Inside Out. Mi historia
Capítulo 12
P oco después de conocernos, Bruce había comprado una propiedad en el valle Wood River, en un pueblecito llamado Hailey. Se había roto la clavícula esquiando, en Sun Valley, que estaba muy cerca. Mientras se recuperaba del accidente, se enamoró de aquel cielo inmenso, de la paz que transmitía el paisaje y de la indiferencia que mostraban los locales hacia cualquier cosa relacionada con Hollywood. Fue amor a primera vista y, a decir verdad, a mí también me enamoró. Reformamos la casa original, de la que solo mantuvimos intacta la puerta principal. Desde ese momento, siempre que puedo me escapo a Idaho, sobre todo si estoy con mis hijas. Se convirtió en mi oasis. Allí me sentía «como en casa», y todavía sigue siendo así. Hay algo en ese lugar, envuelto entre montañas, donde el aire es limpio y fresco y donde no se oye ningún tipo de ruido, excepto la corriente del río Big Wood, que me relaja, me tranquiliza y me transmite serenidad. Tan solo habían pasado doce días del parto, por lo que Rumer era una recién nacida, pero aun así la llevamos a Hailey. Pasó las primeras semanas y meses de su vida allí: fue una época maravillosa. Sin embargo, cuatro meses después de la visita de mi madre, recibí una llamada de la policía: Ginny había sufrido una sobredosis de pastillas y habían tenido que ingresarla en el hospital. Se recuperó y le dieron el alta enseguida, pero unos meses más tarde, recibí otra llamada: la habían detenido por conducir bajo los efectos del alcohol. Estaba desatada y había perdido el control, así que la ingresé en un centro de desintoxicación.
Lo primero que hizo cuando salió del centro fue llamar a la prensa sensacionalista y vender su recuperación…, y nuestra turbulenta relación. Me enfadé muchísimo. Tenéis que entenderme, odiaba todas esas revistas del corazón. Sé que a primera vista puede parecer exagerado. Que te persigan un puñado de paparazzi no es para tanto, pensaréis. De hecho, antes de que la prensa rosa entrara a formar parte de mi vida, si una actriz me hubiera contado el horror, el pánico y la rabia que sentía cada vez que salía a la calle y se topaba con reporteros que solo querían hacerle una fotografía, yo también me habría encogido de hombros y habría dicho: «¿Qué más da?». Pero intentad poneros en mi lugar: ¿sabéis esa maravillosa sensación de tener una hora solo para ti, sin las exigencias de un hijo o de un cliente, sin el sonido del teléfono martilleándote el oído, y salir por la puerta de tu casa, o de tu coche, y perderte por las callejuelas de una ciudad o dar un paseo sin rumbo fijo, solo por el placer de pasear? Pues bien, cuando la prensa rosa te acosa, eso nunca pasa. Tener a un puñado de paparazzi esperando a abalanzarse sobre ti como si fuesen perros salvajes (irracionales, amenazadores y con el único objetivo de conseguir una instantánea tuya) puede resultar agresivo e invasivo a un nivel casi existencial.
Esa es la explicación, un poco larga, lo sé, de por qué le pedí a Ginny que no volviera a hacerlo. Intenté explicarle que compartir detalles (y falsedades) sobre mi infancia con esa clase de prensa, cuyo negocio se basa en la mentira y el sensacionalismo, había sido una traición y un abuso de confianza por su parte. Ginny lo comprendió a la primera, pero luego se dedicó a vender fotografías mías.
Es evidente que no había entendido mi postura. Todavía conservo una copia de una de las cartas que me envió su «agente», en la que me informaba que estaba tratando de vender los derechos de varias fotografías mías a revistas de Italia, Australia, Alemania, España, Gran Bretaña y Francia. «¡La madre de Demi Moore por fin ha abierto el álbum de fotos familiar para destapar los secretos de su hija!», decía en la carta. Había incluido dieciocho fotografías jamás publicadas, entre ellas una de mi boda con Freddy y que, según la carta, «había intentado ocultar». También había una fotografía del día que me casé con Bruce, otra de Bruce y yo chapoteando en una bañera de hidromasaje, y otra de cuando era niña, tumbada en la cama de un hospital, cuyo pie de foto decía «el día que estuvo a punto de morir». Ginny y su agente exigían diez mil dólares a cada país a cambio de las fotografías.
