Estuche de muerte
[1] Un "héroe" es un emparedado de salchichón, queso y lechuga. [T.]
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
–Le conocerás -repitió Diddy-, y juzgarás si tengo o no razón.
Parece una buena idea. O quizá no. ¿Puede estar seguro Diddy de que Hester entenderá a Paul? Tal vez no vea más que la mitad de lo que Diddy ve. El mundano y simpático Paul que sabe suscitar sonrisas, que sabe hacerse querer, y hacer que cada cual se quiera un poco más a sí mismo. El atractivo artista. Quizá Hester le encuentre más atractivo que Diddy, le prefiera a Diddy.
–Mañana…
–Dalton, no hables de mañana. ¿Dónde estás? Acércate a mí.
–Dijo que mañana nos llamaría. No sé cuánto va a estar en Nueva York, pero quiero que esta vez le conozcas.
Hester apretó su cuerpo contra el de Diddy de una manera que siempre le excitaba. Estremecido, casi doloroso nudo en el vientre. Súbito y duro florecer del sexo. Hester se desliza entre las sábanas, aplica los labios al sexo de Diddy. Diddy gime, aparta la ropa, oprime la nuca de Hester con la mano. Ella le devora, le sorbe hacia su cuerpo, le arrastra lejos de la memoria, del pensamiento, de las palabras, de Paul. Que se acabe todo. No importa. Sí, sí importa. Pero que se quede hasta mañana.
Al día siguiente Paul no telefoneó, aunque Diddy y Hester no salieron de casa, pendientes de la llamada. Un día más, dos días, tres, y Paul no dio señales de vida.
Desde la riña, Diddy y Hester parecían vivir más apaciblemente, casi en silencio. Estaban como atontados por la explosión. Fuera de lo sexual, apenas si entraban en contacto. Luego, poco a poco, fueron recobrando algo de vigor, borrando lo espectral del ritmo de sus días, pero el silencio y la inactividad seguían prevaleciendo. Desde que dejaron de salir a pasear, Diddy y Hester vivían aprisionados entre los cuatro muros del departamento.
Diddy no sabe si es él o si es Hester quien ha deseado esta situación; sí sabe que los dos la desean (ahora). Diddy ni siquiera saca al perro, como antes, una vez por la mañana y dos por la noche: hace poco se decidió a entregar a Xan a la Sociedad Protectora de Animales.
En lugar de desaparecer, como Diddy había esperado, la antipatía de Hester por el perro había ido acentuándose. Xan empezó a reaccionar. Se escondía debajo del sofá cuando Hester entraba en la sala; se agitaba, gemía, se humillaba, cuando Diddy le daba de comer o le peinaba o buscaba la correa para salir de paseo. Si Diddy se hubiera considerado capaz de resucitar al antiguo Xan, vivaz y alegre, no se habría deshecho de él. Pero Diddy aceptó como irrevocable la transformación del perro, y cobró por él algo de la antipatía que Hester le mostraba.
Aunque (ahora) no cree echar de menos a la criatura sobre la que derramó su frustrado afecto en estos dos últimos años, es posible que Diddy padezca cierto vacío sentimental. Sin darse cuenta, claro. Nostalgia del diálogo amistoso que sólo puede sostenerse con un animal, o al menos con quien no está dotado de habla. Es quizá por esto (aunque el motivo no es indispensable) por lo que Diddy ha estado pensando varios días en algo que escribió en su juventud.
En el segundo año de universidad, Diddy empezó a trabajar en una novela. Se titulaba Historia del Niño Lobo, y estaba escrita en primera persona, ya que, a juicio de Diddy, sólo el protagonista podía narrar sus hazañas. Nunca se atrevió a enseñarle su obra a nadie, amigo o maestro, porque temía que le demostraran que no tenía talento de escritor. Cuando inició en serio los estudios de preparatoria médica, abandonó del todo la literatura. Pero algún valor debía de atribuirle a la novela, cuando sin
releerla la había conservado hasta (ahora). Tanto el borrador, escrito en tres cuadernos con la pluma Parker que le había regalado su madre cuando acabó la escuela secundaria, como la primera copia en limpio, ya pasada a máquina. Diddy quisiera (ahora) leer su juvenil creación en voz alta, para Hester y para sí.
Sabe precisamente dónde está. En la gruesa caja de cartón que nunca ha abierto, sobre el estante del armario de la entrada. La caja contiene, entre otras cosas,
calificaciones de la escuela secundaria;
cuatro anuarios escolares;
veinticinco números del semanario estudiantil, de la época en que Diddy era redactor-jefe;
todos sus diplomas;
sobres manila llenos de fotos infantiles de Diddy y Paul; el tirador de resortera que se fabricó a los ocho años; sus diarios "católicos" de la adolescencia; sus medallas de baloncesto y carreras de pista; un álbum de recortes de periódico, reseñas y programas de los conciertos de Paul, junto con otros y variados recuerdos de su carrera (hasta 1960);
el retrato de Pasteur que Diddy hizo en acuarela cuando tenía diez años; distintivos de la campaña electoral de Adlai Stevenson; un voluminoso paquete, atado con cordel, de las cartas, (tres diarias, a veces) recaditos y telegramas que se enviaron él y Joan en los dos primeros meses de relaciones.
