Geiger
Capítulo 25
Sara pasó por encima de la cinta policial y se dirigió hacia la casa. Trató de asimilar la imagen que tenía ante sí, pero aún le costaba ver el hogar de los Broman como un lugar donde se había cometido un crimen.
Al mirar hacia el agua tuvo que detenerse. Le volvió el recuerdo de las tres niñas en el muelle lanzando bocadillos y riéndose.
Carcajadas alegres, fuertes.
Uno de los motivos de la alegría de Sara era que no había tenido que bañarse, ahora lo recordaba. De niña le daba miedo el agua, por lo que pudiera haber bajo la superficie. Peces, anguilas, culebras de agua, algas, chatarra, ramas cortantes, cadáveres.
Sentía angustia solo con el olor del protector solar, y seguía sintiéndola ya de adulta. Porque lo asociaba con el baño, suponía Sara. Incluso aunque nunca se bañaran en la parte del muelle donde pasaban el rato. Al menos no por lo que recordaba.
No les llegó a contar a las hermanas nada sobre su miedo, porque sabía que eso las habría llevado a pedirle sin cesar que saltara, a que aguantara la respiración bajo el agua, a que nadara entre los juncos.
Recordó lo hambrienta que estaba cuando lanzaban los bocadillos. Pero la risa y la solidaridad con las hermanas eran más importantes que las necesidades de su cuerpo.
Una tontería, pero aun así Sara sonrió al pensar en ello.
Luego detuvo la mirada en la cabaña de pesca. La reducida construcción junto al agua que también hacía las veces de casa para invitados, con literas fijadas a la pared, un baño de compostaje y una cocinita.
La cabaña en la que habían vivido Sara y su madre. Como por gracia de los Broman.
Tan cerca de la feliz familia, y al mismo tiempo tan alejadas de ella.
Era como pasarse una fiesta entera sentado en el pasillo.
La casa tan pequeña que tanto le costó dejar cuanto tuvieron que mudarse.
Se acercó y echó un vistazo por la ventana. Con la luz del sol le resultaba difícil ver el interior; se intuía la mesa del cuarto de estar y un sillón. ¿Tenían siquiera televisión? Sara no estaba segura.
Se alejó de la casita y de todos los recuerdos de la falta de espacio y las riñas con su madre, Jane. Dio un rodeo hasta la parte trasera de la casa de los Broman y levantó una lobelia. Dentro de la agrietada maceta blanca había una llave de repuesto. Como siempre. Sara volvió a la entrada y atravesó el umbral de la puerta.
Se detuvo en el vestíbulo y se empapó de los olores otra vez, como el día anterior. Olía exactamente igual que antes. Ahora se fijó en que la antigua gorra rosa de beisbol de Malin descansaba en el perchero. Estaba raída y un poco manchada de tierra. Quizá Agneta se la hubiera quitado a la hija, que seguro que había tenido decenas de gorras después de aquella.
Las hermanas siempre habían tenido toda la ropa que querían. Ropa cara, de marca. Sara recordaba la vergüenza que sentía delante de las hermanas, que tanto estilo tenían a la hora de vestir. Fue peor cuando tuvo que empezar a ponerse la ropa usada de Malin y Lotta. La mejor ropa de la temporada pasada, algo que los demás en el colegio por supuesto que comentaban. Ropa bonita, cara. Pero ropa de segunda mano. Sara se avergonzaba y sentía orgullo a un tiempo.
Probablemente fuera idea de Agneta, que creía que estaba haciendo una buena acción. Que así conseguía que las tres amigas fueran más iguales.
Los otoños no solo implicaban comentarios de sus compañeros sobre la ropa heredada. Implicaban ante todo que Malin y Lotta volvían con sus amigos habituales, los que habían pasado el verano en lugares lejanos y exóticos.
¿Sería verdad que solo los veranos fueron tan mágicos? En todo caso, todos los buenos recuerdos que albergaba eran de esa época. En un sol incesante. En lo que al tiempo se refiere, ese verano de calor ininterrumpido le traía a la memoria su infancia tal y como ella la recordaba. Pero con el cambio climático en mente pensarlo era verdaderamente aterrador.
