Heatherley
El viento en los páramos
S u trabajo en la oficina de correos, las nuevas amistades y la rápida y constante lectura de libros de la biblioteca no llenaba por completo la vida de Laura en aquella época. Pero había otra actividad que constituía una de sus verdaderas pasiones, si bien disponía de menos tiempo para su disfrute.
Sentía un amor innato por la naturaleza y era capaz de apreciar enseguida la belleza natural de lugares que pasaban desapercibidos a ojos de espectadores menos avezados. En su propio condado, donde el paisaje era llano y hasta cierto punto vulgar, había muchos rincones mágicos que adoraba desde niña. Praderas de ranúnculos bordeadas por oscuros olmos, grandes y frondosos setos blancos de flores de mayo engalanados de rosas silvestres o madreselva, o cargados de bayas de acerola y escaramujo con grandes y plateadas borlas de usnea, dependiendo de la estación. Había también arroyuelos, cuyas orillas estaban alfombradas de hierba de sauce y ulmaria, que serpenteaban a través de prados donde las alondras revoloteaban en primavera y cantaban sobre el trigo aún verde y sobre las parcelas de mostaza de un deslumbrante amarillo. Y más entrado el año, cuando los pajarillos guardaban silencio y las crías de perdiz se escabullían piando escandalosamente en bandadas cada vez que se escuchaban pisadas en algún sendero de los prados, esos mismos campos se volvían dorados cuando el grano maduraba y las amapolas brotaban entre el maíz.
Había abandonado su hogar hacía tiempo, pero aún no había visto el mar. No obstante, sí había tenido ocasión de contemplar un saladar en Essex cubierto de limonio violeta hasta donde alcanzaba la vista. Y también una ría donde las redes rojas de los pescadores se secaban extendidas al sol y las algas se aferraban a las rocas de los embarcaderos, sobre cuyas aguas volaban en círculo decenas de gaviotas. Había amado todas esas cosas y las seguiría amando. Y si hubiera sido condenada a vivir el resto de su vida en una gran ciudad le seguirían perteneciendo, pues nada podría arrebatarle recuerdos tan preciados.
El amor que sentía por su lugar de nacimiento era como el que un niño siente por sus padres, un amor que lo da todo por sentado, más instintivo que inspirado por la experiencia, pero que dura toda la vida. Su amor por la campiña de Heatherley era distinto. La había asaltado de forma repentina el día de su llegada, en aquel momento de revelación en que, al dejar atrás el páramo, había descubierto los brezales en flor. Al instante había sentido que pertenecía a aquel lugar, y a medida que fue conociendo mejor aquellos prados y colinas la sensación se hizo cada vez más intensa. Fue más parecido a enamorarse inesperadamente que a sentir esa clase de afecto que uno intuye que crecerá con el tiempo.
Después de establecerse en Heatherley, su mayor placer en la vida era vagabundear por las colinas cubiertas de brezo aprovechando sus escasas horas libres a la luz del día o entretenerse en alguno de los bosques del valle, donde rumorosos caudales alimentaban el exuberante verdor de arbustos, helechos y musgos, e incluso la luz que se aventuraba a través de la fronda se teñía de ese color. Lo que más le gustaba era pasear a solas por esos lugares, pues, aunque pronto hizo algunas amistades, no tardó en descubrir que caminar en compañía era una experiencia muy diferente, apresurada y por lo general salpicada de charla y risas de principio a fin. Estos paseos solían coincidir con las últimas horas de la tarde, al oscurecer y tras el cierre de la oficina, y Laura siempre los disfrutaba. Pero sus favoritos eran los que daba en soledad. De ese modo podía detenerse a su antojo para contemplar alguna de sus vistas preferidas, observar a los pájaros, los insectos y los veloces lagartos que abundaban en los brezales, recoger flores de brezo con las que hacía pequeños ramilletes con olor a miel, enterrar los dedos en la tierra y dejar que se escurriera juguetona entre sus dedos o quitarse el sombrero bajo la suave llovizna en los días de bruma.
Los domingos por la mañana, después de cerrar la oficina, llegaba su momento favorito de la semana, y durante el invierno el único en que podía aprovechar para sus solitarios paseos. Si en lo referente al trabajo todo había ido según lo esperado, cuando el telégrafo entregaba su mensaje diario remitido desde Greenwich ella ya se había puesto el sombrero y el abrigo. «T-I-E-M-P-O—T-I-E-M-P-O—T-I-E-M-P-O», decía la transmisión. Y acto seguido, tras una pausa de escasos segundos: «¡D-I-E-Z!». Un instante después Laura había cerrado la puerta con llave al salir y ya había recorrido media calle en dirección a las colinas o el bosque. Durante la guerra de los Bóers, cuando aún faltaban muchos años para que se generalizaran los boletines de noticias radiofónicos y únicamente las ediciones muy tempranas de los periódicos dominicales, impresas el día anterior, tenían gran difusión, las autoridades gubernamentales creyeron necesario instaurar los boletines matinales con los últimos informes bélicos. Estos eran telegrafiados a todas las oficinas de correos para que fueran transcritos y expuestos al público en las ventanas. El boletín debía llegar antes de las diez, cuando las oficinas cerraban. Ocasionalmente llegaba antes de esa hora, pero en el caso de Heatherley era mucho más frecuente que llegara quince minutos, media hora o incluso a veces con una hora de retraso. Laura, que no tenía nada que objetar a hacer horas extra cualquier otro día de la semana con tal de finalizar cualquier tarea, se exasperaba cada vez que había retrasos en la transmisión de los domingos, pues como resultado se veía obligada a acortar su paseo.
