Inside Out. Mi historia
Capítulo 14
E l día después de que Scout naciera, la sujeté bien a un portabebés y salí a dar una vuelta por el barrio. Terminó siendo un paseo más largo de lo planeado; me alejé bastante de las casitas que formaban nuestro vecindario en Hailey, rodeado de árboles y ciervos canadienses. Al cabo de menos de una semana, ya había retomado mi rutina: montaba en bici, daba largas caminatas por montañas y hacía ejercicio en el gimnasio cinco veces a la semana. Crie a Scout igual que había hecho con Rumer; mi primera hija enseguida había empezado a coger peso y a crecer, pero Scout seguía tan minúscula y menuda como el primer día. Cinco semanas después del parto empecé a asustarme, pues creía que algo andaba muy mal. Fui corriendo al pediatra y mi preocupación se convirtió en pánico cuando la colocó sobre la báscula y nos dimos cuenta de que apenas había engordado desde el parto, y eso que había nacido con muy poco peso porque se había adelantado varias semanas.
El médico salió de la consulta y volvió con un biberón lleno de leche de fórmula, es decir, un sustituto artificial de la leche materna. Le metió la tetina en su diminuta boquita y Scout se bebió hasta la última gota de aquel líquido. El problema de que no cogiera peso era culpa mía. El médico no utilizó esas palabras, por supuesto, pero fue la conclusión a la que llegué cuando me explicó los motivos de aquel estancamiento: estaba haciendo tantísimo deporte que estaba creando demasiada lipasa (una enzima que reduce la grasa) en mi leche materna. Aunque amamantaba a Scout durante horas, no crecía, así que la única solución iba a ser añadir algo de leche de fórmula a su dieta. Me quedé hundida. Dar el pecho a tus hijos es una de las cosas más gratificantes y bonitas de la maternidad.
Sin embargo, ni siquiera consideré la opción de dejar de hacer deporte. Mi trabajo consistía en caber en el uniforme militar que llevaba mi personaje en Algunos hombres buenos. Y debía lograrlo en menos de dos meses. Ponerme en forma para esa película marcó el inicio de mi obsesión con el deporte, una obsesión que me perseguiría durante los siguientes cinco años. Nunca me atreví a aflojar lo más mínimo, ni mucho menos a dejarlo.
Regresamos a Los Ángeles, donde se iba a grabar Algunos hombres buenos y donde Bruce enseguida empezaría el rodaje de La muerte os sienta tan bien, con Goldie Hawn y Meryl Streep. Fue un golpe de buena suerte: las dos películas se iban a rodar en el mismo estudio de Culver City, que más bien terminó pareciéndose a una guardería. Meryl acababa de tener un bebé. Como yo. Rob Reiner y su esposa habían sido padres hacía nada. Y la cómica británica Tracey Ullman, que estaba rodando su programa de televisión en ese mismo plató, también acababa de ser madre. Recuerdo que paseábamos entre las caravanas y los remolques con nuestros hijos en brazos. Todavía conservo una fotografía en la que todos los miembros de lo que en broma bautizamos como «los bebés de las estrellas» estamos apoyados sobre la fachada de nuestra casa en Idaho. Casualidades de la vida, tres de esos bebés, Scout, Jake Reiner y Johnny, el hijo de Tracey Ullman, coincidieron en el mismo instituto de Los Ángeles.
Cuando empezamos los ensayos de Algunos hombres buenos, logré enfundarme ese uniforme tan estrecho, aunque me costó Dios y ayuda. Me levantaba a primera hora de la mañana para salir a correr unos cuantos kilómetros, después iba al set de rodaje y, cuando acababa la jornada laboral, me encerraba en el gimnasio. Por otro lado, en cuanto llegaba a casa, amamantaba a Scout. Fue una auténtica tortura. Durante el embarazo tan solo había engordado unos doce kilos; ahora, gracias a esa rutina tan estricta y frenética, ya me había deshecho de todo ese peso; sin embargo, había una parte de mi cuerpo que seguía enorme, casi desproporcionada. Scout alternaba el pecho y el biberón, así que durante la mitad del día tenía las tetas llenas de leche, lo cual, por cierto, es muy doloroso. En resumidas cuentas, tenía un pecho exagerado. (Dado que casi siempre tenía un pecho mucho más grande que el otro, el equipo de vestuario tenía que añadir relleno al sujetador para que los dos parecieran iguales).
