Hombres buenos

Deepa Anappara · Capítulo 15 de 15

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Hombres buenos

Epílogo

Y ahora, una vez más, imaginemos otra escena. Es jueves por la tarde, y en la Casa del Tesoro, sede de la Real Academia Española, van entrando los académicos para la sesión semanal. Hay pelucas empolvadas, cabellos canos o grises, casacas de tonos discretos, alguna sotana eclesiástica. Hoy asisten casi todos los miembros de la institución: veintiún gabanes, capas, sobretodos y sombreros cuelgan en el perchero de la entrada. También circulan las tabaqueras de rapé y humea algún cigarro. Todos forman pequeños grupos en el vestíbulo y conversan saludándose corteses, dispuestos a entrar en la sala de plenos. Esta vez, hecho insólito, las grandes puertas de roble que la comunican con el vestíbulo están cerradas; y a medida que van llegando, los sorprendidos académicos se interrogan unos a otros sobre la novedad.

Falta un minuto para las seis cuando entra —más exacto sería decir que hace su entrada, con mucho sentido escénico— el director, don Francisco de Paula Vega de Sella, marqués de Oxinaga. Y lo hace con casaca de corte bordada, luciendo la Gran Orden de Carlos III y acompañado por el almirante don Pedro Zárate y el bibliotecario don Hermógenes Molina. La aparición por sorpresa de los dos académicos, tras su larga ausencia, suscita un murmullo de plácemes y salutaciones. Todos acuden a abrazarlos y a interesarse por el viaje del que regresan, y entre esos saludos no faltan los de Manuel Higueruela y Justo Sánchez Terrón, que con semblante circunspecto y forzada cortesía se suman al interés general mientras procuran, cuidadosamente, no mirarse el uno al otro. Escoltados por el director, que sonríe entre los recién llegados, éstos reciben el cálido homenaje de sus compañeros, que se admiran de la delgadez del bibliotecario y del tono curtido de caminos e intemperie que tiene la piel del rostro del almirante. Todos les preguntan por los incidentes del viaje, por

París, por las personas que allí han conocido, por los sucesos extraordinarios de los que, con rigurosa fidelidad —excepto en pormenores sobre los que don Hermógenes y don Pedro convinieron en ser discretos—, el bibliotecario ha venido informando a la Academia, carta tras carta. Y

todos, naturalmente, preguntan por la Encyclopédie.

—Su atención, señores —reclama el director.

Se hace un silencio expectante. Con amables palabras, mientras el resto de académicos hace corro alrededor, Vega de Sella da la bienvenida a los viajeros y recuerda la decisión de la Academia de enviarlos a París en busca de la obra principal de los filósofos franceses; cuya posesión, subraya, resultaba imprescindible en la puesta al día de la nueva edición del Diccionario.

—Al fin, ambos están de regreso —añade—. No ha sido el suyo un viaje fácil, y eso los hace acreedores del eterno agradecimiento de esta institución. De nuestro afecto y nuestro respeto. Han sufrido las dificultades de una aventura larga, incómoda y llena de azares; pero también es cierto que, según me cuentan, la estancia en París y el conocimiento hecho allí de destacadas personalidades del mundo de la filosofía y las ciencias compensan en buena parte no pocos sinsabores...

Lo interrumpen los aplausos de algunos académicos, que hacen sonrojarse a don Hermógenes y desviar la mirada al almirante. Vega de Sella sonríe complacido, mira a uno y a otro y continúa con el discurso, señalando que, en su opinión, el viaje que tan dichosamente acaba de culminarse puede ser considerado mucho más que un simple logro académico.

—Ha sido un acto patriótico —declara, rotundo— efectuado por hombres de bien, por dignos españoles amantes de las luces y la felicidad de los pueblos —en este punto pasea la mirada por la concurrencia y la detiene, casi por azar, en Higueruela y Sánchez Terrón—. Por eso tengo la certeza de que todos ustedes, sin excepción, lo aprecian como merece... Querido señor bibliotecario, querido señor almirante: esta su Academia, su casa, la de la noble lengua castellana, expresa por mi humilde boca la deuda de gratitud que ha contraído con ustedes... Bienvenidos, y muchas gracias.

Hay un nuevo aplauso general, sonrisas y felicitaciones. Participando de todo como si hubiera sido él quien viajó a París, el director estrecha manos y recibe parabienes. Un día de júbilo, repite. Un día de gloria.

—¿Y dónde están los libros? —pregunta alguien.

