Heatherley
El señor Foreshaw
L as amistades más adecuadas para Laura en opinión de sus mayores eran las de su mismo sexo, edad y clase social, y en Heatherley tuvo varias amigas de esas características cuya compañía disfrutaba y cuyas buenas cualidades apreciaba. Pero, al igual que ella, aquellas muchachas tenían poca experiencia en la vida, sus intereses y puntos de vista eran limitados y a menudo anhelaba conocer a alguien con una perspectiva del mundo más amplia. Durante su estancia en Heatherley, no obstante, llegó a hacer otros amigos, quizá menos aptos para ella según los estándares convencionales, pero que supusieron en su vida excitantes novedades. El primero y más memorable fue el señor Foreshaw.
Con frecuencia Laura veía en la oficina de correos a un caballero anciano y distinguido, de bigote y barbita cuidadosamente arreglados y blancos como la nieve, que desde el principio llamó su atención. Era un hombre alto y, exceptuando sus hombros ligeramente caídos, caminaba bien erguido. Sin embargo, al verlo de cerca, su avanzada edad era evidente en el rostro de tez morena y seca de frente profundamente arrugada y también en los ojos, bajo los cuales había hinchadas bolsas y cuyos iris estaban moteados de blanco. En invierno solía llevar una gruesa capa negra y gorro de piel de foca con orejeras que ataba bajo la barbilla con unos delgados cordones. En los días más calurosos del verano a veces aparecía con un traje blanco de corte tropical.
—¿Quién es ese anciano caballero del traje blanco? —preguntó un día Laura a Alma, pues siendo natural de allí conocía a la mayoría de la gente que vivía en el pueblo.
—Es el señor Foreshaw —respondió.
Uno o dos años antes se había construido un bungaló al final de un pequeño callejón, algo alejado de la calle principal, donde vivía solo desde entonces. Eso era todo lo que Alma sabía de él —y estaba segura de saber bastante sobre los habitantes de Heatherley—, por lo que quién era en realidad, dónde había vivido y a qué se dedicaba antes de mudarse al pueblo o por qué con tan avanzada edad había decidido vivir solo siguió constituyendo un misterio para Laura durante un tiempo. No obstante, ella, que adoraba los misterios y sentía generalmente un gran afecto por la gente mayor, siguió fijándose en «su anciano», como Alma empezó a llamarlo, y le prestaba atención cada vez que entraba en la oficina. Ignorando normas y reglamentos, solía coger las cartas de sus artríticas y envejecidas manos para pegar los sellos por él y el anciano no tardó en dirigirse a ella cada vez que entraba en la oficina para que se ocupara de su correo. Sin embargo, aparte de darle las gracias, apenas hablaba, y lo poco que decía era abruptamente o en forma de gruñidos, por lo que Laura asumió que no le caía bien. Un buen día, Alma, que a esas alturas ya había recopilado un poco más de información sobre él, le contó que el señor Foreshaw tenía fama de misógino. No quería a una mujer en su casa ni para limpiar y preparar la comida, para lo cual había contratado los servicios de un soldado retirado entrado en años.
Entonces, una tarde después de que la oficina hubiera cerrado, mientras Laura se ponía el abrigo y el sombrero para volver a casa, llegó un telegrama dirigido a «Foreshaw, el bungaló». Por el contenido del telegrama sacó en conclusión que alguien llamado Roberts llegaría esa noche en el último tren. Los mensajeros ya se habían ido a casa y no podía llamarlos fuera del horario oficial. Laura no debería haber entregado ningún telegrama recibido después de las ocho de la tarde, pero su respuesta al musical tintineo de las letras cifradas de Heatherley se había vuelto automática. Ahora tenía el telegrama en sus manos y, de haber estado destinado a cualquier otra dirección, no se lo habría pensado dos veces antes de entregarlo, como había hecho en muchas ocasiones con mensajes tardíos que parecían urgentes. Pero ante la reputación de misógino del señor Foreshaw, dudó. Pues quizá el viejo no supiera apreciar ni un humilde servicio voluntario como aquel, viniendo de una mujer.
