Hyperion 02 - La caída de Hyperion

Dan Simmons · Capítulo 37 de 48

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Hyperion 02 - La caída de Hyperion

Capítulo 36

Parpadeé y abrí los ojos, desorientado al hallarme en el inmenso y oscuro espacio de la Basílica de San Pedro. Pacem. Monseñor Edouard y el padre Paul Duré me miraban con intensidad bajo la tenue luz de las velas.

–¿Cuánto tiempo he estado dormido? – Tenía la sensación de que habían transcurrido segundos. El sueño era como el aleteo de imágenes que se nos aparecen poco antes de dormirnos profundamente.

–Diez minutos -responde monseñor-. ¿Puede decirnos qué vio?

No encontré ninguna razón para hacerlo. Al terminar de referirles la historia, monseñor Edouard se persignó.

–Mon Dieu, el embajador del TecnoNúcleo aconseja a Gladstone que envíe gente a esos túneles.

Duré me tocó el hombro.

–Cuando haya hablado con la Verdadera Voz del Arbolmundo en Bosquecillo de Dios, me reuniré con usted en TC2. Tenemos que informar a Gladstone de que esa decisión es descabellada.

Asentí. Ya no ansiaba acompañar a Duré a Bosquecillo de Dios ni trasladarme a Hyperion.

–De acuerdo. Partamos de inmediato. ¿La Puerta del Papa puede trasladarme a Centro Tau Ceti?

Monseñor se levantó, asintió, se desperezó. De pronto comprendí que era un hombre muy anciano que no había recibido ningún tratamiento Poulsen.

–Tiene acceso prioritario -señaló. Se volvió hacia Duré-. Paul, sabes que te acompañaría si pudiera. Las exequias de Su Santidad, la elección de un nuevo Santo Padre… -Monseñor Edouard resopló-. Resulta extraño, pero los imperativos cotidianos persisten aun frente al desastre colectivo. A fin de cuentas, faltan menos de diez días estándar para que los bárbaros lleguen a Pacem.

La alta frente de Duré brillaba bajo las velas.

–La tarea de la Iglesia trasciende los imperativos cotidianos, amigo mío.

Haré una breve visita al mundo templario y luego acompañaré al señor Severn en su labor de convencer a la FEM de que no escuche al Núcleo.

Luego regresaré, Edouard, y trataremos de encontrar la lógica de esta confusa herejía.

Los seguí a ambos. Salimos por una puerta lateral que conducía a un pasaje detrás de las altas columnas, atravesamos un patio abierto -la lluvia había cedido y el aire era fresco-, bajamos una escalera y entramos en un túnel estrecho que se internaba en los aposentos papales.

Los miembros de la Guardia Suiza se cuadraron cuando entramos en la antesala; eran hombres altos vestidos con coraza y pantalones a rayas amarillas y azules, aunque sus alabardas ceremoniales también eran armas energéticas estilo FUERZA Uno de ellos se adelantó para hablar con monseñor.

–Alguien acaba de llegar al términex principal y desea ver al señor Severn.

–¿A mí? – Sonaban voces en otras habitaciones, el melodioso vaivén de plegarias repetidas. Supuse que se relacionaba con los funerales del papa.

–Sí, un tal Hunt. Dice que es urgente.

–Dentro de un minuto lo habría visto en la Casa de Gobierno -dije-.

¿Puede reunirse aquí con nosotros?

Monseñor Edouard asintió y le murmuró algo al guardia suizo, quien susurró algo en una cresta ornamental de su antigua armadura.

La Puerta del Papa -un pequeño portal teleyector rodeado por intrincadas tallas de serafines y querubines, coronados por un bajorrelieve en cinco cuadros que ilustraba la caída de Adán y Eva y su expulsión del Edén se erguía en el centro de una custodiada habitación, a pasos de los aposentos privados del papa. Aguardamos allí. Nuestras imágenes aparecían demacradas en los espejos de las paredes.

Leigh Hunt entró escoltado por el sacerdote que me había guiado a la basílica.

–¡Severn! – exclamó el asesor favorito de Gladstone-. La FEM necesita verlo enseguida.

–Allí me dirigía -respondí-. Sería un error criminal permitir que el Núcleo construyera y utilizara la bomba de muerte.

