Hyperion 02 - La caída de Hyperion

Dan Simmons · Capítulo 35 de 48

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Hyperion 02 - La caída de Hyperion

Capítulo 35

–¿Pero desde qué retrocedió? – murmuró Duré.El Dios de Teilhard, el Dios de la Iglesia, nuestro Dios, sería el Punto Omega en quien el Cristo de la Evolución, lo Personal y lo Universal, lo que Teilhard llamaba el En Haut y el En Avant, están perfectamente unidos. Nada podría obligar a ningún elemento de esa deidad a huir. Ningún Anticristo, ningún poder satánico ni teórico, ningún «contra Dios» podría amenazar a semejante conciencia universal. ¿Qué sería ese otro Dios?

–¿El Dios de las máquinas? – murmuré con un hilo de voz.

Monseñor Edouard unió las manos en lo que me pareció una preparación para la plegaria, pero resultó ser un gesto de profunda cavilación y aún más profunda agitación.

–Pero Cristo tuvo dudas -dijo-. Cristo sudó sangre en el jardín y pidió que le apartaran ese cáliz. Si había pendiente un segundo sacrificio, algo aún más terrible que la crucifixión, la entidad Cristo de la Trinidad hubiera podido atravesar el tiempo, internándose en un Getsemaní tetradimensional para ganar unas horas, unos años, tiempo para pensar.

–Algo más terrible que la crucifixión -repitió Duré en un susurro ronco.

Monseñor Edouard y yo miramos al sacerdote. Duré se había crucificado en un árbol tesla de alto voltaje en Hyperion para no sucumbir al control del parásito cruciforme. A través de la aptitud de resurrección de esa criatura, Duré había sufrido muchas veces el suplicio de la crucifixión y la electrocución.

–Aquello de lo cual huye la conciencia En Haut -susurró Duré- es algo atroz.

Monseñor Edouard tocó el hombro de su amigo.

–Paul, cuéntale a este hombre tu viaje hasta aquí.

Duré regresó del lugar distante adonde lo habían llevado sus recuerdos y se volvió hacia mí.

–¿Conoce usted todas nuestras historias y los detalles de nuestra estancia en el Valle de las Tumbas de Hyperion?

–Eso creo. Hasta el momento en que usted desapareció.

El sacerdote suspiró y se tocó la frente con dedos largos y trémulos.

–Entonces -convino- quizás usted pueda comprender cómo llegué hasta aquí y lo que vi en el camino.

35

–Vi una luz en la tercera Tumba Cavernosa -refirió el padre Duré-.

Entré. Confieso que la idea del suicidio me había cruzado la mente, lo que quedó de mi mente después que el cruciforme me reprodujera. No dignificaré la función de ese parásito diciendo que me resucitó…

»Distinguí una luz y pensé que era el Alcaudón. Yo ansiaba un segundo encuentro con aquella criatura (el primero ocurrió años atrás en el laberinto de la Grieta, cuando el Alcaudón me ungió con mi diabólico cruciforme).

»Cuando buscamos al coronel Kassad el día anterior, esta tumba era corta y despojada, y una lisa pared de roca nos detuvo a los treinta pasos.

Ahora, en vez de pared, había una talla semejante a la boca del Alcaudón, una pétrea fusión de lo mecánico y lo orgánico, estalactitas y estalagmitas afiladas como dientes de carbonato de calcio.

»Por la boca descendía una escalera de piedra. De esas profundidades brotaba una luz, ora blanca y pálida, ora oscura y rojiza. Sólo se oía el suspiro del viento, como si la roca respirase.

»No soy Dante. No buscaba a mi Beatriz. Mi breve arranque de volar (aunque fatalismo es el término más apropiado) se había disipado al dejar atrás la luz del día. Di media vuelta y corrí hacia la entrada de la caverna.

»No había abertura. El pasaje terminaba allí. Yo no había oído ningún derrumbe ni alud, y además la roca donde se hallaba la entrada parecía tan antigua como el resto de la caverna. Durante media hora busqué otra salida y no la encontré. Me negaba a regresar a la escalera y al fin me senté varias horas donde había estado la entrada de la caverna. Otro truco del Alcaudón.

Otro burdo alarde de escenografía de ese planeta perverso. Una broma de Hyperion.