Sin embargo, ahí estaba el telegrama ya transcrito y guardado en su sobre de color naranja. El visitante del señor Foreshaw estaría a punto de subir a su vagón en la estación de Waterloo, y, en el bungaló, el señor Foreshaw probablemente estaría pensando en irse a la cama. Los ancianos que había conocido hasta entonces solían acostarse muy temprano. Para ahorrar en velas y leña, decían, y también porque no había nada que hacer y además se habrían sobresaltado si alguien los despertara llamando a su puerta a medianoche. Guardó el telegrama en el bolsillo de su chaqueta y salió hacia el templado crepúsculo de agosto.
«Justo al final del callejón, en el extremo de un jardín, lo encontrará», le había dicho el hombre al que preguntó de camino. Y en cuanto alcanzó la portilla de entrada supo que había llegado al lugar, pues en una habitación iluminada con las cortinas corridas y la ventana abierta de par en par vio al señor Foreshaw, vestido con un pijama gris y la cabeza cubierta con un gorro de dormir de terciopelo negro, sentado ante una mesa repleta de papeles. El hombre se acercó enseguida a la puerta en respuesta a los tímidos golpes con que Laura llamó.
—¿Qué es esto? —preguntó—. ¿Cómo? ¿Un telegrama? Ah, ya veo de quién se trata. Pase, pase. No puedo leer con esta oscuridad.
Laura entró en primer lugar en la habitación iluminada y, después de ofrecerle una silla cortésmente, él volvió a hundirse en su silla ante los mapas. Pues la recién llegada pudo comprobar entonces que las hojas que cubrían el escritorio eran mapas en los que, como le mostró más tarde, el anfitrión había señalado el recorrido de sus numerosos viajes.
Al leer el telegrama, las pobladas cejas del señor Foreshaw se arquearon considerablemente.
—¿Roberts? ¿Roberts? —dijo, pensando en voz alta—. ¡Ah, ahora me acuerdo de él! La última vez que lo vi fue en el valle del Zambeze en el 84. Todo un gesto por su parte buscarme. No tiene uno muchas visitas en estos tiempos. Tampoco es que arda en deseos de recibirlas, pues estoy demasiado acostumbrado a mi propia compañía. Ha sido usted muy amable al traerme el telegrama. Debe tomar algo ya que está aquí.
El ofrecimiento alarmó bastante a Laura, porque no conocía el nombre de muchas bebidas aparte de la cerveza, que ni siquiera le gustaba. Sin embargo, el interés, o la curiosidad, hicieron que se alegrara de poder quedarse un poco más, de modo que dijo que tomaría un vaso de agua o leche si la tenía. Al oírla, él se echó a reír toscamente y dijo que no habría imaginado que fuera una de esas señoritas que acostumbran a tomar leche y agua, que no tenía leche, pues nunca la probaba, y en cuanto a lo de darle agua, prefería dejar esa clase de hospitalidad para la buena gente cristiana. Es un viejo pagano, pensó Laura, tan solo un viejo pagano, se repitió con cierto orgullo, pues recientemente había descubierto la acepción más moderna del calificativo. «Sin embargo, tengo algo aquí que creo que le gustará», añadió. Y acto seguido sacó una botella de un armario y sirvió, en un vaso casi a rebosar, una mezcla de agua con alguna clase de sirope dulce, que ella probó asintiendo agradecida.
El señor Foreshaw se sentó de nuevo a la mesa y, mientras apoyaba la barbilla en una mano, sus ojos la observaron con fijeza —y con expresión crítica, pensó ella— bajo las pobladas cejas, aunque amablemente. Una ráfaga de aire fresco entraba de cuando en cuando en el salón por las ventanas abiertas hinchando las cortinas y removiendo algunos papeles del escritorio y, cada vez que había una pausa en la conversación, el sonoro tictac del reloj de pared llenaba la estancia. Laura nunca había visto una habitación así. En las paredes de color verde claro no había un solo cuadro ni fotografía, únicamente mapas enmarcados, y aquí y allá se podían ver largas colgaduras, como cortinas estrechas, sobre las que destacaban bocetos de angulosas figuras de hombres y bestias perfiladas en negro sobre fondo blanco. En la repisa de la chimenea reposaban algunas curiosas piezas de cerámica, sin duda extranjeras, y un huevo de avestruz sobre el cual alguien había realizado un dibujo a pluma de esa ave con rostro humano. A un lado del hogar se alzaba una alta librería, mientras el hueco del otro lado estaba ocupado por varias baldas en las que se exhibían puntas de lanza, cerbatanas y otras armas pequeñas. Y distribuidas por toda la estancia se podían ver diversas vitrinas que contenían extraños especímenes difíciles de identificar. Pero esa noche Laura apenas tuvo tiempo para analizar debidamente el escenario que la rodeaba, pues temía mostrarse indiscreta y entrometerse en la intimidad del señor Foreshaw, y en cuanto vació su vaso se levantó y dijo que estaba segura de que tendría cosas que hacer antes de la llegada de su inesperado visitante. Al oírla, él se rio.
