Heatherley
Jardín de chicas
L as muchachas de aquella época —o las «Chicas de hoy», como las llamaban en los titulares de la prensa— eran tildadas de maleducadas y atrevidas a la hora de vestir, hablar y comportarse, además de carecer de respeto por sus mayores y de cualquier atisbo de encanto femenino. Algunos afirmaban que se trataba de un signo más de la decadencia de los tiempos. Un siglo moribundo, decían, ha de ser necesariamente una época de virtudes agonizantes. Aquellos cuyos modales y falta de moral condenaban los adultos eran los hijos degenerados de una era enferma. Decían que la juventud moderna era muy fin de siècle, expresión que pronunciaban de las más diversas maneras, pero siempre con tono de desaprobación.
También los jóvenes se declaraban a sí mismos fin de siècle, igual que hacían para referirse a la mayoría de las cosas, pues era sin duda el eslogan del momento. No obstante, cuando lo empleaban chicos y chicas que creían estar a la última lo hacían con autocomplacencia, nunca con desdén. Nuevas ideas e ideales inundaban el aire, se decían, como una brisa fresca y libre que se abría paso en la vieja y rancia atmósfera de convencionalismos. Y lo que para sus mayores era libertinaje para ellos era gloriosa emancipación. En círculos más avanzados que los que Laura frecuentaba, las jóvenes modernas ya habían logrado liberarse de algunas de sus ataduras. Gozaban de mayor libertad para pensar, hablar y actuar que sus madres y abuelas cuando tenían la misma edad. Cuando el nuevo siglo fuera aún joven, afirmaban, su libertad sería completa. Y cuando las de su sexo tuvieran por fin el derecho al voto serían iguales que los hombres en prestigio y oportunidades. También la posición de las mujeres en el hogar sería muy diferente cuando ellas dispusieran de armas para luchar por su propio bienestar y el de sus hijos.
Sin embargo, tales ideas no habían calado en las zonas rurales. Las chicas que Laura conoció en Heatherley era fin de siècle únicamente de forma literal, es decir, porque habían nacido en los últimos años del XIX. Por supuesto, conocían a esa nueva mujer por su reputación, ya que se había convertido en una figura habitual para todo aquel que leía la prensa, representada generalmente con vestimenta casi masculina y con las manos extendidas para apropiarse de los privilegios de los hombres mientras un bocadillo salía de su boca exigiendo «¡El voto para la mujer!». «¿El voto para la mujer?», decían sus padres y hermanos. «Ya les daría yo votos si de mí dependiera. Les daría una buena azotaina en el trasero y las obligaría a quedarse en casa, que es donde deben estar».
A pesar de que jamás habían visto a ninguna, las madres y las hermanas mayores describían a estas nuevas mujeres como «un puñado de feas y desmañadas criaturas incapaces de conseguir marido». «Preferiría verte muerta», decían los padres a sus hijas, «antes que vestida de pantalones y gritando por el derecho al voto». Por suerte, dicho dilema no solía plantearse. Tan terrible semblanza de la «nueva mujer» era advertencia más que suficiente para que las jóvenes de la campiña la rehuyeran como si fuera la peste y se concentraran en ser femeninas.
Vestidos de muselina con volantes lo bastante largos como para barrer el suelo y engancharse y desgarrarse en las zarzas, sombreros blandos de paja adornados con ramilletes de flores, interminables fulares y pañuelos, velos y boas, constituían el atuendo femenino ideal. En su tiempo libre ellas mismas bordaban flores de seda teñidas de colores crudos en respaldos de sillas, guardapelos, cepillos y neceseres, fundas de tetera, bolsas de agua y hervidores para su ajuar, que en esencia eran una colección de artículos supuestamente imprescindibles que cualquier chica casadera debía atesorar «para cuando llegara el momento de formar su propio hogar». Toda chica que hubiera acumulado la mayor y más variada cantidad de artículos era considerada por sus mayores una muchacha buena e industriosa y merecedora de un buen esposo. Aunque lo cierto es que nadie sabía a ciencia cierta de qué iban a servirle todas esas cosas a cualquier marido. A menudo llamaban a Laura para admirar el contenido de alguna de esas colecciones y con frecuencia ella comparaba en silencio a sus orgullosas propietarias con las aves hembra que empiezan a hacer acopio de ramitas antes de que aparezca el macho o de escoger siquiera el lugar donde construirán su nido.
Las chicas consideradas «afortunadas» por conseguir marido se daban finalmente la satisfacción de utilizar el contenido del ajuar para embellecer su nuevo hogar. Pero no todas eran igual de afortunadas. Laura había tenido una amiga que al cumplir veintiséis años sin haber recibido lo que se conocía como «una oferta» subastó todos los artículos de su ajuar y se compró una bicicleta con las ganancias. La bicicleta obtuvo el éxito que el ajuar no había conseguido, ya que seis meses después se había casado con el propietario de una tienda de bicis donde se había detenido durante una de sus excursiones para una pequeña reparación. Nadie supo si se arrepentía o no de haberse desprendido de sus hermosos bordados. Probablemente no, pues pasaba sus días de casada trabajando con su marido en el nuevo y floreciente negocio y según se decía estaba ganando una pequeña fortuna enseñando a niñas y mujeres a montar en sus nuevas bicicletas.
