Estuche de muerte

Susan Sontag · Capítulo 3 de 4 · parte 4/4

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Estuche de muerte

[1] Un "héroe" es un emparedado de salchichón, queso y lechuga. [T.]

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

¿Y por qué no quitárselo todo, de una vez? Diddy se agacha, se quita los calcetines. Luego la camiseta. Coloca esto al lado de Hester.

Y ya está en libertad de ponerse en marcha.

Diddy pasa una pierna desnuda, y después la otra, por encima de la barrera desmantelada a medias. ¡Lo que suponía! Al otro lado del parapeto no continúa mansamente el túnel con sus vías: las vías acaban a unos veinte metros. Más allá, las paredes del túnel se ensanchan. Se ensanchan más y más.

Es lógico. "Hay otro mundo, pero dentro de éste."

Ya no va Diddy por un túnel sino por una larga y ancha y húmeda galería. Una vez más piensa en una mina. Sólo que este recinto está brillantemente iluminado por poderosos focos, encajados en casquillos que sobresalen de la pared sin ventanas, a corta distancia unos de otros. Esta iluminación es lo bastante fuerte para producir un perceptible aumento de temperatura. Si no, ¿cómo se explica que Diddy pueda pasearse desnudo a fines de enero? No puede ser tan sólo por el clima peculiar de la galería, por su curiosa y termógena humedad. Sea cual sea la causa, Diddy siente calor.

A veces demasiado; ojalá hiciera aquí algo más de fresco.

Diddy, desnudo, goza de un bienestar enterizo y continuo. Los estrechos dedos de sus pies de alto empeine se agarran bien al polvoriento piso de piedra. Sus testículos se bambolean en el aire tibio y rebotan agradablemente en sus muslos. Al andar, columpia sin esfuerzo los brazos, afloja los hombros, lleva alta la cabeza. Toda su piel parece recubierta de una fulgurante suavidad, como bañada en un sueño profundo.

La clara y agresiva luz de esta galería no deja lugar a dudas en cuanto a los detalles que la constituyen. Ni en cuanto a sus notables diferencias con el túnel. El túnel tenía piso de tierra endurecida; este ámbito lo tiene de piedra gris, perforada a intervalos de diez metros por coladeras cuadradas, tapadas con gruesas rejillas de hierro. Las paredes también son de piedra gris.

Diddy esperaba encontrarse en cualquier momento con un guarda vejete, adormilado en un sillón de enea, que le diera instrucciones, que le orientara. ¡Qué bien se imaginaba a este digno funcionario! Un hombre de unos sesenta años, descuidado, mofletudo, con barba de tres días y un lobanillo en la frente. Uniforme de sarga azul, lustroso por la edad; camisa sucia, de puños deshilachados. Bolsillos llenos de envolturas de chile,

timbres matasellados, boletos rotos, arrugados pañuelos de papel. Sí, un hombre panzudo y reumático que se vuelve todas las noches a su cuartucho, a su colchón de pelo de caballo, a dormir a la sombra de la foto de su difunta esposa. A un guarda así, reclinado en su sillón contra la pared, hubiera querido preguntarle Diddy: ¿Dónde estoy? La perezosa respuesta bastaría, sin duda. Diddy no espera informes muy precisos. Se conforma con lo que quieran darle. Pero a pesar de sus modestas exigencias, no encuentra a nadie: ni conserje decrépito ni persona que se le parezca; ni al principio de la galería ni en su curso. Lo único que encuentra es un sombrero de paja, tamaño 7-¾, al borde de una de las coladeras. Un sombrero que quizá haya pertenecido a un hombre como el que él se imagina.

La larga galería está prácticamente desierta, a no ser por varios artículos sin valor, que Diddy descubre de vez en cuando, perdidos en estas grandiosas dimensiones. ¿Perdidos de verdad? ¿O abandonados? ¿O

escondidos? ¿O colocados en misteriosa secuencia para comunicar un críptico mensaje?

Primero, el sombrero citado.

Un poco más allá, pegado a la pared, un aparato de radio marca Zenith, modelo 1930. Todas las lámparas del aparato están fundidas.

Después, un rimero de discos de 78 revoluciones. Diddy se detiene a examinarlos. Pero los discos, todos de ópera, están tan sucios de polvo que Diddy se mancha los dedos y no logra descifrar el nombre de un solo cantante.

Más abajo, un cajón de cocos. Diddy sacó uno, lo zarandeó para oír el regorgoteo del agua. De pronto sintió sed. Con un pequeño desarmador habría podido abrir un coco y beber. Un desarmador como el que tiene en su cuchillo de campaña, del ejército suizo. Lo malo es que el cuchillo se lo ha dejado en el pantalón. En el túnel.

Luego, una caja de cigarros puros. De la marca habanera que tanto le gusta a Reager. Tendría gracia fumarse (ahora) uno, si no están demasiado secos. Pero en la caja no hay fósforos.

A pocos pasos, junto a la pared sin espitas, un tramo de manguera de jardín, color naranja, con boqueras de tres tipos distintos.