Logré convencerla de que no incluyera una fotografía de Rumer ni tampoco la de Bruce en el jacuzzi, pero no de que no vendiera el resto. Me sentó como una patada en el estómago. Lo que mi madre hacía por dinero estaba alimentando algo que yo había intentado alejar de nuestras vidas, para lo cual había invertido mucho tiempo y esfuerzo.
Hoy en día, cada vez que tengo que ir a un sitio, medito bien por dónde entrar o por dónde salir, para así poder esquivar a los paparazzi. Pues bien, cuando Rumer y sus hermanas eran pequeñas, toda esa antelación y esa cautela la multiplicaba por cien. Quería proteger a mis hijas de ese mundo horrible de asedio e invasión; fue una de los motivos principales por el que acabamos criando a nuestras hijas en Idaho, y no en California. Y creo que fue una de las mejores decisiones que Bruce y yo tomamos.
Ginny se negaba a reconocer que lo que había hecho era una traición en toda regla; sabía muy bien que la prensa rosa no era santo de mi devoción, sobre todo después de que hubieran publicado un sinfín de mentiras sobre mí.
Lo sé: lo más sorprendente de todo es que no lo hubiera visto venir (otra vez). A los niños se les inculca que deben confiar ciegamente en sus padres. Es curioso todo lo que tiene que pasar para que uno se dé cuenta de que estaba equivocado.
Había decidido que, después del embarazo, recuperaría mi figura y tendría mejor aspecto que nunca. Lo vi como una oportunidad de apretar el botón de «reiniciar». En tan solo tres meses, había perdido todo el peso ganado durante el embarazo, y cuatro kilos más. Justo entonces me invitaron a participar en el programa Saturday Night Live, pero los guionistas basaron todo mi monólogo inicial alrededor de la idea: «He tenido un bebé hace tan solo doce semanas, ¡y mírame!». No me sentía muy cómoda con la idea, pero en aquel momento no tenía la seguridad y confianza en mí misma como para decirlo en voz alta. Los guionistas me decían: «Confía en nosotros, ¡funcionará!». Y podría haber funcionado si hubiera creído en cada una de las palabras que iba a decir. Por mucho que le diese vueltas a la idea, no tenía ni la más mínima idea de cómo decir «¿No estoy genial?» de una manera cómica y divertida. Interpretar ese monólogo fue una tortura. Me aterrorizaba plantarme delante de un público en directo y soltarles un monólogo humorístico. Además, para ser sincera, tenía miedo de que, al final, se rieran de mí… y no de mis chistes. Toda esa negatividad y ese pesimismo me arrebataron la experiencia y me impidieron disfrutar de la compañía de los maravillosos artistas que participaron esa temporada, como Dana Carvey, Jon Lovitz, Phil Hartman, Nora Dunn y Al Franken. Saturday Night Live es un programa muy rápido; recuerdo que, al terminar, cuando nos despedíamos del público y les dábamos las buenas noches, pensaba: «Ya ha acabado, ¡por fin puedo volver a ser yo!».
Poco después de Saturday Night Live, me ofrecieron un papel en una película junto con Robert De Niro y Sean Pean. Se llamaba Nunca fuimos ángeles, una comedia. El director sería Neil Jordan, un irlandés por el que sentía gran admiración gracias a películas como Mona Lisa y El hotel de los fantasmas. La idea de compartir pantalla con actores de esa talla me parecía fascinante. «Si me consideran lo bastante buena como para trabajar con gente de este calibre, quizás es que no lo hago tan mal», pensé para mis adentros.