Siempre había sentido gran admiración por Jack Nicholson, y trabajar a su lado aumentó todavía más esa fascinación. La frase más célebre de la película, que cuenta la historia de dos jóvenes marines a quienes los acusan de asesinato en un consejo de guerra, y que se convirtió en todo un clásico del cine, llegó a última hora, después de una larga jornada de rodaje. Jack, que interpretaba a un coronel de los marines, se vuelve en contra de mi compañero abogado, interpretado por Tom Cruise, y gruñe: «Tú no puedes soportar la verdad». Tuvimos que pasarnos el día en el set de rodaje mientras grababan el «lado opuesto», lo que significaba que la cámara estaba enfocando siempre a Tom en la sala donde se celebraba el juicio. Jack estuvo recitando su diálogo en voz alta, delante de todos. A veces oyes hablar de actores que guardan silencio cuando no están delante de la cámara y reservan su interpretación para los primeros planos, pero Jack no era así. Estaba sentada en el estudio y no le quitaba ojo de encima. Ese hombre era un actor entregado que daba el cien por cien de sí todo el día; por un momento, pensé que iba a quedarse afónico. Me impresionó su generosidad: estaba entregando a sus compañeros lo mismo que después regalaría a la cámara, lo cual es muy muy difícil cuando se está ante una escena crucial y emocional.
No fue tan amable y elegante unos días más tarde, cuando estuvimos esperando a que se presentara para poder grabar una escena en una localización que era una copia exacta de Guantánamo, el lugar donde ocurre parte de la historia. El sol tenía que estar a una altura en particular para conseguir la luz perfecta de la escena, pero ya había empezado a anochecer. Rob Reiner no dejaba de murmurar que todo iba a ser un desastre y nadie parecía entender por qué no podíamos sacar a Jack de su caravana, ni que fuese a la fuerza. Jack apareció en el último momento, justo antes de que el sol se pusiera. Es un fiel seguidor de los Lakers y ese día había estado pegado a la televisión, esperando a que Magic Johnson anunciara que era portador del VIH. Jack sabía que se anunciaría esa tarde, a pesar de que era un secreto.
Lo que más me fascinó de Algunos hombres buenos fue la originalidad que Aaron Sorkin y Rob Reiner, pues no involucraron a mi personaje y al de Tom en una relación romántica, o poco profesional. En aquella época, todo el mundo, tanto los equipos de rodaje como el público que pagaba una entrada de cine, daba por sentado que si en una película aparecía una mujer atractiva, era cuestión de tiempo que la vieras metida en la cama con el actor protagonista o, como mínimo, medio desnuda. Pero Rob y Aaron tuvieron el coraje de rebelarse contra tal convención: pensaban que esa historia iba sobre algo más, y tenían razón. Años más tarde, Aaron dijo delante de un aula atiborrada de alumnos de cine: «La idea de la película era que esos jóvenes abogados se habían metido en una camisa de once varas sin saberlo y que dos marines estaban siendo juzgados por un tribunal militar, por lo que, si Tom Cruise y Demi Moore se tomaban un descanso para darse un revolcón, creo que sus personajes se habrían percibido de otra forma y no nos hubiesen gustado tanto». Sorkin aseguró que escribió a un ejecutivo que le había presionado muchísimo para que hubiera una escena de sexo. «Nunca olvidaré la respuesta de ese ejecutivo: “Bien, pues sí Tom y Demi no van a acostarse juntos, ¿por qué Demi es una mujer?”. Esa respuesta me dejó sin palabras».
Me encantaba que mi personaje no dependiera únicamente de su atractivo sexual, algo que no solía ocurrirme muy a menudo, la verdad. Me presentaron como una mujer a la que sus compañeros valoraban y respetaban porque era competente. La película recibió cuatro nominaciones a los Óscar y cinco nominaciones a los Globos de Oro.
Se me encogió el corazón al leer el guion de la siguiente película que me ofrecieron: conté el número de escenas de sexo que iba a tener que hacer. Quería aceptar el proyecto porque el argumento me pareció buenísimo: una joven pareja viaja a Las Vegas con la esperanza de ganar suficiente dinero como para pagarse la casa de sus sueños, una casa que el marido, un arquitecto, anhela construir. Pero, en lugar de eso, pierden todos sus ahorros. Sin embargo, un millonario se fija en la esposa, Diana, y les hace una oferta: les dará un millón de dólares a cambio de pasar una noche con ella. Al principio discrepan, discuten, pero acaban aceptando. Y la historia continúa, obviamente. Se tituló Una proposición indecente y la iba a dirigir un gran profesional. Adrian Lyne era conocido por sus películas emotivas, pero con una gran carga sexual, como Atracción fatal, Flashdance o Alucinaciones del pasado.
