Hombres buenos
7. La tertulia de la rue Saint-Honoré
7. La tertulia de la rue Saint-Honoré Recibía en la rue Saint-Honoré. Nadie podía soñar con hacer una carrera literaria sin su aprobación, y una invitación a leer un manuscrito en su casa no sólo era signo de reconocimiento, sino garantía de éxito.
Philipp Blom. Gente peligrosa
—Margarita Dancenis fue una de las mujeres que marcaron el tono de los salones antes de la Revolución, en los últimos años del Antiguo Régimen
—dijo Chantal Keraudren—. Ella y otra española, Teresa Cabarrús, cada una a su manera, triunfaron en la sociedad y fueron árbitros de la moda y la vida social... Pero, a diferencia de la Cabarrús, cuyo ascenso fue posible gracias a una serie de afortunados azares, la Dancenis lo tuvo todo fácil desde el principio.
—Era guapa, tengo entendido.
Chantal inclinó su cabeza pelirroja para mirarse las manos moteadas de pecas, y luego alzó el rostro, sonriente. Estábamos sentados en dos sillas de tijera, junto a su puesto de libros adosado al pretil del muelle de Conti, en la orilla izquierda del Sena. El tráfico de automóviles era intenso frente a nosotros, pero el sol —aquél era uno de esos extraños días en que no llueve sobre París— iluminaba el lugar, haciéndolo muy agradable.
—Era varias cosas: guapa, inteligente, de una familia del norte de España muy bien acomodada... Y pasó de la alta vida burguesa en San Sebastián al corazón de la vida elegante e intelectual del París de entonces. Con concesiones, por cierto, al ambiente libertino de la época.
Yo escuchaba atento, con una libreta de notas abierta sobre las rodillas, que apenas utilizaba —hace tiempo aprendí que tomar apuntes resta fluidez y naturalidad al interlocutor, cuando lo interrogas—. Chantal Keraudren, profesora de Historia en un colegio de la rue Saint-Benoît, hija y nieta de buquinistas del Sena, me había sido recomendada por dos amigos franceses, los escritores Philippe Nourry y Étienne de Montety, como especialista en mujeres de los siglos XVIII y XIX —su tesis doctoral había sido sobre
Madame de Staël—. El puesto de libros, del que todavía se ocupaba un par de días a la semana, mostraba, cuidadosamente protegidos en fundas de celofán y con el precio escrito encima a rotulador, una interesante variedad de títulos sobre la materia: Desirée y Julia Clary, Paulina Bonaparte, Vida de la emperatriz Josefina, Un invierno en Mallorca, Diez años de destierro, Cautiverio y muerte de María Antonieta, entre otros; y también autoras contemporáneas como Virginia Woolf, Patricia Highsmith o Carson McCullers. Recordé que tiempo atrás, antes de conocer a Chantal por su nombre, yo mismo había comprado allí los tres volúmenes de la Correspondencia de madame de Sévigné en la edición de La Pléiade.
—¿Tuvo amantes?
La librera se echó a reír. Eso le marcaba innumerables arrugas en torno a los párpados; aunque, paradójicamente, la rejuvenecía. Le calculé unos cincuenta y cinco años. La recordaba de mucho tiempo atrás, sentada ante su puesto los días de sol. Había sido atractiva, recordaba. Pelirroja, joven e interesante, con todos aquellos libros detrás y su bicicleta siempre apoyada en el parapeto de piedra del río. Nunca habíamos cambiado más de una docena de frases hasta ese día.
—¿Y quién no los tuvo, en aquel París?... Ella fue, dicho en términos modernos, una mujer libre. Los prejuicios habían sido triturados por el talento mordaz de Voltaire, la lógica elocuente de Rousseau, la erudición apabullante de la Encyclopédie... Esas cosas. Pero mientras tales ideas, discutidas libremente en los salones de moda, cambiaban Francia, el antiguo orden social mantenía su esplendor. El trono dejaba poco a poco de ser respetado, pero aún se guardaban las maneras, y filósofos integrados en el gran mundo alternaban con aristócratas y financieros. Y en la rue Saint-Honoré, que era el centro de todo eso, estuvo el salón de madame Dancenis...
—¿Cómo era el marido?
—Mayor que ella —dijo, como si esto lo situara todo en sus justos términos.
—¿Mucho?
—Lo suficiente para no molestar. Con olfato para los negocios y sentido del humor, por lo visto... Lo citan con simpatía algunos contemporáneos como hombre correcto y culto, en esa época enfrascado ya en sus lecturas: inteligente, bibliófilo, tranquilo...
—¿Rico?
—Riquísimo. Pierre-Joseph Dancenis había sido comisario real de Abastos, nada menos. También fue socio del duque de Orleans en negocios inmobiliarios donde hizo mucho dinero, incluida la operación comercial del Palais-Royal.
Miré hacia el otro lado del río, en dirección al Louvre y los edificios que éste ocultaba más allá de la rue de Rivoli.
—En esa fecha —quise confirmar— todavía lo estaban acondicionando para gran centro comercial, ¿no?
—Así es. Andaban justo en eso, con todo lleno de andamios y albañiles.
Las tiendas elegantes aún seguían en Saint-Honoré y las calles próximas.
En el Palais funcionaba el café del pasaje Richelieu, que luego ampliaron, y poco más... Deberías hacerte con lo que escribió Mercier sobre la ciudad de entonces.
Yo seguía mirando el Sena. Los puentes cercanos, pensé, eran los mismos que en el siglo XVIII, excepto el Pont des Arts, de construcción posterior: en otro tiempo mi lugar favorito de aquella ciudad, donde veinte años atrás había ambientado una de las escenas de El cazador de libros. Ahora, pensé con amargura, sería imposible creérsela, con aquellas barandillas recargadas de estúpidos candaditos románticos a lo Moccia, y los vendedores que los ofrecían en el mismo puente. La tarde anterior me había dado el siniestro placer de comprar a un pakistaní uno de esos candados para tirarlo directamente al río, con la llave puesta.
Señalé el puesto de libros, volviendo a la conversación.
—¿Tienes aquí el libro de Mercier?
—No —Chantal lo descartó con una nueva sonrisa—. Es demasiado selecto para mi nivel de negocio.
—Ayer conseguí una versión abreviada, en formato bolsillo.
—No te basta... Mercier íntegro es casi enciclopédico, formidable para conocer el París que te interesa. El problema, como te digo, es que sale muy caro. Y eso, cuando se encuentra... Vi un ejemplar completo hace meses en la librería Clavreuil-Teissèdre de Saint-André-des- Arts.
—La conozco.
—Puedes probar allí. O con Michèle Polak, que también tuvo uno... De todas formas, me parece que hay una edición barata, en Bouquins, creo,
donde van Mercier y La Bretonne en un solo volumen. Pero no estoy segura.
Esta vez sí tomé nota de todo. Después le pedí que volviéramos a madame Dancenis.
—Conoció a su marido cuando éste era jefe de una misión comercial francesa en España —respondió Chantal—. Se casaron, y la trajo a París.
En la época que te interesa estaba prácticamente retirado. Debía de andar por los cincuenta muy largos, y ella por los treinta y tantos, o cuarenta. La dejaba reinar en la pequeña corte de su salón, acompañándola un poco desde fuera, asistiendo a todo con una sonrisa condescendiente, o distraída...
—¿Tuvieron hijos?
—No, que yo sepa.
—¿Y hay retratos de ellos?
Chantal hizo memoria, rematándola con un ademán vago. Ella sólo conocía el cuadro que había pintado Adélaïde Labille-Guiard. Y me aconsejaba buscarlo en internet, porque la artista interpretaba bien al matrimonio Dancenis: ella aparecía vestida de campo, a la inglesa, con chaqueta de montar y sombrero, segura de sí, el pelo oscuro sin empolvar, mirando con sus ojos grandes y negros, y sostenía sobre la falda, lo que no era casualidad pero sin duda sí coquetería, las Confesiones de Rousseau. El marido estaba en pie a su lado, con bata de seda bordada, peluca gris, expresión apacible y un gato lamiéndole los zapatos. No tenía nada en las manos, pero a su espalda se abría la puerta de una biblioteca donde se adivinaban centenares de volúmenes.
—Recibían los miércoles en su salón de Saint-Honoré: hotel, hoy desaparecido, que Dancenis le compró al marqués de Thibouville y reformó espléndidamente para su mujer.
—¿Cómo lograba uno introducirse en esas tertulias? —me interesé.
—Era indispensable tener talento, elegancia, conocer anécdotas de la corte, hablar lo mismo de filosofía o física que de las mil cosas menores, ligeras y picantes que componían la conversación cultivada de la época...
Ese arte, aliñado con ingenio, era esencial, muy característico del espíritu de libertad que se respiraba en aquel tiempo donde se hablaba de democracia en los bailes, de filosofía en los teatros y de literatura en los
tocadores... Cuando era más apreciado un elogio de Buffon o Diderot que el favor de un príncipe.
—¿Fue un salón famoso, entonces?
—Bastante. El de Margarita Dancenis, a la que llamaban Margot, su marido y los habituales de la casa, compitió en su momento con los de madame de Montesson, la condesa de Beauharnais o Émilie de Sainte-Amaranthe... Por allí pasaron, entre otros, Buffon, D’Alembert, Bertenval, Mirabeau, Holbach, el conde de Ségur, Benjamin Franklin...
—Y en otra escala —apunté, divertido—, el abate Bringas.
Me miró, confusa al principio.
—¿Quién?... Ah, sí —cayó en la cuenta—. Aquel español radical y sanguinario que acabó en la pandilla de Robespierre, despachando cabezas al verdugo, y lo siguió hasta el cadalso...
—El mismo. Y me sorprende que lo admitieran en un lugar así.
—No es tan raro. Sé poco de él, pero se le recuerda como personaje enloquecido, aunque con ingenio y talento, que hacía reír a los asistentes.
Según cuenta Ségur en sus Memorias, o me parece que fue él, madame Dancenis trataba al tal Bringas con una tolerancia que le costó cara, pues más tarde fue uno de los que la denunciaron a los tribunales revolucionarios... Pero Bringas no era el único pintoresco allí. Junto a la gente de primer orden, asistía una pequeña corte de secundarios: el peluquero Des Veuves, que también lo era de la princesa de Lamballe, el autor y músico La Touche, el libertino Coëtlegon, el literato Restif de La Bretonne... También iba de visita Laclos, que entonces era un simple militar con aspiraciones literarias...
—¿El de Las relaciones peligrosas?
—El mismo.
—¿Es verdad que después ocupó un puesto en el gobierno revolucionario?... Creo haberlo leído en Thiers.
—Sí. Comisario del poder ejecutivo, me parece. Fue hombre de Danton, que lo protegió muchísimo. Eso estuvo a punto de costarle el cuello cuando Danton fue guillotinado... ¿Y adivinas quién lo denunció varias veces, haciéndolo encarcelar?
