Inside Out. Mi historia

Demi Moore · Capítulo 9 de 27

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Inside Out. Mi historia

Capítulo 7

 

T om me llevó al concierto de un grupo nuevo que estaba subiendo como la espuma en esa época: The Kats. La estrella era un guitarrista de Minneapolis que se llamaba Freddy Moore. Me cambió la vida o, como mínimo, el nombre.

Freddy escribía la letra de las canciones del grupo, tocaba la guitarra y cantaba. Era un músico electrizante, con sus greñas rubias, sus rasgos afilados y esa mirada salvaje de color azul. Un artista magnético. Fui al Troubadour para volver a verlos en directo, pero esta segunda vez fui sola. Freddy me deslumbró al instante y entonces pensé: si pudiera estar con alguien tan cautivador, quizá me volvería igual de seductora y arrebatadora. Me escabullí entre bambalinas y me encerré en el cuarto de baño con Freddy. En menos de un mes ya había dejado a Tom para poder mudarme a casa de aquel músico.

Nos atrajimos de inmediato. Fue algo espontáneo y libre. Fue algo propio de la juventud, cuando crees que tienes toda la vida por delante, cuando no piensas en las consecuencias de tus actos. Por desgracia, cuando rompí con Tom, no le traté como se merecía, ni con el cariño y respeto que él siempre me había mostrado. Además, preferí pasar por alto que Freddy tenía veintinueve años y seguía casado con su novia del instituto. Él fue valiente y la dejó. Por aquel entonces, yo solo tenía dieciséis años.

Era una adolescente egocéntrica que había perdido cualquier respeto a la institución del matrimonio y me lancé a los brazos de Freddy sin (y siento mucho decirlo así) preocuparme mucho por su esposa. Una vez más, me junté con un hombre que casi me doblaba la edad y que estaba casado. Aunque la edad es un tema confuso: a lo largo de mi vida, he tenido relaciones en las que poder y madurez no han estado ligados con la edad.

Fuera del escenario, Freddy era una persona distinta: un tipo tranquilo, centrado y muy disciplinado que dedicaba varias horas al día a sentarse y componer su música. Me animó a dar rienda suelta a mi creatividad. Juntos, escribimos una canción llamada «Changing», que terminó grabando con Mark Linett, el ingeniero que había trabajado codo con codo con Brian Wilson. Cuando nos fuimos a vivir juntos, The Kats tenía un mánager de pacotilla; solían irse de gira en un Chevy Suburban antiquísimo al que le añadían un remolque con todo el equipo. Yo siempre les acompañaba, ya fuese en el Suburban con los músicos y sus esposas y novias, o en el Volkswagen destartalado y de segunda mano que me había comprado, con sillas de jardín como asiento trasero, un agujero en el suelo y con varias manos de pintura. Nos íbamos a dormir tarde, pues actuaban casi cada noche.

Dejé el instituto. Y, como era de esperar, cuando rompí con Tom, perdí el trabajo que me había conseguido su madre. El mánager de Freddy le había advertido en más de una ocasión que tuviera cuidado conmigo, decía que quizá solo me interesaba su dinero, lo cual es bastante curioso, pues no ganaba ni un duro. En todo caso, me empeñé en demostrarle que podía pagarme mis gastos. Una amiga que había conocido a través del mundo de la música me habló de un tipo que conocía y que fotografiaba desnudos para después venderlos a revistas japonesas. Me picó la curiosidad.

—Aquí nadie ve esas fotografías, y puedes ganar algo de dinero —me explicó—. Miente sobre tu edad, y listo.

No me lo pensé dos veces.

El lugar elegido para la sesión de fotos fue una nave industrial vieja, oscura y abandonada situada en el oeste de Hollywood. No me sentía muy cómoda, la verdad. Me inquietaba que la situación pudiera derivar hacia algo poco profesional, pero me había comprometido a hacerlo. Fui a una habitación que habían decorado como un salón bastante hortera, con sofás, sillones y cojines por el suelo. Por suerte, el fotógrafo se comportó como es debido, aunque no dejaba de darme instrucciones para que hiciera toda clase de poses provocativas. Me tranquilizó saber que la ley japonesa prohibía fotografías en las que se mostrara bello público; así pues, el desnudo no tenía que ser integral. La sesión fue bien, pero no me terminó de gustar. Jamás volví a hacer esos desnudos japoneses.

Sin embargo, fueron el trampolín perfecto para saltar al mundo de la moda. Poco después de que mis fotografías empezaran a circular por todo Japón, me ofrecieron un reportaje para la revista Oui. Playboy había importado la publicación francesa para atraer a lectores más jóvenes. Era una revista de prestigio y me obligaron a firmar un contrato legal que especificaba que, al ser menor de edad, podía aparecer en la portada con un escote de vértigo, pero no podía posar desnuda en las páginas interiores de la revista, lo cual fue todo un alivio para mí.

