El verano que lo derritió todo

Tiffany McDaniel · Capítulo 25 de 27

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El verano que lo derritió todo

Capítulo 25

Solo le salen lágrimas,

como los ángeles saben derramar.

JOHN MILTON, El paraíso perdido, I, 620

La noche antes del entierro de Grand, papá se quedó sentado en el porche, los ojos entrecerrados, los brazos cruzados y las piernas atravesadas. No se había molestado en encender la luz del porche. Durante los días sombríos que siguieron a la muerte de Grand, casi nunca encendíamos las luces. Era como si ya no supiésemos tirar del cordón de una lámpara o darle al interruptor de la pared. De repente nos habíamos vuelto tontos en lo que respectaba a tener luz.

Para nosotros la oscuridad era omnipresente entonces. Una oscuridad tan densa que casi era sólida. Y estaba en todas partes, del silencio de papá a las arrugas de los pañuelos de papel de mamá. Por todos lados había pañuelos de papel. Algunos amontonados, otros desperdigados, otros en mesas y otros en el suelo que tenías que esquivar. Si pisabas uno, el pie te quedaba húmedo, los mocos y las lágrimas pegados al talón.

Esos pañuelos de papel eran ligeros como el aire, pero dejaban cicatrices en el suelo al caer. Del mismo modo, nosotros estábamos llenos de cicatrices. Cada vez que pasábamos por delante del silencioso cuarto de Grand. Una cicatriz. Cuando mirábamos su silla vacía tras la mesa. Una cicatriz. Cuando veíamos todos aquellos pañuelos de papel blancos arrugados y pensábamos en pelotas de béisbol. Cicatriz, cicatriz, cicatriz.

Estábamos vaciados, ahuecados y acumulábamos oscuridad por todas partes.

Papá dejó de afeitarse. No se peinaba cuando salía de la cama. Tenía las mejillas infladas, anticipo de la hinchazón venidera. En su boca se oían truenos lejanos, y el aliento le salía húmedo y le olía a pasta de dientes olvidada.

Dejó de ponerse traje y llevaba una camiseta y un pantalón de pijama todo el día durante varios días seguidos. No comía. Intentaba quedarse en los huesos como Grand. Si te daba la impresión de que había pasado una sombra, probablemente se trataba de papá.

A veces lo encontraba arrodillado, y al principio pensaba que estaba rezando, pero luego me daba cuenta de que tenía los brazos estirados,

apuntando más allá de la pared situada enfrente de él. Movía ligeramente los dedos como diciendo: Vamos, vamos, vuelve conmigo.

Mamá adelgazó también en general, pero sobre todo le adelgazaron los dedos, que quedaron como bobinas de hilo desenredadas. Mientras que papá parecía incapaz de moverse, mamá parecía incapaz de estarse quieta.

Siempre levantada, siempre en movimiento y dando vueltas alrededor del desagüe por miedo a que se la tragase.

Limpiaba armarios, despejaba estanterías, tiraba harina nueva sin darse cuenta de que aportaba más vacío.

La edad finalmente le había pasado factura. La tersura que una vez había tenido se había agotado como si de agua se tratase. Unas arrugas que normalmente habrían tardado años en formarse parecían haberle salido de la noche a la mañana. Algo se había apagado en ella. Me descubrí incapaz de mirarla a los ojos, que parecían tajos reabiertos cada pocos segundos en su cara.

Una vez la vi en el cuarto de Grand paseándose alrededor de su cama vacía. Estaba cantando la canción de cuna.

Allí abajo, en las colinas de Ohio,

un bebé duerme en su morada…

La observé, incapaz de dejar de dar vueltas alrededor de la cama, estrechando la vieja sudadera de Grand entre los brazos. Después de cada verso de la canción, se quedaba en silencio. Entonces veía cómo abría despacio la boca para decir aquellas palabras: Por qué. Otro verso, otro por qué. Una y otra vez, trataba de averiguarlo, sin poder dejar de moverse entre tanto.