Diddy encontró la caja. Pero no encontró la novela. Ni el borrador, ni la versión mecanografiada. ¿Cómo es posible? ¡Busca bien! Diddy estaba seguro de que no había tocado el manuscrito; nadie habría podido llevárselo sin su conocimiento. ¿Dónde estará? Metódicamente revolvió otros probables escondites, examinó todos los armarios, cajas y cajones. La novela no aparecía por ninguna parte.
En la gruesa caja de cartón faltaba otra cosa. La medalla de oro que le dieron a Paul cuando ganó el Premio Chopin. "Guárdamela, Diddy", dijo Paul con descuido, al volver de Varsovia. Y sonriendo, la echó sobre el plato de su hermano, a la hora de cenar. Diddy nunca acertó a decidir si Paul le quería más de lo que él había supuesto, o si estimaba en poco su
inesperada victoria y fama súbita. Fuese una cosa u otra, el regalo tenía más de maldición gitana que de bendición fraternal. Temiendo que Paul fuera a pedírsela algún día, Diddy nunca se había atrevido a tirar la medalla a la basura. Pero al notar (ahora), después de haber vaciado la caja en el piso para asegurarse de que no está la novela, que también se ha volatizado la medalla de oro con su precioso estuche de cuero y terciopelo, Diddy siente un profundo alivio.
Pero la desaparición de la Historia del Niño Lobo ya es cosa mucho más grave.
Diddy trata de no abatirse demasiado por la pérdida de su manuscrito.
Al fin y al cabo, no era más que un capricho de adolescente. Sin valor literario. La pérdida no es tan sensible. Pero sí es dolorosa. Diddy se había entusiasmado con el proyecto de leerle su obra a Hester. Entregarle una parte de su vida que nunca le había ofrecido a nadie, ni a Joan siquiera.
Además, sospechaba que la novela habría calmado un poco el escozor casi imperceptible que Diddy sufre por haberse deshecho de Xan. No le habría consolado por completo. Pero sí le habría recordado al perro, por su parentesco con el lobo.
Hester llega de la sala, se detiene junto a Diddy:
–¿Qué haces, Dalton? ¿Buscas algo?
No, nada. Repasando cosas viejas, tirando lo inservible.
Lo más que Diddy puede haces es reconstruir, en un sueño repetido, un trasunto, parodia o fragmento de la extraña narración. El sueño es el único que tiene (ahora). Feliz modificación de las oscuras pesadillas del mes pasado, que le dejaban hundido y vacío, con la sensación matinal de llevar sobre el pecho una gran piedra plana. De este sueño y sus variantes, Diddy despierta descansado, ligero, casi purificado.
En el sueño, la Historia del Niño Lobo conserva algo de su carácter original, de las cualidades "literarias" que Diddy habría admirado en sus días de estudiante devorador de novelas. Un relato grave, de paso lento, un tanto recargado de detalles naturalistas. Aunque el sueño se repite varias veces en el curso de las últimas semanas, la trama se desarrolla sin grandes alteraciones. Lo único que cambia un poco es el final.
En su versión más generalizada, el sueño comienza con un prólogo.
Diddy se encuentra con el Niño Lobo, que está llorando. En muchas etapas del sueño el Niño Lobo tiene aspecto humano, tan humano como cualquier
hombre, pero es en realidad un animal. Diddy lo sabe. El Niño Lobo lo sabe. Por eso llora. Porque es un animal, y aspira a ser algo mejor. ¿A qué?
Termina el prólogo.
Y empieza el sueño propiamente dicho, dividido en dos partes.
Primera Parte. El Niño Lobo cuenta la historia de su vida. Diddy escucha, con la reacción tan frecuente en los sueños: sorpresa, inquietud, y a la vez convicción de que ya se sabe el cuento, de que se lo han contado muchas, veces, si bien le agrada volverlo a oír.
El Niño Lobo relata, pues, su vida. Nació de padres respetables, artistas de circo, de apellido Shaw. Era hijo único, bautizado Hiawatha por su abuelo paterno, indio cherokee de pura raza. Su padre era alambrista; su madre, originaria de Budapest, domadora de leones. Aristócratas entre la gente de circo, por su destreza rara aunque no monstruosa; por no tener deformidades físicas. El Niño Lobo pasó una infancia afortunada y aventurera, de jira con sus padres. Tenía catorce años cuando en North Platte, Nebraska, donde el circo amenizaba las ferias, su padre y su madre murieron en un accidente de automóvil.
El huérfano fue adoptado en seguida por el mejor amigo de la familia: Lyndon el tragasables, a quien Hiawatha conocía bien y trataba como a un tío cariñoso. Pero en plan de padrastro Lyndon reveló una crueldad insospechada. No sólo descuidaba al muchacho, sino se burlaba de él y le humillaba todo lo posible. Un día, furioso sin motivo, el tragaespadas le infirió la herida más honda: le dijo fríamente que sus padres no eran sus padres. "Pero no te irás a creer que eres un huerfanito desconocido, y que un día vendrá a buscarte una princesa o una artista de cine o algo así. ¡Nada de eso!" Lyndon se echó a reír, se tuvo que dar golpes en la cabeza para contener la risa. Por fin logró seguir hablando, con los pulgares metidos en los tirantes del pantalón. "El final de tu historia no es feliz, como el de las películas cursis. Es mucho más interesante… Verás…"
Hiawatha no era hijo de los Shaw ni de nadie que se pareciera a ellos.
