Hombres buenos
6. Los rencores del abate Bringas
6. Los rencores del abate Bringas Cuántos compatriotas nuestros allí se dieron cita, por rebeldes al yugo de nuestro despotismo e intolerancia.
M. S. Oliver.
Los españoles en la Revolución Francesa
Henriette, la hija de los dueños que atiende en el hotel du Roi Henri, es de las que toman varas; y Pascual Raposo no tarda en confirmarlo por vía de hechos. Cada vez que ella sube a la habitación con cualquier pretexto, hacer la cama, traer velas o aceite para el candil, el antiguo soldado de caballería explora más a fondo, internándose en las fragosidades del terreno sin que la resistencia del enemigo sea excesiva. En este momento —son las dos de la tarde—, acorralada la moza contra la pared, sus ojos saltones aceptan mientras la boca niega y ríe a la vez, y las manos de Raposo ascienden audaces bajo la blusa de hilo crudo, palpando con avidez la piel blanca y tersa, los pechos que oscilan cálidos entre sus dedos y aumentan la violenta erección del hombre que presiona contra los muslos de Henriette hasta que ésta se debate, zafándose al fin, justo cuando él se derrama en su propio calzón con un gruñido animal, que arranca a la joven una carcajada de descaro antes de alisarse la blusa y desaparecer por la puerta, rápida como una ardilla, escalera abajo.
Apoyado en la pared, Raposo recobra el aliento. Después cierra la puerta, se palpa con desagrado la humedad del calzón y camina hasta la ventana que se abre a la rue de la Ferronnerie. La calle bulle de animación. En una covacha de los edificios contiguos al viejo cementerio de los Inocentes, bajo un busto y una placa de mármol que indican que en ese lugar, en 1610, fue asesinado Enrique IV por un fanático llamado Ravaillac, un cerrajero lima una pieza de metal sujeta sobre un banco, ante la puerta en cuyas hojas abiertas expone un abundante surtido de pestillos y candados. Y mientras lo mira trabajar, un rayo de sol ilumina el rostro de Raposo y acentúa el reflejo en el vidrio de la ventana: desordenado el pelo, dos días sin afeitar, cercos
de fatiga bajo los ojos. Buena parte de la noche la ha pasado despierto, sin poder conciliar el sueño hasta entrada la mañana; removiéndose entre las sábanas arrugadas, limpiando las botas, el sable, la pistola, dando cuerda al reloj, sentado junto a la ventana para contemplar las sombras y las estrellas.
Eso ocurre cuando le duele el estómago, y ahora con más frecuencia, cada vez que la maldita duermevela lo zambulle en algo parecido a un océano denso, gris, como mercurio donde flotan ingratos recuerdos y fantasmas creados por su imaginación. Esas noches todo se vuelve desasosiego, pues la sola idea de quedarse dormido, de olvidar el dolor pero entregarse a los monstruos que surgen del sueño, le parece aterradora.
A lo lejos, por la calle llena de gente, ve venir a Milot. El policía camina con el tricornio echado hacia atrás, abierto el redingote que parece ondear a sus flancos como alas de pájaro de mal agüero, empuñado el bastón de nudos con pomo de bronce. Raposo va hasta la jofaina —que está bajo una estampa coloreada del viejo Luis XV con manto de armiño, pegada con miga de pan en la pared—, vierte agua y se lava la cara. Después se pone la casaca y desciende a la planta baja abotonándose, justo en el momento en que el recién llegado franquea el umbral.
—Salve, compañero —dice Milot.
El hotelero —su nombre es Barbou— está sentado junto a la puerta, como suele, y la mujer y la hija trajinan cerca. Así que Raposo y el policía salen a dar un paseo. Milot trae noticias frescas, pues por encargo suyo un par de esbirros ha estado vigilando en los últimos días a los académicos españoles.
—Siguen con sus gestiones —resume, consultando un mugriento cuadernito de notas escritas a lápiz que saca del abrigo—. Y todo el tiempo los acompaña ese fulano, Bringas... Ayer estuvieron en casa de un vendedor de libros prohibidos llamado Vidal; pero, según parece, con poco éxito.
—¿Podemos buscarles problemas por ese lado?
—No, que yo sepa. Por lo visto, se limitaron a conversar. El librero vende obras filosóficas y licenciosas, pero tus amiguitos no compraron nada con lo que podamos comprometerlos.
—¿Y qué hicieron luego?
El policía vuelve a consultar sus notas.
—Poca cosa de interés para ti... Estuvieron curioseando en las librerías y puestos de la orilla derecha, dieron un paseo hasta Saint-Honoré para ver
tiendas y luego siguieron hasta los bulevares, donde visitaron el salón de figuras de cera... Cenaron en el hotel de Bourbon, que es un sitio fino. Hasta tengo el menú: jamón, ostras, paté y dos botellas de borgoña, de las que una y media se la bebió el tal Bringas.
Han dejado atrás el mercado que está junto al cementerio, donde a esa hora ya han cerrado los puestos de fruta y verduras, y pasan junto a los ropavejeros de la plaza contigua. No hay brisa, sino un calor húmedo. Milot suda bajo el redingote, pasándose la lengua por los labios.
—Esta mañana me encargué yo mismo de seguirlos —añade—. Visitaron temprano otras dos librerías, tomaron un refresco en el café de la Grille y pasearon por los Campos Elíseos.
—¿Siempre con el abate?
—No se despega de ellos. Nunca se ha visto en otra como ésta: come y bebe gratis, a granel, y cada vez los lleva a sitios más caros.
Los dos bajan despacio hacia el Sena por la rue des Lavandières, que está llena de gente. Con un golpecito del bastón, Milot aparta a un limpiabotas que entorpece el paso con su cajón de cepillos y betún.
—El caso es que en los Campos Elíseos, cerca de la barrera de la plaza Luis XV, hubo un encuentro curioso que igual te interesa... Estaba mirándolos de lejos cuando se me acercó el jefe de guardias de allí, un suizo llamado Federici al que conozco bien. Y estando de charla, quejándose él de los petimetres de la nobleza que, pese a las ordenanzas, pasean por ese lugar a caballo, observé que el abate se acercaba a saludar a unos paseantes: dos señoras de muy buen porte, una vestida de verde y otra de azul, con sombrillas y sombreros de cintas, y dos caballeros que las escoltaban por la avenida... Uno llevaba el cordón de San Luis. Eso me despertó la curiosidad, y pregunté a Federici quiénes eran.
Raposo se vuelve a mirarlo, atento. Milot, que se ha detenido, retira el sombrero y se pasa una mano por el cráneo calvo, cubierto de gotitas de sudor.
—El del cordón era un tal Coëtlegon, que fue militar; y el otro, un peluquero llamado Des Veuves: un tipo de moda en París, al que las damas de la alta sociedad están haciendo millonario.
—¿Por qué?
—Imagínate. Peluqueros y modistos son los amos de esta ciudad, con todas esas pelucas, trajes y peinados a la última. Hoy la moda en París es a
la Des Veuves, porque un día, por lo visto, ese tío peinó a la princesa de Lamballe, que es amiga íntima de la reina. ¿Cómo lo ves?
—En Madrid pasa igual... Sólo que allí todo ocurre seis meses después, cuando llegan vuestras putas gacetas ilustradas.
Ríe Milot, que seca con un pañuelo muy arrugado la badana de su sombrero.
—Una de las señoras, la del vestido verde, era la pintora Adélaïde Labille-Guiard. Y la de azul era madame Dancenis... ¿Te suena?
—Para nada. ¿Debería?
—Pues claro, hombre —Milot se pone el sombrero y echa a andar de nuevo—. Es compatriota tuya.
—¿Española?... ¿Con ese apellido?
—Es de su marido: Pierre-Joseph Dancenis fue comisario real de Abastos e hizo fortuna en negocios inmobiliarios. Antes fue jefe de la misión comercial francesa en San Sebastián, donde conoció a su mujer, se casó con ella y se la trajo. Tienen una casa soberbia en la rue Saint-Honoré y una finca cerca de Versalles.
—¿Conoces su apellido español?
—Echarri, se llama ella. Margarita Echarri de Dancenis, es el nombre completo. Hija de un financiero de allí.
Raposo hace memoria.
—Hubo un Echarri, me parece, que estuvo en el banco de San Rafael, hasta la quiebra.
—Será ése. Desde luego, gente de mucho dinero... Ella está acostumbrada al lujo: elegante, rica, mujer de moda, tiene una tertulia famosa, entre filosófica y literaria, en su salón, donde recibe los miércoles.
—¿Edad?
—Sobre los treinta largos. O más. Las malas lenguas dicen que cuarenta muy bien llevados... Piel pálida y ojos negros y grandes: una de esas mujeres guapas que saben de sobra que lo son. Y ejercen.
—¿Y qué tiene que ver ella con el abate Bringas?... No me cuadra.
—Te va a cuadrar en cuanto te lo cuente.
—Pues empieza.
Y Milot, que no es mal narrador, se pone a ello. Federici —el suizo del que habló a Raposo hace un momento— es jefe de vigilantes de los Campos Elíseos: hombre puntilloso y serio, falto de imaginación como buen suizo;
pero justo por eso no se le escapa un nombre, ni una cara, ni un detalle de cuanto ocurre tras la verja de sus dominios. Y según él, ese abate Bringas, aunque sujeto poco recomendable —que dice haber sido detenido por publicar panfletos políticos, aunque lo fue por vender pornografía—, es también hombre culto y ameno. O eso comentan. Así que, además de zascandilear por cafés de escritores y filósofos, cae en gracia en algunos círculos de la buena sociedad parisién, donde divierte por su carácter exaltado y frecuenta tertulias en un par de casas buenas, incluida la de monsieur Dancenis; donde a su mujer le hace, más o menos, el papel de bufón con talento.
—¿Me explico, compañero?
—Perfectamente.
Han llegado al muelle de l’École, junto al viejo Louvre. Milot va a acodarse en el pretil de piedra y Raposo se sitúa a su lado. La vista desde allí es magnífica: el Pont Neuf lleno de carruajes que van y vienen entre ambas orillas, con el espolón de la isla de Notre-Dame metido en la corriente. El río está lleno de barcas y gabarras navegando o amarradas como en racimos.
