Geiger
Capítulo 39
«¡La sinfonííía suena fuerte y distinguida!». La voz de Loa Falkman hizo temblar el salón. Sara se incorporó asustada para ver de dónde provenía el escándalo. La canción era de las noticias de la mañana en la televisión, que seguía encendida. Echó mano del mando a distancia y la apagó. ¿De verdad era necesario gritar canciones tan temprano?
En el otro extremo del sofá, Martin estaba tumbado roncando sonoramente. Sara lo tapó con una manta y después se llevó a la cocina los vasos con los restos de la noche anterior. Se preparó un café y unos huevos revueltos. Comida un poco de resaca, aunque tuviera un dolor de cabeza moderado por las tres copas de vino.
La recepción y la fiesta de Ebba habían terminado. El alivio se le mezcló con una tristeza insistente por el capítulo de su vida que había llegado a su fin, por el hito que había superado. Ya sabía que anhelaría mucho esa época con los niños.
Al menos ahora podía volver a centrarse en Tío Stellan. Aunque solo fuera para distraerse. Buscó las fotografías que había hecho en el cuarto de estar y se las envió por correo a Hedin. Para su sorpresa, la llamó enseguida, a las seis y media de la mañana.
—¿Qué son esas fotos? —preguntó.
—De los vídeos de Stellan. Hombres teniendo relaciones con chicas jóvenes. ¿Los reconoces?
—El de la primera foto es Per Dieden. Ministro de Justicia en los ochenta. El de la siguiente es Gösta Boström, director gerente de Svea Marin.
—¿Eso qué es?
—Un grupo industrial que construía equipos de defensa. Como las embarcacione s ultrarrápidas de asalto. El de la tercera foto es Mats Cajderius. El redactor jefe del Svenska Dagbladet. ¿Y a todos estos los han grabado en casa de Stellan Broman teniendo relaciones con chicas muy jóvenes? —dijo Hedin—. La clásica trampa de miel.
—El mismo Stellan violó a las niñas primero para dejarlas destrozadas. Después las emborrachaba o las drogaba y dejaba que estos hombres se aprovecharan de ellas.
—Para poder chantajearlos.
—Y mire la quinta foto —dijo Sara mientras ella también le echaba un vistazo al pez gordo. El ex primer ministro.
Cuando Hedin por fin respondió, no parecía muy sorprendida.
—Eso explicaría por qué los gobiernos conservadores no han terminado con la política de neutralidad cuando han estado en el poder —se limitó a decir.
Sara hizo lo posible por digerir aquel comentario.
Pero no le resultó fácil.
¿De modo que esos vídeos habían dictado la política de seguridad sueca durante décadas?
Claro, ¿por qué si no habían mantenido los gobiernos conservadores una doctrina en la que no creían? ¿Por qué si no iban a ejecutar una política que detestaban?
La sexualidad depravada de un solo hombre había decidido el destino de nueve millones de ciudadanos suecos.
—Entiendo lo del primer ministro —dijo Sara—. Pero ¿por qué querría Stellan chantajear a los demás?
—Para tener más informantes, ampliar la red, demostrarles a sus superiores lo bueno que era. O para sonsacar alguna información concreta. Influir en la toma de decisiones.
—¿Qué tipo de información? ¿Qué decisiones?
—Neutralidad, ya te digo. Era muy importante en la lucha por ganarse la simpatía de los ciudadanos. Información sobre defensa. Decisiones políticas. El reconocimiento de la RDA como un estado soberano. Quizá los vídeos ayudaran a que eso saliera adelante. En ese caso, sería un gran triunfo para la red de espionaje. Conseguir que reconocieran una dictadura brutal cuando el resto de naciones occidentales se negaban. Piensa en los cientos de personas que asesinaron cuando intentaron escapar del país. Mientras que nosotros veíamos al primer ministro sueco estrechándole la mano al opresor con una sonrisa.
Sara negó con la cabeza. Pero era obvio que Hedin tenía razón. Teniendo en cuenta todo lo que se le seguía ocultando al pueblo sueco —la verdad sobre el escándalo del ministro Geijer, la organización secreta IB, el espionaje en el hospital de Gotemburgo o la colaboración con la OTAN—, estaba claro que habría muchísimas más cosas que nunca se desvelarían. Y tal vez ese fuera el mayor escándalo de todos.