—Me lo pones fácil, creo... ¿Mi buen abate Bringas?
—Tu buen abate. Sí. Como ves, la lista de asuntos pendientes de ese individuo era larga.
Miré otra vez hacia el río, a cuyas aguas se habían asomado doscientos treinta y tres años atrás los protagonistas de mi historia. Un número razonable de público deambulaba a lo largo de los puestos de libros y estampas. Hacía años que no compraba nada en ese lugar —lo último había sido lo de madame de Sévigné—, pero aún dedicaba un rato, cuando estaba en París, a pasear por allí; y en ocasiones creía reconocerme al otro lado del tiempo, en algún jovencito de mochila al hombro al que veía husmear, con dedos de cazador aún inexperto, en alguno de los tenderetes que ofrecen algo a quienes todavía buscan, leen y sueñan. Lamentablemente, la mayor parte de los buquinistas del Sena se adaptaba a los tiempos, y los añejos volúmenes, revistas y grabados cedían cada vez más espacio a reproducciones burdas, postales y recuerdos para turistas.
—En fin —resumía Chantal—. Así era la gente que frecuentaba el salón de tu compatriota: de todo tipo, interesante en buena parte, en aquellos años previos a la debacle. Y eso duró todavía una década, hasta que aquel mundo se vino abajo.
Pensé en el marido.
—¿Qué fue de Pierre-Joseph Dancenis?
—Murió asesinado cuando las matanzas de septiembre, en Saint-Germain.
—¿Y ella?
—Se salvó por muy poco. Condenada a muerte por un tribunal revolucionario, escapó a la guillotina con la caída de Robespierre.
—Vaya... Tuvo suerte.
La librera hizo una mueca de duda y volvió a mirarse las manos moteadas de pecas.
—Eso, según se mire —dijo tras un momento—. Pobre y enferma, Margarita Dancenis se suicidó tres años después, tragándose cincuenta granos de opio en un mal albergue de la plaza Maubert... Extinguida como toda aquella brillante sociedad en la que tan alto figuró, ahora emigrada, dispersa o desaparecida entre las nieblas de Londres, las orillas del Rin o bajo la cuchilla de la guillotina. Añorando, supongo, aquellos días en su casa de la rue Saint-Honoré, donde filósofos y literatos, mezclados con peluqueros y galanes libertinos, discutían sobre la regeneración del mundo con una copa en la mano y la espalda apoyada en la chimenea... Allí donde,
según me cuentas, fueron a visitarla esos dos académicos compatriotas tuyos.
Son las siete y media de la tarde —acaban de sonar dos campanadas en un soberbio reloj de péndulo situado sobre una consola—, y tres criados, moviéndose silenciosos como gatos, despabilan las velas en los candelabros que iluminan los cuadros y espejos que adornan las paredes y multiplican los focos de luz dorada en el salón principal de la casa. Entre los contertulios se discute sobre aire deflogisticado, según el término científico a la moda. Se obtiene, afirma alguien, calentando cal de mercurio, de manera que el aire resultante no sólo es más rico y vivaz, sino que aumenta la intensidad de la llama de una vela, y hasta hace la respiración más ligera y fácil durante cierto tiempo.
—El negocio sería redondo —concluye monsieur Mouchy, físico notable, profesor en la universidad y miembro de la Academia de Ciencias— si pudiera embotellarse, vendiéndolo como artículo de lujo... ¿Quién no querría respirar mejor de vez en cuando, en los tiempos que corren?
Suenan risas corteses y comentarios sazonados de ingenio. Alguien introduce el nombre de Lavoisier, menciona el aire vital y el aire ázote, y la conversación sigue por ahí. Sentado en el corro de sillas y sillones puestos de cualquier manera sobre una magnífica alfombra turca, vestido de muy correcto oscuro, don Hermógenes Molina, cuyo francés no es lo bastante bueno, asiente con sonrisa bondadosa cada vez que no entiende algo. Junto al bibliotecario, don Pedro Zárate, frac azul con botones de acero y calzón blanco de nanquín, se mantiene un poco aparte en su silla, algo envarado, más observador del ambiente y personajes que atento a la charla. Que en realidad no es una sola, pues hay tres grupos formados en el amplio salón de los Dancenis, peinadas y vestidas las mujeres para la cena, los hombres en casaca con chupa o chaleco, en tonos serenos y oscuros con pocas excepciones, algún frac y ningún uniforme.
El grupo más lejano es el de los jugadores. Están en un saloncito contiguo, al otro lado de dos grandes cortinas abiertas que prolongan el espacio principal. El dueño de la casa y tres invitados, todos hombres, juegan al faraón y uno en pie mira jugar: es el abate Bringas, que esta tarde
cepilló su vieja casaca y peinó un poco la peluca, y va de un grupo a otro dejando caer un comentario aquí o allá, siempre recibido con bromas o irónica tolerancia. El almirante ya retuvo el nombre de uno de los jugadores hace unos días, en los Campos Elíseos, cuando don Hermógenes y él fueron presentados por el abate a madame Dancenis, a la que ese mismo caballero acompañaba. Se llama Coëtlegon, lleva el cordón rojo de San Luis y responde a lo que en España llamarían, con cierta inexactitud, un petimetre a la moda: apuesto y en torno a los cuarenta, viste de forma exquisita y gasta pelo natural con coleta y rizado en las sienes, empolvado con esmero.
Según Bringas, es un noble de provincias que sirvió en un regimiento de élite y se gasta en el juego y las mujeres el dinero que tiene, o aparenta tener; lo que le da fama de audaz y libertino. Hace un rato el almirante lo vio tallar y reconoció el género; es de los que arriesgan sumas escalofriantes sin despegar los labios, pierden sin quejarse y arrojan las cartas sobre la mesa con frío desdén cuando ganan. En el mismo tono, según Bringas, hace la corte a la señora de la casa, que se deja querer con poco disimulo. Todo muy a la manera del monde, como ha comentado por lo bajini el abate hace un rato, adobándolo con una mueca sardónica.
—Y el marido, ahí lo ven. Cortando la baraja, impasible... Hay que reconocer que nadie sabe llevar los cuernos como un francés.
El segundo grupo está más próximo, ocupando un sofá y sillas junto a una estufa rusa, y lo forman Des Veuves, famoso peluquero que además de peinar a la princesa de Lamballe peina a la señora de la casa, la pintora acuarelista Emma Tancredi, amiga íntima de los Dancenis —muy flaca, etérea, de largas pestañas y aire trágico—, y madame de Chavannes, que es toda seda, encajes, arrugas e ingenio: una septuagenaria viuda, elegante, locuaz y divertida, habitual de los miércoles, que tuvo notorios amoríos en su juventud y conoce al dedillo las anécdotas de alcoba del tiempo de Luis XV. En este momento conversan los tres sobre peinados a la última, y Des Veuves —nervioso, amanerado, demasiadas rayas de color y puntillas en la casaca, tupé alto y dos rizos empolvados cayéndole a uno y otro lado del rostro, que adorna un lunar— comenta con malvada precisión técnica el peinado pouf au sentiment con tirabuzones, de dos palmos de altura, que la duquesa de Chartres lució hace tres días en la Ópera. Divinamente inadecuado, en suma.
—Además, iba espolvoreada de polvos de iris, que la hacían todavía más rubia y más pálida... Un verdadero artificio, señoras mías... Una auténtica muñeca de cartón pintado, allí en su palco, con el amante a un lado y el marido al otro.
—Pues en cierta ocasión en Versalles, la Du Barry... —empieza a decir madame de Chavannes, y cuchichea algo junto a las cabezas inclinadas del peluquero y la acuarelista.
Suenan risas. Don Pedro vuelve la vista al grupo del que forma parte, desplegado en torno al sillón que ocupa la dueña de la casa. En la chimenea, cuya repisa está decorada con porcelana española y portuguesa, arde un fuego discreto que templa ese lugar del salón. Cerca está sentado Mouchy, el miembro de la Academia de Ciencias, que ha resultado ser conversador ameno, y que en este momento instruye a los contertulios sobre la virtud de las píldoras de cicuta para enfermedades obstructivas como glándulas atascadas y tumores. Completan el grupo, aparte del almirante y don Hermógenes, el chevalier Saint-Gilbert, vividor maduro, simpático e insustancial, que acude siempre provisto de un arsenal de hablillas y chismorreos que va colocando como puede, y cuando se marcha aún le quedan dos o tres sin usar; y también Simon La Motte, cincuentón engolado, maestro de los ballets de la Ópera, y su amante mademoiselle Terray: actriz de teatro rubia, joven, especializada en papeles de ingenua que suelen causar cierta hilaridad entre quienes conocen su biografía.
—El agua siempre se consideró un cuerpo simple, y los antiguos la denominaron elemento —está diciendo madame Dancenis, en respuesta a algo más que ha dicho Mouchy—. Pero ni siquiera ella escapa a la disección implacable de la química moderna.
Es Margarita Dancenis quien ocupa el centro geográfico del salón —o el punto fijo, se dice interesado el almirante—, e incluso de los otros dos grupos; como si una red oculta de fuerza magnética los vinculase estrechamente a su persona. Salta a la vista que es ella quien, como una diosa olímpica, repartiendo el don de su charla y sus sonrisas, estimulando a éste o halagando a aquél, sin perder detalle de nada, regula el ritmo social, los gestos y la conversación que la rodean.
—El día que consigan hacer lo mismo con la mente de nosotras, las mujeres, el mundo se descubrirá a sí mismo, asombrado. En su peligroso candor.
Madame Dancenis, resuelve el almirante, es una mujer culta, de rápido ingenio; pero quizá parte de su ascendiente social se deba a que el físico encaja en la idea que los franceses tienen de las españolas de buena casta: piel blanquísima, dientes perfectos, ojos grandes y negros que miran con inteligencia bajo el pelo hoy rizado y sin empolvar, tocado sólo por una cofia de seda con graciosas cintas a tono con su vestido malva, ceñido por un corpiño a la moda, de los que llaman Pierrot. La madurez en que se adentra poco a poco todavía no le causa estragos en la piel, que sigue tersa en la frente, el cuello y las mejillas, suave en las cuidadas manos que abren y cierran el abanico, utilizándolo como una prolongación de sí misma con la que señala, amonesta o premia a sus invitados.
—¿Qué opina usted, señor almirante?... Como español, tendrá sus ideas al respecto.
—En materia de damas, invitado y en París, doña Margarita, mis ideas se apoyan en la más rigurosa prudencia.
—Oh, puede llamarme Margot, como todos.
—Se lo agradezco.
