Estuche de muerte

Susan Sontag · Capítulo 3 de 4 · parte 3/4

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Estuche de muerte

[1] Un "héroe" es un emparedado de salchichón, queso y lechuga. [T.]

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

calefacción se funden con esa sutil mugre tan característica de las ventanas neoyorquinas. Interior y exterior debilitan la escasa luz de invierno que penetra de día, y dan a las cosas un tono mortecino y grisáceo. La vista de la calle y de los edificios se oscurece y emborrona, se va haciendo menos y menos vista: en lugar de mirar el mundo, hay que filtrarlo.

Pero, a diferencia de lo que se recorta en la ventanilla de un tren, lo que se ve o se adivina desde la de una casa permanece idéntico. Sólo cambia en algunos detalles.

¿Quién baja las escaleras de enfrente? El muchacho de la tienda de comestibles.

Hay un Volkswagen rojo estacionado junto a la boca de riego.

Ese hombre lleva una hora delante del restaurante mexicano.

La mujer del tercer piso anda desnuda por la casa. Ya no. Ya ha corrido la cortina.

Y así sucesivamente. Fuera de estos detalles, todo continúa igual.

Después de la cuarta semana, el movimiento es menos tentador. Se acerca el otro invierno. Son los días más cortos del año, los de menos luz.

Parece natural que Hester y Diddy, como los animales, pasen más tiempo en la cama.

Por lo general se duermen a la vez, pero Hester duerme más horas que Diddy. Diddy se queda a su lado hasta las doce, poco más o menos, que es cuando ella abre los ojos, sonríe, busca sus anteojos oscuros y se pone en pie, desnuda. Al principio, Diddy se pasaba la mañana acostado para hacer compañía a Hester, así como sentir junto a sí la suave tibieza de su cuerpo.

Pero de un tiempo a esta parte le cuesta trabajo levantarse cuando ella se levanta. Sigue acostado mientras ella se baña, se peina, se viste y entra en la sala a poner discos o en la cocina a preparar el almuerzo. Hacia la una almuerzan. Si Diddy logra disuadir a Hester de su intención de lavar los platos, Hester vuelve a meterse en la cama. Si Hester insiste en cumplir con sus obligaciones domésticas, Diddy la llama al cabo de un cuarto de hora, le ruega que vuelva.

Cuando vuelve, hacen el amor. Éste va siendo más y más el lazo que los une. Diddy, que al principio estaba algo cohibido, y no muy seguro de sus aptitudes sexuales a causa de los viejos reproches de Joan, se descubrió una sorprendente e infatigable capacidad en compañía de Hester. Un milagro. Y, milagro redoblado, su afán no se alimenta de privaciones ni rechazos: al

contrario, la correspondencia es absoluta. Hester no es menos entusiasta, inventiva y vehemente que él. Al cabo de un mes, hacen el amor con más frecuencia que al comienzo. Tres, cuatro veces diarias. Diddy sospecha que lo que le inspira es algo más que una mera necesidad erótica. ¿Podrá decirse lo mismo de Hester, que parece igualmente ansiosa de la unión sexual y toma la iniciativa en tantas ocasiones como él?

El vértigo del sexo. La lobotomía frontal, en miniatura, del orgasmo.

Diddy flota a la deriva, pero no hacia el sueño. A veces deseoso de proponerle a Hester: vamos a morir juntos. Vamos a matarnos, (ahora) que estamos unidos, que somos felices. Y a veces deseoso de hablar con ella.

No para reñir, no para sugerirle el pacto suicida, sino para aclarar el ambiente, para sacar a luz lo que no comprende ninguno de los dos. De acuerdo. (Ahora) mismo. Pero en ese mismo instante el pensamiento de Diddy se detiene en seco, gris y zumbante como una pantalla de televisión después de los programas de la jornada. Diddy no tiene idea, ni rastro de idea, de lo que quería decir. Trata de suscitarlo, de reconstruirlo. Pero la carne le pesa, le estorba. ¿Por el esfuerzo de querer pensar, y no poder?

Abrumadora lasitud. Si Diddy no está en la cama, se precipita a ella. Si él está acostado y Hester no, la llama desesperadamente, para que le acompañe en su ocio, o para dormir junto a ese cuerpo tierno, abrazándolo con el suyo, su pecho contra la estremecida espalda, su brazo en torno a la flexible cintura, su mano bajo el esbelto flanco. Despertar y besarse y hacer el amor. Soñar y despertar a medias y hacer el amor.

Quizá lo que quiere decir tiene que ver con Incardona. Ya que Diddy no tiene la menor duda de la realidad de su crimen, debe mantener incólume la unidad y franqueza de su relación con Hester, informándola o convenciéndola de lo que él ha hecho y sabe que ha hecho. No debe Hester permanecer ignorante de las secretas capacidades de su enamorado.

Lo malo es que el enamorado se resiste a contar la verdad, a tapar la grieta. Por miedo. La verdad es muy bonita, pero lo que se hace con ella o lo que se piensa al oírla no puede garantizarse de antemano. Con la verdad, Diddy habrá de arriesgarse. Quizá Hester le cobre terror; en el curso de la famosa riña, ya dijo que Diddy la asustaba. Asustada o no, puede persuadirle de que se entregue a la policía. Y por muy persuasiva que Hester sea, Diddy no quiere que le persuadan. Tampoco quiere separarse de Hester, ni centuplicando el peso de su culpabilidad. Ni aunque hubiera

asesinado a cien mil Incardonas. No; en cuanto al crimen, Diddy no va a hacer nada. No lo puede expiar. Tampoco puede justificarlo. Y no se quiere resignar al castigo.