»Al cabo de varias horas de permanecer sentado en la penumbra, mirando la silenciosa palpitación de aquella luz en el extremo de la caverna, comprendí que el Alcaudón no iría a buscarme allí. La entrada no reaparecería por arte de magia. Podía quedarme allí hasta morir de inanición, pues ya estaba deshidratado, o bajar por aquella maldita escalera.

»Bajé.

»Años atrás, vidas atrás, literalmente, cuando visité a los bikura cerca de la Grieta de la Meseta del Piñón, el laberinto donde había encontrado al Alcaudón estaba tres kilómetros por debajo de la pared del desfiladero. Eso era cerca de la superficie, la mayoría de los laberintos de la mayoría de los mundos laberínticos están por lo menos diez kilómetros por debajo de la

corteza. Yo no albergaba dudas de que aquella escalera interminable, una espiral abrupta con escalones lo bastante anchos como para que diez sacerdotes descendieran al infierno cogidos del brazo, terminaría en el laberinto. Allí el Alcaudón me había maldecido con la inmortalidad. Si la criatura o el poder que lo conducía tenía algún sentido de la ironía, sería adecuado que tanto mi inmortalidad como mi vida mortal terminaran allí.

»La escalera descendía, la luz cobraba brillo… ahora un fulgor rosado; diez minutos después, un rojo espeso, media hora más tarde, un carmesí fluctuante. Era una escenificación demasiado dantesca para mí gusto, propia del fundamentalismo barato. Casi me eché a reír al pensar en la aparición de un diablillo con cola, tridente y pezuñas hendidas, agitando un fino bigotillo.

»Pero no reí cuando alcancé las profundidades, donde la causa de la luz se volvió evidente: cruciformes, cientos y miles, pequeños al principio, adheridos a las ásperas paredes de la escalera como toscas cruces dejadas por frailes subterráneos; luego más grandes, hasta que muchos casi se superponían, coralinos, carnosos, sanguinolentos, bioluminiscentes.

»Sentí náuseas. Era como entrar en un conducto plagado de sanguijuelas, o algo aún peor. Yo había visto el escáner médico y las imágenes internas de mi cuerpo con sólo una de aquellas cosas sobre mí: ganglios que se me infiltraban en las carnes y los órganos como fibras grises, vainas de filamentos sinuosos, racimos de nemátodos como terribles tumores que ni siquiera otorgan la misericordia de la muerte. Ahora yo llevaba dos: el de Lenar Hoyt y el mío. Prefería morir antes que padecer otro.

»Continué el descenso. Las paredes palpitaban con un calor y una luminosidad que quizá procedieran de las profundidades o del apiñamiento de miles de cruciformes. Por fin llegué al escalón inferior, la escalera terminó, doblé un último recodo y estuve allí.

»El laberinto. Se extendía tal como lo había visto en muchos holos y una vez en persona: túneles lisos, treinta metros de anchura, tallados en la corteza de Hyperion ochocientos mil años atrás, entrecruzando el planeta como catacumbas diseñadas por un ingeniero demente. Hay laberintos en nueve mundos, cinco de ellos en la Red, el resto, como éste, en el Afuera: todos son idénticos, todos fueron cavados en la misma época del pasado, ninguno brinda claves sobre la razón de su existencia. Abundan leyendas

acerca de los Constructores de Laberintos, pero los míticos ingenieros no dejaron artefactos, ningún indicio acerca de sus métodos ni su configuración, y ninguna teoría ofrece una explicación sensata respecto a uno de los mayores proyectos de ingeniería de la galaxia.

»Todos los laberintos están desiertos. Nuestras sondas han explorado millones de kilómetros de corredores tallados en la piedra, y son lisos y desnudos excepto en los sitios donde el tiempo y los derrumbes han alterado las catacumbas originales.

»Pero no donde yo estaba ahora.

»Los cruciformes alumbraban una escena digna de El Bosco mientras yo miraba el interminable corredor; interminable pero no vacío. Oh no.

»Al principio se me ocurrió que eran multitudes de personas vivas, un río de cabezas, hombros y brazos que se extendía por kilómetros, la corriente humana interrumpida aquí y allá por vehículos aparcados de color rojo óxido. Al avanzar y acercarme a la pared de seres humanos apiñados, comprendí que eran cadáveres. Cientos de miles de cadáveres humanos cubrían el pasillo hasta donde alcanzaba mi vista; algunos despatarrados en el suelo de piedra, otros aplastados contra las paredes, otros elevados por la presión de otros cadáveres, tan abarrotados estaban en ese tramo del laberinto.