Cuando al fin estaba libre, más tarde o más temprano, solo tardaba unos minutos en llegar a campo abierto. Sin molestarse en mirar a izquierda o derecha por si aparecía alguien que quisiera acompañarla, salía corriendo «igual que un bandersnatch» —como había dicho un vecino al verla pasar a lo lejos en cierta ocasión— y cogía el primer desvío en dirección al páramo a la salida del pueblo, un sendero arenoso flanqueado por altos setos salpicados de flores de brezo que discurría en dirección a uno de los valles, o «vegas» como solía llamarlos la gente del lugar. A cierta distancia del pueblo, cerca del sendero, estaba el hogar de uno de los escoberos, una casita baja de planta alargada circundada por varios cobertizos, junto a la que siempre había una buena pila de escobones de jardín listos para ser llevados al mercado. Un perro ovejero de aspecto salvaje y hosco ladrido estaba siempre en su caseta hecha a partir de un gran barril tumbado en el suelo y, al escuchar el más leve sonido de pisadas, se levantaba de un salto y empezaba a ladrar y dar tirones como loco a la cadena que lo amarraba. Probablemente hasta cierto punto la pobre criatura había enloquecido, pues durante toda su existencia, desde que era cachorro, había estado encadenado en ese lugar. Jamás lo soltaban, ni siquiera durante una hora, y solo es posible imaginar lo que sentía cada vez que veía pasar a otros perros correteando libres en compañía de amos más benévolos. El pobre animal seguramente no encontraría en vida el modo de resarcirse, pero al morir sin duda se cobró su venganza sobre la humanidad, aunque como suele suceder, la víctima no era la responsable de su antinatural existencia.
En esa época tuvieron lugar una serie de envenenamientos de perros. Había muchos perros ladradores en la vecindad —pues en aquel tiempo la gente ignorante pensaba que un perro guardián era mejor vigilante si estaba siempre encadenado— y uno por uno fueron apareciendo por la mañana muertos ante sus casetas, envenenados. Los propietarios, muy indignados, decidieron organizar rondas de vigilancia nocturna junto a los que seguían vivos. Cuando le llegó el turno a nuestro pobre amigo, los jóvenes vigilantes, escondidos tras un almiar, atisbaron una figura de un hombre que se acercaba bajo la brillante luz de la luna. Se detuvo ante la caseta y con cautela dejó en el suelo un trozo de carne (que, en efecto, resultó estar envenenada). Entonces los vigilantes salieron rápidamente de su escondite y atraparon al delincuente. Entretanto, el perro aprovechó la ocasión y comió la carne. El animal murió y los hombres debieron haberse llevado la sorpresa de sus vidas al descubrir que habían atrapado y dado un pequeño escarmiento a un respetado doctor, propietario de una gran casa en las inmediaciones del páramo, a pocos cientos de metros de la escena del crimen. Dirigía una clínica para pacientes aquejados de trastornos nerviosos, probablemente muchos de ellos casos límite de enfermedad mental, pues la mayor parte de su plantilla estaba compuesta por fornidos enfermeros varones, y los continuos ladridos día y noche de los pobres animales afectaban de tal modo a los enfermos que en un arrebato de furia había decidido tomar medidas extremas envenenándolos para hacerlos callar. Fue juzgado y declarado culpable, y aunque Laura había olvidado la pena que le impusieron sí recordaba que algunos vecinos del pueblo habían reunido dinero para alquilar un coche y asistir al juicio.
La compasión y la cobardía llevaron a Laura a buscar una ruta alternativa para sus paseos a través de un pinar con el único fin de evitar la que ella había bautizado como la casa del perro. Pero aun así seguía escuchando los incesantes y furiosos ladridos del animal hasta haberse alejado del pueblo y sus inmediaciones. Y en cierta ocasión, al escuchar un tintineo entre los troncos de los árboles, sintió que su corazón se detenía durante un instante, pues creyó que el perro había conseguido soltarse y estaba a punto de atacarla. Sin embargo, la criatura que se había extraviado y merodeaba tras ella no era más que una pobre y vieja cabra que, confundiendo a Laura con su dueño, la había seguido hasta toparse con una cancela.