Fedelia le dio a mamá algo para que se relajase. Pensé que estaba surtiendo efecto cuando miré a mamá en su habitación, tumbada en la cama, de espaldas a mí. Anduve de puntillas a su alrededor. Los ojos cerrados. Los dedos en la boca. Pero cuando se los saqué, descubrí que le sangraban las uñas. Se las había mordido hasta dejárselas en carne viva mientras dormía, y todavía le rechinaban los dientes. Me quedé allí apartándole las manos de la boca mientras sus ojos se movían frenéticamente bajo los párpados y sus dientes buscaban algo que roer.

Fedelia no salía nunca de casa. Dormía en uno de los cuartos de huéspedes. La necesitábamos allí. Ella parecía la única de la familia capaz

de seguir adelante. Me preguntaba si tenía hambre y me daba algo de comer, aunque le dijese que no.

Se sentaba al lado de mamá, le cogía la mano y me señalaba con la cabeza diciendo:

—No te olvides de él, Stella. Él también te necesita, recuérdalo, niña.

Se sentaba al lado de papá y levantaba las manos imitando una grieta y cómo iba creciendo.

—Se está haciendo cada vez más grande, Autopsy. Tienes que tener cuidado porque, si se hace muy grande, romperá tu mundo entero y os destrozará. Créeme, algo sé de estar destrozada. Y también sé un par de cosas de los peligros de las grietas que se desmadran. No puedes dejar que eso ocurra, Autopsy. Tienes que levantarte de aquí. Afeitarte. Ponerte un traje. Fielding necesita a su padre. Él no necesita una grieta enorme.

Después de que Fedelia se marchase, encontré un montón de pañuelos de papel debajo de su almohada. No lloró ni una vez delante de nosotros.

Sabía que no nos haría bien. Necesitábamos que ella fuese la fuerte de la familia. Ella podía decir el nombre de Grand sin romperse en mil pedazos, y nos enseñó a hacerlo letra a letra. Ella podía pasar por delante de su cuarto y que no le saliese ninguna cicatriz. Nosotros intentábamos andar como ella. Cada vez teníamos menos cicatrices. Nuestras caras estaban cada vez más secas, y pasamos de los pañuelos de papel a las mangas, y luego a secarnos brevemente con el dorso de la mano hasta que un día descubrimos que no había nada que secar, al menos por fuera.

Sal había llorado con el resto de nosotros. Durante esos días parecía que bebiese mucha agua como para rellenar lo que perdía por los ojos. El pobre pensaba que era culpa suya. La muerte de Grand había vuelto los oídos de Sal sensibles a ese tipo de acusaciones. Había acabado haciendo caso a los que decían que él era el responsable de todo lo malo. Aquel verano entero de tremendas desgracias, de tremendo malestar. Eso lo desquició. Lo trastornó. Daba la impresión de que, si le girabas un poco la nariz a la derecha, le desenroscarías la última pieza que lo mantenía entero y se descompondría en un montón de huesos rotos y un corazón igual de roto.

—¿Quieres que me vaya, Fielding? —me preguntó una noche, sentado en el suelo de nuestro cuarto, recostado contra la pared. La habitación oscura, su voz otro tanto—. Me iré si quieres.

Me agaché, me senté a su lado y me apoyé contra su costado.

—Ya he perdido a un hermano. ¿Cómo puedes preguntarme si quiero perder a otro?

La pérdida de Grand me convirtió en alguien a quien todo le pasa por delante. Los cielos azules, me pasan por delante. Los días buenos, me pasan por delante. Las conversaciones y la alegría, me pasan por delante. Los motivos por los que la gente ríe, los motivos por los que sonríe, me pasan por delante. Fsss, fsss, me pasan por delante.

Cuando tenía a Grand, amaba la eternidad. Ahora la eternidad me asusta. ¿Tiene que durar tanto?

No puedo deletrear mi nombre sin él. Lo digo en serio. Su nombre completo, Grandfather, toma todas las letras del mío menos dos íes y una ele. ¿Quién soy yo sin esas cosas? No soy el que una vez fui. Solo soy sus restos minúsculos, ese Fielding que tenía un hermano y con ello lo tenía todo.