Todo el mundo se desplazaba sobre dos ruedas en aquellos tiempos. En Londres, las chicas y mujeres de la buena sociedad pedaleaban todas las mañanas alrededor de los parques, pues preferían esta nueva modalidad de ejercicio a cabalgar a lomos de un caballo en el Row. Durante los fines de semana, el campo rebosaba de gente que huía de los suburbios en sus bicicletas. A veces, los domingos por la tarde Laura iba con alguna amiga hasta el cruce de la carretera principal para ver a los ciclistas que pasaban en una interminable corriente de parejas, tríos y pequeños pelotones. Las mujeres pedaleaban vestidas con largas faldas cuyos bajos sujetaban con gomas en los tobillos y blusas con amplias mangas «de obispo» que se hinchaban con el viento. De cuando en cuando aparecía una mujer vestida con bombachos y sombrero masculino con una larga pluma decorativa en un lateral, y un leve murmullo se extendía entre los espectadores. Sin embargo, eran pocas las que llevaban pantalones y la prenda, que raras veces era del gusto de la gente de mediana edad y a menudo era utilizada por mujeres robustas, pronto fue desbancada por la falda pantalón, que contaba con una abertura especial para pedalear, pero seguía cayendo hasta los pies en el momento en que la amazona desmontaba. Los ciclistas de la carretera procedían de diversos pueblos de los alrededores. Las chicas de Heatherley —exceptuando a las comprometidas que eran consideradas privilegiadas por contar con un acompañante masculino— no solían ir, como ellas mismas decían, «a ver el desfile de los domingos», pues era considerado «vulgar», y en tanto que vulgar era también un tabú.
De modo que los domingos, entre misa y misa, las que por el momento seguían libres y sin compromiso solían dar pequeños paseos en parejas o tríos mientras conversaban. Por lo general, la charla se imponía al paseo. A menudo se detenían en plena conversación y cuando el tema se agotaba se daban cuenta de que ya era hora de regresar. Esas eran las chicas del pueblo que Laura conocía mejor. Las hijas de los comerciantes, dependientas y vendedoras de diversos negocios cuyos padres tenían apartamentos en alquiler o regentaban pequeñas granjas. También había chicas de otros pueblos y de casas más aisladas en la campiña o dispersas por los brezales, que en su mayoría vivían cerca y podían desplazarse fácilmente a pie, de edad y posición social lo bastante similares como para ser incluidas en el grupo o, como también lo llamaban a veces, «la pandilla».
La mayoría de ellas había tenido más ventajas educativas que Laura. Algunas habían estudiado en internados; otras en escuelas elementales que, estando en condados más cercanos a Londres, eran mucho más modernas que las de municipios rurales apartados como el de Laura. Conocían, al menos de nombre, gran variedad de temas que, como solían decir, habían «visto» en la escuela. Pero si tales cuestiones habían llegado a despertar su interés, este había desaparecido o había llegado a disgustarlas. Ocasionalmente, durante una conversación, alguien citaba una fecha o el nombre de una ciudad o un río, o repetía como un loro uno o dos versos de algún poema popular, y entonces todas exclamaban: «¡Pero dejemos a los chicos esos temas lúgubres! ¡Gracias a Dios los días de escuela han terminado!».
La vida hogareña y familiar, el concienzudo desempeño diario de sus deberes y la lealtad hacia sus amigas eran sus puntos fuertes. Había enfermeras natas entre ellas y hábiles gestoras a la hora de llevar la casa, y casi todas sin excepción sabían sacar el máximo partido a su apariencia personal sin dejar de comportarse de forma civilizada.
Eran, en esencia, buenas chicas. Afectuosas, solícitas y generosas, buenas hijas y hermanas, y sin duda estaban preparadas para convertirse en buenas esposas. Se enorgullecían de su bondad tanto como de su femineidad. Y uno de los versos que citaban más frecuentemente era «Sé buena, dulce doncella, y que piensen los demás» de Kingsley, que repetían con gusto en las ocasiones importantes.
En general, formaban una pandilla bastante sentimental, y aunque todas se llevaban bien, muchas tenían una amiga especial dentro del grupo con la que iban a todas partes y lo hacían todo. Estas parejas eran reconocidas y no solían suscitar comentarios entre las demás. Siempre decían «habrá que preguntar a Maud y Fanny» o a «Mary e Isobel». Caminaban cogidas de la cintura, respondían preguntas dirigidas a la otra y a veces incluso vestían de forma parecida. Otro aspecto sentimental común en el grupo había sido tomado de la canción de Tennyson Ven al jardín, Maud. El «jardín de chicas» era el nombre con que habían bautizado en privado su asociación. «Una nueva rosa para nuestro jardín de chicas», decía alguna muy seriamente cuando aparecía alguien nuevo. «¡La reina de nuestro jardín de chicas!», exclamaba otra al ver a una de sus amigas con un nuevo y favorecedor sombrero o vestido. No hace falta decir que las ideas abstractas no les interesaban lo más mínimo, del mismo modo que por lo general ignoraban todo lo que sucedía o existía fuera de su habitual radio de acción. Preferían ser consideradas buenas que inteligentes, y quizá en ese sentido representaban mejor a la mayoría de las jóvenes de la época que otras chicas más adelantadas a su tiempo.