Contarle a Hester la verdad sería egoísmo puro. Sólo se lograría entristecerla, o infundirle un sentimiento aún peor. ¿De qué sirve una confesión que, fuera de abrumar a quien la escucha, no tiene consecuencias?

Diddy, pues, se queda solo. Espera a que Incardona empequeñezca. Se prepara a soportar el vértigo y la náusea que acompañan a ese menguante conocimiento. Aunque prepararse, ¿para qué? La dolorosa conciencia del secreto no va a disminuir más de lo que ya ha disminuido. Al contrario: se congela, abriendo entre Hester y Diddy un abismo insalvable. Diddy sabe que, sea cual sea el sentimiento amoroso que florece entre ellos, se alimenta del engaño que él mantiene, del deseo de engañarse que ella cultiva. Hasta la energía de su primer encuentro, en el tren, era energía sobrante del choque con Incardona.

Quizá a eso se debe que a Diddy le resulte tan difícil salir (ahora) del departamento. A pesar de sus buenas intenciones, de su anhelo de transformar el mundo a la luz de su alianza con Hester, Diddy reconoce que el mundo está hecho de material más recalcitrante de lo que él creía. Él creía poder disolver la fealdad con el ácido de su regeneración, o al menos dibujar sobre ella, como en un palimpsesto, su benigna fantasía. Pero el mundo se cierra sobre él, amenazador, inequívocamente intransformado.

Duro y sin corazón como un espejo de acero. Todas las personas que Diddy conoce, desde Paul hasta el amigo más casual, le hablan de Incardona. Sin saberlo, todos parecen ser delegados de Incardona y pedir a gritos justicia en su nombre. Sólo Hester queda fuera de este mágico universo de duplicación infinita. Hester, antídoto de Incardona, no le trae a Diddy más recuerdo que el de sí misma.

Llega el día en que Diddy no puede levantarse de la cama. Esto le desespera. Él iba a ser el más fuerte de los dos; él iba a proteger y alimentar a Hester. Él iba a ser los ojos de ella y ella el alma de él. (Ahora) él no la ayuda en nada. Hester se mueve sola por el departamento, barriendo, quitando el polvo, zurciendo calcetines, tocando discos, escribiendo a su tía de vez en cuando y, desde luego, haciendo la comida. Hester le lava, le afeita, le da de comer y se acuesta con él cada cinco o seis horas.

Una tarde, a mediados de enero, Diddy se despertó atontado. Le dolía fuertemente la cabeza, le faltaba el aliento; sudaba sin cesar. Pero estos síntomas ya son familiares. ¿Cómo ha sucedido esto? Por etapas imperceptibles, quizá. El caso es que sucede, sépalo él o no. Diddy es (ahora) un enfermo encamado, y Hester su enfermera. El cuerpo le falla.

Sólo se pone en pie para ir al baño, y tiene que apoyarse en Hester, porque se marea.

Qué oscura está la calle. ¿Qué día es? Diddy se oprime con los dedos el pecho y la cara. Es evidente que ha seguido adelgazando. Los pómulos, las costillas, las rodillas, los codos y la pelvis le brotan dolorosamente de la piel. Con tanta confianza en la vida, tantas esperanzas en la. renovación de sus sentimientos, Diddy se ha extraviado en alguna parte. Comprende, con helada y asombrada claridad, que va camino de la muerte.

¡Pronto! Hay que hacer algo, si no es demasiado tarde ya. Hester no está a su lado; no está junto a él su cuerpo desnudo. ¡Dios mío! ¿Habrá salido?

Diddy la ha hecho jurar que no saldrá sin él. Pero él estaba durmiendo.

¿Desde cuándo? La llama con ansiedad, y ella aparece en la puerta casi inmediatamente. Lleva una vieja camisa azul de Diddy, una falda aterciopelada y zapatos de lona. En la mano, una escoba que apoya contra el quicio. Entra en la habitación con paso firme, adelantando un poco el brazo para no tropezar. No tropieza, naturalmente.

Eso ya no ocurre. Hester se conoce la casa palmo a palmo, como conoce su propio cuerpo. Sabe dónde está todo: los platos de la alacena; las toallas del armario; los discos, rotulados de nuevo por Diddy con letras en relieve.

Diddy, que lleva mucho tiempo levantándose de noche, en tiniebla total, para ir al baño, tampoco se equivoca. Por el tacto y la memoria encuentra todo lo necesario: el frasco de aspirina del botiquín, el rollo de papel higiénico, las llaves del agua, los pomos de las puertas. El interruptor de la luz ya no hace falta.

Para cuando Hester llega al pie de la cama, Diddy está completamente mareado. La toma de la mano, la sienta al lado suyo.

–¿Quieres que me acueste?

–Hester, tenemos que hablar.

–¿Por qué?

¿Por qué? grita en silencio Diddy. ¿No se da cuenta?

–Porque hay algo que no marcha. Estoy enfermo. No te cuido yo a ti, sino tú a mí.

–Me gusta cuidarte. No tengo otra cosa que hacer.

–¡Es que cuidarme no debería ser preciso! Y podrías hacer muchas cosas… Podríamos hacerlas juntos. Amor mío, ¿te acuerdas de lo fuerte que estaba yo hace un mes? Ahora, por mucho que coma y duerma estoy más delgado y más débil cada día.

