El verano que lo derritió todo

Tiffany McDaniel · Capítulo 22 de 27

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El verano que lo derritió todo

Capítulo 22

… hundidos para siempre, en el hirviente

océano, amarrados en cadenas,

para allí condenarnos con gemidos.

JOHN MILTON, El paraíso perdido, II, 182-184

No habríamos sabido de las piedras aquel verano si Grand no se hubiese colado por Ted Bundy. Por supuesto, no se llamaba Ted Bundy de verdad.

El periodista. Se llamaba Ryker Tommons.

Se marchó la mañana después de follar con Grand en el bosque. Grand no se dio cuenta de lo rápido que fue. Había sentido una conexión con otro hombre, y en la arcilla de la soledad, dio forma a algo que llamó amor.

Antes de que Ryker se fuese, Grand le pidió su número de teléfono.

—Tengo tu número, chaval. Yo te llamaré —prometió Ryker cuando estaban delante de su coche.

—Pensaba que yo te gustaba.

Grand estaba haciendo su número, el que le había visto utilizar con una chica tras otra.

—Y me gustas, chaval.

—Entonces, dame tu número.

¿Estaba metiendo Grand la mano en el bolsillo del hombre? ¿Estaba sacándole el bloc y el bolígrafo?

—Vamos, Ted Bundy, anótamelo.

A Ryker no le quedó más remedio que coger el bloc y el bolígrafo.

Grand se los había puesto en las manos, incluso había colocado los dedos del periodista alrededor del bolígrafo. Era como si la vacilación de Ryker le pareciese una prolongación del coqueteo.

—No sabes lo que me alegro de escapar de este calor —dijo Ryker suspirando.

A continuación, escribió el número con tal desgana que parecía garabateado por un niño que estaba aprendiendo a escribir.

—Llámame. —Le dio a Grand el número—. Bueno, hasta pronto, chaval.

Grand se quedó observando cómo el coche se alejaba. Se quedó allí mucho después de que se hubiese ido, agarrando el papel y el número de teléfono que correspondía a una pizzería de Brooklyn.

Grand estaba convencido de que Ryker quería darle el número correcto.

Según él, solo había un número incorrecto, de modo que llamó una y otra vez, cambiando el último, el primero o uno de los números del medio.

Llamó al estado entero de Nueva York, pero no a Ryker.

Finalmente, se le ocurrió que podía pedirle a la operadora el número del edificio en el que estaba la oficina del New York Times.

—New York Times, ¿en qué puedo ayudarle? —contestó una voz de mujer saturada de trabajo.

Grand le dio su nombre. Dijo que quería hablar con Ryker Tommons.

Añadió que era un amigo muy íntimo. Aguardó enrollándose el cable del teléfono alrededor del dedo.

—Lo siento, pero el señor Tommons no está disponible en este momento, señor Bliss. ¿Quiere dejarle un mensaje?

Ella recibiría muchos mensajes en nombre del señor Tommons, quien no devolvería ninguno. Un día, estando al teléfono con ella, Grand contrató una suscripción al periódico, ya que Ryker no cumplió su promesa de regalarnos una.

Cuando llegaba el periódico, Grand se duchaba, se perfumaba el cuello con colonia y se ponía la ropa del sábado por la noche como si se arreglase para una cita.

Solo leía los artículos de Ryker. Los leía repetidamente como si cada vez fuesen nuevos. Artículos sobre los gais en el teatro, el cine y la música.

La cultura acudía a Grand a toda velocidad en un idioma que había estado aprendiendo toda su vida. Lo extranjero se recortaba para adaptarse a la forma de sus Estados Unidos.

Podía pasarse una tarde entera leyendo y releyendo un artículo, un tiempo que antes pasaba en el campo de béisbol. No había vuelto al equipo desde el día que lo echaron. Fue sustituido oficialmente por Arly. El equipo se resintió. Tres derrotas seguidas. Ni segundas fases. Ni campeonatos.

Veías a los jugadores mirándose los guantes, como si se preguntasen si habían tomado la decisión correcta. ¿La victoria compensaba jugar en el mismo equipo que un marica?