Pensé que, después de perder a un hermano, la vida mejoraría con el tiempo. Eso es lo que dicen, ¿no? Todos los libros que he comprado, todas las reuniones a las que he asistido. Todos dicen que mejora. ¿Cómo puede mejorar para un hermano como yo, que se libró de su ignorancia demasiado tarde?

A veces lanzo mis disculpas. Voy a la tienda y compro un paquete de pelotas de béisbol. Blancas. Puntadas rojas. Uso un rotulador rojo a juego.

Escribo Lo siento. Y entonces la lanzo. Las he lanzado en todas partes. Por callejones. Por un lado de la carretera. En campos, en parques, en los jardines de otras personas. Lanzo. Y luego espero. Espero a ver si un dios de dieciocho años aparece, recoge la pelota y viene andando hacia mí con ella para decirme: Tranquilo. Te perdono, hombrecito.

Eso nunca ocurre. Y nunca ocurrirá. La eternidad es ahora, y no es más que dolor repetido hasta la saciedad.

La noche antes de su funeral soñé con él. Fue un sueño transparente, como si lo mirase a través de unos tarros. También un poco turbio, como si los tarros hubiesen contenido mermelada de fresa.

Él llevaba unas zapatillas que, en lugar de suelas de goma firmes, tenían botellas de loción pegadas. A cada paso que daba, expulsaba un poco de loción.

Cuando le pregunté por qué, contestó:

—Para ablandar la cicatriz.

—¿Qué cicatriz? —quise saber.

—Cuál va a ser: mi cicatriz.

Se volvió, y vi que le faltaba el brazo izquierdo. Entonces me di cuenta de que estábamos pisándolo. O nosotros habíamos encogido o su brazo se había agrandado, pero el caso es que el corte del suicidio había cicatrizado y había formado un camino rosa y blando debajo de nosotros.

Él se puso a dar grandes saltos en el aire como si la cicatriz tuviese los muelles de un trampolín. La loción salió disparada de las botellas cuando él dijo:

—A lo mejor, si ablando lo bastante la cicatriz, desaparecerá y Dios no tendrá ninguna prueba de que he hecho algo malo. ¿Me ayudas a ablandar la cicatriz? ¿A hacer que desaparezca, hombrecito?

—¿Cómo?

Él señaló detrás de mí. Me giré y vi una máquina expendedora llena de zapatillas con lociones. Me acerqué a la máquina y, haciendo un desembolso de mi sangre, obtuve un par de zapatillas. Me las calcé y empecé a andar. Grand iba delante de mí. Cuando lo alcancé, traté de seguir a su lado, pero el recorrido estaba lleno de tornos y no había ninguno en el que cupiésemos los dos.

Las zapatillas empezaron a aplanarse. Nos estábamos quedando sin loción. Intentamos volver a las máquinas expendedoras, pero los tornos no giraban en el sentido contrario. No había vuelta atrás.

—¿Qué vamos a hacer ahora, Grand?

Incluso en sueños, las voces tiemblan.

Él me miró, y ojalá no hubiese estado llorando.

—покаяться, hombrecito.

Como iba andando, no pude buscar esa palabra y su significado lo bastante rápido en el diccionario de ruso.

Arrepiéntete.

Celebramos el funeral de Grand en casa, concretamente en Rusia, que era la sala de estar y tenía suficiente espacio para el gran número de asistentes. Ni Elohim ni sus seguidores vinieron.

Yellch, que había sido seguidor suyo, estaba allí. No lloró, pero tenía los ojos enrojecidos e hinchados, como acostumbran a estar los ojos cuando han derramado lágrimas. En su mano apretada asomaba el final de un pañuelo de papel. Muchos finales. Él era una especie de final en sí mismo.

Silencioso. Quieto. Cansado y tratando de replegarse sobre sí mismo para

volver al principio y concebir un final diferente. Uno en el que su antiguo salvador y mejor amigo no acabase en un ataúd.

Un ataúd que no era el corriente. Se trataba de una decisión que mamá tomó cuando no podía estarse quieta y se puso a limpiar el polvo y sacar brillo al reloj de pie. Le quitó el péndulo y el mecanismo de relojería para hacer sitio al cuerpo de Grand. El reloj no se diferenciaba tanto de un ataúd.