»Un sendero se internaba entre los cuerpos como abierto por una máquina cortante. Lo seguí, tratando de no tocar los brazos extendidos ni los tobillos deformes.

»Los cuerpos eran humanos y la mayoría estaban vestidos, momificados por siglos de lenta descomposición en aquella cripta sin bacterias. La piel y la carne, curtidas, estiradas y desgarradas como estopilla podrida, cubrían apenas el hueso, y a menudo ni siquiera eso. Los cabellos, rígidos como fibroplástico gastado, parecían tentáculos de alquitrán polvoriento. Las órbitas y las bocas eran pozos de negrura. La ropa, que otrora debía de ofrecer miles de colores, era parda, gris y negra, quebradiza como los atuendos esculpidos en piedra fina. Los bultos de plástico derretido que llevaban en la muñeca y el cuello debían de ser comlogs o sus equivalentes.

»Los grandes vehículos habrían sido VEM, pero ahora se habían convertido en montículos de óxido. A cien metros tropecé y para no caer entre los cadáveres, me apoyé en una máquina alta y abollada, con las ampollas turbias. La pila de óxido se derrumbó.

»Vagué, sin mi Virgilio, siguiendo el terrible sendero trazado en la putrefacta carne humana, preguntándome por qué me mostraban todo esto, qué significaba. Al cabo de mucho tiempo de caminar, de tambalearme entre pilas de desechos humanos, llegué a una intersección de túneles; los tres pasillos estaban cubiertos de cadáveres. La senda se internaba en el laberinto de la izquierda. La seguí.

»Horas después me detuve y me senté en la estrecha vereda de piedra que serpeaba en medio de aquel espanto. Si había decenas de miles de cadáveres en ese pequeño tramo, el laberinto de Hyperion debía de contener miles de millones. Más. Los nueve mundos laberínticos debían de ser una cripta para millones.

»Ignoraba por qué me mostraban esa Dachau del alma. Cerca de mí, el cadáver momificado de un hombre aún protegía el cadáver de una mujer con la curva de un brazo descarnado. Ella abrazaba un pequeño bulto de pelo corto y negro. Desvié la mirada y rompí a llorar.

»Como arqueólogo había exhumado víctimas de ejecuciones, incendios, terremotos y erupciones. Esas escenas no me resultaban nuevas, constituían el sine qua non de la historia. Pero esto era más terrible. Tal vez era la cantidad, ese holocausto de millones. Tal vez era el sobrecogedor fulgor de los cruciformes que bordeaban los túneles como bromas blasfemas. Tal vez era el gemido del viento a través de incesantes corredores de piedra.

»Mi vida, mis enseñanzas, mis sufrimientos, mis pequeñas victorias e incontables derrotas me habían conducido allí: más allá de la fe, más allá del afecto, más allá del simple desafío miltoniano. Intuía que aquellos cuerpos habían estado allí medio millón de años o más, pero que esas gentes eran de nuestra época o, peor aún, nuestro futuro. Hundí la cara en las manos y lloré.

»Ningún ruido ni arañazo me advirtió, pero algo, tal vez un movimiento del aire… Alcé los ojos y vi al Alcaudón a menos de dos metros. No en el sendero, sino entre los cadáveres: una escultura que honraba al arquitecto de aquella carnicería.

»Me levanté. No podía permanecer sentado ni de rodillas ante esa abominación.

»El Alcaudón avanzó hacia mí, deslizándose más que caminando, patinando como sobre rieles sin fricción. La luz sangrienta de los

cruciformes se derramaba sobre el caparazón de mercurio. Una sonrisa eterna, imposible: estalactitas y estalagmitas de acero.

»No sentí odio. Sólo tristeza y una agobiante piedad. No por el Alcaudón, fuera lo que fuese, sino por todas las víctimas que, a solas y sin el consuelo de la fe, habían debido afrontar aquella pesadilla nocturna.

»Por primera vez advertí que, de cerca, a menos de un metro, un olor rodeaba el Alcaudón, un tufo de aceite rancio, engranajes recalentados y sangre seca. Las llamas de los ojos palpitaban siguiendo el ritmo del fulgor del cruciforme.

»Años atrás yo no creía que esa criatura fuera sobrenatural, una manifestación del bien o del mal, tan sólo una aberración surgida de designios insondables y aparentemente insensatos del universo: una terrible broma de la evolución. La peor pesadilla de san Teilhard, pero aun así una cosa que obedecía leyes naturales por rebuscadas que fuesen, y se sometía a las reglas del universo, en algún lugar, en algún tiempo.

