Geiger

Gustaf Skördeman · Capítulo 20 de 56

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Geiger

Capítulo 20

 

 

—Las fiestas.

Sonrió para sí.

—Las fiestas son lo que recuerdo. Y toda la atención que recibías cuando viajabas por el país con Stellan. A veces había miles de personas agolpándose para verlo un segundo o incluso hablar con él, estrecharle la mano.

Después de lo último volvió a reírse, una risa ronca, como un graznido, que desató otro ataque de tos. Se llevó el tubo a la boca e inhaló.

Lelle Rydell, un viejo servidor fiel, guionista y una fuente inagotable de ideas. El compañero leal de Stellan Broman durante un par de décadas. Debía de haber sido bastante más joven que Broman, y al viejo trabajador de televisión ya jubilado y ahora enfermo terminal aún se le oía en la voz la admiración característica de un adepto junior cuando mencionaban a su antiguo maestro.

Era un apartamento de un dormitorio en uno de los edificios funcionales entre el tranquilo barrio de Ladugårdsgärdet y el parque Tessinparken. Sara se imaginó que habría vivido allí durante toda su vida en activo. Tenía entendido que ese barrio y el colindante, Östermalm, estaban llenos de antiguos trabajadores de la SVT, la televisión pública sueca, de todos los que conformaban la televisión de los sesenta y los setenta. Actualmente, la SVT entera vivía en Söder y en los suburbios del sur. Los llevaban en el autobús de la línea 76 como llevaban a los estudiantes de Estados Unidos en los sesenta.

—¿Sabías que el tío de Kissinger vivía en este edificio? —dijo Rydell.

La miró.

—Hasta el siglo XXI. Ponía «Kissinger» en el telefonillo. Y una vez, cuando estaba en Suecia, me refiero al sobrino, el ministro de Exteriores, apareció aquí un cortejo interminable de limusinas, coches de policía y motos para que visitara a su tío. Las escaleras y el patio de atrás eran un hervidero de agentes del Secret Service. Tenía que enseñarles mi carné de identidad para poder usar el ascensor.

Pues sí, parecía que llevaba mucho tiempo en el edificio.

—No lo sabía —dijo Sara, que no fue capaz de recordar qué tenía de especial Kissinger. ¿Algo de Nixon o la Guerra de Vietnam o las dos cosas? Sea como fuere, le sonaba el nombre.

Pero de quien quería hablar era de Tío Stellan.

Después de investigar un poco en internet y de varias llamadas había localizado al tal Lelle, que había pasado muchos años junto a Stellan. Hasta el momento no le había contado nada que pudiera ayudarle a resolver el asesinato. Pero sobre cifras de telespectadores, cartas de admiradores y quejas hipersensibles al comité de la radio que no conducían a ningún veredicto sí que había aprendido una barbaridad.

Y las fiestas.

—Cuéntame —dijo Sara.

Rydell se rio.

—Una vez alquiló el parque de atracciones entero para una fiesta de fin de rodaje. Y al año siguiente el zoológico. Y en otra ocasión, alquiló el museo Vasamuseet para una «batalla naval». Todo el mundo iba disfrazado de pirata y servían la cerveza directamente de los barriles. Creo que hasta el mismísimo rey estaba allí. Supongo que sería antes de que tuviera hijos.

—¿Había mucha gente influyente en las fiestas? ¿Políticos, ejecutivos?

—Todo el que fuera alguien. Y nosotros, los del equipo de redacción. Siempre cuidaba muy bien de sus colegas, en ese sentido era maravilloso. Otros cuando se vuelven famosos se olvidan enseguida de sus amigos y solo se mueven con otros famosos. Pero Stellan no. Dios, es que podía estar con un multimillonario y si pasabas por su lado te llamaba y te presentaba como si fueras un genio.

Casi se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Era fantástico. Lo mismo estaba sentado en un sofá con un ministro y una estrella del deporte debatiendo sobre posturas sexuales.

Se rio, se provocó otro ataque de tos y volvió a respirar por la boquilla.

—Creo que hubo empate —prosiguió después—. Un voto para por detrás, otro para el misionero y otro para el sesenta y nueve, si no recuerdo mal.

Rydell volvió a quedarse absorto en sus recuerdos.

—La casa de Stellan era como un refugio. Era muy divertido ver a políticos electos, grandes artistas y altos ejecutivos desatarse. Aunque él nunca perdía el control. Nunca. Siempre vigilante, hablaba con todos y ayudaba a quien estaba demasiado borracho a que se montara en un taxi.

