Historia de las palabras
El Frustrado Iluminador de Nueva York
EL FRUSTRADO ILUMINADOR DE NUEVA
YORK
El “caso Jacuzzi” se encuadra, junto con Gillette y Diesel, en el grupo de palabras que nacen a partir de la popularidad comercial. Tanto King Camp Gillette y Rudolf Diesel como Cándido Jacuzzi transformaron sus apellidos en marca y fue así como esos nombres se convirtieron en sustantivos. Pero además solemos usar palabras que refi eren a marcas, aun cuando no se trate de apellidos. Veamos algunos ejemplos.
John North Willys fue quien creó el transporte denominado Jeep, útil para acciones bélicas durante la Segunda Guerra Mundial. Existen varias teorías acerca del nombre. La más repetida apunta a que el vehículo es considerado para “todo propósito” (g eneral purpose, en inglés) por contar con tracción en sus cuatro ruedas. Como las siglas de general purpose se leen “yipi”, de ahí habría surgido la palabra “Jeep”. No está de más aclarar que ese primer modelo fue el Jeep Willys.
Claxon, sinónimo de bocina, es un término empleado en varios países hispanohablantes (España, Cuba y México, entre ellos) y también en los de lengua inglesa. Se trata del apelativo con el cual lo registró su creador, el ingeniero Miller Reese Hutchinson, en 1908. Años atrás, Hutchinson había inventado un audífono eléctrico que resolvió problemas de sordera en todo el mundo. Tiempo después, preocupado por el intenso tránsito en las calles de Nueva York, patentó el claxon. Le dio ese nombre porque klaxo en el griego clásico era “grito” y, en defi nitiva, su bocina venía a reemplazar los gritos que se daban para advertir que estaba pasando un carro. Increíble: el
hombre patentó un dispositivo para ayudar a escuchar y otro para ayudar a gritar.
El mismo año en que Hutchinson anotaba el claxon en el registro de patentes de Nueva York, el ingeniero textil Jacques Edwin Branderberger (nacido en Zurich) anunciaba el nacimiento del papel celofán. Le había costado años de trabajo perfeccionarlo. De todos modos, por fi n estaba en condiciones de comercializarse. ¿Cómo empezó todo? A partir de una torpeza.
Brandenberger comía en un restaurante suizo y fue testigo de un accidente: una copa de vino se desparramó sobre un mantel. No sabemos si fue un mozo o un cliente. Lo cierto es que salió del restaurante dispuesto a encontrar un recubrimiento impermeable para géneros. No logró su objetivo: la película que creó era demasiado dura. Claro, no sería adecuada para cubrir manteles, pero tendría utilidad. Sin querer, había inventado el celofán. El hecho de que se tratara de fibras de celulosa diáfanas, es decir, que dejaban traspasar la luz, hizo que Branderberger, cuya lengua natal era el francés, bautizara a su invento con el nombre de cellophane, combinando las palabras cellulose y diaphane.
Otro inventor que combinó palabras fue el químico Robert Augustus Chesebrough, creador de la vaselina. Esta es la historia de un loco aventurero, un atento observador, un empecinado a quien la suerte acompañó. Porque la suerte acompaña a los hombres con las cualidades de Chesebrough.
Sus padres eran estadounidenses. Él nació en Inglaterra (1837), pero vivió en Nueva York. Tenía vientidós años y estaba obsesionado con hacerse rico. Luego de barajar alternativas, una noticia modificó todos sus planes: en la ciudad de Titusville, en el estado de Pennsylvania (que fueran los pagos de William Penn), habían encontrado petróleo. A Robert se le
iluminó la mente. Tal vez no tanto como se le hubiera iluminado hoy, pero se le iluminó bien iluminada. Resolvió que pondría una empresa de iluminación a base de petróleo. Tomó todos sus ahorros y pagó el pasaje en tren a Titusville, distante a 1.500 kilómetros de Nueva York. Necesitaba entrevistarse con los nuevos ricos del petróleo para asociarlos. Ellos pondrían el combustible, él aportaría sus conocimientos en química y su empeño como vendedor.