El asesinato de Stellan se le antojaba como una tragedia inconcebible en la tierra prometida. Enfrentaba la inocencia y la felicidad de la infancia con el mundo asqueroso en el que todos vivíamos ahora. Un mundo en el que podían asesinar al Tío de toda Suecia.
Como si hubieran asesinado a Papá Noel.
Los finales súbitos e inesperados habían marcado toda su niñez.
Como el día que Jane le dijo de repente que se mudaban, metió a Sara y todas sus pertenencias en un taxi y se marcharon. Sin el menor de los avisos.
Por la mañana Sara vivía en una cabaña en el mundo de las hadas y por la noche en un apartamento alquilado de poco espacio en un suburbio de hormigón. Y no tardó en darse cuenta de que en el nuevo colegio los lazos con la familia Broman no eran nada de lo que presumir. Al contrario, castigaban con dureza cualquier alusión a su antiguo mundo.
Una nueva realidad que la había convertido en quien era hoy de muchas más formas que su anterior vida.
Los años fueron pasando y un día invitaron inesperadamente a Sara a la graduación de Malin. Se imaginó que habría sido Agneta la que había metido su nombre en la lista, pero ella aceptó encantada la invitación. ¿Tal vez todo pudiera volver a ser como antes?
Pero no.
Malin no le habló a Sara, y el resto de los invitados sonreían burlonamente al ver su gorro de graduación de un instituto tan alejado, en medio de la nada. Así que Sara terminó emborrachándose y desmayándose.
Una verdadera catástrofe.
Pero eso fue entonces. Tenía que volver al presente.
O en realidad no. A fin de cuentas, iba a escarbar en el pasado. Solo que no en el suyo, aunque sí que existía cierta conexión.
¿Qué podría quedar? ¿Imágenes, fotos, vídeos, artículos?
Un hombre como Stellan debería haber documentado su vida bajo los focos. Sara recordaba lo importante que era para él señalar en todo momento lo normal y corriente que eran todos los grandes hombres y mujeres con los que se codeaba. Lo poco que pensaba en que se rodeaba de ídolos y estrellas mundiales.
Como siempre, la vanidad se volvía más evidente cuanto más tratabas de ocultarla.
Sabía desde que era niña que las paredes del despacho estaban cubiertas de fotos de Stellan con distintos famosos. Por allí podía empezar.
Y en aquella época prácticamente todas las familias tenían un señor álbum de fotos. Los Broman también debían de tener uno. Sí, sobre todo los Broman.
Además, tal y como habían dicho las hermanas, Stellan grababa mucho.
¿Seguirían por allí los vídeos?
¿Dónde?
Sara echó un vistazo rápido al interior de los armarios y las cajas del despacho, del salón y de la cocina antes de continuar escaleras arriba hacia la segunda planta.
Pero se detuvo y regresó a la cocina. Algo le había llamado la atención.
¿Estaba relacionado con el caso?
Volvió a abrir el armario de la limpieza.
Aspiradora, recogedor, cubo, mopa. Y en el cubo un par de guantes verdes de fregar con un nombre.
«Jane».
Los guantes de su madre seguían allí. Probablemente los Broman hubieran contratado a una empresa de limpieza.
¿Cómo habría sido para Jane limpiar y preparar la comida en una casa por la que correteaba su propia hija mientras jugaba con las niñas? Con gente de las altas esferas. ¿No era bastante raro en realidad que Jane y Sara vivieran en la parcela?
Lo de tener al servicio viviendo contigo era un poco de británicos del siglo XIX. Como en Downton Abbey, pero sin una dramaturgia que embelleciera la realidad.
¿O era más honesto?
Hoy en día los trabajadores del hogar se marchaban al terminar porque los sirvientes tenían sus propias empresas y se mantenían a un lado. No hacía falta que la división de clases fuera tan patente.
Pero ¿quizá los Broman buscaban precisamente eso?
