Hombres buenos

Deepa Anappara · Capítulo 7 de 15

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Hombres buenos

5. La ciudad de los filósofos

La ciudad entera actúa como un libro y los ciudadanos caminan por ella leyéndola, embebiéndose de lecciones civiles a cada paso que dan.

R. Darnton.

Los bestsellers prohibidos en Francia antes de la Revolución

—Su excelencia los recibirá en un momento... Tengan la bondad de esperar aquí.

El secretario viste de gris rata y acaba de identificarse como Heredia, a secas, secretario de embajada. Con ademán displicente señala unas sillas en una habitación decorada con alfombras, espejos y molduras de escayola pintadas de azul y blanco, y se aleja por el pasillo sin esperar a que don Hermógenes y don Pedro tomen asiento. Lo hacen mirando alrededor decepcionados, pues esperaban más empaque del lugar que alberga la representación diplomática de España. El hotel de Montmartel es un edificio que no llega a palacio: pequeño, sin duda, para la función que desempeña su principal morador, el conde de Aranda, cerca del rey Luis XVI. A los dos académicos —casacón de paño oscuro el bibliotecario, frac azul marino con botones de acero pulido el almirante— les sorprende lo mezquino de cuanto han podido ver al paso, insuficiente para el enjambre de mayordomos, escribientes, pajes y visitantes que se mueve por despachos y pasillos. Sin embargo, vista desde la calle, la embajada engaña: su fachada es hermosa, tiene un gallardo guardia suizo de casaca roja y calzón blanco en la puerta, y está en la rue Neuve des Petits Champs, en el corazón elegante de París, a dos pasos del Louvre y del jardín de las Tullerías.

—Fachada por un lado y realidad por otro —ha comentado, zumbón, el almirante al franquear la entrada—. Todo tan español, que asusta.

Inquieto, el bibliotecario no para de removerse en el asiento; no todos los días está uno en París esperando ser recibido por el conde de Aranda. Por su lado, el almirante se mantiene impasible; lo observa todo con aire pensativo

y encuentra de vez en cuando la mirada curiosa de un tercer hombre que está en la habitación y los estudia con descaro: un individuo de edad mediana, mal afeitado, cubierto con peluca despeinada y sucia de grasa, vestido con una casaca cuyo color, que en otro tiempo fue negro, debe ahora adivinarse. El desaliñado sujeto no tiene sombrero y apoya en las rodillas un grosero bastón con puño de asta. Sus piernas, flacas y largas, están enfundadas en medias rezurcidas de lana gris, sobre zapatos que harían feo papel incluso en la covacha de un remendón.

—Compatriotas, supongo —dice tras un rato de observación silenciosa.

Asiente don Hermógenes, siempre amable, y el desconocido esboza una mueca satisfecha. Lo único notable en su rostro huesudo y vulgar, observa el bibliotecario, son los ojos: oscuros, vivos, luminosos como obsidiana pulida. Ojos de fe, concluye. De convicción, o de elocuencia presta a romper diques. Algunos predicadores, concluye el académico, suben al púlpito con esa mirada.

—¿Llevan mucho tiempo en París?

—Apenas dos días —responde el cortés don Hermógenes.

—¿Y qué tal su alojamiento?

—Razonable. Estamos en el hotel de la Cour de France.

—Ah, lo conozco. Ahí cerca. Es sitio pasable, aunque la mesa deja que desear... ¿Ya visitaron la ciudad?

Sigue una breve charla sobre los alojamientos en París, las diversiones honestas posibles y la estrechez del edificio en el que se encuentran. Poco apropiado, conviene el estrafalario individuo, como legación de una España que, pese a los tiempos que corren, sigue siendo indiscutible potencia mundial; aunque sólo el alquiler de ese hotel cuesta la friolera de cien mil reales. Que no es moco de pavo.

—Lo sé de buena tinta —concluye en tono inesperadamente acerbo—.

¿Imaginan el uso útil a la humanidad que podría dársele a esa insultante cantidad de dinero? ¿La de bocas hambrientas que se alcanzaría a alimentar?... ¿La de huérfanas por proteger?

En la ignorancia de si se las ven con un imprudente o un provocador, quizá puesto allí a propósito para sondearlos, don Hermógenes decide guardar silencio, interesándose por el dibujo de la alfombra que tiene a los pies. Por su parte, el almirante, que en todo el tiempo no ha abierto la boca, contempla al extraño sujeto para apartar luego la mirada y fijarla en uno de

los espejos que reflejan el artesonado del techo. Viéndose desatendido, el otro murmura algo ininteligible entre dientes, encoge los hombros con indiferencia y saca de un bolsillo un arrugado folleto impreso, que empieza a leer.

—Ah, los canallas —masculla de vez en cuando, sin duda en relación con lo que lee—. Ah, los infames...

De la incómoda situación viene a rescatar a los académicos el mismo secretario de antes, pidiéndoles que lo acompañen. Su excelencia, anuncia, tiene un momento libre y los recibirá ahora. Los dos se levantan y van tras él, aliviados, sin que el otro hombre, que continúa leyendo su folleto, alce la cabeza. Caminan así por un largo pasillo hasta la antesala y el despacho donde, en el contraluz de una ventana que da a un pequeño jardín inglés, cerca de una chimenea encendida, hay un hombre con peluca empolvada y tres fajas de rizos en cada sien. Está de pie, cogidas las manos a la espalda.

Su casaca de terciopelo azul celeste, bordada de oro, se adapta de manera admirable —lo que dice mucho a favor del sastre— a los hombros cargados y la figura poco airosa de quien la viste, que es cetrino, con mala dentadura y una ligera bizquera en un ojo. Y también algo sordo, deducen los académicos cuando lo ven inclinarse ligeramente hacia el secretario para escuchar mejor lo que éste le dice.

—Don Hermógenes Molina y el brigadier retirado de la Armada don Pedro Zárate, excelencia... De la Real Academia Española.

Se inclinan ambos, estrechando la mano —más bien floja y adornada con un topacio enorme— que el embajador les tiende sin invitarlos a sentarse.

Sean bienvenidos, dice con distraída sequedad, y luego habla de la lluvia.

Tienen suerte de que no llueva, afirma de pronto, mirando el sol que ilumina el jardín como si éste tuviera la inaudita descortesía de contradecirlo.

—Aquí diluvia la mayor parte del año, ¿saben?... Y las calles se ponen imposibles —en ese punto se vuelve al secretario, acercándole una oreja—.

Hum. ¿Está de acuerdo, Heredia?

—Por completo, excelencia.

—Aprovechándose de ello, cualquier cochero les cobrará el equivalente a doce reales por media hora. Figúrense... Así que vayan con ojo. Hum. No deja a la patria en buen lugar que te tomen por un pardillo.

Los dos viajeros pasan del desconcierto a la decepción. Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda, representante de su majestad católica ante la corte francesa, no corresponde físicamente a su propia leyenda: un grande de España, antiguo embajador en Lisboa y Varsovia, que antes de caer en desgracia —si de ese modo pueden calificarse los 12.000 doblones que ahora cobra al año— detentó en España el poder absoluto, ministro principal de Carlos III, político ilustrado, amigo de los enciclopedistas. El hombre que presidió el Consejo de Castilla después del motín de Esquilache, que expulsó de España a los jesuitas y que ahora, desde la embajada en París, gestiona con acierto la guerra por Menorca y Gibraltar y sostiene a las colonias americanas en su guerra contra Gran Bretaña. Y todo ese poder, semejante acopio de influencia, recursos y dinero, viene a encarnarse en un sexagenario encorvado, estrábico y con pocos dientes que dedica a los académicos una cortés mezcla de hastío y tolerancia mientras dirige vistazos impacientes al reloj que hace tictac sobre el zócalo de la chimenea; cuyo calor puede que temple la fría sangre del embajador, pero sofoca de modo indecible a sus visitantes; y también al secretario, que con discreción saca un pañuelo y, tras simular con mucha práctica un estornudo, se enjuga la frente.

—La Encyclopédie, me han dicho —comenta por fin Aranda.

Al decirlo señala la carta de recomendación que tiene sobre el tafilete verde de la mesa, abierta. Y sin dar ocasión a una respuesta, hunde el mentón en los encajes donde reluce el Toisón de Oro y dirige a sus visitantes un breve discurso, más bien mecánico, sobre la utilidad de aquella obra magna, su riqueza conceptual y su aporte decisivo a la filosofía moderna, las artes y las ciencias. Etcétera.

—Conozco a alguno de ellos, claro. Hum. De los redactores originales.

¿Quién no, viviendo en París?... Hum. Y durante un tiempo me carteé con Voltaire.

Cree que es buena idea, concluye, que la Academia tenga un ejemplar en su biblioteca, pese a quien pese. Que pesa, como de costumbre, a los de siempre. Hum. Luces, luces. Es lo que necesita España. Luces al alcance de todos, aunque dentro de un orden. Por lo demás, que se mueran los recalcitrantes. Y los tontos. Hum. Noble objeto, el de ese viaje. Tienen todas sus simpatías, por supuesto. Don Ignacio Heredia los pondrá en el

buen camino, para cuanto necesiten. Hum, hum. Ha sido un verdadero placer, señores. Disfruten de París.

Dicho lo cual, sin darles apenas tiempo a emitir unas pocas fórmulas corteses, casi los empuja hasta la puerta. Un momento después, almirante y bibliotecario se ven en el pasillo, aún sudando bajo la ropa, mirando desorientados al secretario.

—Tiene un mal día —dice éste con aire distraído—. Mucha correspondencia por despachar, y esta tarde debe visitar al ministro de Finanzas. No imaginan ustedes qué vida lleva. O llevamos.

Asiente don Hermógenes, comprensivo y bonachón como suele. El almirante, en cambio, alterna miradas hoscas entre el secretario y la puerta que acaba de cerrarse a sus espaldas.

—Conde o embajador —arranca—, ésta no es...

El secretario alza una mano displicente, en demanda de paciencia. Lleva un cartapacio lleno de papeles que consulta con gesto atento, sin que los académicos puedan averiguar si tienen que ver con ellos o no, aunque sospechan que ni lo más mínimo. Tras un instante, alza la vista y los mira como si hubiera olvidado que estaban allí.

—Su Encyclopédie, por supuesto —comenta al fin—. Tengan la bondad de seguirme.

Los conduce a un despacho donde hay un escribiente trabajando en su pupitre, unos archivadores de madera oscura y una enorme mesa abarrotada de papeles. En el suelo, contra las paredes, se apilan documentos en gruesos legajos atados con cordel.

—Se lo voy a resumir a ustedes —dice, ofreciéndoles unas sillas y sentándose él en otra.

Y en efecto, lo resume. Pese a la carta de recomendación escrita por el marqués de Oxinaga, la embajada de España no puede mezclarse directamente en el asunto. La Encyclopédie es un libro que está en el Índice del Santo Oficio, y esa legación representa a un rey que, no sin justo título, ostenta el de Católica Majestad. Cierto es que la Real Academia Española posee licencia para tener en su biblioteca libros prohibidos; pero el permiso se refiere a la tenencia y lectura, no al transporte. Detalle —en este punto el secretario sonríe con eficiente frialdad técnica— de cuyas consecuencias espera se hagan cargo. Básicamente, el problema reside en que la embajada

de España, aunque ve con buenos ojos el asunto, no puede intervenir en la adquisición y traslado de los libros. Ahí debe permanecer al margen.

—¿Y eso qué significa? —pregunta don Hermógenes, confuso.

—Que tienen ustedes toda nuestra simpatía, pero de modo oficial no podemos ayudarlos. La gestión con editores o libreros deberán hacerla directamente.