Hunt parpadeó, un gesto cómico en esa cara perruna.

–¿Sabe usted todo lo que pasa, Severn?

Tuve que reírme.

–Un niño sentado a solas en un holofoso ve mucho y entiende muy poco. Aun así, tiene la ventaja de poder cambiar de canal y apagar el aparato cuando se aburre.

Hunt conocía a monseñor Edouard por cuestiones de estado. Presenté al padre Paul Duré de la Compañía de Jesús.

–¿Duré? – articuló el boquiabierto Hunt. Era la primera vez que veía atónito al asesor y disfruté del momento.

–Lo explicaremos luego -prometí mientras estrechaba la mano del sacerdote-. Buena suerte en Bosquecillo de Dios. No tarde demasiado.

–Una hora -aseguró el jesuita-. No más. Es sólo una pieza del rompecabezas que debo encontrar antes de hablar con la FEM. Por favor, explíquele el horror del laberinto, luego le daré mi propio testimonio.

–Quizás ella esté demasiado atareada para verme antes que llegue usted de todos modos. Pero haré lo posible por ser su Juan Bautista.

Duré sonrió.

–No pierda la cabeza, amigo mío. – Tecleó un código de transferencia en el arcaico panel y desapareció por el portal.

Me despedí de monseñor Edouard.

–Habremos solucionado todo antes de que la oleada éxter llegue hasta aquí.

El viejo sacerdote alzó una mano para darme su bendición.

–Vaya con Dios, joven. Presiento que nos aguardan tiempos oscuros, pero que usted llevará una carga más pesada que los demás.

Sacudí la cabeza.

–Soy un mero observador, monseñor. Espero, observo y sueño. No es una carga pesada.

–Espere, observe y sueñe más tarde -rezongó. Leigh Hunt-. La jefa quiere verlo ahora y yo he de regresar a una reunión.

Miré al hombrecillo.

–¿Cómo me ha encontrado? – pregunté innecesariamente. Los teleyectores eran operados por el Núcleo, y el Núcleo colaboraba con las autoridades de la Hegemonía.

–La tarjeta que le dio la FEM también nos permite conocer su paradero

-gruñó Hunt con impaciencia-. Ahora tenemos la obligación de estar donde suceden las cosas.

–Muy bien. – Saludé a monseñor y su asistente, hice una seña a Hunt y tecleé el código de tres dígitos de Centro Tau Ceti, añadí dos dígitos para el continente, tres para la Casa de Gobierno y los dos números del términex privado. El zumbido del teleyector se agudizó y la opaca superficie vibró.

Yo pasé primero y me aparté para ceder el paso a Hunt.

No estamos en el términex central de la Casa de Gobierno. Por lo que veo, ni siquiera estamos cerca de la Casa de Gobierno. Al cabo de un instante mis sentidos evalúan la luz del sol, el color del cielo, la gravedad, la distancia del horizonte, los olores y el aire de las cosas, y deciden que no estamos en Centro Tau Ceti.

Habría saltado por el portal al instante, pero la Puerta del Papa es pequeña, Hunt está entrando -pierna, brazo, hombro, pecho, cabeza, segunda pierna- así que le cojo la muñeca, doy un tirón brusco, digo «¡Algo está mal» y trato de pasar de nuevo. Demasiado tarde. El portal sin marco vibra, se contrae hasta formar un círculo del tamaño de mi puño y se esfuma.

–¿Dónde diablos estamos? – pregunta Hunt.

Miro alrededor y pienso que es una buena pregunta. Estamos en la campiña, en una colina. Una carretera serpea entre viñedos, desciende por una ladera hasta el valle boscoso y desaparece detrás de otro cerro. Hace calor, zumban insectos en el aire, pero sólo los pájaros se mueven en este vasto panorama. Entre las rocas de la derecha se ve un borrón azul de agua: un océano o un mar. Altos cirros ondean en el cielo; el sol acaba de pasar el cenit. No distingo casas, ninguna tecnología superior a las hileras de los viñedos y la carretera de piedra y lodo. El zumbido de la esfera de datos ha desaparecido. Es como reparar de pronto en la ausencia de un sonido en el que uno ha estado inmerso desde la infancia; resulta sorprendente, sobrecogedor, desconcertante, aterrador.