»El Alcaudón extendió los brazos. Las hojas de las cuatro muñecas eran mucho más largas que mis manos; la hoja del pecho era más larga que mi antebrazo. Escruté esos ojos mientras un par de brazos afilados y acerados me rodeaban y el otro par descendía despacio, avanzando por el pequeño espacio que nos separaba.

»Desplegó las hojas de los dedos. Me estremecí, pero no retrocedí cuando las hojas se me hundieron en el pecho, y me causaron un dolor semejante a un fuego helado, como láseres quirúrgicos que cercenaran nervios.

»El Alcaudón retrocedió, sosteniendo algo rojo, enrojecido aún más por mi sangre. Me tambaleé y temí ver mi corazón en las manos del monstruo: la ironía de un muerto que observa sorprendido su propio corazón segundos antes que la sangre abandone un cerebro incrédulo.

»Pero no era mi corazón. El Alcaudón sostenía el cruciforme que yo había llevado en el pecho, mi cruciforme, el depósito parasitario de mi ADN. Me tambaleé de nuevo, me toqué el pecho. Los dedos se me empaparon de sangre, pero no con los chorros arteriales que debían resultar de semejante cirugía; la herida sanaba a ojos vistas.»

Yo sabía que el cruciforme había extendido nódulos y filamentos por mi cuerpo. Sabía que ningún láser quirúrgico había podido arrancar esas lianas mortíferas del cuerpo del padre Hoyt ni del mío. Pero sentí que la infección

sanaba, que las fibras internas morían y se reducían a un borroso tejido cicatrical interno.

»Aún tenía el cruciforme de Hoyt. Pero eso era diferente. Cuando yo muriese, Lenar Hoyt se levantaría de estas carnes reformadas. Yo moriría.

Ya no habría más pobres duplicados de Paul Duré, más imbécil y menos vital con cada regeneración artificial.

»El Alcaudón me había dado la muerte sin matarme.

»La cosa lanzó el cruciforme frío entre las pilas de cadáveres y me cogió el brazo, cortando sin esfuerzo tres capas de tejido. Me brotó sangre de los bíceps ante un leve contacto con aquellos escalpelos.

»Me condujo hacia la pared a través de los cadáveres. Lo seguí, tratando de no pisar los cuerpos pero, en mi afán de no sufrir cortaduras, no siempre tuve éxito. Los cuerpos se deshacían. Mi huella quedó impresa en la cavidad desmigajada de un pecho.

»Luego llegamos a la pared, un tramo repentinamente despojado de cruciformes, y comprendí que era una abertura con un escudo de energía.

Por el tamaño y la forma, no parecía un portal teleyector estándar, pero el sordo bordoneo era similar. Cualquier cosa con tal de salir de aquél depósito de muerte.»El Alcaudón me empujó.

–Gravedad cero. Un laberinto de compuertas astilladas, marañas de cables flotando como tripas de una criatura gigantesca, relampagueo de luces rojas… Por un instante pensé que allí también había cruciformes, pero luego comprendí que eran las luces de emergencia de una nave espacial moribunda. Retrocedí y rodé en la incómoda ausencia de gravedad mientras pasaban más cadáveres: no momias, sino carne fresca, recién muerta, bocas abiertas, ojos distendidos, pulmones reventados, estelas de coágulos que simulaban la vida en su lenta reacción necrótica a cada ráfaga de aire y cada movimiento de la destrozada nave de FUERZA.

»En efecto, era una nave de FUERZA Vi los uniformes de los cadáveres. Vi las inscripciones en jerga militar de las mamparas y las compuertas destrozadas, las inútiles instrucciones en las aún más inútiles cabinas de emergencia, donde los trajes cutáneos y las esferas de presión desinfladas se apilaban sobre estantes. Lo que había destruido esta nave había sido contundente como una peste nocturna.

»El Alcaudón apareció junto a mí.

¡El Alcaudón… en el espacio! ¡Libre de Hyperion y los límites de las mareas de tiempo! ¡Había teleyectores en muchas de esas naves!

»Había un portal a cinco metros. Un cuerpo se desplazó hacia allí y el brazo derecho del hombre atravesó el opaco campo como si probara el agua del mundo del otro lado. El aire gemía por el pasillo con un silbido creciente. ¡Lárgate!, le dije al cadáver, pero la diferencia de presión lo alejó del portal, el brazo intacto, recobrado, aunque el rostro era una máscara de anatomista.