En aquellos años los juegos de palabras todavía eran una muestra aceptable de sentido del humor. Si era bueno, un juego de palabras podía provocar risas o al menos una indulgente sonrisa en círculos más intelectuales que los que Laura tenía ocasión de frecuentar. Sin embargo, las modas en ingenio, igual que en el vestir, jamás sobreviven al exceso de popularidad. Y con la llegada del nuevo siglo, el arte del juego de palabras se había devaluado demasiado como para perdurar. Todo el que era capaz de hablar hacía sus pinitos de vez en cuando sin tomárselo en serio, ya fueran estrellas de variedades o sacerdotes, padres de familia, doncellas, tenderos o ayudantes de carnicero. Incluso los doctores más eruditos y los catedráticos universitarios podían llegar a caer en la tentación ante esta debilidad verbal. Las chicas que Laura conocía entonces eran grandes aficionadas y los juegos de palabras salían de su boca con la misma facilidad que el oro, los diamantes y las perlas brotaban de los labios de la muchacha del cuento de hadas. Uno de los recuerdos más perdurables que Laura conservaba de Heatherley era de un día en que todas las chicas de la pandilla regresaban de un pícnic encaramadas en un viejo carromato, tres delante y tres atrás, con los sombreros adornados con guirnaldas de rosas, sonrientes con las mejillas sonrojadas y la frente perlada de sudor y apretujadas unas contra otras tan plácidamente como si se desplazaran sobre un colchón de plumas.
—Esta mañana íbamos bien cargadas —comentó una de las chicas inocentemente.
—¡Es que no somos precisamente ligeras de cascos! —respondió otra con reputación de ingeniosa.
Eso bastó para que todo el cargamento de muchachas rompiera a reír a carcajadas, todas excepto una de las chicas que tardó en captar el chiste hasta que otra le susurró al oído:
—¡Por el peso, idiota! ¡Por el peso!
Su carcajada a destiempo volvió a desatar las risas del grupo y al final tuvieron que frenar a la vieja yegua gris y detener el carro en un lado de la carretera para que las chicas bajaran y se tumbaran a la sombra sobre la hierba hasta calmarse. Una de ellas se lanzó desde lo alto con tal abandono que tuvieron que advertirle que estaba enseñando las piernas. Al oírlo se puso muy tiesa y sujetó la falda a la altura de las rodillas. Pues, como alguien comentó, cualquier hombre que pasara por allí podría haberla visto. Al oír el comentario todas parecieron calmarse, de modo que volvieron a subir al carromato y la conductora azuzó a la vieja y leal yegua para todo de su padre y retomaron la marcha a través del húmedo crepúsculo que olía a brezo y madreselva.
Un grupo así sería considerado hoy en día poco cultivado. Situado justo en el extremo opuesto estaría el té literario al que Laura fue invitada. Los invitados, según le explicaron, debían llevar puesto algo relacionado con el título de un libro, lo que pronto se convirtió en motivo de preocupación para ella, pues sabía que algunas de las chicas pensaban asistir elegantemente vestidas, algo que ella no se podía permitir. Su primera idea fue ir como La dama de blanco, pero enseguida decidió no hacerlo porque su único vestido de ese color era uno fino de verano y ya estaban en invierno. Después recordó que tenía un pequeño broche con forma de molino de viento que, prendido en el pecho junto a una borla y un lazo de cadarzo amarillo, pensó que le serviría para aludir a El molino de Floss, de George Eliot. Finalmente, nadie adivinó de qué obra se trataba, pero lo mismo sucedió con los símbolos de la mayoría de los asistentes. Algunos eran bastante simples. Una chica llevó un pequeño globo de cristal en alusión a El ancho mundo, la novela de Susan Warner. Otra besaba y acariciaba de cuando en cuando a una muñequita y los que habían leído el libro recientemente exclamaron «¡Mi amorcito!». Grandes esperanzas estuvo representada por la expresión facial de una invitada, que al entrar en la habitación señaló la mesa del té ya preparada y expresó con mímica que le encantaría probar todo aquello lo antes posible. Aunque quedó visiblemente decepcionada cuando alguien sugirió que su novela era Un lunático a la fuga.
Tras una excelente merienda en una casa donde los libros de gastronomía eran la lectura favorita, la pandilla jugó a lo que consideraban pasatiempos de carácter libresco, juegos de preguntas cruzadas y respuestas disparatadas. Uno de ellos, probablemente sugerido por un artículo de la revista femenina de la que la anfitriona había sacado la idea de celebrar el té literario, consistió en una serie de preguntas a las que cada invitada debía responder por escrito.
¿Prefieres a Dickens o a Thackeray?
¿A Tennyson o a Browning?
Así comenzaba el juego, aunque la cosa no tardaba en perder altitud:
¿Carne blanca o roja?
¿Manzanas o peras?
¿Lirios o rosas?
¿Piel morena o clara?
¿Hombres o mujeres?