Los dos eran de madera y los dos eran largos y cuadrados. El único detalle perturbador era que la cara de Grand se veía a través del cristal donde antes se veía la esfera del reloj.

Vistieron a Grand con un traje azul oscuro, un tres piezas como los de papá. Yo temía que papá asistiese al funeral con la misma camiseta y el mismo pantalón de pijama que había llevado durante días. Tal vez, de haber sido por él, habría ido de esa guisa, pero mamá le quitó la camiseta y el pantalón de pijama y lo empujó hacia la ducha, la maquinilla de afeitar y la pasta de dientes.

Sin embargo, duchado, afeitado y trajeado, papá no parecía papá cuando metió los cromos y el guante de béisbol de Grand en el ataúd. Yo le hice a Grand un nuevo cromo de Eddie Plank en sustitución del que había perdido cortando un cuadradito de una solapa de una caja de cartón. Luego dibujé a Eddie e incluso le puse sus estadísticas por detrás. Sal dibujó los ojos de Eddie. Yo nunca he sido capaz de hacer los ojos.

Mamá metió un New York Times debajo del brazo de Grand para que tuviese lectura mientras hacía cola para que le pesasen el alma. Yo no tuve valor para contarles ni a ella ni a papá lo de Ryker y toda la tristeza que trajo consigo. Les dejé tener al hijo que creían que tenían. De acuerdo con eso, Grand se convirtió en el hijo que no se había suicidado. Simplemente había muerto. Eso sería lo que responderían sobre su muerte en el futuro cuando alguien les preguntase.

—¿Fielding es su único hijo?

—Oh, no, tuvimos otro. Se llamaba Grand. Pero murió.

—Cuánto lo siento. ¿Cómo murió?

—Una noche en el bosque se murió, sin más.

—Ah, entiendo.

A menudo me preguntaba si alguna vez hablaban del asunto entre ellos.

Nunca lo hablaban conmigo. Nunca me preguntaban por qué creía yo que lo hizo. ¿Se lo habían preguntado ellos siquiera? En el silencio, y en la oscuridad, ¿se habían preguntado por qué su hijo tomó esa decisión?

Creo que papá estuvo a punto de preguntármelo una vez.

Fue mucho después de mudarnos de Breathed, un día que estábamos sentados en el porche de su casa de Pensilvania. Él estaba en el columpio del porche, yo en los escalones. Me estaba mirando.

Cuando me volví para situarme de cara a él, dijo:

—Grand era un chico estupendo.

—Sí, lo era.

—¿Sabes…?

—¿Si sé qué, papá?

Él volvió cruzar las piernas y cogió el periódico que tenía al lado.

—¿Sabes si aquel tipo, el que Grand conoció…?

—¿Ryker?

—¿Se llamaba así?

—Sí.

—¿Sabes si todavía trabaja en el New York Times?

—Ryker murió, papá.

—¿De verdad?

Asentí con la cabeza.

—Murió en el ochenta y cinco.

—Ah. —Agitó el periódico por delante de él—. Grand habría sido un buen periodista. ¿No crees?

—Si hubiera querido.

—Habría sido un buen jugador de béisbol.

—Si hubiera querido.

—Habría sido un buen marido y un buen padre.

—Solo si hubiera querido.

—Bueno, ¿y qué es lo que él quería?

Papá dobló apresuradamente el periódico y lo dejó con un fuerte ruido.

—Perdona, papá. No quería hacerte enfadar.

Me levanté para irme.

—¿Fielding? Espera. ¿Sabes…?

—¿Si sé qué, papá?

Él la tenía en la punta de la lengua. La pregunta sobre el motivo por el que Grand se había suicidado. ¿La habría contestado yo si me la hubiese hecho? No. Mi padre había perdido mucho brío para entonces. Era un anciano y no habría tenido suficiente fuerza para soportar la tragedia que había sido la vida de su hijo. Tal vez vio en mis ojos que no le diría la

verdad. Tal vez por eso dijo Da igual y miró las caléndulas que crecían en la maceta de al lado.