Se agita el bibliotecario, inquieto.

—¿Y el transporte?... Para facilitar el viaje a Madrid teníamos previsto poner los paquetes bajo protección diplomática. Ir con un salvoconducto de la embajada.

—¿Por valija nuestra? —el secretario dirige un rápido vistazo al escribiente, que continúa trabajando en su pupitre, y luego enarca las cejas, escandalizado—. Eso es imposible. Un compromiso así queda fuera de lugar.

La inquietud de don Hermógenes se torna visible angustia. A su lado, el almirante escucha sin despegar los labios. Grave e impasible, como suele.

—Podrán orientarnos, al menos. Indicarnos dónde...

—Muy por encima, me temo. Y debo advertirles de un par de cosas. La primera es que también en Francia la Encyclopédie está prohibida. Al menos, de forma oficial.

—Pero se imprime y se vende; o así fue hasta hace poco.

Ahora el secretario sonríe a medias, con suficiencia.

—Según y cómo. No es tan sencillo como parece. La historia de esos libros es una sucesión de autorizaciones y prohibiciones desde que salió el primer volumen. Ya entonces, el papa ordenó quemar todos los ejemplares, bajo pena de excomunión. Y en Francia, el Parlamento decidió que la obra era una conspiración para destruir la religión y minar el Estado, así que revocó el permiso de impresión... Sin la protección de gente de peso, simpatizante con las ideas de sus redactores, ésta se habría dejado de publicar después de los primeros volúmenes. Hasta se incorporó a los siguientes un falso pie de imprenta para guardar las formas, como si estuvieran hechos en el extranjero.

—En Suiza, tenemos entendido —apunta don Hermógenes.

—Sí. Neuchâtel. Todo eso situó a la Encyclopédie en una especie de...

—¿Limbo editorial?

—Eso es: existe, aunque no existe. Se imprime, aunque no se imprime.

—Pero ¿continúa a la venta?

El secretario lanza otro vistazo rápido al escribiente, que con la cabeza inclinada sobre pluma, tintero y papel, sigue a lo suyo.

—Oficialmente, no —responde—. O más bien de forma nebulosa. En realidad tampoco se imprime la obra completa original: está agotada. Los dos últimos volúmenes se publicaron hace ocho o nueve años, y es raro que un librero la tenga disponible.

—Según nuestras noticias, hay ejemplares que circulan. Por eso hemos venido.

El secretario hace un gesto ambiguo, casi francés, con la mano y los labios fruncidos.

—Pueden encontrarse ediciones clandestinas impresas en Inglaterra, Italia y Suiza para aprovecharse del éxito editorial; pero no son de confianza porque suelen estar corregidas o retocadas. Lo que se vende en Francia son reimpresiones o nuevas ediciones, fiables sólo hasta cierto punto. Creo que hay una, en cuarto...

Niega con la cabeza don Hermógenes.

—Nos interesa la original in folio.

—Ésa es rara de conseguir. Una reimpresión sería más fácil, supongo. Y, desde luego, más barata.

—Ya. Pero se trata de la Real Academia Española —muy serio, el almirante se ha inclinado hacia adelante en su silla—. Hay un decoro que debemos mantener... ¿Comprende?

El secretario parpadea ante la fijeza de los ojos azules.

—Por supuesto.

—¿Cree que podremos encontrar los veintiocho volúmenes en una primera edición completa?

—Supongo que será posible hacerse con ella... Si están dispuestos a pagar lo que les pidan, naturalmente.

—¿Y eso significa...?

—Calculen un mínimo de sesenta luises.

Cuenta con los dedos don Hermógenes.

—Lo que hace...

—De mil cuatrocientas libras para arriba —apunta el almirante—. En reales de España, unos seis mil.

—Cinco mil seiscientos —confirma el secretario.

Don Hermógenes dirige a su compañero una mirada de alivio. La previsión de gastos para adquirir los veintiocho volúmenes de la Encyclopédie alcanza hasta los 8.000 reales, lo que supone casi un par de miles de libras. En principio, salvo complicaciones y gastos extras, tienen suficiente.

—Está dentro de nuestras posibilidades —concluye.

—Bien —el secretario se pone en pie—. Eso facilita las cosas.

Salen de la habitación sin que el escribiente levante la cabeza de su pupitre. El secretario los precede por el pasillo, visiblemente aliviado por quitárselos de encima.

—¿Puede darnos al menos la dirección de un librero que sea de fiar? —

demanda el almirante.

El secretario se detiene, arruga el ceño con expresión contrariada y los mira, indeciso.

—Como dije antes, eso no entra en las competencias de esta embajada —

de pronto parece ocurrírsele una idea—. Pero hay algo que sí puedo hacer, a título particular: ponerlos en contacto con una persona adecuada.

Invitándolos a acompañarlo, da unos pasos hasta la puerta de la habitación donde hicieron antesala antes de ver al embajador. Una vez allí, señala desde el umbral al desaliñado hombre de negro, que sigue sentado leyendo su folleto.

—Creo que ya lo han visto aquí antes. Éste es el abate Bringas.

La irrupción de Salas Bringas Ponzano en esta historia me tomó por sorpresa. Su nombre figuraba, comprobé estupefacto, en dos de las cartas que el almirante y el bibliotecario habían enviado desde París, cuyos originales se encontraban entre el material conservado en el archivo de la Academia. Como cualquiera que haya leído sobre finales del siglo XVIII, el exilio de los ilustrados españoles y la Revolución Francesa, yo tenía noticia del abate Bringas. Y al ver su nombre relacionado con el viaje de los académicos, procuré ampliar lo que sabía. Algunos libros de mi biblioteca lo mencionaban: la correspondencia de Moratín —Ese imprudente Bringas, siempre fanático y brillante—, la obra de Miguel Oliver Los españoles en la Revolución Francesa, una extensa biografía del conde de Aranda escrita por

Olaechea y Ferrer, la Historia de la Revolución Francesa de Michelet y la no menos monumental Historia de los heterodoxos españoles de Menéndez y Pelayo. Además, Francisco Rico le dedicó un extenso capítulo en Los aventureros de las Luces. Todo eso bastaba para acercarme al personaje; pero aún pude ampliarlo con ayuda del Diccionario biográfico español, de una incursión por varias obras históricas conservadas en la biblioteca de la Real Academia Española y de algunas interesantes referencias que obtuve un poco más tarde durante una conversación con el profesor Rico. Y fue así como, al cabo, estuve en condiciones de establecer el papel que tan extraño personaje tuvo en la accidentada adquisición de la Encyclopédie.

La vida del polémico abate Bringas —había recibido órdenes menores en Zaragoza, donde estudió teología y leyes— merecería, quizá, la novela que aún nadie escribió sobre él. Había nacido en Siétamo, provincia de Huesca, hacia 1740; lo que sitúa su edad, en el momento del encuentro en París con don Pedro Zárate y don Hermógenes Molina, en torno a los cuarenta años.

Por esa época, Salas Bringas ya cargaba a sus espaldas una complicada biografía: fugitivo tras la condena por la Inquisición de su poema Tiranía, relacionado luego con los exiliados españoles de Bayona, había conocido su primera cárcel francesa, oficialmente —o al menos eso afirmaba él— a causa de la publicación en París, bajo seudónimo, del panfleto De la naturaleza de reyes, papas y otros tiranos. Años después reapareció procedente de Italia, de donde trajo unos poemas inéditos de Safo de Lesbos traducidos al latín — Furor vagina ministrat, etcétera— que publicó con gran escándalo, y que al final resultaron ser una falsificación de su propia mano. De la cárcel lo sacó esta vez el conde de Aranda, nacido como él en Siétamo, que ya ejercía de embajador de España en París, y a quien divirtió mucho un ingenioso memorial en verso que Bringas, apelando al paisanaje oscense, le escribió desde prisión. La tolerancia de Aranda permitió al pintoresco abate subsistir en París, donde se relacionó con radicales y exiliados en los años previos a la Revolución, traduciendo a Diderot y Rousseau al castellano mientras se ganaba la vida con cambio de moneda, servicios de mediador, alcahuete o cicerone, venta de recuerdos, baratijas, pornografía y específicos de botica para abortar; lo que no le cerraba el paso a ciertas casas y salones donde divertía a la buena sociedad con su encanallamiento, ingenio y descaro. La marcha de Aranda y la publicación de un nuevo panfleto titulado La intolerancia religiosa y los enemigos del

pueblo lo enviarían otra vez a la cárcel, donde iba a permanecer hasta que la suerte hizo de él uno de los presos liberados el 14 de julio de 1789. A partir de entonces es posible seguir fácilmente su vida en los libros que historian esa época: naturalizado francés, amigo de los españoles Guzmán y Marchena —a quienes acabó delatando durante la caída en desgracia de dantonistas y girondinos—, juzgado y exonerado con honores por el tribunal revolucionario, colaborador en L’Ami du Peuple de Marat, el incendiario Bringas llegó a ocupar un asiento en la Convención, militó en las huestes más radicales, destacándose como sanguinario orador durante el Terror, y acabó guillotinado con Robespierre y sus amigos, ocupando exactamente el tercer lugar de esa jornada, justo después de Saint-Just, bajo la cuchilla —sus últimas palabras fueron: Iros todos al carajo—. Para hacerse idea de su estilo oratorio-ideológico en general, basta echar un vistazo al arranque del poema Tiranía:

¿Quién hizo a reyes, papas y regentes

árbitros de la ley, jueces del mundo?

¿Quién ungió a esa ralea pestilente

con el óleo blasfemo de lo inmundo?

Ése fue, en esencia y espíritu, el abate Bringas: poeta, libelista, revolucionario. El sujeto, en ese momento aún desconocido para el almirante y el bibliotecario, que el secretario de embajada Ignacio Heredia

—cuya relación epistolar con Justo Sánchez Terrón tuvo quizás algo que ver en ello— recomendó para que los ayudara a conseguir la Encyclopédie.

El futuro jacobino, proveedor insaciable de carne para la guillotina y luego víctima de ésta, a quien Michelet llamaría scélérat déterminé, Lamartine jacobin fou, y Menéndez y Pelayo, que había leído a ambos, loco genial e impío. Decisión, la del secretario, que suponía poner la aventura académica en muy peligrosas manos.

—Ahí la tienen ustedes —dice Bringas, rascándose una oreja bajo la grasienta peluca—: la calle que contiene tras sus fachadas el tout Paris... La Babilonia del mundo.

Han cruzado la calle y, después de recorrer el jardín público del Palais-Royal, que está en obras, desembocado en la rue Saint-Honoré. Y allí, en efecto, el espectáculo es fascinante. Acostumbrados al encanto apacible y casi provinciano de Madrid, el almirante y el bibliotecario miran en torno, fascinados ante esa feria perpetua animada por miles de personas que entran, salen o pasean por las tiendas de la elegante avenida, bordeada de lujosos hoteles particulares. Éste, los informa su estrafalario cicerone, es el lugar más conspicuo de París; ceca y meca del comercio elegante, donde cualquiera puede encontrar lo que se ajuste a sus gustos y aficiones: surtidas librerías, restaurantes, cafés donde apoltronarse a mirar a la gente o leer las gacetas, comercios innumerables con toda suerte de artículos refinados, desde instrumentos científicos a selectas sastrerías, tiendas de ropa ya confeccionada, sombreros, guantes, aguas de olor, bastones y complementos de variadas clases. Las señoras, sobre todo, se encuentran aquí en el paraíso: cualquier padre de familia suda sangre para satisfacer los caprichos de una esposa o unas hijas, pendientes de lo último que ha puesto de moda la princesa Tal o la duquesa Cual según la tiranía de madame Baulard, mademoiselle Alexandre u otras modistas célebres. El simple paseo de una señora por esta calle puede arruinar a un marido.