Hunt titubea, se toca los oídos como si echara de menos un ruido verdadero, consulta el comlog.

–Demonios -masculla-. Demonios. Mi implante no funciona. El comlog está desconectado.

–No -digo-. Creo que estamos fuera de la esfera de datos. – Pero incluso mientras lo digo, oigo un zumbido más profundo y tenue, algo más grande y menos accesible que la esfera de datos. ¿La megaesfera? La música de las esferas, pienso, y sonrío.

–¿Por qué diablos sonríe, Severn? ¿Ha hecho esto a propósito?

–No. Di los códigos correctos para la Casa de Gobierno. – La total ausencia de pánico de mi voz es una especie de pánico en sí misma.

–¿Qué ocurre, entonces? ¿Esa maldita Puerta del Papa? ¿Fue eso? ¿Un error o un truco?

–No, no lo creo. La puerta funcionó bien, Hunt. Nos trajo justo donde quería el TecnoNúcleo.

–¿El Núcleo? – El escaso color que quedaba en la cara perruna se esfuma de pronto cuando el asistente de la FEM comprende quién controla el teleyector. Quién controla todos los teleyectores-. Dios mío, Dios mío. –

Hunt avanza hasta el borde del camino y se sienta en la hierba alta. Su traje de gamuza y sus blandos zapatos negros parecen fuera de lugar.

–¿Dónde estamos? – repite.

Respiro hondo. El aire huele a tierra recién arada, a hierba recién segada, a polvo del camino, al aroma punzante del mar.

–Sospecho que estamos en la Tierra, Hunt.

–La Tierra. – El hombrecillo contempla el vacío.

La Tierra. No Nueva Tierra. Ni Tierra…

–No -digo-. Tierra. Vieja Tierra. O su duplicado. – Su duplicado.

Me siento junto a él. Arranco un tallo de hierba y esprendo la vaina exterior de la parte de abajo. El sabor de la hierba resulta agrio y familiar.

–¿Recuerda usted mi informe referente a las historias de los peregrinos de Hyperion? ¿El cuento de Brawne Lamia? Ella y mi gemelo cíbrido, la primera personalidad recobrada Keats, viajaron a lo que supusieron era un duplicado de Vieja Tierra. En el Cúmulo de Hércules, si no recuerdo mal.

Hunt observa el cielo como si pudiera confirmar mis palabras inspeccionando las constelaciones. El azul se agrisa ligeramente cuando el alto cirro se esparce por la cúpula del firmamento.

–Cúmulo de Hércules -susurra.

–Brawne no sabía por qué el TecnoNúcleo construyó un duplicado, ni qué está haciendo con él. Y el primer cíbrido Keats tampoco lo sabía, o no quiso decirlo.

–No quiso decirlo -repite Hunt. Sacude la cabeza-. De acuerdo, ¿cómo diablos saldremos de aquí? Gladstone me necesita. Ella no puede… en las próximas horas debe tomar muchas decisiones vitales. – Se incorpora de un brinco, corre al centro de la carretera, rebosando de energía.

Yo masco el tallo de hierba.

–Sospecho que no podemos salir de aquí.

Hunt se acerca como para atacarme.

–¿Ha perdido el juicio? ¿Cómo que no podemos salir? Eso es absurdo.

¿Por qué el Núcleo haría eso? – Calla, me observa-. No quiere que usted hable con ella.

Usted sabe algo y el Núcleo no quiere que ella se entere.

–Tal vez.

–¡Déjenlo a él, permítanme regresar! – grita al cielo.

Nadie responde. Más allá del viñedo, un gran pájaro negro emprende el vuelo. Creo que es un cuervo; recuerdo el nombre de esta especie extinguida como si lo hubiera soñado.

Al cabo de un instante, Hunt desiste de gritar al cielo y se pasea por el camino de piedra.

–Vamos. Tal vez haya un términex dondequiera que vaya este camino.

–Tal vez -digo, partiendo el tallo para llegar a la dulzona y seca mitad superior-. Pero ¿hacia dónde?

Hunt da media vuelta, contempla el camino que desaparece entre cerros en ambas direcciones, da otra media vuelta.