Obtiene don Pedro una sonrisa de curiosidad por respuesta. Y erguido en el borde del asiento, las manos sobre las rodillas, siente la mirada de madame Dancenis estudiarlo a fondo.
—No tiene usted ojos de español.
—El mar me los decoloró, sin duda —sonríe, cortés—. Con ayuda de los muchos años.
—No sea coqueto, querido señor... Su edad, sea cual sea, la lleva perfectamente.
—Ojalá —suspira don Pedro, melancólico—. Usted, sin embargo, es bellamente española. Como compatriota, no puedo menos que enorgullecerme.
—Vaya —halagada, la Dancenis se vuelve a don Hermógenes—. ¿Todos en la Real Academia son así de galantes?
—Todos, sí señora —se sonroja el interpelado, buscando desesperadamente las palabras idóneas en francés—. Aunque no tengamos el despejo de expresarlo como el almirante.
Con el abanico cerrado, madame Dancenis señala hacia la mesa de juego.
—Ese increíble abate me ha contado que están ustedes en París para adquirir una Encyclopédie.
—Así es.
—Quizá mi marido pueda orientarlos en eso, en cuanto pierda algunos luises más. Los libros son su vida, y su biblioteca su castillo —se vuelve hacia el profesor de física, interrumpiendo la conversación a media voz que éste mantiene con La Motte—. ¿No es cierto, mi querido Mouchy?
—Por completo —responde el aludido con presteza—. Y también me pongo a disposición de los señores.
Los interrumpe la llegada de dos invitados más. Uno es un anciano de peluca blanca y casaca bordada, muy elegante, con un toque a la antigua; el otro viste sencillas ropas burguesas de buen paño, sobrepasa la cincuentena y lleva el pelo empolvado de gris. Ambos llegan cogidos del brazo y con soltura de habituales de la casa. Puestos en pie don Hermógenes y el almirante, madame Dancenis hace los honores.
—Estos caballeros, recién llegados a París, son académicos de la lengua española: don Hermógenes Molina y el almirante don Pedro Zárate... El conde de Buffon, miembro de las dos academias, eminente naturalista y gloria de las ciencias de Francia... El señor Bertenval, profesor de literatura en el Colegio Real, académico, filósofo, hombre de éxito y buen amigo de esta casa... Él escribió media docena de artículos de esa misma Encyclopédie que buscan ustedes.
Los saluda el almirante inclinando un poco la cabeza con respeto y fórmula de cortesía, sin más comentarios; pero al oír los nombres, don Hermógenes se ha atragantado de entusiasmo, incrédulo.
—Por Dios, señores —balbucea, dirigiéndose al de más edad—... ¿Estoy ante el señor Georges Lecrerc de Buffon?... ¿El eminente autor de la Histoire naturelle?
Sonríe el anciano, superior. Condescendiente y acostumbrado al halago.
—Sí, desde luego. Soy yo.
—Un placer. Dios mío —don Hermógenes se vuelve al otro—. ¿Y el señor es Guy Bertenval, el que fue amigo de Voltaire?... ¿El notable filósofo y hombre de letras, autor de Essai sur l’Intolérance, y que mantuvo aquel heroico enfrentamiento, famoso en Europa, con el sector más reaccionario de La Sorbona?
Lo confirma sonriente Bertenval, que como colega académico se pone de inmediato a disposición de los españoles —fórmula que, por otra parte, en
París no compromete a nada—, y cuya mano estrecha con calor el bibliotecario.
—Dios mío... —repite éste como para sí mismo, feliz—. Dios mío... Sólo por este encuentro ya se justifica haber viajado hasta París.
Los recién llegados toman asiento junto a la chimenea, y pronto la conversación gira en torno al trabajo de las academias de Madrid y París. Al elogiar el trabajo de la española y sus magníficos diccionarios, con el debate constante entre lengua, ciencia y religión, Buffon recuerda que también él, pese a su edad y a la prudencia con la que, respeto aparte, siempre se mantuvo desligado de los enciclopedistas y filósofos más radicales, fue denunciado hace dos años por un doctor en teología de la Universidad de París.
—Lo que demuestra —concluye, dirigiéndose con mucha cortesía a don Pedro y don Hermógenes— que no sólo en España revolotean los cuervos negros en torno a las ideas, nuevas o viejas.
—Le cambio sus cuervos por los nuestros —apunta el almirante.
Se celebra la agudeza. Al saberlo marino de profesión, lo interroga Bertenval sobre algunos aspectos de la construcción naval en La Habana y las ciencias aplicadas a la navegación. Acaban los dos hablando de Locke y Newton, cuyas obras, para sorpresa del enciclopedista —incluso de don Hermógenes, que asiste fascinado a la conversación serena y educada de su compañero—, confiesa admirar el almirante; quien a una pregunta de madame Dancenis se declara, con cortés firmeza, anglófilo en materia de ciencia. Felicita don Pedro en términos mesurados a Buffon por apoyar a Newton en la polémica que éste mantuvo con el alemán Leibniz sobre la invención del cálculo infinitesimal, y acaba introduciendo, con mucha pertinencia y cierto pundonor patriótico, el nombre del científico y marino español Jorge Juan. Para satisfacción de los dos académicos, tanto Bertenval como Buffon alaban la personalidad del aludido, cuya obra parecen conocer bien.
—Es una lástima que ese hombre notable no haya sido honrado en su patria y reconocido en Europa como merece —opina Buffon—. ¿Lo conoce en persona?
—Tuve esa suerte.
—¿Tuvo?... ¿Qué ha sido de él?
—Murió. Entre la indiferencia general.
—Lamentable... Individuos como él honran a quienes los escuchan, y deshonran a quienes los descuidan. Y realmente, sus Observaciones astronómicas y físicas...
—Observemos ahora cómo está dispuesta la cena —los interrumpe madame Dancenis tras advertir el aviso silencioso de un criado.
Todavía se presenta otra invitada: la pintora Adélaïde Labille-Guiard, amiga íntima de la casa. Es una mujer bella, hermosa de formas, de rostro redondo y simpático. A su llegada se levantan todos camino del comedor, coincidiendo en mitad del salón con el marido y los que jugaban. Pierre-Joseph Dancenis es hombre próximo a los sesenta, que tiene una frente despejada y lleva el cabello cano sin empolvar. Viste de frac color nuez, calzón negro y zapatos sin hebilla, con el descuido de quien se encuentra en casa y entre amigos de confianza. Su aspecto doméstico y tranquilo se ve confirmado por la sonrisa amable, más bien ausente, que pasea entre los invitados de su mujer.
Con el grupo viene el abate Bringas, que al ver a Bertenval en el salón se acerca a saludarlo; pero el almirante, que se encuentra cerca, advierte que el filósofo vuelve la cara con disgusto.
—Sólo quiero ofrecerle mis respetos —dice Bringas, desairado.
—Mejor ofrézcamelos por escrito, en vez de ensuciar mi nombre atacándome en esos folletos anónimos que publica.
—Le aseguro, señor...
—Déjeme de cuentos. En esta ciudad nos conocemos bien.
Sin pretenderlo, el almirante ha asistido a este intercambio, que zanja Bertenval dando la espalda al abate y, tras inclinarse hacia madame Dancenis, susurrarle mientras entran en el comedor: «Veo que sigue usted invitando a ese miserable».
—Me divierte —responde ella con desenvoltura.
—Bueno. Es su casa, querida señora... Todos necesitamos una extravagancia de vez en cuando. Y nunca hubo corte de reina sin bellaco chocarrero.
Toman asiento en torno a una mesa espléndida puesta con vajilla de Sèvres para dieciocho cubiertos, propia de una casa que, según comentó Bringas a los académicos cuando llegaban paseando, costó 800.000 libras, dicen, y cuyo servicio doméstico consiste en siete criados y doncellas sin contar los cocineros, cochero, paje y el suizo de la puerta.
—Ayer, en el Petit Dunkerke, vi a madame de Luynes —está contando el chevalier Saint-Gilbert—. Y ya saben ustedes lo que de ella se dice... Está tan gorda, que sus amantes pueden besarla durante toda una noche sin besarla nunca en el mismo sitio...
La cena es amena, con charla grata y altas dosis de ingenio, y la conversación pasa con naturalidad de un tema a otro, de las anécdotas divertidas de madame de Chavannes y el chevalier Saint-Gilbert a incursiones en política, moral e historia. Todo transcurre, para placer del bibliotecario y del almirante, en un ambiente de dulzura de conceptos, tolerancia mutua, buen humor que seduce fácilmente. Por todos se esgrimen opiniones diversas —al almirante le sorprende, aunque no lo manifiesta, que el anciano Buffon no exponga ideas tan avanzadas como le suponía—, pero en ningún momento la divergencia entre antiguas y nuevas tendencias se plantea como confrontación, sino como teorías abiertas donde cabe la extrema cortesía. Sólo Bringas, claramente contenido a su pesar, lanza feroces miradas a Bertenval desde el extremo de la mesa donde está sentado junto al peluquero Des Veuves, y en ocasiones emite suspiros sarcásticos o interviene destemplado en la charla; como cuando el escritor y filósofo, con destacado ingenio, narra sus cuatro estancias en la Bastilla y las órdenes de prisión o lettres de cachet —que denomina, humorísticamente, «mi correspondencia con el rey»—, y Bringas, con una copa de burdeos agarrada en una mano y alzando con la otra un tenedor que tiene pinchado un trozo de faisán goteante de salsa, sentencia desde su esquina:
—Hay Bastillas y Bastillas... Hay quien entra allí frívolamente, sabiendo que va a salir, pues goza de amigos en la corte, y hay quien se ve sepultado sin esperanza.
—Pues a usted, lamentablemente, siempre me lo encuentro fuera —
comenta Bertenval con sonrisa despectiva.
Bringas se mete la comida en la boca, bebe vino y apunta al filósofo con el tenedor.
—Tiempo vendrá en que todo lo blanquearemos en la colada.
—¿El trueno de Dios? —se interesa el chevalier Saint-Gilbert, risueño como suele.
—¿De quién?... Repita el nombre, señor. El ruido de los tiempos, de los tronos y altares que pronto caerán me tiene sordo.
—Dejemos los tronos en paz por ahora, mi estimado abate —lo tranquiliza madame Dancenis, sentada entre Bertenval y Buffon—. Y en lo posible, también a Dios —añade dirigiendo una mirada severa a Saint-Gilbert.
Bringas pincha otro trozo del plato.
—Obedezco, señora. A la belleza y la inteligencia, único salvable en esta hipócrita Babilonia, me someto y obedezco.
—Así me gusta.