—¿Y su mujer también participaba?

—¿Agneta? Claro. Era una anfitriona excelente. Presentaba a la gente, se aseguraba de que tuvieras algo que beber. Se paseaba sonriendo y haciendo que todos se sintieran bienvenidos. Tanto Stellan como Agneta recordaban un montón de detalles sobre el resto. Te podían preguntar por tus hijos y tus nietos, tu mujer que estaba enferma y la cabaña de verano que ibas a pintar.

—¿Y Alemania del Este?

—¿Disculpa?

—¿Habló Stellan alguna vez sobre Alemania del Este?

—No.

Rydell parecía sorprendido.

—¿Nunca? —dijo Sara—. ¿Ni para bien ni para mal? ¿Le viene algo a la mente cuando hablo de Alemania del Este? ¿O la RDA?

—A veces teníamos invitados de allí en el programa. Cantantes. Puede que algún cantautor. Y, ah, sí, un autor que Stellan decía que debería ganar el premio Nobel. No recuerdo cómo se llamaba, así que supongo que no se lo dieron.

—¿Y en sus fiestas?

—¿Alemanes del este? Quizá. No lo sé. La mayoría eran suecos. Famosos y mujeres guapas.

—¿Era políticamente activo?

—En absoluto. Bueno, estaba muy comprometido con algunas causas. Se preocupaba por el más débil. Se indignaba ante las injusticias. Y… ah, sí, y también por la paz. Sentía un gran compromiso por la paz. Si es que eso se puede considerar política.

—¿La paz?

—Sí. Detener la guerra nuclear.

 

—Sí, claro que era una atracción. Ayudó a captar a mucha gente.

Marks Olle Boo tenía más de ochenta años, pero los ojos celestes le brillaban repletos de energía, a pesar de que le lloraban continuamente. Era bajito y encorvado, aunque parecía que luchaba con fuerza contra los estragos de la edad. Tenía una melena voluminosa y blanca que había empezado a ralear, pero en su momento se asemejaría a la de un león. Lo que le quedaba le caía en grandes ondas por los hombros. Llevaba unos pantalones caqui llenos de bolsillos a lo largo de las perneras, bolsillos en los que parecía que había cosas. Y una camisa de cuello mao a rayas azules y blancas. Los dedos se le veían huesudos, pero los movía constantemente en gestos expresivos.

Sara había estado leyendo y había descubierto que Boo era una de las principales figuras del movimiento pacifista. Un entusiasta que había inspirado a muchos y había encabezado cientos de protestas y acciones, al que la policía había arrestado decenas de veces y que había participado en innumerables debates y programas matinales. No parecía que necesitara dejar su ordenado apartamento en la zona de la Estación Sur de Estocolmo para mudarse a una residencia. Cientos de archivadores y miles de libros cubrían las paredes. Había un sillón con más libros amontonados al lado, en el suelo. A Sara le dio la impresión de que Boo no tenía aquellos archivadores solo como recuerdos, sino que trabajaba activamente con ellos. Y que continuaría siempre que pudiera.

—Se nos unieron un montón de «famosos» —prosiguió—. Hasse y Tage, Sara Lidman, había de todo. Y los belicistas trataban de empequeñecer la lucha por la paz precisamente despachándonos como un grupo de famosos. Como si a la cuestión le afectara que fueras un personaje público. —Boo se dio unos golpecitos en la sien con su huesudo dedo índice para indicar lo tonta que era aquella idea.

Sara recordó las ocasiones en las que había visto a famosos como los que Boo acababa de mentar en casa de los Broman, pero sin que hubiera una fiesta. Formales, pero de muy buen humor. Seguramente los activistas por la paz se reunieran en casa de Stellan, y Sara sintió que le encajaba una pieza del rompecabezas. De niña no comprendía qué estaban haciendo. Se comportaban de manera muy distinta a cuando iban allí de celebración.

¿No había estado incluso Palme alguna vez en una de aquellas reuniones no festivas? En ese caso, ¿se trataba de una expresión de simpatía o un encuentro informal para aplacar el tan difícilmente censurable movimiento pacifista?

—¿Conoce a Eva Hedin? —dijo Sara—. La investigadora.

—Tengo sus libros ahí.

Boo señaló la estantería.

—Un poco como una caza de brujas, me temo —dijo Boo—. Parece que está obsesionada con lograr que los criminales rindan cuentas, aunque no se haya cometido ningún crimen. Un Simon Wiesenthal a la sueca, pero sin el Holocausto.