Fue un punto de inflexión, una señal que me estaba mandando el destino para que confiara más en mi faceta como actriz. Sin embargo, la reacción de Bruce a la oportunidad que se me había presentado no fue la que había imaginado. Recuerdo que estábamos en la habitación, cambiándole el pañal a Rumer, cuando le expliqué el maravilloso proyecto que me habían ofrecido y lo entusiasmada que estaba por rodar una película en Canadá junto con Robert De Niro, nada más y nada menos. La expresión de Bruce era de indiferencia absoluta.
—Esto nunca funcionará.
Estaba confundida, desconcertada.
—¿Qué quieres decir con que nunca funcionará? —pregunté, porque la verdad es que no entendí a qué se refería.
—Esto nunca va a funcionar si estás fuera de casa, rodando una película —añadió.
Se refería a nuestra vida, a nuestra familia. Creía que las cosas entre nosotros no irían bien si estaba pendiente de algo externo a nosotros. Me quedé atónita. Ambos sabíamos a qué nos dedicábamos antes de formar una familia, no era ningún secreto. Bruce sabía perfectamente lo que implicaba mi trabajo como actriz y asumí que no supondría un problema para él. Sin embargo, durante los pocos meses que estuvimos saliendo antes de casarnos, solo había hecho algún trabajo ocasional en prensa y otros medios de comunicación, en lugar de pasarme jornadas enteras fuera de casa rodando una película. Hasta el momento, mi trabajo no me había exigido separarme de él. En ese momento, mientras cambiaba el pañal, sentí que, por primera vez, nuestras prioridades ya no eran las mismas. Y empecé a asustarme.
—Bueno, pues haremos que funcione —contesté, dispuesta a encontrar una solución al problema.
Le aseguré que habían estructurado el horario de rodaje de manera que pudiera llevarme a Rumer, y le prometí que volvería a casa siempre que pudiese, para pasar tiempo con él. Me sentía tan nerviosa que no quería mantener una conversación real, adulta y madura con Bruce sobre nuestras ideas y aspiraciones en relación con el trabajo, los roles de género y la crianza y educación de nuestros hijos. No quería abordar esos temas tan importantes, a pesar de que era más que evidente que necesitábamos discutirlos para que el matrimonio no fracasara. Así pues, en lugar de hacer eso, opté por el «¿Cómo puedo arreglar esto?», y empecé a hacer malabarismos para adaptarme al horario laboral de Bruce y para satisfacer sus expectativas.
Rumer tenía cinco meses cuando empezó el rodaje de Nunca fuimos ángeles. Cada fin de semana tomaba un avión y volvíamos a casa. Creo que Bruce vino a vernos una vez. Fue una época complicada. Me sentía insegura en el trabajo y no tenía el apoyo de alguien que, al llegar a casa, me dijera: «Vamos, tú puedes con esto». Tenía que darme ánimos a mí misma.
Trabajar al lado de Sean Penn y Robert de Niro fue inspirador, pero el ambiente que se respiraba en el set de rodaje era bastante tenso, pues Sean y el director chocaban constantemente. La película no fue un éxito comercial. Pero, gracias a Dios, el siguiente proyecto que me propusieron lo iba a compensar.
El guion de Ghost era distinto a todo lo que había leído hasta entonces. Por un lado, el amor que se profesaban los dos protagonistas, que era tan profundo y romántico que incluso trascendía a la muerte. Por otro, un homicidio y la investigación para averiguar el motivo real del asesino. Y, para terminar, una trama secundaria muy divertida en la que aparecía una vidente que tenía la mala costumbre de estafar a sus clientes. En realidad, eran tres películas en una: una romántica, un thriller y una comedia. Y con un añadido perfecto, el director Jerry Zucker. La película ¡Aterriza como puedas! había sido un gran éxito, pero jamás se había atrevido con algo así.
Me interesaba muchísimo el aspecto espiritual de la historia, la conexión que todos tenemos con el más allá, con todo aquello que escapa de la lógica, así que por esa parte no me podía quejar. Pero sabía que, con tantos elementos en juego, iba a ser un proyecto arriesgado. Cuando leí el guion de Ghost, pensé: «Esto puede ser maravilloso o un desastre absoluto».