Insistió en que todos los actores pasaran la prueba de casting, sin excepción. De hecho, había coincidido con él en varias ocasiones porque me había presentado al casting de todas las películas que él había dirigido, incluida una titulada Zorras (era menor de edad y Jodie Foster se llevó el papel). Pero esta vez sí que estuve a la altura.
Woody Harrelson iba a interpretar el papel de mi marido. Woody era uno de los mejores amigos de Bruce; además de conocernos bastante bien, nos llevábamos de maravilla. En un primer momento, pensé que algunas escenas podrían resultar incómodas; besarle a él sería como besar a mi hermano. Pero, por otro lado, me tranquilizó saber que iba a compartir esas escenas con un amigo en quien confiaba plenamente. Y cuando Adrian contrató a Robert Redford para el papel de millonario, todas mis dudas se disiparon. Iba a ser una película única, memorable.
Hice un trato con Adrian: le daba total libertad para grabar las escenas de sexo tal y como quisiera, pero con una condición: que me permitiera revisar el metraje sin editar; si creía que alguna imagen era demasiado invasiva o gratuita o innecesaria, la borraría. Fue un acuerdo que exigía mucha confianza por ambas partes, y agradecí que estuviera dispuesto a trabajar de ese modo.
Aun así, iba a tener que exhibirme en la pantalla, y lo único en lo que podía pensar era en mi cuerpo, mi cuerpo y mi cuerpo. Decidí aumentar la intensidad de mi rutina de ejercicios diaria, que ya de por sí era desmesurada. Eliminé de mi dieta cualquier carbohidrato, salía a correr, montaba en bici y utilizaba todas las máquinas del gimnasio que habíamos instalado en la casa de Hailey. Un mes más tarde, cuando por fin empezaba a aceptarme y a sentirme cómoda con mi cuerpo, fui a ver a Adrian para hablar del vestuario. Y me presenté con el cuerpo que llevaba meses anhelando.
—Has perdido mucho peso —comentó Adrian en cuanto entré en la sala de reuniones.
Al principio me lo tomé como un cumplido. Le expliqué que no quería sentirme cohibida o insegura durante las escenas íntimas que íbamos a grabar y que, para evitarlo, había estado haciendo muchísimo deporte y dedicando casi todo el tiempo del día a mi cuerpo. Creo que no escuchó ni una sola palabra de lo que le dije. Tan solo me miraba con detenimiento y con una expresión de asombro y desconcierto en su rostro.
—¡No quiero que parezcas un tío, joder! —soltó al final.
Salí de su despacho confundida. Mi agente me llamó por la noche para darme una mala noticia. Y entonces sí que se me cayó el alma a los pies.
—Adrian va a despedirte…, a menos que ganes unos cuatro o cinco kilos.
Tuvimos una segunda reunión, aunque esta vez también asistieron mi agente y el director del estudio.
—No tienes ni idea de lo que me estás pidiendo —traté de explicarle—. Es como decirle a un heroinómano: «Venga, métete un chute».
Intenté hacerle entrar en razón, que comprendiera mi problema, que se diera cuenta de lo importante que era sentirse cómoda y segura durante las escenas de alto contenido sexual; si quería que estuviera desnuda delante de la cámara, tenía que verme delgada y esbelta. Aunque de mala gana y a regañadientes, Adrian dio su brazo a torcer. Para ser justos, era su película y quería que la protagonista fuese sensual y a la vez tierna, pero para mí el cuerpo ideal era el de una bailarina de ballet, delicado y esbelto. Por un lado, era mi cuerpo. Pero, por otro, era su película. Después de eso, hubo un poco de tensión y hostilidad entre nosotros; no quería dejarle ganar, pero sabía que había plantado una semilla y que era cuestión de tiempo que mi necesidad de complacer chocara con mi deseo de permanecer delgada. En la primera escena que grabamos para Una proposición indecente tenía que rodar sobre una cama cubierta de dinero en ropa interior.