»Me volví hacia el Alcaudón, y el movimiento me hizo girar media vuelta en dirección contraria.

»El Alcaudón me alzó, rasgándome la piel, y enfiló hacia el teleyector.

Yo no podría haber cambiado de trayectoria aunque lo deseara. Poco antes de atravesar el zumbido del portal, imaginé el vacío del otro lado, caídas desde grandes alturas, una descompresión explosiva o -peor aún- un retorno al laberinto.

»En cambio, caí en un suelo de mármol. Aquí, a doscientos metros de este lugar, en los aposentos privados del papa Urbano XVI, quien había muerto de vejez tres horas antes de que yo atravesara su teleyector privado.

El Nuevo Vaticano lo llama la «Puerta del Papa». Sentí el dolor de la lejanía de Hyperion, la lejanía de los cruciformes, pero el dolor es ahora un viejo aliado y ya no me intimida.

»Encontré a Edouard. Él tuvo la amabilidad de escucharme durante horas mientras yo le contaba algo que ningún jesuita debió confesar jamás.

Tuvo incluso la amabilidad de creerme. Ahora usted la ha oído. Ésta es mi historia.

La tormenta había amainado. Los tres permanecimos en silencio a la tenue luz de las velas bajo la cúpula de San Pedro.

–El Alcaudón tiene acceso a la Red -dije al fin. – Sí -respondió Duré con mirada firme.

–Debía de ser una nave en el espacio de Hyperion… -Eso parecía.

–Entonces, quizá podamos regresar allí si usamos la Puerta del Papa para regresar al espacio de Hyperion. Monseñor Edoward enarcó una ceja. –

¿Desea usted hacerlo, Severn? Me mordí un nudillo.

–He pensado en ello.

–¿Por qué? – murmuró monseñor-. El gemelo de usted, el cíbrido que Brawne Lamia llevaba en su peregrinación, sólo encontró la muerte allí.

Sacudí la cabeza como para aclararme los pensamientos.

–Formo parte de esto. No sé qué papel desempeño, ni dónde desempeñarlo.

Paul Duré rió sin humor.

–Todos nosotros hemos conocido esa sensación. Es como un tratado acerca de la predestinación escrito por un dramaturgo sin talento. ¿Qué ha ocurrido con el libre albedrío?

Monseñor miró severamente a su amigo.

–Paul, entre todos los peregrinos, tú te has enfrentado a opciones que has realizado por propia voluntad. Grandes poderes pueden modelar el curso general de los acontecimientos, pero las personalidades humanas aún determinan su propio destino.

–Tal vez, Eduoard -suspiró Duré-. No lo sé. Estoy muy cansado.

–Si la historia de Ummon es cierta… -intervine-. Si un tercio de esa deidad humana huyó a nuestro tiempo, ¿dónde puede estar y quién puede ser? Hay más de cien mil millones de seres humanos en la Red.

El padre Duré sonrió. Era una sonrisa afable, desprovista de ironía.

–¿Ha pensado que podría ser usted, Severn?

La pregunta me golpeó como una bofetada.

–Imposible -repliqué-. Ni siquiera soy plenamente humano. Mi conciencia flota en alguna parte de la matriz del Núcleo. Mi cuerpo fue reconstruido a partir de vestigios del ADN de John Keats y biofacturado como el de un androide. Los recuerdos son implantados. El final de mi vida y mi «recuperación» después de la tuberculosis, se simularon en un mundo construido para ese propósito.

Duré aún sonreía.

–¿Y bien? ¿Qué impide que usted sea esa entidad Empatía?

–No me siento como parte de un dios -repliqué-. No recuerdo nada, no entiendo nada, no sé cómo actuar.

Monseñor Edouard me tocó la muñeca.

–¿Pero, estamos seguros de que Cristo supiera siempre cómo actuar?

Sabía qué se debía hacer, No es lo mismo.

Me froté los ojos.

–Ni siquiera sé qué se debe hacer.

–Paul insinúa -acotó monseñor en voz baja- que si la criatura que usted menciona se oculta en nuestra época, es posible que desconozca su

identidad. – Eso es demencial -espeté. Duré asintió.

–Muchos de los acontecimientos relacionados con Hyperion parecen demenciales. La demencia parece estar propagándose.

Miré al jesuita fijamente.