Por lo que más bien parecía que Muriel, la anfitriona, se había limitado a sustituir las ideas del escritor por otras de cosecha propia. En cualquier caso, el juego de las preguntas logró animar al grupo y consiguió que se divirtieran. Y a continuación optaron sin más preámbulos por juegos tan poco literarios como el veo-veo y los pares.
Fue una velada muy agradable en la que los placeres más mundanos no tardaron en imponerse al entretenimiento intelectual. ¡La confortable estancia, el cálido fuego en la chimenea, la mesa exquisitamente preparada con la plata de la familia y las mejores porcelanas, además de los deliciosos pasteles de carne caseros, los canutillos dulces y las magdalenas de mantequilla que se deshacían en la boca!
Laura tendría que haber hecho algún que otro ajuste horario en el trabajo para poder asistir al té literario de no haber coincidido con un festivo nacional, pues por lo general ella y Alma se alternaban para disfrutar del día libre. Sin embargo, las chicas que vivían en casa y no estaban sujetas a horarios laborales iban constantemente a tomar el té, desfilando de casa en casa con tanta frecuencia y con tal entusiasmo y jovialidad que a Laura le recordaban a los curas de Shirley. En esas ocasiones, al menos en apariencia, ninguna de ellas tenía penas en el corazón ni otro pensamiento en la cabeza que no fuera pasárselo lo mejor posible. «Un corazón tan grande como un globo y un cerebro del tamaño de un mosquito», comentó un viejo y cínico amigo de Laura cuando ella le contó una anécdota sobre una de las chicas que organizaban las fiestas. Pero, aunque Laura las defendía, sabía en el fondo de su corazón que la naturaleza humana no podía simplificarse de esa manera. A medida que fue conociendo mejor a sus amigas descubrió que gran parte de su frivolidad y su actitud aparentemente descerebrada como grupo era una mera pose, si bien una pose inconsciente, motivada por su firme determinación de parecer absolutamente femeninas. Desde que eran niñas les habían dicho —y ellas lo habían creído de pe a pa— que el pensamiento era un privilegio de hombres y que el papel de la mujer en el plan divino no era otro que mostrarse encantadora. No obstante, por separado, cada una de las chicas tenía una vida que vivir para la que tanto el corazón como el cerebro eran necesarios.
Esto quedó demostrado tiempo después por la misma muchacha cuyo carácter había resumido el viejo señor Foreshaw con su irónica frase. En efecto, no era una joven brillante y su desafortunada costumbre de reír demasiado a menudo acentuaba injustamente esa impresión. Pero cuando las circunstancias lo requirieron demostró ser capaz de dirigir el pequeño negocio de su difunto padre, al tiempo que apoyaba a su madre viuda proporcionándole todas las comodidades.
También estaba Patience, a quien todas llamaban Patty, una joven de mejillas sonrosadas, rellenita y alegre, que siempre se encargaba de recoger la leña para el fuego durante sus excursiones al campo, a falta de algún hombre que lo hiciera. Las otras chicas evitaban sistemáticamente dicha tarea por miedo a ensuciar sus finos vestidos de verano y, antes de que hubieran terminado de decidir a quién le tocaba hacerlo, Patty ya había encendido el fuego, y en cuclillas con la falda remangada soplaba tratando de avivar la débil llama con los carrillos hinchados y los labios fruncidos igual que un querubín. Nadie podía acusar a Patty de haberse entrometido nunca echando a perder la oportunidad de un tête-à-tête con un muchacho que hubiera mostrado interés por alguna de las chicas. Lo más probable, todas lo sabían, era que Patty se excusara diciendo: «Ah, id vosotros dos que yo me encargo del té. Pero no vayáis por ese lado porque allí abajo están jugando un partido de rounders y si os ven pasar seguro que os invitan a participar. Subid hasta la cima de esa colina a contemplar las vistas. Y no tengáis prisa por volver. Aún tardaré un rato en aclarar y guardar estas tazas y en cuanto termine me quitaré los zapatos para descansar estos pobres pies, que me están matando». Y después de haber transformado el caos en orden, Patty se sentaría a descansar a la sombra de un árbol y probablemente echaría una cabezadita, pues se levantaba a diario a las cuatro de la madrugada para ordeñar las tres vacas de su padre y poder disfrutar de unas pocas horas de libertad liquidando la limpieza de la casa antes del desayuno. Patty era la más joven y la única soltera de las hijas de un matrimonio ya mayor y las tareas de la casa, además de gran parte del trabajo que requería el minifundio de su padre, dependían de ella. Algunas de sus amigas la describían como «una perfecta esclava del hogar». Pero ella no se veía en absoluto como una esclava, pues era demasiado dulce y generosa.
También estaba Edna, más afortunada en lo material, pero mucho menos feliz que Patty. La voz de Edna, según pensaban y a menudo declaraban su familia y amigos, solo necesitaba un poco de entrenamiento para rivalizar con la de la soprano madame Patti. Como la oportunidad de llevar a cabo dicha preparación no se había presentado ni al parecer lo haría, Edna tuvo que contentarse con cantar como primera soprano en el coro de la capilla y dar lecciones de piano a los niños del pueblo por nueve peniques la hora. Con frecuencia se lamentaba de lo injusto que era verse obligada a malgastar de ese modo su talento. Aunque quizá después de todo era más afortunada de lo que suponía, pues si bien era capaz de alcanzar notas muy altas, su voz resultaba estridente y carecía de sentimiento. La prueba que tanto deseaba llevar a cabo en el conservatorio habría supuesto para ella una gran desilusión, mientras que en su propio círculo tenían en gran estima su habilidad y para ella era una posesión de incalculable valor y fuente de ilusiones.