Otra pausa teatral por parte del director. Y esos instantes de silencio, durante los que no se oye ni el vuelo de una mosca, los acompaña con una mirada triunfal y un ademán solemne que invita a todos a abrir las puertas cerradas y entrar en la sala de plenos.

—La Encyclopédie está a su disposición, señores académicos.

Allí está, en efecto, intacta y completa, al término de su largo viaje: bajo los retratos del fundador de la Academia, marqués de Villena, y de su primer protector, el rey Felipe V, entre las cortinas de viejo terciopelo, los muebles de barniz apagado y los estantes con libros y cartapacios cubiertos por el polvo de albañilería de las obras cercanas del palacio real. Son veintiocho gruesos volúmenes bellamente encuadernados en piel, con letras doradas en los tejuelos, dispuestos con mucho cuidado sobre el viejo tapete de badana moteado de manchas de tinta, cera de velas y aceite de candiles; en el centro de la humilde habitación que es crisol, limpieza y esplendor de la lengua castellana. Y así, iluminada por cuantos elementos de luz se han podido reunir para la ocasión, velones, candelabros y la lámpara regalada por el rey Carlos III, la primera edición de la Encyclopédie tiene una apariencia formidable: la del monumento a la razón y el progreso que atesora en sus páginas. Uno de los volúmenes, el primero, está abierto en el Discurso Preliminar, por una página donde los académicos que hablan francés —que son casi todos— pueden leer estas líneas: Son los hombres inspirados los que iluminan al pueblo, y los fanáticos quienes lo extravían. Pero el freno que debe oponerse a los excesos de estos últimos no debe, en absoluto, coartar la libertad tan necesaria a la verdadera Filosofía.

Y así, uno tras otro, incluido el pequeño grupo que en su momento se opuso a que esa obra figurase en la biblioteca de la institución, los viejos académicos van desfilando despacio ante los libros, en silenciosa y admirada procesión. Lo hacen don Clemente Palafox, secretario de la Academia y traductor de Aristóteles; el eclesiástico don Joseph Ontiveros,

glosador de Horacio; don Melchor Loygorri, autor del Informe sobre nuevas técnicas de minería y agricultura; don Felipe Hermosilla, recopilador del Catálogo de antiguos autores españoles... Algunos se detienen, emocionados. Otros se calan los lentes y alargan una mano a fin de tocar curiosos, incluso devotos, las páginas abiertas sobre las que se inclinan las canosas cabezas, los rostros surcados por el tiempo, los achaques y la vida; para admirar sus nítidos caracteres, la belleza de la encuadernación, la blancura magnífica de las páginas impresas con amplios márgenes en buen papel de hilo, el que ni envejece ni se hace quebradizo ni amarillea, resistente al tiempo y al olvido. El que hace a los hombres más sabios, más justos y más libres.

—Perdimos —comenta Manuel Higueruela.

—Usted perdió —replica Sánchez Terrón—. Ese asunto siempre fue cosa suya.

Caminan uno junto al otro a la salida de la Academia. Reunidos por instinto, sin necesidad de gestos previos, bajo la luz amarillenta de los reverberos.

—Es usted formidable —se burla Higueruela, regocijado—. Como esos gatos que siempre caen de pie... ¿Cuántas vidas tiene? —lo observa con curiosidad—. ¿Siete? ¿Catorce?

Desembocan, paseando despacio, en la plaza de San Gil. Van con capa y sombrero el periodista, descubierto el otro, con el gabán inglés abotonado hasta el cuello. En la distancia se aprecia en penumbra la masa enorme y pálida del palacio real.

—Todo fue un disparate desde el principio —dice Sánchez Terrón con amargura.

—¿Se refiere a traer la Encyclopédie, o a nuestro acuerdo?

Lo mira el otro de soslayo, crítico.

—¿Acuerdo?... Usted exagera. Nunca fue nada formal.

—Pues nos costó un buen dinero. A usted y a mí... Lo que me trae a la memoria que aún me debe unos cuantos reales.

—¿Yo?... ¿De qué?

—Del último envío de fondos que hice a ese Raposo.

Se escandaliza Sánchez Terrón.

—No pienso pagar un real más. Valiente individuo.

Se estrechan las calles al llegar junto a la iglesia de Santiago. Bajo el pórtico, un vigilante nocturno, provisto de chuzo y farol, se lleva la mano a la gorra para saludar cuando pasan por delante.

—¿Qué sabe de aquel hombre? —pregunta Sánchez Terrón.

—¿Raposo?... Por ahí anda. De vuelta en su ambiente.

—Supongo que no habrá tenido la desfachatez de presentarse ante usted.