El bosque más grande de la zona era considerado uno de los lugares de interés turístico del distrito. Se extendía a lo largo de un kilómetro bordeando las orillas de tres pequeñas lagunas donde las ramas bajas de los árboles se sumergían en el agua, los senderos estaban siempre resbaladizos y se corría el riesgo de tropezar con las raíces que sobresalían de la tierra. En primavera, los verdes prados que circundaban las lagunas se cubrían de delicadas flores blancas y colgantes de anémona de bosque, las onagras crecían formando grandes penachos en las orillas, y otras especies de flores y los árboles salpicados de retoños se reflejaban en las aguas de color verde pálido. En otoño, el follaje, rojo, amarillo y pardo que coronaba troncos y ramas se veía por duplicado, recortado contra el cielo y sobre la cristalina superficie del agua, donde más tarde flotarían las hojas caídas de las ramas desnudas, de innumerables tonalidades y colores.
Las lagunas constituían uno de los mejores paisajes de la región, por lo que se habían convertido en parada obligada para los turistas que visitaban la localidad, y junto con los bosques circundantes habían sido declaradas Patrimonio Nacional. En tiempos de Laura era un lugar que muchos elegían para ir de pícnic y los vecinos solían pasar por allí cuando salían de excursión los domingos por la tarde, aunque era poco frecuente que ella se encontrara con nadie allí los domingos por la mañana. Si bien es cierto que en una ocasión interrumpió el trabajo de un fotógrafo, que al verla aparecer le pidió, bastante irritado, que hiciera el favor de apartarse ya que estaba a punto de «tomar una fotografía». Sin duda él se habría descrito a sí mismo como un artista, pues parecía tomarse muy en serio su tarea, vestido para la ocasión con una cazadora de pana y luciendo una perilla apuntada a lo Guillermo Tell. Su equipo consistía en una gran caja cuadrada de madera, de cuya parte delantera sobresalía un fuelle como el de una concertina, colocada sobre un pesado trípode también de madera. Para hacer la foto cubrió su cabeza y la parte posterior de la cámara con un gran paño cuadrado de terciopelo negro.
Siguiendo uno de los senderos que partían de la orilla de las lagunas no se tardaba en llegar a un estanque de fondo arenoso alimentado por un manantial de agua cristalina que nacía un poco más arriba. El lugar era conocido desde tiempo inmemorial como el Pozo de los Deseos, y según la creencia local se cumplían las peticiones de todo aquel que bebiera de él, siempre y cuando arrojara al mismo tiempo un alfiler a sus aguas. Cuando Laura era joven, se podían ver decenas de alfileres oxidados brillando en el fondo, y ella misma había arrojado más de uno en diversas ocasiones, aunque con el paso de los años olvidó cuáles habían sido sus deseos o si se habían cumplido siquiera. Veinte años después, cuando el azar quiso que volviera a vivir en el condado, aunque no exactamente en Heatherley, visitó el pozo y lo encontró completamente cambiado. Habían construido una casa a pocos metros del sendero y el muro de un jardín se alzaba junto a la orilla del estanque. El agua del manantial aún fluía bajo el muro, pero ya no era un potente chorro cristalino sino apenas un hilo que manaba sin fuerza de un tubo de plomo. El profundo estanque arenoso había sido drenado y llenado con tierra, y la diminuta corriente vagaba sin rumbo definido atravesando el sendero hasta una ciénaga verdosa bordeada por el bosque. Justo debajo del tubo había un pequeño charco, pero en su interior no se veía un solo alfiler, ni oxidado ni brillante. Y por extraño que parezca, ninguna de las personas que Laura conoció en esa época había oído hablar del Pozo de los Deseos. Después de siglos de existencia, en el breve lapso de veinte años había desaparecido y su recuerdo se había desvanecido de la mente de los hombres.
No muy lejos del estanque había una profunda vaguada, aislada en tres de sus lados por altos farallones de piedra arenisca. Helechos, musgos y pequeños y achaparrados olmos ocupaban la mayor parte de su extensión, las prímulas florecían durante la primavera y grandes y jugosas zarzamoras maduraban con la llegada del otoño. Coronando el alto peñasco amarillo, en uno de los lados se alzaba una hilera de grandes pinos. Cuando Laura lo descubrió, era un lugar silencioso y aislado raras veces frecuentado por el ser humano. Según la leyenda, hacía ochenta o noventa años, en una noche oscura y ventosa, un jinete se había precipitado desde lo alto de uno de los riscos después de perderse en el bosque, falleciendo en el acto junto a su montura. Lo habían buscado por todos los rincones hasta que los cadáveres destrozados del hombre y el animal fueron encontrados entre los arbustos y helechos del fondo de la hondonada. Desde entonces el lugar había adquirido mala reputación. Todavía vivían algunos ancianos que afirmaban haber escuchado el sonido de pezuñas al galope, seguido de un estruendo y un silencio sepulcral, al pasar por allí alguna oscura noche de vendaval. Cuando Laura volvió a visitar la vaguada descubrió que había sido escogida como lugar de residencia por uno de tantos exsoldados desempleados que, durante algunos años, tras la guerra de 1914 a 1918, solían ocupar toda clase de lugares insólitos. Algunas de sus improvisadas viviendas eran ruinosamente inadecuadas, una visión lamentable, pero este inquilino no necesitaba la compasión de nadie. Los riscos, altos e imponentes, eran los muros de su casa, dormía al arropo de un refugio hecho con planchas y cocinaba a la intemperie en un hogar construido con ladrillos. Y a juzgar por el chisporroteo y el apetecible aroma, ese día tenía huevos con beicon para comer. Mientras daba la vuelta a las lonchas de carne ahumada cantaba vigorosamente una popular canción de aquellos años: «El petirrojo, rojo, rojo, sigue saltando, saltando, saltando», y también él parecía bastante saltarín. Los artículos de hojalatero cargados en un cochecito de bebé reconvertido proclamaban su medio de vida. Si tenía mujer o hijos no estaban allí. Probablemente nadie dependía de él, pues su tono de voz era alegre y despreocupado y en su rostro rubicundo no había arrugas. Iba bien vestido y aseado, y en general era un hombre presentable, especialmente si el observador era capaz de ignorar su terrible bizquera.