No tuve que pasar una prueba de casting para el papel de Molly Jensen, la protagonista de la historia, porque me habían visto actuar en otras películas y me querían sí o sí. Reconozco que me sentí halagada. Me reuní con Jerry y los productores en dos ocasiones, la primera en Los Ángeles y la segunda en Nueva York, cuando Bruce, Rumer y yo íbamos de camino a París a pasar nuestras primeras vacaciones en familia. Estaba decidida a cortarme el pelo allí, por lo que metí en el bolso una fotografía de Isabella Rossellini, en la que aparecía con ese corte masculino tan atrevido y tan chic, para poder mostrarle a mi peluquera parisina lo que quería. Todavía dudaba en si aceptar el papel de Ghost o no, así que tenía plena libertad para hacer lo que se me antojara con mi pelo. Nunca había estado en París y, por supuesto, no hablaba ni una sola palabra de francés. Pero tenía una misión: doblé la esquina del apartamento que habíamos alquilado en la Rive Gauche, entré en la primera peluquería que vi y les mostré la fotografía de Isabella con ese corte de pelo tan sofisticado. «Al fin y al cabo, esto es París, la ciudad de la moda y el buen gusto. Seguro que lo harán bien», pensé.
Pero me equivoqué. El corte que me dejaron no era lo que tenía en mente. Lo más curioso del asunto fue que cuando volvimos a casa, pasé a ver a un peluquero que una amiga me había recomendado: echó un vistazo a la fotografía de Isabella Rossellini y dijo:
—Yo le corté el pelo.
Y replicó esa obra de arte. Me encantó el resultado. Ese corte de pelo cumplió todas mis expectativas: me daba un aspecto totalmente distinto y me hizo sentir más valiente. Y había algo fresco e inesperado en él. Nunca me arrepentí.
Jerry Zucker se quedó de piedra (y estoy segura de que horrorizado) cuando volvimos a reunirnos después de las vacaciones y le comuniqué que había decidido hacer la película. Patrick Swayze había sido su apuesta para interpretar al otro protagonista, Sam Wheat; para su novia, había buscado a una actriz con una melena larga, oscura y sedosa. Y ahora tenía a una actriz con muy poco pelo. Sin embargo, Jerry siguió adelante con su propuesta de actores y no me obligó a llevar peluca. En mi opinión, ese corte de pelo encajaba a la perfección con el carácter del personaje.
Se suponía que Molly era una artista que llevaba una vida bohemia en Tribeca, el antiguo Tribeca de los ochenta, el barrio de artistas que vivían en lofts, aunque su novio, Sam, trabajaba en finanzas, igual que la mayoría de la gente que hoy en día vive en ese barrio (en eso, la visión del director resultó clarividente). Jerry tenía una idea muy clara de lo que quería. Nos llevó a Patrick y a mí a Nueva York para que pudiéramos ver en persona el loft que tenía pensado, porque, según él, ese diminuto apartamento era un fiel reflejo de la relación que mantenía la pareja y de su estilo. Los decoradores de Paramount recrearon ese loft hasta el último detalle. En mi opinión, esa siempre ha sido una de las cosas más maravillosas y fascinantes de la industria cinematográfica: que un director pueda enseñarle a los miembros de su equipo la cocina de su madre, por ejemplo, que les diga: «Esto es lo que quiero» y que ellos sean capaces de crear una copia idéntica como por arte de magia. Cuando entramos en el set de rodaje y vimos el loft que habían construido, me quedé boquiabierta. Era clavadito al que Jerry había encontrado en Tribeca, desde los suelos de madera, que crujían al pisarlos, hasta los inmensos ventanales.