De vez en cuando, los ojos de la dueña de la casa coinciden con los del almirante, que está frente a ella y los sostiene con naturalidad cortés; y siempre corresponde al gesto una leve sonrisa que marca simpáticos hoyuelos en las mejillas de Margot Dancenis. Antes, cuando se dirigían al comedor, don Pedro la ha visto caminar con elegante seguridad sobre los tacones de unos zapatos de satén, altos de tres pulgadas, que imprimían a su cuerpo un ondulante atractivo. En cuanto al vestido, su drapeado a la francesa muestra en el escote generoso, apenas cubierto de muselina, la piel suave y blanca del arranque del pecho. El almirante fija un segundo allí la vista, involuntariamente; pero eso basta para que al alzar los ojos encuentre la mirada de la mujer, que ahora lo observa con un grato aire de diversión, o de sorpresa. Prudente, don Pedro aparta la suya y bebe un corto sorbo de vino. Y al dejar la copa sobre el mantel bordado y mirar de nuevo en torno, encuentra la mirada fría, inamistosa, del tal Coëtlegon: el individuo que, según Bringas, hace la corte a Margot Dancenis y tiene la fortuna de ser correspondido. Ignorando al otro, el almirante presta atención a lo que a su lado dice madame de Chavannes, que cuenta un episodio de su vida en la corte del difunto Luis XV, cuando el mariscal de Brissac intentó ir demasiado lejos en materia íntima mientras ambos, persiguiendo un jabalí, se encontraban perdidos durante una cacería real, en Vincennes.
—... Y entonces, interponiendo mi mano entre mis encantos y su deseo, le dije: «Señor, imagine que nos sorprende su esposa, o el jabalí»... A lo que el buen mariscal respondió con mucha presencia de ánimo: «Lo cierto, querida señora, es que prefiero imaginar que nos sorprende el jabalí».
Todos ríen, y la conversación gira hacia las costumbres francesas y españolas, los libertinos y el libertinaje.
—A menudo, cuando miro alrededor en esta ciudad magnífica —confiesa madame Dancenis—, no me reconozco en aquella jovencita educada en un
mojigato pensionado de Fuenterrabía.
—Su San Jorge la rescató de las garras del dragón —apunta La Motte, el maestro de la Ópera.
Todos miran al marido, que trincha con mucha sangre fría el faisán de su plato, sentado a la izquierda de don Hermógenes.
—Hice cosas más osadas —dice aquél, sonriente—. Conseguir hace dos años que el señor conde de Buffon honrase mi biblioteca con su Époques de la nature, dedicado y gratis, sin pagar un luis, sí que fue una hazaña...
Todos ríen de nuevo, incluido el viejo naturalista, que tiene fama de tacaño. Después, el asunto de los libertinos vuelve a ser puesto sobre el mantel. Lo hace uno de los que jugaban al faraón con Dancenis y Coëtlegon; que, aunque viste de paisano, con coleta empolvada y frac color nuez con doble fila de ojales, ha sido presentado a los académicos como monsieur de Laclos, capitán de artillería. Es un hombre todavía joven, simpático, de rostro inteligente.
—Precisamente —comenta en tono ligero— me ocupo ahora del asunto en una novelita que tengo a medias: la seducción, la honestidad y la figura del libertino como cazador sin escrúpulos...
—¿Y será publicada? —se interesa la dueña de la casa.
—Así lo espero.
—¿Hay malvados?
—Malvadas, más bien. En femenino.
—Bravo. Qué, si no. ¿Y escenas subidas de tono?
—Alguna, sí. Pero no tanto como en esas novelas que lee usted para aliviarse los dolores de cabeza.
Sonrisas regocijadas. Alguien ha comentado antes, medio en broma y medio en serio, que madame Dancenis sufre de vapores después de recibir cada miércoles. Demasiada trascendencia. Y que se alivia leyendo libros filosóficos.
—No sea malvado, Laclos.
Éste hace un ademán para quitarse importancia.
—En realidad, mi novela es una historia sobre la instrucción de la inocencia. Dicho muy en corto.
—¿Ya tiene título?
—Todavía no.
—Me encantará leerla... ¿Sale el señor Coëtlegon?
Suenan carcajadas mientras el aludido inclina la cabeza en irónico saludo.
—A él —añade Margot Dancenis, falsamente severa— no le importa nada instruir a las inocentes, cuando le dan ocasión.
Escandalizado por aquella libertad de conversación, que considera inusual entre gente educada y en presencia de señoras, que además tienen el desahogo de intervenir en ella —sólo madame Tancredi, la acuarelista, permanece silenciosa y lánguida—, don Hermógenes se vuelve a menudo hacia el almirante, sin dar crédito a lo que oye. También observa, intrigado, la imperturbabilidad de monsieur Dancenis, que sigue comiendo con mucha flema, como si nada de aquello fuera con él; desempeñando con poco esfuerzo el papel de marido tolerante que se mueve entre los invitados sin participar en exceso, cual si la puerta siempre abierta de su biblioteca le ofreciera un refugio cómodo y cercano: un baluarte al que poder retirarse, en caso necesario, sin que adviertan su ausencia.
Los demás siguen a vueltas con el libertinaje. Causas y efectos. En ese punto, el filósofo Bertenval, a quien la conversación ha dejado un poco al margen, recupera terreno.
—Lo que perjudica la belleza moral, aumenta la belleza poética —opina, grave.
—Se trata más bien de combinar lo amargo y lo dulce —apostilla por su parte Buffon, que pese a sus años no desea quedarse atrás.
Frunce el ceño Bertenval, buscando un remate digno del competidor.
—Conjugando —concluye, clásico— la severidad con el placer.
—Tienen ustedes razón —responde madame Dancenis mientras ignora, como hacen todos, los aplausos sarcásticos que Bringas, ya algo bebido, dedica a Bertenval y Buffon desde su extremo de la mesa—. Con la virtud no se hacen más que cuadros fríos y tranquilos... A fin de cuentas, son la pasión y el vicio los que animan las composiciones del pintor, del poeta y del músico.
—Completamente de acuerdo en eso —tercia el maestro La Motte, mientras aprieta con disimulo la mano de mademoiselle Terray.
—Los libertinos —declara el físico Mouchy, reclamando su cuota de atención— son bien acogidos en la sociedad porque son desenfadados, alegres, manirrotos, amigos de todos los placeres.
—Y a menudo, atractivos —añade mademoiselle Terray.
—También conocen mejor el corazón humano —opina Adélaïde Labille-Guiard.
Bromea Laclos, bienhumorado.
—Hoy, en París, toda señora que se precie debe tener en su corte al menos a un libertino y a un geómetra, como antes tenían pajes.
La ocurrencia es muy celebrada. Mouchy y Des Veuves, intencionados, reclaman la opinión de Coëtlegon. Éste, que acaba de beber un poco de vino, se seca los labios con la servilleta, mira fugazmente a madame Dancenis y esboza una sonrisa distante.
—Sobre la geometría no me pronuncio... En cuanto a lo otro, algunos preferimos, supongo, los vicios que nos divierten a las virtudes que nos aburren.
—Detalle eso, Coëtlegon —pide alguien.
El aludido mira alrededor, dedicándoles a todos una sonrisa helada. Es atractivo, concluye el almirante: perfil delicado y masculino a la vez, gestos elegantes, algo desdeñosos, y aquella expresión tranquila, de suficiencia y despego. Le han dicho que el sujeto fue oficial del regimiento de granaderos del Rey, y eso quizá explique una parte de aquel aplomo. Su vanidad estrecha. Refinada.
—Mejor lo dejamos para otra cena —dice Coëtlegon—. Esta noche, el vicio parece estar en minoría.
—Puede usted contar con mi espada, señor —ríe Laclos.
Llegan los postres. Está siendo una cena estupenda, piensa don Hermógenes, que apenas ha probado el vino pero siente que el par de sorbos que tomó se le suben a la cabeza, inspirándole un amable bienestar.
Al otro lado de madame de Chavannes, el almirante atiende a todo con su habitual serenidad, conversando tranquilo y amable; y el bibliotecario se siente orgulloso de la desenvoltura con que se conduce su amigo y compañero: hombre viajado, a fin de cuentas, y con la educación rigurosa de un oficial de la Real Armada; no como él, que pasó la vida gastándose los ojos en Plutarco a la luz de una vela. Entre los griegos, hablar es la parte de los sabios, y juzgar, la de los necios... Etcétera.
—¿Hay libertinos en España? —pregunta Adélaïde Labille-Guiard a los académicos.
—Como en todas partes —se oye decir a Bringas, pero nadie le hace caso. Todos miran a don Hermógenes y al almirante. Cohibido, el primero
se echa atrás en el respaldo de la silla, deja sus cubiertos en el plato y mira a su compañero, transfiriéndole toda la responsabilidad.
—Los hay, pero de estilo distinto —dice éste con calma—. Lo que aquí llaman libertino es una figura mal vista, o inexistente en esos términos.
—El peso de la religión —apunta Margot Dancenis.
Don Pedro la mira sin parpadear, con reconocimiento.
—Exacto. Allí es otro tipo de hombre mujeriego el que conocemos. Más tocante a la majeza, el desgarro, las costumbres populares. De venta, colmado, guitarra, palmas y gitanería. A menudo, con mujeres de clase inferior. Ninguna señora...
Se interrumpe, dejándolo ahí. Los hoyuelos de Margot Dancenis se ahondan en sus mejillas.
—El almirante quiere decir que, a diferencia de las francesas, ninguna española coquetea con otro hombre en presencia de su marido.
—Por favor —protesta don Pedro—. Nunca se me ocurriría...
Ella se inclina un poco hacia adelante, apoyada en los codos, mirándolo con fijeza.
—¿Cuál es, a su juicio, el atractivo de un libertino para una mujer, tal como lo entendemos en Francia?
—Lo prohibido —responde el almirante, sin vacilar.
Parpadea ella, sorprendida.
—¿Perdón?
—Lo oscuro.
—Vaya —los hoyuelos se acentúan de nuevo—. Menuda claridad de ideas, querido señor. Cualquiera diría que sabe de lo que habla.
—No, en absoluto.
Para alivio del almirante los interrumpe Bringas, a quien el vino empieza a asomarle a la lengua.
—A las mujeres les gusta esa clase de hombres, porque ellas son libertinas por naturaleza —sentencia.
—Buena jugada, abate —responde Margot Dancenis con mucha calma
—. In vino veritas... ¿Está de acuerdo, almirante?
—¿En lo del vino?
Ella le dirige otra sonrisa lenta, deliberada. Casi agradecida.
—No se haga el tonto, señor. En lo de las mujeres.
De soslayo, don Pedro siente los ojos fríos de Coëtlegon fijos en él. Qué manera más absurda, concluye, de hacerse un enemigo. Sin necesidad.
—No estoy seguro, con Diderot —dice al fin—, de que a ustedes les disguste que las hagan sonrojarse.
Margot Dancenis emite una carcajada limpia, segura de sí.