—Dicen que a este lugar le saldrá un serio competidor ahí mismo, en el Palais-Royal, que como han visto está lleno de albañiles y andamios. El sitio es propiedad del duque de Chartres, primo del rey, y lo está rodeando con unas amplias galerías cubiertas donde habrá locales para alquilar a empresarios y comerciantes. Es una operación inmobiliaria polémica, discutida, pero que sin duda reportará al muy rufián del duque una fortuna...

¿Les apetece tomar algo?

Sin aguardar respuesta, el abate ocupa una de las sillas de mimbre que hay en torno a los veladores de mármol de un café, al sol. Ocupan otras los académicos, acude un mozo, pide Bringas chocolate con agua y lo mismo para sus acompañantes. Ah, y unos bizcochos para él. Para mojar.

—Con las prisas, ocupado en negocios, salí de casa sin desayunar.

Mientras aguardan, habla del faubourg Saint-Honoré; de cómo se ha convertido en escenario ineludible de la moda y la elegancia, al que se viene a ver y a dejarse ver. Señala con el bastón, mencionándolas por sus nombres, a algunas señoras tocadas con elegantes sombreros, y a los caballeros de cabellos empolvados, dos relojes con muchos dijes colgando

de las cadenas del chaleco y lunar en la mejilla —imbéciles petimetres, los califica con gesto de escupir entre dientes— que las escoltan llevando en brazos, serviles, a sus perritos falderos.

—Aquí el pasatiempo de las damas es la coquetería. Todo muy ligero, muy francés, rodeadas de sus maestros de baile, peluqueros, modistas y cocineros... Desengáñense, señores, si creían que en París no entra nadie que no sea geómetra.

Luego se complace Bringas, con sonrisa feroz, en detallar la jornada de esas damas: doce horas en la cama, cuatro en el tocador, cinco en visitas y tres de paseo, o en el teatro. En aquella calle y las cercanas, donde reinan el monde y sus sacerdotisas, la invención de un nuevo peinado, de un sorbete, de un perfume, se tiene por prueba matemática de los progresos del entendimiento humano. Y mientras tanto, por los barrios pobres la gente se muere de enfermedades y de hambre, ronda los mercados en busca de alguna verdura podrida o se prostituye para llevar un chusco de pan a casa.

Treinta mil mujeres públicas hay en París, puntualiza. Ni una más, ni una menos. Sin contar las entretenidas y las que lo disimulan.

—Algún día todo esto será abrasado por el fuego de la Historia —

comenta con perverso deleite—. Pero de momento, aquí estamos... Así que vivámosle.

Se miran los dos académicos, interrogándose en silencio sobre si, abundancia de leísmos aparte, se hallan en la compañía adecuada. En ese instante llegan las tazas de chocolate, Bringas prueba el suyo con recelo, moja un bizcocho y acaba discutiendo con el camarero y pidiendo también un café.

—Ah, y una bavaresa —añade.

El almirante observa que un individuo que estaba sentado en una de las sillas cercanas se aproxima a ellos después de mirarlos durante un rato. De lejos tenía aspecto respetable; de cerca, su casaca y sombrero se delatan raídos y sucios. Al llegar a su lado pronuncia unas palabras en francés coloquial que el almirante apenas comprende: algo sobre la necesidad urgente de vender algún objeto de valor, una joya o algo que insinúa palpándose un bolsillo.

—No —le dice el almirante, seco, al adivinarle la intención.

El sujeto lo observa con desvergüenza, sosteniéndole la mirada, antes de dar media vuelta y perderse entre la gente.

—Ha hecho bien, señor mío —le dice Bringas—. Esta ciudad bulle de buscavidas como ése, de los que más vale precaverse... Permítame, sin embargo, un consejo útil: en París nunca diga no, pues casi equivale a un insulto. Más o menos a lo que sería en España decir a otro que miente.

—Curioso —comenta el almirante—. ¿Qué debo responder, entonces, a una impertinencia?

—Un perdón soluciona el asunto de manera decorosa. Y no expone a una estocada ahí cerca, en los Campos Elíseos. Porque debe saber que en París los duelos son frecuentes. Raro es el día que no despachan a alguien.

—Creía que estaban prohibidos, como en nuestra patria.

Bringas le dirige una sonrisa torcida, maligna.

—Eso de nuestra podemos discutirlo otro día con más calma —dice mientras se hurga la nariz—. En cuanto a los duelos, es cierto que están prohibidos. Pero los franceses, sobre todo cierta lamentable clase social, son muy puntillosos en materia de piques... Aquí está de moda el duelo como pueden estarlo las pelucas de ala de pichón, los escofiones de encaje o los tricornios a la suiza.

Sonríe el almirante.

—Tomo debida nota, y le agradezco el consejo... ¿Se ha batido alguna vez?

El abate suelta una teatral carcajada y hace un ademán amplio con la mano derecha, como si pusiera toda la rue Saint-Honoré por testigo. Luego se lleva la mano al pecho, exactamente sobre un zurcido de la casaca.

—¿Yo?... El diablo me libre. Jamás arriesgaría el precioso don de la vida en una de esas parodias estúpidas. Mi honor le defiendo con la razón, la cultura y la palabra. Otro gallo cantaría si recurriésemos a esas armas con más frecuencia.

—Eso es muy de elogiar —coincide el pacífico don Hermógenes.

Llega la cuenta, se palpa Bringas aparatosamente los bolsillos y se disculpa, con grandes visajes, por haber olvidado la bolsa en casa. Paga el almirante —como se veía venir desde que se sentaron—, se ponen en pie y reanudan el paseo mientras el abate balancea el bastón y sigue poniéndolos al corriente de cuanto ven, interrumpiéndose de vez en cuando para lanzar miradas a las jóvenes grisetas que se ocupan de las tiendas.

—Observen ustedes a aquella Venus, asomada a la puerta con el mayor descaro y con todos los atractivos de la tentadora liviandad... O esa otra...

Ah, estas muchachas. Suelen enredarse con sujetos cuyos medios no alcanzan a una mantenida de lujo o una bailarina de la Ópera. Y a veces hasta se enamoran, las pobres. Expuestas en las tiendas, son carne de cañón a corto o medio plazo, ya me comprenden... Escandaliza ver tanta virtud a merced de este mundo venal. De este siglo corrupto. Aunque naturalmente, si ustedes...

Los mira penetrante, significativo, y se calla al no obtener respuesta, antes de cambiar con mucha desenvoltura de conversación. Para ese momento, almirante y bibliotecario han tomado ya el pulso a su pintoresco guía. Sin embargo, convienen tácitamente, Bringas es cuanto tienen a mano en una ciudad que desconocen. Y no cabe duda de que la domina perfectamente.

—Hay un librero al que trato en la rue Jacob, al otro lado del río —

prosigue el abate—. Tiene volúmenes sueltos de la Encyclopédie, o al menos les ha tenido. Podemos empezar por él... ¿Les parece bien?

—De perlas —responde don Hermógenes.

Se apartan para dejar paso a un coche.

—Ah, tengan cuidado con esos fiacres, porque los cocheros son desalmados sin conciencia, capaces de atropellarte al menor descuido. O

mejor, tomemos uno. ¿No creen?... A esta hora no apetece caminar.

En menos de veinte minutos, el coche de punto los lleva hasta el Pont Royal —atestado de carruajes y alfombrado de estiércol de caballerías—

por el Louvre y la orilla del Sena, que cruzan los académicos tan admirados por su ancho caudal como por el paisaje urbano que se asoma a sus orillas.

—Aquélla es la estatua de Enrique el Bearnés, sobre el Pont Neuf —

informa Bringas, apoyada la barbilla en las manos cruzadas sobre el puño de su bastón—. Y detrás de los tejados de la isla que parte el río en dos brazos pueden ver las torres truncadas de Notre-Dame: símbolo acertadísimo de cómo pueden malgastar los hombres su talento y su riqueza en ritos y supersticiones que no dan de comer sino a quienes no lo necesitan. Si se emplearan mejor esos infames dineros...

—Sospecho, señor abate —lo interrumpe el almirante—, que pese al título no es usted precisamente un hombre devoto.

Lo mira Bringas, cogido a contrapelo.

—No, en efecto, ya que pregunta. Lo mío es una vieja y larga historia...

En todo caso, espero no ofenderle con mis comentarios.

Sonríe sereno el académico.

—En absoluto. Mis susceptibilidades no van por ahí. Pero temo que las de mi compañero sí vayan... Don Hermógenes es hombre paciente; bondadoso, incluso. Pero ciertos conceptos pueden herir sus creencias y sentimientos.

—Ah, vaya —se disculpa Bringas, exageradamente contrito—. Les aseguro que no era mi intención...

—No haga caso al almirante —tercia el bibliotecario, conciliador—. Las palabras de usted no me incomodan en absoluto. Es libre de expresarse como quiera; y más, estando como estamos en la ciudad de los filósofos.

—Me alegra oír eso. Hablo con el corazón en la mano. Por nada quisiera ser impertinente.

Pese a su sonrisa y al tono manso, Bringas mira torvo al almirante, con visibles segundas; como si considerase replicarle a él con alguna mordacidad. Y éste, que lo advierte, cree vislumbrar por un brevísimo instante, en aquellos ojos negros y duros, un destello peligroso, encanallado, de velada amenaza o ansia de revancha. Pero no tiene tiempo de pensar en ello, porque el coche acaba de detenerse en un cruce de calles muy transitado. El ambiente allí es distinto al del otro lado del río: menudean lacayos, burgueses modestos, artesanos, mozos de cuerda y pueblo bajo, y nadie parece dedicado al ocio. Todo tiene un aire industrioso y activo.

—Rue Jacob —anuncia el abate, casi triunfante.

Bajan del fiacre, y, tras repetir Bringas el ademán de palparse inútilmente los bolsillos, paga el almirante veinte sueldos al cochero, que protesta insolente hasta que el abate le dirige unas cortas y ásperas frases en argot suburbial; y el otro, refunfuñando, hace sonar el látigo y se aleja con su carruaje.

—Allí es —señala Bringas—: Lesueur, impresor y librero, proveedor del rey... Suponiendo, claro, que su majestad Luis Dieciséis, ese pedazo de carne con ojos, sea capaz de leer algo.

Después se endereza la peluca, escupe al suelo como si tuviera al rey tendido a los pies, y los tres cruzan la calle.

El librero Lesueur es flaco, desgarbado y canoso, con unas insólitas patillas a la tudesca que se le juntan con el bigote, poco a tono con la moda de rostros afeitados que impera en París. Fuera de eso, su aspecto —viste un guardapolvos gris recién planchado y un bonete doméstico de lana— es tan aseado como el de su tienda. Una ventana grande, con los visillos abiertos, deja entrar la luz de la calle e ilumina los dorados y adornos en los lomos de los libros que, alineados en los estantes, aguardan comprador. Todo allí huele a piel encerada y papel nuevo, a limpieza y a método. Sobre el mostrador hay una pila de ejemplares sueltos del Journal des Sçavants y varios volúmenes en rústica, recién desembalados de un paquete que está en el suelo a medio deshacer, cuyo título observan los académicos con curiosidad: Mémoire sur la découverte du magnétisme animal, par M.

Mesmer.

—No tengo primera edición de la Encyclopédie —se lamenta Lesueur—.