—Pues sí, lo hizo. No es de los que se esconden... Vino a contarme cómo ocurrió todo, el problema con los guardias cerca de la frontera y lo demás.

Aseguró que hizo lo que pudo.

—¿Y lo creyó?

—A medias.

—Supongo que le devolvería el dinero cobrado.

—Ni media peseta.

—Menudo canalla —se indigna Sánchez Terrón—. Pero habrá tomado usted sus medidas.

—¿A qué medidas se refiere?

—Pues no sé. Algún tipo de represalia... De denuncia.

Al oír aquello, Higueruela se rasca vigorosamente una oreja bajo la peluca. Después mira conmiserativo a su interlocutor, cual si éste fuera estúpido.

—No me haga reír, hombre... Aquí hay poco que denunciar —el periodista camina en silencio unos pasos y luego hace una mueca resignada

—. Además, nunca se sabe.

—¿A qué se refiere?

—Esta vez no salieron las cosas, pero la vida tiene vueltas y revueltas.

Siempre es útil tener cerca a gente como Raposo. Y más en una España como la nuestra.

Aprieta Sánchez Terrón el paso, como para distanciarse de todo aquello.

—No tengo el menor interés en sus planes, ni en gente como ese individuo. No quiero saber más de ustedes.

Lo alcanza Higueruela, poniéndosele a la par mientras ríe con descaro.

—De mí seguirá sabiendo... Al menos mientras vaya cada jueves a la Academia.

—Pues le ruego que en el futuro me dispense de esta clase de conversaciones.

Lo mira de arriba abajo el otro.

—Descuide —concluye, risueñamente despectivo—. Pero tratarlo a usted de cerca ha sido una experiencia singular, se lo aseguro.

—No puedo decir lo mismo. Le juro que no.

Han llegado a la plaza de la Villa, entre antiguos edificios velados de sombras. Un coche de punto pasa despacio, con ruido de cascos en el empedrado, encendido su farol junto al cochero.

—¿Sabe, don Justo, lo que nos diferencia a usted y a mí? —Higueruela mira el punto luminoso del carruaje que se aleja hacia la puerta del Sol—.

Que yo asumo que para hacer tortillas hay que romper huevos, y no me importa decirlo. Ni hacerlo. Pero usted es de los que, ávidos de tortilla, no se atreven a tocar la cáscara, por el qué dirán, e incluso pretenden llevarse bien con la gallina mientras la guisan en pepitoria.

—Eso es una idiotez.

—¿Sí?... Pues el tiempo lo dirá.

En la puerta de Guadalajara, a la luz de un reverbero distante, pasan junto a una pared donde están fijados varios carteles con anuncios de comedias.

Uno de ellos indica que en el teatro de los Caños del Peral reponen Manolo, de Ramón de la Cruz, acompañando otra obra; y eso arranca una sonrisa malévola al periodista.

—Por cierto, y hablando de idioteces... La semana que viene sacaré en el Censor Literario una reseña sobre ese drama doméstico, tan innovador y moderno, que estrenó usted hace cuatro días en el Príncipe... Ya sé que no asistió por modestia, para no tener que sonrojarse ante los aplausos. Que esos laureles no le van. Pero yo sí estuve, claro. No me pierdo estreno.

Sigue un silencio, cubierto sólo por los pasos de ambos. Socarrón, Higueruela mira de vez en cuando a su acompañante, que camina callado y con la mirada perdida en las sombras.

—¿No me pregunta qué me pareció?... ¿Por dónde irán los tiros?

—Su opinión me tiene sin cuidado —responde desabrido el otro.

—Es verdad —Higueruela se da una palmadita en la frente—. Olvidaba que usted no lee mi periódico, ni lee las críticas, ni lee la Encyclopédie, ni necesita leer nada.

Sánchez Terrón parece a punto de responder, pero al fin se enroca de nuevo en su silencio. Eso espolea la mala fe de su interlocutor.

—Permítame un adelanto —expone, disfrutándolo—. El adúltero honesto, o la prueba natural de la filosofía, título con el que, por cierto, debió usted de quedarse calvo, me pareció una castaña intragable... El primer cuadro, cuando Raimundo explica a su mejor amigo que está enamorado del ama de leche de su hijo de ocho meses, dejó al público estupefacto. En el segundo, mientras confiesa a la esposa su pasión inconfesable, cuando dice aquello de ¡Perdición! ¡Cuánto amor malgastaste en mí, vida mía!, la gente ya empezó a reírse. Y el pateo fue general al llegar a la escena del cementerio... ¿Sabe cómo titulo mi reseña, don Justo?... Un regenerador de la escena teatral que nos toma por idiotas.