–Vamos a llamar al médico.

–Hester, mi enfermedad no es física.

–¿Cómo lo sabes?

–Lo sé. Sé lo que me pasa. Y por qué estoy así.

–¿Por qué?

¿Quiere decirlo Diddy? Sí, lo dirá.

–Porque tengo miedo.

Un movimiento abrupto. Hester le suelta la mano.

–Espera un momentito. Hierve el café.

Hester salió de la habitación. Viéndola por detrás, pensó Diddy, nadie creería que es ciega. Qué orgulloso se siente Diddy de esta seguridad. Y

cuánta envidia tiene.

Vuelve Hester con dos tazones de café, se sienta de nuevo en la cama.

–Toma, Dalton. Dime si hay que echar más azúcar. Sólo he puesto un terrón.

Diddy le quitó la taza de la mano, probó el café:

–Está muy caliente -dice, sombrío.

–¡Tonto! Claro que está caliente. Espera a que se enfríe.

De pronto a Diddy se le llenan los ojos de lágrimas.

–Hester, ya no soporto esto.

–¿El café?

–¡Por los clavos de Cristo, escúchame, mírame!

Sí, quiere que le mire, aunque no le vea. Que le mire hasta arañarle la cara, hasta obligarle a bajar los ojos. Pero lo único que hace Hester es volver la cabeza. Cuando la inclina, al cabo de un instante, para beber en la taza, Diddy siente una convulsión de rabia tal que arroja la suya contra la pared. Gran estrépito.

–¿Qué has roto, además del tazón? – pregunta Hester sin alborotarse. –

¿La fotografía de Greta Garbo?

–¡Sí, maldita sea! ¡Demasiado lo sabes! Lo sabes por el ruido ¿verdad?

(Diddy se echó a llorar y a reír al mismo tiempo.) Y no tienes… no tienes idea de quién es Greta Garbo.

–Dalton, haz el favor, cálmate. A ver ¿qué te pasa?

Hester puso el tazón en el suelo, le agarró por los hombros y le recostó sobre la almohada. Luego metió la mano bajo la sábana y empezó a acariciarle el pecho. Diddy la rechazó, se incorporó violentamente.

–¡Por Dios, Hester! ¡Deja de tratarme como a un niño con rabietas!

–Eso es lo que eres.

Hester se levantó, dio la vuelta a la cama. Diddy empieza a calmarse.

–Bueno, lo soy. Pero me queda un retazo de hombría, y es a ese hombre a quien quiero que escuches. Al hombre a quien no haces caso. ¿Me entiendes?

–Te escucho.

Qué lejos está.

–Primero, acércate. Junto a mí. Aquí en la cama.

Hester vuelve a sentarse a su lado.

–Te escucho.

¿Se puede hacer algo? Diddy lo intentará. Equilibrar la rabia, el desasosiego y la desesperación.

–He dicho que te escucho.

–Ya te he oído. Pero es difícil… Estoy furioso, y sé que no estoy furioso por tu culpa.

–Dalton, te lo ruego, enójate. Deja ya de pelear contigo mismo. Si te preocupas por mí, no te preocupes. Yo lo soporto todo.

–¿Te acuerdas de lo que dije cuando me interrumpiste, cuando hervía el café? ¿Te acuerdas, Hester?

–Perfectamente. Dijiste que no estabas enfermo por motivo físico, sino porque tenías miedo.

–Muy bien. ¿Qué me ibas a preguntar tú entonces, con cariñosa solicitud? ¡Tu parlamento, por favor!

Expresión dura y sombría en el rostro de Hester. Diddy repiquetea los dedos, ansioso:

–¡Pronto, pronto!

–Dame otra vez la entrada.

Diddy casi se echó a reír. Era inútil tratar de vencerla, o de humillarla.

Había que ser paciente.

–Mi entrada: tengo miedo.

–¿Miedo de qué?

–¡Bravo!

–Este juego no me gusta.

–¡No es un juego, Cristo!

–Sí, lo es… Juguemos. Quiero jugar. Mira.

Se lleva las manos a la cara, como los que tienen vista. Se aparta el cabello de la frente, se arregla los anteojos, borra su expresión ceñuda.

–¿Miedo de qué?

Diddy nota que Hester se esfuerza por endulzar el tono. Pero queda en su voz un eco metálico que no se puede ocultar. ¿Por qué está tan enojada?

Es natural que una mujer busque fuerza en un hombre. Aún más natural en Hester, ya que, condenada a la ceguera, necesita un apoyo excepcional.

Pero, a pesar de su defecto, ella también es fuerte. No tiene derecho a sublevarse contra la confesión de debilidad que Diddy acaba de hacer.

¿Acaso no es capaz de compasión?

–¿Miedo de qué? – repite Hester.

Diddy quisiera arrojar a un lado las sábanas, saltar del lecho, abrir la sucia ventana y dejar entrar el aire helado. Salir a pasear, aunque no sea más que por los almacenes y los muelles, por la orilla del Hudson cuajado de escorias. Tomar el tren y alejarse de la ciudad. Subir a un barco y abandonar el país. Para siempre.

Pero eso sería una mentira. Y el cuerpo de Diddy no puede mentir, no puede conducirle (ahora) a ningún lado. Ni siquiera a la ventana.

Una vez más:

–¿Miedo de qué?

A Diddy casi se le había olvidado. Sorprendido, barbotó:

–No sé… De la verdad, supongo. ¿No es lo que teme todo el mundo?