Molly se ganaba la vida con la cerámica, así que contrataron a una alfarera para que me enseñara a utilizar un torno manual. Fui a su taller varias veces para aprender a moldear esas diminutas jarras y tarros que todavía conservo en casa. Las vasijas que hice son un poco chapuceras, pero son un recuerdo de aquella experiencia única en la que pude conocer a una artista que se dedicaba a lo mismo que mi personaje. Le ponía tanta pasión a cada pieza que creaba que daba la sensación de que moldear el barro no le supusiera ningún esfuerzo. Enseguida descubrí que la más mínima presión podía transformar, y también echar a perder, la pieza que estabas haciendo en el torno. Y ahí estaba yo, tratando de hacer lo mismo en una película. La famosa escena en la que Patrick y yo moldeábamos un pedazo de barro haciéndolo cada vez más alto, hasta que se derrumba sobre el torno, fue todo un desafío.
El otro aspecto de la película que me inquietaba era mucho más profundo. Mientras leía el guion me di cuenta del nivel emocional que requería: no había escenas de llorera histérica, sino más bien escenas emotivas intensas y silenciosas, las más difíciles. Recordé una conversación con Emilio y su familia sobre los actores cuando lloran; todos tendían a arrugar la cara o a estrujársela; eso hacía que las lágrimas parecieran un poco forzadas y falsas. No sabía si sería capaz de llorar, y no me refiero únicamente a mi faceta como actriz. No era de lágrima fácil, ni dentro ni fuera de la pantalla. De hecho, jamás lloraba. Había aprendido a reprimir el llanto y no estaba segura de que, de la noche a la mañana, pudiese desenterrar esa emoción y saber expresarla. ¿Cómo iba a derramar lágrimas por exigencias del guion si ni siquiera sabía llorar en la intimidad? Me preocupaba muchísimo que no fuese capaz de hacerlo, pero mi propia ansiedad me decía: tienes que conquistar este terreno.
Ese fue el valioso e incalculable regalo que me dio la película; me obligó a indagar en mis propias emociones, a hurgar en mi corazón y, sobre todo, a desenterrar mi dolor. Trabajaba con un profesor de interpretación llamado Harold Guskin, que me habló de la importancia de la respiración, a través de la cual controlamos nuestros sentimientos. Preparó varios ejercicios que imitaban lo que solemos hacer de forma natural cuando nos emocionamos: en pocas palabras, contenemos la respiración. El objetivo de esos ejercicios era ayudarme a comprender la emoción que la escena pretendía conseguir y conectarla con mi cuerpo, con mi ser físico. Allí, sentada frente a él, fui consciente de que tendía a contener la respiración. Una exhalación rápida, una inhalación y esperaba unos segundos a soltar el aire: llevaba muchos años haciendo eso, sobre todo cuando sentía miedo, pena o rabia. Silenciaba todas mis emociones a través de la respiración para mantenerlas encerradas en mi interior, literalmente.
Esa revelación ya resultó, en sí misma, liberadora. Fue como si me hubiera quitado una venda de los ojos. Por fin era consciente de que esas emociones estaban ahí, en mí. Gracias a Ghost aprendí a respirar. Eso, a su vez, me ayudó a abrir mis sentimientos y a analizarlos desde una perspectiva mucho más sana y madura. Marcó un antes y un después en mi vida, pues ahora me miraba a mí misma con otros ojos. Sufrí algún que otro bloqueo (y los sigo teniendo), pero fue uno de esos grandes momentos en los que abrí mi corazón sin tapujos. Creo que eso quedó reflejado en la película. Hace poco, mientras promocionaba Corporate Animals en el Festival de Sundance, un joven periodista me confesó que su escena favorita de todos los tiempos era cuando una única lágrima rodaba por mi mejilla, en Los ángeles de Charlie: al límite, mientras decía «Yo nunca fui buena: yo fui la mejor». Después mencionó Ghost y me preguntó:
—¿Qué se siente al ser la llorona más icónica de la historia del cine?
Debo admitir que la pregunta me hizo gracia. Resulta curioso pensar que pasé de no llorar nunca a ser famosa por mi forma de llorar.