Sara se sentía como la hija de la sirvienta, la bastarda de la chacha. Y se dio cuenta de que era una sensación que había experimentado muchas veces. Trató de sentirse orgullosa.
Como no lo conseguía, se centró en los dormitorios de la segunda planta.
En el antiguo cuarto de Malin encontró el anuario del primer año de instituto. El instituto de Bromma, al que Sara nunca pudo asistir.
A diferencia de Sara, Malin se había dejado los anuarios antiguos en casa de sus padres. No tendría mucho interés en desenterrar el pasado. Al menos todavía no. Pero, dentro de poco, el inminente deterioro externo se pondría en marcha y comenzaría la huida hacia los recuerdos de su juventud.
Sara volvió a sentir remordimientos por el regocijo que experimentaba. No tenía nada en contra de las hermanas Broman adultas. Le eran desconocidas y, en ese sentido, carecían totalmente de interés. Le hubiera gustado ver grietas en la fachada de las niñas, y las críticas de los demás alumnos que había hecho Malin en el anuario eran un atisbo al alma adolescente de su amiga.
«Fea», «tonta», «pringada» o un corazón rojo o lila, una línea difícil de interpretar debajo de un nombre o simplemente una cruz encima de la cara.
No había muchos con buena nota.
«No hay juez más severo que un adolescente», pensó Sara. El recordar lo complicados que son los adolescentes alivió el sentimiento de culpa hacia Ebba. Sara no era la única responsable de que las cosas fueran como eran entre ellas.
Hacia el final del anuario estaba la clase HS3 y sintió una punzada al encontrar unos cálidos ojos castaños.
Martin en sus últimos años de adolescente, antes de que empezaran a salir. Cuando aún todas las chicas del instituto competían por él.
Incluso Malin había estado enamorada de él. Y Lotta hizo lo que pudo. Pero al final fue Sara la que se quedó con él.
Hojeó las últimas páginas del anuario, donde figuraban todas las asociaciones y los clubs. Vio a Martin en el grupo de teatro, en el consejo de estudiantes y en Nemo saltat sobrius, la asociación de literatura. ¿Qué hacía allí? Si nunca le habían interesado los libros. Seguro que se metió porque Nemo era exclusiva y solo se podía acceder a través de una selección y rituales secretos, un Olimpo para los más populares. En un club de literatura los libros no eran tan relevantes, no en el instituto.
Sara dejó el anuario y continuó hacia el cuarto de estar en el sótano.
Otro fenómeno que se había extinguido con la llegada de los años ochenta: la necesidad universal de tener un cuarto de estar en cada casa. Abajo, en el sótano, sin preocuparse por el moho o el radón.
Allí encontró lo que buscaba.
No solo una decena de álbumes de fotos, sino también innumerables cajas con rollos, una antigua cámara Super-8, un proyector y una pantalla.
Además, había una televisión vieja de tubo que ya estaba averiada cuando Sara era niña. ¿La habría guardado Stellan como un recordatorio de su grandeza de antaño? Qué raro.
Al ver el proyector, Sara sintió que en su fuero interno se abría la puerta de una habitación que llevaba mucho tiempo cerrada.
Vio ante sí a Stellan con la cámara, grabando todo lo que ocurría en la familia, y a Malin y Lotta incómodas durante las interminables tardes de visionado de grabaciones. Visionados que Sara adoraba. Poder participar en la vida de ensueño de la familia, poder compartir sus viajes, ver más del mundo a través del objetivo de la cámara de Stellan, fantasear con que eludía modestamente las preguntas de sus compañeros envidiosos sobre cómo era posible que se codeara con el famoso Tío Stellan.
Sara no creía que Stellan hubiera sacado la cámara en sus charlas secretas, que hubiera documentado cada aspecto de su vida, independientemente de lo privado que fuera, como un video blogger actual.
Pero tal vez podía empezar por echarle un vistazo a quien solía pasar por casa de los Broman en los setenta y en los ochenta. Si Ober veía a Geiger tan a menudo, seguro que salía ahí. Pero ¿cómo sabría quién era? Sara no tenía ni idea.