—Pues no te extrañe —comenta Milot— si tus dos pájaros y el bufón acaban aterrizando un miércoles donde los Dancenis. Porque esta mañana Bringas los presentó a la señora en los Campos Elíseos; y luego anduvieron de paseo y charla animada hasta su coche, que esperaba en la plaza Luis XV.
—¿Todos juntos?
—Como te digo. Delante de mis ojos, y con Federici a mi lado como un perro de San Bernardo, interpretándome cada gesto.
Raposo se da la vuelta, y de espaldas al río apoya los codos en el parapeto. Frente a él se alza el campanario de Saint-Germain-l’Auxerrois.
Ante esa iglesia, tiene entendido, se mató mucho y bien la noche de San Bartolomé, cuando el pueblo de París hizo una linda montería de protestantes. Para que luego digan, concluye en sus adentros, de los españoles y sus frailes. Unos cardan la lana y otros se llevan la fama.
—Tendré que informarme sobre los Dancenis, entonces. Por si acaso.
—Te informo yo de buena gana, para que luego no digas que no sé ganarme los luises del otro día... Y los que estén por caer.
—¿Tienen mucho dinero?
—Muchísimo. Para comprarnos a ti y a mí con lo que se gastan en una cena.
—¿Y ella?
Milot le dirige una mirada socarrona.
—Ella, ¿qué?
—Ya sabes —Raposo curva un pulgar y un índice e introduce un dedo de la otra mano por el agujero—. ¿Tiene amantes?
Ríe el otro, grosero, enseñando los dientes y unas encías descarnadas.
—Esto es París, ombligo de la vida galante y toda esa mierda... Hasta la misma reina da buen ejemplo: los maridos, del rey abajo, llevan los cuernos con tanta naturalidad como la peluca empolvada... A la Dancenis se le suponen historias, claro. O al menos, la cortejan y ella se deja adorar. Su legítimo es hombre apacible, retirado de los negocios, disfrutando de la tranquilidad. Tiene una buena biblioteca, donde pasa la mayor parte del tiempo. Y según mis noticias, posee una Encyclopédie... Ahí puede haber relación con tus dos viajeros.
—¿Podemos controlar eso?
—Claro. Donde hay lacayos y criados, y de ésos los Dancenis tienen unos cuantos, siempre se saca información.
—Lo dejo de tu cuenta, entonces.
—Descuida, compañero. Confía en el viejo Milot... Acabarás sabiéndolo todo como si estuvieras dentro.
El policía le golpea el hombro, amistoso, y señala una taberna situada al otro lado de la embocadura del puente.
—Tengo hambre —comenta frotándose la barriga—. ¿Tú has comido algo?
—Todavía no.
—¿Qué tal unas orejas de cerdo fritas y unos tintos para quitarnos las telarañas?
—De acuerdo... Sus y a ellos.
—Invitas tú, claro. A cargo de lo mío.
—Ni lo sueñes.
—Pues nos lo jugamos a los dados... ¿Te parece?
Por el camino se cruzan con algunas mujeres bonitas, a las que Raposo sigue con la mirada. Le gustan las francesas, confirma una vez más. No gastan melindres como las españolas, siempre aferradas al misal y el
rosario. Que hasta para sonreír a un hombre parecen estarle haciendo un favor.
—¿Cómo andas de esparcimiento? —se interesa Milot, pícaro.
—Me defiendo.
—Cuando quieras nos vamos por ahí y te recomiendo a alguna de confianza —el policía suelta una risotada lúbrica—. En tu última visita a París no lo pasaste mal, que yo recuerde.
—Tomo nota.
—Más te vale. Porque te desaconsejo ir de caza a ciegas. No paramos de enviar putas a Saint-Martin, y la mayor parte están infectadas... Aquí te descuidas y por poco dinero te hacen coronel de caballería: te pasas el resto de tu vida rascándote la entrepierna.
A esa misma hora, los dos académicos y el abate Bringas se encuentran en el lado opuesto —por decirlo en términos morales— del diálogo que mantienen Raposo y su compadre Milot. Es fiesta de guardar en España, don Hermógenes acaba de asistir a misa en Notre-Dame, y con el ite, missa est sale de la catedral para reunirse con el almirante y el abate, que aguardan bajo el pórtico guarnecido de santos y reyes. Antes de que empezara la misa, el almirante acompañó un rato al bibliotecario, visitando con fría curiosidad la inmensa nave de la principal iglesia de París; pero al empezar el oficio religioso salió a la calle, a esperar en compañía de Bringas, que se había quedado fuera aguardándolos desaprobador, el aire hosco.
—¿Qué tal la misa? —se interesa cortés el almirante.
—Conmovedora, en ese escenario. Aunque nada que no tenga la catedral de León, o la de Burgos... El edificio es magnífico, pero me han decepcionado los vitrales. Había leído que dan a la catedral una luz misteriosa, casi mágica.
—Así eran —confirma Bringas—. Pero hace tiempo se cambiaron por vidrio blanco.
—En cualquier caso, una iglesia extraordinaria... ¿No cree?
Frunce el ceño el abate.
—Me parece excesiva, ya que lo pregunta. Como todas, por fastuosas o humildes que sean. Llena de símbolos negativos para la humanidad.
—Pero reconózcalo, hombre: es una obra maestra de la arquitectura.
Como si le hubiera picado una serpiente, Bringas se vuelve, brusco, señalando el edificio que dejan atrás, semejante a un enorme navío varado a orillas del río.
—¿Sabe cuántos obreros cayeron de sus andamios mientras se construía ese monumento a la superstición y a la soberbia?... Centenares. Miles, tal vez. ¿Imagina cuántas bocas hambrientas podrían haberse saciado con lo que costó este disparate de piedra?
—En cualquier caso, disparate irreemplazable —opone don Hermógenes.
—Ah, yo le haría demoler, más que reemplazar. En París, como en el resto de Europa, por no decir España, sobran iglesias. ¿Saben cuántas misas se dicen en esta ciudad cada día?... Cuatro mil. A quince sueldos cada una, significa que la religión se embolsa a diario... Ah... Esto...
Se ha puesto a contar con los dedos, perplejo. Acude en su socorro el almirante.
—Tres mil libras —apunta con sequedad—. Lo que hace cuatro millones al año.
Triunfal, Bringas se golpea la palma de una mano con el puño de la otra.
—Ahí lo tienen. ¡Linda renta, a fe mía!... Y eso, sin contar la colecta en la misa y los cepillos de vírgenes y santos.
—Se trata de un acto voluntario —argumenta don Hermógenes—. En París se da una libertad de culto envidiable. Reconózcalo.
—Lo reconozco, desde luego. Si no quieres, el cura te incomoda lo mínimo. Y cuando estás enfermo, no viene a dar matraca a menos que le llames... O que seas tan célebre que la Iglesia pretenda apuntarse el tanto.
No hay sueño de párroco que no incluya dar los óleos a un filósofo y alardear de ello en el sermón del domingo.
Bringas se detiene de pronto y alza un dedo, cual si acabase de caer en algo que reclamara especial atención.
—¿Les apetece un paseo?... Quiero enseñarles otra clase de templo, más siniestro todavía.
Siguiéndolo, cruzan el puente que comunica la isla con la orilla derecha.
En realidad es un pasaje construido con casas de varios pisos a ambos
lados, que impiden ver el Sena y cuyos bajos albergan tiendas de libros viejos y objetos religiosos.
—De todas formas —comenta Bringas, mirando malhumorado un tenderete lleno de rosarios, crucifijos y estampas—, no hay que olvidar que esos curas negaron hace poco el entierro cristiano incluso a Voltaire...
Ha pronunciado el nombre con tal familiaridad que don Hermógenes lo mira, ingenuamente interesado.
—¿Llegó a ver usted a Voltaire?... ¿A conocerlo?
Da unos pasos el abate, gacha la cabeza. Rumiando un visible rencor que parece irle creciendo en las entrañas. Al fin se yergue vigorosamente y abre los brazos, como para abarcar el mundo.
—¡Ah, Voltaire! —exclama—. ¡Ese gran traidor a la humanidad!
—Me deja usted de piedra —se sorprende el bibliotecario.
El otro lo perfora con ojos febriles.
—¿De piedra, dice?... Así quedé yo cuando el hombre que cambió la inteligencia de nuestro siglo vendió su primogenitura por un plato de lentejas en la mesa de los poderosos.
—Qué me dice usted.
—Lo que oye. Al solitario de Ferney, en realidad le gustaba muy poco la soledad, y mucho el halago, el poder, el dinero, las palmaditas en la espalda de los mismos imbéciles a los que decía combatir en sus escritos... Nadie como él a la hora de escurrirse como una anguila en las polémicas peligrosas, que llevaron a sus fieles a la cárcel o el cadalso... Nadie tan hábil a la hora de eludir el bulto... Amagando siempre, sí, con enorme talento; pero sin rematar nunca. Por eso su poderosa inteligencia no merece perdón humano.
—Diantre. ¿Y a quién salva usted, entonces?
—¿A quién?... ¿A quién, dice?... Al grande, noble, integérrimo... Al único puro de todos ellos. Al gran Juan Jacobo.
Camina un poco más Bringas, se detiene a llevarse las manos a la cara, dramático. Al fin camina de nuevo.
—Todavía derramo lágrimas cuando recuerdo nuestro encuentro...
—Vaya —se interesa el almirante—. ¿Conoció a Rousseau?
—Tangencialmente —matiza el otro—. Le reconocí saliendo de su casa en la rue Plâtriere, su Getsemaní: la calle más humilde, incómoda y mezquina de esta ciudad, a la que fue a vivir oscuramente, pobre y
desconfiado tras persecuciones y maltratos, vilipendiado por Voltaire, Hume, Mirabeau y los encumbrados de su ralea... Era el cuatro de mayo del año setenta y ocho; le quedaban sólo dos meses de vida... Ese día le marqué con piedra blanca en la parte heroica del calendario de mi existencia. Me quité el sombrero, recuerdo que se me cayó la peluca al suelo, y me detuve a vitorearlo a gritos. Él me miró al pasar: dos miradas, dos inteligencias, una sola alma... Y eso fue todo.
Don Hermógenes parece decepcionado.
—¿Todo?
—Sí, todo —Bringas lo observa de través—. ¿Le parece mal?
—¿No llegó a hablar con él?