Conocía a Glenn Close y ya me había advertido de que Adrian era un director un poco raro y excéntrico, sobre todo cuando se trataba de escenas de amor: me contó que se había puesto a gritar obscenidades como un energúmeno mientras se tiraba a Michael Douglas en todos los rincones de su apartamento, en Atracción fatal. Glenn no había exagerado en lo más mínimo. Adrian es un voyeur de manual, y seguramente por eso todas sus películas son tan interesantes y potentes. Pero en el set de rodaje parece un auténtico chiflado: no cerró el pico ni un solo segundo mientras rodamos las escenas de alto contenido sexual.
—¡Joder, esto es una obscenidad, pero de las buenas! Por el amor de Dios, ¡me he empalmado! —gritaba—. ¡Vamos, tócale la polla!
Al principio me resultaba muy desagradable, casi repugnante. El director, un tipo con pelo largo y aspecto de rockero británico, nos observaba empapado en sudor y parecía alterado. Y, para colmo, no dejaba de gritar que estaba empalmado. Sin embargo, en cuanto me acostumbré, empecé a ver las ventajas: tener a Adrian chillando guarrerías como un desalmado era más incómodo que desnudarme frente a una cámara. Además, me ponía por las nubes. En cuanto aprendí a no tomarme sus arrebatos como algo personal, resultó bastante divertido oírle desgañitarse desde el otro lado del estudio mientras Woody y yo fingíamos lujuria y pasión.
Y el hecho es que cuando vi con mis propios ojos lo que Adrian había editado, pensé que era hermoso. No tuve que recurrir al pacto que habíamos acordado, pues no había ninguna imagen que me incomodara, o que me pareciese lasciva o excesiva. Sus películas son eróticas, pero no son sórdidas.
El rodaje de la película fue durísimo. El horario era una locura: empezábamos a grabar a las cuatro de la mañana y acabábamos a las cuatro de la tarde. Me despertaba a la una y media de la madrugada para empezar a entrenar a las dos. Salía a correr o montaba en bici o iba al gimnasio del Mirage. Acababa justo a tiempo para meterme en la ducha y pasar por peluquería y maquillaje. Por la noche me dedicaba a cuidar de mis dos pequeñas, que me había llevado a Las Vegas, junto con su niñera y mi entrenador personal. Al día siguiente sonaba el despertador a la una y media y vuelta a empezar.
Ese ritmo vertiginoso y estresante tuvo secuelas, por supuesto. En mitad del rodaje empecé a sentirme débil y febril, como si tuviera la gripe. Adrian se empeñó en darme un día libre por enfermedad, pero me negué en rotundo; no quería que la gente empezara a comentar que la producción de la película se había tenido que suspender por mi culpa; seguía con la paranoia de que el mundillo del cine me viera como una actriz «difícil». A pesar de mis objeciones, Adrian llamó a un médico para que viniera y me hiciera una revisión. Resultó que no tenía gripe, sino neumonía. Esta vez no tuve opción, y Adrian tampoco. Tuvo que darme un día libre por baja médica, algo que los actores nunca queremos que figure en nuestro currículum.
Un equipo médico enseguida acudió al estudio y me suministró antibióticos intravenosos. Mejoré de inmediato, pero la verdad es que me asusté bastante, así que aflojé un poco con el deporte, aunque no lo suficiente para Adrian. Cada vez que me veía con deportivas o montada en una bicicleta, me miraba con desaprobación, casi con asco. Y por mucho que intentaba ignorar esa mirada, empezó a afectarme. Cuando terminamos el rodaje de la película, Adrian había conseguido meterse en mi cabeza, hasta el punto de que había cogido esos kilos de más que tanto me había exigido al principio. No me sentía cómoda con ese aumento de peso. Saltaba a la vista, al menos para mí, en las últimas escenas que grabamos: llevaba ese vestido color crema y se intuía una «tripita». Recuerdo que Adrian se acercó a mí mientras visualizábamos la cinta porque él también se había dado cuenta.
—No vuelvas a decir una sola palabra sobre mi cuerpo —le dije.