–Atravesamos el portal mirando hacia allá -señala. El camino desciende hasta internarse en un bosquecillo.

¿A qué distancia? – pregunto.

–Demonios, ¿qué importa? – ladra Hunt-. ¡Tenemos que ir a alguna parte!

Resisto el impulso de sonreír.

–De acuerdo.

Me pongo en pie y me sacudo los pantalones, sintiendo el fuerte sol en la frente y la cara. Después de la basílica umbría y cargada de incienso, el contraste es chocante. El aire está muy caliente y ya tengo la ropa empapada de sudor.

Hunt echa a andar vigorosamente cuesta abajo, los puños apretados, su lastimera expresión aplacada esta vez por un gesto más fuerte: pura resolución.

Caminando sin prisa, mascando mi tallo de hierba, los ojos entrecerrados de cansancio, voy tras él.

El coronel Fedmahn Kassad gritó y atacó al Alcaudón. El paisaje surrealista y atemporal -una versión minimalista del Valle de las Tumbas de Tiempo, modelada en plástico e incrustada en una gelatina de aire viscosoparecía vibrar ante la violencia de la embestida de Kassad. Durante

un instante el Alcaudón se había multiplicado como reflejado por miles de espejos -Alcaudones en el valle, en la árida llanura-, pero con el grito de Kassad todos se redujeron a un solo monstruo. Ahora avanzaba desplegado y extendiendo los cuatro brazos, arqueándose para recibir el embate del coronel con un ferviente abrazo de filos y espinas.

Kassad no sabía si el traje cutáneo que le había dado Moneta lo protegería o le serviría en combate. Años atrás él y Moneta habían atacado dos naves de descenso llenas de comandos éxters, pero entonces el tiempo estaba de su parte; el Alcaudón había congelado y descongelado el flujo de los instantes como un observador aburrido que jugara con el mando a distancia de un holofoso. Ahora estaban fuera del tiempo, y el Alcaudón era un enemigo, no un terrible mecenas.

Kassad gritó, agachó la cabeza, atacó, olvidando la presencia de Moneta, el imposible árbol de espinas que se elevaba a las nubes con su público empalado, olvidando que él era la herramienta del ataque, el instrumento de la venganza.

El Alcaudón no desapareció como solía, no dejó de estar allí para aparecer repentinamente aquí. Se agazapó y abrió los ojos. Los aguzados dedos recibieron la luz del cielo violento. Los dientes de metal brillaron en algo parecido a una sonrisa.

Kassad estaba colérico, pero no loco. En vez de precipitarse hacia aquel abrazo mortal, se arrojó al lado en el último momento, rodando sobre brazos y hombros, lanzando un puntapié a la pierna del monstruo, debajo del apiñamiento de espinas de la rodilla, por encima del tobillo. Si lograba tumbarlo…

Fue como patear un conducto incrustado en medio kilómetro de cemento. El golpe habría partido la pierna de Kassad si el traje cutáneo no hubiera actuado como armadura y amortiguador.

El Alcaudón se movió deprisa, pero no con aquella celeridad imposible; agitando los dos brazos derechos, arando surcos quirúrgicos en el suelo y la piedra con diez dedos, arrojando chispas con las espinas del brazo, rasgando el aire con un susurro audible. Kassad continuó rodando, se levantó, se agazapó, tensó los brazos, acható las palmas, extendió los dedos rígidos.

Combate singular, pensó Fedmahn Kassad. El más honroso sacramento del Nuevo Bushido.

El Alcaudón lanzó de nuevo los brazos derechos, movió el brazo inferior izquierdo en una curva lo bastante violenta como para quebrarle las costillas y arrancarle el corazón.

Kassad detuvo la finta del brazo derecho con el antebrazo izquierdo. El traje cutáneo se flexionó y apretó el hueso ante la acerada fuerza del golpe del Alcaudón. Kassad detuvo el golpe mortífero del brazo izquierdo apoyando la mano derecha en la muñeca del monstruo, por encima del corsé de espinas curvas. Increíblemente, detuvo el golpe, y los afilados dedos arañaron el campo del traje en vez de astillar las costillas.