–Dalton, no te entiendo.

–¡Sí me entiendes! ¿Por qué dices que no?

¿Es éste el lado opaco de Hester que él esperaba descubrir, que temía encontrar? ¿La manifestación de su energía destructiva? Dura y densa como una muralla.

–Sé que me entiendes tan bien como me entiendo yo, o mejor aún.

Como si (ahora) el ciego fuera él, y estuviera a merced de la bondad de otro. Diddy se desprecia por este tono mendicante, pero tiene mucho miedo.

–¡Hester, no me abandones, no me encierres!

–Pero Dalton, de verdad, no te comprendo. Ni debes exigirme que te comprenda. ¿Te acuerdas de lo que te dije al salir del hospital, en el parque?

Dije que tu verdad era diferente de la mía. Eso no ha cambiado.

–Me acuerdo, me acuerdo -dice Diddy, impaciente-. A veces creo que lo entiendo. Otras veces, no. Y te odio por haberlo dicho, por aferrarte a ello.

Pero mira, no volvamos a reñir. No creo todo lo que has dicho; aun suponiendo que así sea, me puedes ayudar. La gran diferencia que hay entre nosotros es que tú no tienes miedo de tu verdad, y yo… yo estoy aterrorizado de la mía.

Hester apoyó la cabeza en el pecho de Diddy. ¿Por qué no habla?

–¡Ayúdame, Hester!

–¿De qué tienes miedo?

–Creo… creo que tengo miedo porque debo hacer algo, algo que no hago. Si me estoy pudriendo en esta maldita cama, es precisamente para no hacerlo.

–Pues levántate y hazlo.

–¿Vendrás tú conmigo?

Hester dijo que sí.

A tiempo. A las diez y cuarto de la mañana, el correo de Cherry Valley brotó de la salida norte del túnel. Un tren pequeño, raquítico, ruidoso, que daba una impresión de bastante menos fuerza que el Pirata. Cuando se recordaba el sereno hermetismo de la potente diesel del Pirata, el humo que salía de la chimenea de este tren parecía un símbolo de infinita debilidad.

En el talud, a unos metros de la vía, Diddy observa y escucha; Hester escucha. El último estremecimiento del convoy se disuelve bajo sus pies.

(Ahora) la tierra vuelve al silencio. Ayer nevó. Los campos llevan una ligera capa de nieve; en los carriles y durmientes de las dos vías brilla un hilo de hielo. Pero Diddy y Hester no tienen frío. Hace sol, y la temperatura debe de andar en los veinte grados, cosa rara para fines de enero.

Según el horario de trenes que Diddy ha consultado, y que en este momento saca del bolsillo para revisarlo una vez más, el próximo tren que pasa por el túnel los jueves no llegará hasta las once y doce minutos. Queda casi una hora, y Diddy calcula que les llevará quince minutos dar con el

sitio donde se detuvo el Pirata. Con otro cuarto de hora para regresar, hay tiempo de sobra. Diddy no piensa demorarse mucho en el túnel. No necesita más que unos minutos.

Diddy y Hester, del brazo, penetraron en la oscuridad, cautelosamente.

Diddy ha traído una linterna de seis voltios, pero su luz no es suficiente para disipar las tinieblas. Como no lo era el diminuto rayo de la linterna de bolsillo que Diddy llevaba en aquella otra ocasión. El túnel sigue siendo, en esencia, iniluminable. Además, Diddy ha adquirido en estos últimos meses una relación mucho más compleja y suspicaz con la luz. Quizá la ineficiencia de la linterna se deba a que no le sirve más que a él. No hay luz que ayude a Hester a ver mejor; con o sin lámparas, el túnel le parecerá oscuro. Pero Hester y Diddy han creado una simpatía tan profunda que él ya no se distingue de ella en ciertas cosas: en la oscuridad, en este túnel, por ejemplo. Por más que Diddy debería recordar que los brillantes campos invernales que se extienden a ambos lados de la vía son también tinieblas para Hester.

El túnel es fresco y húmedo, con un olor denso a petróleo y a piedra mojada. Siguen caminando, Diddy por delante. "No te preocupes, amor.

Veo por dónde vamos". Pero es él quien se preocupa. Hester y él son los dos niños del cuento de hadas, perdidos en el bosque. Él, por ser el varón, tiene que ser más fuerte y valeroso; debe tranquilizar a su hermanita, que llora de terror; debe guiarla y cuidar de ella. Aunque al final, recuerda Diddy, es la niña la que resulta más sensata y eficaz. Mientras su hermano cae en poder de la bruja, que le encierra y le ceba para comerle, la niña logra conservar parte de su libertad, más por astucia que por fuerza, y es ella la que acaba salvando al niño.

Diddy trata de ser fuerte y astuto.

Además, el túnel no es sólo un lugar terrorífico y amenazador. Esta vez ofrece una familiaridad tranquilizadora. La ventaja de hacer las cosas más de una vez. Entrar en el túnel es como volver a casa.

La oscuridad es también un elemento conocido. Después de haber vivido con Hester varios meses, Diddy se siente rey de todos los rincones tenebrosos. Podría seguir andando sin alumbrarse. Para hacer la prueba, apaga un momento la linterna. En efecto, la diferencia es mínima. ¿No ha tenido siempre Diddy un magnífico sentido de la orientación? Pero no

quiere presumir, ni bromear con lo grave del caso, y decide encender la luz de nuevo.