—¿Se refiere a ventilar la habitación para Roberts y vestir su cama con las mejores sábanas de la casa? —dijo—. No, no. Los viejos solteros no hacen las cosas de esa manera. Roberts es un viejo luchador como yo y mientras haya una botella y vasos sobre la mesa estará satisfecho.
Algunos días después, al entregarle a Laura un puñado de cartas para enviar, el señor Foreshaw soltó un suave gruñido y volvió a hablarle.
—¿Cuándo vendrá de nuevo a visitarme? Si no tiene nada mejor que hacer venga el domingo y tomaremos el té. Si alguien le pregunta adónde va puede decirles que a visitar a su anciano abuelo.
Por suerte, Laura no tenía que dar explicaciones a nadie acerca de sus andanzas, de modo que fue libremente a ver al señor Foreshaw muchas veces. Alma estaba presente durante esa primera invitación y tuvo ocasión de escuchar lo que él decía y también la respuesta de su amiga. En cuanto él se marchó, ella trató de quitarle la idea de la cabeza.
—¡Tú y tu anciano! —exclamó—. La verdad es que no puedo entenderte. Si te apetece ir a alguna parte a tomar el té, ¿por qué no vienes a casa y después a pasear conmigo y con Arthur?
Pero ese plan, por amable que fuera, no sedujo en absoluto a Laura, que no tenía la menor intención de hacer de carabina de ninguna pareja si podía visitar el bungaló. Después de esa ocasión, Alma siempre se mostraba fría y reservada cada vez que salía a relucir el nombre del señor Foreshaw, pero no era una muchacha chismosa y no iba a comentar con nadie las excentricidades de Laura. Si alguien la veía caminar por el estrecho sendero bordeado de hierba y atravesar con discreción la portilla blanca al llegar al final, posiblemente pensaría que la avanzada edad del señor Foreshaw la eximía de la norma imperante entonces según la cual ninguna buena chica debía entrar sola jamás en casa de un hombre soltero. Aunque era mucho más probable que nadie excepto Alma estuviera al corriente de sus visitas al bungaló.
La segunda vez que Laura fue a verlo, el señor Foreshaw le mostró sus trofeos de caza, incluidas las vitrinas con mariposas tropicales de los más gloriosos colores, tan frescos y vivos como si estuvieran recién pintados. Sin embargo, sus alas y cuerpos estaban tan rígidos e inmóviles apresados bajo el cristal que el espectáculo terminó por entristecerla.
—Bonitas, ¿verdad? —dijo él—. Le gustan, ¿eh?
Y ella, contemplando cada una de ellas, ensartada por una aguja y con una pequeña etiqueta debajo con su nombre y especie, solo pudo responder:
—Me gustaría verlas vivas.
También había vitrinas con muestras de minerales y puntas de flecha, pieles de cocodrilo disecadas, cuernos y pezuñas y alfombras hechas con pelajes de animales a los que él mismo había disparado cuando se dedicaba a la caza mayor. El señor Foreshaw había sido cazador profesional en las colonias portuguesas y británicas del África Oriental. Ese era el motivo, tal y como le contó a Laura cuando llegó a conocerla mejor, por el que nunca se había casado.
—No quería dejar atrás a una pobre mujer llorando a lágrima viva mientras yo desaparecía sin dejar rastro —explicó—. Además, el matrimonio también es malo para los hombres, pues echa a perder su temple. «Cabalga más rápido quien cabalga solo», como bien dice ese joven Kipling.