¿En qué pensaba él? ¿Era la forma en que atornilló unas asas en los lados del reloj para que los portadores del féretro tuviesen algo a lo que agarrarse? Papá fue uno de los portadores, y yo también. El cuerpo de Grand no pesaba, pero su muerte sí, y a veces pensaba que tendría que soltar el asa porque la carga era abrumadora.

Era como intentar levantar algo que se vertía en todo el cauce de un río y se derramaba más lejos de lo que mis manos podrían alcanzar jamás. Un torrente profundo y caudaloso que amenazaba con ahogarme en un hundimiento infinito. Justo cuando pensaba que se me iba a romper la mano de la presión, metimos el ataúd en la parte trasera del coche fúnebre y pude respirar, no con libertad, pero lo bastante para sobrevivir.

Cuando estábamos preparándonos para hacer el breve trayecto en coche al cementerio, mamá tiró de la manga a papá para decirle que no iba a acompañarnos.

—¿Por qué, mamá? ¿Es porque tienes miedo de salir otra vez?

—No tengo miedo. Hoy decido quedarme.

—¿Por qué? —preguntó papá, pero creo que en realidad le daba igual.

Estaba demasiado ocupado mirando el ataúd de su hijo en la parte trasera del coche fúnebre.

Ella le agarró las manos entre las suyas y las sostuvo pacientemente hasta que por fin él desvió la vista del vehículo a ella.

—Autopsy, amor mío. Cuando vuelvas a casa, me dirás: «Cariño, camino del cementerio pasó algo rarísimo». Y yo te preguntaré: «¿Qué pasó, amor mío?». Y me dirás que la puerta del reloj se abrió de repente y que Grand salió de un salto. Dirás que en realidad no estaba muerto, que solo fingía.

»Luego él se escapará. Huirá enseguida. Y yo te preguntaré: «Pero

¿adónde escapó?». Y tú me responderás: «Adonde van todos los relojes. Al lugar donde el tiempo no se acaba nunca, el lugar de la maravillosa eternidad».

Mientras nos alejábamos miré a mi madre en el jardín a través de la ventanilla del coche. Su pañuelo amarillo fue su gesto de despedida. Sal fue el único que le respondió.

Miré al frente enderezándome la corbata. Mamá también le había comprado a Sal un traje, y mientras que yo llevaba la corbata como un peso

en el pecho, la de Sal parecía caer con ligereza. Él daba la impresión de estar a gusto con un traje negro. A veces, cuando pienso en él ahora, lo veo con ese traje, una pequeña silueta llorando en un banco en medio de un campo frondoso. Un tractor avanza detrás de él. Sus zapatos relucientes en el suelo ajado.

Camino del cementerio, pasamos por delante de Elohim y sus seguidores. Estaban en el bosque, lo bastante cerca del linde para que pudiese verlos. Eché una ojeada a papá y a Sal. Papá tenía la vista al frente.

Sal miraba por la otra ventanilla. Yo fui el único que vio a Elohim, la pequeña culebra rayada deslizándose en su mano.

El cementerio era un prado aplanado situado en una colina. Se llamaba Reflection Hill porque, si te enterraban allí, la lápida era una escultura tuya de cuerpo entero colocada en el suelo. Tu reflejo, de ahí el nombre del cementerio.

Cuando todo estuvo dispuesto junto a la tumba, Sal se puso delante de nosotros con el volumen gastado de Hojas de hierba de Grand y pronunció unas palabras sobre el hermano que había perdido.

—Él existió. ¡Hurra! Él existió, y en todo momento lo celebraremos y le cantaremos, y por toda la eternidad lo guardaremos en nuestros corazones fuertes. Y fuertes debemos ser, porque no podemos quedarnos en la noche, pues prosigue el poderoso drama, y tú puedes contribuir con un verso.

Prosigue el poderoso drama y tú, querido Grand, has contribuido con tu hermoso verso.