Los guantes vacíos siempre decían que sí, pero luego la pelota venía volando en dirección a ellos. La atrapaban. Y se decían: Claro que no lo necesitamos.

Papá trató de averiguar por qué Grand ya no estaba en el equipo.

—No quiero seguir jugando, papá. —Se encogió de hombros—. ¿Hay algún problema?

—Pensaba que te gustaba el béisbol. A mí me gustaba verte jugar, pero si no quieres seguir, claro que no hay ningún problema.

Y entonces papá lo abrazó, y Grand suspiró entre sus brazos.

—Gracias, papá.

El equipo amplió el campo de béisbol aquel verano, y las cosas que se decían allí se convertían en rumores en el pueblo.

—¿Te has enterado de lo de Grand Bliss? —susurraban.

—No me lo creo. Él no habla como ellos. No anda como uno de ellos.

¿Cómo va a serlo?

—Pero lo es. He oído que besó a otro chico. Ya no se sabe quién lo es o no lo es. Fíjate en Rock Hudson. Siempre circulan rumores sobre él. Me acuerdo de cuando lo veía en las películas antiguas. Nunca me habría imaginado que desearía algo que no fuese una mujer guapa. Nunca se sabe lo que desea un hombre. No, nunca se sabe quién es un hombre.

Papá nunca caía en los círculos de chismorreos. Mamá a veces, pero solo porque Fedelia llevaba esa clase de noticias a casa en sus visitas.

Aunque en lo tocante a Grand, no hacía ninguna referencia. Se sentaba enfrente de mamá y decía que Grand era un chico muy especial.

—Ajá —decía mamá, sin saber qué se agitaba en el fondo.

—Pero temo por él, Stella.

Mamá hacía un ruido, algo parecido a una risita.

—No seas tonta, tía, es un chico fuerte.

Fedelia se frotaba las manos.

—Ya.

Desde la noche que Sal le cortó el pelo, Fedelia ya no decía tacos.

Hablaba en un tono sereno. Como la miel derretida. Su ira había sido extirpada con las cintas y luego barrida y tirada a la basura. Iba con la cabeza más alta. Andaba con menos torpeza. Incluso había adelgazado y planeaba hacer un crucero la primavera siguiente. Solo pronunciaba el nombre de Scranton para decir:

—Fue mi marido. Me dejó. Se acabó. Ya lo he superado, y le deseo lo mejor.

A diferencia de los sacos que se ponía antes, su ropa era ahora ceñida, sin miedo a tocar su cuerpo y la persona que volvía a ser.

Tal vez era la dura travesía que había tenido que recorrer para encontrarse a sí misma lo que le hacía sentir una profunda lástima por Grand. El chico, que tenía problemas con su identidad, y ella, que sabía perfectamente lo que se siente viviendo bajo el peso del mundo.

—He oído que a Grand le interesa ahora el periodismo.

Fedelia cruzó sus esbeltas piernas mientras se pasaba un pañuelo por encima del labio para secarse el sudor. Su maquillaje era más sutil que antes, más favorecedor, como la mata corta de pelo blanco.

—Sí, eso parece. —Mamá rio entre dientes—. Deben de haber sido todos los periodistas que han venido. Debe de haberle parecido interesante.

Grand no quería ser periodista. Yo lo sabía. Solo intentaba establecer una conexión entre él y Ryker, el primer hombre que había conocido que era como él. Es difícil no enamorarse de la única manta en pleno invierno.

Y enamorado, Grand lo estaba sin duda.

A su juicio, se estaba asegurando de que se convertía en alguien digno de ser correspondido. Un bloc por un bloc. Un bolígrafo por un bolígrafo.

Un periodista por un periodista. El chico correteaba por el pueblo haciendo entrevistas sobre esto y aquello. Notas que luego se convertían en artículos en la máquina de escribir de su cuarto. Incluso redactó un artículo sobre Dresden.

De modo que ella se ha ido, y no podemos quitárnoslo de la cabeza, pero podemos congratularnos de haberla conocido y que ella sea el consuelo que hallemos.