Endiabladamente atractiva, piensa melancólico el almirante. Pero no dice nada, y al cabo, tras sostener su mirada un momento, don Pedro se ve obligado a apartar los ojos. Es Bringas quien, desde el extremo de la mesa, habla primero.
—Ah, bien dicho, señor. Un libertino ocupa el lugar social que otros muchos hombres no se atreven o no pueden ocupar... Les falta, o nos falta, lo que hay que tener.
Se interrumpe, bebe y está a punto de atragantarse. La peluca se le ha torcido más de lo habitual, y su mirada tiene un reflejo vago, impreciso, como si hubiera dejado de ver, o de interesarle, cuanto hay alrededor.
—También los tiempos que vienen —masculla— cambiarán eso.
—¿Qué tiempos? —lo zahiere el peluquero Des Veuves, guiñando un ojo a los demás.
—Los espantosos del cuchillo y la gran ramera del Apocalipsis.
—La mujer, vaya —apunta Mouchy—. El quinto jinete.
—Ah, ¿pero hay otros cuatro?
Sigue una animada discusión, de vuelta a hombres, mujeres, libertinos y castidades cuestionables. Y es madame Dancenis quien, antes de levantarse de la mesa, resume con más franqueza su visión del asunto.
—En el fondo —dice—, a una mujer de mundo le gusta saber que hay hombres superiores a otros, más audaces y elegantes, que no defraudarán su vanidad, no se detendrán ante su pretendida virtud, y tomarán la iniciativa usando, incluso, la violencia adecuada que sirva de excusa a la mujer... ¿Me explico?
—Como Cicerón, señora mía —dice Bertenval.
—Pues volvamos al salón, a tomar el café.
A medianoche, coincidiendo con las doce campanadas de Saint-Roch, los dos académicos están cerca de la iglesia, buscando un coche para llevar a
Bringas a su casa. El abate se tambalea, algo más que un poco ebrio, y desgrana una letanía de amenazas contra el mundo en general y contra los invitados de madame Dancenis en particular. El bastón se le cae al suelo en tres ocasiones.
—Ah, tiempo llegará, desde luego —repite una y otra vez con lengua insegura—. Tiempo vendrá, a fe mía... —se vuelve a mirar atrás, como para grabarse el lugar en la memoria—. La cólera del pueblo sabrá dónde, hip, encontraros...
Dan con un fiacre cerca de la plaza Vendôme, consiguen sacarle a Bringas la dirección —orilla izquierda, confirma el cochero— y se acomodan en el gastado asiento, uno a cada lado del abate. Casi sosteniéndolo. Don Hermógenes lleva en la mano la peluca que se le ha caído al otro, quien apoya la cabeza rapada a trasquilones en un hombro del almirante.
—La cólera... —repite Bringas, monótono—. La cólera del pueblo.
Pasan frente a la fachada de la Ópera, que acaba de cerrar sus puertas y apagar las luces. Todavía quedan carruajes y público rezagado en las calles próximas. Aún más adelante, y pese a lo avanzado de la hora, la ciudad no está desierta. El viento ha cesado, la noche es serena y no demasiado fría, y por las calles caminan transeúntes cubiertos con sobretodos y capas; algunos de ellos, acompañados por saboyanos con antorchas que se alquilan para recorridos cortos. Algún local sigue abierto, como el cabaret elegante de la esquina de L’Arbre Sec, que tiene carruajes, luz y animación ante la puerta. París, han comprobado los académicos, al menos en sus barrios principales, es una ciudad tan segura de noche como de día. Más, desde luego, que Madrid con sus patilludos malandrines embozados, sus calles sombrías y sus malos encuentros de taberna y navaja. Aquí hay reverberos cada cierto espacio, la policía secreta y sus esbirros patean las calles, y en varios puntos vigilan retenes de guardias francesas. Lo comentan los académicos mientras ven desfilar luces y sombras al otro lado de las ventanillas, y Bringas, no tan dormido como parece, murmura con voz pastosa:
—Un espíritu... Esto... Un espíritu libre prefiere el desorden, señores... Es triste que la seguridad del súbdito... Hip... dependa de la tiranía del monarca.
—Bien dicho —sonríe el almirante, dándole golpecitos animosos.
—Hip.
Cruzan el Pont Royal. A la escasa claridad de una luna en cuarto creciente, el río es una ancha cinta negra bordeada de sombras más espesas y altas, donde culebrea el reflejo de alguna ventana iluminada y puntos de luz de faroles lejanos. El puente, que durante el día se llena de carruajes, está ahora desierto. En el puesto de guardia los detiene un piquete. El sargento, mal afeitado y con el tricornio torcido, se asoma a la ventanilla. A su espalda, un fanal alumbra la piel grasienta de rostros en vela, casacas azules y relucientes bayonetas. No todo París, se dice el almirante, es tan sereno como parece. A poco que uno se fije, encuentra comezón bajo la ropa.
—¿Llevan armas de fuego, espadas o cuchillos?
—En absoluto.
El militar se fija en el bastón que don Pedro tiene entre las piernas.
—¿Es un bastón estoque?
—Sí. Para mi uso particular.
El otro repara en el acento.
—¿Extranjeros?
—Españoles, señor.
—Ah, bien... Circulen.
Al otro lado del Sena, dejando atrás los muelles, el coche se interna por calles estrechas y desordenadas, y parece ingresar en otra clase de mundo.
Las casas están muy próximas entre sí, e impiden que llegue hasta abajo la débil claridad lunar. Los reverberos son más escasos; y los que hay, provistos con poco aceite, languidecen o están casi apagados, con una claridad anaranjada que apenas ilumina unos pasos alrededor.
Contemplando el sombrío paisaje, don Hermógenes no puede menos que considerar su contraste con el mundo de la otra orilla: la casa de los Dancenis, con aquella iluminación gradual que iba de la discreta de la puerta a la atenuada de los pasillos y la brillante del salón y el comedor. O
la espléndida araña de cristal veneciano que multiplicaba la luz de cera iluminando a los invitados, que conversaban con esa afable despreocupación que la buena sociedad francesa sabe, como nadie, asociar a las conveniencias, incluso cuando trata asuntos inconvenientes.
La velada con los Dancenis también había sido agradable después de la cena. De regreso al salón, los invitados hicieron tertulia general: Buffon,
Mouchy, Laclos y Des Veuves se despidieron después del café; Bertenval informó a madame Dancenis sobre las nuevas candidaturas a la Academia Francesa —el filósofo tiene mano con D’Alembert, secretario perpetuo de la institución, y ella le ha hecho prometer que le presentará a los académicos españoles—; el chevalier Saint-Gilbert agotó su reserva de chismes; el abate Bringas siguió alternando la bebida con anuncios apocalípticos que fueron recibidos con buen humor, y al cabo surgió una discusión suscitada por La Motte y Adélaïde Labille-Guiard sobre el talento de Beaumarchais y el contraste con la mediocridad de su obra, su mal gusto al abusar de los concetti italianos y los tópicos sobre España contenidos en El barbero de Sevilla.
—Quizá no sepan ustedes —informó don Hermógenes al oír aquello—
que las hermanas de monsieur Beaumarchais vivieron en Madrid en la calle Montera, no lejos de mi casa, y fueron visitadas varias veces por su hermano... De ahí el conocimiento, aunque superficial, que de mi patria tiene ese señor.
—¿Y a qué se dedicaban allí? —quiso saber madame Dancenis.
—Eran modistas, que yo sepa.
—¿Modistas?... Delicioso.
La anécdota fue apreciada por todos, para placer y cierto sonrojo del buen don Hermógenes. Más tarde, la acuarelista Tancredi, siempre etérea, tocó en el clavecín una pieza de Scarlatti que fue exageradamente aplaudida, y acabaron, diversión de moda, recortando siluetas mediante la luz de una vela proyectada en la pared; todos menos Bringas, que siguió bebiendo mientras calificaba aquello de divertimento ridículo. La más lograda de las siluetas resultó ser una que madame Dancenis hizo del almirante, muy alabada por todos a causa de su exactitud. Después, mientras mademoiselle Terray deleitaba a la concurrencia con un fragmento de la Rosaida de Dorat, don Pedro encontró fija en él la mirada amable de madame Dancenis acompañada de una leve sonrisa; y no tuvo necesidad de volverse hacia monsieur Coëtlegon para advertir que, en cada ocasión, éste lo observaba con menos simpatía.
Fue entonces cuando el dueño de la casa, que había asistido a todo con su acostumbrada actitud cortés y algo distante, casi distraída, rogó que lo disculparan pues tenía qué hacer en su biblioteca; y al ponerse en pie, invitó a los académicos españoles a conocerla. Lo acompañaron éstos con mucho
gusto, y tras recorrer un pasillo adornado con espléndidas pinturas —«Un Greuze, un Watteau, un Fragonard... Ahí un Labille-Guiard... Ya ven...
Cosas de mi mujer», informaba Dancenis al paso, con tranquila indiferencia
—, se vieron en una sala espaciosa, las cuatro paredes cubiertas de libros y una mesa central con volúmenes de gran formato que contenían grabados y estampas.
—Asombroso —comentó don Hermógenes, admirándolo todo con ojos ávidos.
Se habían detenido a contemplar algunos títulos en los magníficos lomos dorados, a la luz de un candelabro que Dancenis encendió con algo que calificó de invento nuevo: unas prácticas cerillas azufradas que, al meterlas en un frasco de fósforo, se inflamaban a modo de pajuelas de luz.
—Es mi trinchera —comentó éste, abarcando la estancia con un ademán
—. Retiro y paz de mi desierto, como dijo aquel poeta de ustedes, Quevedo, que tanto gusta a mi mujer, y que define bien el lugar.
Seguían mirando los dos académicos, extasiados. La biblioteca estaba clasificada por materias: filosofía antigua y moderna, historia, botánica, ciencia, viajes y navegación... Dancenis extraía volúmenes de los estantes y se los iba poniendo en las manos a sus invitados.
—Vean, éste es un compatriota suyo, el padre Feijoo. Su Teatro crítico universal en ocho tomos. Buena edición, ¿verdad? Es de la Imprenta Real de Madrid... Y también tengo este soberbio Quijote de Ibarra, en folio: el que ustedes, la Real Academia Española, publicaron el año pasado... Una obra magna, si me permiten decirlo, de impresión perfecta. Extraordinaria.
—Es nuestro orgullo —admitió complacido don Hermógenes.
—Y también mío, como feliz poseedor. Una joya que honra esta biblioteca.
—¿Lee usted en lengua española?
—Con dificultad. Pero un libro hermoso lo es siempre, esté impreso en la lengua que esté. Y su Quijote es bellísimo, aunque tengo otros, fíjense...
Ahí está la edición Verdussen, impresa en Amberes, y también la magnífica francesa de Armand, de mil setecientos cuarenta y uno... En cuanto a usted, señor almirante, quizá le interesen en especial aquellos de allí.