Hiawatha había nacido de dos simios gigantes que el circo había traído de África. Era una mutación, un monstruo de la Naturaleza, sin precedente científico. Tan pronto como apareció aquella criatura sonrosada y lampiña en la sucia paja de la jaula, la separaron de sus bestiales genitores y se la entregaron al amable matrimonio sin hijos con el que había de crecer.
–¿Lo saben todos los del circo? – preguntó Hiawatha, ahogando sus sollozos.
–Claro que lo saben -contestó el tragahojas-. Buen susto se llevaron cuando saliste del coñazo de la gorila. Y eso que la gente de circo no se asusta por cualquier cosa. Te querían matar, sin más ni más, sin registrar tu nacimiento. Para hacerte un favor. Un acto de caridad. A nadie le hubieran pedido cuentas. ¿Quién iba a saber, o a creer, que existías? Yo voté a favor de que te eliminaran. El director también. Dijo que eras un insulto a la Providencia, que el Todopoderoso deseaba tu muerte. A mí no me hacía gracia toda esa fantasmonería religiosa, pero le di la razón.
–¿Qué pasó después? – murmuró el desconsolado chiquillo.
–El tipo se rajó. Le convencieron unas almas buenas. Pero como los muchachos del circo tenían hinchadas las narices y se habían empeñado en hacer algo, pasamos el platillo, le dimos la colecta al director para taparle la boca, y fusilamos a tus papas.
Ésta era la prosapia del Niño Lobo, tal y como se la describió a Diddy entre raudales de lágrimas. La historia continúa. El Niño Lobo saca un pañuelo, se suena ruidosamente y relata lo que sigue.
Poco después de la insoportable revelación, Hiawatha huyó del tragaespadas Lyndon, del circo ambulante, de todo. Al principio llevó vida de vagabundo, viajando en trenes de mercancía. Pronto le pareció aquello demasiado sociable, y empezó a apartarse del mundo, a practicar la regla del ermitaño. Fue encontrando albergue en cavernas lejanas, en barrancos, en chozas abandonadas junto a aldeas de granjeros y pastores. Primero en Nebraska, luego en Colorado, por fin en Arizona. Esta vida le agradaba mucho más.
Qué doloroso destino, piensa Diddy en el sueño. Y siente que a él también se le inundan los ojos de lágrimas. ¿Sólo por el Niño Lobo? ¿O por su propio aislamiento sin honor?
La historia del Niño Lobo tiene un capítulo mucho más terrorífico.
Empieza al año de vagabundaje, cuando Hiawatha acababa de cumplir dieciséis, y se refiere a su apariencia, con todas las honduras (históricas, biológicas, psicológicas, espirituales) que las apariencias suelen encubrir.
Hasta los trece o catorce años, Hiawatha tenía el aspecto normal de cualquier muchacho americano. Aunque era quizá de menor estatura, no debía preocuparse, le aseguró el doctor que viajaba con el circo. Madurez
retrasada, condición poco frecuente pero natural. Hay jóvenes que no llegan a la pubertad hasta la edad de dieciocho años. Algún día agradecería Hiawatha este breve retraso: llevaba traza de crecer bastante.
Se entiende que, cuando le empezó a nacer vello facial, Hiawatha se alegrara. No le importaba no haber añadido ni un centímetro a su talla desde los trece años. Ya era un hombre. Vivía entonces en Arizona, en una vieja cabaña de mineros; se sustentaba de frutos silvestres y algún animalejo que cazaba con trampas o, a veces, con las manos. Después de examinar jubilosamente el vello de su rostro, pecho, axilas, brazos, dorso, ingles y piernas, el muchacho se encaminó a la carretera y logró que le llevaran en auto a Flagstaff, la ciudad más cercana. Se puso en una esquina, junto a un cine, y pidió limosna hasta reunir lo bastante para comprarse hojas y maquinilla de afeitar. Volvió como había venido, se encerró en su cabaña y se afeitó.
Pronto se dio cuenta, le contó a Diddy el Niño Lobo, de que algo andaba mal. Bajo la fina capa de pelo que había rasurado, se encontró con otra más espesa y áspera. Y no sólo en las partes habituales, mejillas, mentón, bozo, sino en toda la cara. En la frente, por ejemplo. En los pómulos. En el cuello, detrás de las orejas. Y luego, en el cuerpo, le iban brotando numerosos y tupidos florones peludos. Más y más, por toda la piel, menos en la palma de las manos, en el empeine y en las corvas.
Hiawatha Shaw se estaba convirtiendo en el Niño Lobo.
No podía hacer nada contra esta irreversible, aunque tardía, metamorfosis. Si a raíz de la cruel y gratuita revelación del tragaespadas, Hiawatha ya tenía miedo de la gente, de la máscara humana con su infinita aptitud para la traición, (ahora) su secuela natural debía apartarse por completo de la compañía de los hombres. Aunque nunca había dormido profundamente, Hiawatha aprendió a dormir de día y salir de noche, y a ponerse en fuga tan pronto como oía una voz humana.
Así ha vivido, le dice a Diddy, hasta la fecha.