Y por fin, unas tijeras de podar, oxidadas; un orinal adornado de grecas curvilíneas en verde, blanco y sepia, y marcado en el fondo con los

símbolos "Minton" y "Nº 12"; un paquete de revistas atrasadas, con predominio de Mecánica Popular y Ciencia y Mecánica; un sobre tamaño oficio, con una docena de fotos de películas mexicanas (hacia 1950, con Dolores del Río); una llanta de automóvil, muy desgastada; una muñequita andrajosa, sin su muñequito; un carrete de hilo crudo; un montoncito de hojas de otoño, apiñadas con esmero; una percha de madera del "Hotel Luna"; una botella vacía de vodka Smirnoff; un tubo de pasta para dientes postizos; una baraja de plástico, incompleta. Diddy cuenta cuarenta y nueve cartas.

Diddy parece haber caído en medio de un universo de cosas insignificantes. Algunas quizá valgan para una colección, suponiendo que existan gustos tan extraños como para coleccionar chismes así. Y aun si reconocemos que este universo no encierra más que cosas, y cosas tan heterogéneas y anacrónicas, queda sin resolver el problema de su distribución. Problema inusitado para Diddy: el exceso de espacio. Si arrojáramos todos estos trastos en una habitación, serían un estorbo insoportable; en un recinto tan vasto como éste apenas si se nota su existencia.

Por lo tanto este universo es también el de la ausencia de las cosas.

Fuera de los artículos enumerados, que más que "objetos" son "cacharros" o

"desperdicios", la galería está vacía, desnuda. Si cerramos los ojos a lo que cubre las paredes. Ya que lo que le falta a este espacio tan largo y relativamente estrecho en cuanto a muebles y enseres le sobra en la cantidad de letreros pegados al muro. Una infinita e impecable serie de citas y de lemas.

Al principio aparecían a trechos irregulares y a diferentes alturas.

Algunos estaban pintados con carbón o con yeso; otros emborronados en cartón, celotex o triplay y clavados o pegados en cualquier parte. Pero cuanto más camina Diddy, más se multiplican los carteles, y más costosos son los medios de producirlos y publicarlos. Unos vienen impresos en pergamino, con iniciales miniadas y adornos en el margen; otros grabados en placas de metal. Y en los estilos de tipografía, dibujo y burilado, es imposible distinguir una tendencia o periodo dominante. Es un surtido ecléctico de escuelas y de valores.

Lo mismo ocurre con los textos, que sólo tienen en común el hecho de referirse, con mayor o menor proximidad, al tema de la muerte. Un revoltijo

de versos, homilías, sentencias y refranes, intactos algunos, otros desfigurados o truncados. No hay en todo este acervo unidad ética, cultural ni temperamental: es como si una muchedumbre escogida al azar hubiese aportado al caudal colectivo el trocito de sabiduría preferido de cada uno de los componentes. Sin intención armónica.

"Más valdría no haber nacido" aparece junto a "La paga del pecado es la muerte". Antes, "orden, calma y silencio". Después, "coged las rosas de la primavera".

Otros que Diddy observó, y que hubiera apuntado de llevar consigo lápiz y papel:

"Desprecio el polvo que soy, el polvo que os habla. Os lo regalo."

"El mundo no le ha prometido nada a nadie." (Proverbio marroquí.)

"Lo que se gana se pierde."

"¿Cuál es, muerte, tu victoria?"

"E dietro le venia sí lunga tratta

di gente ch'io non averei credutto

che morte tanta n'avesse disfatta."

"Ojos que no ven, corazón que no siente."

"Et in Arcadia ego."

"Lo que hay que preguntar es si hay vida antes de la muerte." (Adagio húngaro.)

"…el que revolcó al perro

que persiguió al gato

que mató al ratón."

"La muerte y los impuestos: lo único inevitable."

"Enkidu, mi viejo amigo,

a quien yo tanto quería;

el que conmigo sufriera

mil trabajos y fatigas,

al destino le ha pagado

el tributo de su vida.

He velado su cadáver

siete noches y seis días;

de entre sus párpados brotan

dos lombrices amarillas."

"Uno se muere cuando le llega la hora."

"Como yo no podía esperar a la Muerte, la Muerte, amablemente, se detuvo por mí."

"El polvo vuelve al polvo."

"Lo único que siento es tener una sola vida que ofrendarle a mi patria."

"Wir Geretteten

Aus deren hohlem Gebein der Tod schon seine Floten schnitt An deren Sehnen der Tod schon seinen Bogen strich."

"Lo que no mata engorda."

"Soy lo que fue, lo que es, lo que será. Nadie ha alzado mi velo."

"Más vale ser comunista que estar muerto."

"No tendrá la muerte dominio sobre mí."

"Où sont les neiges d'antan?"

"Los muertos no hablan."

''Esto es como una muerte, que no puede escoger, sino llorar aquello que al fin ha de perder."

"I went down to the Saint James Infirmary."

"Or discendiamo omai a maggior piéta;

giá ogni stella cade che saliva

quand'io mi mossi, e 'l troppo star si cieta."

"La muerte acaba con todo."

"En el palacio del Rey de las Montañas."