Ni siquiera la tengo completa en reimpresión. Sólo dispongo de los once primeros tomos de la edición de Ginebra-Neuchâtel; pero ésta es en cuarto, por orden de materias, y alcanza treinta y nueve volúmenes... No es lo que ustedes buscan.

Mientras habla se ha vuelto hacia un estante, del que extrae un ejemplar entre una fila de libros encuadernados en cartoné gris con tejuelo de papel en el lomo.

—Ésta sí es posible conseguirla con facilidad —añade, mostrándoles el volumen abierto—. Si me dan un par de semanas, me comprometo a tenerla disponible entera... Desde luego, les saldría más barata que la primera edición. Aquélla, por su rareza, si es que la encuentran, no bajará mucho de dos mil libras.

—En la embajada nos hablaron de unas mil cuatrocientas —objeta don Hermógenes.

—Pues hablaron sin conocimiento de causa. De esa edición sólo se hicieron cuatro mil y pico ejemplares, y salió a la venta en doscientas ochenta libras; aunque luego, con el éxito de la obra, el precio fue subiendo.

Hace cuatro años vendí una completa por mil trescientas libras, que en moneda de ustedes son, me parece...

—Cinco mil doscientos reales —apunta el almirante, siempre rápido para los números, mientras echa un vistazo al ejemplar que le ha pasado el

librero. Se trata de una bonita edición pese a su tamaño, más reducido que el infolio original:

Mis en ordre et publié par M. Diderot.

Et quant à la partie mathématique, par M. D’Alembert.

Troisième édition

À Genève, chez Jean-Léonard Pellet.

À Neuchâtel, chez la Société Typographique.

—Pónganse ahora en un tercio más, si la encuentran —pronostica el librero.

El almirante sigue pasando páginas mientras don Hermógenes y el abate Bringas miran por encima de su hombro.

—Me temo que eso rebasa nuestro límite.

El librero tamborilea con los dedos sobre el mostrador.

—Pues les deseo suerte, porque la van a necesitar. Tengan en cuenta que de aquellas primeras Encyclopédies impresas, el número que llegó a los suscriptores debió de ser menor, pues siempre hay que descartar los pliegos defectuosos o los volúmenes estropeados. Y buena parte, además, se vendió fuera de Francia... Eso la hace muy rara, claro. Y la encarece.

El almirante alza el ejemplar que tiene en las manos.

—¿Y qué hay de ésta?

Mira Lesueur el libro, pensativo, y tras un instante encoge los hombros.

—No los voy a engañar: se trata de una reedición presentada como fiel al texto original; pero la verdad es que contiene cambios importantes... Desde luego, no es lo que buscan.

—Le agradezco su franqueza, señor.

—No hay de qué. La mía es una casa seria.

El librero recupera el volumen de manos del almirante y lo devuelve a su sitio en las baldas.

—De todas formas, si cambian de idea —prosigue mientras procura que el ejemplar quede bien alineado con los otros—, por esta edición puedo hacerles un precio especial de doscientas treinta libras... Y les aseguro que es una ganga; pese a todo, no creo que haya disponibles en Francia más de medio centenar de colecciones completas.

—Estamos algo confusos —comenta don Hermógenes—. ¿Cuántas ediciones hay de la Encyclopédie?

—Aparte de la primera, que ustedes buscan, y dejando a un lado las impresiones no autorizadas que se han hecho en los últimos años, como la italiana de Lucca, circulan más de las que la gente sospecha: la reimpresión en folio de dos mil y pico ejemplares que se hizo en Ginebra entre 1771 y 1776, la de Leghorn, también en folio, que acabó de imprimirse hace un par de años, y ésta en cuarto que les ofrezco...

—Tengo entendido que hay otra en formato pequeño —comenta el abate Bringas.

—Sí, en octavo. Una nueva edición de treinta y seis volúmenes de texto y tres de láminas que se está haciendo en Lausana y Berna. Y ésa es otra posibilidad... Puestos en plan económico, y si no tienen prisa por completarla, les ofrezco suscribirse a ella por doscientas cincuenta libras...

—¿Por qué dice que si no tenemos prisa?

—Porque de ésa han aparecido los primeros volúmenes, pero el resto no estará impreso hasta dentro de un par de años, por lo menos. Las cosas de imprenta van despacio. Las obras extensas se anuncian en folleto, se buscan suscriptores, y hasta que no llega el primer dinero no empiezan a trabajar las prensas.

—En cualquier caso, ¿los contenidos de esas ediciones son de fiar?

—No sé qué decir. Ya le conté antes sobre la de Ginebra-Neuchâtel.

Siempre hubo problemas con la censura, intervención de unos y otros...

—Hasta la Asamblea de Clérigos Franceses metió baza —apunta Bringas con rencor.

Es muy cierto, confirma el librero. Esa denuncia, cuenta, hizo que la policía secuestrara seis mil volúmenes de la reimpresión que hizo el editor Panckoucke; y fue el duque de Choiseul quien, tras muchos dimes y diretes que duraron seis años, consiguió que los devolvieran al editor. Pero además, Diderot, alma de la primera edición, se dijo insatisfecho con el resultado y habló de modificar ciertas cosas, e incluso de reescribirla entera. También autores como D’Alembert y Condorcet, que redactaron artículos de la obra original, intervinieron en las reediciones e impresiones posteriores, añadiendo o retocando. Todo eso altera los textos originales: unos para mejor, claro. O eso supone Lesueur. Pero no sabe si puede decirse lo mismo del conjunto de la obra.

—Así que, en realidad —concreta el librero—, fiable en cuanto al espíritu inicial, rigurosa y exacta tal y como salió entre 1751 y 1772, con los diez primeros volúmenes impresos en París y los siguientes con el falso pie de imprenta de Neuchâtel, sólo puede considerarse la primera edición...

Eso la hace tan rara, naturalmente. Tan valiosa.

—¿Y cree que alguno de sus colegas la tendrá disponible? —pregunta don Hermógenes.

—No sabría decirle. Puedo hacer gestiones, cargándoles la correspondiente comisión si la encuentro.

—¿Qué clase de comisión? —se interesa Bringas, chispeantes los ojos.

—Un cinco por ciento es lo usual.

El otro frunce el ceño y se queda haciendo cálculos. Sólo le falta, observa el almirante, sacar papel y lápiz. Un centenar de libras no es bocado menor en París, y menos para un buscavidas como el abate.

—¿Y en libreros de viejo? —inquiere el bibliotecario.

—Ahí es más difícil. Quizá encuentren algunos volúmenes sueltos, y poco más. No es una obra de lance. Cabe también la posibilidad de localizar a algún propietario dispuesto a desprenderse de ella; pero en tal caso, el precio es impredecible. Si me dan la dirección donde se alojan...

—No hace falta —interviene de nuevo Bringas, con sospechosa rapidez

—. Yo me encargo de eso. Estaremos en contacto.

—Como gusten —Lesueur observa las miradas que el almirante dirige a los libros del mostrador—. Veo que le interesa, señor, la obra de Mesmer.

Asiente el almirante, que ha cogido un ejemplar y lo hojea con placer: buen papel y perfecta impresión. Hace tiempo que oye hablar de ese profesor austríaco y de sus curiosos experimentos hipnóticos, basados en las más modernas teorías sobre corrientes físicas, eléctricas y cosmológicas defendidas por científicos como Franklin y los Montgolfier.

—En España lo mencionan algunas gacetas —dice.

—Sí —confirma don Hermógenes—. Pero allí lo vinculan con el jansenismo y la masonería, y por eso su venta está prohibida.

Sonríe el librero, suficiente y algo despectivo desde que escuchó la palabra España.

—Pues aquí pueden comprarlo con libertad, aunque deberían darse prisa.

Me lo acaba de enviar el impresor Didot, y me lo quitan de las manos...

Puedo ofrecerle ese ejemplar por tres libras, o por cinco si lo prefiere

encuadernado en piel fina, con lomo cuajado de oro de calidad... ¿Se animan?

Duda el almirante, pero la sonrisa de superioridad que el librero mantiene en los labios acaba por disuadirlo. Una cosa es una cosa, piensa, y otra cosa es otra cosa. Quizá ser español sea a menudo una desgracia; pero en todas partes cuecen habas; y si en Madrid hay Inquisición, en París hay una Bastilla. Así que el tal Lesueur y sus libros pueden ir a sonreírle a su tía. O

al diablo.

—No, muchas gracias —responde con sequedad—. Tal vez en otra ocasión.

Y poniéndose el sombrero, brusco, sin fórmula de despedida, don Pedro Zárate abandona la librería.

Al señor don Manuel Higueruela, en su casa de Madrid: Según las instrucciones de mantenerlo informado, pongo en su conocimiento que los dos viajeros se alojan en un hotel de la calle Vivienne (cerca de la embajada de España). Según mis noticias visitaron al conde de Aranda. Éste no les habría prestado mucha atención, derivándolos a manos de un español que reside aquí. El individuo responde al nombre de Salas Bringas. Es literato de poca monta, sin oficio ni beneficio. Malvive escribiendo libelos y haciendo tareas bajas para unos y otros. Según pude averiguar se le tiene por sedicioso, de ideas exaltadas. Tuvo asuntos con el Santo Oficio y con la Justicia en España (la policía tendrá allí antecedentes del personaje). Es sujeto conocido en los círculos de exiliados españoles de Bayona y París. Aquí estuvo al menos dos veces en prisión. Su paisanaje con el conde de Aranda (nacieron en el mismo pueblo, me parece) lo faculta para frecuentar la embajada de España. Se dice que allí hace de confidente y hombre para pequeñas tareas. También tiene acceso a algún salón de la sociedad de París, donde se le tolera en tertulia por lo pintoresco del personaje. Frecuenta cafés de filósofos y agitación política.

En lo que se refiere a los dos viajeros, han hecho gestiones para adquirir lo que vinieron a comprar, pero sin éxito hasta ahora. Según

he averiguado, la edición del libro que buscan no es fácil de encontrar.

Por lo demás no hacen vida notable. El tiempo que no emplean en visitar a libreros lo dedican a paseos por calles céntricas, o a sentarse en cafés donde pueden leerse gacetas francesas, españolas e inglesas.

El tal Bringas no se despega de ellos (come, cena y va a los cafés a su costa). Los tengo a todos localizados en sus movimientos, que averiguo con puntualidad y de los que iré informando a Vd. como convinimos.

Por mi parte sigo estudiando la manera más eficaz de resolver el negocio. En cuanto a mis gastos, temo que superen los previstos. En París todo está por las nubes y las gestiones que hago no son baratas (aquí nadie abre la boca por menos de un luis). De todo eso tendremos que hacer ajustes a mi vuelta. O si la situación se prolonga, proveer más dinero mediante una letra de cambio.

De mi consideración

Pascual Raposo

Después de echar arenilla de salvadera y sacudir el papel, comprobando que la tinta está seca, Pascual Raposo lo envuelve en otro que dobla y lacra antes de escribir la dirección en el anverso. Al cabo se levanta, estira los brazos y camina hasta la ventana, haciendo crujir el deteriorado piso de madera. Está en calzón, chaleco y mangas de camisa, y su reducido equipaje se encuentra repartido por el cuarto de la pensión donde se aloja: un segundo piso en el hotel du Roi Henri, modesto establecimiento situado en la rue de la Ferronnerie, donde a todas horas se oyen los gritos de los carreteros y verduleras que discuten abajo, en el laberinto de calles, puestos y barracas del mercado cercano, pegado a la tapia del viejo cementerio de los Inocentes, frontero al hotel de Raposo. Que no es la primera vez que se aloja allí. Siempre que sus ocupaciones —por la más ingenua de ellas lo habrían podido ahorcar— lo trajeron a París en el pasado, el antiguo soldado de caballería vino a hospedarse en el mismo sitio, que le conviene por ser lugar frecuentado por viajeros y comerciantes donde resulta fácil pasar inadvertido; y los tres luises que cuesta por semana incluyen un buen desayuno de tenedor. El único inconveniente, en esta ocasión, es que el lugar acaba de cambiar de dueños. El antiguo propietario, un bretón silencioso y hosco, se retiró con sus ahorros a un pueblecito de Morbihan, y

los nuevos hoteleros son un matrimonio de mediana edad que, con ayuda de una hija y una sirvienta, llevan el negocio.