—¿Para qué?... Durante años habíamos dialogado a través de sus escritos. Y sí. Supe en el acto que el gran filósofo, merced a su intuición prodigiosa, reconocía a un hermano gemelo, a un amigo leal. Y entonces me sonrió con aquella boca suya tan elocuente, tan noble, tan...
—¿Hambrienta? —aventura el almirante, sin poderlo remediar.
La mirada torva de Bringas no hace mella en la sonrisa imperturbable, siempre cortés, del académico.
—¿No se estará usted choteando de mí? —inquiere el abate, amoscado.
—En absoluto.
—Pues lo parece, la verdad.
—No... Para nada.
—¡Rousseau, nada menos! —retoma el hilo Bringas, tras unos segundos de agria reflexión—. Y todavía le persiguen y difaman esos eclesiásticos sin conciencia... Ya ven ustedes: caridad, la justa. Ojo al detalle. El clero más reaccionario no perdona la luz de la razón... ¡Perros!
—Hombre, señor mío —protesta don Hermógenes—. Perros, perros...
—Ni hombre ni pimientos en vinagre... Como digo. Perros de hocico a rabo.
Han dejado atrás el puente y la plaza de Grève y caminan por la explanada que orilla el río, llena de barcazas atracadas y cobertizos donde se almacena el heno para los caballos de los miles de carruajes que atascan París.
—Pero no sólo ellos —añade Bringas a los pocos pasos—. Rousseau era el único puro. Los otros... Ah, los otros. Esos filosofillos de salón,
dedicados a entretener y adular, desde su falsa autoridad, a aristócratas empolvados y ociosos...
El sol enflaquece aún más la sombra estrafalaria del abate: su casaca estrecha y raída, las medias de lana zurcidas, la grasienta peluca enredada de nudos, acentúan su imagen desastrada y miserable. En ocasiones hunde el mentón, caviloso, en el pañuelo arrugado que lleva al cuello; y cada vez, los pelos de la barba, que necesita la cuchilla de un barbero, rozan ruidosos la seda amarillenta.
—Más que nunca —dice al cabo—, la humanidad necesita de nosotros, los artilleros temerarios y audaces, insobornables, que hacemos caer bombas sobre la casa de Dios.
Carraspea don Hermógenes, incómodo con las obsesiones del abate.
—Apreciado señor, respetando sus ideas como respeto las de todo el mundo, creo que la cercanía de Dios a través de su obra... En fin... La religión...
Se queda ahí, porque Bringas, que se ha parado frente a él, lo perfora con mirada asesina.
—¿Religión?... No me haga reír, que no he almorzado.
—Haberlo dicho —apunta el almirante, palpándose un bolsillo del chaleco.
Con desdén filosófico, aunque no sin obvia lucha interior, Bringas aleja de momento la sugerencia.
—Eso puede esperar... Déjeme decirle antes aquí, a su compañero, que un salvaje errante por los bosques de América, contemplando el cielo y la naturaleza, sintiendo así al único amo que conoce, que es la ley natural, está más cerca de la idea de Dios que un monje encerrado en una celda, o una monja acariciando los fantasmas de su ardiente imaginación... Y
acariciándose de paso con ellos.
—Por Dios, señor —se escandaliza don Hermógenes—. Le ruego que a las monjas...
Suelta Bringas una carcajada tétrica. Apocalíptica.
—Todas las monjas deberían ser elevadas a la categoría de madres... De grado, o por fuerza.
—Jesús... —el bibliotecario se vuelve hacia el almirante, en demanda de socorro y buen juicio—. ¿No dice usted nada ante semejante barbaridad?
—Yo en cosa de monjas no me meto —responde el otro, que parece divertirse mucho.
Sacando fuerzas de su propia indignación, don Hermógenes se encara de nuevo con Bringas.
—En eso el almirante es como usted, me temo... Creyendo incompatibles las palabras Dios y razón.
Ahora es Bringas quien se dirige al almirante, estudiándolo benévolo.
—¿Es cierto eso?... ¿Qué opina usted, señor?
Esta vez don Pedro tarda en responder. Y lo hace con elegante indiferencia.
—La polémica entre don Hermógenes y yo es vieja, y no tengo respuesta... Resumiré diciendo que si Dios es un error, no puede ser útil al género humano. Y si es una verdad, debería mostrar pruebas físicas lo bastante claras.
—La idea de Dios puede ser útil, de todas formas —insiste el bibliotecario—. Reconózcalo.
—Aunque así fuera, mi querido amigo, la utilidad de una opinión no la convierte en verdadera.
Pero el bibliotecario no se da por vencido.
—En materia de dioses —opone—, desde hace siglos, los hombres han coincidido en su existencia. Y ya sabe: puesto que estamos hechos para la verdad, no puede dejar de serlo aquello en lo que nos mostramos universalmente de acuerdo.
El almirante le dirige una sonrisa escéptica.
—Eso de que estamos hechos para la verdad me parece discutible... Por otra parte, el consentimiento general de los hombres en torno a algo que ninguno de ellos puede conocer, no prueba nada.
Tras dejar atrás el río, han subido paseando por la rue Saint-Antoine, entre las tiendas de muebles, ebanistería y espejos que prolongan sus escaparates y mostradores hasta la iglesia de Sainte-Marie. Hay allí un café estrecho y oscuro donde Bringas se mete sin titubeos, tras recordar a los académicos que no ha comido aún. Al salir, después de que el almirante pague dos cafés con leche y un panecillo con manteca y cecina para el abate, siguen paseando. Más allá se elevan, siniestros, los muros oscuros de la Bastilla.
—Ahí estuve —casi escupe Bringas, señalándolos—. Embastillado hasta las trancas, en ese templo laico de la sinrazón y la tiranía.
—Gentil definición —comenta el almirante—. Digna de diccionario.
Con ojos extraviados, tocándose la peluca torcida, Bringas suelta a continuación una larga perorata. Sólo hay algo a lo que los hombres con cargos públicos, del rey al ministro, dice, temen más que la educación de sus súbditos: la pluma de los buenos escritores. La conciencia de los poderosos se retuerce cada vez que uno de estos héroes del pueblo, como el propio Bringas sin ir más lejos, denuncia lo que esos infames no se avergüenzan de perpetrar. Por eso la censura pública, y el tachar de crimen la prosa que los ataca, y la criba de textos que da lugar a que los mejores aspectos se pierdan y que la pluma del genio quede sujeta a la tijera cruel de la mediocridad culpable.
—¿Me siguen ustedes el razonamiento?
—Hasta la médula —responde el almirante.
—Pues en eso la Iglesia es cómplice, cuando no inspiradora... Aunque por lo menos, volviendo a lo de antes, el clero francés es permeable a las nuevas ideas y su poder está más fragmentado y contestado que en España, donde la injusticia se acomoda en púlpitos y confesonarios... Desde los años oscuros de Trento, volviendo la espalda al futuro, allí siempre nos equivocamos de Dios y de enemigos...
—Sobre todo de enemigos —conviene el almirante—. Precisamente aquellas naciones donde la imprenta está más desarrollada, y donde se editan libros que nos ponen como hoja de perejil.
—Tiene razón —se muestra de acuerdo don Hermógenes—. Hasta para eso tuvimos mala suerte.
—Poco tiene que ver la suerte —opone el almirante—. Y mucho la abulia y el desinterés por las artes, las ciencias y la educación, materias que hacen a los hombres libres.
—Gran verdad —apostilla Bringas—. Hay una frase típica española que me quema la sangre, muy usada en materia de colegios y enseñanza: «Es muy humilde el niño», dicen. Argumentado como elogio, naturalmente... Lo que, traducido, viene a significar: «Ya ha contraído, gracias a Dios, la enfermedad tan española de la sumisión, la hipocresía y el silencio».
—Pero también en nuestra patria hay clérigos ilustrados —protesta don Hermógenes—. Como también hay nobles, burgueses y hasta ministros
interesados en la moderna filosofía. Con el tiempo, eso se irá convirtiendo en más libertad y más cultura. En soberanos prudentes que, al menos en lo terrenal, alejen su morada de la de Dios.
—Desengáñese usted —se enroca Bringas—. Si un día hay revolución...
—Yo no hablo de revolución. Ese término...
El abate mira las torres sombrías de la Bastilla como si su contemplación, o sus recuerdos personales tras aquellos muros, le inspirasen energía.
Rencor dialéctico.
—Pues yo sí hablo, y a mucha honra. Hablo de reducir a la condición de simples ciudadanos a esos monarcas que alegan un derecho divino como prerrogativa frente al pueblo... Reducirles mediante la persuasión filosófica o mediante el hacha del verdugo.
Don Hermógenes da un respingo y mira alrededor con sobresalto.
—Menuda destemplanza... Diga usted algo, almirante. Me refiero a algo sensato.
—Ni por pienso —sonríe éste—. Yo encuentro amenísima la charla.
—Dios mío.
Absorto en su propio discurso, Bringas no les presta atención. De regreso al Sena, han salido de la rue Saint- Antoine y se internan por una zona de callejas de aspecto humilde. Una trapera borracha, sentada junto a su carretón cargado de harapos, discute con un cochero al que impide el paso, que baja del pescante del fiacre y la abofetea, para regocijo de los vecinos que observan la escena.
—Míreles —dice el abate, señalándolos—. Embrutecidos en sus pequeñas miserias, sin ver más allá. Sin desear la aurora de las ideas que les liberen... Ajenos a cuanto no sea comer, beber, reñir, dormir y procrear.
Siguen camino. Algo más allá, dos obreros discuten vivamente, pero callan y se quitan las gorras cuando pasa junto a ellos un cabriolé conducido por un individuo con aspecto de comerciante adinerado.
—Ahí les tienen —ríe Bringas, cáustico—: resignados a lo poco que tienen, se arrodillan, rezan y besan la mano de curas y príncipes porque sus padres, tan idiotas como ellos, les enseñaron a hacerlo... No son los tiranos los que hacen esclavos. Son los esclavos los que hacen a los tiranos.
—Pero a veces el pueblo estalla —comenta don Hermógenes—. Ya ocurrió aquí, me parece, hace cinco o seis años. Cuando los motines del trigo en Lyon y París, la carestía de pan y todo eso...
—Le veo a usted informado, señor.
—Basta con leer las gacetas, y en Madrid se publican varias. Aquello no es África.
