Heatherley

Flora Thompson · Capítulo 6 de 12

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Heatherley

Los Hertford

 

E n ciertos aspectos Laura nunca había estado tan cerca de la felicidad como durante los primeros meses que vivió en Heatherley. Tenía un trabajo que le gustaba, una nueva campiña por explorar, muchos libros que leer y gente interesante a la que observar. El único inconveniente era vivir en casa de los Hertford. Para alguien de su edad y su carácter resultaba incómodo permanecer callada y no implicarse cuando estallaban las disputas entre marido y mujer, y más angustia aún sentía cada vez que uno de los dos contendientes se dirigía a ella en busca de apoyo. Cuando esto sucedía, su habitual sentido común parecía abandonarla y terminaba diciendo algo que cualquiera de los dos podía utilizar en su beneficio, añadiendo así más leña al fuego. O se excusaba, a menudo con total sinceridad, argumentando que no sabía o no podía recordar lo que se había dicho o hecho uno o dos días antes, con lo que conseguía ofender sin pretenderlo a una de las partes o a ambas.

Por lo general, los breves intervalos de reconciliación resultaban igualmente difíciles de presenciar, pues el marido trataba a su esposa como si hubiera decidido perdonarla, con insultante condescendencia, y ella se dirigía a él con una actitud de excesivo fervor. En esas ocasiones la señora Hertford era sincera, si bien demostraba ser poco astuta. En los momentos más felices solía confesarle a Laura que, a pesar de cómo la trataba, amaba a su esposo con devoción. La amabilidad de él, por otra parte, parecía obedecer en mayor medida a un transitorio sentimiento de piedad, o quizá de remordimiento. Otras veces resultaba obvio para cualquier espectador que se limitaba a representar el papel que más le convenía en cada momento. Una tarde, al entrar en la sala de estar para guardar el efectivo en la caja fuerte durante la noche, Laura encontró a la señora Hertford arrodillada sobre la alfombra de la chimenea con la cabeza apoyada en la rodilla de su marido mientras él, sentado en una silla, le mesaba suavemente el cabello. La escena, ya de por sí embarazosa para cualquiera que conociera la relación de la pareja, adquirió tintes de auténtico horror cuando el marido, apartando la mirada de la cabeza de su devota esposa, dedicó a la recién llegada una pavorosa mueca que hizo que un escalofrío la estremeciera de pies a cabeza.

Desde entonces Laura despertaba a veces en plena madrugada y oía pasos en las escaleras o en el pasillo frente a la puerta de su habitación, y en más de una ocasión llegó a levantarse en medio de la oscuridad con la impresión de que alguien había estado de pie junto a su cama. Una noche creyó haber escuchado la puerta cerrándose con suavidad. Ella no tenía llave y no se atrevía a pedir una, teniendo en cuenta que dormía allí únicamente gracias a la deferencia de su patrón, y además ni siquiera estaba segura de no haberlo soñado todo. Sin embargo, la mera posibilidad de que alguien pudiera rondar por la casa en plena noche la angustiaba terriblemente y deseó más que nunca tener una buena amiga, mayor y más sabia que ella, a quien acudir en busca de consejo. No había nadie en el pueblo en quien pudiera confiar sin llegar a exponer la privacidad de los Hertford y todo parecía demasiado impreciso para explicárselo a su madre en una carta. No le había contado nada acerca de los problemas que enfrentaban al matrimonio, pues sabía que la preocuparía y en aquella época ya tenía bastantes cosas en que pensar.

Laura se encontraba muy sola en ese tiempo. Estaba lejos de casa y de sus amigos de infancia. Y habiendo llegado a Heatherley recientemente, sus nuevos amigos eran en realidad poco más que colegas. Por otra parte, en su mayoría eran jóvenes de su edad, agradables para charlar sobre cuestiones mundanas, pero muy poco conocidas aún para confidencias. También tardaría mucho en volver a visitar su hogar. Tuvo que pasar todo un año en Heatherley antes de poder tomarse unas vacaciones, y hasta su segundo verano allí no pudo plantearse seriamente ir a ver a su familia. Por supuesto, tampoco podía acudir a la señora Hertford para confiarle sus miedos. Bastante tenía ya que soportar la pobrecilla sin necesidad de hacerle frente a lo que, después de todo, podían ser meras fantasías. A la luz de posteriores acontecimientos llegó a la conclusión de que durante su estancia en casa de los Hertford había estado expuesta a cierto peligro real, y su mera presencia allí posiblemente había empeorado las diferencias entre la infeliz pareja. Pero en aquel momento no tenía la menor idea de todo esto y, puesto que no había ningún otro alojamiento disponible, permaneció en su casa durante todo su primer invierno en Heatherley.