–Usted sería buen candidato para ser deidad -observé-. Ha vivido una vida de plegarias, estudiando diversas teologías, honrando la ciencia como arqueólogo. Además, ya estuvo crucificado.

Duré dejó de sonreír.

–¿Oye usted lo que está diciendo? ¿Comprende la blasfemia de esas palabras? No soy candidato para ser Dios, Severn. He traicionado a mi Iglesia, mi ciencia y ahora, al desaparecer, a mis amigos de la peregrinación. Tal vez Cristo perdiera la fe momentáneamente, pero no la vendió en la plaza pública por las bagatelas del egocentrismo y la curiosidad.

–Ya basta -ordenó monseñor Edouard-. Si el misterio radica en la identidad de esta Empatía, parte de una deidad manufacturada del futuro, pensemos en los candidatos del elenco de este pequeño drama religioso, Severn. La FEM Gladstone, que carga con el peso de la Hegemonía.

Los demás peregrinos: Silenus, quien, según lo que usted contó a Paul, ahora mismo sufre por su poesía en el árbol del Alcaudón. Lamia, quien ha arriesgado y perdido tanto por amor. Weintraub, que ha sufrido el dilema de Abraham; incluso su hija, quien ha regresado a la inocencia de la niñez. El cónsul, quien…

–El cónsul parece más judas que Cristo -observé-. Traicionó no sólo a la Hegemonía sino a los éxters, quienes estaban convencidos de que él trabajaba para ellos.

–Por lo que me cuenta Paul -replicó monseñor-, el cónsul fue fiel a sus convicciones, leal a la memoria de su abuela Siri. – El anciano sonrió-.

Además, hay miles de millones de actores en esta obra. Dios no escogió a Herodes, Poncio Pilato ni al César como Su instrumento. Escogió al hijo desconocido de un carpintero desconocido en uno de los confines menos importantes del Imperio Romano.

–De acuerdo -accedí. Me levanté y eché a andar ante el refulgente mosaico que había frente al altar-. ¿Qué hacemos ahora? Padre Duré, es preciso que me acompañe a ver a Gladstone. Ella tiene noticias de su

peregrinación. Tal vez la historia de usted pueda contribuir a impedir el baño de sangre que tan inminente parece.

Duré también se levantó, se cruzó de brazos y escudriñó la cúpula, como si la oscuridad le reservara instrucciones.

–He pensado en ello -dijo-. Pero no creo que sea mi primera obligación.

Debo ir a Bosquecillo de Dios para hablar con el equivalente de nuestro papa… la Verdadera Voz del Arbolmundo.

Me detuve en seco.

–¿Bosquecillo de Dios? ¿A qué viene eso?

–Creo que los templarios son la clave de un elemento que falta en esta dolorosa adivinanza. Ahora usted dice que Het Masteen ha muerto. Quizá la Verdadera Voz pueda explicarnos qué pretendían con esta peregrinación…, la narración de Masteen, como quien dice. A fin de cuentas, fue el único de los siete peregrinos originales que no reveló por qué iba a Hyperion.

Eché a andar de nuevo, a paso más rápido, tratando de contener mi furia.

–Por Dios, Duré. No tenemos tiempo para satisfacer nuestra curiosidad.

Falta sólo… -consulté mi implante- una hora y media para que el enjambre éxter penetre en el sistema de Bosquecillo de Dios. Será el caos.

–Quizá -concedió el jesuita-, pero aun así deseo ir primero allí. Luego hablaré con Gladstone. Tal vez ella autorice mi retorno a Hyperion.

Resoplé mientras pensaba que la FEM jamás permitiría que tan valioso informador corriera tanto peligro.

–En marcha -dije, y busqué la salida.

–Un momento -me detuvo Duré-. Hace un rato usted dijo que a veces podía «soñar» con los peregrinos aun estando despierto. Una especie de trance, ¿no es cierto?

–Algo parecido.

–Bien, Severn. Por favor, sueñe con ellos ahora. Lo miré, estupefacto.

–¿Aquí? ¿Ahora? Duré señaló su silla.

–Por favor. Deseo conocer el destino de mis amigos.

Además, la información podría resultar valiosa en nuestra conversación con la Verdadera Voz y con Gladstone. Sacudí la cabeza pero me senté. –

Tal vez no funcione -aduje.

–Entonces no habremos perdido nada -replicó Duré.

Asentí, cerré los ojos, me recliné en la incómoda silla.