Geiger

Gustaf Skördeman · Capítulo 41 de 56

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Geiger

Capítulo 41

 

Malin seguía en casa sin ir al trabajo, conmocionada por el asesinato de su padre y la desaparición de su madre. Pero dijo que se veía capaz de desplazarse hasta el trabajo de la hermana. Así que al cabo de veinte minutos Sara estaba en la recepción de la Agencia Sueca Internacional de Cooperación al Desarrollo, avisando de su presencia, y seis minutos más tarde Lotta bajó a por ella. Malin entró al mismo tiempo por la puerta giratoria.

La cantina estaba justo al lado de la recepción. Primero un espacio con distintos bufés y después cuatro filas para pagar. Sara tenía hambre, pero no parecía que las otras dos quisieran comer algo, así que no dijo nada.

Le divertía cómo la gente que pasaba a su lado se volvía a mirar rápidamente a Lotta, a veces involuntariamente. Le hubiera encantado saber qué opinaban de su amiga de la infancia. ¿Sería buena jefa? Lotta era la que mandaba ya cuando eran niñas, pero Malin y Sara nunca se habían dedicado a opinar en secreto como subordinadas en el mundo adulto. La gente siempre tiene una opinión sobre sus jefes que está deseando compartir con sus iguales. Rara vez viajan los puntos de vista hacia arriba. Como cuando eran pequeñas.

La oficina de Lotta era amplia, espaciosa y estaba amueblada con piezas claras. De aire escandinavo. Y tenía vistas precisamente a SVT. El antiguo lugar de trabajo de Stellan y el actual de Malin. Esa era la parte del mundo que pertenecía a los Broman, profesionalmente hablando.

—¿Sobre qué querías hablar? —dijo Lotta.

Sara se había llevado su iPad. Había pasado desde el móvil uno de los vídeos de violaciones y la calidad no era la mejor. Un vídeo de una Super-8 grabado con un móvil y reproducido en una pantalla más grande. Pero tendría que servir.

No dijo nada antes de empezar el vídeo. Pero observó atentamente los rostros de las dos hermanas.

Malin abrió los ojos de par en par y al cabo de varios segundos apartó la vista.

—¡Para! —dijo cuando vio que Sara no detenía la grabación.

Pero esta vez Sara no la obedeció.

—¿Por qué nos enseñas esto? —dijo Lotta apartando la tableta—. Apenas unos días después de que hayan matado a nuestro padre.

—Porque está relacionado con el asesinato.

—Pero no formabas parte de la investigación, ¿no?

—Vuestro padre grabó violaciones a chicas menores.

—Ella no es menor de edad.

—Tiene menos de dieciocho años.

—Y no se ve que la esté sujetando o amenazando —dijo Lotta—. Está ahí tumbada voluntariamente.

—¿Qué cría de dieciséis años decide acostarse con un cincuentón?

—Las hay. Créeme.

—Podemos ver más vídeos. En varios se observa perfectamente que las chicas están aterrorizadas. Y en otros, borrachas.

—¡No es verdad! —exclamó Malin—. Papá no haría nunca una cosa así.

—Pues parece que sí que lo hacía.

—Seguro que así es como lo reclutaron —dijo Lotta—. Le tendieron una trampa. Ahora entiendo por qué podría ayudar a la Stasi.

—¿Quieres decir que lo engatusaron para que hiciera esto?

—Sí, está claro —dijo Lotta—. Mi padre era una víctima, al igual que las chicas.

—¿Quieres ver más? —dijo Sara, que le costaba digerir la frialdad de su antigua amiga.

—Mira tú, si es lo que te pone. Pero no con nosotras.

—Es difícil entenderlo —dijo Sara—. ¿Verdad?

—Porque no es cierto —contestó Malin—. Está sacado de contexto.

—No. El contexto es una violación.

—¡Calla!

—¿Y qué vas a hacer con esto? —preguntó Lotta—. ¿Se lo vas a dar a la prensa?

—Esto es interesante en dos sentidos. Para la investigación de asesinato, como posible motivo. Y para nosotras tres, que crecimos con Stellan.

—¿Posible motivo? —dijo Lotta—. ¿Quién va a matar a un antiguo polvo después de treinta años? ¿Y por qué? ¿Quién no se ha acostado con un desgraciado alguna vez en su vida? Admitámoslo, a ojos de esta chica nuestro padre era un viejo. Pero esas cosas pasan. Era muy conocido y tal vez le pareciera emocionante, pero luego se arrepintió, lo cual es comprensible. Pero no ha matado a mi padre de un tiro por eso.

—¿No ves que está abusando de ella?

—Para serte sincera, la reconozco del instituto. Era especial. Muy provocadora en cuanto a lo sexual. Iba buscando chicos mayores.

—¿Y qué?

—No quiero decir que sea culpa suya, sino que hay que entender que a mi padre aquí lo habían seducido. Seguro que le insistió bastante.

—¿De verdad no ves que está asustada?

—Solo insegura. Sería el primero al que conquistaba y no sabía cómo comportarse.

—¡¿Conquistar?! ¿Estás loca?

—No te puedes hacer una idea de la cantidad de mujeres que se querían acostar con Stellan Broman —dijo Lotta—. Te olvidas de que en ese momento no había muchos famosos, y a los que había prácticamente se les rendía culto. Los canales de televisión eran dos, así que todo el mundo veía los mismos programas.

—No entiendo cómo no sentís nada de comprensión hacia estas chicas.

—Sí que la sentimos —prosiguió la hermana mayor—. Pero esto es de hace treinta años y ahora estamos en el presente, y a mí me acaban de ofrecer un trabajo nuevo que dejaría de ser mío si esto sale a la luz.