Probablemente nunca había oído la historia del jinete muerto, pues los años de la guerra habían hecho desaparecer de las antiguas zonas rurales muchas tradiciones y leyendas como esa. Y aunque lo hubiera hecho, no parecía ser un hombre de los que se asustan al oír entre los árboles en una noche oscura y ventosa las pezuñas de un caballo en pleno galope antes de un estruendo y un silencio sepulcral. Caballo y jinete habían dejado de existir, ahora sí, definitivamente. Durante ochenta o noventa años habían sobrevivido en la memoria del hombre, de la que ahora se habían esfumado, y el lugar se había convertido en escenario de una historia muy diferente. Posiblemente en la actualidad la escena ha vuelto a cambiar para dejar paso al «rinconcito agreste y encantador» de algún jardín particular.
Pero Laura no solía demorarse junto a las lagunas durante sus paseos matinales y enseguida tomaba un pequeño sendero de grava para continuar su camino. Era allí, mientras las flores de brezo rozaban el dobladillo de su falda y embriagada por el meloso aroma de los páramos, cuando la embargaba una insólita sensación de libertad que le permitía romper todo lazo con el mundo que a diario la rodeaba, aunque solo fuera brevemente. Una sensación que no volvería a experimentar en ningún otro lugar.
Había un remoto rincón del páramo que nunca había sido desbrozado ni quemado como sucedía cada temporada en lugares más cercanos a los pueblos. Allí la vegetación crecía alta y frondosa y las largas y oscuras ramas de los arbustos casi se tocaban en el aire, uniéndose desde ambos márgenes de los senderos que lo surcaban. Aquí y allá crecían solitarios algunos árboles achaparrados y deformes cuyas ramas muertas colgaban cargadas de líquenes de color humo, conocidos como barbas de viejo. Algunas rocas grises resaltaban desperdigadas entre la fronda, también cubiertas de musgo. Y en general flotaba en aquel escenario un aire arcaico y amenazador. No había rastro de actividad humana hasta donde alcanzaba la vista. No había túmulos funerarios ni otros restos prehistóricos, y tampoco herramientas de piedra ni armas, como los que Laura encontraría en zonas más cercanas al mar de ese mismo condado, aparecerían nunca en aquel paraje. No había parcelas demarcadas por muretes de turba ni huellas de arado visibles bajo el brezo o el musgo como en otros lugares que, si bien entonces estaban deshabitados, habían acogido asentamientos humanos en tiempos no muy lejanos. Durante su estación, el brezo florecía vistiéndose de un intenso color púrpura, que después se desvaía lentamente adquiriendo las habituales tonalidades, que iban del rosa tostado al marrón hasta oscurecerse de nuevo. Y ese era el único cambio perceptible en aquellos días. El único, al parecer, que ese solitario lugar había conocido.
Desde esa atalaya Laura podía contemplar Heatherley a su espalda, con sus tejados rojos y arracimados como los capullos de un rosal que se perfilaban ante un telón de fondo de altos pinos. Tan reciente sobre la faz de la tierra como una flor nacida ayer y quizá destinado a ser casi igual de fugaz, en comparación con la antigüedad de tantos lugares de sus inmediaciones. Una mañana de abril de violentos aguaceros y súbitos rayos de sol vio a lo lejos el nuevo hotel en la colina más allá de Heatherley, que de repente pareció cobrar vida destacando en mitad del oscuro escenario en el que se alzaba como una construcción tallada en marfil. La luz del sol se había reflejado en sus numerosos y amplios ventanales, magnificando de forma inusitada la intensidad de sus rayos, y el edificio entero parecía iluminado desde el interior. Como una linterna, pensó, como una enorme linterna encendida que alguien hubiera colocado allí por casualidad.