Cuatro años. Acaba de cumplir veinte. Diddy se alegró de que el Niño Lobo le confesara su edad; él no habría podido deducirla de su aspecto. El Niño Lobo era de escasa estatura (menos de metro y medio) pero tenía gruesas y poderosas extremidades. Se vestía de desechos que sacaba de los basureros o encontraba junto a la carretera; los domingos se ponía su ropa de lujo, arrebatada a la cuerda de tender de algún ranchito aislado. Se
mantenía de lo que robaba en las cocinas o de las sobras de las excursiones.
Sobre todo esto último: de la generosa y variada vianda excursionista había logrado vivir varios meses.
Su morada más reciente era la cueva de un puma que poco antes la había abandonado. En el cañón Sabino, al pie de las montañas Catalina, cerca de Tucson. El cañón, extraordinario aun en una comarca tan famosa por su hermosura, era un lugar preferido de los excursionistas, familias y parejas de la ciudad. Desde su nicho, labrado en la pared de una barranca, el Niño Lobo los miraba jugar y reír, escuchaba sus radios de transistores.
Disimuladamente los observaba cuando, después de haber devorado una comida de varios platos, los viejos se echaban a dormir a la sombra, las parejas bajaban al río a distraerse y los muchachos corrían tras el balón. El Niño Lobo anhelaba y temía a la vez aquella fácil convivencia humana que él había conocido en otro tiempo. A veces los visitantes tendían el mantel al pie de la ladera donde él tenía su covacha, y él los veía de cerca, a menos de veinte metros, y oía todo lo que decían, gracias a la excelente acústica del cañón. No había peligro de que le descubrieran: las paredes de roca eran demasiado escarpadas para que se atreviera a escalarlas un aficionado, y no lo bastante para incitar a los profesionales.
Sólo una vez las había asaltado uno de los excursionistas. Una niña de doce o trece años, alta, flaca, de largo pelo negro, con zapatos de lona, pantalón vaquero azul, camisa a cuadros rojos y chamarra india de cuero desflecado, comprada quizá en la tienda de curiosidades de la reserva Pima, al sur de Tucson. Del cuello le colgaba una correa con un silbato, que la niña había empleado varias veces para llamar a su perra, una terrier de nombre Lassie. La niña no tenía ni la menor idea de las dificultades del ascenso: era evidente que no estaba acostumbrada a subir montañas ni gozaba de excepcional agilidad física. Pero no se caía. La ignorancia, el tesón, el amor propio y una falta total de terror a las alturas la iban empujando ladera arriba, entre gruñidos y jadeos. Ya había dejado atrás los primeros diez metros cuando se detuvo, como para añadir peso a la angustia del Niño Lobo: una piedra afilada, a la que se había agarrado, le había hecho sangre en la palma de la mano. Pero continuó subiendo. El Niño Lobo retenía la respiración: la niña, como era de esperar, se dirigía a la cueva. Un descanso natural: el único en su ascenso, y a mitad de camino hacia la cumbre.
Diddy empieza a desasosegarse. ¿Cómo acabará el cuento, bien o mal?
No quiere pensar en el cuerpo quebrado, destrozado sobre las duras piedras del barranco. El Niño Lobo le tira de la manga, reclama su atención. Nunca ha tenido un oyente tan fiel como Diddy. Escucha, Diddy.
Diddy suspira, angustiado, y el Niño Lobo sigue con sus reminiscencias.
Palmo a palmo la niña subía, se acercaba a la madriguera, y el Niño Lobo se asustó de verdad. ¿Qué iba a hacer cuando la muchacha llegase al umbral de la cueva y le viera, le viera la cara? ¿Podría él imitar (ahora) el rugido del puma ausente, para alejarla antes de que se izara hasta el borde?
Quizá. Pero si ella se sobresaltaba, perdía el equilibrio y rodaba al fondo del cañón, ¿qué? Más cerca, más. La tez velluda del Niño Lobo se empapaba en sudor, desde su estrecha frente hasta la planta de sus pies calzados de mocasines; la hirsuta funda de su breve cabeza vigilante se rayaba de surcos húmedos, pegajosos. La indecisión, uno de los últimos vestigios de su disminuyente humanidad, contra el terror. Acurrucado en la cueva, el Niño Lobo se mordía los belfos con sus blancos y agudos colmillos. Dividido entre la compasión humana por el peligro que corría la niña y el sano imperativo animal de defenderse.
El Niño Lobo no desea la animalidad. Envidia el sufrimiento superior de los seres humanos. Diddy ha notado que, al hablar, el Niño Lobo cruza sus peludas piernas, con delicadeza, casi con elegancia. Es un chiquillo, piensa Diddy. Un chiquillo juguetón, como un muñeco grande y desgarbado.