Prácticamente hasta el último artículo de la vasta colección tenía su propia historia. Había un colmillo del elefante al que había abatido después de que la plataforma de ramas y hojas donde se había encaramado se hundiera bajo su peso. Al caer al suelo justo en la trayectoria del animal, ya herido y en plena carga, había sentido que estaba a punto de morir aplastado. Sus «chicos», como llamaba a sus porteadores indígenas, se dispersaron en todas direcciones «como las vetas de un relámpago». La pobre bestia, sin embargo, cegada por su propia sangre, trastabilló a su lado hasta derrumbarse a escasos metros de él.
—Aquella vez estuve condenadamente cerca —comentó al concluir la historia.
Sin embargo, había escapado milagrosamente de la muerte en muchas otras ocasiones. De animales salvajes que aparecían súbitamente en los lugares más insospechados, de mordeduras de serpiente o del ataque de tribus nativas hostiles. Una vez había sido perseguido por una manada de perros salvajes y, tras conseguir ponerse a salvo trepando a las ramas de un árbol, se había visto obligado a permanecer allí durante tres horas mientras las criaturas saltaban y lanzaban furiosas dentelladas a escasos centímetros de sus pies. Dos veces había sido abandonado por sus porteadores y en una ocasión, durante una gran sequía, él y su grupo habían estado a punto de perecer de sed.
Laura escuchó muchas historias de trances semejantes. Cuando durante alguna conversación decía «Una vez, cuando estaba en el valle del Zambeze» o «en el oriente portugués» o «buscando minerales en el Transvaal», Laura sabía que una nueva y emocionante anécdota era inminente. En una ocasión se atrevió a preguntarle si tras una vida tan aventurera no encontraba Heatherley aburrido, y él respondió con uno de sus habituales gruñidos, que alguien más experimentado que Laura habría reconocido al instante como una exclamación de sufrimiento contenido:
—¿Aburrido? Sí, condenadamente aburrido. Me siento solo, frío y aburrido como el agua de un pozo y lo cierto es que no me importaría en absoluto irme. Pero ¿irme adónde? Bueno, adondequiera que vayan los viejos cazadores cuando mueren. Es una lástima que no podamos ser como los viejos elefantes, que cuando perciben que se acerca su hora se pierden solos entre la maleza o en algún pantano y aceptan lo inevitable sin rechistar. ¿Le he contado que una vez descubrí un cementerio de elefantes en un pantano? ¡Toneladas de marfil había allí! Tuve a mis chicos excavando durante quince días y después hice un viaje especial a Beira para enviar los colmillos y ocuparme personalmente de todos los pormenores administrativos. Fue esa vez cuando vi con mis propios ojos a un hindú sacrificar, desplumar y asar un pollo y quemar sus plumas para después devolverlo a la vida. Yo mismo escuché el gemido de la criatura, vi su sangre manar cuando le cortó el gaznate, olí cómo se asaba su carne y se chamuscaba su plumaje, ¡por mi vida que lo hice! Y entonces vi al pollo vivo corriendo y cacareando como si no hubiera pasado nada. No había truco posible. El suelo estaba tan limpio como la palma de mi mano y el tipo estaba prácticamente desnudo. Tan solo estaban él y el pollo y el pincho para asar. ¿Que cómo creo que lo hizo? ¡Esa es una buena pregunta! Algunos dicen que se debe al mesmerismo. El pollo no fue sacrificado y mucho menos asado. Basta con quemar algunas plumas y del resto se encarga la mente del espectador, por supuesto debidamente sugestionado por el ejecutante. En mi opinión es pura magia. En efecto, creo en la magia. Y también lo haría usted si hubiera visto lo que yo vi. ¿Ha oído hablar alguna vez del truco de la soga india? Yo nunca he tenido ocasión de verlo en persona, pero he conocido a hombres dispuestos a jurar sobre la Biblia que lo han visto, y no eran de los que se pasan con la botella.
Cuando Laura llegó a conocer mejor al señor Foreshaw decidió preguntarle acerca de su reputación de misógino. Él se echó a reír y soltó uno de sus característicos gruñidos.