Se ha parado el otro, al fin, bajo la luz de un farol. La cólera quiebra su voz. Le entrecorta las palabras.

—Usted... ¡Es inaudito!... Usted...

Higueruela, que sonríe despiadado, levanta las manos para mostrarle ocho dedos extendidos.

—El viernes próximo, don Justo... Dentro de ocho días sale el Censor.

Tiene usted por delante ocho noches para dar vueltas entre las sábanas, insomne, rumiando su despecho... Imaginando la guasa del mundillo, de esos filósofos a la violeta con los que compadrea su vanidad, cuando mi periodicucho, como usted lo calificó más de una vez, empiece a circular por tertulias y cafés... Por cierto: para redondear la cosa, en el mismo número hablo bien de El delincuente honrado de Gaspar de Jovellanos, autor al que usted desprecia mucho, quizá porque tiene talento de verdad, y al que ha plagiado media obra... Ese Jovellanos a quien, por aquello de los contrastes eficaces, he convertido por unos días, sin que sirva de precedente, en santo de mi devoción.

Sánchez Terrón tiene el rostro descompuesto. Sus ojos están casi fuera de las órbitas y la expresión es homicida.

—Esto no quedará así —masculla, escupiendo las palabras—. Usted, con su oscurantismo cerril, con su... Con esa puerca vileza de confesonario y sacristía... Con su reaccionaria mala baba... Oh, sí... Le garantizo que tendrá noticias mías.

—No me cabe duda —asiente Higueruela con cínica calma—. Usted y yo, don Justo, estamos abocados a darnos noticias mutuas durante un par de

siglos, por lo menos... Y no todas serán en papel impreso.

Y así, furibundo uno, infame otro, los dos hombres se dan la espalda, alejándose bajo la luz del farol que todavía proyecta y alarga en el suelo por un instante, muy cercanas una de otra, sus sombras enemigas y cómplices.

Sombrero y bastón bajo el brazo, abre don Pedro Zárate la puerta de su casa, entra y se desabrocha el sobretodo. Está cansado, de resultas del viaje

—él y don Hermógenes llegaron ayer por la noche a Madrid— y de las prolongadas emociones del día. Mientras cuelga la llave en un clavo de la pared se ve reflejado sobre el bastonero en el espejo del vestíbulo, que duplica la luz de dos palomillas que arden en aceite sobre una consola, bajo una talla del Sagrado Corazón. Por un momento el almirante se queda contemplando al hombre que lo mira desde el espejo, cual si le costara reconocerlo: más flaco, curtida la piel por la intemperie en el rostro donde la débil luz de las lamparillas acentúa las marcas de la edad, la delgada cicatriz de la sien izquierda, el azul acuoso de los ojos fatigados.

Amparo y Peligros, las hermanas, acuden al oírlo llegar. Están en bata de casa y llevan pantuflas y cofias de hilo almidonado. Altas, delgadas y con los mismos ojos claros que el almirante, el espejo refleja los tres rostros de rasgos muy parecidos, acentuando el aire de familia a modo de simpático lienzo doméstico.

—¿Cómo fue en la Academia, Pedrito?

Sonríe el almirante. El diminutivo demuestra que las hermanas no se han repuesto todavía de la emoción de su regreso. Lo recibieron ayer alborozadas, gritando como niñas, abrumándolo con abrazos que el carácter reservado de todos ellos está lejos de prodigar. Boquiabiertas de asombro y placer cuando sacó los regalos comprados para ellas en el viaje: dos chales de seda de Lyon idénticos, dos varas de encaje, dos rosarios de azabache, dos camafeos con la efigie de los reyes de Francia y una carterita de grabados con vistas de París. Después le prepararon una cena con lo que tenían en casa, a base de huevos y croquetas de cocido, y estuvieron hasta muy tarde sentadas con él en torno a la mesa camilla, con las piernas bajo los faldones y los pies junto al brasero, haciéndole preguntas sobre todas las cosas imaginables. Después lo acompañaron al dormitorio, y cada una le

dio un insólito beso en la frente antes de que él se dejara caer en la cama, exhausto, y se durmiera sin deshacer siquiera el equipaje.

—Ha ido bien. El director y los compañeros están muy satisfechos.

—Ya pueden estarlo, porque menudo viaje... Menudo esfuerzo, el vuestro. No creo que nunca os lo agradezcan lo suficiente.

Sonríe don Pedro, distraído. Peligros lo ayuda a quitarse la casaca mientras Amparo indica la puerta del comedor.