Y así, de inscripción en inscripción. Una hartura de sabiduría: sabiduría torpe, inofensiva, anticuada, grosera. Sabiduría intercambiable. Sabiduría de carroña. Los letreros van escaseando. Junto a uno de los últimos, sacado de un sermón de John Donne, Diddy se detiene: está cansado. Apoya un momento su mejilla ardorosa en la piedra fría del muro. Pronto le vuelven las fuerzas, y puede seguir su marcha. Percibe un olor extraño, a lava volcánica y a espuma de mar. Por debajo, otro olor desagradable, como a vómito. Al andar, Diddy arrastra suavemente las yemas de los dedos por las sucias paredes. El eco amortiguado de sus pasos resuena en su cráneo vacío.

De pronto Diddy vio un inmenso arco abovedado. Por él entró en una cámara cuatro veces más amplia, aunque menos larga, que la galería. Más que cámara, antecámara del recinto al que (ahora) se acerca. ¿Habrá otra portalada al extremo de este otro salón? Quizá. Diddy no tiene un campo visual muy despejado desde donde se encuentra. Pero se le ha ocurrido que

tanto la galería como la habitación en que va a penetrar son el principio de una larga serie de estancias subterráneas, que se comunican entre sí.

La estancia en la que Diddy se encuentra (ahora) es cuadrada, alta de techo: una especie de sótano. Si tuviera ventanas, podría ser una iglesia: la iglesia de algún pobre y piadoso país balcánico. Pero evidentemente este lugar no se destina al culto; más bien parece una anchurosa y descuidada cripta funeral. El pasillo por el cual Diddy camina está bastante despejado: a ambos lados se apilan los ataúdes en confusión caótica. Cientos de ataúdes, hasta mil quizá. Torcidos, de punta, tendidos de costado, amontonados uno sobre otro como leños para la chimenea. Como si hubieran rodado al azar hacia esta cámara, o como si alguien los hubiera arrojado a ella en un rabioso, exasperado trance. Nada da la impresión de orden, plan, estructura. En la caprichosa disposición de tantos ataúdes (demasiados, hasta para un lugar tan amplio) se han desdeñado todas las reglas de la economía espacial; si se hubieran respetado, tal vez parecería menor la cantidad de féretros.

Puede que no sea ésta una cripta funeraria común y corriente, en la que se depositan con reverencia los cadáveres para que los visiten los amigos y deudos, sino un mero almacén de cuerpos sobrantes. Así se explica la falta absoluta de cuidados, la ausencia de flores naturales o artificiales, la carencia de tributos y recuerdos que suelen adornar el sitio de reposo de los difuntos. En muchos de los ataúdes ni siquiera hay placa que señale el nombre y fechas del desaparecido. Imposible imaginarse que alguien visite esta cripta. Cualquier pariente o amigo sufriría lo indecible al ver los restos de la persona amada en tan sucio alojamiento y tan desastrosas condiciones.

Porque no sólo están mal colocadas las cajas mortuorias, sino que también se encuentran en pésimo estado de conservación. Diddy observa que muchas de ellas son de madera excelente, pero sea cual sea la madera, caoba, roble, pino, se ha rayado, astillado o resquebrajado. Es más: hay una extraña cicatriz que aparece en numerosos ataúdes: un vaciado circular del tamaño de un peso de plata. En otros, los rayones de los costados son profundos y continuos, como de letra cursiva. Diddy trata de descifrarla: imposible. Donde los ataúdes se pintaron, en lugar de barnizarse o dejarse al natural, la pintura se destiñe y descascara, y a veces es el propio cajón el que se desintegra: los tablones se separan, las tapas se alabean. Diddy, que lleva al aire su tierna humanidad, va avizor a los clavos herrumbrados que

sobresalen, a las esquinas y filos de madera que se erizan al borde del pasillo. También debe cuidarse de las tapas arrancadas a muchos de los féretros y puestas de través, o de las que han rodado por el suelo. Sobre todo cuando Diddy abandona el corredor y se abre paso entre el denso bosque de ataúdes: un clavo puede herirle el pie descalzo; una astilla le puede desgarrar muslo o tobillo.

Hay una ventaja egoísta en esta deplorable situación: Diddy ve lo que hay dentro de cada caja. En las destapadas, basta con mirar. En las que conservan su cubierta, firmemente clavada o asegurada con grapas de bronce, suele haber un ventanito. Diddy limpia el polvo, quita lo que estorba, y se asoma al ataúd. Por lo menos ve las caras.

Los cadáveres son de ambos sexos y de todas las edades. Vestidos de punta en blanco casi todos. Y maravillosamente incorruptos. A veces, la cara y las manos, única carne visible, tienen toda una funda de piel seca y apergaminada. Los rostros son humanos, de raza blanca en su mayoría y de innegables facciones norteamericanas. Son enormemente expresivos, y hasta torturados. Al encogerse la piel bajo la acción de lo que parece un excelente método de embalsamamiento, se producen dolorosas muecas, crípticas sonrisas.

Y no es sólo la piel lo que se mantiene intacto: también el cabello, con un color todavía semejante al rubio, moreno, rojo, gris o blanco del día del funeral. La mitad de los difuntos varones lleva bigote y barba.

Al principio, Diddy se asombra un poco de esta abundancia de adornos capilares. Ni en su generación ni en la de su padre ha habido muchos americanos que se dejen la barba. Pero pronto se da cuenta de que la mayoría de los cadáveres son de hace treinta años, o cincuenta, o cien, o doscientos. ¿Cómo adivina Diddy su edad? No por el color de la piel, que es casi siempre el mismo, moreno cetrino, sino por otras cosas.