Tras echar un vistazo por la ventana, Raposo va hasta la puerta, la abre y llama. Sube la hija de los dueños, que es moza sobre los veinte, de buenas formas y ojos saltones bajo la cofia que le recoge los cabellos. Raposo le entrega la carta y cinco libras, encargándole que la lleve a la Posta. Se demora la joven en mirar el sable del huésped, que está colgado en la pared, y no se escandaliza demasiado cuando éste, tanteando posibilidades tácticas, le palmea la rotunda grupa mientras ella se dirige a la puerta. Carne prieta y joven, revela el contacto. Y la sonrisa de la muchacha —Henriette, se llama— ofrece posibilidades, o al menos no las descarta. Eso es lo bueno de París, estima Raposo, donde las costumbres son ligeras y una mujer no hace ascos si quien se arrima tiene con qué, o lo aparenta. Mientras toma nota mental de todo ello, consulta el reloj que tiene en un cajón de la cómoda de pino, junto a un cartucho de monedas y una pistola corta, de dobles caño y gatillo. Después guarda el reloj en el chaleco, se enfunda una casaca de paño pardo, requiere el sombrero y, tras comprobar el cebo y la carga, se mete el arma en el bolsillo derecho de la casaca, coge el cartucho de monedas, cierra con llave la puerta, baja las escaleras y sale a la calle saludando con un gesto de la cabeza al patrón, que fuma su pipa sentado en la puerta.

La tapia del cementerio —cerrado a los enterramientos hace sólo unos meses, y con los huesos allí todavía— apesta a verduras y fruta podrida, y por el centro del arroyo corre un canalillo de agua turbia y sospechosa.

Raposo camina hasta el Sena por Saint-Denis, pasa bajo los siniestros muros medievales del Petit Châtelet y tuerce a la izquierda, siguiendo el muelle hasta llegar a la plaza de Grève. A poca distancia del ayuntamiento, haciendo chaflán de un edificio estrecho que se alza junto al río, está el viejo cabaret de l’Image Notre-Dame, que a esa hora no registra otra animación que algunos ociosos sentados a la puerta, disfrutando del sol que inunda la plaza. Raposo se sienta en un banco de madera, apoya la espalda en la pared, pide una jarra de agua fresca y contempla la vecina isla de Saint-Louis, el Pont Rouge y las torres blancas de la catedral que se alzan sobre los tejados de pizarra, felicitándose por el buen tiempo que lo acompaña esta vez. La mayor parte de las anteriores que estuvo en París sufrió la inclemencia de la lluvia pertinaz que suele mojar la ciudad durante

casi todo el año, embarrando sus calles hasta hacerlas apenas transitables, pese al pavimento. Porque si París, como aseguran quienes saben de eso, pasa por capital de las luces que alumbran Europa, no es, desde luego, la capital de la limpieza.

—Benditos los ojos, Pascual... ¿Qué mal viento te trae por aquí?

Raposo, que ha visto venir de soslayo al hombre que acaba de saludarlo en un torpe español, encoge los hombros y acerca con el pie un taburete para que se siente a su lado.

—Celebro verte, Milot —responde en francés—. Veo que recibiste mi aviso.

—Y aquí me tienes, dispuesto a saludar a un amigo. ¿Cuánto desde la última vez?... ¿Un año?

—Casi dos.

Milot, un tipo grueso y calvo que no usa peluca, vestido con tricornio y redingote oscuro que le llega hasta las botas sucias, sonríe mientras se da palmaditas en las rodillas.

—Mierda, mierda... Cómo pasa el tiempo.

Con ojo experto, Raposo observa el bastón de nudos y puño de bronce que el otro sostiene entre las piernas, característico de los inspectores de policía que recorren los barrios de París, y muy adecuado para partirle el cráneo a cualquiera con un solo golpe. Por su parte, Milot sabe usarlo: el propio Raposo fue testigo de ello alguna vez, en el curso de negocios que uno y otro compartieron en la ciudad.

—¿Cómo va la vida? —pregunta.

El policía se rasca la entrepierna bajo el faldón del abrigo.

—No me quejo.

—¿Sigues asignado a este barrio?

—Conservo la casa ahí cerca, en el Marais, pero ahora estoy en las Tullerías, a la caza de putillas y bujarrones... Es divertido, y siempre hay quien afloja unos francos para que lo deje irse de rositas en vez de mandarlo a la cárcel. Y las chicas se portan bien, ya sabes... Son agradecidas.

—Tengo que acompañarte un día en tu ronda, a ver aquello.

—Estupendo. Te prometo diversión y unas jarras en la taberna de la Rente, que está bien provista.

—Sí. Y esta vez, de lo caro.

Al oír aquello, Milot lo mira, escrutador. Raposo sabe en qué está pensando.

—¿Hay asunto? —se interesa el policía.

—Puede.

—¿Conmigo dentro?

—Tal vez.

Milot se roe la uña de un dedo pulgar, reflexivo.

—¿De cuánto estamos hablando?

—Lo veremos. Eso depende... Todavía no hay prisa.

Sale el tabernero y Milot pide vino tinto. Con los ojos entornados de bienestar, disfrutando de la tibieza del sol como un gato tumbado sobre su cola, Raposo contempla la plaza inundada de luz, la gente que pasa, los innumerables carruajes de toda clase que cruzan el puente cercano y las gabarras de carbón, leña y forraje amarradas en el muelle. Le agrada sentirse en París, de nuevo. Le gusta mucho esta ciudad complicada y enorme, cuando no llueve.

—¿Siguen ejecutando a la gente en esta plaza?

—Claro —Milot emite una risa corta y seca, ajena al humor—. El verdugo de París frecuenta más la Grève que los borrachos este cabaret... La última vez fue hace dos semanas: una doncella que había envenenado a sus señores con arsénico para ratas. Por lo visto, el amo la preñó, luego la hizo abortar, y quería echarla a la calle. La chica era rubia, joven, medio bonita.

Tenías que haber visto a todas las pescaderas y verduleras del barrio, enternecidas, apiadándose de ella mientras la subían al cadalso... Al final apedrearon al verdugo y hubo que disolver a sablazos.

—¿Hay mal ambiente?

El otro arruga el entrecejo.

—Lo normal, diría yo. Pero la gente se ha vuelto más desvergonzada y se insolenta a menudo. Aguanta menos. A algún noble le han apedreado el coche... Hubo un par de motines en los barrios bajos, otra vez por la carestía del pan y porque no hay agua potable: cristales rotos y varios tenderos apaleados... A un panadero que adulteraba con yeso el pan lo tiraron al Sena, y se ahogó.

—¿Y los cafés?

—Pues como siempre. Se conspira, se habla, se discursea, se agitan gacetas, se leen panfletos, se amenaza... Al rey se le mienta poco, sigue

siendo querido del pueblo. La cosa va más contra la reina: la perra austríaca y tal. Le endilgan un amante nuevo cada dos semanas... Pero todo queda ahí. De vez en cuando, el ministro pone a la firma del rey unas cuantas lettres de cachet, se encierra a media docena de idiotas en la Bastilla, y todo tranquilo hasta la próxima.

Calla mientras se acerca el dueño con el vino. Una jarra y dos vasos.

Raposo hace los honores: dos dedos para él, un vaso lleno para el otro.

—Venga, cuéntame —lo apremia Milot.

Raposo lo piensa un poco. Despacio. El modo de abordar la cosa.

—Estoy detrás de dos compatriotas míos, recién llegados —se decide al fin.

—¿Exiliados?

—No. Éstos traen pasaporte en regla.

—¿Y son peligrosos?

Balancea la cabeza Raposo, dubitativo, mientras recuerda al académico alto y flaco disparando contra los bandoleros que intentaron asaltar los coches cerca de Aranda de Duero.

—Son gente respetable —concluye— a la que no puedes pringar con tonterías.

—¿Tienen dinero que aliviarles?

Raposo alza una mano para descartarlo como motivo.

—No viene al caso. No se trata de eso.

—Entiendo... Bueno. Situados los sujetos, vayamos ahora al negocio.

—Hay dos partes —asiente Raposo—. Primera, controlar por dónde se mueven.

—¿Y cuál es su ambiente?

—Libreros, impresores, gente así...

Surge un brillo de curiosidad adicional en los ojos de Milot, que son grises y duros.

—¿En plan clandestino?

—No lo sé. De todas clases, imagino.

—Bien. Eso es fácil de controlar... ¿Y el segundo volumen?

—Ahí pasaríamos a la acción, si fuera necesario.

—¿Qué clase de acción?... ¿Violenta? ¿Contundente? —Milot tuerce la boca con desenfado—. ¿Mortal de necesidad?

Con un ademán vago, Raposo elude contestar de momento. Después mete la mano izquierda en el bolsillo opuesto a aquel donde lleva la pistola.

—Carajo... Te digo que es gente respetable. Éste es asunto delicado,

¿comprendes?... En todo caso, ya iremos viendo cómo.

Mientras habla, saca el cartucho de dinero y se lo pasa al otro con discreción.

—Ahí va un adelanto: diez dobles luises para aceitar las bisagras.

—Vaya —Milot sopesa el cartucho en la palma de la mano, complacido

—. Bonito detalle... Bienvenido a París, camarada.

Y, levantando su vaso, brinda a la salud de Pascual Raposo.

Decepción. La palabra la usa tres veces el abatido don Hermógenes mientras despachan un fricasé de pollo y una botella de vino de Anjou, a seis francos por persona, después de una mañana de gestiones infructuosas.

Están en casa Landelle, en el hotel de Buci, donde los ha llevado Bringas; y como el día es soleado, a través de la gran ventana abierta pueden ver el vaivén de carruajes y paseantes que vienen de comprar joyas, adornos y prendas de moda en el Petit Dunkerke del muelle Conti y en la plaza Dauphine. Observa curioso el bibliotecario a las señoras mientras piensa en la suya difunta, tan diferente de estas desenvueltas parisienses acostumbradas a tiendas donde se ofrece lo último. A su lado come imperturbable el almirante, manejando silencioso el tenedor mientras contempla el desfile de drapeados a la moda polonesa o circasiana, la variedad de peinados altos, cintas y sombreros sobre cabellos empolvados, postizos o naturales. Por su parte, Bringas mastica con urgencia, ayudándose con frecuentes sorbos de vino. Tan ávido de lo que tiene en el plato como de lo que ve en la calle.

—Ah, lo juro, caballeros... —se pasa la lengua por los labios, casi lúbrico, para eliminar los restos del fricasé—. No hay mujeres como las de París.

Dejan caer don Hermógenes y don Pedro esas palabras en el vacío, por no ser ninguno de ellos inclinado a tal clase de conversación. Así que, tras un par de intentos frustrados de volver sobre el tema, el estrafalario abate termina cambiando de tercio; no sin antes dirigir, por encima de su vaso de

vino, un vistazo calculador a sus acompañantes: el de quien sondea carne por saber a qué atenerse, y da en hueso. De momento.