—Ya... Pero lo del pan quedó en nada. Prendió la llama y se apagó rápido. Los alborotadores venían de fuera, y el pueblo de París permaneció pasivo y mirando. Al poco volvió la resignación. O no se fue nunca.
—Pero ahora hay incidentes... ¿No?
—Son menores, aislados. Fáciles de dominar. Alguna bronca esporádica y los versos impresos contra la reina, que cada vez corren más y mejor.
Aquí bastan dos mil soldados de las guardias francesas y el regimiento suizo de Versalles, amén de policías y soplones, para mantener la calma. No hay en el pueblo un verdadero ambiente, todavía... Gruñen, pero pasa el rey en carroza, como ese tendero de hace un rato, y todos aplauden porque tiene cara de buen chico. O porque la reina está preñada. Como si eso diera de comer... Lo que, por cierto, refresca unos versos míos que vienen al pelo: Grotesca esclavitud,
aquí donde me hallo.
A pie va la virtud,
el vicio va a caballo.
—A la reina no la aplauden tanto —apunta don Hermógenes.
—¿Qué le iban a aplaudir?... ¿El derroche? ¿Los amantes?... A saber de quién es el delfincito que esa austríaca espera. Por ahí vendrá la ruina principal, supongo. O deseo. Más aún que por el Estado despótico, el enriquecimiento de unos pocos y las finanzas arruinadas... Las Jezabel, las Salomé, las mujeres de Putifar, las Pompadour y las Du Barry siempre dieron buen juego a la hora de perderse hombres y reinos... Por ese lado roe la Historia a los monarcas viciosos. Por donde más pecado tienen.
Aún da unos pasos el abate, envenenados los ojos de cólera.
—Dormidos al borde de un abismo que los cortesanos y los oportunistas cubren de flores —concluye, casi poético.
Don Hermógenes cree llegado el momento de introducir en la conversación algo de buen juicio.
—Yo, sin embargo —expone—, creo que este rey, como el nuestro en España, es un príncipe conocido por la bondad de su corazón, la
ecuanimidad de su espíritu y la simplicidad de sus costumbres... Si lograse establecer una autoridad serena, una bondad grave y justa, el pueblo se mostraría agradecido...
—Ah, desengáñense —se rebota de nuevo Bringas—. El francés, como el español, es un pueblo licencioso sin libertad, derrochador sin fortuna, arrogante sin coraje, cargado de los hierros oprobiosos de la esclavitud y la miseria... Pueblos que se apasionan en cafés y tabernas por la libertad de las trece colonias americanas, que están a mil doscientas leguas, pero son incapaces de defender la suya propia. Animales perezosos que necesitan que les metan aliaga espinosa en el culo.
—Por Dios.
Junto a la tapia del cementerio de Saint-Jean se cruzan con unas floristas.
El almirante observa cómo a Bringas, pese a su discurso indignado, le queda un resto de atención para dedicar a una de ellas, joven y robusta bajo la blusa bien colmada y el mantón, que los mira con descaro.
—¿Y las mujeres? —se interroga el abate a los pocos pasos—. Para no pocas, las ideas que tienen por la mañana son las del hombre con el que pasaron la noche... Todas dejan de ser ellas mismas a los quince o dieciséis años, y a partir de entonces se aparean con siervos, dispuestas a parir pequeños siervos.
—Pero la felicidad del pueblo... —empieza a decir don Hermógenes.
—Yo no quiero felicidad para el pueblo —lo corta el otro, brutal—.
Quiero su libertad. Usándola, que sea o no feliz ya será asunto suyo.
—La nueva filosofía hará ese trabajo. Sin duda.
—Ya, pero a bofetadas. El pueblo es demasiado grosero para comprender.
Por eso hace falta que deje de respetar la autoridad que lo aprisiona... Que se agiten los espíritus del hombre bajo, mostrándole la vergüenza de su propia esclavitud. Esos enjambres de hijos que devoran con los ojos la comida expuesta en las tiendas lujosas, el marido que se desloma para meter en casa unos pocos francos y se emborracha para olvidar su miseria, el pan, la leña, las velas que no pueden pagarse, la madre que no come para que sus criaturas puedan hacerlo, y prostituye a las hijas apenas tienen edad, a fin de meter algún dinero en casa... Ése es el París real, y no el de la rue Saint-Honoré y los bulevares, que tanto elogian las guías de viajeros.
Han vuelto a los muelles del Sena. La ciudad vieja se amontona al otro lado, tras los muros que circundan la orilla: abigarrada, sucia, cubierta por
la nube de humo de hollín que parece achatarse sobre tejados y chimeneas.
—Si hay revolución en Francia, en España, en el mundo podrido que habitamos —prosigue Bringas, mascando las palabras cual si le supieran amargas en la boca—, no saldrá de las clases altas ilustradas de salón, ni tampoco del pueblo analfabeto y resignado, ni de los tenderos y artesanos que ni leen la Encyclopédie ni la leerán nunca... Vendrá de los impresores, periodistas, de nosotros los escritores capaces de transformar la teoría filosófica en prosa vibrante. En olas de implacable violencia que derriben altares y tronos...
Con una fuerte y doble palmada, el abate apoya las manos en el parapeto de piedra. Después dirige una mirada a uno y otro lado, al almirante y a don Hermógenes, antes de ensimismarse en la contemplación del río.
—No hay mayor aliado de los tiranos —dice tras un silencio largo— que un pueblo sumiso porque cree tener alguna esperanza en lo que sea: el progreso material o la vida eterna... La misión de quienes manejamos la pluma, nuestro deber filosófico, es demostrar que no hay esperanza ninguna. Enfrentar al ser humano a su propia desolación. Sólo entonces se alzará pidiendo justicia o venganza...
Se detiene en ese punto del discurso, un instante. Lo justo para lanzar un sonoro, denso escupitajo al agua verdegrís que arrastra ramas, basura y cadáveres de ratas.
—Se acerca la hora de que este siglo levante cadalsos y afile el cuchillo
—concluye—. Y no hay mejor piedra de amolar cuchillos que la letra impresa.
—El abate Bringas es un clarísimo ejemplo de rencor prerrevolucionario
—opinó el profesor Rico mientras encendía su enésimo cigarrillo—. Un ejemplo de cómo el fracaso y la frustración intelectual engendran, también, sus propios monstruos.
Había sido, para mí, un feliz encuentro. Al telefonear a Francisco Rico para consultarle un par de detalles sobre el personaje, éste me había dicho que también se encontraba en París, con motivo de unas conferencias. Algo sobre Erasmo, Nebrija o uno de ésos. Nos habíamos citado para desayunar en Lipp, donde me estuvo contando un disparatado proyecto suyo para
buscar huellas digitales de Quevedo, Lope de Vega y Calderón en los manuscritos originales que tenemos en la Academia, idea que lo divertía mucho de puro inútil, y ahora bajábamos paseando por la rue Bonaparte, atento yo a sus palabras; flaco, elegante y despectivo él, como de costumbre, con su calva pulquérrima, sus gafas de Mefistófeles de biblioteca y su boca ancha y muelle, tan desdeñosa hacia el resto del mundo como la corbata azul tinta de nudo grueso y el dandiesco pañuelo de color amarillo imposible que se le derramaba desde el bolsillo superior de una chaqueta italiana de corte impecable. Creo haber mencionado antes que el profesor Rico es autor de Los aventureros de las Luces, un estudio muy interesante —enemigo contumaz de toda falsa modestia, él lo califica de imprescindible— sobre los intelectuales españoles en la Revolución Francesa.
—¿Has leído mi obrita baladí? —quiso saber.
—Claro.
—¿Y los libros de Robert Darnton y Blom?... ¿Los de los enciclopedistas, los títulos prohibidos y demás parafernalia?
—Elemental, querido Paco. Pero me falta el toque maestro. Por eso, como estás a mano, recurro a ti.
Lo de toque maestro le había gustado. Lo demostró haciendo un aro de humo con los labios fruncidos —un aro propio de él, exquisito, casi perfecto— y dejando caer la ceniza, desde arriba y al pasar, en el vaso de plástico de un mendigo rumano.
—Pues entre uno y otros lo tenemos todo dicho, querido. O casi.
Darnton, que toma la idea de Gerbier, y yo mismo, que no la tomo de nadie porque para eso he leído más libros que ellos dos juntos, explican, o explicamos muy bien, a gente como nuestro radicalísimo abate... ¿Me sigues?
—Hasta el fin del mundo, profesor.
—Como es tu obligación. Pues eso. Porque estamos hablando de los parias de la intelectualidad, vaya. Y mira —señaló con el cigarrillo la calle, como si todos anduvieran por allí cerca—. De una parte estaba el grand monde, los que habían logrado llegar a lo alto: los nombres ilustres como Voltaire, Diderot, D’Alembert, que además ganaban dinero... Gente recibida en los salones y respetada por los lectores. Triunfadores de las corrientes ideológicas a la moda... De la otra estaban los del quiero y no puedo, los
mediocres o desafortunados, que soñaban con el esplendor de ese mundo pero se iban quedando por el camino. ¿Imaginas?... Todo ese rencor acumulado por cualquier jovenzuelo que, creyéndose con talento, acudía a París esperando codearse con Rousseau y envejecía malviviendo en una buhardilla, escribiendo libelos baratos y pornografía para conseguir al menos una comida al día... Ni para pagarse una fille de joie tenían.
Nos detuvimos a mirar el escaparate de la librería y tienda de autógrafos de la rue Bonaparte. Allí, prácticamente, había nacido una de mis novelas, La sombra de Richelieu, en la que el propietario de aquella tienda, ya fallecido, daba título a uno de los capítulos. El profesor Rico dudó de la autenticidad de una carta autógrafa de Victor Hugo expuesta en la vitrina, y mencionó en italiano una cita que supuse apócrifa de La leyenda de los siglos —«En francés pierde mucho», aclaró—. Después dejó caer la colilla sobre la alfombrilla que tapizaba la entrada, mirándola con desapasionada curiosidad científica mientras se consumía —«Esa moqueta no es ignífuga», dijo al concluir la observación—, encendió otro cigarrillo y seguimos nuestro camino.