—Ella ha señalado a Stellan Broman como informante de la Stasi.

—Sí, como espía incluso. Al menos esa es la impresión que da.

—¿Ustedes lo sabían?

—¿El qué?

—Que ayudaba a Alemania del Este.

—Su compromiso con la cultura alemana no era nada que él ocultara. Iba allí con frecuencia y participaba en festivales, ceremonias y en un montón de contextos oficiales. Le otorgaron medallas y cosas así, y creo que él lo apreciaba. Pero, aunque se pueda decir mucho de su faceta vanidosa, debo recalcar que amaba toda la cultura alemana. No distinguía entre este y oeste; para él eran el mismo pueblo. Y precisamente eso, que no se posicionara en contra de la RDA, fue lo que muchos se tomaron a mal. Los sesenta y los setenta fueron una época muy parcial, por no hablar de los ochenta. El bloque del Este era el mal y cualquier relación con ellos era perniciosa. Pero hoy esos mismos capitalistas ven con ojos muy diferentes a China. Tan comunista como la Unión Soviética o la RDA, solo que ahora se puede ganar dinero con la dictadura. Mucho dinero. Y de pronto dicen que los intercambios con esos regímenes son buenos para la democracia y la transparencia. Mira Estados Unidos: soldados procedentes de empresas privadas, vicepresidentes que son socios de fabricantes de armas, presidentes que se hicieron millonarios con el petróleo. Recibimos elogios de Chelsea Manning, la que filtró las irregularidades del ejército estadounidense, porque en Suecia le habíamos demostrado al mundo que se puede reducir el gasto militar considerablemente sin que pase nada. Pero no es una opinión que comparta todo el mundo. ¿Crees que es casualidad que de repente se estén publicando tantos libros sobre la amenaza que supone Rusia en la actualidad? No tienen ni para pagar las pensiones, pero planean ocupar Gotland. Al mismo tiempo que nosotros comerciamos con China y Arabia Saudí, no para ganar dinero, qué va, no, sino para promover la democracia y la transparencia. Claro que sí, ya vemos lo bien que ha salido. China no era tan totalitaria desde Mao, y en Arabia Saudí están encarcelando a mujeres continuamente. Apalean a homosexuales. ¿Quieres más té?

—No, gracias.

A Sara no le iban mucho las tisanas. Se lo había bebido por educación.

—Volviendo a Stellan —continuó. No era fácil lograr que Boo cambiara de tema de conversación—. Entonces ¿no cree que le pasara información a Alemania del Este?

—¿Qué información? Si un alemán del este le hubiera preguntado por la hora y él le hubiera respondido, habrían saltado un montón de buitres reaccionarios a gritarle que era un traidor de la patria. Seguro que contaba muchísimas cosas, como el buen anfitrión que era. Conocía a todo el mundo y le interesaba todo, así que claro que es posible que haya compartido información que desde un punto de vista meramente técnico se considerara secreta. Pero nunca hubiera contado nada que pudiera dañar el país. No era ingenuo. Aunque quería tratar a todos por igual. Lo que le contara a gente del este se lo podría haber contado a gente del oeste. Y seguro que lo contó, pero entonces no le importaba a nadie. Así era nuestra querida neutralidad. Nos sentábamos en el regazo de Estados Unidos y nos daba miedo tocar cualquier otro país. África, Asia, el bloque del Este. Todos eran malvados, a excepción del Tío Sam. Lo único que nosotros queríamos era tratar a todo el mundo igual. Por eso apoyamos incondicionalmente a los activistas por la paz de cualquier país, incluso los que estaban al otro lado del telón de acero.

—¿Entonces no era un espía?

Boo negó con la cabeza. Después tomó un sorbito de té.

—Era por la paz. No creo que apoyara el sistema de Alemania del Este. En absoluto. Decía lo que hiciera falta para ganarse el oído de los poderosos. Para poder influenciarlos luego. Veía las armas nucleares como una amenaza espantosa para toda la humanidad, y creía que podía hacer algo al respecto. Lograr que le prestaran más atención a Alemania del Este, que los aceptaran como un interlocutor en pie de igualdad, para evitar la guerra. Stellan era el menos belicoso de todos nosotros. Solo quería que todo el mundo estuviera contento.

Sara se quedó pensativa. Ese Stellan alegre era el que ella recordaba. El Tío Stellan público, el que veía la gente sueca. Y en casa el padre ocupado y distraído. Pero al Stellan más político lo había pasado por alto.

—¿Recibíais dinero de Alemania del Este?