—En cuanto a que estén decepcionados —dice, cambiando de tono—, no creo que deban desanimarse. Estas cosas van despacio. No siempre es llegar y besar el santo.

—Nuestros recursos son limitados, como sabe —dice don Hermógenes.

—Tengan fe, que es virtud teologal. Todo se solucionará pronto, así que pidamos otra botella. Mientras hay vino en la mesa, hay esperanza en el corazón —los mira, sonriente—. ¿Les gusta la sentencia?

—No está mal.

—Es mía. De un opúsculo en el que trabajo, titulado: Tratado higiénico y filosófico sobre el onanismo como benefactor de la humanidad.

—Vaya —comenta don Hermógenes, que parpadea incómodo.

—Prometedor —pronostica guasón el almirante.

Moja Bringas trozos de pan en los restos de salsa, rebañando el plato.

Bajo la peluca de nudos desordenados y grasientos, la claridad de la ventana enflaquece su rostro huesudo, mal afeitado.

—La idea —aclara— consiste en exponer cuántos tiranos se habrían ahorrado los pueblos si...

Lo corta el almirante con notable presencia de ánimo.

—No se moleste. Captamos el fondo del asunto.

Mira por la ventana el abate, masticando mientras observa a la gente que circula por la calle. Sus labios mezquinos se crispan de pronto en una mueca feroz.

—Aunque a menudo —dice con súbito desprecio— cada tirano tiene esclavos que le merecen... Miren ustedes esas pirámides capilares enyesadas con pomada, tenacillas calientes y vanidad... ¡A quien se diga que en París un peluquero gana más que un artesano, y que alguno se jacta de conocer ciento cincuenta formas de torcer los rizos de una dama o un caballero...! ¿Y qué me dicen de la ropa? ¿De esas prendas con faldones judaicos, llamadas levitas, que se están poniendo de moda? ¿De esa manía de que todo, chalecos, casacas o calzones, lleve rayas, porque la cebra del gabinete real se ha vuelto inspiración de los sastres elegantes?... ¡Que el diablo nos lleve! Pocos se endeudan por comprar libros, pero nadie se priva de lucir cada domingo una casaca nueva; y aun así, muchos de esos currutacos todavía deben la suya al que se la hizo... ¡Habría sorpresas si la

policía obligara a todos a llevar encima, como justificante, el recibo de su sastre!

—También en Madrid la moda absurda hace estragos —opina don Hermógenes.

—Pero es que aquí lo justifica y explica todo. Moda al eclipse, al globo de aire caliente, al peinado de la reina, a la fanfán, a la caquita del perro de la Polignac... ¡Y a la estupidez la cortejan como si fuese regla con pena de vida!... Ahí se va el dinero, mientras un trabajador gana dos tristes sueldos y el pueblo pasa hambre.

—Aun así —opina el almirante—, esa hambre es menor que en España.

Bringas le dirige una sonrisa sardónica. Insolente.

—Les llevaré, si gustan, a que vean con sus propios ojos el hambre de verdad —dice—. El rostro del París famélico, lejos de esto —señala con desdén a la gente elegante que pasa por la calle—. La Francia real, a pocas manzanas de aquí.

La sonrisa se extingue en el acto, barrida por una sombra oscura.

Después, con una expresión por completo distinta que le acude al rostro como una súbita máscara, el abate mira melancólico su plato ya vacío. Al fin bebe un largo trago de vino y se seca la boca con el dorso de una mano de uñas demasiado largas. En los puños de la casaca, así como bajo el pañuelo que le ciñe el cuello, se deshilacha una camisa limpia, aunque rozada en los filos.

—El hambre no conoce fronteras, señores. Siempre es la misma... Les digo yo, que en esa materia soy perito... ¡Qué de estrecheces pasa el sabio que no sabe lisonjear ni al vulgo ni al poderoso!... Tanta hambre pasé aquí como en España e Italia. Más, se lo aseguro, que un caracol en la vela de un barco... Dicho sea, naturalmente, como figura retórica.

—¿Por qué se fue de su patria? —se interesa el almirante.

El abate apoya un codo en la mesa para acariciarse el mentón. Trágico.

—Esa palabra es ambigua —sentencia—. Mi patria está allí donde consigo un trozo de pan. Y papel, pluma y tintero, a ser posible.

Don Pedro no se deja amilanar por la pose ni por el palabreo.

—¿Y aparte de eso? —insiste.

—Necesitaba aire para respirar. Libertad, en una palabra, aunque nunca imaginé que sería aquí, precisamente, donde conocería el oprobio y la prisión.

—Vaya... —el almirante se introduce un bocado, mastica despacio y se limpia los labios con la servilleta antes de beber un sorbo de vino—.

¿Estuvo en la cárcel? ¿En Francia?

Yergue arrogante la cabeza el otro.

—No me avergüenza decirlo: conocí la Bastilla; donde mi espíritu, no hay mal que por bien no venga, se templó en la solidaridad con los que sufren. Allí aprendí a ser paciente y a esperar la hora.

—¿Qué hora? —pregunta don Hermógenes, despistado.

—La hora espantosa que sacudirá los tronos de la tierra.

—Jesús.

Sigue un silencio incómodo, durante el que el bibliotecario y el almirante imaginan a Bringas afilando el hacha mientras ordena rencores por orden alfabético. No es una imagen insólita, decide el último. Ni imposible.

—En lo que dijo antes de Francia no puedo estar de acuerdo —objeta al fin el bibliotecario—. Encuentro gran diferencia con nuestra patria... El viaje desde Bayona nos descubrió un país fértil, de ríos caudalosos y campos verdes. Muy diferente a nuestros pedregales secos y ásperos. A la quebrada geografía española, que a tanta pobreza nos condena.

Golpea la mesa el abate con la palma abierta.

—No se deje engañar por las apariencias —dice con desdén—. Éste es un país rico, desde luego, dotado por la naturaleza. Pero todo lo chupa el desagüe de la vanidad, la codicia y la injusticia. Aunque es verdad que aquí, al menos, conocemos libertades que no existen bajo los Pirineos...

El almirante deja los cubiertos a un lado de su plato vacío, en la posición exacta de las cinco horas del reloj, y recurre por última vez a la servilleta.

—Hay libros —apunta escueto, como si eso lo resumiera todo.

—Exactamente —a Bringas le chispean los ojos vengativos—. Bendita letra impresa que un día, al fin, derribará falsos ídolos. Que acabará despertando al pueblo embrutecido.

—Ése es otro punto que admiro y envidio —suaviza don Hermógenes—: la abundancia de lecturas. Aunque lo de despertar al pueblo...

—En Francia —lo interrumpe el abate— el Estado arruina la vida de muchos de los que cultivamos las letras y las ideas, incluidos impresores y libreros; pero no ha podido arrancar la raíz de la libertad. Y eso es precisamente gracias a los libros.

—Estamos de acuerdo. Pero le decía que los despertares del pueblo, así a palo seco, me dan cierto repelús...

—¿Saben cuál es la diferencia? —Bringas sigue atento a su propio discurso—. Que en España los libros se consideran un objeto subversivo y peligroso. Un lujo prescindible, o un privilegio reservado a unos pocos.

—Y aquí son un negocio —ataja el almirante.

—Lucrativo, además. Y para todos. Proporciona trabajo desde el autor hasta el impresor, el cajista o el distribuidor, que pagan impuestos. Es una actividad que da dinero y crea riqueza.

—Pero los edictos... —opone el bibliotecario—. Las prohibiciones...

Bringas suelta una carcajada teatral y se sirve otro vaso de vino.

—Ah, todo es relativo. La prohibición absoluta perjudica las finanzas, de modo que el Estado, aunque legisla y prohíbe, también permite que el negocio siga su curso natural y no vaya a instalarse en Suiza, Inglaterra, Holanda o Prusia... ¡Ésa es la verdadera fertilidad de Francia! Su pragmatismo. El poder sabe que el libro le amenaza, pero también que da riqueza. Por eso busca modos de arreglo.

—Ya. Pero en cuanto a nuestra Encyclopédie...

—¿Qué pasa con ella?

—Que seguimos sin conseguirla.

El abate hace un ademán de suficiencia, señalando la calle.

—Después de comer visitaremos a un amigo mío, vendedor de libros filosóficos.

—Curioso término —decide el bibliotecario—. Ignoraba que hubiese vendedores especializados en filosofía. Supongo que se refiere a Voltaire, Rousseau y autores así. Pero creía que la venta pública de esa clase de libros estaba prohibida.

Ríe de nuevo, ahora desdeñoso, Bringas.

—Lo está, pero no se deje engañar por las palabras. Libros filosóficos es una expresión convencional entre libreros para hablar de obras donde la filosofía suele brillar por su ausencia. La expresión se refiere a libros prohibidos... Por lo general, pornográficos.

Se sobresalta don Hermógenes.

—¿Cómo que pornográficos?

—Novelas de tocador y cosas por el estilo —precisa el abate con una mueca equívoca—. Obritas de las que, según Diderot, deben leerse con una

sola mano.

Se sonroja don Hermógenes.

—Por Dios... ¿Y qué tenemos nosotros que ver con eso?

—Entiendo que nada —lo tranquiliza el almirante—. Este señor no ha dicho que todos sean de esa clase.

De un largo trago, Bringas se bebe cuanto queda del vino.

—El término libros filosóficos —aclara—, usual en los gabinetes de lectura, es amplio y abarca todo: desde Le christianisme dévoilé hasta La fille de joie —con el último título guiña un ojo, cómplice—... ¿Les conocen?

—Ni por las tapas —responde el almirante—. Si aquí están prohibidos, figúrese en España.

—Esas cochinadas no llegan allí —apostilla, digno, el bibliotecario.

Sonríe Bringas con superioridad.

—Ah, La fille de joie no digo que no. Pero el otro sí es filosófico de verdad.

—Pues con ese título —insiste don Hermógenes—, parece más cochino todavía. Lo que hay que hacer con el cristianismo es practicarlo, no desvelarlo ni meterse en jardines que nunca llevan a buen sitio.

El abate lo mira, algo desconcertado.

—Creía que ustedes dos...

—Y cree lo correcto —interrumpe el almirante, que parece divertirse mucho—. Pero, como ya le dije, mi compañero es un ilustrado de los que van a misa: variedad más frecuente en España de lo que se cree.

—Hombre, querido almirante —protesta el aludido—. Tampoco es eso.

Yo...

Lo acalla el otro con el gesto afectuoso de colocar una mano sobre su brazo.

—Nuestro don Hermógenes —sigue diciéndole a Bringas— estima compatible la seda con el percal... Así que respetemos su punto de vista.

El abate los mira alternativamente; cual si intentara situarlos, no sin dificultad, en alguna de las categorías por él conocidas. Al cabo esboza una mueca magnánima.

—Como quieran.

—Libros filosóficos —le recuerda el almirante, yendo al grano.

—Ah, sí. Pues eso... Los llamados de ese modo, en resumen, son obras de diversa condición que circulan de manera clandestina, y cuya tolerancia depende del humor del ministro de turno... La cosa es que ciertos libreros venden bajo el mostrador, avizoran las oportunidades y saben precaverse de redadas y condenas a galeras. Este amigo del que les hablo conoce el paño.

Quizá pueda echarnos una mano.

Don Hermógenes lo estudia, más bien inquieto. Ha sacado su caja de rapé y un pañuelo, toma una pizca, estornuda y se la ofrece a Bringas.

—¿Ese librero es hombre respetable?

—Como yo mismo.