La ropa, por ejemplo. A la izquierda, bamboleándose peligrosamente en lo alto del rimero, hay una señora vestida al modo de 1890. Traje largo, de cuello alto; espetera acolchada. A su lado, un caballero siglo dieciocho: peluca empolvada, calzón corto, camisa con guarniciones. Pero la prueba definitiva de la edad promedio de estos cadáveres la proporciona un ataúd en bastante buen estado, de roble pulido, casi sin arañazos: en su tapa firmemente asegurada hay un ventanal de cuerpo entero. Es una niña vestida de rosa, con calcetines blancos y zapatos de charol: según la placa,

Martha Elizabeth Templeton, 1922-1933. La niña no muestra señales de corrupción: por lo menos, Diddy no ve ninguna. Fuera de una leve amarillez, la niña parece viva, dormida. Si a esto añadimos que Diddy no ha encontrado, en su rápido examen de los ataúdes, ninguno tan reciente como éste ni cadáveres de tan fresco y sano aspecto, habrá que concluir que los demás se remontan a fechas anteriores, muy anteriores.

El ataúd de Martha Elizabeth Templeton estaba cerrado, pero la tentación de tocarla era irresistible. Diddy se volvió entonces a otras cajas abiertas y empezó a acariciar cautelosamente los rostros polvorientos y marchitos. La mayor parte de los ataúdes no encerraban más que un cuerpo humano, pero en otros había también algún objeto, favorito o necesario, tótem o utensilio. Junto a un hombre vestido de etiqueta, un fagot. Unas muletas al lado de un viejo de abrigo café y bufanda color crema; cosa rara, el hombre no parece tullido. Quizá se revelará su deformidad si se alza un poco la pernera de su pantalón. Diddy empieza y no acaba: ha vislumbrado de pronto el blancor de la tibia. Más allá, un toque conmovedor: la limpia viejecita de pelo gris que lleva aún su enorme y rosado aparato contra la sordera.

En otras cajas hay dos personas juntas. Dos personas que se han querido tanto como para no soportar la posibilidad de pudrirse por separado. O

quizá las familias buscaban ahorrar dinero metiendo a los dos cuerpos en el mismo ataúd. Por un ventano Diddy contempla a una pareja juvenil, aunque reseca, estrechamente abrazada. Al otro lado, una mujer vestida de encaje blanco oprime contra su pecho a una niña pequeñita, de blanco también, imagen reducida de la madre. Diddy acaricia la mejilla de la nena. A la vista, su piel daba la impresión de frescura y lozanía; al tacto, está tan blanda y porosa como el papel de periódico. Tan seca como la del cadáver más antiguo que Diddy ha tocado.

Detrás de un montón de ataúdes que se han derrumbado sobre el pasillo, y que Diddy ha tenido que apartar con pies y manos, aparece de repente un pórtico soberbio. Diddy se detiene, indeciso. Se enjuaga con el antebrazo el sudor de la frente. Se muerde los labios.

La respuesta a la tácita pregunta es negativa. Es menester que Diddy el Disciplinado proceda sistemáticamente, o se perderá. Aquí como en todas partes hay un orden protocolario que Diddy debe respetar. Primero lo

primero. Diddy tiene que explorar, antes de ceder a la curiosidad de lo nuevo, lo que aún no ha visto en esta sala, a ambos lados del pasillo.

Avanza pues otros diez o quince metros y vuelve a penetrar en la selva de ataúdes. Encuentra diminutos senderos para su cuerpo desnudo; donde no los encuentra, trepa ágilmente por encima del montón. Sólo una vez está a punto de caerse, y sólo saca un raspón en la rodilla. Sus esfuerzos, como esperaba, han dado resultado. Ha descubierto una nueva salida en cada uno de los muros paralelos al corredor central. Quiere decir que además de la estancia que se anuncia al otro lado del pórtico, hay dos más, una a la izquierda, otra a la derecha. Todavía queda mucho por ver.

Estos nuevos recintos, también abarrotados de ataúdes, son más chicos que la cripta principal, y en lugar de bóveda tienen un cielorraso de menos de tres metros. Hace calor: Diddy rompe a sudar, con lo cual se siente aún más sucio. Se seca las palmas de las manos, la frente, el bozo, la nuca. ¿Qué puede hacer? En moradas tan desnudas, útiles y prácticas como éstas no habrá un termostato que regule la calefacción: Diddy ya tiene bastante suerte con disfrutar de tanta y tan buena luz como la de los focos que en todas las paredes brotan de armazones de hierro. Aun así, ojalá no hiciera tanto calor. Quizá las altas temperaturas forman parte del método de conservación de los cadáveres, pero si a ellos les conviene, a Diddy no.

Diddy, sujeto único en un mundo de objetos. En fin: las cosas podrían estar peor. Feliz capricho el que tuvo cuando resolvió quitarse toda la ropa.

La desnudez mitigará el calor, pero no la tristeza de estas habitaciones.