Boo torció la mirada y la observó casi con los ojos entornados.

—Dinero nunca —dijo negando con la cabeza—. Sí que nos podían invitar a algún que otro viaje, pero solo a acontecimientos a los que habríamos asistido de todas formas. Festivales, manifestaciones, seminarios. El movimiento pacifista apenas tenía dinero y cada corona que nos pudiéramos ahorrar nos venía bien. Si hubiéramos ido a Estados Unidos para manifestarnos, habríamos dejado que los yanquis nos lo pagaran. Pero nuestras ideas no estaban a la venta. Nunca nos dejamos comprar.

—¿Solo viajes?

—Y puede que aportaciones para alguna manifestación, si íbamos a alquilar un gran recinto o algo por el estilo. Para cubrir el sonido y la iluminación. Para cubrirle el viaje a algún nombre extranjero importante. Todo lo que nos diera atención era bueno. Atención positiva, quiero decir. Montar escándalos no nos iba demasiado.

—¿Aportaciones para alguna manifestación?

—Sí. Queríamos llegar a la gente. No quedaba nada para que se produjera un desastre y queríamos salvar a tantos como fuera posible.

—Y esas aportaciones, ¿no eran en forma de dinero?

—No. —Boo estaba empezando a irritarse—. No era dinero que nos pudiéramos quedar. No era dinero con el que pudiéramos hacer lo que nos diera la gana. Cubría gastos específicos y dejamos claro que no debían esperar nada a cambio, porque entonces no habríamos aceptado ni una corona.

—Pero sí que aceptaron bastantes coronas.

—No sé qué edad tienes ni qué edad tenías cuando cayó el Muro. Pero no lo derribó la defensa espacial de Reagan. Fueron nuestros amigos. Los disidentes. Los que protestaban contra las armas nucleares al otro lado del telón de acero. Alemanes de a pie, amantes de la paz.

—Y precisamente de los opresores que ellos derrocaron aceptasteis vosotros dinero.

 

Fred Dörner medía dos metros de altura, tenía el pelo blanco y rizado y unas gafas diminutas. Con prominentes bolsas bajo los ojos. Vivía en un piso de un dormitorio en una planta baja, en Farsta, un distrito del sur de la ciudad. Una televisión de tubo, un sofá viejo de Ikea y la estantería atestada de biografías. Cuando hablaba de Stellan Broman algo se le encendía en la mirada.

—Me invitó a una de sus fiestas. Al principio me pregunté por qué, pero había otras personas de la Administración Pública, jefes de departamento y directores generales, así que pensé que estaba allí como representante de la parte más… académica de lo público. La verdad es que había una mezcla muy variada de gente.

—¿A qué se dedicaba?

—Trabajaba en la FMV, la administración de material de defensa. Con los sistemas armamentísticos de mayor rango.

—¿Y no era un asunto confidencial?

—Claro, pero como exiliado de la RDA y anticomunista devoto, me veían como alguien de fiar. Durante la Guerra Fría era muy importante tener enemigos en común.

—¿Qué pasó?

—Una… trampa de miel. Aprendí que se llamaba así. Te engatusan con sexo y después te extorsionan.

—¿Le sedujeron?

Dörner asintió.

—¿Stellan había contratado a una chica?

—A un chico.

—Vale. ¿Y después le chantajeó?

—Él no. Me buscó otra persona para decirme lo que harían con el vídeo si no empezaba a pasarles información. En aquella época, la homosexualidad era un tema delicado. Precisamente porque podían extorsionarte. Y yo caí justo en esa trampa…

—¿Y Stellan?

—Bueno, ¿tú qué crees? Lo organizó todo. Me invitó a la fiesta, contrató al chico para que me sedujera en la habitación donde había… instalado una cámara.

—Entonces, ¿les dio la información?

—No. Me negué.

—¿Y le mandaron la grabación a alguien?

—A mi jefe. El chico era de la Stasi, así que me despidieron. Ohne Abbruch. Sin indemnización por despido porque no había informado sobre mi orientación sexual. La que me había puesto en aquella posición tan… delicada.

—¿Qué hizo después? ¿Encontró otro trabajo?

—Taxista.

—¿Estaba enfadado con Stellan Broman?

—Estoy. Estoy enfadado con él. Incluso ahora que ha muerto. Cuando lo entierren voy a ir a escupirle a la tumba. Era un cerdo. ¿Sabes qué fue lo peor?

—No.

—Que el chico consiguió que por un instante me sintiera querido.