Cambian una rápida mirada los académicos, que no pasa inadvertida para el abate. Tampoco al almirante se le escapa que a Bringas no se le escape.

—Eso no nos traerá problemas, espero —dice.

Y se lo queda mirando con fijeza. Tranquilo, sin ceremonias, Bringas mete dos dedos en la tabaquera del bibliotecario, coge una buena pulgarada de tabaco molido, se lo pone en el dorso de la mano y arrima la nariz.

—¿Problemas?... Snif. La vida del hombre ilustrado ya es un problema en sí, caballeros.

Dicho esto, guiña los ojos complacido, boquea un instante y estornuda a su vez, con mucho estrépito.

—Y ahora —dice sacando del bolsillo un arrugadísimo pañuelo—, si tienen la bondad de acompañarme, voy a mostrarles otro París... El que no sale en El tocador de las damas.

Fue complicado, al principio, moverme por el París del ancien régime que, en vísperas de la Revolución Francesa, habían conocido don Pedro Zárate y don Hermógenes Molina. Incluso el París revolucionario, que tanto acabó por cambiar la fisonomía de la ciudad, con sus calles y nombres —les Cordeliers, les Petits Augustins— tan vinculados a la historia de aquellos años agitados, desapareció en gran parte con la reforma urbana que a partir de 1852 hizo el barón Haussmann. Hasta el mercado de Les Halles se vio de nuevo transformado, en el último tercio del siglo XX, en el complejo cultural que hoy preside el Centro Pompidou; y sus tiendas, bares y restaurantes acabaron siendo lugar de moda y atracción turística. La única forma de

recomponer literariamente todo aquello era cruzar antiguos textos y planos de la ciudad con referencias modernas, superponer la actual traza de París a la antigua, y establecer así la topografía más exacta posible de los lugares donde había transcurrido la aventura de los dos académicos.

Aparte algunos planos y media docena de libros sobre la historia de la ciudad, mi biblioteca no abundaba en materia de urbanismo parisién; y el útil pero limitado Connaissance du Vieux Paris de Hillairet, con el que había callejeado mucho en otros tiempos, no sirvió esta vez más que para situar unas pocas calles por su antigua nomenclatura. De más utilidad fue el monumental Paris à travers les âges, de Hoffbauer. Y con internet descubrí un par de útiles puntos de partida sobre el aspecto real de la ciudad en la década de los años ochenta del siglo XVIII: el Atlas historique de Paris correspondiente a 1790, y una práctica relación del callejero entre 1760 y 1771 que incluía los nombres actuales. También encontré una treintena de grabados de época con vistas de calles, plazas y jardines tal como eran en los años anteriores a la Revolución. Pero lo más importante que obtuve fueron las referencias de dos planos que unos días más tarde, de nuevo en París y gracias a los buenos oficios de la librera Michèle Polak, conseguí con relativa facilidad. Uno de ellos era el realizado en 1775 por Jaillot, pieza espléndida y clara que llegó a mis manos en muy buen estado. El otro, que resultó fundamental para el escenario urbano de estos capítulos, fue el magnífico Nouveau plan routier de la ville et faubourgs de Paris publicado en 1780 por Alibert, Esnauts y Rapilly; que, junto a una detalladísima imagen de la ciudad, contenía cartelas con un minucioso callejero y su localización por coordenadas. En cuanto a los datos a situar en esos planos, estaban dispuestos desde tiempo atrás en forma de anotaciones sobre calles, cafés, hoteles, comercios y otros lugares de interés; extraídos, unos, de las cartas del bibliotecario conservadas en los archivos de la Real Academia Española; y otros, de relaciones dieciochescas de viaje, descripciones de la ciudad como las contenidas en la excelente Guide des amateurs et des étrangers voyageurs (1787), de Thiéry, periódicos de la época, correspondencia y anotaciones de varios autores, incluidos los diarios de Leandro Fernández de Moratín —cuya sombra, entre otras, planeó todo el tiempo sobre este relato— y las Memorias de Giacomo Casanova, abundantes en detalles de sus visitas a la capital francesa, efectuadas poco antes de los hechos que aquí se relatan. Con eso pude ponerme a trabajar.

Y fue de ese modo como me encontré desayunando una mañana en Les Deux Magots con mi cuaderno de notas abierto sobre una fotocopia manchada de café y llena de anotaciones del Nouveau plan routier de 1780; intentando situar la visita que don Pedro Zárate y don Hermógenes Molina hicieron, guiados por el estrafalario abate Bringas, a un barrio marginal de París, tal como detallaba la carta —que yo había tenido oportunidad de consultar en la Real Academia— dirigida en términos extrañamente premonitorios por el bibliotecario al director Vega de Sella, en la que le contaba:

... la visita hecha ayer, desconcertante por lo inesperada, a unas calles bajas de esta ciudad donde lo fastuoso de la urbe se entenebrece ante la sordidez de la vida de los más desfavorecidos, donde toda necesidad tiene su ejemplo y todo vicio su triste manifestación. Lo que prueba que, incluso en naciones cultas y en ciudades donde majestuosidad y luces son más aparentes, criaturas desgraciadas padecen agravio y acumulan peligroso rencor. De lo que deberían tomar nota, para su propia salud, quienes tienen por obligación trabajar por la felicidad de los pueblos que Dios les ha confiado.

Lamentablemente, el nombre de ese barrio no aparecía en la carta que firmaba don Hermógenes; así que me vi obligado a imaginarlo. Quizá se trataba, concluí, de algunas calles de las situadas cerca del Sena, en el antiguo centro urbano —hoy reedificado casi por completo—, entonces pobladas de tugurios y lugares miserables que recibían, aún a finales del siglo XVIII, nombres tan elocuentes como rue des Rats, Pied de Boeuf y Pet-au-Diable. Aunque también podía referirse a un arrabal como el de Saint-Marcel, situado al sur de la ciudad, o a otros barrios semejantes localizados en el norte. En todo caso, el abate Bringas debió de llevar a los dos académicos a alguno de esos lugares que no aparecían en las relaciones de viajes ni en las gacetas elegantes de la época, pero donde pocos años más tarde prendería, con saña popular, la chispa revolucionaria que iba a incendiar Francia, derribar un trono y estremecer al mundo.

—El pueblo bajo de París, como el español —está diciendo Bringas—, no tiene existencia política. No posee ni la costumbre ni los medios para expresar su odio o su descontento... Los ingleses tienen conciencia de sus intereses; pero españoles y franceses, bajo estos nefastos Borbones, carecen de ese instinto cívico que les dicte lo que sería más beneficioso.

—Todo es cuestión de instrucción, naturalmente —comenta don Hermógenes, que al escuchar la palabra nefastos ha mirado en torno con aprensión.

—Claro. Ni aquí ni en España la gente sabe leer.

—Pero Francia...

Alza el otro una mano, desdeñoso.

—Ustedes tienen a Francia mitificada, me parece. Aquí pocos son conscientes de la que se avecina.

Han bajado de un fiacre alquilado en la embocadura de tres calles estrechas, junto a un solar lleno de escombros y maleza. Hay casas de apariencia casi medieval, desvencijadas, con grandes vigas cruzadas de madera que sostienen los muros. Sobre los tejados de pizarra humea una neblina gris, de chimeneas sucias y fogones que escupen hollín.

—Este París no se parece al otro, ¿verdad?

Bringas se ha vuelto a mirarlos, sarcástico, acechando sus rostros. La suya no es una pregunta. Hay más dinero en una sola casa de la rue Saint-Honoré, añade, que en todo este barrio. Don Hermógenes y don Pedro observan a los muchachos harapientos y descalzos que han dejado de jugar en el arroyo para rodearlos con desconfianza. Son media docena, de ambos sexos, y acaban pidiendo una moneda. Hay un par de niñas entre ellos.

—Ah, promiscuidad y miseria —comenta Bringas, apartando a los chicos de un manotazo—. Aquí no se oye otro ruido de zapatos que el de pobres zuecos de madera, cuando se da la suerte de tenerlos: desde luego, no estas criaturas desnudas, que duermen revueltas con sus padres en la vil mezcolanza de cuartuchos infectos... Y claro. Sin libertad de prensa, sin instrucción, el pueblo aún pasará mucho tiempo incapaz, ignorante, sin que sus verdaderos intereses ni su patriotismo se vean iluminados por la luz de la razón... Su voz, que es la de la verdad, nunca llega a oídos del soberano.

Al contrario: cualquier palabra dicha en alto, cualquier impaciencia, se interpreta como atentado sedicioso, como revuelta ilegítima.

—Pero en Francia se observan libertades —objeta el bibliotecario.

—Sólo formales: prensa más atrevida e impresión de libros inimaginables en España. Pero eso queda para las élites, y a menudo como simple divertimento de salón... El pueblo no tiene derecho a hablar ni a ser escuchado; es simple espectador y víctima de las operaciones ministeriales... Su estúpida ignorancia política sólo se ve superada por la nuestra: la de los españoles.

Siguen los dos académicos al abate, que camina decidido balanceando el bastón. En los portales, bajo perchas con ropa tendida que cuelga de las ventanas como banderas tristes, hay mujeres hoscas de expresión sombría, brazos desnudos y manos enrojecidas, que apalean tinas de lavar o amamantan a criaturas sucias de mocos.

—Vean... —dice Bringas con amargura—. No me digan que no es vergonzoso para la especie humana haber medido la distancia de la Tierra al Sol, haber pesado todos los planetas cercanos, y no haber descubierto las leyes fecundas que hacen la felicidad de los pueblos.

Sentado en un poyo de piedra, con los pies descalzos, un anciano desdentado, que viste vieja casaca militar hecha jirones, se quita la pipa de la boca y lleva los dedos a la frente al verlos pasar. Todo el lugar huele desagradable, a carne corrompida. Por el suelo sin empedrar corre un arroyuelo de agua parda, sanguinolenta.

—Carnicerías ilegales —informa Bringas a los pocos pasos—. Hay un matadero clandestino cerca. Tolerado por la policía, claro; que se beneficia de ello como de tantas otras cosas.

Llegan ante una casa que en otro tiempo debió de ser acomodada, con puerta cochera. El patio interior ha sido convertido en lonja de pequeños puestos de carne donde se venden menudillos, asaduras, cabezas y manos de vaca y cerdo. Al fondo hay un despacho de vino con dos grandes toneles a modo de mesas. Bringas camina seguro entre los puestos, seguido por los académicos, a los que tenderos y compradores apenas prestan atención. Aun así, con risotada insolente, una mujer rolliza de cofia gris y delantal sucio de sangre, que sostiene un cuchillo, le muestra al almirante una pálida cabeza de cordero.

—Lo dijo Diderot, me parece —dice el abate, guiñando un ojo a los académicos—. Cada siglo tiene un espíritu característico, y el espíritu de éste es el de la libertad.

Después se echa a reír, siniestro como un mal augurio. Aún le dura la risa cuando llegan ante un local contiguo al despacho de vinos. Bringas muestra su contrariedad al hallarlo cerrado, pregunta al tabernero, y éste, como si la barba que le cubre la mitad inferior del rostro velase sus palabras, responde en cerrado argot parisién.

—Hay que esperar un poco —traduce el abate.

Pide vino, que el tabernero sirve en una jarra y vasos de barro vidriado, y los tres se sitúan en torno a uno de los toneles.

—Cada lunes, los barriles vacíos de vino barato se cuentan aquí por docenas —dice Bringas secándose la boca con el dorso de una mano—.

Esta gente sólo tiene eso, cuando puede pagarlo: engendrar como conejos y beber en un día lo de toda la semana, un mes o una vida. Y aun así, la policía les vigila la ebriedad, porque a menudo sale a relucir el cuchillo...