—Ni en el siglo dieciocho ni ahora —continuó al cabo de un momento—
acepta nadie que su fracaso se deba a falta de talento, sino que ve injusticias, conspiraciones y desdenes por todas partes... Bringas era uno de esos pseudofilósofos frustrados y radicales que mostraban en sus libelos y panfletos más odio contra los que, según ellos, les negaban el reconocimiento debido, que hacia los aristócratas y reyes a los que decían odiar... Sentían el rencor más feroz contra los que se habían adueñado de la república de las letras y no les cedían unas migajas de gloria. Fue eso lo que más tarde convirtió a muchos como Bringas en despiadados revolucionarios... Pero no es exclusivo de su tiempo: se da siempre, en cada terremoto histórico... ¿Recuerdas las delaciones entre intelectuales y artistas durante la guerra civil española y los años del franquismo?
—Por supuesto... Menudearon las denuncias, encarcelamientos y ejecuciones en ambos bandos: García Lorca, Muñoz Seca... Y la delación contra el filósofo Julián Marías, el padre de Javier, a los once días de acabar la guerra: la que casi le cuesta el paredón.
Por no contarte lo mío de ahora, remató el profesor Rico mientras miraba de reojo, crítico, su perfil en el cristal de un escaparate. Es duro estar siempre arriba, oye. No creo que puedas hacerte idea. Y en realidad, añadió
al cabo de un momento, los Bringas y su rencor social fueron los que precipitaron la Revolución en Francia. Las luces podían haber quedado en asunto de salones y tertulias aristocráticas, de cafés selectos frecuentados por teóricos de la nueva filosofía. Fue la desesperación de los amargados pobres diablos la que, al estallar en las capas sociales más bajas, acabó inflamando al pueblo. En la práctica, fanáticos rencorosos como el enloquecido abate, con su frustración y su odio, echaron más gente a la calle que todos los enciclopedistas juntos.
—La Revolución, cuando estalló, puso al frente, como suele ocurrir, a los que no tenían nada que perder. Y los llevó arriba, frotándose las manos, dispuestos a ajustar cuentas... Actores y dramaturgos frustrados como Collot y Fabre mandaron a la guillotina a cuantos pudieron de los antiguos colegas... En su etapa jacobina, Bringas no dejó filósofo triunfador con cabeza, hasta que también él cayó con Robespierre y sus compadres... Un caso claro es el de Bertenval, un enciclopedista al que tu abate adulaba en público pero odiaba con toda su alma, y al que delató y mandó al cadalso durante el Terror... A mí, por supuesto, de haber estado allí, me habrían reservado plaza en la primera carreta. Por entonces ya había cervantistas mediocres, no vayas a creer... O más bien todos lo eran. Pero, en fin —
parecía lamentarlo—. No estuve.
Tomamos a la izquierda en el cruce con la rue Jacob para detenernos de nuevo ante una librería; esta vez, especializada en libros de ciencia. En el escaparate estaba expuesta una soberbia edición de La Méthode des fluxions de Newton, traducido por Buffon. Entré a preguntar por el libro, considerando la posibilidad de regalárselo a José Manuel Sánchez Ron a mi regreso a Madrid, pues Newton es su tótem. Pero era atrozmente caro.
Cuando salí, el profesor Rico, que se había quedado fuera haciendo nuevos aros de humo, pareció recordar algo.
—Hay unas Memorias muy interesantes —dijo—. Las de Lenoir. Casi tanto como si fueran mías.
Miré el escaparate antes de caer en la cuenta de que me hablaba de otra cosa.
—¿El que fue jefe de la policía antes de la Revolución?
Hizo un nuevo aro de humo, tiró el cigarrillo y se quitó los lentes para limpiarlos con el espectacular pañuelo de seda amarilla.
—Ese mismo.
—Las tengo, sí. Encontré el libro en la colección Bouquins, aunque aún no le he metido mano.
—Pues hazlo. En él hay un apartado delicioso, donde Lenoir menciona una lista de fulanos que luego fueron diputados radicales, votaron la muerte del rey y ocuparon cargos de importancia durante el Terror... Unos pocos años antes, en los informes policiales todos ellos eran considerados chusma mediocre y fracasada, bajuna... Y la lista es divertida: en ella están Fabre d’Églantine, tu amigo Bringas y también Marat, el amiguito del pueblo... El comentario sobre este último es magnífico. Algo así como: Desvergonzado charlatán, ejerce la medicina sin ser médico, y ha sido denunciado porque muchos enfermos han muerto en sus manos.
Miró los lentes al trasluz, volvió a ponérselos, e introdujo de nuevo el pañuelo en el bolsillo superior de la chaqueta con un elegante floreo de muñeca, dejando colgar las puntas. Lánguidas.
—Espero —dijo, displicente— que no hagas como el cabrón de Javier Marías, y que no se te ocurra sacarme de personaje en tu próxima novela.
—Ni hablar —respondí—. Descuida.
Sopla viento afuera, que el almirante ya previó al atardecer, cuando las nubes y la neblina de hollín empezaron a deshilacharse sobre la ciudad en colas de caballo. Ahora resuenan rachas en las oquedades del edificio, aleros y canalones, y baten los postigos sueltos de las casas vecinas. El cambio de tiempo parece haber traído algún malestar a don Hermógenes, que tiene fiebre y el pulso rápido, aunque él lo achaca a la discusión mantenida con el abate Bringas sobre religión. Sentado en su cama a la luz de un velón de aceite, con batín y gorro de dormir, conversa con el almirante, que en chaleco y mangas de camisa aviva la estufa con una paletada de carbón.
—Los ojos de ese hombre, Bringas —comenta el bibliotecario.
—¿Qué tienen de particular?
—No paran. ¿Se ha dado cuenta?... Van de un lado a otro, casi feroces, como si tomaran nota de todo para un archivo siniestro y personal. El ojo tiene siete músculos, como usted sabe...
—Ocho, tengo entendido.
—Bueno, tanto da. El caso es que los de nuestro abate, o lo que ese individuo sea ahora, trabajan a una velocidad sorprendente.
Sonríe don Pedro, volviéndose hacia su amigo tras cerrar la trampilla de la estufa, y ocupa una silla junto a la cama.
—Lo que tiene que hacer usted es cerrar los suyos y descansar.
Demasiados paseos, me temo. Demasiadas corrientes de aire.
Don Hermógenes asiente, se queda un momento pensativo y frunce el ceño con aire censor.
—Por cierto, querido almirante: no me sentí en absoluto apoyado por usted cuando salió a relucir el asunto religioso... ¡Qué saña la de ese sujeto!
¡Qué beligerancia y qué rencor!... Ya sé que comparte algunas de sus ideas, aunque gracias a Dios, no las más exaltadas.
Se ensancha la sonrisa de don Pedro. Le ha tomado una muñeca al bibliotecario para tantearle el pulso.
—El disparate estaba en la forma de plantearlas, no en el fondo. Las ideas del tal Bringas, aunque desaforadas, me parecen en su fondo correctas.
—Vaya por Dios.
El almirante le suelta la muñeca y se recuesta en la silla.
—Lo siento, don Hermes... Pero en lo tocante a religiones, Bringas tiene razón. En las nueve mil leguas que tiene de perímetro el mundo, no hay un solo lugar donde las supuestas órdenes de algún dios no hayan consagrado algún crimen.
—Porque son dioses torpes los que nos representan, propios de bestias sin luces. Para eso están los misioneros lúcidos, precisamente. Tanto en sentido literal como en el figurado. Para persuadir de la verdadera y necesaria fe, compatible con la verdadera y necesaria razón.
Mira el almirante a su compañero, guasón. Ha sacado su reloj de un bolsillo, consulta la hora y se lo lleva a la oreja para comprobar su funcionamiento.
—¿Misioneros, a estas alturas, don Hermes?... ¿Misioneros, y yo en ayunas?
—No empecemos, querido amigo.
Coge el bibliotecario el Horacio que tiene en la mesita de noche y hace ademán de hojearlo, aunque no le presta atención y acaba dejándolo sobre la colcha.
—Y más en este siglo de progreso y adelantos —dice de pronto—. Todos esos pueblos recién descubiertos en el corazón de África y en el Pacífico...
Primero la noción de un dios justo, luego la civilización y luego combinar ideas. Nada más natural. Nada más positivo.
Niega con la cabeza, cortés pero firme, el almirante.
—A los pueblos recién descubiertos —dice con mucha calma, dándole cuerda al reloj— debería enviarse antes que al misionero, al geómetra.
Alguien que, para empezar, los convierta a los principios básicos... Que primero sepan combinar unidades, y luego ya combinarán ideas. Es a la física y a la experiencia, prueba y error, a las que debe rendir culto el hombre libre.
En la ventana, por fuera, el viento hace golpear uno de los postigos, mal cerrado. El almirante inclina la cabeza, el aire ausente, ensimismado en imágenes o recuerdos. Al fin la sacude casi con violencia, cual si buscara regresar al presente.
—Si junto limadura de hierro con azufre y agua, se produce fuego —dice tras un instante—. Si un objeto cae, golpea los cuerpos que encuentra en su caída y les comunica movimiento según su densidad... Si un navío navega de A hacia B, abate en su rumbo debido al factor C, integrado por el viento y la corriente... Ése es el catecismo real. El único que sirve de algo.
—Pero la idea de Dios...
Ulula el viento y sigue batiendo el postigo. Se levanta don Pedro, brusco, y da tres zancadas hasta la ventana.
—Ésa sólo sirve para camuflar la parte del catecismo natural que el hombre todavía no conoce... Lo peor de las cosas es el error deificado.
Mientras dice eso, abre la ventana y cierra el postigo con un fuerte golpe.
Desde la cama, el bibliotecario lo mira, extrañado.
—Caramba, almirante. Se le diría a usted furioso. Y no comprendo...
—Cierto, discúlpeme. Pero no es con usted.
Regresa despacio hasta su silla, pero no se sienta; permanece en pie, apoyadas las manos en el respaldo. Su expresión es sombría.
—El hombre es infeliz porque ignora a la naturaleza. Incapaz de interrogarla de modo científico, no percibe que ésta, desprovista tanto de maldad como de bondad intrínsecas, se limita a seguir leyes inmutables y necesarias... O dicho de otra manera, que no puede actuar de modo distinto al que actúa. Por eso los hombres, en su ignorancia, se someten a hombres
iguales que ellos: reyes, hechiceros y sacerdotes, a los que su estupidez los hace considerar dioses sobre la tierra. Y éstos aprovechan para esclavizarlos, corromperlos y volverlos viciosos y miserables.