Tuve la gran suerte de coincidir con el famoso fotógrafo de moda Philip Dixon. Philip me pidió que volviera a trabajar para él, esta vez para un catálogo de baño que le habían encargado. Me puse de los nervios. No me parecía que tuviera un cuerpo de infarto, pues apenas tenía cintura y sí algún que otro michelín, pero Philip hacía que me sintiera guapa y atractiva. Empecé a pensar que quizá podía ganarme la vida como modelo, en lugar de trabajar en un bar para pagarme las facturas mientras trataba de abrirme camino como actriz.

Llevé las fotografías de Philip y varios retratos a la agencia de modelos Elite Model Management, donde me contrataron. Estaba emocionadísima, aunque al principio no me adjudicaron grandes campañas publicitarias, sino que solo me ofrecieron trabajillos de poca monta, como anuncios de grandes almacenes en periódicos y el cartel de una película de terror titulada Escupiré sobre tu tumba. Ganaba lo justo para ir tirando.

Por primera vez en mi vida pude saborear las mieles del éxito y sentir una pizca de orgullo por mi trabajo. Aquello fue revelador. Y todo gracias a trabajar como modelo. Sin embargo, al mismo tiempo, me sumergí en un mundo que parecía estar hecho a medida para degradar mi autoestima. Había aterrizado en una profesión que se centraba única y exclusivamente en mi cuerpo, mi aspecto y mi talla, lo cual solo sirvió para reforzar la idea de que mi valía dependía de mi atractivo físico.

Dejé las clases de interpretación. Me resultaba bastante incómodo encontrarme a Tom allí casi a diario. Además, creo que a una parte de mí le aterrorizaba que un día me dijeran: «Lo sentimos, pero no eres lo bastante buena; no puedes ser actriz». Para la mayoría de los actores, la peor parte son los castings. Sin embargo, para mí, no estar a la altura de mis compañeros era lo más aterrador. La vida que mis padres me habían dado nunca me había permitido terminar lo que empezaba. Eso también fue importante: no era nada perseverante. Hoy en día, si un aspirante a actor me pidiera un consejo, lo tendría muy claro: «¡Apúntate a clases de interpretación! Escucha, aprende, desarrolla seguridad, recupera la confianza en ti mismo, conoce las herramientas que tienes a tu alcance y tómate la molestia de conocerte».

 

Mi padre vivía en Oceanside (California) con Morgan, que acababa de cumplir doce años. Freddy y yo decidimos hacerles una visita por Navidad. Cuando aparcamos frente al edificio donde vivían, en un apartamento diminuto y deprimente, se me encogió el corazón. Mi padre tenía un aspecto deplorable, igual que el vecindario. Hay gente que sabe disimular muy bien el dolor y el sufrimiento, pero él no era de esa clase de personas. El dolor se reflejaba en su cara hinchada y abotargada, en su ademán compungido y mustio, en su mirada vacía.

Recuerdo estar sentada a la mesa de la cocina, el día de Navidad, y sentirme terriblemente sola por pasar unas fechas tan señaladas solo con mi padre y mi hermano pequeño, separados del resto de la familia. Ahora me doy cuenta de que Freddy, en realidad, era más o menos de la edad de mi padre (solo tenía unos años menos). En general, era un tipo poco sociable, el típico chico callado de Minnesota con raíces escandinavas: taciturno, pragmático y que se deja llevar. No quiero decir que no me quisiera, solo que le costaba expresar sus sentimientos. Yo era la única de esa mesa que se esforzaba por crear un ambiente más distendido.

Mi padre me regaló un póster, el primero que debió de pillar en la tienda. Fue un regalo impersonal que no tenía nada que ver conmigo ni con él. Esa noche bebió como un cosaco; por primera vez, me preocupé. No estaba segura de que estuviera en condiciones de cuidar de Morgan. No soportaba el silencio, así que me puse a parlotear sobre los asuntos que tenía entre manos, plenamente consciente de que estaba incomodando tanto a mi padre que ni siquiera me miraba a los ojos. No sabía qué decir.

Lo más doloroso para mí no fue descubrir que Danny no era mi padre biológico, sino darme cuenta de que era incapaz de acercarse para asegurarme que, a pesar de eso, me quería como a una hija. Ahora que ha pasado el tiempo, me arrepiento de no haberme acercado yo a él, de no haberle agarrado por los hombros, de no haberle mirado a los ojos y decirle que, para mí, él siempre había sido mi padre, que lo seguiría hasta el final. De decirle que le quería.

Poco después de regresar a Los Ángeles, me llamaron para informarme de que Danny estaba en el hospital. Se le había rasgado el hígado. Se montó en el coche e intentó llegar a urgencias, pero no lo consiguió; lo encontraron inconsciente en el automóvil, con la cabeza apoyada sobre el volante: fue toda una suerte, porque así sonó el claxon justo en la entrada del hospital y pudieron salvarlo. Se recuperó, pero un médico le dijo que era un alcohólico, que sufría pancreatitis y que tenía que dejar de beber de inmediato. Mi padre se enfadó tanto con él que le amenazó con arruinarle la vida si dejaba eso escrito en su registro médico. Debió de ser muy convincente, pues el médico cambió el diagnóstico. También le aconsejó que dejara de comer carne roja; al día siguiente, mi padre fue a la carnicería y llenó la nevera de carne, o eso fue lo que me contó Morgan. Y, a partir de entonces, empezó a consumir el triple de carne roja. Si alguien le prohibía algo, él seguía haciéndolo, pero multiplicado por cien. Estaba tratando de acabar con su vida. Me había dicho muchas veces que quería morirse. Cada vez que pienso en lo difícil que debió de ser para Morgan (¡solo tenía doce años!) convivir con un padre que deseaba la muerte, se me rompe el corazón.