Un día, en un arrebato de sinceridad, la señora Hertford le contó a Laura la historia de su matrimonio. Antes de casarse había sido institutriz de varios niños cuyos padres habían alquilado durante un verano una casa amueblada en el distrito de Heatherley. Estando allí había conocido a su actual marido, que por aquel entonces se había hecho cargo de la nueva oficina de correos, en aquella época mucho más pequeña y carente de telégrafo y otros servicios que pudieran requerir personal cualificado. Su ama de llaves se había encargado hasta entonces de vender sellos y pesaba los paquetes durante el día, y él mismo se ocupaba de preparar la saca con el correo nocturno después de trabajar todo el día en su negocio. Pero el ama de llaves estaba a punto de marcharse, de modo que la señora Hertford, entonces señorita Mosley, aceptó su puesto. Seis meses después se habían casado.

Acerca de los motivos que los empujaron a casarse, la señora Hertford insinuó, probablemente de forma accidental, que en el pueblo había habido habladurías sobre ellos y que por ese motivo ella incluso había pensado en renunciar formalmente a su puesto. Él le había pedido entonces que se casaran y le contó la historia de su vida, que a su vez la señora Hertford repitió para Laura. Era una historia muy del gusto de ciertos novelistas victorianos de segunda que acostumbraban a hablar sobre orgullos paternos, hijas obedientes con el corazón roto y amantes infieles. Incluso Laura, que había nacido en plena era victoriana, sintió al oírla que pertenecía ya a una época lejana, pues a principios de siglo las antiguas ideas acerca de la autoridad paterna y la sumisión filial habían sido ampliamente superadas.

George Hertford era hijo de un posadero que había estudiado hasta la escuela secundaria y más tarde había sido aprendiz de lo que entonces se consideraba un oficio superior, la ebanistería. Sin embargo, cuando siendo aún adolescente se había enamorado de la hija de un acaudalado granjero, los padres de ella habían prohibido la relación, tildándola de inadecuada y denigrante. Al principio la chica —llamada Leticia, o Letty— debió haber desafiado a sus padres en cierta medida, pues mientras le contaba la historia a su futura esposa, George había dicho que solo mediante amenazas y embustes habían logrado que ella se resignara a no ver ni escribir a su amado. Nunca llegó a contarle qué clase de artimañas habían utilizado, aunque estaba seguro de que no habían llegado a emplear la violencia física con su única hija —«la niña de sus ojos», por emplear la expresión de George—, por lo que sin la menor duda el abuso fue de índole psíquica, o quizá se limitaron a encerrarla en su dormitorio, si bien esa clase de medidas estaban ya bastante en desuso en los años setenta del pasado siglo. En cualquier caso, habían logrado imponer su voluntad y la habían obligado a prometer que no volvería a saber nada del hijo del posadero.

Aunque Letty cumplió las exigencias de sus padres de cara a la galería, consiguió ver a George una vez más para decirle que nada ni nadie cambiaría lo que sentía por él. No podían fugarse y casarse, pues ninguno de los dos tenía dinero, pero en ese último encuentro hicieron una promesa. George emigraría a Australia donde, según se decía, los hombres de su oficio ganaban grandes fortunas en las ciudades importantes. En cuanto reuniera dinero suficiente regresaría a Inglaterra y pediría formalmente su mano a su padre. Este, esperaban, convencido al fin de que las perspectivas de futuro de George habían mejorado, permitiría su matrimonio y lo haría socio de su granja o le ayudaría a obtener financiación para su propio negocio de ebanistería. Si aun así se negaba a aceptar su casamiento, se fugarían. No podrían escribirse, Letty insistió en ese punto, pues se lo había prometido a sus padres, pero podían comunicarse de cuando en cuando a través de los de George. Como era costumbre antiguamente en la campiña, se estrecharon la mano sobre un chorro de agua corriente y tras jurarse fidelidad se despidieron con tristeza, claro está, pero alegres y esperanzados pensando en el futuro.