A veces descendía desde su improvisada atalaya hacia una de las alargadas y angostas marismas que se extendían entre las colinas para explorar sus estanques, deteniéndose de cuando en cuando con temeridad sobre alguna trémula isleta cubierta de juncos. Tritones de negro y reluciente lomo y panza anaranjada se deslizaban silenciosa y ágilmente entre sus pies; las ranas permanecían inmóviles, acuclilladas como ancianos caballeros con sobrepeso, bajo frondosas sombrillas de helecho; las mariposas revoloteaban con parsimonia sobre los estanques en el aire cálido y libélulas recién salidas de sus crisálidas secaban sus alas al sol antes de desaparecer a gran velocidad entre la fronda, como efímeros milagros de azul y plata. En los estanques más claros la agrimonia, la planta de nacimiento de Laura al ser sagitario, flotaba en abundancia sobre sus hojas con forma de flecha junto a otras plantas, flores acuáticas y abundantes musgos. En una ocasión encontró varias espigas de asfódelos de pantano, cuyas constelaciones amarillas de forma estrellada resplandecían ante los juncales. Y otra vez, más arriba en el páramo, descubrió una solitaria espiga de un raro ejemplar de genciana de un azul celestial. En eso consistían sus inocentes aventuras.
Pero Laura, que estaba sobradamente versada en todo lo relacionado con la naturaleza, carecía de preparación en temas más mundanos. Hacía y decía muchas cosas que en esa época le parecían naturales, pero el resto de la gente consideraba cuando menos dudosas. Y mientras recorría el reino olvidado de los páramos, el resto del mundo no se olvidaba de ella. Todos se percataban de sus idas y venidas, y esas solitarias caminatas de los domingos por la mañana despertaban las sospechas de no pocos de sus vecinos. Uno especialmente curioso, tal como le contaron más tarde, llegó a tomarse la molestia de seguirla a cierta distancia «solo para ver quién la esperaba». La curiosidad del susodicho no obtuvo la recompensa prevista, mas el espionaje al que fue sometida debió de continuar, pues su posterior amistad con Bob Pikesley y su hermana dio lugar a habladurías malintencionadas que le harían pasar más de un mal trago.
Se encontró con Bob una mañana de domingo en uno de los lugares más remotos del páramo que había descubierto recientemente, mientras él cuidaba de sus tres o cuatro vacas, que pastaban en uno de los prados de hierba mordisqueada por los conejos cercanos a su casa, delimitados por arbustos de tojo. A ella siempre le había parecido un hombre bastante mayor. Era de corta estatura y tenía los hombros ligeramente caídos, lo que le hacía parecer más bajo de lo que era. Tenía la piel prematuramente arrugada en torno a unos sagaces ojos grises, sin duda a causa de la vida a la intemperie, y solía llevar ropa de colores ocres, característica de los que vivían de la tierra y disponían de escasos medios económicos. Nunca se le veía sin su cayado en la mano, un recio palo de madera de fresno que a buen seguro él mismo había tallado y que utilizaba para controlar a las vacas cuando se apartaban del resto, para caminar y para trazar círculos y cruces en la tierra en los momentos ociosos. Cuando sus vacas encontraban buen pasto, él se sentaba durante una hora, encorvado en un margen del sendero, y hacía curiosos dibujos en el suelo con su cayado. Decía que «en otra época» solía leer, pero al parecer había renunciado a la lectura, quizá como una mala costumbre o una pérdida de tiempo, pues mientras Laura tuvo trato con él no lo vio abrir un libro ni coger un periódico. Al principio lo confundió con un pastor que cuidaba las vacas de otro. Pero, si bien vivía como un jornalero más, a todos los efectos Bob era su propio amo, un propietario con derechos de comunero que vivía en una casa de su propiedad junto a su hermana viuda.
Su hogar estaba tan escondido entre dos colinas que era posible pasar a cien metros sin percatarse de su existencia. Era una casita estrecha con cobertizos situada en una vaguada tan angosta que los tres prados que abarcaba la propiedad parecían un lazo extendido por su longitud y anchura. Como el propio Bob decía, podías tirar una piedra de una colina a la otra justo por encima de la chimenea sin enterarte de que la casa estaba ahí abajo. Las colinas bloqueaban la luz del sol durante gran parte del día, por lo que disponían de un jardín verde donde crecían a su antojo arbustos, helechos y plantas de las que proliferan a la sombra, como lirios del valle y sellos de Salomón. El tejado de la casa no era menos verde que el jardín, pues el musgo y la siempreviva lo habían cubierto casi por completo y no podían permitirse renovarlo. Un arroyuelo corría no muy lejos de su puerta, casi en paralelo a un sendero de ladrillo rojo junto al cual se alzaba el blanco esqueleto de un árbol cuyas ramas habían podado para utilizar como perchas de las que colgaban las lecheras después de ordeñar cada mañana. Los prados recibían más luz solar que el jardín, pues a esa altura el valle era menos profundo. Pero la tierra no era buena salvo para que los animales pastaran en el brezo, de modo que Bob y su hermana apenas ganaban para vivir.
Por la mañana y al anochecer, Bob llevaba su producción de leche en un destartalado carromato tirado por un greñudo poni hasta la lechería del pueblo más cercano y regresaba después de hacer las compras estrictamente necesarias. Durante las expediciones sin duda conversaría con sus vecinos, aunque al parecer evitaba las noticias del día, o en caso contrario nunca repetía nada de lo que había oído en el pueblo. Su interés se centraba únicamente en sus vacas, sus aves de corral y sus pastos. Y si acaso en el páramo, que consideraba básicamente una despensa de la cual tenía derecho a coger forraje y leña. Cuando llevaba a sus vacas a pastar y estas encontraban un lugar interesante, él se sentaba durante horas en algún montículo desde donde pudiera vigilarlas sin tener que moverse, probablemente sin pensar en nada.