Diddy está totalmente descorazonado. Aunque Diddy no ha visto ratas ni piojos ni otros animales, la suciedad de todo este paisaje es abrumadora. Y

no es, en el fondo, suciedad repugnante: no es mugre ni hollín, ni sangre, ni excremento, ni grasa, ni semen. No es desecho industrial. Es el polvo del tiempo. Polvo imperecedero. Polvo espesísimo.

Pero Diddy empieza (ahora) a acostumbrarse a él.

Ha encontrado otra ventaja de haber venido desnudo. Por mucho que le desagrade el contacto de su carne con la porquería y la podredumbre, no tiene que soportar de añadidura la indignidad de ensuciarse la ropa.

Sí, Diddy se acostumbra, no sólo al polvo sino a este nuevo espacio, a su exigente topografía. Va aprendiendo a vencer los obstáculos. Las nuevas facultades que se nos desarrollan cuando las precisamos; ni antes, ni después. Diddy el Vulnerable necesita convertirse, en este mismo instante,

en Diddy el Intrépido. Nunca había sospechado que el túnel fuese tan vasto y complejo, y (ahora) siente vivos deseos de explorarlo hasta el final.

Examinemos pues las dos nuevas estancias.

Los ataúdes que las llenan están tan descuidados y desordenados como los de la cripta. Algunos están hechos pedazos; otros se han venido abajo de lo alto de sus torres y han derramado por las rotas esquinas un brazo o una pierna. ¡Cuidado! NO tropieces con eso. Calaveras separadas de sus parientes, los huesos inferiores. Calaveras como caracolas.

De estas habitaciones se pasa a otras semejantes. Diddy el Desnudo las cruza con rapidez, a paso largo a veces, a veces en carrera suelta y desembarazada. No hay por qué mirarlo todo, cuando todo tiene más o menos el mismo aspecto. Lo único que hace Diddy el Supervisor es observar si la idea general permanece idéntica. Para esto, es necesario echar un vistazo a todos los aposentos. No siempre fácil. Diddy se exaspera cuando la acumulación y el revoltijo llegan al grado de impedirle el paso, de retrasar su marcha. Podría abrirse un camino entre la masa de ataúdes, pero no quiere. Y no porque le falten fuerzas físicas, sino por prudencia, por afán de emplear bien el tiempo. Si a la entrada de un recinto Diddy se encuentra con una muralla de ataúdes que se eleva hasta el techo, Diddy no va a cargar con todas las cajas, una por una, a fin de ver lo que hay al otro lado. Tampoco va a despejar los corredores donde de pronto se alza lo que parece ser el resultado de una avalancha de ataúdes.

En esos casos, no le queda más que una solución: volver atrás. Regresar a la cripta. Empezar otra vez, en línea recta. Mantenerse apegado a la serie inicial.

Diddy reconoce el porvenir.

Diddy explora su muerte.

Cauteloso, diligente, pensativo. Quiere examinar y examinará todas las moradas de esta casa, aunque sea la casa de los muertos.

(Ahora) le parece oír el retemblor de un tren rápido que avanza por la vía. El tren se acerca más y más. Si en efecto se trata de un tren, Diddy no tiene nada que temer. Aquí no llegará; no hay carriles ni los habrá jamás en estas losas de piedra. Que venga pues el tren, rápido o lento. ¿No se alcanza a veces, por la velocidad, la inmovilización?

Diddy se encuentra (ahora) en una cámara tan ancha como la primera y aún más larga. El techo es más bajo y sin bóveda, pero dobla en altura a los

de las habitaciones laterales. Como todas, ésta goza de profusa iluminación, si bien hace más fresco: el sudoroso Diddy lo agradece.

Es lo que podríamos llamar la segunda cripta. Pero ésta es muy distinta de la otra y de sus dependencias. Aquí ni siquiera han encerrado a los difuntos en ataúdes. Todos están de pie, codo con codo, pegados a la pared en tres filas, del piso al cielorraso. Se mantienen en su sitio gracias a dos larguísimas y robustas sogas: una les ciñe el pecho por los sobacos y la otra les oprime las rodillas. No hay en las sogas cortes ni nudos; una vuelta sencilla a cada cuerpo y pasan al siguiente: así a lo largo de cada pared.

Si la segunda cripta no contuviera más que estas tres filas de cadáveres, resultaría notablemente espaciosa y despejada. Por desgracia, aquí también triunfa el desorden; también se impone la superpoblación. Aunque ya están ocupadas de cabo a cabo las cuatro paredes, alguien ha seguido acarreando a la cripta posibles ocupantes, que se hacinan en montones de tres y cuatro al pie de la triple greca humana. Mientras los colocados contra la pared dan la sensación de cierto orden y concierto (en su colocación debe de haberse empleado un esmero especial) los que se apilan en el piso han caído en posturas de lo más desairado. La única regla que parece haberse respetado es la de la orientación: las cabezas hacia la muralla, los pies rumbo al centro. No hay que decir que hasta esa regla se ha violado en numerosos casos.