Chapotean (ahora) en una fila de charcos. Diddy no se preocupa, porque lleva gruesas botas chaveteadas, pero a Hester se le estarán mojando los pies.

–Querida, déjame llevarte en brazos. No estás vestida para esto.

Deberías haberte puesto zapatos sin tacón y pantalones. ¡Qué tontos hemos sido en no pensarlo!

–Estoy perfectamente.

–¿Seguro?

–Sí. Lo que no me gusta es este olor.

–Petróleo diesel.

–Y otra cosa. ¿No la hueles tú?

Diddy sí percibe otro olor, que no acierta a identificar.

–¿Tienes frío?

Diddy el Solícito. Como él empieza a tenerlo, se da cuenta de que Hester no trae más que un vestido ligero bajo el abrigo.

–No. El frío no me molesta.

Diddy iba a decir otra fineza cuando oyó un sonido que no era el de sus pasos. ¿El rumor de un tren que se acerca? No, gracias a Dios. Un repiqueteo sordo.

–Hester ¿has oído? – preguntó Diddy, apretándole la mano.

–Sí.

No tan bajito, amor. Tienes que hablar más alto que el retumbar del corazón de Diddy. (Ahora) escuchan los dos con atención, procurando caminar sin ruido y sin reducir el ritmo de la marcha.

–Dalton, tengo miedo. (Diddy le aprieta la mano aún más fuerte.) De verdad, quiero volver.

Diddy no sabe qué le alarma más: el indescifrable repiqueteo, (ahora) más claro y rumoroso, o la ansiedad de Hester con sus posibles consecuencias. Que le obligue a volver atrás, o que le deje solo.

–No me pidas que vuelva contigo. Sabes que no te dejaré ir sola, y tampoco quiero seguir por mi cuenta. Confía en mí. Quédate conmigo, por favor.

Hester no contesta. Pero tampoco se detiene, ni va más despacio. Ojalá signifique su silencio, y la seguridad de su andadura, que quiere continuar.

Claro que puede cambiar de opinión en cualquier momento. El miedo puede imponerse. Y si Hester decide echarse atrás, lo hará. Diddy no podrá impedírselo, ni disuadirla; tendrá que recurrir a la fuerza. Sabe que tiene miedo. Lo peor es que también lo tiene él.

Ya no hay duda: el ruido crece. El que lo produce o lo que lo produce debe de estar muy cerca. De pronto el túnel deja de ser un ámbito familiar.

Ni conocido, ni conocible. Diddy empieza a dudar de haber estado en él antes. Lo único que percibe es lo que tienen en común todos los túneles del mundo: espacio largo y cerrado, aire fresco y húmedo, oscuridad, piso de tierra dura, vías desiertas. Y un amortiguamiento de todos los sonidos: casi un eco.

Sólo tiene este túnel una característica peculiar: la vía se tuerce en curva. Y aunque no hay un tren anillado que dé el índice de la curvatura, Diddy está convencido de que es más pronunciada que la de la vía anterior.

(Ahora) Diddy vislumbra una luz. No una luz directa, sino una aureola que se filtra de las paredes, más allá de la curva. Para cerciorarse, apaga la linterna. "Veo luz", susurra. Hester no responde. Entonces Diddy enciende, vuelve a apagar y se engancha la linterna en el cinturón.

Un minuto más, y de repente la nueva luz y la persona que trabaja en su resplandor aparecen a la vista de Diddy.

Se trata de una armazón de hierro, de brazos desiguales, que cuelga del techo y contiene una docena de focos sin pantalla. Un hombre alto y moreno se ocupa, al parecer, en reparar la vía. Desde lejos, Diddy observa que el hombre va vestido casi igual que Incardona. Botas, pantalón de dril, camiseta. Sólo se distingue en que lleva un mandil de cuero hasta las rodillas, anudado al pescuezo.

–Veo a alguien -murmura Diddy.

–¿Es el guardavía? – pregunta Hester.

La pregunta se le cae encima como una losa de mármol. Pesada, sorprendente, opresiva. ¿Cómo puede darse una mala interpretación así?

Como si Hester creyera que este hombre es el mismo de quien Diddy le habló ayer, antes de que salieran, cuando le contó de nuevo toda la historia, sin omitir el recorte de periódico y la entrevista con la viuda de Incardona.

Como si todavía no le hubiera entendido. O, con mayor probabilidad, todavía no le creyera.

–Es otro hombre -dijo Diddy, sin atreverse a hablar más.

(Ahora) ya están casi a su lado. En la cara y el tipo, este individuo se parece, en efecto, a Incardona. Y lo más raro es que también se afana en desmantelar una barrera que corta la vía. Pero esta obstrucción es de material distinto: adoquines rectangulares y grisáceos, de piedra de cantera o de cemento. La tarea parece estar casi acabada.

Con el brazo en torno a la cintura de Hester, Diddy se acerca al hombre, que con un martillo y un escoplo ataca las rendijas de argamasa que unen los adoquines. Diddy siente un extraño vapor en la cabeza. Por mucho que quiera negarlo, la semejanza que hay entre Incardona y este operario es diabólicamente estrecha: la misma edad, estatura, complexión, los mismos rasgos burdos. ¿Serán hermanos? Otro Incardona, algo más joven o más viejo, que también trabaja en el ferrocarril y que se llama Charlie. El que sean hermanos está al menos a un paso de distancia de ser éste y aquél la misma persona. No, no: es absurdo. Vuelve a mirar. Diddy trata de agarrarse a las diferencias: éste no lleva una lamparilla en la frente, y sí lleva un mandil de cuero. Su tarea no recuerda la de un minero en la galería, sino, por la apariencia y el estilo de trabajo, la de un curtidor. O un herrero en la fragua. O, remotamente, un sepulturero.