George había reservado un pasaje para Sídney, donde vivía un antiguo colega de profesión que creía poder ayudarlo a encontrar trabajo. Sin embargo, en Adelaida, donde los pasajeros pudieron desembarcar durante una escala de varias horas, un desconocido lo detuvo al bajar del barco para preguntarle a qué se dedicaba, y cuando respondió, el otro le ofreció empleo con un elevado salario. Las historias que había oído en Inglaterra no eran en absoluto exageradas. En las ciudades australianas había una gran escasez de artesanos cualificados y los ebanistas capaces de fabricar y tallar muebles elaborados y de gran tamaño eran especialmente demandados para atender las exigencias de todos aquellos aventureros que habían amasado grandes fortunas con la minería de oro y en la actualidad deseaban amueblar sus mansiones recién construidas en un estilo conocido como tiptop. Durante tres años George, como él mismo decía, solo tuvo que agacharse para recoger dinero. Laura le había oído contar a menudo esa parte de la historia y sin duda había vivido algunas aventuras curiosas en esa época. Los nuevos millonarios, muchos de ellos hombres sencillos y generosos que habían ganado sus fortunas con facilidad, tenían dinero a espuertas, como solemos decir hoy en día. No se daban por satisfechos pagando una elevada suma por un artículo que resultaba ser de su agrado, sino que insistían en obsequiar con un bonito regalo al trabajador que lo había hecho. Eran aficionados a los muebles aparatosos y profusamente tallados y sobre todo disfrutaban contemplando en persona la evolución del trabajo. George Hertford tenía un notable talento para esa clase de artesanía y posiblemente algunas de sus piezas aún sean atesoradas actualmente por familias de las antípodas que señalarán con orgullo las iniciales de sus abuelos talladas en ellas por él.

De cuando en cuando su madre mencionaba a Letty en sus cartas. Al principio había mensajes suyos, le enviaba amor y vivía esperando el día de su regreso. Después los mensajes se volvieron más escasos. Sus padres la ataban muy corto, pensaba su madre, pues era raro verla por el pueblo. Sin embargo, ambas habían coincidido recientemente en la iglesia y ella se había dado la vuelta y le había sonreído desde su banco. Llevaba un sombrerito encantador de terciopelo azul martín pescador que resaltaba su hermosa melena. Tenía la cara algo afilada y a su madre le pareció más delgada, como si hubiera estado angustiada por algo. En cualquier caso, no había motivos para que George se inquietara y mencionaba esto solo para aclarar que Letty no era de las que salían a pasárselo bien en su ausencia. Después, durante todo un verano, Letty estuvo en la costa. No se había encontrado muy bien de salud y el médico le había prescrito como tratamiento aire marino y baños en el océano. Pero George no debía preocuparse por ella, pues la cosa no parecía grave. La última vez que su madre la había visto tenía buen color y la brisa del mar pronto haría desaparecer esa tos. Tres meses después estaba de regreso en casa, pues la madre de George se había encontrado con ella en Cudhill Lane y le había pedido que le enviara todo su amor a su querido Georgie. Tan parcas noticias debían ser motivo de escasa alegría para un enamorado. Pero, aunque no fueran del todo satisfactorias, sí conseguirían animarlo, pues el final de su exilio estaba más cerca.