No desea la animalidad, pero tiene que aceptarla. El terror desgarra de tal modo su pequeño cuerpo que lo va a destrozar, rasgando sus velludas y apretadas costuras. Más vale liberar (ahora) a la bestia, por propia voluntad, que esperar a que el miedo la desencadene. Como error de la Naturaleza, el Niño Lobo no es nadie. Pero vive, vive como animal sediento de vida. El Niño Lobo quiere llegar a ser el Hombre Lobo. Acallado su ángel de bondad, el Niño Lobo se prepara al ataque. Se resigna a la muerte de la pequeña intrusa que no le ha hecho ningún daño. Pero entonces, en el último momento, cuando el Niño Lobo se disponía, fauces abiertas y velludas mejillas anegadas en lágrimas, a saltar de la cueva con un feroz rugido, le salvaron. Los salvaron, a él y a la niña. Tal vez gracias a Lassie, que llevaba diez minutos ladrando tristemente, los padres de la muchacha alzaron la mirada de su cesto de mimbre, buscaron a su hija y la
encontraron en pleno escalamiento de la pared de roca. De pie los dos, gritando, pidiéndole que bajara, que no los asustara. ¡Vergüenza había de darle! El Niño Lobo suspiró de alivio, indultado. Nadie quiere ser asesino si se puede evitar, ¿verdad? Diddy no está tan seguro.
¿Obedecerá la niña a sus padres? ¿Preferirá su orgullo a la autocompasiva ansiedad de los mayores? Sí a la primera pregunta; no a la otra. Al fin y al cabo, no es más que una niña. Niños todos. La ascensión se suspende, y también el peligro. Al replegarse en la oscuridad de su caverna, el Niño Lobo oye la agitada respiración de la muchacha, el suspiro de fastidio que se dirige a sí misma, el murmullo de su voz infantil de contralto: "¡Ca…ramba!" y luego el pregón a los angustiados padres: "¡Está bien! ¡Ya bajo!" Al Niño Lobo se le afloja la tensa mandíbula; el rugido leonino, el aullido feral del futuro Hombre Lobo, queda sepultado en su vientre, en sus rodillas blandas y temblorosas como la hierba.
Diddy está confundido. Olvidémonos de la niña. ¿Qué acontecimientos habrían favorecido los intereses del Niño Lobo? Nadie tiene la obligación de inventar su propia naturaleza desde la raíz. A nadie se le puede exigir que decida si es bueno o malo.
Más tarde, en el luminoso atardecer del desierto, el Niño Lobo invita a Diddy a fumar una pipa de ese matojo seco que crece en las montañas Catalina. Y vuelve a desahogarse de sus cuitas.
Jura el Niño Lobo (ya que Diddy se resiste a creerlo) que su encuentro con aquella niña morena, a quien sólo había visto una vez y con quien no había hablado, fue un sentimiento íntimo casi insoportable. El Niño Lobo no había estado tan cerca de un ser humano en muchísimo tiempo. (Ahora) es un recuerdo que él atesora y repite, con el cual se alimenta. Muchas veces ha entablado conversaciones con la niña, conversaciones imaginarias acerca del dolor y la alegría. Sobre todo cuando está a punto de dormirse en su cubil.
También cuando sale al cañón, después de medianoche, a buscar sobras de comida en los cestos de desperdicios. O a cantar, recreándose en el eco interminable. O a beber y bañarse en el arroyo. Cuando pasea de madrugada en los primeros cerros de la cordillera, gozoso de soledad, aullando a la luna, saltando, dando volteretas, sorprendiendo pequeños topos grises en sus guaridas y desgarrándolos con sus exactos colmillos. "Nunca he estado tan cerca de nadie desde mi niñez", repite tristemente el Niño Lobo,
sentado, con las piernas cruzadas, en un peñasco desnudo, junto a la boca de su cueva. "Hasta que viniste tú."
La emoción que siente Diddy por el Niño Lobo es como un dolor físico.
¿Se puede soportar un sufrimiento así? Si ya es insoportable saber que existen penas tan intensas, ¿qué no será sufrirlas? ¿En qué puede ayudar al Niño Lobo?, piensa Diddy en el sueño.
Entonces el Niño Lobo, avergonzado quizá de su exhibición sentimental, o preocupado de pronto por sus deberes de anfitrión, entra en la cueva y sale con dos enormes tunas.
–Es lo único que tengo. Prueba una. Son muy buenas. Al principio a mí no me gustaban, pero se acostumbra uno.
Diddy acepta el grueso glóbulo verdoso, lleno de minúsculas espinas.
–No te pinches -dice el Niño Lobo-. Dámela un momento. Debería haberlas quitado yo.
El Niño Lobo va a buscar un cuchillo para mondar la tuna. Pero no es él, un pobre huérfano tullido, quien debe ayudarme, piensa Diddy. Soy yo el que debería servirle a él.
Quizá no todo es compasión en este pensamiento. Quizá Diddy se pregunta qué clase de criatura, humana o animal, va a salir de la cueva. Con un cuchillo.
(Ahora) todo se oscurece. Pero así debe ser. Es el intermedio, y lo que sigue es lo que podría llamarse segunda parte del sueño. En la primera, el Niño Lobo y su historia constituían la esencia de la trama. Diddy no era más que un oyente comprensivo, dudoso a veces de su papel, menos actor que lector o espectador. En la segunda, Diddy ha echado raíces en el sueño: sus sentimientos desempeñan (ahora) el papel principal. El Niño Lobo, en cambio, se convierte en una figura silenciosa, sombría y, al final, indeterminada. Diddy no sabe si esto se debe a que la forma exterior del Niño Lobo se altera constantemente. O si se debe a otra cosa.
Ya que esta segunda mitad del sueño no permanece en su memoria con tanta precisión. Lo único que Diddy recuerda es una serie de fragmentos, y una sucesión de sensaciones atormentadas.