–¿Qué ves? – cuchichea Hester,

Diddy se horroriza. ¿Por qué se toma Hester la libertad de hablar, aunque sea en voz baja? Atento a su trabajo, el hombre no los ha oído acercarse. Por eso no ha mirado hacia ellos, no ha reconocido su existencia.

Pero (ahora) que Hester ha puesto fin al silencio, la absorción del operario en su labor adquiere un sentido mucho menos inocente. Ya sabe que hay un hombre y una mujer a su lado; si no se fija en ellos es porque se propone deliberadamente no hacerles caso.

Diddy había concebido la descabellada idea de que si no hablaban permanecerían invisibles. Al hablar Hester, los ha descubierto.

Pero descubierto, ¿a qué? ¿A una situación desagradable, quizá peligrosa? Depende de la persona con quien van a tratar.

¿Está dispuesto Diddy a aceptar que este hosco trabajador es el propio Incardona? Sí, al grado en que puede aceptarse el absurdo. Aunque no hayan argumentos que le convenzan, que apacigüen sus dudas, Diddy ha llegado al borde de la creencia. Más aún: ha penetrado en el cráter. Ha cobrado carta de residencia entre los imposibles. Ha recorrido el circuito de todos los lugares que no caben en el mapa.

Para expresar en términos algo menos radicales su capacidad de creer, digamos que Diddy cree dos cosas incompatibles. Cree que Incardona vive y que Incardona ha muerto. Lo cual no es mucho más difícil de aceptar que otra paradoja paralela: que Diddy vive y que Diddy murió.

Ésta es pues la actitud de Diddy, en su forma menos extremada. Cree y no cree que este hombre es su antigua víctima.

Con tanto refinamiento de afirmación y duda, es difícil contestar a la pregunta de Hester de manera sencilla y directa. Vale más esperar y observar.

Gruñendo de satisfacción, el obrero cesa de picotear los empalmes de argamasa. Se inclina sobre un bolsón de lona que hay en el suelo y saca otra herramienta, un mazo enorme. Luego se pone de puntillas, blande el mazo y lo descarga con fuerza sobre lo que es (ahora) la hilera superior de adoquines. Estremecida por el golpe brutal, Hester da un leve grito. Diddy le tapa la boca con la mano.

Se ha desprendido otro adoquín, y el hombre lo arranca con ayuda de la barreta de uña. Silbando sin melodía, agarra el derrotado trozo de material y lo deposita en el montón que ha ido formando en un rehundido del túnel. Al volver a su trabajo, mira fríamente a Hester y a Diddy. Sin decir palabra, sigue silbando.

–Perdóname, amor. Quiero pensar por ti y por mí, pero si cedes al miedo me confundes y ya no pienso.

El guardavía ha oído quizá lo que ha dicho Diddy, porque alza la cabeza y sonríe. Huele y resuella como un animal.

Hester está apoyada en el costado de Diddy. (Ahora) trata de enderezarse, y descubre que tiene el tacón trabado entre un perno y el riel.

Al soltarlo, casi se cae.

–¡Cuidado! – grita Diddy.

El trabajador se echa a reír.

–Dalton, ¿por qué se ríe?

–No sé -dice Diddy-. Quizá por matonería, para intimidarnos.

–¿Está muy lejos?

Aunque se lo ha dicho al oído, es posible que el otro lo haya captado.

–Agárrate a mí -murmura Diddy.

–¡Agárrate a mi! – dice el operario con voz bronca, recia.

¡Por fin! Es un alivio que las cosas emprendan su curso.

–Conque te decides a empezar a hablar, ¿eh?

–Contigo no sé si hablo -dice el obrero-, pero la señorita… ¡ah! la señorita es algo muy distinto.

–¡Dalton!

–¡Dalton! – remeda el guardavía.

Diddy ya está furioso. El hombre se ha puesto aún más insolente que la otra vez. Grosero y amenazador. Pero (ahora) todo ha cambiado: Diddy no está solo. Incardona no parece prestarle mucha atención. Se desentiende de él como adversario; apenas le mira. Esta vez es a Hester a quien va a atacar.

En sus burdas facciones no se dibuja el desprecio, como antes, sino la lujuria. Hester, naturalmente, no lo ve. Diddy tendrá que ver por los dos.

Tendrá que protegerla, más allá de sus escasas energías, contra las bestias que han invadido el mundo. Diddy el San Jorge.

El obrero se acerca. Diddy aprieta a Hester contra sí y empieza a buscar sus armas.

Incardona ha menospreciado el valor de su contendiente. Esta vez se enfrenta con un Diddy avezado al combate, bautizado en sangre, tembloroso de odio. Diddy suelta a Hester.

El otro avanza, tan confiado en su superioridad física sobre el débil y enfermizo Diddy que ni siquiera lleva un hacha en la mano. Pero Diddy, que se ahoga de furia y de desprecio, no va a ponerse en plan caballeroso, aunque este encuentro sea en cierto orden un combate de honor. Diddy se agacha, empuña la barreta y corre a escudar con su cuerpo a la atemorizada Hester.