Él tenía veintidós años y Letty más o menos la misma edad cuando, habiendo reunido al fin el dinero necesario y con el pasaje de regreso reservado, el abnegado aventurero recibió un telegrama de sus padres: «Regresa inmediatamente. Letty enferma. Su padre consiente el matrimonio». Fueron las prisas y la angustia de los días siguientes lo que provocó el golpe de calor que tan tristemente afectaría a su vida en el futuro. Tendría que haber descansado y completado el tratamiento prescrito por el médico que lo atendió, pero fue imposible, pues el barco cuyo pasaje había reservado estaba a punto de partir. Embarcó en el último momento, mas poco después perdió el conocimiento y pasó gran parte de la travesía tendido en la litera de su camarote. Cuando desembarcó en Inglaterra parecía haberse recuperado, y de no haber sufrido otro colapso aún más fuerte poco después, es posible que no hubiera padecido tan graves secuelas.

Había llegado demasiado tarde. Su padre se reunió con él en Southampton y en algún momento y lugar del camino de vuelta a casa le contó que Letty estaba muerta. Había fallecido dos días antes de su llegada, por lo que no había regresado para casarse sino para asistir a un funeral. Ella nunca había sido una joven fuerte y, tras la partida de su gran amor, su salud se había deteriorado con rapidez. La gente del pueblo decía que sus padres la habían llevado a la tumba con sus constantes reproches a cuenta del compromiso, pero no había pruebas de que tal cosa fuera cierta y ni siquiera George lo había creído hasta que la madre de la muchacha le contó cómo se había sorprendido cuando Letty, tendida en el que sería su lecho de muerte, les suplicó a ella y a su padre que buscaran a George. Explicó que desde hacía meses Letty no hablaba de George en casa, por lo que ambos habían llegado a la conclusión de que el tiempo y la distancia habían hecho su trabajo y el recuerdo de su historia de amor por fin se había desvanecido. Quizá eso fuera cierto, o quizá al verse obligada a reprimir su tristeza se hubiera acelerado o incluso desencadenado su empeoramiento. Por supuesto, George decidió creer que había muerto de amor por él después de haber soportado tan terribles sufrimientos. Durante los veinte años transcurridos desde la muerte de Letty hasta que conoció a la señora Hertford, había regresado a Australia en dos ocasiones y vagado de un extremo a otro del país, hasta que finalmente se instaló en Heatherley de forma definitiva, siguiendo el consejo de su hermano que había abierto allí con éxito su propio negocio.

Probablemente se había prometido a sí mismo que jamás se casaría, tal y como lo habrían expresado los novelistas románticos del momento, para permanecer fiel al recuerdo de su amor perdido. En cualquier caso, la señora Hertford le contó a Laura que cuando se le propuso —fue ese el término exacto que utilizó— había dicho: «Me casaré con usted si me acepta, pero mi corazón está enterrado en la tumba de la pobre Letty».

—Sin embargo —añadió dando por concluido el relato—, no me importó, pues estaba segura de que con el tiempo lo conquistaría.

Esa era la historia que emocionó a Laura hasta el punto de hacerla llorar la primera vez que la escuchó. No obstante, ya entonces resultaba irracional y algo antediluviana, igual que la desvaída y anticuada fotografía de la muchacha delgada de hombros caídos, con un sombrerito encaramado en su pelo rubio recogido en un moño, que colgaba en una de las paredes de la habitación del señor Hertford. Pues, en efecto, él disponía de su propia habitación —una de las condiciones que había puesto cuando se casaron—, si bien es cierto que dicho arreglo no parecía afectar a la periódica llegada de sus hijos. Tenían un niño y una niña cuando Laura los conoció, y otra niña nació mientras residió en su casa, más otros dos que llegaron después de que se marchara.