Laura simpatizaba con Edna, pues también ella creía poseer un pequeño don desaprovechado. Desde su más tierna infancia había deseado escribir, y hasta alcanzar por fin la edad de la decepción había derrochado grandes cantidades de papel. Sin embargo, al llegar a Heatherley, donde tuvo oportunidad de ver y en cierta medida conocer a muchos de los que consideraba «auténticos escritores», se avergonzó de sus pobres intentos y renunció a su sueño de escribir. Incluso abandonó el diario que había comenzado el día que se despidió de su hogar. Lo había destruido junto con otros tantos escritos diciéndose a sí misma, mientras se consumían entre las llamas, que aquello era el fin de su estúpida idea. No obstante, después de haber renunciado a su ilusión, sobrevivió en su interior la sensación de no estar cumpliendo con su deber, que incluso la hacía sentirse culpable y la acompañó durante toda su vida, saliendo a la luz cada vez que veía un lápiz o una pluma. Nunca hablaba de ello con nadie, pero le roía la conciencia. Como le solía decir su madre, «somos lo que somos».
Si bien las otras chicas respetaban las ambiciones de Edna, las de Marion no gozaban del beneplácito del grupo. Marion era una muchacha alta, seria y de cara redonda que pasaba su jornada laboral vendiendo dulces y el tiempo libre promoviendo un movimiento conocido como Empeño Cristiano. El nuevo pastor de la capilla a la que asistía había decidido recientemente que, en lugar de escuchar las charlas y discursos que pronunciaban sus mayores o alguna celebridad de fuera del pueblo, los miembros de Empeño Cristiano debían preparar y pronunciar los suyos. Al parecer, Marion admiraba profundamente a los oradores de sus reuniones de los jueves por la tarde. Hablar en público se había convertido para ella en el culmen de la fama, una cima social que nunca había soñado siquiera con alcanzar. Pero ahora la grandeza estaba de repente al alcance de su mano. En la siguiente reunión quincenal, un jueves a las ocho de la tarde, en lugar de limitarse a llevar a cabo su preciada y siempre celosamente ejecutada tarea de colocar sobre la mesa un vaso de agua al alcance del orador, ella misma permanecería en la tarima, pronunciaría un discurso y bebería un sorbo del agua bendecida. Aquel sería el primer acontecimiento relevante de su vida, por lo que no era capaz de pensar en otra cosa y el tema acaparaba todas sus conversaciones.
A medida que se aproximaba el gran día empezó a presentarse en las reuniones de la pandilla con un pequeño cuaderno en la mano, suplicando a sus amigas que le dieran alguna idea. ¿Qué tema debía escoger? Por supuesto, no tenía que ser necesariamente una cuestión religiosa, aunque sí algo serio. ¿Qué le parecía a Laura «Abstinencia total contra moderación»? En una ocasión había escuchado una charla con ese título en una reunión del Grupo de la Esperanza y creía recordarlo casi todo. Laura le recomendó que fuera original y sugirió casualmente «Los dulces de la vida», pensando que podría utilizar sus experiencias en la dulcería para aportar un poco de alivio y optimismo y concluir diciendo que las mejores cosas de la vida no cuestan nada. Marion aceptó la idea con entusiasmo. Sin embargo, no tardó en descubrir que escoger el tema solo era el punto de partida. Aún tenía que escribir su conferencia y eso era incapaz de hacerlo. Escribía algunas frases, pero nunca conseguía llenar más de una hoja de su cuadernillo, ni siquiera con su letra exageradamente grande. Después mostraba lo que había escrito a sus amigas, que se lo pasaban de mano en mano, y a continuación ella modificaba o tachaba en virtud de los consejos recibidos. Pasó la primera semana y comenzó la siguiente, y cuando faltaban tan solo unos días para el evento había escrito tan poco que podía leerse en voz alta en un minuto. Era una chica grande y rolliza a la que ninguna preocupación habría conseguido adelgazar, pero sus amigas no tardaron en darse cuenta de que había perdido la sonrisa y su redonda cara de luna tenía una expresión angustiada. Laura se cansó de verla aparecer por la oficina de correos para enseñarle una vez más su cuadernillo con actitud suplicante. Alma criticaba el comportamiento de Marion con la misma naturalidad que Laura, aunque de un modo más constructivo. Y fue ella quien finalmente logró acabar con la preocupación de Marion y el hartazgo de sus amigas ofreciéndose a ir una noche a casa de la futura ponente para ayudarla a escribir su discurso.
Hecho esto, Marion volvió a florecer. Su nuevo vestido llegó a casa a tiempo enviado por la costurera. Recuperó sus aires de importancia y siguió practicando sus gestos, incluido el de sorber agua de un vasito imaginario ante el espejo, y finalmente dejó boquiabiertas a sus amigas contratando un coche para ir al lugar del evento en la fecha señalada.