En resumen: Diddy percibe aquí la misma falta de cuidado que en las cámaras abarrotadas de ataúdes viejos y rotos… con algo más de precaución, ¿no se habrían conservado mucho mejor, mucho más vivos e incorruptos estos cadáveres, ya de por sí admirablemente intactos? Claro que habría que distinguir: algunos de los que aquí aparecen están mejor que los de la otra zona; otros están peor, mucho peor. Hasta donde Diddy puede comprobarlo (estos cuerpos, como los anteriores, están vestidos de pies a cabeza) algunos ni siquiera tienen piel; los que la tienen, en cambio, muestran una dureza y reciedumbre que no se veía en los ataúdes. Allí la piel era blanda y apergaminada; aquí es coriácea, oscura. Con todo, muchos cadáveres la pierden, y enseñan los extremos y aristas de los huesos. Aun así, no hay ningún esqueleto desnudo: todos guardan al menos un retal de pellejo pegado a la osamenta.

También aquí se tuercen en horribles muecas las expresiones faciales.

Al encogerse la carne, se arrugan grotescamente las máscaras de cuero.

Además (indudable consecuencia de haber puesto de pie a los cadáveres) muchas mandíbulas inferiores se han desgajado. Los rostros que las perdieron parecen emitir un grito horroroso. Lo que sí conservan casi todas las calaveras de órbitas vacías y bocas desdentadas es el pelo. A veces un mechón; a veces la cabellera entera, aplastada como una peluca sobre el cráneo descarnado. O una barba florida y frondosa adherida a los huesos como el musgo a la peña.

Diddy examina las ropas para averiguar el sexo del cadáver, la época en que vivió y hasta su profesión. El estado y color del cabello también dan una idea aproximada de la edad que tenía la persona al morir. Diddy arriesga opiniones algo descabelladas, pero no puede evitarlo, ya que esta sección los cadáveres no llevan nombre ni fechas de nacimiento y muerte.

Quizá haya un libro por alguna parte, un catálogo enorme, enmohecido, donde se identifique a toda la población. Como en un almacén, Diddy empieza a sacar inventario. En esta cripta las existencias son diversas y abundantes. Ambos sexos, edades diferentes, múltiples épocas históricas. El ejemplar más antiguo es del siglo diecisiete: un puritano de sombrero de ala ancha, cuello almidonado, calzón corto y zapatos de hebilla. No lejos, aparecen tipos más recientes. Un banquero de chistera, chaqué y pantalón rayado. Un chiquillo con uniforme de explorador. Una enfermera. Un policía neoyorquino. Y otros aún más modernos: posteriores a la breve aventura vital de Martha Elizabeth Templeton, m. en 1933. Por ejemplo, un soldado con traje de campaña de los años sesenta, y la Estrella de Plata en el pecho. Pero ninguno de ellos, ni de los más recientes, está tan fresco y tan bien conservado como el de Martha Elizabeth. Quizá la niña constituye la excepción a la regla.

En estancias adyacentes, más chicas, Diddy encuentra algo más de orden. Por lo menos, en la colocación inicial de los cuerpos. Aquí hay además un intento de separarlos por especialidades. Los cadáveres se han seleccionado y se han clasificado en grupos y sub-grupos.

Se dedica una habitación entera, por ejemplo, a los niños. También aquí los han almacenado en tres filas; aunque el techo es más bajo, la menor estatura de los niños permite la triplicación. Por primera vez Diddy siente tristeza. Si al menos los chiquillos estuvieran en ataúdes, podrían abrazarse a un muñeco o a un juguete. Así solos, parecen abandonados, olvidados. Sin relación alguna de unos a otros, como si los hubieran capturado vivos para

clavarlos a la pared como mariposas, para que murieran, más que de hambre o malos tratos, de soledad. ¡Esa niña de la segunda fila, con su vestido blanco de primera comunión! El esplendor de la infancia no es, a veces, más que patetismo.

En la sala contigua, los bomberos. De uniforme, con botas hasta el muslo. Muchos llevan aún el enorme casco rojo, de ala ovalada, característico de su oficio. Lo llevan ladeado, no tanto por presumir como por accidente, ya que las cabezas, casi todas descarnadas, tienden a inclinarse o a desplomarse. La tristeza de Diddy se ha disipado. El esplendor de los adultos es agradable o cómico. Estos honrados bomberos parecen satisfechos de sí mismos. Saben a lo que han venido.

En otra cámara están los sacerdotes. Diddy busca al "suyo", al gordito del breviario y la voz suave. Pero en verdad no le sabría reconocer. Todos estos cadáveres sonrientes y vestidos de negro se parecen. Diddy, sin embargo, quiere verlos de cerca. ¿Qué es esto? Los sacerdotes, sobre todo si llevan vestimenta litúrgica, exhiben un volumen que no puede ser natural.

¿Estarán fingiendo? Desgraciadamente, sí. Hasta en este lugar. Casi todos los cuerpos, o esqueletos, mejor dicho, se han rellenado de paja para dar forma al imponente atuendo de ritual, y cuando falla el truco el efecto es risible. Por ejemplo, ese rollizo individuo, ataviado para la misa de réquiem.

Por su anchurosa manga se derraman los haces de paja, aun encima de los delgados huesos que componen el único vestigio de su mano y muñeca.

Vienen luego los soldados de la Guerra Civil Americana, con sus uniformes azules y grises, del norte y del sur. Aquí parece ser aún más radical el espíritu de especialización. No sólo se reserva este recinto para los que lucharon en la contienda, sino que, a juzgar por su pelo canoso y escasa estatura, sólo han venido a parar aquí los ancianos excombatientes.