En mi opinión, uno de los factores que más encandiló al público de Ghost fue el nivel de vulnerabilidad que conseguí transmitir, algo que también sentí en mi propia piel. La experiencia fue fantástica, sobre todo porque rodamos en Los Ángeles, así que el conflicto con Bruce por pasar tantos meses fuera de casa desapareció. Además, había muy buena química entre el elenco de actores y actrices y el equipo que trabajó en la película. A veces, cuando estás en un set de rodaje en el que tienes la sensación de que nada sale bien, te cuesta una barbaridad pasar a otra escena. Pero en Ghost todo fluía con naturalidad y las cosas salían rodadas, sin tener que forzarlas en lo más mínimo. Hace poco me entrevistaron para un documental sobre la vida de Patrick. Me mostraron material de archivo que jamás había salido a la luz y vídeos que se habían grabado durante los descansos. El inmenso cariño y la ternura con que nos tratábamos saltaba a la vista. Así era Patrick.
Después de la primera proyección de la película, todo el mundo, desde mis agentes hasta los productores ejecutivos, estaba eufórico. Y yo también. Me tomaba muy en serio sus valoraciones, pues eran personas con gran experiencia en el mundillo. Si tenían la corazonada de que iba a ser un éxito, entonces yo también. Todos estábamos ansiosos por leer las críticas. Sin embargo, cuando se publicó la primera, fue una pesadilla. Al crítico no le había gustado nada Ghost. Nada de nada. Y eso fue un punto de inflexión para mí: ese día decidí que dejaría de leer críticas, por mi propio bien y porque, si tu bienestar depende solo del poder y las palabras bonitas, también lo hará cuando recibas rechazo y palabras groseras: siempre estarás a merced de otras personas.
La película fue un bombazo y tuvo un éxito aplastante en todas las salas de cine. Se estrenó en el verano de 1990 y recaudó más de doscientos millones de dólares. Y el impacto no fue efímero: duró varios años. Actualmente, todavía me llegan historias de gente de todo el mundo a quienes la película les afectó profundamente, sobre todo a aquellos que habían perdido a un ser querido: la historia les había dado esperanza.
Ghost también fue mi primera película «adulta». Con esto quiero decir que me incluyeron en todas y cada una de las etapas del proceso creativo, desde el diseño de producción hasta la banda sonora. Cada día, durante el almuerzo, repasábamos el metraje sin editar del día anterior, con minuciosidad y con gran profesionalidad. El ambiente de ¿Te acuerdas de anoche? era bastante parecido, pero Ghost fue distinto, pues ya no era una cría, sino una mujer más madura y menos insegura. Pero también creo que había algo de magia y que el público también se dio cuenta.
Los detractores de la película quedaron en evidencia cuando Ghost obtuvo cinco nominaciones a los Óscar. Me alegré cuando Bruce Joel Rubin ganó el premio al mejor guion original y Whoopi se llevó su estatuilla a la mejor actriz de reparto. A mí tampoco me fue mal, ya que me nominaron a mejor actriz en los Globos de Oro, aunque Julia Roberts me lo arrebató por su papel en Pretty Woman, otra película que ha perdurado a lo largo del tiempo. Hoy en día, si enciendes la televisión y están emitiendo Ghost o Pretty Woman, es muy posible que te parezcan películas un poco viejas y con una trama bastante estrambótica, pero estoy convencida de que no vas a cambiar de canal. Porque en esas dos películas, a pesar de tener más de treinta años, hay algo muy valioso e importante: corazón.
Mi vida profesional estaba subiendo como la espuma. Mi vida personal, en cambio, estaba de capa caída. Justo antes del segundo cumpleaños de Rumer, Bruce estaba preparándose para una película que se iba a rodar en Europa, El gran halcón. Todavía no había empezado el rodaje, pero estaba en boca de todo el mundo, sobre todo porque el presupuesto era altísimo. Bruce había participado en el guion, había escrito algunas de las canciones y había invertido bastante dinero en la producción de la película. Justo antes de irse, dejó caer una bomba.
—No sé si quiero estar casado.
Fue como si me hubiera dado un puñetazo en el pecho y me hubiera quedado sin aire en los pulmones.
—Pues estás casado y tienes una hija —repliqué—. ¿Qué quieres hacer?