Se acercó don Pedro a echar un vistazo, admirando los títulos en los lomos: Voyage de George Anson, Voyage de La Condamine... Lo sorprendió
gratamente ver también, traducido y en dos volúmenes, el Voyage historique de l’Amérique Méridionale de Ulloa y Jorge Juan.
—Negocios afortunados me dieron el privilegio de retirarme aquí —dijo Dancenis—. Y ya ven. Tengo con qué llenar mi vida, o lo que de ella me quede.
—Le queda mucho, sin duda.
—Nunca se sabe... En todo caso, desde este lugar miro a Margot, participo de su mundo y puedo volver sosegadamente al mío, cuando se apagan las luces.
Don Pedro, que hojeaba uno de los volúmenes, sonrió con calor.
—Es usted un bibliófilo admirable.
—El término es excesivo —protestó Dancenis—. Sólo soy de los que procuran amueblarse el mundo con libros.
Devolvió el almirante el volumen a su lugar y siguió mirando: Lettres sur l’origine des sciences, Tableau méthodique des minéraux... Imposible no sentir, ante aquello, una razonable envidia.
—Una biblioteca no es algo por leer, sino una compañía —dijo, tras dar unos pasos más—. Un remedio y un consuelo.
Sonrió Dancenis, casi agradecido.
—Usted sabe de qué habla, señor. Una biblioteca es un lugar donde hallar lo conveniente en el momento oportuno.
—En mi opinión, incluso más que eso... Cuando algunos sentimos la tentación de despreciar demasiado a nuestros semejantes, nos basta para reconciliarnos con ellos contemplar una biblioteca como ésta, llena de monumentos elevados por la grandeza del hombre.
—Qué gran verdad, ésa.
En una mesita supletoria había una docena de publicaciones recientes: Journal des Sçavants, Courier de l’Europe, Journal Politique et Littéraire...
Don Pedro las hojeó con curiosidad. Nada de aquello llegaba a Madrid.
Como mucho, noticias recortadas y filtradas para la Gazeta por la censura oficial.
—¿Tiene las últimas novedades?... ¿Se mantiene al día?
—Sólo relativamente —sonrió Dancenis—. No todos los libros ni todos los seres humanos pasan de ese umbral.
Seguía sonriendo mientras señalaba más allá del pasillo como quien se refiere a un mundo extraño, lejano. Un lugar del que se procura mantener la
distancia. En otro tiempo, en el mar, el almirante había visto a hombres que señalaban así una costa a sotavento.
—Sería —añadió Dancenis tras un instante— como si Europa se dejara colonizar por los salvajes de los bosques y las praderas de América,
¿comprende?
—Perfectamente.
Fueron a reunirse con don Hermógenes, que escuchaba algo apartado mientras huroneaba en los estantes de filosofía y literatura. El hecho, comentó Dancenis, era que en Francia se publicaban demasiados libros.
Leer estaba de moda. Cualquier abate hambriento, cualquier militar a media paga, cualquier solterona aburrida, se ponían a escribir y los libreros compraban el resultado por malo que fuera, pues había lectores para todo; y las obras impresas, por moda o por afición sincera, circulaban por todas partes. Con lo que se daba una maraña de historiadores, compiladores, poetas, diaristas, autores de novelas y otros bípedos más o menos implumes que pretendían ser Voltaire y madame Riccoboni al mismo tiempo. O dicho de otro modo, filosofar y ganar dinero. Para desgracia, naturalmente, de la maltratada filosofía.
Se había detenido con un libro en las manos —un espléndido Jenofonte en griego y latín—, inclinada la cabeza, cual si reflexionara sobre sus propias palabras.
—Sí —concluyó tras un momento—. Ustedes entienden lo que quiero decir... Son hombres de letras.
Habían llegado ante veintiocho volúmenes en gran folio, encuadernados en piel de color marrón, con bellos dorados cuajando sus lomos. Y ninguno de los dos académicos pudo evitar un estremecimiento.
—¿Es...? —preguntó don Hermógenes.
—Sí —sonrió Dancenis.
—¿Puedo tocarla?
—Por favor.
Allí estaba, en efecto, y la veían por primera vez: Encyclopédie, ou dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers. Al natural, con aquel papel soberbio, los amplios márgenes y la bella tipografía, impresionaba aún más que por referencias.
—Es una gran obra. ¿Conocen su prólogo?... Lo escribió D’Alembert y es magistral.
Había cogido don Hermógenes el primero de los pesados volúmenes, llevándolo hasta la mesa central. Y allí, con cuidado exquisito, se puso los lentes, lo abrió por la página 8 del discurso preliminar y leyó en voz alta, emocionado:
No es mediante hipótesis vagas y arbitrarias como conoceremos la naturaleza, sino por el estudio reflexivo de los fenómenos, por la comparación de unos y otros, por el arte de reducir, tanto como sea posible, un gran número de fenómenos a uno solo que pueda ser visto como principio general...
No pudo seguir. Se le quebró la voz, miró a don Pedro, y éste comprobó que tenía los ojos enrojecidos, húmedos de felicidad.
—Aquí está, señor almirante...
—Sí —apoyó éste, sonriendo, una mano en el hombro de su amigo—.
Aquí está, por fin.
Dancenis los observaba con curiosidad.
—Incluso en Francia —comentó—, hay quien todavía mira esta obra como una indigesta compilación salpicada de paradojas y errores; pero otros la ven, o la vemos, como un riquísimo tesoro.
Asintió el almirante.
—Ésa es también la opinión de la Academia Española. Por eso estamos en París.
—Ah, claro. He oído a ese Bringas que buscan hacerse con una Encyclopédie.
—Así es. En su primera edición, como ésta.
—La primera es difícil de encontrar. Demasiadas reediciones y copias, me temo... —Dancenis reflexionó un instante, miró alrededor y se encogió de hombros, afable—. Lamentablemente, no puedo desprenderme de la mía.
Quizá monsieur Bertenval, con sus contactos, les consiga una. Puedo darles la dirección de algunos libreros de mi confianza; pero una primera edición completa...
Se calló un rato para permitir a los académicos hojear algunos volúmenes de la obra, de la que admiraron especialmente los grabados de los suplementos.
—Me gustaría conocer su Academia, en Madrid —dijo al fin, melancólico.
—Cuando guste, señor, será bien recibido allí —se ofreció don Hermógenes—. Pero tememos decepcionarlo. Es una sede modesta, con pocos recursos.
Dancenis hizo gesto de fruncir los labios, muy a la francesa.
—No creo que eso ocurra nunca. Me refiero a viajar... Me da pereza. Yo viajo a través de estos libros, y eso me basta.
Los ayudó a devolver los volúmenes de la Encyclopédie a su lugar.
—Modesta o no —añadió—, creo que la suya en Madrid es una institución seria, que ha publicado diccionarios, ortografías y gramáticas de fácil manejo... Muy distinta, me parece, a la de aquí. Desde que la fundó Richelieu, nuestra Academia se ha convertido en una encrucijada de ambiciones, favores y vanidades... Los académicos franceses se llaman a sí mismos inmortales, y con eso está dicho todo.
—Pues los señores Bertenval y Buffon son de trato agradable —opinó don Hermógenes.
—Sí. Con D’Alembert y alguno más, de los pocos tratables. Y por otra parte, Margot sabe suavizarlos bastante... Nadie como ella para armonizar lo ácido con lo dulce, lo frívolo con lo grave.
—Una mujer admirable —apuntó el almirante.
—Sí —Dancenis se quedó un instante pensativo—. Lo es.
Iban ya a retirarse cuando don Hermógenes descubrió un libro de Bertenval —De l’état de la philosophie en Europe— y se detuvo a hojearlo.
Quizá debido a su imperfecto francés, el arranque le pareció algo pretencioso.
—El de los académicos en Francia es una especie de despotismo de las letras, que abre y cierra la puerta de sus favores —dijo Dancenis, como si adivinara su pensamiento—. Poco es lo que el pueblo llano se beneficia de sus trabajos.
Tomó el libro de las manos de don Hermógenes y sonrió levemente mientras lo devolvía a su lugar.
—Entre ustedes los académicos españoles, sin embargo —añadió—, no cuentan tanto las personas como la obra conjunta... Hacen un trabajo de educación patriótica muy importante. Y eso incluye las posesiones de América.
Fue hasta el candelabro, sopló las velas, y la biblioteca quedó iluminada sólo por la luz que llegaba del pasillo.
—No es un mal modo —dijo el almirante— de convivir con una esposa tan espléndida como madame Dancenis.
Se detuvo el dueño de la casa, con una brusquedad que en él parecía inusual. En aquella luz indecisa parecía más abstraído y ausente todavía.
Don Pedro no pudo verle la cara, pero supo que lo miraba a él.
—El mejor que conozco. Todo lo demás queda fuera de esa puerta.
¿Comprenden?
—Perfectamente, señor.
Aún pareció dudar un segundo Dancenis.
—Ella tiene su propia biblioteca —añadió al fin—. Es otro estilo.
—Rue des Poitevins —grita el cochero desde el pescante.
El fiacre se ha detenido bajo el único farol del lugar, situado en un ángulo de la calle, que es corta, quebrada y miserable, con el suelo convertido en barro a causa del agua sucia que se vierte desde las casas. Huele a sal nitrosa y azufre, comprueba el almirante aspirando el aire con desagrado.
La luz mortecina del reverbero no destruye las sombras, sino que las hace aún más intensas. Una decrépita torre medieval se adivina lejos, rematada por un cono de sombra.
—¿Dónde está su casa, estimado amigo?
—Ahí.
Apoyado con una mano en una pared, el abate descarga ruidosamente la vejiga.
—Aquí moran —dice mientras zigzaguea con el chorro en la oscuridad—
los hombres justos y arruinados... Los misántropos geniales... Los alquimistas de las ideas y la pluma...
—Hay sitios peores —opina don Hermógenes, con torpe buena voluntad.
—Yerra usted, señor... Aunque llegará el día...
Pidiendo al cochero que espere, lo conducen entre ambos. El portal es en realidad una puerta de carruajes medio condenada con ladrillos y tablones, junto a un taller de encuadernación cerrado a esas horas, donde la luz del
farol alcanza a iluminar apenas el rótulo pintado de la muestra: Antoine et fils, relieurs.
—Ah, no se molesten... A fe que puedo yo solo.
—No es molestia.