—¡Marion! —dijeron todas—. ¿Por qué has pedido un coche para un paseo tan corto si nunca lo haces para ir a las reuniones, ni siquiera para la fiesta anual?
Pero Marion estaba decidida a seguir adelante con el plan. Había visto y oído a muchos oradores llegar al pueblo en coche de tiro y evidentemente el crujido de las ruedas sobre la grava y el brillo de los faroles del carruaje a través de la puerta abierta de la sala donde estarían reunidos todos los asistentes eran absolutamente necesarios si quería extraer todo el sabor del honor y la gloria de aquel acontecimiento. ¿Quién podría reprocharle ese último toque de pretenciosidad en su gran noche? En cualquier caso, no era probable que llegara a disfrutar de otra ocasión semejante, siendo el centro de atención, pues no era la típica chica casadera. «Demasiado grande y torpe y tonta de pura simpleza», comentaban las demás chicas al hablar de sus posibilidades. La última vez que Laura vio a Marion estaba cerrando una bolsa de dulces para el viaje en tren que se la llevaría del pueblo, y quizá aún seguía en la misma tienda preparando bolsitas de caramelos, a las que daba varias vueltas para cerrarlas, o puede que se hubiera convertido en una abuela cariñosa, pues en lo que a oportunidades matrimoniales se refiere nunca se sabe lo que depara el futuro.
Edna y Marion eran excepciones y como tales destacaban entre sus recuerdos. La principal preocupación de la mayoría de las chicas era encontrar marido y buscar pareja a sus amigas. Pues, por el momento, ninguna joven corriente estaba dispuesta a poner en duda la norma general según la cual el éxito o fracaso en la vida de toda mujer dependía de que consiguiera casarse. Si el matrimonio era bueno desde un punto de vista mundano tanto mejor, pero cualquier matrimonio era considerado un éxito, e incluso uno mediocre era mucho mejor que permanecer soltera. A pesar de que había brillantes ejemplos de soltería en todos los ámbitos, una mujer sola, o una solterona, siempre era vista con una mezcla de lástima y desprecio. La maestra de una escuela, una matrona de hospital o incluso la propietaria y gerente de un negocio de éxito, si no estaban casadas, eran incluidas igualmente entre las fracasadas. Mientras muchas que carecían de tales habilidades podían permitirse hablar con condescendencia de aquellas por el mero hecho de llevar una alianza en el dedo.
Como las demás jóvenes de su época, Laura daba por hecho que tarde o temprano se casaría. Desde que era niña había oído decir a la gente que esa era la única opción natural. «Mejor un mal marido que ninguno», decían con frecuencia las vecinas de la aldea donde nació y sus alrededores. Siendo todavía adolescente, cuando citaban el refrán en su presencia, a veces la tranquilizaban diciendo: «Pero tú no tienes por qué preocuparte. Te casarás sin problemas. Eres de las calladas que suelen gustar a los hombres». Y cuando Laura sacudía la cabeza afirmando que no tenía intención de casarse «nunca», ellas se reían y decían: «Muy bien, chiquilla. Esa historia ya la hemos oído antes. Tú espera a que aparezca don Perfecto. En cuanto te diga ven, irás corriendo, te lo garantizo». Al cumplir los veinte sin que don Perfecto se presentara, sus comentarios se volvieron menos benévolos. «¡Vaya, con veinte años y todavía sin novio!», exclamó una vieja amiga. «Mejor será que vayas buscando uno o te quedarás sola en el escaparate». Y cuando con veinticuatro años Laura al fin se comprometió, la misma anciana vecina dijo con emoción: «¡Ay! ¡Cómo me alegro! Me alegro de verdad. ¡Qué bendición que por fin hayas tenido suerte! De veras temía que te convirtieras en una de las desparejadas».
En lo esencial, las mismas ideas imperaban en Heatherley, si bien no se expresaban con la misma contundencia, y las chicas que no tenían prisa por abandonar su hogar a menudo debían sentirse ofendidas, igual que Laura, cuando la gente se inmiscuía en sus asuntos. No obstante, la mayoría de ellas parecían aceptar de buen grado la idea del matrimonio como uno de los objetivos primordiales de la vida y al final casi todas se casaban. Aunque no estaba claro si la presión del entorno las hacía precipitarse o no.
Las que no conseguían satisfacer dichas expectativas, o tardaban en hacerlo, a veces sufrían. Ese fue el caso de Izzy. Pocos años antes de que Laura la conociera era considerada la belleza oficial del vecindario por cuantos la rodeaban. Su pelo moreno y ondulado, sus ojos de un azul grisáceo y su figura esbelta y elegante destacaban por su aire de distinción entre las demás chicas de su edad, de tez pálida y mejillas rosadas y generalmente más entradas en carnes. Pero por aquel entonces Izzy tenía ya veintisiete años e iba camino de la soltería. A menos que se casara con Eric. Cuando ella no estaba, las demás chicas a menudo se preguntaban si Izzy se casaría o si su poco satisfactorio compromiso seguiría postergándose durante años para extinguirse al final sin llegar a nada. Algunas decían que en realidad ya se había casado, que llevaba su alianza colgada del cuello con una cinta bajo la ropa y que ella y Eric solo estaban esperando a que su padre muriera para proclamarse marido y mujer ante todo el mundo. Una de las chicas incluso llegó a decir que había visto una vez el anillo de boda, o al menos la cinta de la que colgaba, asomando bajo su escote. Pero Izzy no se había casado. Y posiblemente habría sido más feliz de haberlo hecho, incluso en secreto.