Laura no sabía si sus notables conocimientos sobre el páramo procedían de la mera observación o de alguna instintiva e innata sabiduría. Lo cierto es que apenas miraba a su alrededor desde su habitual posición encorvada mientras hacía sus jeroglíficos en la tierra con el cayado o clavaba la mirada en el suelo con el mentón apoyado en las manos entrelazadas. Y sin embargo conocía cada flor, ave, bestia o reptil, como él mismo dijo en un momento de inusitada locuacidad, «como el dorso de su mano». En cualquier estación del año y sin importar el lugar donde estuviera, era capaz de encontrar el camino hasta un nido para ver los huevos o la joven progenie de cualquier ave del páramo, o de señalar el lugar donde crecía cualquier flor y planta que llegara a necesitar. Sabía la hora del día por la posición del sol y con frecuencia pronosticaba acertadamente el tiempo por el viento y las nubes.
Un día Laura comentó por casualidad que a menudo le habían contado que había víboras en los páramos, pero nunca había visto una. Sin pronunciar palabra él le indicó que lo siguiera hasta un matorral de tojo que crecía a escasos metros, donde uno de los senderos arenosos del páramo giraba abruptamente. Aún sin hablar, se llevó un dedo a los labios ordenando silencio. Pocos segundos después una serpiente asomó su cabecita de aspecto malvado entre el brezo, a un lado del sendero, se detuvo un instante para comprobar que no había peligro y después siguió deslizándose con sigilo hacia el otro lado.
—¿Ve las marcas en el cuello y en la espalda? —murmuró Bob hoscamente—. Son uves, uves de víbora. No toque nunca una serpiente con esas marcas en la piel. Las lleva a modo de advertencia.
Antes de que terminara de hablar, la cola de la víbora había desaparecido entre la vegetación del otro lado del sendero. Para gran alivio de Laura, pues por un instante temió tener que presenciar el repulsivo espectáculo de su sacrificio. De todas formas, un escalofrío recorrió su espalda y se le puso la piel de gallina a causa de ese horror instintivo e irracional a las serpientes que parece ser el legado de los tiempos del Jardín del Edén.
—¿Que cómo sabía que estaba ahí? —dijo Bob después de volver a acomodarse en su montículo—. Bien, se lo diré. No es ninguna brujería. Cuando estábamos hablando me fijé en esos arbustos de ahí, ¿los ve? —y señaló—. Se movían como si hicieran ondas, una detrás de otra. Se podría pensar que había dos o más de esos astutos bichos, pero yo supe que probablemente sería uno solo. A esas serpientes de hierba les gustan los lugares frescos y otros reptiles más lentos se desplazan tan pegados al suelo que apenas agitan la maleza al moverse. En cuanto a por qué sabía que cruzaría al otro lado del sendero, cualquier idiota lo habría intuido por la dirección en que avanzaba. Y no, nunca me molesto en matar a esas pobrecillas, a menos que encuentre a alguna cerca de mis vacas. No me hacen ningún daño, así que ¿por qué iba a hacérselo yo? Además, no conseguiría trabajar gran cosa si saliera corriendo con mi cayado cada vez que veo algo retorciéndose entre la maleza.
En otra ocasión Bob y ella se habían cobijado de un repentino aguacero en un pequeño pinar situado en lo alto de un promontorio a pocos metros del sendero. Como pájaros en una jaula, pensó Laura mientras contemplaba los plateados dardos de lluvia cayendo a su alrededor, especialmente al ver a una bandada de pardillos que también se habían refugiado allí y revoloteaban canturreando entre las ramas más altas de los pinos. Bob permaneció en el otro extremo del bosquecillo vigilando a las vacas y observando el progreso de la súbita tromba de agua. Se había echado al hombro la vieja bolsa de sarga que usaba para sentarse sobre la hierba y, ligeramente inclinado hacia delante apoyándose en su cayado, tenía más que nunca el aspecto de un campesino. Finalmente se irguió y contempló el cielo atentamente.
—Aún durará un rato —dijo—. Esa nube que se acerca por el oeste también va a descargar. ¿Por qué no se sienta y descansa?
Laura observó las agujas de pino, húmedas y brillantes de otros aguaceros, y negó con la cabeza.
—¿Está demasiado mojado para usted? —dijo Bob, riendo—. Ay, ay, pobre criatura indefensa. ¿Es que no sabe que siempre hay un lugar seco donde sentarse en un pinar, en cualquier clima?
E inmediatamente se agachó, rascó la capa más superficial de agujas de pino y le dijo que tocara el suelo cálido y seco dos o tres centímetros por debajo.
—¿Lo ve? —dijo—. Siéntese y apoye la espalda en ese tronco y estará tan cómoda como una reina en su trono.