Don Pedro y don Hermógenes ayudan a Bringas a subir a oscuras los peldaños de madera, que crujen y parecen a punto de romperse bajo los pies, y una vez en el último piso lo ayudan a abrir la puerta de una buhardilla. Tanteando junto a la entrada, el almirante encuentra eslabón y pedernal para encender una vela, ante cuya luz corretea por el suelo, despavorida, media docena de cucarachas rojizas. Hace frío. En la casa, dos habitaciones de aspecto miserable, hay una jofaina, una mesa con mendrugos de pan bajo una servilleta, una cama turca, una estufa apagada, un armario ropero y una mesa con recado para escribir donde se apila medio centenar de libros y folletos. Hay otros tantos en el suelo, en su mayor parte muy usados y mugrientos. Todo huele a humanidad y ambiente cerrado, pan rancio, ayuno, soledad y miseria. Sin embargo, los libros se ven muy ordenados, y en el cesto de ropa blanca y planchada que está junto a la cama, dos camisas y un par de medias, aunque zurcidas y recompuestas, están inmaculadamente limpias.
—Déjenme... Les digo que puedo solo.
Bringas se deja caer en la cama, los ojos cerrados, haciéndola rechinar.
Mientras don Hermógenes cuelga la peluca del abate en una bola de latón de la cabecera, le quita los zapatos y lo cubre con una manta, el almirante echa un vistazo al cuarto y mira los títulos de algunos libros: Le gazetier cuirassé, La chandelle d’Arras, Histoire philosophique et politique des établissements des européens dans les deux Indes... Hay muchos párrafos subrayados a tinta. Se mezcla allí todo, sin criterio aparente, desde literatura libertina a obras filosóficas o teológicas, desde Raynal al Aretino, o Montesquieu, pasando por Helvétius, Diderot o Rousseau. Y en la pared, sobre tan variopinta biblioteca, tres estampas coloreadas forman una insólita combinación de efigies: Voltaire, Catalina de Rusia y Federico de Prusia. A todos les ha pintado Bringas bigotes, cuernos y otros trazos grotescos.
—Está dormido —susurra don Hermógenes.
No hace falta que lo diga, comprueba el almirante. Los ronquidos que emite el abate hacen temblar las paredes.
—Pues vámonos.
Antes de apagar la luz, don Pedro repara en un texto manuscrito que está sobre la mesa, con aparente letra del propio Bringas. Por escrúpulo no se atreve a tocarlo, pero la curiosidad lo vence hasta el punto de inclinarse, vela en mano, para leer unas pocas líneas escritas con letra fina y quebrada, aguzada como puñales:
Un autor de ingenio que sepa manejar su pluma puede hacer gran beneficio a la libertad de los pueblos a través del público que asiste al teatro, diciendo allí con sólida y elegante elocuencia, mediante ejemplos y personajes artificiosamente tomados de la Historia, lo que el más ardiente patriota no puede, o no se atreve a decir a un príncipe, a un valido o a un poderoso. Por eso el teatro es principal fuente de felicidad pública y escuela de educación general, que puede convertirse en arma afiladísima en manos de hombres audaces sin otro límite que su coraje y su talento...
—¿Es suyo? —se interesa don Hermógenes.
—Lo parece.
Los dos académicos se disponen a salir.
—¿Y qué tal escribe?
—Nada mal, desde luego. Y tengo la impresión de que nuestro abate no es tan disparatado como aparenta.
En la puerta, antes de apagar la vela y dejarla donde estaba, el almirante dirige una última mirada al bulto inmóvil entre las sombras de la cama. Los ronquidos de Bringas siguen atronando el aire. Vino ajeno y miseria propia.
El reposo breve de un guerrero.
Una hora más tarde, en la rue Vivienne, alzando la vista bajo el ala vuelta del sombrero calañés, Pascual Raposo observa cómo se apaga la luz de las habitaciones de los académicos en el hotel de la Cour de France. Después deja caer el cigarro, lo aplasta con el tacón de la bota y camina despacio, envuelto en su capote, alejándose del lugar. En realidad, la vigilancia personal de hoy no es necesaria; pocas lo son, pues el policía Milot y su red
de confidentes mantienen informado a Raposo de cuanto el almirante y el bibliotecario hacen en la ciudad. Pero ocurre que, como en noches anteriores, el antiguo soldado de caballería sabe que aún tardará en dormirse; que pasará horas desvelado por el ardor de estómago, moviéndose sin objeto por la habitación, o fumando asomado a la ventana. Por eso procura retrasar el momento de meterse entre las sábanas hasta que el sueño sea más profundo, y no lo haga llegar al alba en esa duermevela agotadora que también le deja la cabeza confusa, la boca áspera y los ojos inyectados en sangre.
Ni siquiera Henriette Barbou, la hija de los dueños del hotel, es aliciente para templarlo. A estas horas, calcula Raposo, la joven podría haber ido a su habitación, descalza para no hacer ruido, en camisón y con una vela encendida, dispuesta a meterse en la cama con él —ese pensamiento le provoca una violenta e inoportuna erección—. Ya esta misma tarde se produjo un avance sustancioso cuando él la encontró de rodillas en el suelo, fregando el rellano de la escalera con cubo y bayeta, y ella aceptó una breve escaramuza que concluyó con la promesa de culminarla en la primera ocasión. Sin embargo, ni siquiera eso basta ahora para atraer a Raposo. Es demasiado pronto; si no para él —aunque los estragos de la mala vida empiecen a pasar factura, y la fatiga, ya que no el sueño, llegue cada vez más temprano—, sí para su estómago, su inquieta cabeza y los fantasmas que recuerda, o que genera. Así que, sin prisa, Raposo camina hacia donde sabe que su compadre Milot suele acabar cada jornada laboral: en alguno de los cabarets que abundan en torno a Les Halles, el corazón de los mercados de París.
Pasa la una de la madrugada. Por las calles mal iluminadas crece la animación a medida que Raposo se acerca a su destino. A tales horas, cada noche, cuatro o cinco mil campesinos llegan al centro de la ciudad por diferentes caminos, con mulas y carretas, trayendo desde una distancia de varias leguas verdura, legumbres, fruta, pescado, huevos: todo lo que, por la mañana, aprovisionará los mercados que nutren el vientre enorme de la ciudad. Por eso este lugar de la orilla derecha se encuentra más concurrido de noche que de día. Carros y animales obstruyen algunas calles. En la rue de Grenelle, más iluminada que otras, hay varias tabernas abiertas; y en los angostos callejones laterales, sumidos en sombras, se adivinan bultos de
mujeres que acechan a los transeúntes llamándolos con chasquidos de lengua.
—Coño, Pascual. Qué alegría verte por aquí.
En realidad Milot no ha dicho coño, sino parbleu; que es una manera de decir pardiez a la francesa. Pero a Raposo siempre le parecieron los juramentos y blasfemias demasiado suaves en lengua de Molière; de los que alivian poco. Muy alejados, por supuesto, de los sonoros voto a Dios y me cisco en Cristo con los que, sin ir más lejos, o yendo, un español de boca fácil se queda a gusto mientras echa fuera los diablos. Así que, en traducción libre, adapta el idioma gabacho a su manera.
—Tenía sed —responde Raposo.
—Estás en el sitio adecuado, compañero —el policía señala con el bastón de nudos un portal—. ¿Tinto o blanco?
—Déjate de mariconadas —se burla Raposo—. A esta hora, aguardiente.
Sabe que eso empeorará el ardor de estómago, pero le da igual. En su francés cuartelero ha utilizado la palabra emproseuries; que, comparada con las correspondientes en áspera lengua castellana, apenas tiene color: Laisse tomber avec tes emproseuries, ha dicho. Milot se echa a reír y lo conduce al cabaret, donde penetran hendiendo el humo de tabaco y el hedor a humanidad. Al ver entrar al policía, el tabernero deja libre una mesa y dos taburetes en un rincón, donde se acomodan.
—Eau-de-vie? —pregunta el tabernero, refiriéndose al aguardiente.
—Qué cojones agua de vida —sigue choteándose Raposo mientras se quita capote y calañés—. Agua que arde, hombre. Eau-qui-brûle, o como se diga. Con unos granos de pimienta, si puede ser.
—Te hacía durmiendo o jodiendo —comenta Milot cuando deja de soltar carcajadas.
—Cada cosa a su tiempo.
—¿Has ido tras tus pájaros?... Te dije que no hacía falta. Mi gente se encarga.
—Es igual. Me gusta echar yo mismo un vistazo, de vez en cuando.
—Pundonor profesional, llamo a eso.
—Llámalo precaución a secas. Por desconfiar, todavía no se ha muerto nadie.
Llegan la frasca de aguardiente y los vasos. Raposo huele la bebida, cauto, y luego la paladea con gusto. Es fuerte, y la pimienta ayuda a que
suba a la nariz. Se enjuaga la boca con un sorbo antes de tragarlo. Sin dolor, de momento.
—Según mis noticias —cuenta Milot—, siguen sin conseguir su Encyclopédie. Hay un librero del Louvre, un tal Cugnet, que ha prometido buscar para ellos; pero ya me encargaré de convencerlo para que no lo haga...
—De todas formas —opone Raposo—, por mucho que entorpezcamos, no puede descartarse que al final localicen una. Y tengo algunas ideas para eso.
—¿Por ejemplo?
—Necesitarán dinero para pagar; y el dinero se roba. La ciudad está infestada de desaprensivos.
Milot se pasa una mano por la calva y le guiña un ojo a Raposo.
—Eso dicen.
—También tendrían que transportarla de regreso, si llegan a hacerse con los libros, que son un montón. Supone muchos fardos; y pesados, además...
Sujetos a mil accidentes por esos caminos.
—Muy sujetos, sí.
—Pues ahí puede haber mil imprevistos.
—Desde luego. Y si permites un consejo policial, te sugiero una denuncia.
—¿De qué clase?... ¿Por libros prohibidos?
—No. A estas alturas, la Encyclopédie se la trae floja a todo el mundo.
Hasta el ministro de Policía tiene una. Necesitas algo más llamativo.
Un pescadero ebrio, que huele a su oficio, tropieza con Raposo al pasar.
Éste lo rechaza con violencia y el otro se revuelve, airado. Milot va a intervenir y alarga una mano hacia el bastón de nudos, pero es suficiente con un cruce de miradas. Tras observar brevemente a uno y otro, el pescadero agacha la cabeza y sigue su camino. Milot atisba con ojo profesional el bulto en un bolsillo de la casaca de su compadre.
—¿Sigues llevando ese pistolete tuyo de doble caño?
Raposo encoge los hombros.
—A ratos.
—Ya sabes que está prohibido en la ciudad.
—Sí —conviene el otro, indiferente—. Eso tengo entendido.
Beben en silencio mirando alrededor, a la gente que fuma, charla o dormita el vino.
—Cabe la posibilidad —dice Raposo al cabo de un momento— de meter a mis viajeros en algún embrollo con ese abate que los acompaña... ¿Qué te parece?
—Es una opción —admite Milot.
—Algo que los entretenga una temporada. Que permita confiscarles libros, papeles y equipajes.