Montó el proyector y la pantalla. Cuántas horas habría pasado allí tumbada escuchando el ruido de la pálida grabación que avanzaba repiqueteando. En ocasiones se quedaba dormida mientras Stellan no paraba de hablar. Cuando se despertaba a veces estaba sola con él y, o había seguido contando historias sin darse cuenta de que se había dormido, o se había terminado el vídeo y él la miraba sentado con una sonrisa amable.
Colocó la primera película en la bobina delantera, que se encontraba en un brazo que había que inclinar. Después enganchó el rollo de película en las ranuras y las ruedecitas que lo impulsaban. Lo pasó por detrás de la lente y lo subió hacia la bobina vacía que había acoplado en el soporte trasero.
Después echó las cortinas de las ventanas que quedaban justo debajo del techo. Se dio cuenta de que allí estaba bajo el nivel del suelo, como en una tumba simbólica. La completaban las flores de los arriates que se veían en el exterior de la casa. A dos metros bajo tierra, ¿con qué se iba a encontrar?
El primer rollo comenzó a dar vueltas y en la pantalla blanca apareció la imagen cuadrada de colores pálidos de la familia Broman junto al puente del estrecho de Kalmar.
Evidentemente le habían alquilado una casita de verano a un granjero en la isla de Öland, y Stellan consideró que el hombre y su esposa eran lo bastante exóticos como para dedicarles varios minutos de vídeo. El granjero entrando al establo, el granjero conduciendo el tractor, la mujer ordeñando las vacas. La imagen se estremeció un poco cuando Malin acercó la mano al hocico de un ternero y gritó de miedo porque el animal sacó una gigantesca lengua rosa y le dejó la mano chorreando de saliva. Sara supuso que Stellan se había reído del susto de la niña, de ahí el leve temblor. ¿Así era? ¿Uno de esos padres de antaño que se regocijaban de esas cosas? Para los cuales los niños eran más un entretenimiento que una responsabilidad.
Los granjeros de Öland tal vez no fueran los principales sospechosos de espiar para Alemania del Este, pensó Sara, y pasó a otro rollo.
Un día normal de verano en la casa de los Broman. Agneta en la cocina. Jane al fondo con la aspiradora. Después, el jardín. Malin y Lotta sentadas en el balancín, Sara en el césped con los brazos extendidos muy rectos y un andar entrecortado.
«Robot».
Un juego muy habitual cuando eran pequeñas.
Sara andaba como un robot y obedecía a las hermanas. Ir en busca de juguetes, robar dulces de la cocina o simplemente dar vueltas y vueltas haciendo sonidos mecánicos hasta que a Lotta se le ocurría alguna orden.
Un juego raro.
Ninguna de las hermanas hacía nunca de robot.
Sara volvió a dejar el rollo en la caja. ¿Se podían sacar copias de los vídeos? ¿Los quería?
¿Querrían verlos sus hijos? Independientemente de cómo se pudieran interpretar y lo que se viera de los juegos, no dejaban de ser una parte muy importante de su infancia.
Luego, un rollo con la celebración del solsticio de verano y una serie de caras. Agneta, las hijas, un Lelle Rydell joven junto al alegre sexteto que formaban Tage Danielsson, Monica Zetterlund, Lena Nyman, Magnus Härenstam, Brasse Brännström y Eva Remaeus. Y tres invitados desconocidos. Pero cuando Sara les hizo una foto con el móvil y se la mandó a Lelle Rydell, el hombre los identificó rápidamente.
Resultó que las caras eran de Netan Stenberg, productor legendario de la sección de entretenimiento de SVT, Gigi de Lyon, la reina del teatro privado sueco durante décadas, y Lasse Warg, el mayor productor de entretenimiento de los setenta y los ochenta.
En definitiva, un solsticio de verano con toda la élite del entretenimiento sueca.