Bruce y yo nos conocimos, nos casamos, tuvimos una hija y muchas otras cosas más en muy poco tiempo; fue como si, de repente, se hubiera despertado de un sueño y hubiera pensado: «Un momento, ¿esto es realmente lo que quiero? ¿O prefiero ser un hombre libre, sin ataduras ni compromisos?». Creo que, como buen piscis, estaba entre dos aguas; le estaba costando muchísimo resolver ese conflicto interior: por un lado, anhelaba tener una familia y echar raíces en un sitio; por otro, quería una vida llena de emoción y novedades. En resumen, quería hacer lo que le saliera de las narices, algo bastante habitual en hombres de esa edad (tenía treinta y seis años en ese momento). Y después súmale fama y dinero, y haz los cálculos.
La parte fuerte y firme de mí pensó: «Si esto no es cien por cien lo que quieres en tu vida, vete y no vuelvas. Necesito un marido al que no tenga que convencer de que este matrimonio merece la pena». Pero Bruce no quería ser de esa clase de hombres que deja tirada a su familia y que abandona a sus hijos. Aunque estaba muerta de miedo y me costaba asimilar lo que estaba ocurriendo, no dejaba de repetirle que se marchase. Seguimos juntos, aunque nos distanciamos muchísimo. Cuando hizo las maletas para rodar El gran halcón, nuestra relación estaba muy tocada. Fui a visitarlo en una ocasión y, francamente, tuve la impresión de que me había sido infiel. Fueron unos días tensos y raros, y pasaron cosas que no me parecieron correctas ni aceptables.
En medio de la batalla que estaba librando contra esa sensación de rechazo e incertidumbre, me ofrecieron un papel en una película llamada Una bruja en Nueva York. No debería haber aceptado el proyecto, pero por razones que nada tenían que ver con Bruce. Mi agente de entonces me convenció de que hiciera la película por dinero, para subir mi caché. Jamás volví a protagonizar una película solo por dinero. No era mi forma de trabajar: fue una experiencia tan desastrosa que decidí que no se repetiría. No estaba segura de que encajase en mi perfil, no me sentí cómoda durante el rodaje; además, el director no me daba buena espina. La película giraba en torno a mí, pero trabajaba con actores que tenían mucho más recorrido y experiencia que yo, actores de la talla de Jeff Daniels, Frances McDormand y Mary Steenburgen. Me sentí intimidada y, lo peor de todo, no me atreví a pedirles ayuda. En lugar de eso, di por sentado que todos me habían juzgado, que me consideraban un fraude y que los había decepcionado. Tenía que utilizar un acento sureño, y me preocupaba que sonara ridículo.
Interpretaba a una vidente que visualiza el futuro de su marido, un carnicero afincado en Nueva York; para ayudarnos a entender mejor el mundo de la adivinación y el espiritismo, los productores trajeron a una experta al set de rodaje. Lo primero que me soltó durante la sesión fue:
—Tu hija está pidiendo un hermanito.
Acertó de lleno: Rumer llevaba meses pidiéndome que tuviésemos más hijos; se moría de ganas por tener un hermanito, pero eso era bastante difícil que ocurriese. Bruce seguía rodando en Europa y estaba furioso conmigo por haber vuelto a trabajar, sin hablar de las dudas que ya tenía sobre nuestro matrimonio. Pactamos que nunca pasaríamos más de dos semanas separados y que siempre que nos viéramos estaríamos cuatro días juntos. Sin embargo, rompí ese acuerdo al aceptar la película. En general, puedo decir que me revelé contra Bruce. Me negaba a comprar la idea de «Tú eres el rey», una idea que él se empeñaba en inculcarme. Además, aquel «no sé si quiero estar casado» no me había ablandado el corazón precisamente, sino más bien todo lo contrario.
Sin embargo, cuando volvió a casa, la primera vez que mantuvimos relaciones sexuales, me quedé embarazada. Él estaba eufórico y no cabía en sí de contento. De repente, fue como si aquella conversación en las que expresó sus dudas sobre nuestro matrimonio no hubiera tenido lugar.