—No odio a ninguna mujer de entre quince y cincuenta años —dijo—, exceptuando a las mezquinas y a las cotorras, como solíamos llamarlas, refiriéndonos a las amargadas y verduleras. Esas nunca me han gustado. En cuanto a las niñas, he de reconocer que tampoco siento un especial aprecio por ellas. Y a los viejos cuyo sexo ya es imposible distinguir —añadió apretando los dientes— los detesto a todos, no puedo evitarlo.
Durante casi un año, Laura visitó al señor Foreshaw al menos una vez a la semana. Muchos domingos por la tarde se sentaba frente a él a la mesa donde lo había visto aquella primera noche revisando sus mapas y tomaba jalea de guayaba, jengibre seco o alguna exquisitez que él sacaba de su armario de las bebidas, además de té con una nube de leche, mientras su anfitrión disfrutaba de su café solo y mordisqueaba una galleta.
A Laura le cayó bien el señor Foreshaw desde el principio. Le gustaba por su originalidad y su vivacidad y por la inmensa y variadísima experiencia que atesoraba, pero también por su mordaz ingenio. A medida que llegó a conocerlo mejor y se dio cuenta de lo difícil que debía ser para él soportar aquella vida tan reposada e inactiva tras sus años de emocionantes aventuras, viejo y solo y a menudo impedido por toda clase de dolores, su simpatía se convirtió en afecto. Y estaba casi segura de que también ella era del agrado del señor Foreshaw. Era evidente que su manera de tratarla respondía en parte a la cortesía, a sus modales anticuados. Pero para ella, poco acostumbrada a esa clase de consideraciones, era delicioso tener a alguien que se preocupaba por su comodidad o por si estaba expuesta a alguna corriente, y que además le pedía permiso cada vez que encendía su pipa y le servía toda clase de exquisiteces con el único fin de satisfacerla. Si iba a verlo por la noche, cuando ella se marchaba él se disculpaba por no estar en condiciones de disfrutar del gran placer de acompañarla para asegurarse de que llegaba a casa sana y salva, e incluso en los días más fríos permanecía en el quicio de la puerta hasta que la portilla del jardín se cerraba a su espalda, y entonces alzaba la mano para despedirse una vez más.
El día de su primera visita para tomar el té, él le había mostrado una pequeña habitación poco después de su llegada.
—Aquí tiene un rinconcito por si quiere rizarse el pelo o lo que sea —dijo —. Hace mucho tiempo que no recibo en casa a una dama, de modo que si echa usted en falta algo importante debe achacarlo a que he olvidado mis viejos modales de caballero. No obstante, para lo que necesite ahí tiene un espejo y también he puesto un frasco de agua de colonia…
—¡Y un juego de agujas! —exclamó Laura—. ¡Es precioso! Me siento igual que la señora Micawber cuando fue a cenar con David.
Y su comentario no pasó desapercibido, pues también él era un gran admirador de Dickens y le contó que siempre solía llevar consigo alguna obra suya en sus expediciones. Después le enseñó el libro que estaba leyendo esa misma tarde antes de que ella llegara. Era un ejemplar de Grandes esperanzas en cuya cubierta trasera y en numerosas hojas había varios orificios parecidos a agujeros de bala que al parecer habían sido hechos por hormigas blancas.
Las novelas de Dickens, Thackeray y algunos otros autores victorianos seguían siendo sus lecturas favoritas, aunque también leía mucha literatura de viajes, biografías y cualquier libro nuevo que se publicara sobre África. Con la única excepción de Kipling, cuyos relatos breves admiraba profundamente, no le interesaban los novelistas contemporáneos.
—Esos hombres nuevos —como solía llamarlos— siempre lamentándose, y con qué torpeza. Siempre abordando con sutilezas problemas que los antiguos escritores habrían planteado directamente.
Laura llegó a conocer bien al señor Foreshaw y, aunque su relación con él duró poco, causó en ella una profunda y perenne impresión. No obstante, al recordar años después aquellos encuentros, no dejaba de sorprenderle lo poco que había llegado a saber sobre su vida. Hablaba por los codos acerca de sus treinta años de caza mayor en África, pero sobre su vida anterior y posterior a dicho periodo, ni una palabra. Tampoco le contó nunca dónde había nacido y pasado su infancia, quiénes eran sus padres y si tenía o no algún pariente vivo en la época en que ella lo conoció. No supo si había amado o sufrido, a excepción del afecto que había sentido por los cachorros de león y guepardo que había criado como mascotas y la tristeza que sintió al perderlos, bien porque murieran o porque se vio obligado a entregarlos a algún zoo cuando fueron demasiado mayores o se volvieron excesivamente «juguetones» para el gusto de sus porteadores. Lo único que ella llegó a saber sobre su vida privada fue que tenía, o había tenido, una hermana. Y eso lo averiguó por la dedicatoria que había leído en la guarda de uno de sus libros: «Para Charles Foreshaw, con afecto de su hermana Clara. Navidad 1880».