Los demás artículos de Grand eran de menos fuste. Cubría de todo, desde las actividades de la cámara de comercio local hasta el campesino que estudiaba la vegetación resistente a la sequía. Escribía sobre exposiciones de artesanía, mercadillos solidarios de colchas y la marihuana que crecía en un maizal.

De las obras de renovación de los cines, las pantallas más grandes y las butacas más lujosas. Del auge de los ventiladores en la zona y de los constantes esfuerzos del alcalde por mantener el pueblo fresco. No conseguía dotar de interés los asuntos aburridos, de modo que hacía con ellos una bola. Agarraba esa bola como las pelotas de antaño. Se preparaba y la lanzaba lentamente a la papelera. Ese era el béisbol al que jugaba entonces.

Un día fui a la papelera, desplegué las bolas y encontré muchas acusaciones vertidas contra Sal. Grand citaba a un hombre que había dicho que si Sal te tocaba el buzón, solo te esperaban malas noticias.

«He empezado a pintar mi buzón cada pocas horas —decía el hombre

—, así, si él lo toca, lo sabré porque la pintura húmeda siempre lo salva todo».

Una mujer afirmaba haber visto a Sal en medio de la vía del tren.

«Estaba enfocando una bolita de papel de plata con una linterna de bolsillo. Un par de horas más tarde, encendí la radio y me enteré del horrible accidente de ferrocarril que hubo en el pueblo de al lado. Murió mucha gente, y todo porque según el maquinista una luz blanca muy brillante le deslumbró».

No hace falta decir que no hubo ningún accidente de ferrocarril. Volví a hacer una bola con los artículos y los dejé como los había encontrado.

Cuando me giré, Grand estaba allí, en la puerta.

No dijo nada y pasó junto a mí para dejar el bloc y el bolígrafo junto a la máquina de escribir. Supe que le pasaba algo por la forma en que se frotó la cabeza, como si tuviese un tambor allí dentro, golpeando con fuerza.

Miró por la ventana, y años más tarde me acordaría de él en ese instante al leer una frase de un libro que hablaba del agua que salía por una grieta en el fondo de una taza.

—¿Grand?

Él contempló las columnas del Partenón pintado en las paredes. Su habitación era Grecia, y mamá la había hecho clásica como Aristóteles.

—Van a venir a tirar piedras a casa, Fielding. Van a venir a tirar piedras esta noche. Me lo ha dicho Yellch. Acabo de verlo.

—Yo pensaba…

—¿Que ya no me hablaba? —terminó la frase con la mirada gacha—.

Sí. He pensado que el hecho de que me avisara de las piedras a lo mejor significaba que podíamos volver a ser amigos. Pero me ha dicho que solo me advertía por la vez que yo lo salvé de unas piedras.

—¿Por qué van a tirar piedras? ¿Por ti?

Por un momento pensé que me pediría que lo llamase marica una vez más. Por la forma en que me miraba, parecía que la familia estuviese al borde del colapso y que toda felicidad se esfumase, hubiera desaparecido ya y se hubiese vuelto imposible.

—No, Fielding, no por mí. Esta vez no, al menos. Van a hacerlo por Sal.

—¿Y qué hacemos?

—Alejarnos de las ventanas, supongo.

—Haremos más que eso.

Nos volvimos hacia la voz de papá, que estaba en la puerta. Nos dijo que saliésemos con él a las cannas. Por el camino, Sal se nos unió, y le conté lo de las piedras. Se le quebró la voz cuando se disculpó.

—Es por mi culpa.

Papá dijo que no pasaría nada. Luego nos mandó que arrancásemos todas las cannas. Mamá rondaba por el porche y nos gritó que parásemos.

Para mi sorpresa, papá le dijo:

—Sal y oblíganos.

Ella puso el pie en el escalón superior del porche. Era lo más lejos que había visto nunca a mi madre de casa.

—Otro —susurré—. Vamos, mamá, solo uno más.

Ella alzó la vista al cielo, tiró del pie hacia atrás y se encogió de hombros; es probable que dijese la palabra lluvia. Tiramos de las cannas con más fuerza, y ella apartó la vista. Cuando volvimos al porche con las flores, pidió una. Sal le dio una Alaska.