Pero aunque Bob hablaba ocasionalmente con Laura, era un hombre silencioso por naturaleza, y con frecuencia su conversación se reducía a un «buenos días» y algunos comentarios sobre el tiempo. Ella, que daba por hecho que prefería estar solo, a menudo pasaba a escasos metros de donde se encontraba sin decirle nada. A veces, al contemplar el paisaje desde una colina, lo veía a lo lejos, sentado en su habitual posición encorvada y con la mirada clavada en el suelo, y se preguntaba qué estaría pensando. Cuando se conocieron, ella supuso que estaría inmerso en alguna profunda reflexión. Quizá fuera una especie de filósofo campesino o un poeta mudo que no podía, o no quería, expresar sus ideas con palabras. Sin embargo, aquella suposición, más bien una fantasía suya, no podía estar más lejos de la realidad. Cuando llegó a conocer mejor a Bob descubrió que se trataba de un hombre de ideas bastante limitadas y tan desprovisto de afectos humanos como cualquiera de sus congéneres. Cuando, de forma muy ocasional, hablaba acerca de otras personas lo hacía hosca y brevemente. A veces aludía casualmente a su hermana. «Jeannette hizo esto» o «Jeannette dijo aquello», pero al parecer sin el menor atisbo de sentimiento.
Solo una vez abrió la boca para sincerarse sobre los demás miembros de su especie y fue para denunciar la terrible injusticia de la que había sido objeto. Dos o tres años antes de que Laura llegara a Heatherley, un inspector sanitario nuevo en el distrito había visitado la pequeña explotación ganadera de Bob para evaluar sus métodos de ordeño. Inmediatamente había decidido que su abastecimiento de agua, procedente de un pozo poco profundo alimentado por uno de los manantiales naturales del valle, era inadecuado. Bob alegó que el agua de ese pozo había sido utilizada por su familia para beber y para el cuidado de las vacas durante toda su vida y antes durante la de su padre, y nadie había enfermado por ello. Pero sus argumentos no sirvieron de nada. No podía dar marcha atrás al reloj. Los nuevos tiempos traían consigo nuevas ideas y lo que había sido útil en el pasado no podía serlo para la nueva generación, consciente de los gérmenes. Antes de marcharse, el inspector le dio un ultimátum, o conseguía una nueva fuente de abastecimiento de agua o tendría que dejar de vender leche.
De modo que se vio obligado a excavar un nuevo pozo, con un coste de ochenta libras. Bob no dijo si disponía de esa suma o había tenido que pedirla, pero al acusar al inspector de haberlo encadenado para el resto de su vida pareció evidente que había tenido que pedirlo. Quizá el peso de la deuda explicaba en parte la acritud de su tono de voz al contar la historia de «aquel joven demonio remilgado salido de Dios sabe dónde, que después de hundirme volvió a desaparecer para siempre». Pues para más inri aquel inspector solo había ocupado el puesto temporalmente y abandonó el municipio antes de que el pozo estuviera terminado.
—Cualquiera diría que el diablo o alguien lo envió aquí solo para obligarme a cegar ese pozo. Que yo sepa no interfirió en la vida de nadie más en ese tiempo. ¡Ay, con qué ganas lo habría enterrado también a él ahí abajo! Pero en ese pozo ya no habría agua, no. ¡No habría más que fuego y azufre!
Laura se sintió obligada a reconocer que la aparición del inspector había sido una injusticia para Bob. Aunque en secreto sospechaba que la nueva reserva de agua era necesaria, pues como mucha otra gente de su generación que acostumbraba a leer los periódicos era plenamente consciente de los gérmenes y los peligros que acarrean.
Solo en una ocasión llegó a ver a Jeannette, la hermana de Bob. Fue cuando este le pidió que le entregara un mensaje a ella de su parte si pasaba cerca de su casa al regresar al pueblo. Se lo preguntó sin rodeos, no como quien le pide un favor a una persona adulta, sino como si se dirigiera a una niña. Y a Laura no le habría sorprendido que hubiera terminado diciendo «y si vas rápido además te daré un penique». Finalmente, no se mencionó penique alguno, aunque ella sí obtuvo su recompensa.
El interior de la casa de Bob era tan simple que resultaba casi primitivo, con una gran chimenea abierta, paredes encaladas de blanco y suelo de piedra en el que los pies de varias generaciones habían ido señalando un sendero que iba desde la puerta hasta el hogar. En cuanto a los muebles, solo había una mesa con sus sillas y un armario en un rincón del que Jeannette sacó un vaso en el que sirvió leche para Laura. Jeannette parecía mayor que Bob, con el pelo casi blanco, mientras el de él solo estaba tiznado de gris. Era alta y se movía muy erguida y tenía unos bonitos ojos oscuros que, lejos de parecer astutos e incluso algo pícaros como los de su hermano, tenían una expresión distante y abstraída. La mirada de alguien que escucha como si estuviera concentrada en distinguir algún sonido a lo lejos, pensó Laura. Su acento era más correcto que el de Bob y, al contrario que él, no solía utilizar palabras en dialecto. Su ropa, si bien sencilla, estaba limpia y cuidada.