¿Debería hablar con la prensa? Si le pasaba la información al Säpo, se limitarían a clasificarlo como confidencial y desaparecería. Sara quería que saliera a la luz, que se supiera todo. No solo que Stellan Broman fue un espía, sino cómo trabajaba y todas las chicas de las que había abusado, y cuyas vidas había destruido.
Ante todo, quería que la gente supiera lo que aquellos hombres tan respetados habían hecho. No solo habían violado a niñas, también habían permitido que poderes extranjeros ejercieran su perversa influencia. Se convertiría en un escándalo con todas las letras.
—Esto lo sabía el Säpo —dijo Hedin.
—¿Lo de las niñas? —preguntó Sara.
—He repasado los expedientes que pude consultar y encaja con lo que contaban.
—¿Cuándo los ha repasado?
—Ahora. En la cabeza.
—¿Tiene memoria fotográfica?
—Soy observadora.
—¿En qué sentido encaja?
—Los expedientes de Stellan del Ministerium für Staatssicherheit de la RDA, es decir, la Stasi, mencionan la moral decadente de sus métodos de trabajo, y en los expedientes del Säpo han ocultado las partes sobre su forma de trabajar y los nombres de las personas implicadas. Pero en cierto momento dicen que consideraron llamar a Servicios Sociales, a lo que renunciaron por el riesgo de que se desvelara que conocían la identidad de Geiger como colaborador informal. Y Servicios Sociales solo actúa en casos de espionaje cuando hay involucrados…
—Menores.
—Eso es.
—O sea, ¿que le permitieron que continuara cometiendo actos repulsivos por miedo a que alguien averiguara que sabían que era un espía?
—Más o menos. Y supongo que por eso han sido tan cuidadosos a la hora de ocultar partes bastante extensas de su expediente. No por consideración con él, o con un poder extranjero que ya no existe, sino para esconder sus propios métodos de trabajo. ¿Las has localizado? A las chicas. ¿Cómo les va?
—Tengo algunos nombres —dijo Sara—. Voy a intentar encontrarlas. Pero, oiga, otra cosa. Las fundas de los rollos de película con los hombres estaban más usadas. Los vídeos en los que salía Stellan estaban en mejores condiciones, lo que tiene que significar que los guardaban en lugares distintos. Pero cuando los encontré estaban todos juntos. ¿Por qué?
—Porque la Guerra Fría ha terminado. O al menos eso creía él.
—¿Lo habrán matado por los vídeos? ¿Como venganza?
—¿Una de las chicas?
—¿O algún ser querido? ¿O alguno de los hombres? ¿Y si hubiera empezado a amenazarlos otra vez con los vídeos?
—Independientemente del motivo, parece innegable que se merecía que le pegaran el tiro —dijo Hedin antes de colgar.
Sara se quedó sentada pensando en todo aquello, con el café que se le enfriaba en la taza y los restos de huevos revueltos quedándose resecos en el plato.
—Buenos días.
Martin entró en la cocina, se acababa de despertar y tenía el pelo alborotado, aún con la ropa de la fiesta del día anterior. Le dio un beso a Sara en la mejilla y miró esperanzado hacia la cafetera.
—¿Hay café?
—Hay de todo, pero no aquí.
Una broma vieja de cuando los niños eran pequeños que le había acudido a la cabeza y se le había escapado por la boca. Martin esbozó una sonrisa amable pero breve al reconocer la broma. Hay de todo, pero no aquí.
—Me he preparado un café instantáneo —dijo Sara.
—Entonces necesitas café de verdad —dijo mientras ponía en marcha la cafetera, una Moccamaster amarillo chillón. Él fue el que escogió el color, lo justificó con que «el amarillo alegra». Claro que sí, pensó Sara.
—Ayer fue muy bien —dijo Martin sentándose frente a ella.
—Superbién —respondió Sara—. Lo organizasteis estupendamente.
—Lo organizaron las chicas. Los padres solo pagamos.
—Pues lo pagasteis estupendamente —dijo Sara sonriendo.
—¿No te vas a volver a acostar? —preguntó Martin—. Trabajas de noche, ¿no?
—Tengo que hacer unas cosas.
Se levantó, fue a por su portátil y se sentó en el salón con una taza de café recién hecho. Luego empezó a buscar las direcciones y los números de teléfono de la gente de los vídeos.
Cajderius vivía en Strängnäs, que quedaba demasiado lejos para ir si Sara entraba a trabajar por la noche. Dijera lo que dijera Lindblad.