De pronto el Niño Lobo parece inusitadamente velludo. ¿Es porque Diddy le mira con atención por primera vez, o porque en realidad le está creciendo el pelo? ¿Estará acelerándose el proceso de reversión a la bestia?
Diddy no se esfuerza por explicarse esta extraña situación. Se limita a
observar al Niño Lobo, y nota que su pelo no sólo está más largo, sino también enmarañado y sucio. En cuanto anochezca, bajarán los dos al arroyo; Diddy le lavará. Por (ahora) lo que puede hacer, en la alta madriguera, es peinarle. Diddy sabrá peinarle sin dolor, puesto que ya ha luchado con el pelaje de Xan.
Empieza a peinar delicadamente los nudos y revoltijos de la melena.
Luego, con las púas delgadas del peine, desenreda los rizos que le caen sobre los ojos, los mechones de barba que le brotan de las mejillas, el vello menos recio y casi rubio que le cubre la garganta. ¿Y qué es esto? Un objeto duro y frío, oculto en las vedijas del pecho y pendiente de una fina cadena de plata. Una especie de talismán, parecido a la medalla que Paul ganó en Varsovia. Diddy estudia un momento el adornado disco de metal, y está a punto de preguntarle al Niño Lobo de dónde lo sacó y qué representa, cuando ve que la criatura regaña levemente los pulidos colmillos y tiene en sus hermosos ojos negros un velo de ansiedad. Más vale no preguntar nada.
Diddy coloca cuidadosamente el amuleto bajo la rota camisa caqui, y vuelve a su tarea. Los ojos del Niño Lobo recobran su mirada tranquila.
Está a los pies de Diddy, y apoya en sus rodillas la velluda cabeza. Aun cuando Diddy teme haberle dado un tirón involuntario del cabello, el Niño Lobo no se estremece. Parece disfrutar de todo lo que hace Diddy: tanto de la sensación física como de la atención que Diddy le presta. A veces ronronea como un gato; a veces bosteza, pone en tensión los músculos del pecho y los vuelve a aflojar. Luego produce otros murmullos, distintos a los del gato. Lo que no hace, de aquí en adelante, es hablar. El Niño Lobo, que parecía tan avezado al habla humana, que era hasta locuaz al relatar con pueril animación la historia de su vida, es (ahora) una bestia sin lenguaje.
Diddy termina su labor. De repente el Niño Lobo empieza a encoger. Ya es del tamaño de un niño; lo bastante pequeño para que lo lleven en brazos.
Y eso es lo que hace Diddy. Lo alza del suelo, lo lleva hacia la parte posterior de la caverna, que es mucho más extensa de lo que Diddy había pensado. El Niño Lobo se acurruca en sus brazos, apoya la cabeza contra su pecho. Da la impresión de que no quiere que le suelten, y Diddy no le suelta: le lleva más y más adentro, por las galerías tunelarias de la vieja manida del puma.
Pero Diddy tiene miedo. Resucitan en él antiguas supersticiones. Terror al contagio. Así como creía de niño, a pesar de la burla de sus padres, que si
tocaba una rana le saldrían verrugas en los dedos, (ahora) se preocupa de lo que pueda ocurrirle por haber tocado al Niño Lobo. ¿Se convertirá él también en un animal? ¿Bajará de estatura hasta el metro y medio? ¿Le crecerá el pelo por todas partes? Diddy se mira las manos, enlazadas al dorso de su carga; con una de ellas se palpa el cuello, las orejas, la frente.
Nada anormal. En cambio, el Niño Lobo se transforma a ojos vistas. Sólo hace un momento que Diddy le ha mirado con solicitud (tiene que dejar de mirarle de vez en cuanto para ver por dónde anda) y (ahora) que vuelve a verle le encuentra más peludo. No sólo le está creciendo el pelo, sino que le crece a una velocidad visible para el más impaciente de los espectadores.
También parece ser algo más grande que antes: más musculoso, más fornido, en un estilo tosco y bestial. Y sin embargo, no pesa más: Diddy sigue andando sin dificultades.
En el oscuro interior de la cueva hay un estrecho pasadizo. "Voy a dejarte aquí", dice Diddy suavemente. Quiere dejarle y no quiere. Coloca con esmero su carga temblorosa y gemebunda en el piso helado del túnel. El Niño Lobo se resigna: acurrucado contra la pared mira tiernamente a su benefactor.
Entonces Diddy se da cuenta de una cosa muy importante. Ha juzgado mal al Niño Lobo. No debería haberle temido. Se arrodilla junto a él y le abraza. Torpemente, ya que no sabe cuánto afecto, cuánto contacto físico, puede soportar el animal. Diddy quisiera tenderlo en su regazo y acunarlo.
Pero sólo si no ofende con ello el orgullo de la triste criatura, sólo si no socava su fuerza de carácter, penosamente adquirida en una inexorable soledad.
En este momento, sin motivo aparente, Incardona irrumpe en el sueño.
No en presencia corporal, sino en memoria, en pensamiento. Mientras Diddy contempla con cariño al Niño Lobo, tratando de decirle con los ojos lo que no puede expresar en palabras, concibe la posibilidad de que exista un camino hacia la recompensa que le debe al obrero asesinado. Diddy quiere cumplir, restituir, pagar. No a Incardona, que es un mero individuo y un extraño. Más bien a lo que Diddy teme y desprecia en él, al vigor animal, por ejemplo.