—Deberías estar enfadada con tu padre, no conmigo.

—¿Ya no estáis con la misma línea de investigación? —dijo Lotta—. ¿Qué ha pasado con el tema del espionaje?

—Está conectado con esto. Otros vídeos.

Se quedaron calladas.

—¿Qué quieres? —dijo Lotta clavando la vista en Sara. Malin se limitó a negar con la cabeza y a apartar la mirada—. Sabes que esto puede afectarme como figura pública. ¿Quieres algo a cambio de tu silencio o de qué va esto? ¿Tu obsesión enfermiza con nuestra infancia? ¿No va siendo hora de que madures?

—Yo… Creía que querríais saberlo.

Sara empezó a plantearse qué era lo que realmente la había llevado a enseñárselo.

—No, gracias. No cambia nada y tampoco es que mejore las cosas. Leo y Sixten no dejan de preguntar por su abuela y no sé qué decirles. Esto es de hace varias décadas. No somos niñas, sino adultas que tenemos que tratar de lidiar con el hecho de que nuestro padre ha muerto y nuestra madre ha desaparecido. Y cuando digo «somos» quiero decir Malin y yo, no tú, Sara.

Lotta tenía razón. Sara se avergonzó. Se había pasado de la raya. ¿Sería que simplemente no había olvidado el sentimiento de inferioridad de la niñez y había creído que podía vengarse ahora? Tenía que dar marcha atrás, pero no quería reconocer su motivación personal ante Lotta.

—De acuerdo. Pero me gustaría preguntaros si sabéis de algo que esté relacionado con estos vídeos que pudiera ser de utilidad para la investigación. ¿Ha habido amenazas? ¿Alguna de las chicas amenazó con denunciarlo?

—Pero si ni tan siquiera formas parte de la investigación, ¿no? —Lotta se acercó a la ventana y bajó los hombros.

—Si trabajas con putas —dijo Malin.

—Quiero resolver el asesinato —contestó Sara.

—Hay que tener valor para venir a enseñarnos un vídeo así tan solo unos días después de que hayan asesinado a nuestro padre —dijo Lotta dándose la vuelta—. ¿Saben tus jefes que lo has hecho? ¿O es como una vendetta privada? Si el vídeo no forma parte de la investigación, lo has sacado de un lugar privado y entonces habrías violado la privacidad de una casa. Y nos habrías intentado chantajear.

—Pensé que querríais saber quién era vuestro padre.

—Sabemos quién fue nuestro padre —dijo Lotta—. Para nosotras.

—Siempre nos has tenido envidia —interrumpió Malin—. Nuestra madre siempre nos decía que teníamos que portarnos bien contigo y jugar, por compasión. Y luego vienes a decirnos que nuestro padre era un espía y ahora que también era un pervertido. ¿Qué te pasa?

—Os tenía envidia —dijo Sara con sinceridad—. Cuando éramos niñas. Pero ya veo que no tenía motivos para ello.

—Deberías estar más agradecida por lo que nuestros padres hicieron por ti —dijo Lotta.

—¿Porque podía estar en vuestra casa? ¿Porque jugabais conmigo dos meses al año cuando vuestras amigas estaban de viaje? ¿O porque le dieron la oportunidad a mi madre de limpiaros la casa y ocuparse de vuestra mierda? Gracias, muchísimas gracias.

—Porque no te denunciaron.

—¿Por qué?

—Por el cobertizo.

Sintió que las palabras la golpeaban como una patada.

—¿Qué pasa con el cobertizo?

—Que intentaste prenderle fuego.

—¿Qué?

—Cuando me fui a París con mi padre y Camilla.

Sara se quedó callada.

—¿Te creías que no nos habíamos enterado? —dijo Malin—. Te vio mi madre.

—Disculpadme —dijo Lotta—, pero tengo que trabajar.

Sara se levantó y se marchó. Conmocionada.

El cobertizo.

De modo que lo sabían.

Siempre lo habían sabido.

Aquellos recuerdos que había tratado de apartar y bloquear. Cómo había ido en metro desde Vällingby hasta Bromma, se había cambiado al tranvía de Nockeby y luego había ido a pie el último tramo hasta la casa. Con un plan, o más bien un sentimiento que la impulsaba.

El día con el sol brillando en el cielo y vientos muy fuertes. En el que las nubes se desplazaban rapidísimo por el aire. Y en el que ella se había sentido más viva que nunca.

Jane trabajaba casi a todas horas el primer verano después de la reciente mudanza para reunir dinero para los muebles, la comida y el alquiler. Sara no conocía a nadie en Vällingby y su madre le había prohibido que llamara a los Broman. El recuerdo de ella sentada en aquel piso que resonaba de vacío, sin amigos, sin nada que hacer, mientras la reconcomían los pensamientos de lo bien que se lo habría pasado en París.

Y el deseo creciente de vengarse, de reclamar justicia.

La Sara de cuarenta y cuatro años vio ante sí a la Sara de trece abriendo el cobertizo de los Broman y sacando una botella. La agitó para asegurarse de que había suficiente.

Alcohol de quemar, con el que roció la fachada.

La Sara adulta no podía detener a la joven, a pesar de que eran la misma persona.

¿O acaso no?

Una de ellas le había prendido fuego y había salido corriendo, y la otra volvía a notar cómo golpeaban el suelo la suela de sus sandalias baratas mientras ella se alejaba a toda prisa de la casa de los Broman por las calles vacías en verano.

Exaltada por la venganza por el viaje a París que no fue, porque los veranos con los Broman se habían terminado. Los días siguientes revisó los periódicos.

Un incendio provocado en casa de Stellan Broman debería ser noticia. Haría a Sara importante.

Pero nunca salió nada. El fuego nunca llegó a producirse.