«Fiesta de verano – 85» ofrecía un grupo más diverso: Lennart Bodström, el ministro de Asuntos Exteriores al que cesaron por negar el escándalo de los submarinos, Ebbe Carlsson y Harry Schein. Lillen Eklund, que acababa de convertirse en el campeón europeo de boxeo de peso pesado. Parecía visiblemente incómodo en aquella compañía. Después hizo su entrada Lill Lindfors y, para disfrute de los invitados, hizo una variación de su gag de perder la falda, que se había visto en la final de Eurovisión de ese año, en primavera. Se le cayó la falda y, cuando el resto de invitados entendieron lo que estaba haciendo, rompieron en un estruendoso aplauso. Sara veía el fervor en los aplausos sin sonidos y las bocas que gritaban aclamando la actuación.
Cuántas caras, cuántas personas, cuánto tiempo.
Tan encantados de estar allí, de participar, de pertenecer al grupo.
Todo aquello ya no existía.
Sara buscó el año 1985 en la Wikipedia.
En la Unión Soviética, Chernenko había muerto después de apenas catorce meses como secretario general y le sucedió Gorbachov. En Noruega se celebraba el juicio contra el espía Treholt. El caso Bofors estaba en pleno apogeo. Una bomba en el aeropuerto de Frankfurt mató a tres personas e hirió a cuarenta y dos; la Yihad islamista asumió la autoría. Los servicios de inteligencia franceses hundían el barco Rainbow Warrior de Greenpeace y murió una persona. En diciembre, Palme anunció que realizaría una visita oficial a la Unión Soviética en la primavera de 1986. Clamor de indignación entre los militares del país. Ataques terroristas palestinos en los aeropuertos de Roma y Viena.
¿Qué era de Sara por aquel entonces?
Vivía, pero en otro mundo. En 1985 Sara y Malin tenían diez años, y Lotta, doce.
En los vídeos, la moda de la época se veía reflejada perfectamente en la ropa y los peinados de las hermanas. Pelo cardado, colores pastel, montones de pulseras.
Después desfiles en Berlín Este. Imágenes de las calles. Lugares de interés turístico.
Los vídeos antiguos carecían de sonido, y Sara se dio cuenta de que la primera vez que se interesó por el cine mudo fue en casa de los Broman. Le seguían encantando las expresiones exageradas de las viejas películas mudas. Colores pálidos, movimientos entrecortados y la sensación tan rara de ver a gente hablando sin que emitieran ningún sonido.
Un parque extenso, una torre de televisión y un monumento gigantesco. Parecía Berlín, justo lo que decía la caja. Luego una recepción. Un coro de niños, espectadores con banderas suecas y de Alemania del Este, Stellan aceptando un premio. Agneta a su lado, pero dos pasos por detrás, como siempre. En cambio, Malin delante junto a su padre. De modo que probablemente fuera Lotta la que grababa.
Una cena en un amplio salón con retratos inmensos de los héroes de la revolución y banderas enormes de Alemania del Este. Otra vez parecía que era Lotta la que grababa. Por lo que se veía, se organizaban de la siguiente forma: si era importante que Stellan apareciera en el vídeo, entonces la hija se encargaba de la cámara.
¿Quiénes eran el resto de los invitados? Potentados de Alemania del Este, pero ¿serían sencillamente gente de la cultura o también pertenecerían a los servicios secretos? En la RDA parecía que los dos mundos se fusionaban con frecuencia.
¿Quizá Hedin pudiera identificar a algunos?
Las horas fueron transcurriendo y Sara estaba sumida en un pasado que cada vez le resultaba más enigmático, a pesar de que ella también había participado.
Ropa, gafas y peinados de otro tiempo. No lo veía desde una perspectiva nostálgica o de culto, como en las películas de los años setenta y ochenta. Sino más aterrador, con un tono aciago.
Incluso los patrones de movimiento y las posturas corporales eran diferentes, y Sara pensó en las películas suecas de esos años en las que la gente hablaba más como en las comedias de los cuarenta que como los habitantes de Estocolmo del siglo XXI.
Se le antojaba muy raro volver a aquella época con las soluciones en la mano. Saber cómo cambiaría todo. Que la Guerra Fría tocaría a su fin. Internet. El once de septiembre.