–Quieres jugar ¿eh? – ríe Incardona, con un gesto de alusión al arma.

–Da otro paso -grita Diddy-, y verás si es juego o no.

Diddy se siente fuerte, invencible, como de piedra.

–¡En guerra y en amor todo se vale! – vocea el obrero.

Tiene que pegar un salto de costado para esquivar el barretazo de Diddy, que se pierde en el aire. Con la fuerza del golpe frustrado, Diddy casi se va de bruces, o se hiere en las rodillas con la barra.

–¡No, no! – gime Hester.

Incardona le ha manoseado los senos, pero (ahora) se aleja, danzando como un boxeador.

–¡Hester! – grita Diddy.

No se atreve a mirarla por no perder de vista a su enemigo, pero quiere saber si está bien, si el hombre la ha lastimado.

–¡Dalton, no le mates!

Diddy no entiende esta exclamación, o mejor dicho, no la oye, porque se mezcla con un batiboleo de borrosas exhortaciones, como "¡oye!" y

"¡despierta!" y "¡ya traigan el oxígeno!"

Además, Diddy quiere matar. Tiene que matar. No puede arrepentirse. O

matas lo que odias por encima de todo, o te expones a que te mate a ti.

Aunque Incardona está inerme, la tarea de Diddy no es fácil. Diddy comprende que no podrá vencer si se lanza de cabeza contra su adversario: éste es demasiado ágil, a pesar de su tamaño y musculatura. Diddy tendrá que recurrir a la astucia. Con los dedos dormidos aún por el golpe anterior, aferra firmemente la barreta. Grita: "¡Hester, tírate al suelo!" Incardona deja de brincar y mira a Hester una fracción de segundo. Lo suficiente para que Diddy descargue el arma sobre su cabeza.

Con un rugido horroroso, Incardona se echa las manos a la cara, se tambalea, gira, dobla las rodillas, cae en un quebrantado montón. Su cabeza destrozada escupe sangre, masa encefálica, esquirlas de hueso y algo que parece agua sucia. Esta vez si que no hay duda. Diddy le ha asesinado. No hace falta que venga el tren a rematarle. Fue un golpe de frente, y más enérgico, mejor apuntado. Diddy mira al hombre destruido en el piso del túnel, y se felicita. Por brutal que sea su júbilo, Diddy logra triunfar con él de sus escalofríos de horror y de repugnancia.

Por fin, por fin, piensa. (Ahora) está muerto de verdad. Como la primera vez lo hice sin ganas, tuve que volver hoy a hacerlo bien.

A sus espaldas, Hester gimotea. Diddy se vuelve y la ve en cuclillas, cabizbaja, manchada de aceite, de barro y de salpicaduras de sangre de Incardona. Diddy suelta la barra, se arrodilla junto a Hester, la abraza. Ha olvidado por completo lo que supuso que era su grito de pánico, de terror por su vida: "¡Dalton, no le mates!"

¿Se habrá dado cuenta Hester de que el duelo ha terminado? ¿De que Diddy ha salido incólume y vencedor? Diddy la besa en las mejillas, los labios, el cuello.

–Me viste -murmura-. Esta vez me viste.

Pero Hester no parece comprender. No comparte la euforia de Diddy, su obstinada exultación. Al contrario: parece abrumada de dolor. Se arranca al

abrazo de Diddy, se pone en pie, rechazando el intento de él por ayudarla.

Con furioso ademán se sacude la ropa, golpea el suelo con los pies para quitarse el lodo de los zapatos. Diddy, asombrado, se levanta también:

–¿Qué pasa, amor mío? ¿Por qué te enojas? Ya ha acabado todo: tú lo has visto.

–¡No, no lo vi! – dice agriamente-. ¡Y tú lo sabes! (Pausa.) Pero, si de algo te sirve, te diré que te creo.

–Tú estás pensando en algo más -dice Diddy, agitado-. Algo que no me dices.

–Ya ha pasado -dice Hester-. Y además no importa. Hiciste lo que tenías que hacer.

–¡No te entiendo! – grita Diddy-. ¡No estamos hablando de lo mismo!

–De lo mismo. Ya te lo he dicho. Te creo.

Diddy no se explica por qué Hester muestra (ahora) esa fría severidad.

Ni por qué le niega a él su aplazada vindicación.

–No es bastante -insiste, torvo-. Tienes que verme.

¿De qué sirve un testigo tan distraído y deficiente? De nada. ¿Tendré que volver a matar al hombre?

–¡Pero no puedo! – grita ella histéricamente-. ¡Sabes que no puedo!

Diddy tiembla de ira. Acaba de salvarle la vida a Hester, de salvar la suya propia. Y sobre todo, ha logrado reunir las dos verdades, uncirlas al mismo yugo, aun por la fuerza. Y en respuesta a este triunfo, ¿qué hace Hester? Arrojarle a la cara la fórmula arbitraria de su ceguera. Diddy no se resigna.

–¡Quiero que me vean! – grita.

Con este grito, algo cede dentro de él. Su cólera, quizá. Siente que los nudos de su cuerpo se desatan, las fibras endurecidas se disuelven, los nervios en tensión se aflojan. El aire parece aclararse; el olor del ambiente es menos pútrido. Y más tibio. Diddy no se atreve a mirar a Hester, y mira una vez más al hombre desplomado: de su cráneo hendido escurre todavía una impureza acuosa. Pero a Diddy no le parece esto ni terrorífico ni nauseabundo. Estas reacciones supondrían que Diddy entiende lo que ve, y lo que ha hecho.