—¿Te preparamos algo de cenar?... Hoy tenemos de todo.

Niega el almirante. Ya disfrutó de una copiosa comida a mediodía, cuando el director Vega de Sella se empeñó en invitarlo en La Fontana de Oro con don Hermógenes, a fin de celebrar el regreso y preparar la sesión de tarde en la Academia, con la presentación de la Encyclopédie a los compañeros. Ahora sólo desea ponerse un batín, cambiar los zapatos por las babuchas turcas y sentarse tranquilo en su despacho, quizá con alguno de los libros que adquirió en París para su uso particular. Poner término, por ejemplo, a la Morale universelle de Holbach, de la que le quedan por leer pocas páginas; y que, gracias a los salvoconductos y permisos oficiales de que el bibliotecario y él venían provistos, pudo pasar hace doce días por la aduana de Irún, camuflada en los paquetes de la Encyclopédie, sin ningún problema.

—Hemos terminado de vaciarte la maleta —dice Peligros mientras cuelga la casaca en el perchero—. Lo tienes todo en tu alcoba, sobre la cama.

El almirante, que ha creído advertir entre sus hermanas una mirada de inteligencia clandestina, se desabotona el chaleco mientras camina por el pasillo en penumbra, entre cuyas sombras parecen navegar las estampas de navíos enmarcadas en las paredes. El dormitorio, iluminado por un candelabro de tres brazos donde hay una vela encendida, tiene un techo alto con vigas de madera, un armario ropero de nogal, una cómoda con cubierta de mármol y espejo detrás, una estera de enea, un viejo arcón puesto en el suelo y un taburete.

—No hemos querido tocar nada, porque son cosas tuyas —comenta Amparo.

Los objetos que las hermanas sacaron de la maleta están encima de la cama, tras haber retirado las prendas sucias y la ropa que han metido en la cómoda y el armario. Allí, sobre la colcha de damasco, se encuentran el

estuche de cuero con peine de carey, tijeras y objetos de aseo, otro estuche con agujas, botones e hilo de coser, la caja con navajas de afeitar, los libros franceses, un par de guías de caminos, los mapas de postas entelados y doblados en octavo utilizados en el viaje, una navaja de varios usos, un cepillo para la ropa... Y también, deliberadamente puesto encima de todo, bien a la vista, está el pequeño marco dorado con la silueta negra de madame Dancenis que el almirante recibió en su hotel de París el día antes de partir, tras haber escrito una corta y formal carta de despedida. El retrato venía en un paquete envuelto en papel de seda atado con una cinta, acompañando el librito de Thérèse philosophe; y traía, a modo de respuesta a la despedida del almirante, una breve nota manuscrita pegada en el dorso: Hay hombres que pasan por la vida sin dejar rastro, y otros que permanecen y no se olvidan jamás. Confío en mantenerme en su memoria.

Tomando en sus manos el cuadrito, don Pedro lo contempla durante un largo rato, melancólico, antes de darle la vuelta y leer la nota otra vez mientras lo turban sensaciones halladas y perdidas, resignaciones inevitables. Crueles certezas de tiempo y distancia. El libro lo dejó en el hotel de París, olvidado a propósito, pero el retrato lo trajo consigo. La silueta, delicadamente dibujada con tinta de China, muestra un perfil de mujer esbelto, bellísimo, con alto peinado y una sombrilla cerrada en las manos. Las finas líneas del contorno hacen plena justicia a la Margot Dancenis que el almirante recuerda.

—Parece muy elegante —apunta Amparo desde la puerta.

Se vuelve don Pedro y ve allí a sus hermanas, que lo observan con atención tras haber estado cuchicheando entre ellas. Ahora se muestran educadamente curiosas y un poco escandalizadas, como si todo el rato, desde que al deshacer la maleta encontraron el cuadrito con la nota al dorso, hubieran estado aguardando su reacción. El momento en que su hermano vería de nuevo la silueta de aquella mujer para ellas desconocida, puesta sobre los otros objetos encima de la colcha.

—París debe de ser una ciudad maravillosa —suspira Peligros.

—Un lugar fascinante —añade Amparo.

—Sí —responde él, tras un corto silencio—. Lo es.

Entonces las hermanas se miran entre ellas, sonriendo como cuando los tres eran niños y a espaldas de los mayores compartían un secreto. Y ambas se cogen de la mano con ternura mientras el almirante, después de un momento inmóvil contemplando el cuadrito, se acerca despacio a la cómoda y lo coloca allí, apoyado en el espejo.

Madrid-París, enero de 2015

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