Per Dieden había fallecido en 2005 y la viuda le dijo que no quería hablar con la policía.
Gösta Boström vivía en una residencia de Lidingö babeando, según el indiscreto trabajador interino que la atendió por teléfono. El antiguo director general del grupo industrial Svea Marin tenía una demencia senil muy avanzada y no se podía contactar con él.
El ex primer ministro estaba muerto, no había mucho que hacer al respecto. Al siguiente violador lo había reconocido sin ayuda. Había salido mucho en la prensa en su momento, pero sobre todo se lo había encontrado en el trabajo. Como putero.
Henrik Carlsson Lindh.
Evidentemente, estaba mucho más joven en el vídeo. Guapo y de cabello castaño, a diferencia de la figura encorvada de ahora. Pero tenía la misma mandíbula pronunciada, las mismas cejas altas y los párpados medio caídos. La misma sonrisa soñolienta.
Sara lo había buscado en Google y había descubierto que fue secretario del Ministerio de Exteriores, que no tenía familia y que había publicado sus memorias, Al servicio de la verdad y de la belleza. También encontró su dirección y se decidió.
Una ducha y cuarenta minutos más tarde se presentó ante la casa del agresor.
Número 3 de Stureparken.
Conforme a su posición social.
Lindh recibió a Sara con pantalones de traje grises, zapatos relucientes, un batín y fular lila por dentro de la camisa. Se sentó frente a ella en el conjunto de sofás gustaviano y le sonrió con amabilidad. Era obvio que la había reconocido y no parecía avergonzarse lo más mínimo de que su invitada lo hubiera detenido en repetidas ocasiones.
—Bienvenida. ¿Te llamabas Nowak? ¿Puedo preguntar qué es lo que he hecho ahora?
—Ahora no —dijo Sara—. Hace treinta años.
—Uy —contestó Lindh—. Pero ¿eso no ha prescrito? ¿No se supone que lo bueno de envejecer es que se olvidan y se perdonan todos tus pecados?
—Trabajaste en Exteriores —prosiguió Sara.
—En el Ministerio de Exteriores. Así es.
—Como secretario. ¿Qué me puedes decir de Per Dieden, Gösta Boström y Mats Cajderius?
—Dieden era ministro de Justicia. Un inepto. Es un misterio que lo mantuvieran en el cargo. Boström creo que era el director general de una empresa industrial. Yo no trataba con él. Es posible que participara en una de aquellas delegaciones, cuando Suecia busca mejorar sus relaciones comerciales y envía al primer ministro, al rey y a una serie de hombres de la industria con carteras de pedidos en el bolsillo. Rara vez conduce a alguna parte, pero la familia Wallenberg respalda a sus defensores y por eso continúan. ¿Quién más has dicho? ¿Cajderius? Un periodista de poca monta. No era ningún columnista relevante. ¿Por qué preguntas por un grupo tan particular?
—Todos ellos, al igual que tú, aparecen en vídeos teniendo relaciones con chicas menores de edad.
—¿Con o sin consentimiento? Me refiero a la aparición en los vídeos.
—Sin consentimiento. Los guardaron con la idea de chantajearos.
—¿De verdad tu unidad se encarga de casos antiguos?
—Esto no está relacionado con la Unidad de Prostitución, sino con el asesinato de Stellan Broman.
—¿También era un amante de la juventud?
—Él lo organizaba todo. Doblegaba a las chicas y las ofrecía como objetos a pervertidos.
—¿Es posible que sienta que me estás juzgando? ¿No es bonito el amor en cualquiera de sus formas?
—¿Cómo funcionaban?
—¿Las relaciones con las chicas?
—Las trampas de miel. ¿Cómo funcionaban?
—Yo no he caído en ninguna trampa.
Sara sacó el móvil y le enseñó el vídeo con Lindh y su víctima.
—Qué pareja más guapa —fue lo único que dijo.
Sara lo miró a los ojos y paró el vídeo.
—Una adolescente. Quizá no llegara a los quince. ¿Qué habría pasado si lo hubieran hecho público? Tu carrera se habría terminado, ¿no?
—Nunca he hecho nada de lo que no me pudiera responsabilizar o que amenazara la seguridad del reino.
—¿Cómo usaron esto? ¿Qué te obligaron a hacer? ¿Qué te obligó Stellan a hacer?
