Hyperion 02 - La caída de Hyperion
Capítulo 5
Chasqueé los dedos, pero el insolente camarero no se dignó mirarme.
–Ya te dibujé -dije.
–Sí -admitió lady Philomel-, pero no me dibujaste toda.
Suspiré y terminé el escocés.
–Estaba bebiendo -objeté.
–Ya veo -sonrió lady Philomel.
Me levanté para ir en busca del camarero, lo pensé mejor y me senté lentamente en la gastada madera del banco.
–Armagedón -dije-. Están jugando con el Armagedón. – Miré a la mujer entornando los ojos-. ¿Conoces esa palabra?
–No creo que te sirvan más alcohol -indicó-. Tengo bebida en mi casa.
Podrías beber mientras dibujas.
Entorné de nuevo los ojos, esta vez con aire astuto. Aunque hubiera tomado algunos tragos, no había perdido la lucidez.
–Tu marido -señalé.
Diana Philomel me obsequió una sonrisa radiante.
–Está pasando unos días en el palacio del gobernador -susurró-. No puede estar alejado del poder en un momento tan trascendente. Ven, tengo mi vehículo fuera.
No recuerdo haber pagado, pero supongo que lo hice. O tal vez se encargó lady Philomel. No recuerdo que ella me llevara al exterior, pero supongo que alguien lo hizo. Tal vez un chófer. Recuerdo a un hombre con túnica y pantalones grises, recuerdo estar apoyado en él.
El vehículo electromagnético tenía una burbuja, polarizada en el exterior pero muy transparente desde el interior de mullidos cojines. Conté un par de portales y luego nos alejamos de la Confluencia, elevándonos sobre campos azules bajo un cielo amarillo. Lujosas casas de ébano se erguían sobre colinas rodeadas por campos de amapolas y lagos broncíneos.
¿Vector Renacimiento? Era un enigma demasiado difícil de descifrar en ese momento, así que apoyé la cabeza en la burbuja y decidí descansar. Tenía que estar en forma para dibujar a lady Philomel. Je, je.
La campiña se deslizaba allá abajo.
5
El coronel Fedmahn Kassad se dirige a la Tumba de Jade siguiendo a Brawne Lamia y al padre Hoyt a través de la tormenta de polvo. Había
mentido a Lamia: su visor nocturno y sus sensores funcionan bien a pesar de las descargas eléctricas. Seguir a ambos parecía el mejor modo de encontrar al Alcaudón. Kassad recuerda las cacerías de leones en Hebrón: había que amarrar una cabra y esperar.
Los datos de los sistemas de vigilancia que había instalado alrededor del campamento fluctúan en la pantalla táctica y susurran en el implante.
Kassad corre el riesgo calculado de dejar sin protección a Weintraub, Rachel, Martin Silenus y el cónsul, excepto por las automáticas y una alarma. De todos modos, Kassad duda que ni siquiera él pueda detener al Alcaudón. Todos son cabras amarradas, esperando. Pero antes de morir, Kassad está resuelto a hallar a la mujer, el fantasma llamado Moneta.
El viento arrecia y aúlla, reduciendo la visibilidad normal a cero y tamborileando en la armadura. Las dunas fulguran con las descargas y pequeños relámpagos crepitan en las botas y las piernas de Kassad mientras procura seguir el rastro calórico de Lamia. Llegan informes desde el comlog conectado. Los canales cerrados de Hoyt sólo revelan que está vivo y en movimiento.
Kassad pasa bajo el ala tendida de la Esfinge, sintiendo ese peso invisible que cuelga como una gran bota de acero. Luego desciende por el valle, percibiendo la Tumba de jade como una ausencia de calor en infrarrojo, un contorno frío. Hoyt está entrando en la abertura semiesférica; Lamia lo sigue a veinte metros. Nada más se mueve en el valle. Los sistemas de vigilancia del campamento, ocultos por la noche y la tormenta, revelan que Sol y la niña duermen, que el cónsul está despierto pero inmóvil, que no hay nada más dentro del perímetro.
Kassad quita el seguro del arma y avanza a grandes pasos. Daría cualquier cosa por tener acceso a un satélite de localización y los canales tácticos completos en vez de habérselas con la imagen parcial de una situación fragmentada. Se encoge de hombros y continúa la marcha.
Brawne Lamia avanza trabajosamente los últimos quince metros que la separan de la Tumba de Jade. Elviento se transforma en un vendaval y la arroja de bruces sobre la arena. Verdaderos relámpagos desgarran ahora el cielo en grandes estallidos que alumbran la tumba fulgurante. Lamia intenta llamar a Hoyt, Kassad o los de más, segura de que nadie puede estar durmiendo en el campamento, pero el comlog y los implantes sólo escupen estática y las bandas registran un parloteo confuso Después de la segunda
caída, Lamia se incorpora y mira al frente; no había tenido indicios de Hoyt desde que entrevió a alguien avanzando hacia la entrada.
Lamia empuña la pistola automática de su padre y se pone en pie, aprovechando la inercia del viento. Se detiene ante la entrada semiesférica.