Izzy y su madre viuda vivían del alquiler de apartamentos en un pueblo cercano. En los meses de verano recibían a huéspedes de vacaciones. Uno de sus locales estaba ocupado por la sede de una entidad bancaria, y tenían como inquilino permanente a un hombre de negocios de mediana edad. Vivían bastante holgadamente y, tanto de niña como siendo ya una jovencita, Izzy había sido consentida por su madre, que sentía por ella auténtica adoración. Ya desde su adolescencia la madre había puesto todo su empeño en que «mi pequeña Izzy» o «mi querido corderito» se casara como es debido. Su sueño era que conociera a un adinerado y distinguido visitante veraniego de los que se alojaban en su casa, que se enamoraría de ella y la haría su esposa. Pero ese tipo de cosas no suceden a menudo. Y ella, que no era una mujer de carácter precisamente reservado, había confiado sus esperanzas a las chismosas del barrio, que no tardaron en difundirlas.
Cuando Laura conoció a Izzy, las esperanzas de su madre de que se casara a lo grande se habían esfumado pues, como decían las otras chicas, Izzy se había «liado» con un joven cuyo padre criaba caballos en el distrito. En aquellos tiempos, antes del advenimiento de los coches a motor, regentar un establo era un negocio importante y rentable. El propietario poseía sus propios caballos y vehículos, caballos de monta, caballos y carros en alquiler y a menudo un ómnibus tirado por caballos cubriendo la ruta entre el pueblo y la estación de tren más cercana. Llegado el caso, también era capaz de conseguir, aunque no la tuviera, una pareja de grises para una boda o un par de ejemplares negros de exuberantes crines y colas para un coche fúnebre. Daba trabajo a mozos de cuadra y conductores, acostumbraba a vestir elegante ropa de montar y a menudo se permitía mirar con altivez y condescendencia a comerciantes más corrientes. Esa clase de hombre era el padre del muchacho. Eric era un joven bien parecido que, con sus elegantes pantalones de pana y sus brillantes botas, solía montar a su caballo por la vecindad con aires de próspero caballero. Casi a diario cabalgaba hasta uno de los prados cercanos a Heatherley donde se encontraba con Izzy, desmontaba y con las riendas en la mano caminaba junto a ella mientras ambos conversaban con vehemencia sobre cualquier cosa, y sin duda también harían planes para su futuro matrimonio. En los momentos de optimismo darían por hecho que tarde o temprano se casarían, pues la esperanza es una planta perenne capaz de crecer con poco alimento. Pero en días más sobrios sin duda ambos eran conscientes de su complicada situación, pues Eric no tenía dinero ni expectativas, más allá de llegar a heredar en un futuro lejano el negocio familiar; algo que tardaría en suceder, puesto que su padre aún estaba en la flor de la vida y parecía tan saludable y casi tan apuesto como su hijo.
El señor Tolman pertenecía a esa clase de hombres de negocios prácticamente obsoleta, incluso entonces, que esperaban que sus hijos, y por supuesto también sus hijas, se quedaran en casa y trabajaran sin cobrar en el negocio familiar. Las chicas contaban que Eric le había pedido una vez a su padre cierta suma, que no llegaba ni a una libra semanal, y este le había respondido: «¿Y para qué diablos quieres tú un sueldo? Eres el amo de todo esto tanto como yo. ¿Es que quieres ser mozo de cuadra? Tienes un plato en la mesa todos los días y mi sastre te hará un traje de primera siempre que lo necesites, además de contar con una o dos libras en el bolsillo de vez en cuando. ¿Qué más necesitas, entonces? ¿Qué harías si lo tuvieras? ¿Irte al pueblo los sábados por la noche o juntarte con alguna muchacha ligera de cascos de por aquí? Mi lema es ganar todo lo posible con mi negocio, que antes fue de mi padre y de mi abuelo. Cuando haces las cosas como es debido el dinero genera dinero, dinero que será tuyo algún día».
De modo que Eric no tenía ingresos que le permitieran emanciparse. Cinco libras de su padre cada vez que cerraba un buen negocio de venta, una o dos libras que su madre ahorraba del dinero para la casa y le daba en secreto y una guinea de cuando en cuando que ganaba dando clases de equitación eran dinero más que suficiente para sus gastos personales, para apostar en las carreras o para invitar a beber a un amigo. Le hacía bonitos regalos a Izzy y nunca escatimaba en detalles como flores, dulces o frascos de perfume. Pero no podía casarse.
Era un muchacho atractivo y de naturaleza optimista, vivía en un hogar con todas las comodidades y dinero para gastos con el que habría estado más que satisfecho de no ser por su relación con Izzy. Él la amaba de verdad y quería desposarla, aunque no veía la necesidad de hacerlo inmediatamente.
—Tú tienes un buen hogar y también yo —decía él—. ¿Qué prisa tenemos? Al final todo acabará bien, ya lo verás. Sabes que soy honesto contigo, ¿verdad, Izzy?
