Erasmo de Róterdam

David Cusin · Capítulo 10 de 14

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Erasmo de Róterdam

Erasmo y Lutero: un entendimiento quimérico (1516-1529)

ERASMO Y LUTERO: UN ENTENDIMIENTO

QUIMÉRICO (1516-1529)

 

No se puede hablar de Erasmo sin mencionar a Martín Lutero y su visión de

la Reforma. Sin embargo, cuando Erasmo escucha hablar de Lutero por

primera vez, en una carta del secretario del elector de Sajonia en 1516, está en

la cúspide de su gloria y no le presta demasiada atención a este doctor en

Teología. En efecto, los dos hombres tienen ideas distintas: para Lutero, la

predestinación tiene un papel clave y hay que poder actuar con justicia para

ser justo, mientras que Erasmo defiende la idea de que el hombre es

responsable de sus actos ante dios, por lo que es él quien tiene que elegir si

hace el bien o no. Aunque estas dos visiones de las cosas no son compatibles,

se podría decir que ambos hombres persiguen un objetivo común: una

reforma de la Iglesia, entonces inadaptada a las necesidades de la sociedad y

cuyos abusos son múltiples y condenables. Sin embargo, cada uno de ellos

aborda este cuestionamiento de forma muy distinta, lo que desencadena una

dura lucha teológica e intelectual que les enfrenta durante quince años.

 

MARTÍN LUTERO

 

Originario de Eisleben, en Turingia (Alemania), Martín Lutero es hijo de un empresario de

minas. Recibe una educación de jurista en Mansfeld, Magdeburgo y Eisenach, durante la que

trabaja en la gramática, la retórica y la lógica. Sus estudios no le gustan y deja la Universidad

de Erfurt en 1505 para entrar en una cofradía agustina. Nombrado doctor en Teología en

1512, ocupa la cátedra de Enseñanza Bíblica de la Universidad de Wittenberg. En 1517,

cuando el papa le pide al arzobispo de Maguncia el establecimiento de indulgencias para

utilizarlas para la restauración de la basílica de San Pedro, Lutero se conmueve y protesta

ante él con sus 95 tesis: la Reforma está en marcha.

Retrato de Martín Lutero.

 

Lutero defiende sus ideas con un fanatismo y una violencia difícilmente

aceptables para Erasmo: ya hemos visto hasta qué punto este último detesta

los excesos en materia de religión y, además, el erudito de Róterdam

considera que el reformador alemán es demasiado inflexible para poder

transigir con él. Y es que Lutero es, ante todo, un predicador ferviente que se

basa en sermones fogosos para convencer a las masas. Erasmo, por su parte,

es un intelectual más reservado, que comparte sus ideas sin predicarlas. Sin

embargo, en 1519, mientras la Reforma gana terreno, Lutero se dirige

directamente a Erasmo esperando hacerse con la aprobación de esta gran

autoridad en el mundo intelectual europeo. Este lo rechaza de forma educada,

prefiriendo ser neutro y animándolo para que muestre moderación. A partir de

ese momento, Lutero ve en Erasmo un enemigo al que tiene que superar por

todos los medios. Hay que tener en mente que esta revolución preconizada

por Lutero significa para Erasmo el fin de la Ecclesia Universalis («la Iglesia

universal») y de todo lo que esta puede representar a nivel de la unión de las

naciones y los pueblos. Como gran partidario del pacifismo y de una cierta idea europea, Erasmo está convencido de que esta escisión implicará futuras

guerras y, por consiguiente, un retorno a la barbarie.

 

Entonces, Erasmo publica De libero arbitrio («Sobre el libre albedrío»)

(1524) para dar a conocer al mundo su posición con respecto a esta cuestión

teológica tan discutida por los luteranos. Lutero responde un año después con

el De servo arbitrio («Sobre el siervo albedrío») (1525), que reafirma las

diferencias fundamentales que separan a ambos hombres, a pesar de tener

puntos en común innegables. La Reforma gana terreno, y Erasmo siente que

su sueño de una Europa unida en el plano espiritual levanta el vuelo. Continúa

publicando importantes obras, pero estas no tienen el alcance esperado. Tres

de sus últimos libros, De la urbanidad en las maneras de los niños (1530),

Concordia de la Iglesia (1534) y Discusión sobre el libre albedrío: respuesta

a Martín Lutero (1534), muestran que el ecumenismo todavía le interesa al

final de su vida. Poco antes de su muerte, rechaza incluso el capelo de

cardenal, recordándoles así a todos que nunca en toda su vida ha estado atado

a ningún tipo de lealtad.