Muchos no habrán fallecido hasta estos últimos años. Centenarios, o sobrecentenarios. El desfile luctuoso de la República.

(Ahora) surgen los diversos uniformes deportivos y gimnásticos. A consecuencia de lo que ha visto en el salón de los clérigos, Diddy aguza y afina su suspicacia. ¿Se puede enterrar a una persona, si a esto lo llamamos entierro, con un uniforme al cual no tiene derecho? A todo el mundo le agrada el relumbrón y prestigio de los deportes. ¿Será auténtico ese futbolista cuyas macizas hombreras llegan casi a lo alto de su pequeño cráneo? Quizá cuando corría por los céspedes, vivo y encarnado, tenía ya la

cabeza pequeña. Y ese cátcher de los Gigantes de San Francisco, ¿merecerá en verdad el uniforme y la careta cuyas barras de hierro cubren el rostro largo, contorsionado, casi incorrupto? Diddy se empeña (ahora) en ser testarudo, en no aceptar nada que no le demuestren. Aunque, ¿por qué querrían los difuntos ser otros de los que fueron? Y aun si tal era su última voluntad, ¿por qué habrían de respetársela los parientes? ¿Hay mucha gente dispuesta a hacerse cómplice de una mascarada, sólo para satisfacer la vulgar vanidad de un moribundo?

Diddy abandona pues su política de desconfianza. Resuelve admitir por lo menos la mitad de la evidencia; suponer en los muertos cierto grado de autenticidad. Poco probable es, por ejemplo, que esos basquetbolistas sean falsos. Su estatura lo desmiente. El más grande de todos es un esqueleto de dos metros y medio que viste el uniforme de los Reales de Cincinnati y lleva todavía guarniciones de plástico en las desnudas rótulas.

En un salón vecino se apiñan hombretones cubiertos de dril, de mil rayas, de telas igualmente baratas y fuertes. Aquí sí que no hay pretensiones, piensa Diddy. Granjeros, mozos de labor. También, quizá, trabajadores industriales; soldadores y remachadores de la fábrica de autos; cavadores, porteros, albañiles, mecánicos del teléfono, garajistas, estibadores, etc. ¿No es en este recinto donde debería reposar Incardona?

¿Aquí? ¿Colgado de las paredes de este cuarto bajo de techo y escaso de ventilación? Como si fuera él el funcionario encargado de decidirlo, Diddy vacila. Finge haber encontrado una irregularidad en la solicitud de ingreso de Incardona, o busca algún detalle burocrático que le impida la entrada.

¿Por qué? ¿Porque cree que Incardona merece mejor alojamiento, o porque no quiere compartir con él este reino que ya mira como suyo? Pero no hay que ser tan mezquino. Ni amabilidad mal entendida, ni envidia pueril. ¿Por qué no habría de descansar aquí el trabajador? O en cualquier otra parte. No habrá tomado en serio Diddy este improvisado sistema de almacenar cadáveres, ¿verdad? Y si lo que le anima no es el afán de mantener intacto el orden establecido, ¿qué es? ¿El deseo de venganza? ¿O la vanidad social?

Esto no es un círculo de escogidos. Para penetrar en él no se necesita un carácter irreprochable ni una vida superior. El único requisito es estar muerto. Diddy el Demócrata, a pesar suyo. Muy bien: entonces, enterremos a Incardona. Diddy da un paso atrás, mira por encima del hombro hacia el pórtico de entrada. Pero no, no: por nada del mundo quisiera volver al túnel.

Hay allí otra persona, además del muerto. ¿Podría ir alguien en su lugar?

¿Podría brindarse alguien a ayudarle, a hacerle ese favor o acto caritativo?

¿No hay nadie aquí que quiera ir a buscar el pesado cadáver, arrastrarlo hasta la cripta, izarlo al muro, atarlo con las cuerdas? Suponiendo, claro, que no falte lugar, que el nuevo inquilino quepa entre los otros.

Ya que el espacio va escaseando más y más. Al salir Diddy de la futura residencia de Incardona y entrar en las siguientes, nota lo atestadas que están. También observa que los cadáveres apenas han empezado a pudrirse.

¿Quiere decir esto que es la población de los muertos recientes la que se multiplica? Qué raro. ¿No se mantiene más o menos uniforme el ritmo de defunción? Quizá no. Sea cual sea el motivo, la cantidad aumenta continuamente. Los cadáveres pegados a la pared están más apretados, y a veces en doble fila; los que se hacinan en el suelo forman montones más y más copiosos y ocupan más espacio. Y así una cámara tras otra. La meta inaccesible parece ser no dejar ni un rincón desalojado. Llenar el vacío.

Poner la casa en orden. El plenum de la muerte.

¿Qué siente Diddy, física y moralmente, al explorar su futuro, al tomar nota del inagotable contenido de este osario? Incómodo no está; lo único que le molesta es el calor, y (ahora) han empezado a girar en algunos recintos unos viejos y polvorientos ventiladores del techo. En cuanto a estado de ánimo, Diddy se encuentra a las mil maravillas. Podría suponerse que de vez en cuando le invadiera la repugnancia. Pero no es así. Tampoco le deprime la visión de esta muerte infinita. Y el miedo, que sería natural, no le ha acosado en ningún momento. En realidad, ninguna de estas emociones tiene cabida en este laberinto y sus espectáculos. Con todo lo que le impresionaron al principio la aglomeración y la suciedad, Diddy se siente fúlgido, liviano, sosegado, tranquilo.