—Puedo estar de acuerdo —responde don Hermógenes con mucha mesura—, aunque sólo en parte y con matices. Hoy dijo Bringas algo en lo que convengo: no son los tiranos los que hacen a los esclavos, sino éstos quienes hacen a los tiranos.
—Con un agravante, querido amigo... En los tiempos de oscuridad, la ignorancia del hombre era disculpable. En un siglo ilustrado como éste, resulta imperdonable.
Dicho eso, el almirante calla y permanece un rato inmóvil. La luz de aceite ahonda sombras en el rostro delgado, envejeciéndolo más con profundas arrugas. Intensificando el efecto de humedad en sus ojos.
—Ya dejé atrás los años en que la maldad me enfurecía —añade al fin—.
Ahora me enfurece la estupidez.
—No sé cómo tomarme eso.
—Tampoco va por usted.
Resuena una prolongada racha de viento tras el postigo cerrado. De pronto, el bibliotecario comprende lo que le ocurre a su compañero. Está recordando el mar. La furia ciega de la naturaleza, que opera según sus propias reglas. Indiferente a la virtud o la maldad de los hombres a los que zarandea y mata.
—¿De verdad cree usted, don Hermes, que porque un hombre cambie en voz baja unas palabras con otro, borrará de su conciencia o dejará de pagar en otra vida el mal que haya hecho en ésta?
Sigue inmóvil el almirante, apoyadas las manos en el respaldo de la silla, mirando a su amigo. Y éste siente la necesidad de oponer algún lenitivo a aquella extraña calma. A la helada resignación del compañero al que admira.
—Por Dios —dice con impulsiva honradez—. ¿No le gustaría, al menos, empezar una nueva vida, otra vez? ¿Empezar desde cero, con la conciencia limpia?... Eso es lo hermoso de la contrición cristiana. Basta humillarse ante Dios para obtener la inmortalidad del alma. Un paso por el Purgatorio, y listo.
—¿Y cuánto tiempo me administraría allí, amigo mío?
—Es usted imposible.
Ahora el almirante sonríe al fin. Se ha movido un poco, y las sombras dejan de torturarle el rostro.
—Si me dieran la inmortalidad absoluta a cambio de un día de Purgatorio, rechazaría el trato. Qué pereza, luego, todo el tiempo tocando el arpa en una nube, vestido con un ridículo camisón blanco... Lo mejor es dejar de existir.
—Me temo, y eso me horroriza, que hable usted en serio.
—Claro que hablo en serio. Cuando se ha vivido de forma adecuada, no hay nada mejor que un largo, bien ganado descanso.
—Bueno. Al menos, usted tiene motivos para merecerlo, cuando llegue su hora. Porque nada tiene que reprocharse: militar, se batió por su rey y por su patria; hombre de ciencia, deja tras de sí sus trabajos y ese magnífico diccionario de Marina; académico, hombre cabal, es respetado por sus amigos, entre los que creo contarme... Es para estar orgulloso.
El almirante se lo queda mirando con mucha fijeza, sin responder en seguida. Al cabo aparta las manos del respaldo de la silla y parece erguirse con una especie de dignidad solitaria. Melancólica. De un modo parecido, piensa fugazmente el bibliotecario, debió de erguirse en su juventud sobre la cubierta de un navío, cuando resonaba la metralla de los buques enemigos.
—No lo sé, don Hermes... En realidad estoy menos orgulloso de lo que soy que de lo que he conseguido no ser.
Los dos viajeros no pueden saberlo; pero en ese momento, a doscientas sesenta y cinco leguas de allí, a la luz de una lámpara de aceite Argand regalada hace tres días por el rey a la Real Academia Española —único signo de confort moderno en la polvorienta sala de reuniones—, el pleno de compañeros académicos mantiene una discusión parecida a la suya. Todo empezó cuando, tras los asuntos de despacho, se discutió la papeleta con el lema Ente, que a propuesta de algunos presentes debería modificarse en la próxima edición del Diccionario; de forma que la definición que figura en el tomo correspondiente del de Autoridades, publicado en 1732, y que se ha mantenido durante casi medio siglo, sea acortada. O racionalmente puesta al día, como pide que conste en acta Justo Sánchez Terrón, uno de los
académicos que con más denuedo apoyan el cambio. Así, la definición original: Dícese de todo lo que realmente existe. Por antonomasia lo es Dios, por ser Ente increado, e independiente, que por sí mismo subsiste, y por participación lo son todas las cosas creadas, debería verse, según criterios de modernidad, reducida al primer párrafo; o, como mucho, a Todo lo que tiene real existencia, dejando, en cualquier caso, en materia de entes y entidades, a Dios y su creación aparte. Eso ha suscitado un vivo debate que aún se mantiene, aunque en términos más ásperos que el de los dos viajeros en París: ni todos los académicos que tienen fe religiosa, o aseguran tenerla, muestran tanta delicadeza como don Hermógenes, ni todos los que rinden culto a la razón son tan corteses o templados como el almirante.
—Mientras en el extranjero progresan la física, la anatomía, la botánica, la geografía, la historia natural —dice Sánchez Terrón con muchas pausas, gustándose a sí mismo como acostumbra—, nosotros debatimos aquí sobre si el ente es unívoco o análogo, sobre si trascienden las diferencias o sobre si la relación se distingue del fundamento... Y así están las universidades españolas, señores. Así la educación nacional.
Hay protestas en torno al sobado tapete de badana que cubre la mesa, manos alzadas, gestos de aprobación o desagrado. Lanzando rápidas miradas a uno y otro lado, el secretario Palafox toma nota de todo mientras Vega de Sella, el director, concede la palabra.
—Es intolerable —argumenta don Nicolás Carvajal, matemático y autor del Tratado de arquitectura civil, en apoyo del académico que lo ha precedido— que enseñanza y universidad estén, todavía, en manos de defensores de la doctrina aristotélico-tomista frente a los partidarios de la ciencia moderna, cuando éste es el siglo de la educación, de la diplomacia y de la ciencia.
Viene a continuación el turno de palabra de don Antonio Murguía, archivero de su majestad y miembro de la Academia de la Historia: un hombre feo, menudo y enérgico, tocado con rizada peluca gris, autor de una conocida biografía de Felipe V y varios tratados sobre la decadencia de los Austrias y la guerra de Sucesión.
—Los mensajes de los novatores del pasado siglo —argumenta—, pese a su timidez, fueron ya considerados por teólogos y moralistas atrincherados en el escolasticismo y el aristotelismo como una amenaza... Su presión
obligó a muchos hombres sabios al silencio prudente. Y las costas las pagamos todavía. Así que esta docta casa no puede seguir siendo cómplice de tales silencios.
Preocupado por la deriva que toma el debate, el director mira el reloj que está en la pared, coteja la hora —son las ocho y cuarto— con la que marca el que saca discretamente de un bolsillo de la chupa, y recuerda a los presentes que se trata de discutir sobre una simple acepción del Diccionario, no de diagnosticar los males intelectuales de la nación.
—Se trata de revisar una definición, señores académicos. De la lengua castellana, o española. Y en los términos adecuados... O sea, que no estamos polemizando en un café sobre el contenido de una gaceta.
Asienten algunos y encogen otros los hombros; corre en torno a la mesa, en fin, un dispar murmullo de aprobación y desaprobación. Y acaba haciéndose con la palabra, torcido el gesto, Manuel Higueruela. En términos agriados, como suele, lanzando bajo su peluca miradas maliciosas a los compañeros de los que discrepa, el periodista se declara opuesto al newtonianismo y racionalismo porque el científico, subraya, debe centrarse en conocer y poseer la sabiduría de Dios, no en descubrir supuestas leyes de la naturaleza cuyo control no le corresponde, lo que es necio y perverso.
Pretender racionalizar el mundo mediante la observación y la experiencia significa anular la necesidad de una explicación divina y considerar inútil la digna función eclesiástica.
Asiente silenciosa y vigorosamente, a su exposición, el grupo más ultramontano de los académicos: dos de los cinco clérigos que lo son de número, el alto funcionario de Hacienda y el duque del Nuevo Extremo. Por su parte, el secretario perpetuo del Consejo de la Inquisición, don Joseph Ontiveros, permanece callado, con una sonrisa distante en los labios. Al fin alza la cabeza cana y pide la palabra.
—Vaya por delante que no creo que deba tocarse la definición de Ente, tal y como está; al menos en la próxima edición del Diccionario. Pero es cierto que a la larga no podremos volver la espalda a la efervescencia que se extiende por todas partes... Todo es ahora analizado, discutido, removido, nos guste o no, desde los principios de la ciencia hasta los fundamentos de la fe religiosa, desde la metafísica al buen gusto, desde la teología hasta la economía y el comercio... Negarse a verlo así perjudica a la religión aún más que a la razón, pues la sitúa como enemiga.
Toma de nuevo la palabra Higueruela, que levanta la mano gordezuela en la que relucen anillos de oro, y apunta un dedo acusador hacia el radical Sánchez Terrón, quien sonríe con desdén al otro lado de la mesa. En realidad, por encima del tapete y de afinidades tácticas, son espacios y siglos los que se extienden entre ambos.
—No falta autoridad al reverendo padre Ontiveros —dice Higueruela, aunque mira al otro—. Pero esa mesura, esa comprensión cristiana, no hacen sino dar aliento a los descreídos. Al sinedrio filosófico que, como algunos compañeros de esta casa, pretende que en vez del padrenuestro la gente recite: e, elevado a pi, más uno, igual a cero. Que dejemos las ciudades para recobrar nuestro estado natural, volviendo a las praderas y selvas con los hotentotes, patagones e iroqueses... Que recemos a San Euler y a San Voltaire. O que no recemos a nadie, ni respetemos reyes, ni sotanas, ni togas... Y eso ya es aberración y es soberbia.
El discurso de Higueruela —de aquí a una semana saldrá impreso en tinta fresca y con idénticas palabras en el Censor Literario que edita el periodista
— cae mal en torno a la mesa; y el director Vega de Sella, que lanza frecuentes y desesperados vistazos al reloj de la pared, se ve obligado a reclamar orden; aunque no puede evitar que por alusiones, aunque no sean directas, Sánchez Terrón pida de nuevo la palabra, y en términos de relativa dureza critique —así figurará en las actas escritas por el diligente secretario Palafox— «la absurda cosmología aristotélico-ptolemaica de algunos señores académicos, su escolasticismo a ultranza y su defensa de las Sagradas Escrituras como autoridad». España, concluye, debe dejar de resistirse a la ciencia y la razón. Que aprenda a pensar, y a leer. Que apañada va, y buena falta le hace.