En lo concerniente a Laura, la situación alcanzó su punto álgido una noche después de acostarse, cuando escuchó un gran estruendo que en un primer momento le pareció una explosión. Al salir a toda prisa al rellano se encontró a la señora Hertford en camisón tratando de convencer a su marido para que volviera a la cama. Él tenía un pequeño revólver en la mano y la angustiada esposa le explicó más tarde a Laura que había creído escuchar susurros junto a la ventana de la planta baja y, pensando que se trataba de ladrones, había disparado para hacerlos huir. Consiguiera o no el disparo ahuyentar a posibles maleantes, lo cierto es que asustó a Laura. Y no se sintió precisamente más tranquila cuando, tras decidir que había llegado el momento de contarle a la señora Hertford que oía pasos de madrugada y tenía la impresión de que alguien había entrado en su cuarto, esta le explicó que el señor Hertford tenía —entre otras— la costumbre de pasearse por la casa a cualquier hora de la noche abriendo y cerrando puertas y comprobando los rincones más oscuros con miedo a encontrar a algún enemigo desconocido agazapado a la espera del momento idóneo para abalanzarse sobre él. Y en efecto había estado en la habitación de Laura en alguna ocasión, pues había llegado a pensar que su joven empleada podía estar conchabada con el enemigo. Cuando esta idea se le pasaba por la cabeza despertaba a su esposa, para actuar con la debida corrección, y mientras ella aguardaba en la puerta él registraba con sigilo el dormitorio, candil en mano, hasta haberse asegurado de que allí no había nadie más. Por supuesto, Laura siempre estaba sola en la cama con el pelo recogido en sus rulos hindúes, la cara untada de crema y tan obvia y profundamente dormida que al fin él se calmaba. Otras veces sospechaba de su esposa, o de una posible alianza entre ambas, e incluso llegó a acusar a sus hijos de entregar los mensajes que ambas intercambiaban. El motivo de tan extraño comportamiento era que el pobre hombre estaba mentalmente trastornado. Su mujer ya debía sospecharlo, pues le contó a Laura que le había suplicado innumerables veces que consultara a algún doctor sobre los terribles dolores de cabeza que padecía. Pero la mera mención de ir a visitar a un médico bastaba para provocar uno de sus arranques de ira y ella no se atrevía a tomar las medidas necesarias para que fuera sometido a un examen médico. Pocos años después perdió por completo la razón y terminó sus días en el manicomio para criminales de Broadmoor.

Después de esa noche de terror, Laura se convenció de que no podía seguir viviendo en la casa ni un día más de lo estrictamente necesario, y tal fue su determinación de hacer todo lo posible por encontrar otro alojamiento que, en menos de una semana, ya se había mudado y había trasladado sus pertenencias a la nueva dirección. No pudo evitar sentirse mal por abandonar a la señora Hertford, quien, por otra parte, pareció aliviada al saber que se marchaba. Su marido, dijo, siempre estaba peor cuando había alguien en casa ajeno a la familia. Las más inocentes acciones despertaban sus sospechas y el esfuerzo por averiguar dónde estaban en cada momento y qué harían los hipotéticos intrusos lo mantenía en un angustioso estado de nerviosismo casi permanente.

Antes de que Laura abandonara la casa, la señora Hertford le pidió que jurara solemnemente que no contaría nada acerca de lo que había visto y oído mientras vivía con ellos. Ella lo hizo de buen grado y cumplió su promesa. Y hasta donde sabía nadie en el pueblo, exceptuando a Alma, supo jamás lo que sucedía en casa del director de correos. Después, a medida que Laura perdía contacto con los Hertford y sus intereses en el pueblo crecían más allá de lo estrictamente laboral, lo que había vivido hasta entonces no le pareció tan grave visto desde la distancia. De hecho, al ver al señor Hertford hablar tranquila y civilizadamente con sus clientes, a veces se preguntaba si aquel disparo en mitad de la noche había sido fruto de su imaginación. Sin embargo, en otras ocasiones, mientras trabajaba sentada ante el telégrafo, escuchaba sus discusiones a puerta cerrada, o la señora Hertford le hacía alguna confidencia acerca del errático comportamiento de su marido, y sus viejos miedos y recelos salían de nuevo a la superficie y sentía que seguía caminando por terreno peligroso. Y mientras vivió en Heatherley Laura fue consciente, incluso en los momentos más felices, de la siniestra oscuridad que en todo momento amenazaba el pequeño mundo en que vivía.