Bañado en esta sensación tierna, iridiscente, Diddy continúa caminando, aunque (ahora) con más lentitud.

Ha logrado el equilibrio entre el afán de echar a correr y el deseo insidioso de demorarse. Otro conflicto casi imperceptible, resultó de antemano.

A veces, casi sin intención, visita salones que ya había examinado antes.

Y no es que se pasee sin objeto, fingiendo no haberse extraviado. Diddy no es un turista que se lanza a conquistar una ciudad desconocida sin guía

ni itinerario, sino un peregrino que ha recibido amplias instrucciones de sus predecesores. Su calma se debe tal vez a la devoción.

Lo que queda por hacer ya se ha hecho; lo han hecho otros. Diddy, aunque no posee todos los detalles, siente una profunda y familiar confianza. Toda novedad es para él un reconocimiento. ¿Por qué?

Sencillamente, porque forma parte de un orden inalterable. Diddy no puede perderse. Ni aun (ahora) que ha entrado en un nuevo medio, en una fase nueva.

¿Cuál es esta fase? Desde cierto punto de vista, Diddy se halla en un escenario panorámico, una especie de exposición teatral. Puede que le inviten a opinar acerca de ella. A menos que se equivoque, que no sea él el juez. En ese caso, la tarea de Diddy consistirá en buscar a otra persona que le examine a él y dicte la sentencia.

Desde un punto de vista diferente, los dictámenes y veredictos no caben en este lugar. La muerte no los tolera. Aquí vienen a dar justos y pecadores, perezosos y esforzados. Diddy se echa a reír. Le han absuelto de la obligación de juzgarse a sí mismo y del deber de calibrar su ambiente.

Ambiente, al menos, interesante como pocos.

Muerte = enciclopedia de la vida.

¿Es ésta la pesadilla de Diddy, o la resolución de todas sus pesadillas?

Falsa pregunta, ya que hay dos pesadillas, distintas si no contradictorias.

Pesadilla primera: dos mundos.

Pesadilla segunda: un solo mundo. Éste.

Un momento. Quizá Diddy ha encontrado la respuesta a esa desesperada reflexión respecto al mundo.

Vida = el mundo.

Muerte = encierro total en el propio pensamiento.

¿Resuelven estas dos ecuaciones el enigma de las dos pesadillas?

Diddy cavila en ello con tanta intensidad que olvida dónde está, a largos intervalos. Ni siquiera sabe en qué estado se halla su cuerpo. Sus pensamientos le acorralan. ¿No hubiera sido mucho más cómodo despojarse de ellos, como se despojó de los vestidos? No; le han acompañado todo el camino, conservados en su propio liquidámbar.

Como si Diddy viviera al fin en sus ojos, sólo en sus ojos. El ojo exterior que nomina y clasifica; el ojo interior que palpita al pensar.

Pero no siempre es tan solemne. A veces casi se alegra. "Coged las rosas de la primavera." Entonces, aunque ve con claridad, no se limita a ser dos ojos húmedos, vulnerables, encajados en las órbitas como moluscos en su concha. Se deleita en la felicidad de vivir en su cuerpo; siente su desnudez como una bendición. Su cabeza despierta y expresiva; la fuerza y agilidad de sus pies sobre las frías losas de piedra; la soltura de sus hombros y la madurez musculada de sus muslos; su pecho capaz y sensible; la dura tapia de su delgado abdomen; el tierno sexo que rebota en lo alto de sus piernas. Increíble que una criatura humana renuncie a este placer y consienta en vestirse.

En otros momentos no puede evitar la tensión de los miembros: se le acorta la respiración, se le adormece el paso. Siente el filo nauseabundo de algo parecido al terror. Un silencio mortecino. Un olor rancio. Diddy a punto de preguntarse qué es lo que ha hecho. ¿Será toda esta aventura un aislamiento deshonroso, una ordalía inútil? Afortunadamente Diddy sabe cómo enfrentarse a estos instantes turbios que le socavan el ánimo. Sueña que Hester le espera al final de esta ronda. Que (ahora) mismo le aguarda en una distante galería. Su función es clarísima, y adecuada a sus poderes: salvarle, como la princesa de un cuento de hadas. La fuerza del amor va a rescatar a Diddy del reino de la muerte. "La muerte y la doncella."

Lo único que Diddy debe hacer, le espere Hester o no, es seguir andando. Un paso tras otro.

Más cámaras. Más muertes.

¿Ha llegado Diddy a su destino?

La muerte es un exceso de trabajo.

De nuevo oye el rumor de un tren, gritos lejanos. Ladra un perro.

Un negro esbelto y joven, de blusa y pantalón blancos, acerca un carrito a su cama. Huele a vómito. ¿Quién huele a vómito? Diddy. Diddy el Manchado.

Más cámaras. Diddy camina, en busca de su muerte.

Ha trazado su última ruta.

Ha dibujado su último mapa.

Diddy percibe al fin el inventario del universo.

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