Historia de las palabras

Daniel Balmaceda · Capítulo 6 de 73

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Historia de las palabras

El Rey del Filo

Dejamos las pistolas y pasamos a dos armas blancas. La primera sirve para combatir barbas y bigotes, y se relaciona con King Camp Gillette, quien nació en 1855, en Wisconsin, Estados Unidos. Tanto su madre como su padre eran inventores y, si bien no consiguieron hacer aportes extraordinarios a la humanidad, trasladaron el gen de las ocurrencias a su hijo, además de insertarlo en el mundo de los creativos. Esto último fue clave porque de esa manera Gillette conoció a William Painter, el inventor de la tapa metálica con forma de corona y corcho en su interior, quien le dio trabajo como vendedor.

Además de empleo, le entregó en bandeja un consejo que Gillette tomaría como preámbulo de su destino. Lo que le dijo Painter es que gracias a que las tapas que inventó eran descartables, los consumidores seguirían acudiendo a él para realizar nuevas compras. En defi nitiva, planteaba que un sistema muy práctico para hacerse rico era inventar algo que el consumidor tuviera que comprar una y otra vez, por siempre.

A partir de ese día, King Camp Gillette inició la búsqueda del famoso producto que lo convertiría en millonario. El momento del “¡eureka!” se hizo esperar. Pasaron años hasta que una mañana primaveral de 1895, mientras afilaba su navaja de afeitar frente al espejo, se encendió la famosa lamparita (pudo ser posible, ya que la lámpara de Edison es de 1879). Esa mañana nació la idea de la hojita de afeitar. Apenas la idea, porque el producto recién aparecería en 1903, lo que demuestra que necesitó paciencia para encontrar la idea y luego una nueva dosis para poder llevarla

a cabo. Aunque con la hojita no alcanzaba: hacía falta que creara la máquina de afeitar (nos referimos a la clásica, con forma de T).

Por lo tanto, tenemos unos cinco años en busca de una idea. Luego, ocho años más para concretarla. En cuanto tuvo su producto, Gillete salió a venderlo. ¿Cuáles fueron las ventas de 1903? Cincuenta y una maquinitas de afeitar y unas cuantas hojitas. Ese pobre número no lo desalentó. Era tozudo el hombre.

El negocio comenzó a dar frutos cuando entregó la maquinita, en un precio muy accesible, a tres millones y medio de soldados estadounidenses que participaron de la Primera Guerra Mundial. Y entonces, casi sin querer, se topó con el sistema que le garantizó el éxito en el mundo comercial.

Porque Gillette descubrió que lo mejor que podría hacer era regalar la maquinita a quienes cumplían dieciocho años. De esta manera, se aseguraba la venta de las hojitas de afeitar. Por esa acción, Gillette es considerado uno de los padres del freebie marketing: el sistema por el cual, a partir de un regalo, un cliente se vuelve cautivo.

Míster King continuó con las innovaciones (por ejemplo, la de emplear deportistas para promocionar sus productos), pero la Gran Depresión en los Estados Unidos fue implacable. Casi en bancarrota, murió en 1932. La empresa logró mantenerse a flote. La hoja de afeitar tuvo y tiene, en el lenguaje popular, un nombre más que adecuado y hasta onomatopéyico: gillette.

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