Como era de esperar, no fue fácil encontrar un alojamiento barato en un lugar donde las habitaciones delanteras de ciertas casas se alquilaban habitualmente por dos guineas a la semana en temporada alta. Durante algunas semanas, Laura vivió como huésped de una pareja de comerciantes retirados y su joven hija en uno de los chalés situados en un extremo de la calle principal. Allí se instaló en un dormitorio provisto del más blanco y almidonado cubrecama que se pueda imaginar, con textos enmarcados en las paredes y un espejo de cuerpo entero decorado con encaje y lazos azules. Cada día disfrutaba de una buena y abundante comida, hacían su colada y remendaban sus medias de forma gratuita por un total de diez chelines semanales. Solo una cosa le fue negada desde el primer día: carecía por completo de privacidad. Si bajaba las escaleras vestida para salir esperaban que explicara adónde iba y por qué, y si el motivo era dar un paseo se veía obligada a esperar «solo un momentito» mientras Clara se preparaba para acompañarla.

—Sé que le apetece dar un paseo —decía su madre—, pues acaba de decirme que no le importaría salir un rato, aunque claro, no tiene con quién ir.

Y Clara bajaba las escaleras con uno de sus elegantes vestidos y sus botines de ciudad de tacón alto y las dos echaban a andar por la carretera principal, deteniéndose cada poco para que su acompañante pudiera charlar con todos los conocidos que se iba encontrando. Si Laura subía a su habitación para escribir una carta o a leer, raras veces transcurrían diez minutos sin que llamaran a su puerta y se escuchara una alegre vocecita que decía:

—¿Se puede saber qué está haciendo ahí sola? La chimenea está encendida en el salón y Clara está a punto de empezar a practicar su nueva pieza al piano y quiere que baje a escucharla.

Y si la invitación no obtenía el resultado deseado, pocos minutos después era el refinado acento del este de Londres de Clara el que se oía en el rellano de la escalera diciendo:

—¡Baje al salón, pobre criatura solitaria, y conseguiremos animarla!

Laura se sentía obligada a complacerla, pues sabía que la invitaban con buena intención. Pero, a su modo de ver, los paseos terminaban antes de haber comenzado y las veladas musicales vespertinas no solo le parecían una pérdida de tiempo, sino que eran insoportablemente aburridas.

Aunque era una mujer de buen corazón, la señora de la casa no entendía de delicadezas sentimentales. En varias ocasiones le recordó a Laura lo afortunada que era de poder compartir con ellas semejante residencia y por una cantidad semanal tan pequeña.

—Lo cierto es que podemos permitirnos tenerla aquí por tan poco dinero —añadió—. Y nos encanta, de veras, pues le hace compañía a Clara, que ha estado muy aburrida desde que nos retiramos a vivir al campo. Por supuesto, en Londres tenía toda una tropa de amigos y era el alma del grupo allá donde iba. Pero aquí la gente es demasiado estirada o no del todo recomendable, así que pensamos que si pudiéramos encontrar a una joven trabajadora como usted y más o menos de su edad, ella sería más feliz y tardaría menos en acostumbrarse a esto.

De modo, pensó Laura, que solo la habían aceptado porque necesitaban una acompañante para Clara. Desde luego aquella no era una posición que a ella le interesara lo más mínimo. Pues, aunque Clara era encantadora a su manera, lo cierto es que no estaban hechas de la misma pasta y Laura no tenía el menor interés en verse obligada a hacer algo que no quería. Sin embargo, se habían mostrado tan amables y encantadoras que, cuando encontró otro cuarto que se ajustaba mejor a sus necesidades, le resultó difícil dar una buena excusa para abandonarlas. La señora Binks le rogó que le dijera si había alguna parte de su acuerdo que no fuera de su agrado.

—Pues si quisiera algo diferente para comer se lo conseguiríamos, ¿sabe? O si desea desayunar un pelín antes… ya sé que alguna que otra vez ha tenido que salir corriendo a trabajar… le diré a la muchacha que ponga la tetera al llegar por la mañana antes de quitarse el sombrero y así podrá desayunar usted sin tener que esperar por nosotras, que como ya sabe no somos lo que se dice madrugadoras.

Laura se aferró al argumento de que necesitaba salir temprano para llegar a tiempo al trabajo y dijo que quería vivir más cerca de la oficina de correos. Algo que como excusa para marcharse no era demasiado convincente viniendo de alguien que disfrutaba dando paseos de quince kilómetros, pero que le resultó útil a pesar de que, desde entonces, cada vez que se encontraban por la calle la miraban con una expresión de profunda decepción.