Un año más tarde, ya de vuelta en Nuevo México, Morgan encontró a su padre desplomado sobre el asiento del coche y con el motor en marcha. Se había suicidado. Tenía treinta y seis años.

Cuando me llamaron para comunicarme la noticia, me eché a llorar. Estaba en la mesa del comedor, con Freddy. Ni siquiera se acercó a abrazarme o a intentar consolarme. No me dijo que me quería y que todo iba a ir bien. Se quedó sentado en su silla y, con voz tranquila, susurró:

—De nada sirve llorar. Lo hecho, hecho está. Llorar no va a cambiar lo que ha ocurrido.

 

El funeral se celebró en Roswell, y fue una auténtica pesadilla. En lugar de reunirnos y compartir nuestro dolor, aquello fue un campo de batalla entre la familia de mi padre y mi madre.

Mis padres habían pasado el fin de semana anterior juntos, y los ocho hermanos de mi padre estaban convencidos de que Ginny había tenido algo que ver con el suicidio: la culpaban de lo ocurrido. Barajaban toda clase de teorías. Especulaban que ella le había alentado a hacerlo, pero tampoco descartaban que le hubiera dejado coger el coche borracho a sabiendas del peligro que eso suponía. Por otro lado, había quien sospechaba que hubiese sido una estratagema sucio por parte de mi madre. La amenazaron con denunciarla a la policía. La cosa se puso muy muy fea. DeAnna recuerda que incluso su marido, mi tío George, estaba seguro de que Ginny había sido la responsable de la muerte.

Lo más probable es que mi padre hubiera planeado su propia muerte, cuidando hasta el último detalle. Los niveles de alcohol en sangre eran tan altos que tuvieron que considerar su muerte un accidente; iba demasiado borracho como para que la compañía de seguros pudiera afirmar que había sido un suicidio. Como consecuencia, la compañía le desembolsó una pequeña compensación a mi hermano Morgan. Estoy segura de que mi padre había hecho sus pesquisas y sabía muy bien cuánto alcohol tenía que beber para que eso pasara. Fue la última de sus muchas estafas. Pero también fue una forma de poner punto final a un dolor que se le había vuelto insoportable. Sabía que nos había fallado a todos y creo que, en cierto modo, hizo lo que creyó que sería lo mejor para todos.

Las hermanas de mi madre se reunieron en casa de mi abuela para darle el pésame y mostrarle su apoyo y solidaridad en momentos tan difíciles, aunque tampoco pusieron mucho empeño, y eso que Ginny se puso en plan víctima total: lloraba a moco tendido día y noche y se empeñaba en meterse en el centro de ese huracán de dramatismo. Intentó por todos los medios que vistieran a Danny con el traje que ella había elegido para el funeral, pero Margie, la hermana de mi padre, no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer e insistió en que llevara un traje chaqueta marrón. La disputa se fue intensificando. Margie acabó entrando en casa de mi padre para coger todo lo que había de valor y escondérselo a Ginny. La funeraria puso varios coches a disposición de la familia, y mi madre exigió uno para ella. Hasta sus hermanas se llevaron las manos a la cabeza cuando se enteraron: si ya no era su esposa, ¿qué pintaba allí? Y la reprimenda no acabó ahí, claro está. Tenía la sensación de que la rabia y la indignación que había despertado mi madre en la familia de Danny también me estaban salpicando a mí, como si yo fuese una extensión de Ginny. (De hecho, la única conversación que recuerdo mantener con ella durante esos días fue una tremenda discusión sobre lo que iba a ponerme para la ocasión). Hacía mucho tiempo que todos sabían que Danny no era mi padre biológico, pero noté que algo había cambiado en el ambiente: empecé a dudar de si realmente formaba parte de esa familia. Tal vez estuviese exagerando un poco, pero no me sentí bienvenida, sino incómoda. «¿Debo estar aquí?», me pregunté. Y con ese «aquí» no me refería al funeral, sino a este mundo. ¿Debería haber nacido?

 

Mi padre falleció en octubre. Y yo cumplí los dieciocho en noviembre. Me casé con Freddy en febrero del año siguiente. Fue una época muy confusa. Nuestra boda no fue más que el reflejo de ese momento tan disperso, incoherente y oscuro de mi vida. DeAnna y George fueron los únicos miembros de mi familia que acudieron al enlace. Llevé un vestido vintage y un velo cubierto de florecitas. Se celebró en una pequeña iglesia española de Los Ángeles. No recuerdo muy bien dónde.