Y luego esperamos. Nos sentamos en el porche. Las flores eran tan altas que tenía la sensación de que estaba abrazando a otro yo. Esperamos en silencio el peligro que se avecinaba. Que no se avecinaba, sino que ya estaba a la vuelta de la esquina. Andando por el camino. Con los pies descalzos pisando la tierra y dirigidos por un hombre bajo de blanco.

Mamá levantó el ramo de flores de Sal y las añadió a las de papá.

—Es mejor que no lo vean.

Mientras Sal y mamá se quedaban al abrigo de la oscuridad del porche, papá y Grand se dirigieron al borde del jardín. Acudieron rápido, decididos a utilizar las piedras que tenían en las manos. Piedras que les llenaban las palmas y les estiraban los dedos de forma inquietante en los nudillos.

Ellos redujeron el paso cuando nos vieron y se miraron unos a otros sin saber qué hacer. No habían debatido la situación. Pensaba que solo verían los ladrillos de nuestra casa, las ventanas, la puerta. Es fácil tirar piedras a esas cosas. No es tan fácil tirárselas a personas que conoces. Personas que no son como el niño y el diablo que habían creado a partir de esa imagen.

Se juntaron con nosotros en el linde del jardín. Estaban en silencio.

Nosotros estábamos en silencio. En alguna parte, un grillo no lo estaba.

Finalmente, papá habló.

—¿Quién quiere una de las cannas premiadas de mi mujer? ¿Eh? Solo cuestan una piedra. Una piedra por una flor. Me parece una ganga.

Dio un paso hacia ellos.

—¿Qué me dices tú?

Ofreció una flor a una mujer que se mordía el labio y sudaba por encima de él. La mujer miró la piedra que sujetaba en la mano y le dio la vuelta.

Intentó mirar la casa, pero fue incapaz de pasar de papá o de la flor.

—Está bien.

Soltó la piedra y cogió la flor antes de retirarse a toda prisa al fondo del grupo.

—¿Y tú?

Papá estaba haciendo otra venta.

Grand también estaba ofreciendo sus flores. Las personas del grupo situadas delante de mí miraban esperando a ver si yo también les impedía tirar piedras.

—¿Una flor por su piedra?

Di un paso al frente.

Y allí estábamos los tres, desmantelando poco a poco a la turba que tanto había deseado destruirnos. Lanzábamos las piedras a un gran montón en el jardín. Cada chasquido de una piedra contra otra me hacía estremecerme, nos hacía estremecernos a todos detrás de pétalos y ramas.

Cuando estaba entregando una flor, vi que Grand tendía despacio una Russian Red a Yellch. Sin decir palabra, Yellch le dio a Grand su piedra.

Como sus manos se demoraron tanto en el intercambio, de lejos se podría haber pensado que simplemente eran amigos, o jardineros como mínimo, cogidos de las manos y hablando de flores.

Al fondo del grupo vi a Elohim. Nadie le había dado una flor aún, de modo que le pregunté en el mejor tono posible:

—¿Una flor por su piedra, señor Elohim?

Él levantó las manos vacías. Y sin embargo, ¿no era aquella multitud una gran piedra para él?

—¿Te acuerdas de cuando me tirabas piedras, Fielding? No agaches la cabeza. Mírame. ¿Te acuerdas?

Asentí con la cabeza.

Él también asintió.

—Espero que algún día sepas lo que se siente.

Cogió la flor y se apartó, y la muchedumbre se fue con él.

Años más tarde, cuando estaba en el último tejado al que me subí, las piedras finalmente vinieron a por mí. Llegaron de repente y del cielo.

Cayeron tintineando sobre los coches. Cayeron sobre el tejado de pizarra y rompieron las tejas sobre las que me encontraba. Aun así, mientras otros corrían al interior, yo me quedé.

—Eh, colega, vas a palmarla ahí arriba con este granizo.

Pero me quedé y extendí los brazos, levanté la cabeza, la herida antes que la cicatriz, y yo, querido Elohim, por fin supe lo que se siente.

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