Lamentablemente, no encontró el entusiasmo que pretendía. Todos estaban obsesionados con hallar más y más petróleo y no era tiempo para atender negocios paralelos. Chesebrough paseaba su desazón por las tierras del oro negro. En eso andaba cuando se detuvo a observar a un operario que trabajaba quitando una capa de resina de las columnas de las bombas de petróleo. Se acercó y le preguntó qué era eso. El obrero le explicó que se trataba de una cera que no ofrecía beneficios y que, al contrario, debía eliminarse porque ensuciaba las máquinas y podía dañarlas. El curioso químico parecía no tener más preguntas y ya se despedía, cuando el operario agregó un comentario. Dijo que si alguien se cortaba o se quemaba, le frotaban esa resina y curaba solo. El frustrado iluminador de Nueva York abrió los ojos bien grandes: ¿Qué componente mágico contenía esta resina?
Consiguió un balde, lo llenó con esa grasa de desecho y tomó el tren de regreso a la ciudad. Durante diez años trabajó en busca de la respuesta, destilando porciones de su balde. Cada paso que daba lo acercaba a la solución. Por fin aisló el componente y, como era el padre de la criatura, pensó en el nombre que le daría. Al igual que Branderberger con el celofán, Chesebrough combinó dos términos: Wasser (“agua” en alemán) y elaión (“óleo” en griego clásico), que le dieron Wasserlaion, de donde obtuvo la palabra Va - seline (“vaselina” en español).
Llegaba el tiempo de transformar su hallazgo en un producto comercial.
Recorrió el estado haciendo demostraciones. En los pueblos, reunía a los vecinos en la calle, se hacía un corte en el brazo o se lo quemaba, y se aplicaba la vaselina para que todos vieran el poder cicatrizante de su grasa.
Fue demasiado masoquismo para los resultados obtenidos. Vendía, aunque no en la medida de justifi car los largos viajes ni las heridas.
El loco Robert Augustus concentró sus esfuerzos en los farmacéuticos.
Consiguió que le compraran su jalea, pero nadie le escribía para pedirle más vaselina. Herido en su amor propio, además de en sus brazos y piernas, Chesebrough decidió redoblar la apuesta en su campaña de marketing.
Volvió a partir en gira. Esta vez entregó muestras, convirtiéndose en uno de los precursores del muestrario gratuito. Los accidentes con quemaduras o cortes eran cosa de todos los días. Necesitaba que la gente probara en carne propia su producto. Alguna vez se les acabaría y querrían comprar más. No se equivocó.
Llovían pedidos de los farmacéuticos, a quienes sus clientes demandaban vaselina. En 1874, cada familia estadounidense tenía su frasco: formaba parte del botiquín de todos y los médicos la recomendaban. En 1880 se instaló un hit musical denominado “Balada de la Brigada Vaselina”, que míster Chesebrough se encargó de difundir por todas partes.
El ungüento se usó en la Primera Guerra Mundial. También lo empleaban los pescadores de truchas, convencidos de que si pescaban con vaselina las truchas venían solas. Se aseguraba que no había nada más saludable y elegante que el pelo engrasado con esa jalea. Surgió, además, el eslogan:
“Vaselina, la mejor amiga de la piel”.
¿Tenía propiedades curativas? Investigaciones posteriores determinaron que no. Lo que sí lograba la vaselina era aislar la herida, protegiéndola de
cualquier infección. Y, a la vez, mantener húmeda la zona quemada, favoreciendo la cicatrización.
El hallazgo —y el empeño— de este hombre se vio reflejado en productos de otros inventores que también se transformaron en sustantivos comunes. Por ejemplo, la Plastilina (marca creada en Alemania, en 1880, que entre sus compuestos tiene vaselina), la Aspirina y la Heroína (nombres comerciales que le dio Bayer a su analgésico en 1889, y a un jarabe para la tos en 1898, devenido en la feroz droga). El nombre de esta droga se dio porque quienes la testeaban tenían la absurda sensación de ser heroicos.
En cuanto al frustrado iluminador de Nueva York, vivió noventa y seis años y atribuyó su larga vida a la vaselina. En 1955, es decir, veintidós años después de su muerte, los descendientes de la familia de Robert Chesebrough se asociaron a los descendientes de la familia de Theron Pond, fundador de la exitosa Ponds. Fue una alianza muy comentada porque se unían dos poderosas familias de los Estados Unidos. Ambas pertenecían a la crème de la crème.
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