¿Podría haber cambiado el curso de la historia algo de lo que se hizo entonces?
Como es lógico, Stellan y sus amigos quisieron evitar el colapso de Alemania del Este. Si los que estaban en el poder en la RDA hubieran sabido lo que iba a suceder, ¿habrían endurecido sus políticas?
En el siguiente vídeo, Sara aterrizó en una fiesta magnífica en la casa de los Broman. Algo así como una temática de El gran Gatsby. Esmóquines blancos, una big band, cócteles. En la caja del rollo había escritas a mano listas con nombres, que Sara imaginó que incluían a los invitados. Filas y filas de nombres y trabajos: Min. de Defensa, Min. del Interior, Min. de Comunicación, Bofors, Ericsson, Asea, Uni. Estocolmo, Uni. Uppsala, Sv Tele, Sv Radio, SJ, SAS, FMV, F13, F16. Así que no eran solo famosos. Sara supuso que Agneta había sido la encargada de escribir las listas, ya que la letra era femenina. Tal vez no tuviera ni idea del doble propósito que cumplían.
Vio a Eric, el padre de Martin, entre los invitados. Pues claro. Un director ejecutivo de éxito que vivía en el mismo barrio. Se preguntó qué diría Eric Titus si supiera que se había dejado engañar por un colaborador de la Stasi.
Después un vídeo de una Nochevieja en la que habían llenado todas las habitaciones de la casa con nieve falsa y todos iban vestidos con ropa deportiva de invierno. Fiestas de las que se habló durante mucho tiempo.
Y más vídeos, pero con acontecimientos no tan grandiosos.
Noches de cartas, cenas, reuniones con menos personalidades del mundo del entretenimiento y más hombres con aspecto de negocios. Fumando en pipa, debatiendo, sudando, unos cuantos con el cubata bien agarrado. Gente pasando por el fondo o aparcados con chicas rubias por los rincones. Hombres de mediana edad con trajes mal cortados, con cigarros sin filtro y peinados extraños. Los prejuicios de Sara la llevaron a pensar en que tenían aspecto del Este. Y ella confiaba en sus prejuicios.
Se quedó observando a los hombres y se dio cuenta de que necesitaba ayuda. Solo podía llamar a una persona: Eva Hedin.
La catedrática jubilada se mostró dispuesta a ayudar, al parecer había terminado de trabajar. Le contó que no podía recibir mensajes multimedia en el móvil, pero que el correo le iba bien. Así que Sara fotografió la pantalla y le mandó las imágenes a Hedin. Puede que no fuera muy seguro enviarlas por internet, pero era una manera rápida de conseguir ayuda.
Pusieron nombre a tres caras: Alekséi Grigorin, Yuri Dimitri y Jerzy Dudek. A los tres los expulsaron más adelante y los declararon persona non grata, y los tres habían ocupado anteriormente puestos tapadera en varias embajadas del Este. Grigorin había sido el primer secretario de la legación, pero en realidad era el segundo al mando del KGB. Dimitri había sido agregado naval, pero era el jefe del servicio de inteligencia GRU en Estocolmo, y Dudek fue el secretario de la embajada en Checoslovaquia.
Los contactos con diplomáticos del Este no eran nada extraordinario por aquel entonces, le aclaró Hedin. Por una parte, Suecia mantenía una actitud neutral. Política de no alineamiento en tiempos de paz, con vistas a neutralidad en la guerra. Al no posicionarse en la lucha ideológica entre comunismo y capitalismo, no resultaba más raro tener trato con rusos, checos o alemanes del Este que con americanos y británicos.
Y por supuesto también ayudaba que los rusos y los polacos fueran buenos compañeros de bebida. Generosos con el vodka, entretenidos cuando entonaban sus nostálgicas canciones e impresionantes en cuanto a su nivel de tolerancia al alcohol. Ya por el solo hecho de presenciar cómo un secretario segundo de la embajada vaciaba él solo dos botellas enteras merecía la pena invitarlos.