Sea por la tormenta, la electricidad o lo que fuere, la Tumba de Jade irradia un fulgor verde bilioso que se confunde con las dunas y tiñe las manos de Lamia como si formaran parte de la tumba. Lamia hace un último intento para llamar a alguien con el comlog y entra.
El padre Lenar Hoyt de la Compañía de Jesús, una institución de mil doscientos años, residente en Nuevo Vaticano de Pacem, y leal servidor de Su Santidad el papa Urbano XVI, grita obscenidades.
Está perdido y dolorido. Las anchas salas cercanas a la entrada de la Tumba de jade se han hecho más estrechas y el corredor gira sobre sí mismo. El padre Hoyt está extraviado en una serie de catacumbas, vaga entre brillantes paredes verdes, en un laberinto que no recuerda haber visto en sus exploraciones diurnas ni en los mapas. El dolor -el dolor que lo acompaña desde hace años, el dolor que ha sido su compañero desde que la tribu de los bikura le implantó los dos cruciformes, el suyo y el de Paul Duré- ahora amenaza enloquecerlo con renovada intensidad.
De nuevo los pasillos estrechos, Lenar Hoyt grita sin darse cuenta, sin reparar en sus palabras, términos que no usa desde la infancia. Liberarse del dolor. Liberarse del peso de llevar el ADN, la personalidad, el alma de Duré en el parásito cruciforme de la espalda. Y de sufrir la terrible maldición de su propia y abyecta resurrección en el cruciforme del pecho.
Pero mientras grita sabe que no fueron los bikura, ahora muertos, quienes lo condenaron a semejante dolor: esos colonos perdidos, resucitados tantas veces por los cruciformes que se habían idiotizado, meros vehículos de su propio ADN y el de sus parásitos, también eran sacerdotes del Alcaudón.
El padre Hoyt de la Compañía de Jesús trae un recipiente de agua bendecida por Su Santidad, una eucaristía consagrada en una solemne misa mayor y una copia del antiguo rito eclesiástico del exorcismo. Ahora olvida esas cosas, guardadas en una burbuja de Perspex en el bolsillo de la capa.
Hoyt tropieza con una pared y grita de nuevo. El dolor es una fuerza indescriptible y la ampolla de ultramorfina que se inyectó quince minutos atrás no lo atenúa. El padre Hoyt se araña la ropa hasta arrancarse la gruesa
capa, la túnica negra y el cuello romano, los pantalones, la camisa y la ropa interior, hasta quedar desnudo, tiritando de frío y dolor en los relucientes pasillos de la Tumba de jade, gritando obscenidades en la noche.
Avanza desmañadamente, encuentra una abertura y entra en una sala más grande que no recuerda. Paredes desnudas y traslúcidas se elevan treinta metros a cada lado de un espacio vacío. Hoyt cae sobre las manos y las rodillas, mira abajo y nota que el suelo se ha vuelto casi transparente.
Está contemplando un conducto vertical debajo de aquel suelo que es una delgada membrana, un conducto que desciende un kilómetro o más hasta las llamas. La pulsación rojiza del fuego inunda la sala.
Hoyt rueda a un costado y ríe. Si se trata de una imagen del infierno hecha a propósito para él, es un fracaso. Hoyt tiene una imagen táctil del infierno: es el dolor que le araña las venas y las entrañas como un alambre dentado. El infierno es también otras cosas: niños muertos de hambre en los barrios bajos de Armaghast, políticos sonrientes enviando a los jóvenes a morir en guerras coloniales. El infierno es la idea de una Iglesia agonizante, cuyos últimos creyentes son un puñado de ancianos que llenan sólo algunos bancos en las enormes catedrales de Pacem. El infierno es la hipocresía de decir misa mientras el obsceno cruciforme le palpita sobre el corazón.
Sopla una ráfaga de aire caliente y un tramo del suelo se desliza hasta abrir un escotillón hacia el conducto inferior. El hedor del azufre inunda la sala. Hoyt se ríe del cliché, pero pronto la risa se transforma en sollozo.
Ahora está de rodillas, raspándose con unas uñas ensangrentadas los cruciformes del pecho y la espalda. Los magullones en forma de cruz fulguran en la luz roja. Hoyt oye el fragor de las llamas.
–¡Hoyt!
Aún sollozando, se vuelve hacia la mujer -Lamia- que está en la puerta.
Ella mira más allá de Hoyt y alza una antigua pistola Tiene los ojos muy abiertos.
El padre Hoyt siente el calor a sus espaldas, percibe un rugido de horno distante, pero ante todo oye el metal que patina y araña la piedra. Pasos.
Aún aferrándose la cuña ensangrentada del pecho, Hoyt se vuelve, las rodillas despellejadas contra el suelo.
Primero ve la sombra: diez metros de ángulos aguzados, espinas, cuchillas, piernas como barras de acero con un cinturón de cimitarras en rodillas y talones. Luego, a través de la pulsación de luz caliente y sombra