Le contó a Laura que se levantaba todos los días a las cuatro de la madrugada para ordeñar a las vacas y preparar el desayuno de Bob, antes de que se marchara al pueblo con el carro de la leche. Entretanto, su hermano limpiaba la cuadra, alimentaba al caballo y se preparaba. Además de estas y otras rutinas habituales, a menudo él trabajaba una hora en los prados. Cuando Laura comentó que ambos llevaban una vida muy dura, ella le lanzó rápidamente una penetrante mirada y dijo: «Puede que a mucha gente se lo parezca, pero las hay peores». Exceptuando algunos comentarios tópicos sobre el tiempo y el ganado, eso fue básicamente todo lo que hablaron, pues se estaba haciendo tarde y Laura tenía que llegar puntual a la cena del domingo. No obstante, para sorpresa de Laura, Jeannette la animó a entrar a verla siempre que pasara por allí. Así charlarían mientras le servía un vaso de leche. Pero no regresó, aunque aquel día se marchó con intención de hacerlo, pues inmediatamente después se enteró de los chismorreos acerca de sus paseos en soledad y se vio obligada a acortarlos. No renunció a ellos por completo, ya que era incapaz de hacerlo, y mientras estuvo en Heatherley los páramos se convirtieron en lo que ella percibía como los cimientos que soportaban su día a día. Sin embargo, en adelante sería más cautelosa y caminaría sin salir de los senderos marcados, en lugar de aventurarse como deseaba por las colinas y más allá.
Veinte años después, cuando volvió a vivir en el condado, Laura descubrió casualmente que la mujer que iba a limpiar a su casa era natural de Heatherley. Cuando le preguntó si conocía a Bob y a su hermana ella le contó que los había tratado cuando eran niños. Sin embargo, al crecer se «volvieron algo raros» y nadie se relacionaba demasiado con ellos. Ambos habían muerto. Fue durante la epidemia de gripe, como la gente solía llamarla, justo después de la guerra. Los dos se contagiaron a la vez y nadie se ocupó de ellos. De no ser por un anciano que solía comprarles leche, que envió a alguien a comprobar si le había pasado algo a Bob y a sus vacas, podrían haber muerto sin que nadie se enterara de lo sucedido en mucho tiempo. Los trasladaron al hospital más cercano, pero ya era tarde para salvarlos. Y, en su opinión, los hospitales eran demasiado buenos para esa clase de gente asilvestrada. No había más que ver a los gitanos, que siempre decían que ser ingresado en un hospital es sinónimo de muerte segura para los de su tribu.
Cuando Laura consiguió sutilmente que volviera al quid de la cuestión, la mujer le contó que Jeannette, a diferencia de Bob, no había vivido toda su vida en el páramo. De muchacha se había marchado para servir como enfermera. Después, durante algunos años había estado casada con el capitán de un pequeño carguero al que acompañaba en sus travesías. La señora Judd dijo que recordaba verla llegar en vacaciones, «vestida de punta en blanco» y demasiado orgullosa para hablar con sus antiguas compañeras de escuela. Pero el orgullo no te salva de la desgracia y sin duda la pobrecilla tuvo la suya más adelante.
Ya no recordaba todos los detalles, pues había sucedido hacía muchos años y en esa época ella vivía más al norte, casada y quedándose embarazada cada dieciocho meses con la puntualidad de un reloj. En aquellos tiempos se manejaban mejor esas cosas. Pero qué estaba diciendo. ¡Oh, sí! En fin, el barco del capitán había naufragado durante una tormenta cerca del cabo Land’s End, mientras se dirigían a Londres desde Cardiff, y el marido de Jeannette se había ahogado, salvando ella la vida de puro milagro. Eso sí lo recordaba, pues la noticia había salido en la prensa y alguien le había enviado un periódico desde el pueblo y lo había leído. Quizá estuviera equivocada, pero creía que Jeannette incluso había perdido la razón durante un tiempo. Estuvo ingresada en un psiquiátrico o en un hospital, no estaba segura, y después de todo tampoco tenía ya mucha importancia. En cualquier caso, tardó mucho tiempo en regresar a su antiguo hogar y entonces lo único que hacía era vagar por los páramos como un fantasma, sin mirar a nadie y mucho menos hablar. Sin embargo, cuando su madre envejeció y se puso enferma pareció recuperar la cordura y empezó a ocuparse de la casa y de las vacas y atendió a su madre hasta el final. Después se quedó a vivir con su hermano. La gente decía que los dos estaban un poco tocados del ala, y a ella no le costaba creerlo, pues habría enloquecido de haberse visto obligada a pasar tan solo un mes aislada de esa manera.
¡Pobre Jeannette! Si esa historia era cierta, y sin duda lo era en lo esencial a pesar de la vaguedad con que se la habían contado, bastaba para explicar la tensa y ausente expresión de su mirada que tanto había desconcertado a Laura cuando la conoció en su juventud. Por encima del zumbido de las abejas entre las flores de brezo, del suave susurro de los pinos y del tamborileo de las gotas de lluvia, a veces escucharía el rugido de las olas del Atlántico azotando sobre una tumba sin nombre.