Diddy ya no se siente perseguido, acosado por Incardona. Diddy es capaz (ahora) de afirmarle. Como un exorcismo: la parte más benéfica del sueño. Quizá por esto Diddy despierta leve y purificado, y no por la larga
historia que antecede. Sobre todo si tiene la suerte de despertar en ese preciso instante, en vez de continuar por la ruta del sueño, como alguna noche. Una ruta en la que Diddy se pierde por completo. Un paso tras otro, hacia la trampa. Viaje de ida sin vuelta. Diddy el Condenado.
No: Diddy se propone suprimir este final. Si pudiera conservar esa sensación de pureza que le inunda cuando va lejos, pero no demasiado lejos; si pudiera detenerla en cuanto aparece… No embalsamarla en ámbar, sino sembrarla, obligarla a echar raíces. Pero es imposible: un ácido que el carácter de Diddy ha destilado disuelve siempre el bienestar, o una fuerza exterior lo recarga de plomo, y arrastra a Diddy una vez más a su conciencia esclavizada.
Por lo tanto, el final permanece incierto. Así que Diddy, que le hubiera leído con gusto a Hester el manuscrito de la inconclusa novela, no puede relatarle el sueño que de ella ha derivado. Y no es porque aparezca en el sueño Incardona, cuya existencia Hester no ha aceptado nunca (aunque Diddy podría convencerla con el recorte del periódico). Es porque hay demasiados obstáculos. Además del que Hester crearía con su ignorancia del episodio del túnel. El sueño es una parte íntima de la vida de Diddy. En él están entretejidos todos sus recuerdos. Su relación con sus padres, con Mary, con Paul, con Joan, y sobre todo consigo mismo. El rápido, arbitrario e indeleble choque con Incardona. Y su amor por Hester.
Diddy siente oscuramente que en este sueño ha derramado toda su alma.
Y quisiera compartir con Hester este fenómeno. Ya ha depositado en ella todo lo demás, ya que nunca le ha ocultado nada. Por desgracia, Diddy tiene miedo. Desde la noche de la riña ya no confía en Hester, ni volverá a confiar en ella como antes de la inesperada visita de Paul. Sí quisiera. Pero no puede. Las palabras de Hester le cortaron el espíritu como le cortó las pupilas la luz del corredor, al abrir la puerta y toparse con su hermano.
También le ha lastimado la pérdida de Xan. Aunque fue el propio Diddy, y no Hester, quien propuso la entrega del perro a la Sociedad Protectora de Animales. Renunciar a este antiguo amigo fue una ocasión más de confirmar la visión negativa que Diddy tiene de sí mismo y de un mundo donde es una locura fiarse de alguien o de algo. Pero, ¿qué habría pasado si Diddy el Torturado hubiera sido otra persona? La persona capaz de salvar a Xan, de rehabilitar a aquel pobre animal histérico y miedoso.
¿Qué habría ocurrido si Diddy el Torturado hubiera sido el hombre fuerte y hábil que él cree que debe ser?
Quiere ser Diddy el Bueno. Y vive, moralmente, más allá de sus ingresos sentimentales.
¿No le convendría, entonces, conformarse con algo menos?
Éstas son las preguntas con las que Diddy no puede enfrentarse. ¿Por falta de inteligencia, de vitalidad, de fuerza de carácter? Nunca ha probado a darles una respuesta definitiva. Lo único que ha hecho es pasar por encima, o por debajo de ellas, hasta llegar a un rincón tolerable y estoico.
Un lugar tranquilo y fresco donde pueda descansar, expulsar su brillante agonía. Para esto, para hallar un refugio apacible, Diddy sí tiene voluntad.
Un ariete de voluntad. Contra la muralla del sufrimiento, un ariete obstinado, cabizbajo, constante. Ciego.
Ya que hay dos clases de ceguera.
La ceguera noble de las estatuas clásicas. Como no tienen ojos, estas figuras parecen mucho más vivas, más concentradas en sus cuerpos, más presentes. Cuando las contemplamos, también nosotros realzamos nuestra presencia.
La ceguera innoble, la ceguera de la rabia y la desesperación. Una ceguera ausente y pasiva, como en la estatuaria de la muerte. En los cadáveres de los ahogados, los ojos son lo primero que se pudre y desintegra; es en las órbitas vacías de un ahogado reciente donde nadan las anguilas.
Diddy quisiera ser ciego a la manera noble, como las estatuas griegas.
¡Ojalá supiera cómo conseguirlo!
No la sabe. Vuelve en cambio, en el circo apretado y atestado de su vida con Hester, a la vieja costumbre de no estar presente del todo. De no estar en su vida.
Un día, al entrar en la cocina a buscar una manzana mientras Hester prepara el almuerzo, se la encuentra en un ahogo de lágrimas desesperadas.
No es más que la segunda vez que la ve llorar. La primera, hacia el final de la famosa riña, la noche de la visita de Paul. Y es la primera vez que Diddy la descubre llorando, sin motivo conocido. Aunque ella le ha dicho (y a él no se le olvida cómo ni cuándo) que llora con frecuencia. Luego si es ésta la primera vez desde que viven juntos, quiere decir que Hester ya no llora,
cosa admirable y digna de comprensión, o que llora como antes pero a espaldas de Diddy, lo cual también es fácil de comprender.