Si aún vivía, su hermana nunca iba a verlo, y él tampoco la mencionó. Aparte del doctor, que además de por motivos profesionales aparecía algunas noches para jugar con él al ajedrez, Laura no llegó a conocer a ningún otro visitante mientras lo frecuentó, exceptuando al Roberts del telegrama, que en aquella ocasión se quedó dos noches e inmediatamente después regresó a Sudáfrica, donde muchos años antes se había casado con la propietaria viuda de un hotel en Rodesia.
Tampoco el señor Foreshaw sabía demasiado sobre Laura. Ella le había hablado un poco acerca de sus padres y su hogar y él se había mostrado interesado. Además, siempre disfrutaba oyéndola hablar sobre cualquier pequeño incidente curioso de su vida actual. Pero Laura prefería escuchar más que hablar, por lo que siempre habría detalles de su vida y su carácter que él ni siquiera imaginaba. Tenían un sentido del humor muy parecido, y a ambos les resultaban graciosas determinadas cosas que otros consideraban tristes y encontraban lamentables cosas que a muchos les parecían cómicas. Quizá fue precisamente eso lo que más los unió con el paso del tiempo. Ella solo lo vio emocionarse una vez. Habían estado hablando sobre fantasmas y él había criticado el espiritismo y a los que lo practicaban, mientras que Laura había titubeado un poco antes de afirmar que quizá, después de todo, había algo de verdad en ello. Siendo niña había escuchado extrañas historias de gente que había visto lo que parecían ser espíritus, gente que conocía personalmente y cuya palabra estaba dispuesta a creer.
—¡Ah, ahí lo tiene! —exclamó él—. ¡La superstición tiene nombre de mujer! Apuesto a que le daría a usted miedo vivir en esta casa después de que yo muriera en ella. Miedo de que la embrujara, ¿verdad?
Y Laura, algo ofendida por ser tildada de supersticiosa, protestó asegurando que jamás temería al fantasma de una persona a la que hubiera conocido y apreciado en vida. No obstante, si tal cosa fuera posible, y ella era tan escéptica como él, estaba segura de que le gustaría verlo con sus propios ojos.
—¡Pero nunca lo hará, nunca! Eso es lo diabólico de la muerte. Conocí a un hombre que al final de un viaje ordenó a uno de sus chicos que se adelantara siguiendo la costa para recoger el correo. Cuando las cartas llegaron había una entre ellas… en fin, alguien a quien conocía había muerto… y, créame, aquel hombre rezó durante toda la noche de rodillas, ¿me entiende?, para que el espíritu de su amiga se le apareciera, aunque solo fuera una vez. ¿Y qué sucedió? Nada. Absolutamente nada. Fuera de su tienda, en la oscuridad, las hojas de las palmeras se mecían bajo la suave brisa que siempre se levanta en esos parajes antes del amanecer. Eso y los estruendosos ronquidos de sus chicos que dormían acurrucados alrededor de las brasas del fuego de campamento eran los únicos sonidos que se oían. Pero de ella ni el más mínimo susurro, ni un solo indicio de que, aunque no pudiera verla, estuviera a su lado. Tan solo el vacío, ¡la nada en todas partes!
El señor Foreshaw volvió a hundirse en su silla, aferrándose a los reposabrazos con las manos hinchadas. Laura no dijo nada. ¿Qué podía decir? Tan solo pudo mirarlo con simpatía y afecto. Cuando volvió a hablar lo hizo en su tono habitual para referirse a alguna menudencia del día a día. Sin embargo, esa misma noche antes de que ella se marchara, el anciano volvió a abordar una cuestión personal.