Adrian me ponía de los nervios, y yo a él. Aun así, debo reconocer que tenía un don. En cámara aparecía hermosa, resplandeciente. Todo el elenco de actores brillábamos en Una proposición indecente, como si tuviésemos luz propia. El director de fotografía se encargaba de la iluminación, pero Adrian siempre aportaba su granito de arena y la mejoraba. Prestaba mucha atención a la luz y a la narración de la película, cuidaba hasta el último detalle, incluido el vestuario. Recuerdo que le sugerí ponerme un vestido de seda negro para la primera «cita» entre mi personaje y el millonario: a Adrian le encantó la idea. Quería que ese primer encuentro entre los dos protagonistas fuese elegante (a pesar de que mi personaje había aceptado ser una chica de compañía por una noche), pero que también fuese romántico, con clase y seductor, y que no quedara reducido a un acuerdo económico. Adrian incluso contrató a Herbie Hanock para que tocara el piano en el yate del personaje de Redford mientras bailábamos. (No dejaba de pensar en ese momento icónico en Tal como éramos, cuando Barbra Streisand le retira un mechón de pelo a Redford de los ojos. No es fácil ser espontáneo cuando estás frente a una leyenda del cine, pero él fue muy atento y caballeroso durante todo el rodaje). Adrian el Guarro se transformó en Adrian el Romántico.
Era un perfeccionista que tenía las cosas muy claras. Aunque nuestra opinión sobre mi cuerpo chocaba casi de forma violenta, creo que su intención nunca fue ser cruel conmigo. Sabía muy bien qué quería, igual que todos los buenos directores.
La película, que se estrenó en abril de 1993, recaudó más de veinticuatro millones de dólares en tan solo cinco días. Nos llovieron críticas por todos lados, sobre todo por parte de expertos en cine y por grupos feministas, que pusieron el grito en el cielo y se quejaron de que se utilizaba a mi personaje como a un «objeto de trueque». Aun así, la película acabó recaudando más de doscientos sesenta millones de dólares en todo el mundo. La polémica con las feministas fue bastante interesante. La escritora Susan Faludi acusó al personaje de Robert Redford de «haber violado a una mujer con dinero». Un crítico de Los Angeles Times escribió: «Tal vez en Hollywood sea el Año de la Mujer, pero este año cada mujer tiene un precio». The Washington Post publicó: «Vender a un hombre se llama “esclavitud”. En Hollywood, vender a una mujer se llama “romance”». Me pareció una burda simplificación de una historia que se había contado con sutileza y elegancia, una historia que tal vez había avivado el miedo colectivo sobre los problemas que surgen en un matrimonio. Da igual si eres hombre o mujer, por muy feliz que seas, siempre queda ese miedo de que alguien mejor, más rico, más guapo o más inteligente (todo depende de las inseguridades de cada uno), pueda robarle el corazón a tu pareja. También es una película sobre el poder del dinero. La pregunta que plantea es: ¿por cuánto dinero estarías dispuesto a venderte, a vender a tu esposa, a vender tu vida?
Nunca me planteé todas estas cuestiones mientras rodábamos la película, pero estoy segura de que en lo más profundo de mi inconsciente había empezado a hacerme la pregunta más horrenda del mundo: «¿Qué se siente cuando tu madre te prostituye por quinientos dólares?». Esa sí había sido una proposición indecente. La película, en cambio, contaba la historia de una mujer preciosa y de un millonario dispuesto a hacer cualquier cosa por ella. Y la de su marido, a quien destroza el miedo a perderla, aunque fuese solo una noche. Era una mujer amada y respetada, con una buena carrera profesional y dueña de su propia vida, pues tomaba sus propias decisiones y en su mano estaba lo que iba o no iba a ocurrir.
Volví a quedarme embarazada. Pero esta vez fue distinto. Vomitaba cada día. Me retorcía de dolor en la cama, me arrastraba hasta el cuarto de baño casi a gatas, me aferraba a la taza, vomitaba y me arrastraba de nuevo hasta la cama. Fue una auténtica pesadilla. Llegó un punto en el que estaba tan harta de devolverlo todo que opté por dejar de comer. Me pasé una semana subsistiendo a base de agua.
Bruce y yo siempre intentábamos cuadrar nuestros horarios de rodaje para poder pasar todo nuestro tiempo libre juntos. Durante esas primeras semanas de embarazo, de las que solo recuerdo náuseas, arcadas y vómitos, Bruce se encargó de cuidar de las niñas. Rumer tenía cinco años y Scout todavía no había cumplido los dos. Las llevaba de excursión por el bosque y chapoteaba con ellas en la piscina del jardín. Era un padre maravilloso, protector e implicado. Estaba muy emocionado: íbamos a ser padres por tercera vez. De la noche a la mañana, el malestar desapareció, lo cual Bruce agradeció, y yo también. Hicimos las maletas y nos llevamos a nuestras hijas, a las niñeras y a las mascotas (nuestro particular circo familiar) a Hawái, donde Bruce iba a empezar a grabar una película dirigida por Rob Reiner cuyo título era Un muchacho llamado Norte.