Sal dejó el libro encima del reloj de pie. Y entonces los compañeros de equipo de Grand, los mismos que habían renegado de él, se pusieron en fila al lado de su cuerpo. Como una salva de la marina, lanzaron unas pelotas al aire y las golpearon con los bates. No les salió perfecto. Incluso creo que un par de jugadores no le dieron a la pelota, pero nadie se dio cuenta. Para todos nosotros, los swings se hicieron a la vez y las pelotas volaron como una sola. Dos veces más lo repitieron. Dos veces más salió perfecto.

Todavía me acuerdo del sonido de la tierra al caer encima del reloj. La esfera de cristal se rompería con el peso, y aunque yo no debería haber podido oírlo, lo oí. Bajo todas aquellas capas de tierra, oí cómo el cristal se partía y la tierra se abalanzaba sobre su cara limpia.

Cuando los demás se fueron, incluido mi abatido padre, que arrastró los pies hacia el coche, me sentí incapaz de abandonar el montón de tierra situado ante mí.

—¿En qué piensas, Fielding?

Sal estaba a mi lado. ¿Dónde estaban sus manos? Por algún motivo, las recuerdo encima de la tierra.

—Vi la huella de tu mano en la pared de la casa del árbol —dije—. La vi la noche que encontramos a Grand.

—¿Estás enfadado porque la puse allí? ¿Con la tuya y la de él?

—¿Cuándo lo hiciste?

—La noche que tiraron piedras a las ventanas en Main Lane. La sangre que viste en mi mano era del corte del dedo.

Miré la tierra. Pensé en desenterrarlo.

—El mes que viene es su cumpleaños. Me pregunto qué hará mamá con la receta de la tarta que ya ha puesto en la encimera.

—Está tu cumpleaños. Puede reservarla para entonces. Y las velas también.

Velas.

—¿Cómo encendiste los postes de aquella valla en el campo, Sal?

Él contempló las esculturas. Desde donde nos encontrábamos, podíamos ver la superficie de la de Dresden, su bonito rostro vuelto hacia el cielo, su vestido largo y los dedos del pie de su única pierna asomando por debajo.

El vestido más plano en el otro lado, debajo de la pantorrilla del muñón con el que había venido al mundo.

—¿Te acuerdas de cuando entré en casa de ella para ir al cuarto de baño, pero en realidad no fui?

Asentí con la cabeza.

—Alvernine había dejado las velas de cumpleaños en la encimera, con un estuche de cerillas. Los postes de la valla tenían astillas en la parte de arriba. Lo único que tuve que hacer fue clavar las velas en ellos.

—Pero se apagaron cuando Dresden sopló.

—Las velas siempre se apagan cuando hay viento.

—¿Por qué me dices eso? ¿No quieres que crea que eres el diablo?

—¿Ya no lo crees?

Me encogí de hombros.

—Un diablo no necesita cerillas para hacer fuego.

—Tiene gracia, porque nunca he hecho fuego sin ellas.

—¿Chicos?

Nos volvimos y vimos a papá, que había vuelto de mala gana.

—Es hora de irnos. Vamos.

El trayecto de vuelta a casa fue silencioso, y aunque papá estaba en el asiento delantero, parecía que estuviese más lejos, en la parte más baja de un campo muy hondo.

Vamos, sube de ese campo, papá, tenía ganas de decirle. Es lo que debería haberle dicho, pero lo dejé allí. Siempre lo dejaba allí. La muerte de Grand había abierto, y abriría para siempre, pequeños espacios entre todos nosotros. Entre papá y yo, entre mamá y yo. Entre ellos dos.

Pequeños espacios que sabíamos mantener. A veces nos acercábamos unos a otros como si fuese difícil, como si estuviésemos cubiertos de agua hasta la cintura y tuviésemos que luchar para atravesarla. Así es como papá se acercó a mamá cuando llegamos a casa. Cuando llegamos a casa y ella, que había estado esperando, se apretó la cintura con las manos, casi como dándose un puñetazo en el vientre.

Papá atravesó fatigosamente el agua para llegar hasta ella, ocultando su pena detrás de una sonrisa para decir:

—¿Sabes qué, amor mío? Camino del cementerio pasó algo rarísimo…

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