—Me gustaría que viviera usted aquí cuando yo me haya ido, de ese modo cuidaría de mis cosas. No puedo llevármelas y tampoco me gusta la idea de que acaben desperdigadas o sean manoseadas por completos desconocidos.
Pero eso fue precisamente lo que sucedió con los trofeos del señor Foreshaw. Una mañana se difundió rápidamente por el pueblo la noticia de que el anciano caballero del bungaló había fallecido mientras dormía. El militar retirado que limpiaba y cocinaba para él lo había encontrado en la cama con la beatífica expresión de un niño dormido, y el médico había dicho que ese desenlace era esperable, pues la afección reumática que padecía había terminado por afectar a su corazón.
El doctor y un abogado de la ciudad fueron los únicos asistentes al funeral y suyas eran las dos coronas de flores que reposaban sobre su ataúd. A las flores de cera de encargo que fueron colocadas sobre su tumba, otra amiga añadió un ramo de rosas rojas silvestres, escogidas porque sabía que él amaba los colores vivos de las flores, igual que había amado todas las cosas positivas, fuertes y entrañables de la vida.
Después de una larga búsqueda, según se dijo, apareció en Canadá un sobrino nieto del señor Foreshaw, y como heredero legal de todas sus propiedades dio instrucciones de subastar el bungaló y todo lo que contenía. El día de la subasta pública, al concluir su jornada, Laura observó con tristeza a las mujeres que pasaban ante la oficina de correos cargadas con cortinas y piezas de porcelana, lámparas y atizadores, y a los hombres que transportaban en carretillos algún mueble o artículos más pesados. Un chiquillo caminaba torpemente sosteniendo una grandiosa cornamenta pegada a la frente, y dos niñas se lanzaban entre sí sin el menor cuidado un cesto para la ropa que contenía tazas y platillos.
Supuso un pequeño consuelo para Laura averiguar que la colección de mariposas y algunas de sus armas indígenas y piezas de alfarería y cerámica habían sido adquiridas por el conservador de un museo. Al menos esos artículos no acabarían «manoseados y desperdigados», aunque las historias ligadas a cada uno de ellos se irían a la tumba con su antiguo propietario, convirtiéndose en meros objetos curiosos.
Laura tuvo ocasión de hacer una tímida puja por uno de los libros de su anciano amigo. Una mujer entró en la oficina y dejó sobre el mostrador una pila de libros mientras hacía varios encargos. Estaban atados con un cordel muy apretado y habían sido etiquetados como «Lote 39». Según le explicó su nueva propietaria, los había comprado por un chelín, aunque no sabía qué iba a hacer con ellos al llegar a casa, ya que únicamente había pujado porque nadie lo hacía y le habían salido muy baratos. Laura rozó con el dedo índice un ejemplar de La feria de las vanidades. Era uno de los favoritos del señor Foreshaw, quien sostenía que Becky Sharpe habría sido mejor mujer de haber nacido con una renta de diez mil al año. En cualquier caso, siempre le había gustado el personaje por su temple y su entereza.
—¿Me vendería este por un chelín? —preguntó Laura.
Y la mujer respondió con acritud:
—No. Si vale un chelín para usted también lo vale para mí. Me lo quedaré para sujetar la ventana de la alacena.
Aunque sus miedos resultaron ser fundados en lo concerniente al destino de sus posesiones, el final del señor Foreshaw había sido tal y como él mismo habría deseado. Como el viejo elefante que se había alejado de los suyos bajo el peso de sus años para morir en un pantano, también él murió solo y «apaciblemente». Laura había perdido a un buen amigo de los que, intuía, cuesta encontrar, y se sentía al mismo tiempo triste y sosegada. Era la primera vez en su vida que experimentaba la pérdida de un modo tan personal. Había visto morir a gente que conocía y por supuesto se había apenado, pero hasta ahora a nadie tan cercano. Nunca había tenido que enfrentarse a la gran oscuridad, al silencioso abismo que se abre entre los muertos y los vivos. Durante semanas, tras la muerte del señor Foreshaw, cada vez que sucedía o se decía en su presencia algo divertido o interesante, ella pensaba: «Esto tengo que contárselo al señor Foreshaw», y después recordaba con tristeza que ya no podría contarle nada más, ni escuchar sus maliciosos y agudos comentarios.