(Ahora) todo es distinto. Este acontecimiento se arropa en ondas de novedad.

¿Cómo puede ser eso? No es la primera vez, sino la segunda.

Diddy sabe la solución. No reside en una idea, sino en un acto. Tiene que acostarse con Hester. Aquí, en este momento. El amor es la etapa suplementaria. La secuela de sus asesinatos. Los dos, amor y muerte, van siempre juntos. Pero no de la manera que Diddy había creído. Antes, la unión con Hester era el perdón, o la recompensa, de su acto culpable.

(Ahora) Diddy se pregunta si no tendrá que matar al guardavía en cada ocasión en que debe renovar su capacidad amorosa. El rasgo de violencia es el preludio a la consumación del amor. Si así es, el amor es la meta de Diddy, y no su narcótico. La violencia queda destituida: sólo sirve para preparar el terreno. Pero, ¿por qué da Diddy tantos rodeos?

Tiende su chamarra y suéter entre las vías, a dos metros del cadáver de Incardona. Se quita las botas, y obliga a Hester a echarse en el suelo con él.

La abraza, y al principio ella no responde; permanece inerte. Tan entusiasmado está Diddy, tan seguro de su deseo, que no duda de provocar el de ella, de elevarla a su nivel. Empieza a acariciarle los senos; luego le mete una mano entre las piernas mientras con la otra le alza el vestido hasta la cintura. Sí: Hester comienza a amarle de nuevo, a pesar suyo. Diddy se baja hasta las rodillas el pantalón y el calzoncillo y se desliza sobre el cuerpo de Hester. Ella va reaccionando, aunque tiene la cabeza vuelta de perfil, de modo que a Diddy le es muy difícil besarla en la cara. Sus movimientos empiezan a enlazar: sin deshacer el ritmo, Diddy le afloja el sostén por detrás y le alza el vestido aún más arriba. Luego, de un puntapié, se quita del todo los pantalones y penetra en la carne dulce y húmeda. No es más que la primera etapa, y ya el placer de Diddy es más agudo e imperioso que en cualquier otra ocasión, incluso la primera. Hester debe sentir lo mismo, porque (ahora) le acompaña en todo, aunque todavía aparta la cara, encubierta por los anteojos. Llegan al orgasmo, y no les basta. Cada cual tiene que ofrecerle al otro las partes de su cuerpo, una por una: sexo, manos, labios, rodillas, cabello. Gritan, cantan, gimen, ríen, jadean, vocean obscenidades: un conjunto de urgentes sonidos que Diddy nunca ha oído proferir. Diddy y Hester son dos bestias que nunca se han ayuntado. Tratan de permanecer encima de las prendas de Diddy, pero pronto ruedan por el suelo, rompiéndose la ropa que aún les queda puesta, manchándose de porquería, raspándose la piel. Todo es parte del mismo magma de sensaciones, en el que se confunden el placer y el dolor. Vuelven a hacer

crisis juntos. (Ahora) Diddy se siente perdonado de verdad. Brota de su esqueleto frágil y exhausto como una criatura marina de su concha.

Hester se le cae de los brazos. ¿Estará desvanecida? Con ansiedad, Diddy le pone la mejilla en el pecho y escucha su respiración. Es la inhalación y exhalación regular, mesurada, de quien se ha hundido, sin fuerzas ya, en un profundo y necesario sueño. Gracias a Dios. Que descanse. Diddy le sube el calzón hasta la cintura, le baja el desgarrado vestido, mete el sostén de algodón en el bolsillo del gabán, empuja sus brazos desmayados por las mangas y le abrocha todos los botones. Luego la lleva en vilo hasta el nicho del túnel, y allí la coloca, sentada, en el umbral.

Contra la pared, junto al montón de adoquines de piedra que habían formado parte de la barrera.

Se le ocurre entonces que puede ser peligroso dejar a Hester aquí. Sería mucho mejor sacarla del túnel y echarla en el talud. Él volvería luego al túnel.

Pero Diddy tenía miedo de salir. Quizá no pudiera o no quisiera volver a entrar. Hester sólo tiene que quedarse aquí un ratito. Diddy debe explotar un poco más allá, mientras le dura la curiosidad, el bienestar físico y el entusiasmo orgástico.

¿Habrá que mover también a Incardona? No, hombre, no; que se pudra el cabrón en su salsa.

Diddy debería vestirse antes de seguir adelante. Pero siente aversión por sus ropas arrugadas y rasgadas, salpicadas, como las de Hester, por la sangre y el jugo cerebral de Incardona, y de remate sucias de barro, grasa, polvo, sudor y sexo. Naturalmente, Diddy se las pondrá si tiene frío. Pero, cosa rara, no lo tiene. No sólo no lo tiene, sino que está acalorado y casi sofocado. ¿Fiebre? No importa. Lo que importa es que, por (ahora), no tiene ganas de vestirse.

Sus prendas pueden ser mucho más útiles. La cabeza de Hester, que Diddy había apoyado en la pared del albergue, se ha torcido en una postura que debe de ser incómoda. Y el muro de piedra le hará daño en la espalda; le dolerá cuando se despierte. Diddy hace un lío con sus botas, pantalón, camisa y suéter: inclina hacia adelante un momento a la adormecida muchacha y le encaja el bulto a manera de almohada. Luego la arropa con su chamarra, como con un cobertor. ¡Muy bien!

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