Perdió el equilibrio en el afán de frenar aquella garra ascendente, sólo el impulso contrario de la primera finta del Alcaudón impidió que el coronel saltara hacia atrás. El sudor manaba a chorros bajo el traje cutáneo, los músculos se flexionaban dolorosamente y amenazaban con desgarrarse en esos interminables veinte segundos de lucha, hasta que el Alcaudón utilizó el cuarto -brazo para lanzar un tajo a la tensa pierna de Kassad.

Kassad gritó cuando el campo del traje se rasgó, la carne cedió y por lo menos un dedo pasó cerca del hueso. Se zafó con la otra pierna, soltó la muñeca del monstruo, se alejó rodando frenéticamente.

El Alcaudón agitó dos brazos y el segundo pasó silbando a milímetros de la oreja de Kassad, pero luego el monstruo retrocedió, se agazapó, se desplazó a la derecha.

Kassad se apoyó en la rodilla izquierda, se tambaleó, se levantó tratando de conservar el equilibrio. El dolor le rugía en los oídos llenando el universo de luz roja, pero incluso en su aturdimiento advirtió que el traje cutáneo se cerraba sobre la herida, actuando como torniquete y compresa.

Sentía la sangre en la pierna, pero ya no manaba libremente, y el dolor era tolerable, como si el traje llevara inyectores médicos como los de su armadura de FUERZA.

El Alcaudón embistió.

Kassad lanzó un par de puntapiés hacia la parte lisa del caparazón de cromo, debajo de la espina del pecho. Fue como patear el casco de una nave espacial, pero el Alcaudón vaciló, trastabilló, retrocedió.

Kassad avanzó, afirmó su peso, asestó en el pecho de la criatura dos puñetazos que habrían astillado cerámica templada, ignoró el dolor del puño, giró, lanzó la palma abierta hacia el morro de la criatura, encima de

los dientes. Cualquier ser humano habría sentido la quebradura de la nariz, la explosión de huesos y cartílagos que entraban en el cerebro.

El Alcaudón intentó morderle la muñeca, erró, le lanzó las cuatro manos hacia la cabeza y los hombros.

Resollando, cubierto de sangre y sudor bajo el traje cutáneo, Kassad giró a la derecha y dio media vuelta, asestando un golpe mortífero en la nuca de la criatura. El ruido del impacto retumbó en el valle escarchado como un hacha lanzada desde kilómetros de altura contra el corazón de un pino de metal.

El Alcaudón se tambaleó, cayó de espaldas como un crustáceo de acero.

¡Había caído!

Kassad avanzó, aún agazapado, cauteloso pero no lo suficiente: el pie del Alcaudón atacó el tobillo de Kassad y le hizo perder el equilibrio.

El coronel sintió el dolor, supo que le habían desgarrado el talón de Aquiles, trató de alejarse, pero la criatura se lanzó sobre él, buscando costillas, rostro y ojos con espinas y puñales. Con muecas de dolor, arqueándose en un vano intento de zafarse del monstruo, Kassad detuvo algunos golpes, se salvó los ojos y sintió que otros puñales le perforaban los brazos, el pecho, el vientre.

El Alcaudón se le acercó con la boca abierta. Kassad distinguió filas de dientes de acero en una boca hueca como una lamprea de metal.

Ojos rojos le cubrían la visión empañada de sangre.

Kassad insertó la base de la palma bajo la mandíbula del Alcaudón e intentó hallar apoyo. Era como tratar de levantar una montaña de hierro afilado sin palanca. Los dedos del Alcaudón seguían desgarrando las carnes de Kassad. La cosa abrió la boca y ladeó la cabeza. Por un instante Kassad sólo vio dientes. El monstruo no tenía aliento, pero el calor del interior apestaba a azufre y limaduras de hierro calientes. A Kassad no le quedaban defensas; cuando la cosa cerrara las mandíbulas, le arrancaría la carne y la piel de la cara hasta desnudarle el hueso.

De pronto Moneta estuvo allí, gritando en ese lugar donde el sonido no se transmitía, y cogió al Alcaudón por los ojos de rubí, arqueando los dedos como garras, la bota plantada con firmeza en el caparazón, debajo de la espina trasera, tirando, tirando.

Los brazos del Alcaudón se echaron hacia atrás con un chasquido, con la doble articulación de un cangrejo de pesadilla. Los aguzados dedos