—¿Que aprendamos a leer? —salta Higueruela, irritado, sin aguardar turno de palabra—. ¿Nos está llamando analfabetos en nuestras barbas el señor académico?
—En absoluto —niega Sánchez Terrón, con un desdén y una cínica sonrisa superior que desmienten sus palabras.
Higueruela parece escupir veneno sobre el tapete.
—Esas reflexiones ya se han hecho en toda Europa, con resultados nefastos: ya no hay reino, menos el de España, que para su desgracia no sea newtoniano, y por consiguiente copernicano, y por consiguiente ofensivo para las sagradas letras que tanto debemos venerar... O para el simple
sentido común. Porque hace poco leí algo del señor Sánchez Terrón, y desde entonces no pego ojo: cuando despacho un plato de fresas me trago otros tantos animalitos sensibles, cuando huelo una rosa casi puedo conversar con ella de ente a ente, y cuando corto una flor me expongo, prácticamente, a ser enjuiciado por homicidio... ¿A dónde vamos a parar con tanta insensatez?
—Sólo recomiendo —insiste fríamente Sánchez Terrón, con la misma displicencia de antes— que aprendan a dejarse guiar por las luces.
—Por luces extraviadas, querrá decir... O ajenas —matiza Higueruela con pésima intención—. Me refiero a ese empeño frívolo en manejar mucho énfasis, mucha oscuridad, mucho desahogo en pregonar ideas extranjeras que apenas se rozan en la superficie, indiferentes a su mucha o poca verdad... La razón no se ejerce imitando, sino siendo. Y, ante todo, español.
—No le consiento...
—Me trae al fresco que lo consienta o no.
El reloj da por fin una campanada, y el director Vega de Sella aparta de él los ojos con visible alivio.
—Se levanta la sesión, señores académicos. Agimus tibi gratias...
Se encuentran a la salida, envuelto en su capa española Higueruela, abrigado Sánchez Terrón con gabán de paño cortado a la última. Salen de la Academia sin mirarse, altaneros, y caminan cada uno por un lado de la calle del Tesoro. Allí, el paso del uno se torna más lento hasta dar al otro ocasión de alcanzarlo y ponérsele a la par.
—Es usted un impertinente —masculla Sánchez Terrón.
Higueruela se encoge de hombros y sigue junto a él, al mismo ritmo.
Lleva el sombrero de tres picos bajo el brazo, y la peluca da a su cabeza redonda, de cuello corto que parece atornillado en el torso, un toque grotesco.
—No se queje, porque en la diatriba antifilosófica de mi próximo Censor lo dejo al margen. Yo soy hombre que sabe respetar las treguas.
—No tengo ninguna tregua con usted.
—Llámela como quiera: acuerdo táctico, comunidad de intereses, ganas de fastidiar... El caso es que tenemos un pequeño asunto en común. Y eso,
le guste o no, crea sus vínculos. Su deleitoso puntito.
Titubea el otro, incómodo.
—Quiero dejarle claro que, en ningún momento, yo...
—Claro, claro. Natural. No se preocupe. Me hago cargo.
—Me temo que usted no entiende nada.
—Pues crea que lo entiendo como de dulce. Le gusta que le hagan los trabajos sucios, pero quiere presumir de manos limpias.
—Buenas noches, señor.
Envarado, metiendo las manos en los bolsillos del gabán, Sánchez Terrón da media vuelta y se aleja a grandes pasos hacia la plaza del palacio real.
Sin inmutarse, el otro le va detrás, paciente y callado durante un trecho. Al fin vuelve a ponerse a su lado y le tira de una manga.
—Oiga, míreme a la cara... Usted no se baja de esta diligencia en marcha, se lo aseguro.
—Esto ha ido demasiado lejos.
Emite Higueruela una risita taimada.
—Es lo que me fascina de ustedes, los redentores del pueblo: su facilidad para ponerse de perfil cuando las cosas giran hacia lo real. Cuando hay que pagar los precios morales de los deseos ejecutados por otros.
Se han detenido en la luz de uno de los faroles de la plaza. Al otro lado, entre las sombras, bajo un cielo salpicado de estrellas, clarea la mole de piedra blanca del palacio real. Higueruela levanta la mano de los anillos, señala el pecho de Sánchez Terrón y luego se toca el suyo.
—Está en esto igual que yo —puntualiza.
—La idea fue de usted.
—Y le pareció estupenda.
—Pues ya me lo parece menos.
—Demasiado tarde. Lo de nuestro hombre en París sigue su curso, y habrá que afrontar las consecuencias... Precisamente esta mañana recibí carta de él.
Un destello de interés despeja, a su pesar, la fatua gravedad de Sánchez Terrón.
—¿Y qué cuenta?
—Que los viajeros tienen dificultades para encontrar lo que buscan, y se dispone a entorpecerlo más todavía. Que están en manos, además, de un
individuo poco de fiar, y que la embajada se desentiende... Todo bien, como ve. Favorable para nuestros planes.
Da un respingo el otro, indignado de nuevo. Arrogante.
—Le repito que yo...
—No se moleste en repetirlo. Precisamente el tal Raposo acaba de pedir un poco más de dinero. Los gastos se acumulan, al parecer. O eso dice.
—Ya le di a usted tres mil reales.
—Sí. Y desde luego, no creo todo lo que cuenta Raposo. Sin embargo, para estar tranquilos, creo que algo más podemos mandarle.
—¿De qué cantidad me habla?
—Mil quinientos reales.
—¿En total?
—Cada uno. Me he permitido enviárselo todo hoy de mi bolsillo, con una carta de pago del Giro Real contra la banca Sartorius de París... Por eso le agradecería que me haga llegar su parte en cuanto le sea posible.
Han vuelto a caminar, esta vez a lo largo de la fachada del palacio. Frente al cuerpo de guardia, a la luz de un fanal, un centinela los mira indiferente, desde el abrigo de su garita.
—Sé lo que está pensando —comenta Higueruela—. Podría haber hecho frente a ese pago yo solo, naturalmente... Pero me tienta violentar un poquito su prístina conciencia ilustrada.
—Es usted un mal bicho.
—Hay días que sí. Algo... Por eso mi Censor Literario se vende como se vende.
Sánchez Terrón emite una risa desagradable, áspera, ajena al buen humor.
—Claro... Majismo y desgarro nacional, toros y coplas, sátiras injuriosas, libelos difamatorios contra los sujetos más beneméritos de nuestras letras modernas nunca faltan ahí. Pero elogios de sabios, mención de sus obras y reflexiones sobre los progresos de la ciencia, en eso anda su periodicucho muy escaso... Y encima, los funcionarios de la censura son de su cuerda.
Sus compinches.
—Señor mío, la libertad de imprenta, se lo dice alguien que desde hace veinte años imprime papeles públicos, tiene sus límites. El choque de ciertos entendimientos y materias produce la luz, es verdad. Pero en algunos asuntos como religión y monarquía, ese choque provoca incendios que
deben evitarse con cauta prudencia... Dígame. En un sistema político gobernado por los de su cuerda, ¿habría libertad de imprenta?
—No le quepa duda.
—¿Y se me permitiría publicar mi gaceta, tan lindamente?
Vacila un instante Sánchez Terrón.
—Supongo.
—Sabe que no —ahora quien ríe es Higueruela—. Que, pese a todo con lo que se llenan la boca, lo primero que harían los suyos sería prohibir publicaciones como la mía.
—Eso es falso.
—Lo dice con letra pequeña. No es lo mismo desvestir santos que vestirlos. Manejar ideas que afrontar hechos... Así que, como tengo la suerte de estar en el mango de la sartén, me curo en salud y procuro que nunca llegue ese momento.
—Maldita sea... ¿Cómo diablos entró usted en la Academia?
—Aparte del amor a las letras, por relaciones y ambición... Como usted, más o menos. A mí me tienen miedo, y usted es un figurón moderno que da vitola ilustrada.
—Vendrá un tiempo en que tengan miedo a los hombres como yo, no a los de su calaña.
Silba bajito el otro, irónico.
—En tal contexto —comenta tras pensarlo un poco—, y tras lo de mal bicho, eso de calaña suena fuerte entre académicos de la Española...
Recuérdeme que el próximo jueves busquemos en el Diccionario la definición.
—Se la digo yo: semejanza. En este caso, con algo de mínima especie. Y
mal bicho es sinónimo de canalla: gente baja y ruin.
—Diantre. No son términos para usar entre caballeros.
—Usted no es un caballero.
—Ya... Usted sí, se entiende. Tan puro... Tan noble siempre, en su arrogante razón ilustrada.
Caminan los dos alejándose del cuerpo de guardia, precedidos por sus sombras que alarga el fanal a sus espaldas. Pensativos y hermanados en el mutuo odio. A los pocos pasos, Higueruela encoge los hombros, contemporizador.
—En cualquier caso, por esta vez lo dejaremos pasar. Me refiero a las dos definiciones académicas. Y en cuanto al futuro... Bueno. Ya procuraremos que el tiempo en que los teman a usted y los suyos tarde mucho en llegar.
En todo caso, para entonces nuestra pequeña alianza táctica se habrá deshecho.
—Eso espero.
—Pues no se haga ilusiones, ya que surgirán otras nuevas. Porque mire: vitriolo entre nosotros aparte, hay una cierta concurrencia de intereses, aunque sean opuestos, que no desaparecerá nunca... A pesar de la necesidad, tan española, no de vencer o convencer, sino de exterminar al adversario, en el fondo me necesita tanto como yo a usted.
—No diga disparates.
—¿Se lo parecen?... Razone un poco, ya que tanto lo predica. Como organismos parásitos, vivimos uno del otro. Justificamos nuestro papel a uno y otro lado de un pueblo torpe y brutal, de instintos bajos, cuya posibilidad de redención siempre será escasa... Incluso aunque nos matáramos a garrotazos surgiría siempre, al fin, la necesidad de resucitarnos mutuamente. Los pueblos, sobre todo el español, viven del sueño, del apetito, del odio y del miedo; y eso la gente como usted y yo, cada cual a su manera, lo administra como nadie. ¿No cree?... Y a fin de cuentas, recuerde el viejo dicho. Tarde o temprano, los extremos se tocan.