Y entretanto la esbelta figura de Izzy se fue volviendo angulosa, sus hombros más erguidos y sus rasgos más afilados. Algunas de las chicas empezaron a tildarla de gafe, reprochándole que terminaría por echar a perder sus propias posibilidades de casarse, aunque seguían reuniéndose con ella ocasionalmente, y cuando la veían volvían a disfrutar de su carácter y su compañía como en los viejos tiempos.
En esta época más racional, una joven en la posición de Izzy habría puesto fin a la relación o sencillamente habría aceptado de buen grado su amistad sin llegar a comprometerse. Pero Izzy era afectuosa y fiel por naturaleza, por lo que no había para ella otra opción aparte de Eric, y no es probable que jamás se le pasara por la cabeza la posibilidad de ser únicamente amigos. En aquel momento, y en la clase social a la que pertenecían, no era frecuente la amistad entre un hombre y una mujer. La mera idea de ello era objeto de mofas y se consideraba antinatural. Un hombre, decían, solo quiere una cosa de una mujer, y la única forma de conseguirla es pasando antes por el altar. En cuanto a la clase de chica que alentara esa clase de relación, era tan mala como el hombre, o era una idiota al permitir que su juventud y sus posibilidades se le escaparan como arena entre los dedos. Se trataba de una ley tiránica para los pocos que tenían intereses más allá del sexo, pero había que someterse, pues en caso contrario los culpables tenían que soportar los chismorreos y críticas de la comunidad y tarde o temprano eran condenados al ostracismo por sus propios amigos.
Los jóvenes de ambos sexos que se sentían naturalmente atraídos a menudo sorteaban el problema comprometiéndose de forma apresurada, y cuando se arrepentían y cancelaban los votos también debían soportar los reproches de su comunidad. Si era el hombre quien rompía el compromiso, y por lo general era él quien lo hacía, se le consideraba un villano que había engañado a la pobre chica. Y si la culpable era ella, era una cruel casquivana o una tonta que se arrepentiría durante el resto de su vida de su mezquina y poco femenina determinación. Y una joven cuyo antiguo novio hubiera tomado la decisión se encontraba por lo general en una posición nada envidiable, pues se convertía automáticamente en objeto de una desdeñosa compasión, muy dolorosa para su orgullo.
En aquellos días, dichas rupturas de compromiso eran frecuentes, e incluso los periódicos se hacían eco de ellas informando en detalle e ilustrando la noticia con favorecedores retratos de los protagonistas. Cuando un nuevo caso salía a la luz, los comentarios solían durar días, entreteniendo y proporcionando tema de conversación a los interesados en la materia. Muchos tomaban partido por alguna de las partes. Los hombres generalmente simpatizaban con los hombres y las mujeres con las de su sexo. Y durante los consecuentes rifirrafes era frecuente que los sentimientos heridos se transformaran en dinero contante y sonante, así como la costumbre de disimular los propios errores sacando a la luz más trapos sucios del culpable. Laura nunca conoció personalmente a nadie que se viera implicado en semejante situación, pero a menudo oía amenazas y acusaciones vertidas sobre la cabeza de algún supuesto infractor. En una ocasión, no obstante, fue testigo de una lamentable escena que no pudo olvidar. Una chica tranquila, discreta y de dulce carácter a quien, al parecer, habían dado calabazas lloraba empapando su pañuelo y gemía desconsolada cuando de repente se puso de pie y, tirando el pañuelo al suelo, comenzó a gritar con inusitada violencia:
—¡Le haré sufrir por esto, recuerda lo que te digo! ¡Lo hundiré! ¡Lo hundiré!
Fue como contemplar a un inofensivo corderito rugiendo furioso como un león. Aunque, por supuesto, Millicent no cumplió sus amenazas. En lugar de eso soportó pacientemente los inevitables chismorreos y tiempo después conoció a otro candidato a marido que, esperemos, iba a ser un hombre más amoroso y fiel. Todo el que la conocía le deseaba lo mejor, aunque seguiría preguntándose cómo era posible que un corazón tan tierno y una mente tan racional se hubieran transformado de ese modo.
Exceptuando estas escasas complicaciones, la vida de las jóvenes de Heatherley transcurría sin sobresaltos desde una infancia protegida a una juventud despreocupada y de ahí a un matrimonio estable y sin sorpresas. Y, por regla general, eso era cuanto pedían a la vida. Sin embargo, más tarde, el destino les impondría mayores exigencias a muchas de ellas, pues las muchachas de aquellos días serían las madres de los jóvenes soldados que combatirían en la primera guerra mundial. Laura nunca supo cómo se enfrentaron a semejantes infortunios, pues había perdido todo contacto con ellas mucho tiempo atrás, pero, sin la menor duda, su genuina bondad les permitiría soportar todo aquello que la vida dejara caer sobre sus hombros. Y su antigua alegría de espíritu, mesurada con el tiempo y transformada en apacible felicidad, serviría de sostén para ellas mismas tanto como para los demás en los días de luto y dolor. Hay mucho que decir a favor, y quizá también un poco en contra, de la anticuada femineidad de la mujer.