—¿Por ejemplo?
Arruga el ceño Raposo, pensando. Se ayuda con un trago y vuelve a pensar.
—Espionaje —concluye—. Para una potencia extranjera.
Milot considera las posibilidades del asunto.
—Oye —sonríe al fin—. Eso es muy bueno.
—Puede. Pero hay un inconveniente: Francia y España son aliadas.
—¿Y qué?... Se les denuncia como espías ingleses, y asunto resuelto.
Lo piensa Raposo un poco más.
—¿Puedes ayudarme en eso?
—Pues claro. Es mi especialidad, compañero. Levantar falsos testimonios, previo pago de su importe.
Chocan los vasos mientras hace cálculos Raposo. Momentos, oportunidades. Ventajas e inconvenientes. La idea de ver a los honorables académicos acusados de espionaje le arranca una sonrisa malévola.
—¿Cuánto tiempo me garantizaría algo así? —pregunta al fin.
Milot compone un gesto ambiguo.
—Depende de cómo se muevan ellos. Del interés que se tome vuestra embajada.
—Bueno, son miembros de la Academia Española. Gente de respeto... Y
trajeron cartas de recomendación para el conde de Aranda.
—Entonces sería mejor jugársela fuera de aquí... Dos espías ingleses en cualquier pueblo del camino, figúrate. La ilusión que iba a hacer a los de allí. Entre el comisario que avisa al alcalde, o al revés, y el otro que pide instrucciones a París, y los interrogatorios... Mientras tanto, ese equipaje incautado, indefenso...
—En manos de cualquier desalmado que pueda hacerse con él o destruirlo —concluye Raposo, siguiéndole la idea.
—Ahí le diste, compañero.
—¿Parece razonable?
—Sí. Bastante. La guerra con Inglaterra facilita esa clase de cosas...
¿Pido más agua-que-arde?
La piden. Llega una segunda frasca y beben de nuevo. El estómago de Raposo sigue sin dar señales de protesta. Saca éste el reloj del chaleco y consulta la hora. Todavía es pronto, comprueba, para dormir como él desea.
Después de todo, el cabaret no está mal, Milot resulta un buen camarada y la bebida es buena. Y de momento, indolora.
—¿Cuánto hace que dejaste el ejército? —se interesa el policía, que lo observa con curiosidad.
—Dieciocho años.
—¿Y tu última campaña?
—Contra los ingleses, en Portugal.
Tuerce Milot la boca.
—¿Y por qué lo dejaste?... ¿No era buena vida, la de soldado de caballería?
—No era mala.
Se ha ensombrecido Raposo, y el otro se percata.
—Oye, disculpa. Puede que no te guste hablar de eso.
—No me importa hablar.
Raposo se echa hacia atrás, apoyando la espalda en la pared. Mira el vaso de aguardiente y bebe otro trago. Ahora sí nota el alcohol escocerle dentro.
Un poco.
—¿Has oído hablar del desfiladero de La Guardia?
—En mi puta vida.
—Pues fue allí, en el camino de Lisboa... Los ingleses y los portugueses se defendían bien. Estábamos cansados y con bajas, y nos tuvieron un buen rato esperando formados, inmóviles y al descubierto, con la artillería enemiga arrimándonos candela todo el tiempo...
—¿Muchos muertos? —se interesa Milot.
—Los suficientes para jiñarte en Dios y en la madre que lo parió.
—Entiendo.
Raposo desgrana ahora con lentitud las palabras. Su voz suena opaca, o tal vez indiferente.
—Después de un par de horas así —continúa tras un corto silencio—
llegó la orden de atacar... Una granada había dejado listo de papeles a nuestro jefe de escuadrón, así que tomó el mando el teniente: un tipo mayor, chusquero... ¿Cómo lo decís aquí?
—Ancien? Vétéran?... ¿Procedente de la tropa?
—Sí, eso. Chusquero. Con mala suerte en los ascensos, bigotes grises y cara de cansancio... Había estado tragándose toda aquella mierda con nosotros, sobre su caballo, al frente de la formación. Oyéndonos protestar y blasfemar... Sabía cómo respirábamos.
Raposo calla un momento mientras se frota el estómago. Por unos instantes ha estado mirando el vacío, cual si en él se recrearan de nuevo, ante sus ojos, los detalles del recuerdo que narra. Y ahora se vuelve a Milot casi con sorpresa, o con gesto de duda. Se diría que de pronto le extraña verlo allí, a su lado, entre el humo y las voces de la taberna.
—Al fin —prosigue tras un instante— llegó un batidor con la orden. El teniente sacó el sable, dijo: «Listos para cargar» y nos puso al paso. Lo seguimos con la rienda floja, de mala gana. Seguían cayendo granadas.
Cuando gritó: «Al trote», empezamos a pararnos. Y cuando ordenó la carga, ni uno de los que estábamos en la formación se movió. Nos quedamos quietos, tirando de las riendas, mientras el teniente se lanzaba al galope con el sable apuntando al desfiladero... Sabía que no íbamos a irle detrás, pero cabalgó hasta perderse de vista. Ni siquiera se volvió a mirarnos... Sólo lo siguió un corneta joven como de quince años, soplando el cobre, y lo último que vimos fue la nubecilla de polvo de los dos caballos y aquel absurdo toque de corneta que se alejaba, hasta que cesó de pronto.
—¿Y eso fue todo? —pregunta el policía tras un momento de silencio.
Aunque asiente despacio, Raposo tarda un poco en responder. El estómago empieza a dolerle en serio.
—Eso fue todo —dice al fin—. Nunca volvimos a verlos. El escuadrón fue disuelto, se fusiló a los sargentos, y a los demás nos mandaron cuatro años al presidio de Ceuta.
—Joder —Milot tiene la boca abierta de estupor—. Eso no lo sabía, compañero.
Raposo se pone en pie.
—Pues ahora ya lo sabes.
Un poco más tarde, Pascual Raposo recorre la rue de la Chaussetterie. El aceite del alumbrado público se extinguió hace rato, y la luz artificial se reduce a una breve claridad naranja en torno a las mechas que humean tras el vidrio de los faroles colgados de sus poleas. Con paso algo vacilante, embozado en su capote y calado el sombrero hasta los ojos, el antiguo soldado de caballería camina a la sombra de las casas, como un criminal.
Sobre él gravita la noche, que añade sombras extrañas a la noche misma. El aguardiente y la conversación de hace un rato le han fijado en la cabeza imágenes antiguas, recuerdos que rinden ahora mal servicio. Y entre ellos flota uno especialmente incómodo: el rostro cansado y los bigotes grises de aquel teniente, de nombre olvidado, que hace dieciocho años cargó, seguido sólo por un corneta, en el desfiladero de La Guardia.
No es, para ser exactos, remordimiento lo que agita el espíritu de Raposo.
Sería demasiado pintoresco, en su caso. Igual que la mayor parte de los seres humanos, los individuos como él encuentran con facilidad justificaciones para cada uno de los actos de su vida, por crudos o miserables que sean; y raro es quien arrastra consigo más fantasmas de los que le conviene soportar. El suyo, esta noche, es más bien un recuerdo melancólico: una incómoda certeza de tiempo pasado y distancia irreparable. Quizá, también, de ocasiones perdidas. Al recordar el rostro de aquel oficial mientras sacaba el sable de la vaina y gritaba órdenes sabiendo que nadie las iba a cumplir, picando luego espuelas sin volverse a mirar atrás, Raposo se entristece más por lo que en otro tiempo pudo ser y no fue, que por otra cosa. Por sí mismo, en realidad. Por el hombre que en él dejó de existir, o de ser posible, apenas tiró de la rienda de su caballo, deteniéndolo como todos los otros, frente a aquel polvoriento desfiladero portugués. Es la suya, en fin, una melancolía tocante a su propia juventud, al tiempo transcurrido. A quienes pasaron por su lado sin que él retuviese de ellos lo que, tal vez, habría podido ayudarlo a dormir mejor en horas como ésta.
Un bulto que se destaca de la oscuridad. Un chasquido de lengua que detiene la mano que ya se introducía bajo el capote, en un bolsillo de la casaca, buscando la pistola. La puta ha salido de las sombras, situándose en el escaso contraluz del farol mortecino que tiene detrás. Lleva un corpiño de
rayas rojas y blancas, y apenas puede vérsele el rostro, aunque las formas parecen correctas.
—Venga a pasar un buen rato, señor —dice con descaro profesional.
—¿Dónde? —inquiere Raposo.
—Tengo un sitio aquí cerca: cinco francos yo, seis sueldos una cama con sábanas... ¿Le va bien?
—Tengo prisa.
La mujer señala un callejón oscuro. Parece cansada.
—Pues lo hacemos ahí mismo.
Duda Raposo, frotándose el estómago dolorido. Llevarse una sífilis como recuerdo de París no es el objeto de su vida.
—¿Tienes protección?
—¿Cómo?
—Vainas protectoras. Preservativos... Tripa de oveja, vamos.
—Se me han acabado.
—Ya.
La puta se acerca un poco más. No lleva sombrero, y ahora Raposo puede verla un poco mejor. Parece joven. Huele a sudor y a vino mezclados con un perfume violento y barato. A hombres que esta misma noche ya pasaron por ahí.
—Me lo puede hacer por detrás si lo prefiere, señor.
—Sin vaina de protección, me da igual por detrás que por delante.
—¿Y con la boca?
Lo piensa un momento Raposo. Con cierto interés. Teniendo en cuenta que no es ésa una variedad del asunto que practiquen las putas españolas —
son más de misa y rosario, y sus confesores lo prohíben—, la propuesta parece tentadora. Pero al fin menea la cabeza.
—No, déjalo.
—Tres francos.
—Te he dicho que no.
Mientras se aleja, escucha a la mujer insultarlo en voz baja. Salaud de merde, dice, o algo parecido. El tono vale para cualquier idioma. Y algo más allá, abierto el capote, Raposo alivia la vejiga orinando sobre un montón de ladrillos rotos, en un callejón corto y estrecho cuyas sombras, atenuadas por un ápice de luna creciente que en ese momento penetra entre dos aleros, permiten distinguir montones de basura; y también, en el
instante en que Raposo se abotona el calzón, los ojos rojizos, brillantes y malignos de una rata que lo observa. Aquélla es casi tan grande como un gato, y está inmóvil, mirándolo con fijeza, replegada en sí misma mientras espera pasar inadvertida. Raposo la contempla un momento, y después se agacha despacio para coger uno de los trozos de ladrillo. La rata parece adivinar la intención, pues emite un chillido de miedo y amenaza que hace sonreír, cruel, al hombre que la observa alzando la mano con el ladrillo.
Una rata acorralada en un callejón, entre basura. Perfecta imagen del mundo, piensa Raposo mientras le arroja el trozo de ladrillo.
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