Sara le envió a Hedin fotos de todos los participantes, y ella le respondió con una larga lista de nombres y cargos. Secretarios de Estado, directores ejecutivos, ministros, encargados, gestores públicos, polemistas, redactores, autores, artistas. Todos los que podían influir en la imagen del este, según la investigadora.
Una descripción más descarnada era que en la casa de Tío Stellan la Stasi, el KGB y el GRU podían desmelenarse y relacionarse de cerca con los peces gordos del Partido Socialdemócrata.
Antes de que Hedin pudiera continuar, a Sara le llegó una notificación de un mensaje. Después de disculparse, se alejó el móvil de la oreja y lo leyó.
Era de Anna.
«Hemos hecho público que Agneta Broman ha desaparecido».
Vale.
Quizá sirviera de ayuda. Si se hubieran llevado a Agneta, los secuestradores ya deberían haber dicho algo. No estaba de más que la noticia saliera en los medios.
Sara se acordó de que Hedin seguía a la espera y volvió a colocarse el teléfono junto a la oreja.
—Perdone, me acaba de llegar un mensaje… ¿Hola?
Había colgado.
Comprensible.
De todos modos, había aprendido mucho sobre los invitados de las fiestas de Stellan y sobre su forma de pensar. No se trataba tan solo de que si eras una persona con éxito pudieras asistir. Había un propósito concreto.
Sara se guardó el móvil y echó mano de la pila de álbumes de fotos. Allí había la misma mezcla de políticos, famosos y viajes familiares. París, Londres, Berlín.
Además de los artistas más reconocidos y bastantes famosos extranjeros, parecía que todos los primeros ministros de Suecia habían pasado por la casa de los Broman. En una fiesta, una cena, un almuerzo o un café. Habían documentado las visitas con cuidado: Erlander, Palme, Fälldin, Ullsten, Carlsson y Bildt. Solo faltaba Göran Persson. Y después de su mandato no se volvieron a dar ese tipo de reuniones en la casa de Tío Stellan.
Y entonces vio algo que casi la dejó sin respiración: Mijaíl Gorbachov. Acompañado de Ingvar Carlsson.
En un álbum de 1991, había una decena de fotos que inmortalizaban el acontecimiento. Primero, el señor y la señora Broman recibieron al primer ministro sueco y al presidente soviético delante de la casa. Luego venían fotos de cuando Stellan les enseñaba el jardín, seguidas de imágenes de la cena, que al parecer se alargó hasta bien entrada la noche. Las mesas estaban decoradas con banderas suecas y soviéticas y guirnaldas azules y amarillas. Había bastante aguardiente. Pero después de los platos calientes no quedó nada más documentado.
Claro, también los líderes mundiales necesitarían desconectar de vez en cuando.
Sara recordaba la visita de Gorbachov a Estocolmo. Era la fiesta nacional y, al igual que otras miles de personas, había acudido a la ciudad para ver al presidente y ganador del Nobel de la Paz. Entonces no se podía ni imaginar que el legendario líder iría a casa de los Broman por la tarde. Esa casa en la que Sara había pasado tanto tiempo jugando. Le parecía raro que no hubiera recibido al rey. Pero lo buscó en Google y vio que no se trataba de una visita oficial, así que quizá eso lo explicara.
Tan solo unos meses después de aquel día en casa de los Broman, Gorbachov e Ingvar Carlsson perdieron el poder.
El siguiente álbum que abrió se titulaba «Bromma 1982».
Una joven Agneta Broman con un vestido de verano servía la comida en el jardín, con la cara prácticamente oculta tras unas gafas enormes. Monturas de los setenta. Los ochenta aún no se habían instalado en su rostro.
¿Sabía lo que se traía entre manos Stellan?
¿Le importaría?
¿Dónde se encontraba ahora?
¿Daría frutos el llamamiento a la ciudadanía?
Agneta era la pieza del rompecabezas que Sara no sabía dónde colocar. Si también le hubieran disparado, ¿dónde estaba el cadáver? Si había huido durante el asesinato, ¿por qué no daba señales de vida? Si la había secuestrado el asesino, ¿por qué?
¿Qué estaría haciendo en ese preciso instante?