojos hasta que pensé que el azul le iba a explotar de la cara y a esparcirse como las achicorias azules tronchadas por la cortadora de césped y expulsadas por su conducto.
Me uní a la refriega rodeando el abultado cuello de Otis con los brazos.
Era como asir un tronco húmedo.
Grand, que había estado arriba, bajó corriendo. Luego diría que tenía los auriculares puestos y no había oído la pelea con la música hasta que yo empecé a gritarle a Otis que soltase a papá.
Pensé que Grand sería el dios que nos salvaría a todos, pero se convirtió en una araña más en la espalda de aquel oso que gruñía. Fue mamá quien le infligió más daño cuando agarró el jarrón de porcelana y se lo rompió contra la cabeza.
Otis se quedó inmóvil, con la sangre goteándole sobre los rizos prietos de la permanente. De repente, lanzó un puñetazo al aire. Se revolvió y lanzó otro. Un puñetazo tras otro hasta que sus ojos vidriosos se posaron en mí.
Cuando quise darme cuenta, sus manos se me echaron encima. Ellas son el motivo por el que todavía me dan miedo las sartenes. Sus manos, aquellas cosas grandes y redondas de hierro forjado, me empujaron en el pecho y me lanzaron hacia atrás contra la pared. Con tanta fuerza que el espejo situado detrás de mí se cayó y se hizo añicos.
—¡Basta!
Nos volvimos hacia el grito de Sal. El puñetazo de Otis había lacerado la mejilla derecha de Sal, y la sangre, si bien no abundante, se había acumulado como la flora en eclosión de su mejilla hinchada.
—¿Sangra?
Otis se acuclilló en el suelo. Esa era la forma de arrodillarse de un hombre musculoso.
—Pues claro que sangra —dijo papá casi sin voz—. Solo es un niño.
Por el amor de Dios, Otis.
—Yo creía que era…
Se pasó los dedos por la sangre y la permanente tratando de sacarse lo que él creía del cerebro, un cerebro que se le antojaba un músculo desgarrado.
—Creías que era el diablo.
Papá todavía se estaba recuperando de la llave estranguladora.
Otis asintió despacio con la cabeza antes de pedir disculpas a Sal.
—Decían que tú eras el culpable de lo que les pasó a Dovey y a nuestro bebé. Yo solo quería ser un buen padre. No te habría hecho daño si hubiera sabido que solo eras un niño. No te conozco. Yo no…
—A mí por poco me asfixias, Otis, y me conoces de toda la vida. Y
mira cómo has empujado a Fedelia y a Fielding. Podrías haberles hecho un daño irreparable, Otis. —Papá se desplomó junto a la puerta principal, señalando fatigosamente con la mano al exterior—. Es hora de que vuelvas a casa.
Otis se levantó. Mientras que antes le habría fascinado la perfección de su fuerza, ahora se quedó avergonzado ante nosotros.
—He dicho que lo siento. Dejad de mirarme así. ¿No me habéis oído?
Lo siento. Eh, voy a pagar el espejo.
Agitó el dedo señalando en dirección a los trozos de cristal esparcidos alrededor de mis pies.
—¿Y quién va a pagar todos los años de mala suerte? —Fedelia me apartó y utilizó una escoba para barrer los pedazos—. Nos esperan siete años de gafe. ¿Vas a pagar esa deuda, Otis Jeremiah?
—Caray, Fedelia. —Otis se agarró la nuca, como un tronco contra otro tronco—. Siete años de mala suerte es mucho tiempo para una sola persona.
Somos siete. Cada uno podría quedarse un año.
—Oh, no. —Fedelia negó con la cabeza—. Yo acabo de abrir los ojos, y no pienso cargar con mala suerte. No, Otis, esta mala suerte te corresponde
solo a ti.
Empezó a recoger los cristales escupiendo en cada uno al tiempo que decía el nombre de Otis.
—¿Qué haces?
Él dio un paso hacia mi tía, pero se detuvo. Ya nos había amenazado bastante, y lo sabía.
—Les estoy poniendo tu marca, Otis Jeremiah. Para que la mala suerte sepa el nombre de su víctima.
Él se abrazó a sí mismo porque no había otra persona que pudiese hacerlo.
—Ya tengo suficiente mala suerte. He perdido a mi bebé, ¿es que no lo sabes? Mi hijo ha muerto. Ya tenía nombre para él y todo. Y no solo eso, sino también el apodo. ¿Qué voy a hacer ahora? El apodo me da vueltas en la cabeza. Lo reservaba para todas las veces que lo llamaría de esa forma.
Ahora no es más que un montón dentro de mí que no puedo tirar. No es basura. No puedo tirarlo. Pero ¿cómo puedo vivir con ello?
Fedelia dejó los cristales en el suelo, con lágrimas relucientes en los ojos por aquel padre de luto que quería tanto al feto de su hijo como la mayoría de los hombres quieren al niño ya crecido.
Él ya se había preparado para ser padre. Ya se había preparado para lo que sería su hijo. Se habría parecido a él. Habría sido fuerte como él. Así era como él se lo imaginaba. Pero lo cierto es que le daba igual. Aquel niño nunca habría tenido que levantar una pesa en el corazón de Otis. Su amor era indulgente.
Él habría alabado a su hijo por dejar caer el balón de fútbol americano cuando otros lo habrían abucheado. A él no le habría importado que su hijo fuese flaco. Que no supiese pelear. Que no tuviese ni idea de quién era Arnold Schwarzenegger. Que estuviese gordo. Que devorase chocolatinas y series de televisión y oliese a cojines de sofá. Siempre que viniese al mundo. Lo que no soportaba era que no viniese al mundo. Que él no pudiese ver a su hijo.
Sal lo sabía. Por eso se acercó al montón de cristales rotos. Recogió uno de los trozos más grandes y se lo ofreció a Otis con la orden de sacar el cristal por la noche.
—Cada luz que refleje será su hijo.
Otis, el hombre que moriría más adelante con trescientos kilos de grasa pura, aceptó el cristal y salió por la puerta con la cabeza gacha. Fue su
repentino chillido lo que nos hizo correr a todos al porche.
Estaba mirando el espejo, los bordes afilados del cristal clavados en la palma de la mano con la que lo apretaba fuerte. Estaba sonriendo a su hijo, dijo. Ninguno de nosotros le aclaró que solo era la luz del porche y que siempre lo sería.
Mucho después de que él se fuese todavía lo oíamos. Veía a su hijo. Lo gritaba a la oscuridad para que todo Breathed lo oyese. Compartirlo hacía que las farolas fuesen más que simples farolas, las luces de las casas más que simples luces, los faros de los coches con los que se cruzaba más que simples faros.
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