—¿Qué es ese tumulto? —pregunta don Hermógenes.
—Putas —responde el abate Bringas—. Les llevan a la Salpêtrière.
Se han detenido en la esquina de la rue Saint- Martin, donde se arremolina una multitud de curiosos, paseantes y gente que sale a mirar desde los comercios cercanos. También hay vecinos asomados a las ventanas. Sobre las cabezas y sombreros se ve avanzar una carreta llena de mujeres: son una docena, de diversas edades, y van despeinadas, mal vestidas, agrupadas en el carruaje descubierto, custodiadas por una docena de guardias de uniforme azul armados con fusiles y bayonetas.
—Qué extraño espectáculo —comenta el almirante.
—No tiene nada de extraño —apunta Bringas—. En París hay treinta mil prostitutas, entre descaradas y encubiertas, y cada semana se hacen
detenciones nocturnas, con un celo ciertamente excesivo... Les concentran ahí arriba, en la cárcel de Saint-Martin, y una vez al mes comparecen ante los jueces, escuchan su sentencia de rodillas y son llevadas a prisión de esta manera pública, para que sirva de escarmiento.
Se han detenido los tres y observan el paso de la carreta. Hay entre la multitud congregada, comprueban los académicos, quien asiste a la escena con simple curiosidad, pero también quien se burla de las detenidas, o las insulta. Las mujeres son de varias edades, desde la encallecida veterana hasta la muchacha de apariencia inocente. Algunas, sobre todo las más jóvenes, van con la cabeza baja, avergonzadas y llorosas. Otras sostienen con descaro las miradas que les dirigen, y algunas devuelven con desparpajo los improperios o zahieren a los guardias, dirigiéndoles toda clase de procacidades.
—Es desolador —opina don Hermógenes—. Esto golpea los sentimientos. Ni siquiera esas desventuradas merecen que se las trate así.
Bringas hace un ademán de impotencia.
—Pues ahí van. Así es también esta ciudad hipócrita, esta urbe de filósofos que ustedes tanto admiran. Las infelices no tienen procuradores, ni abogados... Se les encierra de cualquier manera, sin la menor garantía. Sin el menor derecho.
—¿Y a dónde dice usted que las llevan?
—A la Salpêtrière, donde está la prisión para mujeres públicas. Allí se separa a las que están infectadas y sin cura posible, y se envía a éstas a Bicêtre, a una legua de París: lugar espantoso donde las palabras compasión y esperanza brillan por su ausencia... Un infierno donde se hacinan de cuatro a cinco mil personas, y del que rara vez salen estas desgraciadas, consumidas por el vicio y las enfermedades... Un nombre, el de ese lugar, receptáculo de la sociedad más inmunda, donde están mezclados delincuentes, mendigos, desgraciados, locos, enfermos de toda clase, que nadie puede pronunciar sin espanto. Que es baldón de esta ciudad y vergüenza de la humanidad.
—Qué horror —don Hermógenes se fija en una joven detenida que lleva a un niño de pocos meses en brazos, envuelto en una toquilla—. Algunas mueven a compasión.
Bringas se muestra de acuerdo. Lo peor, comenta, es la arbitrariedad con que se hace todo. La conciencia de cualquier marquesa o princesa libertina,
de las que en París abundan, está más sucia de vicios y pecados que la de esas pobres mujeres. En aquella carreta de oprobio van las infortunadas que no gozan de protección, que no tienen detrás a un policía, a una autoridad, a un protector con recursos. Las más abandonadas.
—Cuando uno piensa —añade amargo el abate— en todas las rameras camufladas de respetabilidad que pululan por esta ciudad, las chicas de la Ópera, las mantenidas, las confidentes de la policía, las que tienen donde arrimarse, y compara eso con estas desgraciadas, comprende lo injusto que es todo... Ni siquiera entre esas mismas detenidas hay equidad. La que tiene recursos, amigos, dinero, consigue que le dejen ir en otro carruaje cubierto, a otras horas, para escapar a la vergüenza pública.
Un grupo de hombres y mujeres de entre los que miran, que debe de conocer a una de las detenidas, le grita chanzas groseras que ésta, con mucho aplomo y desenvoltura, devuelve en forma de terribles obscenidades, hasta que un guardia la amenaza con la bayoneta y le ordena que se calle.
—Fíjense en esos miserables —apunta Bringas—. Esos infames. Los mismos que se mofan son quienes quizá ayer mismo se aprovecharon de ellas... Se puede calcular en unos cincuenta millones por año el dinero que en París mueven las mujeres públicas, y que acaba en manos de modistos, joyeros, alquiladores de coches, restaurantes y propietarios de casas de citas. Un negocio inmenso, como pueden imaginar. Y la misma ciudad que se beneficia de los sudores de estas peripatéticas, valga el eufemismo, les castiga y avergüenza de ese modo. Ibi virtus laudatur et auget dum vitia coronantur... Es vomitivo.
Mientras la carreta pasa ante el abate y los académicos, el niño al que llevan en brazos rompe a llorar. El llanto desgarrado de la criatura se eleva sobre las voces de la gente.
—Es terrible —dice don Hermógenes, conmovido.
No es el único que lo está. Inclinadas como él a la compasión, varias mujeres, verduleras del mercado cercano, alzan la voz en favor de la joven madre y su hijo e insultan indignadas a los guardias. Sus gritos parecen cambiar el tono de la multitud, de la que, apagados de pronto los insultos y las burlas, brota ahora un clamor de piedad y repulsa por la escena. Con aire complacido, Bringas mira largamente en torno, sonriendo mordaz.
—Ah, escuchen a la voluble turba —dice satisfecho—. No todo está perdido. Aún quedan sentimientos, decencia... Aún hay quien se conmueve ante la injusticia y la desgracia. Quien alza el puño bajo un cielo sin dioses... El puño hoy todavía desnudo, pero que un día empuñará el gladio redentor. La antorcha purificadora.
Sube el clamor. Como un reguero de pólvora, los gritos de reprobación corren entre la multitud, que ahora se agita e increpa a los guardias.
Gozoso, Bringas se suma a ellos.
—¡Abajo la injusticia! —grita con enérgico entusiasmo—. ¡Mueran el mal gobierno y la represión infame!
—Por Dios, señor abate —lo reconviene don Hermógenes, sobresaltado, tirándole de la casaca—. Cálmese usted.
Bringas lo mira con ojos extraviados.
—¿Que me calme, dice? ¿Que me calme, en presencia de este espectáculo de oprobio y vileza?... ¡Al diablo la calma! ¡Abajo el abuso y las bayonetas!
Son precisamente las bayonetas las que empiezan a reaccionar frente al tumulto. Algunas de las verduleras exigen a los guardias favor para la madre, y éstos las rechazan con violencia, bajando los fusiles que llevaban al hombro. Eso hace arreciar los gritos de la multitud, que ondula indignada como un campo de trigo bajo el viento. Todo son ahora insultos para los guardias, y algunos objetos son lanzados contra ellos. El oficial al mando saca el sable.
—Habría que apartarse de aquí —sugiere el almirante.
—¡Nunca! —vocea Bringas, desencadenado—. ¡Favor para esa madre y su hijo!... ¡Favor para esas desgraciadas!
Ha gritado en francés dirigiéndose a la gente, enfervorecido, señalando la carreta con el bastón. Unos muchachos desharrapados y algunos tipos de mala catadura se han unido a las verduleras y empujan a los guardias, intentando llegar a la carreta y liberar a las mujeres. Se producen ya los primeros golpes y culatazos.
—¡Canallas! —grita Bringas, debatiéndose entre la gente que se empuja y atropella—. ¡Sicarios sin conciencia!... ¡Esclavos de los tiranos!
¡Filisteos!
Reaccionando con mucha presencia de ánimo, el almirante lo agarra por un brazo y se lo lleva para atrás, entre la gente, mientras arrastra con la otra
mano al desconcertado don Hermógenes. Todo es ahora confusión y griterío. Relucen las bayonetas frente a la multitud, y de pronto suena un tiro. El estampido produce una desbandada general. Todo el mundo echa a correr, dispersándose por las calles adyacentes. Con el gentío, Bringas y los dos académicos huyen como pueden por la rue des Lombards, espantado el bibliotecario, apresurándose don Pedro, vuelto Bringas de vez en cuando para lanzar venablos a lo que dejan atrás, hasta el punto de que el almirante se ve forzado a tirar de él varias veces para obligarlo a seguirlos. Corren así un buen trecho, descompuestos y resoplando por el esfuerzo, hasta que al fin se detienen los tres, sofocados por la carrera, tras doblar una esquina y al resguardo de un portal.
—¡Está usted loco! —apostrofa don Hermógenes a Bringas, escandalizado, apenas recobra el aliento y el uso de la palabra.
—Como una cabra —coincide don Pedro, que se apoya en la pared, exhausto por la carrera.
Secándose la frente con un pañuelo, el bibliotecario respira con dificultad, entre pitidos asmáticos.
—¿Imagina que nos vieran en Madrid? ¿Considera que hubiesen presenciado este alboroto los amigos y conocidos?... Usted y yo, almirante, dos respetables académicos de la Española, corriendo como vulgares insurrectos... Y a nuestra edad, santo cielo. Mírenos... A nuestros años.
A modo de respuesta, el almirante emite un sonido extraño, en tono quedo. Don Hermógenes le presta atención y advierte, con sorpresa, que se está riendo. Aquello escandaliza aún más al bibliotecario, que lo mira con censura.
—No sé de qué se ríe, hombre... Dios mío. Ha sido... Es horroroso.
—Ah, es la vida real que llama a la puerta —interviene Bringas, apocalíptico—. Bienvenidos a ella.
Don Hermógenes se vuelve hacia el abate con una mezcla de estupor y censura. A Bringas se le ha torcido la peluca en la carrera. Se la recompone mientras asiente sudoroso, feliz como un niño que acabe de cometer una magnífica travesura.
—También esto es París, caballeros —añade con mucho aplomo—.
Chispazos que un día no muy lejano prenderán la pólvora.
Y después emite una diabólica carcajada.
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