Aunque no fuese el momento más oportuno (por fin me había recuperado del segundo embarazo y mi carrera profesional había vuelto a arrancar) nunca dudé, ni por un segundo, de si debía tener otro hijo o no. El nombre idóneo para el bebé surgió durante un viaje de chicas a Fisher Island, cerca de la playa de Miami. Nos pasábamos los días bromeando sobre el nombre del bebé. Meg Ryan también estaba allí; con el paso de los años, nos hicimos muy amigas. Encontré en ella a una mujer abierta, cariñosa y generosa, sin ánimos de competir. Además, teníamos más o menos la misma edad y un estilo de vida bastante parecido. Me encantaba su forma de trabajar y me sentía una afortunada por haber tenido la oportunidad de conocerla en persona. Ella me propuso Tallulah, porque los nombres de mis otras dos hijas tenían el sonido «u»: Rumer, por supuesto, y LaRue, el segundo nombre de Scout.
—Tallulah sería la guinda perfecta para tu trío de «us» —me dijo Meg.
Ese nombre me fascinaba. Pero a Bruce le horrorizaba. Y fue entonces cuando empecé una campaña para convencerle. Comencé mencionando a la famosa Tallulah Bankhead, pero no fue suficiente; tuve que insistir un poco más. Busqué el significado de Tallulah en un diccionario de nombres propios y descubrí que provenía del término que utilizaban los nativos americanos para referirse a «salto de agua». Eso pareció gustarle un poco más. Y para rematar mi jugada maestra, le comenté que el personaje que Jodie Foster había interpretado (a los trece años) en el musical Bugsy Malone, nieto de Al Capone también se llamaba Tallulah. Al final no le quedó más remedio que dar su brazo a torcer.
Bruce estaba en Nueva York grabando la película Ni un pelo de tonto, junto con Paul Newman, cuando decidimos hacerle una visita, las niñas, yo y mi barriga de ocho meses. Scout se había adelantado un mes, por lo que había contactado con unos médicos en Nueva York por si acaso ocurría lo mismo, aunque la verdad era que me encontraba de maravilla. Sin embargo, en una de las revisiones detectaron un problema mientras me hacían una ecografía. Según el ginecólogo, el bebé era demasiado pequeño como para nacer en febrero; según nuestros cálculos, era cuando le tocaba.
—No puedes hacer ejercicio —me dijeron—. Tienes que parar.
Querían asegurarse de que no había nada que le impidiera crecer en mi barriga. De repente, lo que había sido un embarazo normal y corriente se convirtió en uno de riesgo. Estaba tan asustada que incluso me daba miedo ir hasta la cocina para servirme un vaso de agua. Reconozco que me volví un poco loca. Me pasaba el día encerrada en casa y despatarrada sobre el sofá. Aun así, seguía con el corazón en un puño porque los médicos venían a examinarme casi cada día. Las constantes vitales del bebé eran normales y seguían sin saber por qué narices no estaba ganando peso.
Después de que Bruce terminara la película, regresamos a Hailey. Nada más llegar, me presenté en la consulta de mi ginecólogo de confianza. Me examinó y comparó la ecografía con la retahíla de ecografías que había traído de Nueva York.
—La verdad es que apenas ha crecido en cinco días —dijo—. Es un embarazo a término. En mi opinión, debemos provocarte el parto. No podemos negar lo evidente: ahí dentro está pasando algo y no sabemos de qué se trata.
Me provocó el parto en nuestro diminuto hospital de Hailey. Tallulah Belle Bruce Willis llegó a este mundo a la velocidad de la luz. Nació el 3 de febrero de 1994. El ginecólogo casi se pierde el parto porque se había marchado a cambiarse los zapatos. Pesó dos kilos y pico y era idéntica a su padre, por eso quise ponerle también el nombre de Bruce. Era una cría escuálida y muy pequeñita, como si alguien hubiera clavado una cabecita en un alambre, pero le administraron oxígeno y, tras una exhaustiva revisión, nos informaron de que estaba en perfectas condiciones, tan solo por debajo del peso adecuado.
Estoy convencida de que la experiencia y el buen hacer del ginecólogo le salvaron la vida. Jamás me cansaré de darle las gracias por haberme ayudado a traer al mundo a mi tercera hija, a mi pequeña y dulce Lulah.