¿No debería Diddy haberse dado cuenta de lo importante que es este momento? Otro punto culminante, quizá la última posibilidad de captar a una Hester tridimensional, de entenderse con ella como nunca. Diddy desaprovecha la ocasión. Enredado en la laberíntica madeja de sus propias entrañas, se limita a abrazar a Hester. A desear en silencio y con fervor que no llore por culpa de él, o por algo que él haya hecho.
Y cuando, unos minutos después, Hester se seca las lágrimas y sonríe, Diddy lo acepta sin reservas, creyendo la sonrisa duradera y suficiente.
Diddy y Hester llevan más de mes y medio viviendo juntos en la calle Veintiuno. Desde que se deshicieron de Xan, a los pocos días de la frustrada visita de Paul, no hay en el departamento otro ser vivo.
La terrible disputa parece haberse olvidado. Al menos, por parte de Diddy. Hester nunca alude a ella, ni le recuerda a Diddy sus crueles acusaciones. La desaparición de Paul, supone Diddy, es lo bastante característica para convencer a Hester de que Diddy no ha sido injusto con su hermano. Pero tan sólo lo supone: no han vuelto a hablar de Paul. Hester no sólo parece poco dispuesta a reñir, sino que últimamente no dice casi nada. Sigue mostrándole amor a Diddy, procurando serle útil de mil maneras encantadoras e inesperadas. Por ejemplo, le corta el pelo y las uñas. Cuando rogó por primera vez que Diddy se lo permitiera, él creyó que Hester no podría, sin lastimarse o lastimarle a él. Pero se equivocaba, como con la cocina. Hester no tuvo ningún percance con la tijerilla de uñas. Y el cabello prematuramente canoso de Diddy, visto con dos espejos, está tan bien cortado como si hubiera ido a la peluquería.
¿Es éste el paraíso que Diddy esperaba? Sí y no.
Goza (ahora) de la exclusiva posesión de su amor, cuya belleza física y laconismo verbal le ofrecen inagotables placeres. Pero también se da cuenta de que sus nuevas fuerzas, con las que tanto contaba, están disminuyendo.
Un síntoma curioso. A veces Diddy empieza a decirle algo a Hester, tras un largo silencio. Hester oye los sonidos embrionarios que le tiemblan en la garganta, pugnando por brotar. Hester se vuelve, espera. Y entonces Diddy ya no se acuerda de lo que quería decir. Esto puede no ser más que un tic nervioso; nada alarmante. Lo que importa es que Hester y Diddy ya no se pelean. Parecen haberse prometido mutuamente evitar riñas tan dolorosas
como aquélla. Si bien hablan mucho menos, lo que se dicen es afable y cariñoso. ¿No debe ser así, no van eliminando los amantes la necesidad de entenderse con palabras? En un principio fue Hester la que dio el ejemplo; (ahora) Diddy es aún más parco que ella. Si hay menos que decir, no hay por qué hablar.
Muy bien. Pero un momento: no es esto sólo. De vez en cuando, y con mayor frecuencia, Diddy se imagina que está perdiendo el habla.
Esta fantasía le altera y le repugna. Piensa que el deseo de enmudecer significa que hay algo importante que debe decir, que quiere decir, y que no dice. Diddy el Cobarde. Si se queda mudo, ya no tendrá que decir nada. No lo podrá decir, sea lo que sea, y por mucho que quiera. Pero otros días contempla esta obsesión con más indulgencia. Le parece una apasionada metáfora de su amor. Si Diddy no hablase, él y Hester quedarían a la par.
Ella es ciega; lo justo es que él sacrifique una facultad equivalente. Desde este punto de vista, la idea de enmudecer le parece tolerable, y hasta agradable.
Con todo, algo hay que no funciona. Diddy y Hester se están encerrando, se están aislando. Y ésta no era la intención inicial de Diddy.
Diddy quería habitar en compañía de Hester un espacio más amplio. Y, para él, totalmente nuevo, limpio de la inmortal porquería del pasado y de las decadencias de su vitalidad. Pero no se han mudado de casa: Diddy no ha mirado los anuncios del Times ni ha llamado a un agente de alquileres.
Siguen donde están, donde Diddy ha vivido más de tres años. Sí, el departamento es pequeño, lo cual resulta cómodo y seguro para una persona sin vista, pero Diddy también tiene sus necesidades. Por muy bien que le venga a Hester, este departamento no le conviene a él. Es demasiado pequeño. Y demasiado conocido. Las tres habitaciones, que Hester recorre (ahora) con la misma facilidad que él, han encogido. Son ya tan exiguas, tan recargadas de uso, como el compartimento del Pirata.
También se va pareciendo más y más la casa al tren en lo que toca a orden y limpieza. Los pisos, cubiertos de colillas, de platos sucios, de discos nunca reintegrados a sus sobres, de ropa tirada por la prisa de hacer el amor. ¡Y las ventanas! En una ciudad tan sucia como ésta, las ventanas son lo primero que da la señal de falta de atención, y Hester ya ha dejado de limpiar a diario. En la parte exterior de los vidrios se ha acumulado una capa de hollín. En el interior, las gotas de sudor producidas por la