Ah, es muy corto el camino de la taberna o el cabaret a la cárcel. Hasta la fiesta del pobre está sometida a vigilancia.

Don Hermógenes apenas moja los labios, más por cortesía que por otra cosa. Por su parte, don Pedro Zárate bebe un cauto sorbo, lo encuentra agrio y deja su vaso casi intacto sobre el tonel. Para entonces, Bringas ha despachado ya dos vasos sin pestañear. Con un último vistazo, el almirante acaba por definir a su estrafalario guía: exaltado, un punto miserable, culto y peligroso. No resulta extraño que Salas Bringas se mantenga lejos de España. Allí sería carne inmediata de calabozo, o de cadalso.

—Ah, la tormenta —murmura críptico el abate, entre trago y trago—. La tormenta que viene.

—¿Qué esperamos aquí? —lo interroga el almirante.

El otro no parece haberlo oído. Echa más vino y se queda mirándolo atento, como si pudiera leer en el líquido rojizo y aguado.

—Los ministerios en Francia son despóticos —dice, alzando al fin la vista para mirar alrededor—. Al pueblo se le desangra a impuestos que van al bolsillo de unos pocos, y al Estado le roen las deudas... Hace falta una buena sacudida. Algo que cambie todo esto. Que le revuelva de arriba abajo. Una revolución sangrienta.

—No tiene por qué ser tan extrema —se sobresalta don Hermógenes—.

Bastaría con que fuera moral y patriótica.

Bringas, que en ese momento se lleva el vaso a la boca, separa de éste un dedo de uña demasiado larga y apunta con él al bibliotecario.

—Es usted un poco ingenuo, señor. Ni la nobleza ni el clero, por no decir el rey y su familia, tienen sentimientos lo bastante generosos para hacer los pocos sacrificios que harían de éste un país honrado.

—Pero el rey Luis tiene fama de bondadoso...

—¿Bondadoso?... No me haga reír, que me da el flato. ¿Ese joven rollito de manteca cuyo único talento es ser cornudo, practicar la caza y arreglar relojes descompuestos?... Fue su firma en una lettre de cachet la que me mandó a la Bastilla, acusado de libelo.

Por encima de su vaso, rencoroso el ceño, Bringas pasea la vista por el patio.

—Miren a esta gente —añade—. A estos imbéciles. Todavía creen, la mayor parte de ellos, que el rey es un hombre bueno, un padre amantísimo desorientado por su Jezabel austríaca y sus ministros.

Con un ruido seco, que suena como el golpe del verdugo sobre el tocón del condenado, el abate deja su vaso vacío encima del tonel.

—Ah, pero un día despertarán. O se les hará despertar. Y entonces...

—Entonces, ¿qué? —se interesa don Hermógenes.

—Llegará el momento de la fecunda degollina revolucionaria.

—¡Qué barbaridad!

Sin inmutarse, Bringas lo mira penetrante.

—Se equivoca, señor. Toda revolución, con sus excesos, lo mismo que toda guerra civil, despliega los talentos más escondidos. Hace surgir a hombres extraordinarios que dirigen a otros hombres... Ah, se lo aseguro.

Se trata de remedios terribles, pero necesarios.

Los interrumpe —oportunamente, a juicio de don Hermógenes— la llegada de un individuo de peluca pelirroja, vestido de paño pardo, que abre la puerta de la tienda y los mira inquisitivo, reconociendo a Bringas; y éste, mientras deja que el almirante eche mano al bolsillo y ponga unas monedas sobre el tonel, se dirige a su encuentro, le estrecha la mano y cambia algunas palabras en voz baja, señalando a sus acompañantes. Asiente el otro, los invita a entrar y se encuentran los académicos en un lugar insospechado: un almacén de papel, lleno de paquetes con folletos y periódicos viejos, donde hay un mueble de cajista con los cajones entreabiertos y los tipos de plomo desordenados, y una vieja prensa de impresor que aún parece en uso. La única luz de la estancia, que entra por

una claraboya situada casi en el techo, ilumina cajones de libros apilados al fondo.

—El señor —lo presenta Bringas— es amigo mío de toda confianza. Por lo demás, se llama Vidal y es lo que aquí llaman colporteur. En España diríamos vendedor ambulante de libros e impresos. Y en este caso, especialista —recalca la palabra, con intención— en libros de todas clases.

El llamado Vidal, que habla un español aceptable, sonríe como hombre que ha comprendido, mostrando una dentadura que sin duda masticó tiempos mejores. Tiene la cara apergaminada y llena de arrugas, salpicada de pecas, y por su aspecto más parece inglés que francés.

—¿Les interesan a los señores los libros filosóficos?

—Depende —responde con presteza don Hermógenes.

—¿De qué?

Duda el bibliotecario, azarado, pues recuerda la conversación mantenida con el abate sobre ese asunto. El almirante, que lo advierte, acude en su auxilio.

—De la clase de filosofía que lleven dentro —apunta.

—Éstos, desde luego, no llevan la de Aristóteles —ríe Bringas.

Indiferente, el librero señala los cajones de libros.

—Acabo de recibir veinte ejemplares de La fille naturelle. Y me quedan algunos de L’Académie des dames... También tengo Vénus dans le cloître y la edición de Londres de Anecdotes sur Madame la comtesse Du Barry, que sigue siendo un éxito.

—Oye, Vidal, no —advierte risueño Bringas—. Estos caballeros no van por ahí.

Lo mira el librero, sorprendido.

—¿Quieren filosofía de verdad?

—Eso es.

—Bueno, algo hay también... L’An 2440, de Mercier, que por cierto lo han quemado en España, me lo quitan de las manos. Y tengo algunas cosas de Helvétius, Raynal, Diderot, y el Dictionnaire philosophique de Voltaire...

Este último a un precio alto; a diferencia del Émile de Rousseau, que de tanto reeditarse está por todas partes y ya no interesa a nadie.

—¿En serio? —se maravilla don Hermógenes.

—Completamente. Voltaire es lo que más requisa la policía. Eso lo encarece mucho.

—Estos caballeros buscan la Encyclopédie.

—No creo que haya problema. No la tengo disponible, pero se puede conseguir con facilidad. Déjame hacer unas gestiones.

—Se refieren a la primera edición.

Vidal tuerce el gesto.

—Huy, ésa es más difícil. Dejó de imprimirse, y la gente prefiere las nuevas. ¿No les sirve alguna de las hechas en el extranjero?... Varias de ellas mejoran el texto original, dicen, y otras son idénticas a la primera.

Creo que les conseguiría una buena reimpresión: la de Livorno dedicada al archiduque Leopoldo, por ejemplo, que son diecisiete volúmenes de artículos y once de láminas... También puedo intentarlo con la de Ginebra hecha por Cramer.

—Me temo que los señores traen una idea fija —objeta Bringas.

—Tiene que ser la original —confirma don Hermógenes—. Los veintiocho volúmenes aparecidos entre 1751 y 1772... ¿No hay forma de hacerse con una?

—Se puede intentar, pero necesitaré unos días. Y no garantizo nada.

Se ha acercado el almirante a los cajones de libros. En su mayor parte están en rústica, con cubiertas azules o grises. Entre el hedor que viene de la calle, el olor a papel nuevo y tinta recién impresa se eleva como un grato perfume que por un momento hace olvidar todo lo demás.

—¿Me permite echar un vistazo?

—Naturalmente —responde Vidal—. Pero aparte los libros que están encima. No creo que le interesen la Liturgie pour les protestants de France o las novelitas de madame Riccoboni.

Retira don Pedro los libros que ocupan la parte superior de un cajón, y mira los que hay debajo: La chandelle d’Arras, Le Parnasse libertin, La putain errante, L’Académie des dames... Este último está encuadernado en pasta española; una bonita edición en octavo mayor.

—¿Es bueno?

—No sé —Vidal se rasca la nariz—. En mi oficio, el libro bueno es el que se vende.

El almirante lo hojea despacio, deteniéndose en las muy explícitas ilustraciones. En una de ellas, una voluptuosa dama, el seno desnudo y la falda levantada sobre unos atractivos muslos abiertos en un ángulo de aproximadamente ciento cuarenta grados, observa con sumo interés el falo

enhiesto de un joven que, de pie ante ella, se dispone a pasar a mayores. Por un momento, divertido, el almirante siente la tentación de mostrar aquello a don Hermógenes, al acecho de su reacción. Pero, compasivo al fin, decide dejar correr la idea.

—Serán libros caros, supongo —le comenta al librero.

—No tienen precio fijo —responde Vidal—. Suben o bajan según se encuentren en el mercado, o según las redadas para incautarse de ellos.

L’Académie des dames, por ejemplo, es un libro muy buscado. Lo piden mucho, pero hay demasiadas ediciones. Ésa es reciente, holandesa, con treinta y siete ilustraciones. La vendo a veinticuatro libras.

Curioso, don Hermógenes ha acabado por acercarse al almirante y hace amago de echar un vistazo al libro que éste aún tiene abierto por la ilustración. Don Pedro se lo muestra un instante, con maligna rapidez, y el bibliotecario, escandalizado, retrocede como si acabara de ver al diablo.

—Tiene gracia —dice el almirante—. Cuando uno piensa en el libro clandestino, piensa más bien en Voltaire, en Rousseau, en D’Alembert...

Se encoge de hombros Vidal. Ésa es la vitola, responde. Lo que parece.

En realidad, el libro filosófico auténtico es sólo una parte pequeña del mercado. Hay quien lo demanda, y mucho. Pero la mayor parte del comercio de libros prohibidos tiene que ver con esa otra clase. De cualquier manera, todos llegan igual: se imprimen en Suiza u Holanda, los llevan a Francia sin encuadernar, en pliegos camuflados entre pliegos de otros libros de apariencia inocente, y allí se ponen a punto y se distribuyen.

—Otros los traen contrabandistas, directamente por la frontera —apunta Bringas—. Una vez quise dedicarme a esto, llevándolos desde Suiza a España, pero lo dejé. Era demasiado peligroso.

—Es verdad —confirma el librero—. Por eso cuestan más caros, pues no siempre es posible sobornar barato a aduaneros e intendentes... Y cuando algo sale mal, quienes los traen se arriesgan a que les marquen el hombro y los lleven a pudrirse en las galeras.

—¿Y por qué está usted en este barrio? —se interesa el almirante.

—Antes estaba asociado con un compadre, un tal Duluc, que tenía un pequeño gabinete de lectura en el muelle des Augustins...

—Conocí a Duluc —dice Bringas.

—No era mal tipo, ¿te acuerdas? —Vidal se vuelve hacia los académicos

—. Yo iba y venía, y él se encargaba de la venta. Hasta que un policía no

cobró lo que esperaba, requisaron cinco mil libras en obras filosóficas demasiado bien ilustradas, ya me entienden, y a Duluc lo mandaron directamente a la Bastilla... Así que me vine aquí.

—Ah, éste no es mal sitio —comenta Bringas.

—Claro que no... Paso inadvertido, porque cada vecino es ciego y mudo: viven y dejan vivir. La gente entra y sale de las carnicerías, y el trajín me protege bastante. Viene quien quiere venir, pago al vigilante del barrio y no incomodo a nadie...

—Y cada cuatro semanas cierras la tienda, cargas un carro con libros escondidos, y te das una vuelta por provincias, repartiendo novedades.

—Más o menos.

El almirante devuelve L’Académie des dames al cajón.

—Interesante —dice.

—¿De verdad no lo quiere? —insiste el librero—. Dudo que en España puedan conseguir uno de ésos.

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