—Nada. Nada en absoluto. No eran trampas. Solo eran relaciones naturales e inocentes con chicas hermosas. La sexualidad es un regalo maravilloso. Algo que tú seguro que has olvidado con todos los sinvergüenzas que ves en el trabajo.
—Cuéntame cómo era. Desde un punto de vista meramente práctico.
—Cariño, esto ya ha prescrito.
—Para mí no.
—Un caballero no revela sus secretos amorosos.
—Un caballero no viola a niñas.
—Uy, la inspectora de policía se ha pasado de la raya. Gracias por la visita, pero ahora tienes que marcharte.
—Cuéntamelo. No me voy hasta que me lo cuentes.
—¿De verdad está relacionado con el asesinato? ¿O es que te excita oírlo? —Lindh tenía un destello de exaltación en la mirada—. Parece que has guardado los vídeos en el teléfono. ¿Es posible que tengan un efecto estimulante?
—Voy a serte muy sincera. No formo parte de la investigación. Esto es personal. Voy a resolver el asesinato, cueste lo que cueste, y si no me cuentas lo que sabes, le voy a dar los vídeos a la televisión y a la prensa. No creo que quieras que tu obituario se manche con un escándalo así. Me lo puedes contar. Como bien dices, ya ha prescrito.
Lindh entornó los ojos. Al cabo de un rato, se inclinó hacia delante, sonrió un poco y dijo:
—Eran tiempos maravillosos.
Sacó dos vasitos de cristal y sirvió un líquido castaño de un decantador. Luego alzó el vaso para brindar, se lo llevó a la boca y dio un sorbo.
—Un grupito de iniciados estábamos al corriente de que Stellan Broman podía conseguir chicas jóvenes. No sé cómo nos conocimos, al fin y al cabo, por aquel entonces no había internet. Pero supongo que sería gracias a conversaciones confidenciales a altas horas de la noche, después de un buen número de copas. Cuando se rompió el hielo fue como encontrar un alma gemela, así que acabamos viéndonos con bastante frecuencia. Sabíamos que podíamos hablar con libertad. Compartíamos consejos entre nosotros.
Sara hizo una mueca, pero cuando se percató de que Lindh estaba perdiendo el hilo trató de contenerse.
—Es posible que el origen fueran las fiestas de Stellan. Eran espectaculares. Y había muchísimas mujeres guapas, además de las personalidades más conocidas y más poderosas del país. Se podría decir que por lo general las mujeres en las fiestas de Stellan eran muy… accesibles. Y a veces se aprovechaban de ellas. Pero para nosotros, los que ante todo apreciábamos la belleza intacta de la juventud, el bueno de Stellan nos organizaba encuentros a solas en su casa.
—Para grabaros.
—Bueno, él no presentó así la idea, pero echando la vista atrás ahora he llegado a la desafortunada conclusión de que ese era el objetivo.
—¿Te llegó a enseñar los vídeos?
—No, pero no habría cambiado nada. Puse al tanto de mis inclinaciones a mis jefes y no tuvieron ninguna objeción. Solo me pidieron que fuera discreto. Por aquel entonces podías permitirte algún que otro desliz, no hay más que ver el escándalo de Geijer. A esos señores el gobierno los defendió con uñas y dientes.
—¿Cuánto se prolongó todo esto?
—No lo sé —respondió Lindh al cabo de unos segundos en silencio—. Creo que tuve trato con Stellan durante un par de décadas. Pero no recuerdo durante cuánto tiempo estuvo organizando las citas.
—Eras funcionario del Ministerio de Exteriores cuando Suecia reconoció a la RDA como estado soberano. ¿Tuvo esto algo que ver con los vídeos?
—Naturalmente que no tenía nada que ver con mis romances. Mis escapadas eran un asunto privado; la RDA, política internacional. No creo que una simple inspectora alcance a comprender la magnitud de lo que digo.
—Pero conocías a Stellan, que estaba a sueldo de Alemania del Este y, mientras que tú pasabas los días en el trabajo y las noches en casa de Stellan, tu ministerio logró que Suecia aceptara la RDA como un Estado de pleno derecho. Mucho antes que otros países democráticos.
—Stellan Broman era un gran amigo de la RDA y supo presentar sus argumentos con fuerza y de forma convincente. Si se lo transmití a mis colegas fue porque le vi sentido, no porque Stellan me hubiera amenazado con hacer públicos unos vídeos privados míos. Entonces la política sueca no funcionaba así.
—Estoy empezando a entender cómo funcionaba, sí.