Inside Out. Mi historia
Capítulo 2
E ran principios de los setenta, y mi madre hizo lo que todo el mundo hacía en esa época: acudir a un terapeuta. Iba a buscar ayuda e iba a recuperarse. ¡Iba a encontrarse a sí misma! El movimiento feminista había empezado a despertar y se respiraba en el ambiente cultural del momento. Mi madre se hizo muy amiga de una vecina feminista que, con toda probabilidad, le habló de las ideas, principios y eslóganes de la liberación de la mujer. Pero mi madre se encontraba en un estado muy frágil, por lo que era muy fácil de impresionar: después de ver El exorcista, se unió al movimiento carismático católico y empezó a llevarme a misa cada domingo. Allí tocaban canciones de George Harrison y bailaban por toda la iglesia con dashikis.
Estaba tratando de averiguar quién era. A veces me escabullía de mi habitación y escuchaba a escondidas las charlas que mantenía con nuestra vecina en la cocina. Todo el proceso le estaba resultando muy duro, muy difícil. (Era una cotilla; mis padres siempre me tomaban el pelo y me decían que «no se me pasaba nada por alto, ni siquiera un pedo». Pero ahora, al echar la vista atrás, me doy cuenta de que lo que hacía era vigilar y patrullar el terreno por si el caos volvía a estallar. Mi madre acababa de intentar suicidarse: tenía que estar alerta). Se quejaba porque mi padre no la valoraba y porque su infancia había estado llena de penurias y carencias. Habían sido tan pobres que incluso unas Navidades le regalaron una muñeca que ya tenía, pero con ropa nueva. Para ella, esa muñeca simbolizaba la escasez que había sufrido de pequeña, la falta de dinero, de comida y de atención. Le habían privado de todo lo que necesitaba. Oí esa historia muchas muchas veces.
Enseguida percibí un ligero cambio en la dinámica de casa: mi madre se había pasado muchísimos años tolerando y perdonando las infidelidades de mi padre, sobre todo porque dependía de él, tanto económica como emocionalmente. Es triste decir esto, pero al intentar suicidarse dejó muy claro que todavía tenía cierta influencia, cierto poder: le había demostrado a mi padre que era capaz de abandonarle a su suerte. Por desgracia, también les había demostrado a sus hijos que era capaz de abandonarlos a ellos.
Mi madre estaba repitiendo un patrón familiar. Su primera relación amorosa fue con un chico clavadito a mi padre: un tipo carismático que coqueteaba con todas las chicas del instituto y que tendía a meterse en problemas. A mi abuelo materno, Bill King, no le hizo mucha gracia que su hija empezara a salir con ese bala perdida cuando no era más que una adolescente, pero lo cierto es que tenían muchas cosas en común. Mi abuelo era un embaucador, un donjuán de manual que se saltaba las normas cada dos por tres y que tocaba el bajo en una banda de música country. Era muy bruto: una vez tenía un dolor de muelas insoportable y, como no podían permitirse pagar un dentista, subió al cuarto de baño y con una hoja de afeitar bien afilada se sacó la muela él mismo. Mi abuelo vivió una vida salvaje, y también sufrió una muerte salvaje: después de una noche de mucho alcohol, se montó en su queridísimo Camino azul y terminó debajo de un camión. Murió decapitado.
Yo tenía diez años cuando falleció. Le recuerdo como un zorro plateado, guapo y fuerte, con sus manos robustas manchadas de aceite de motor. Era el propietario de una pequeña gasolinera, donde a mis primos les encantaba jugar. Sin embargo, antes de eso, cuando mi madre era pequeña, estuvo de baja muchísimo tiempo porque se había lesionado la espalda trabajando en el sector de la construcción. Mi abuela fue el pilar que mantuvo a toda la familia a flote. Tuvieron tres hijas, mi madre y sus dos hermanas mayores, Billie y Carolyn. Estoy convencida de que esa no era la vida con la que mi abuela Marie había soñado. Deseaba de todo corazón ir a la universidad. Se crio en la frontera entre Texas y Nuevo México, en un ambiente pentecostal muy estricto y autoritario, y fue la primera de toda su familia en terminar el instituto. Pero Marie acabó siendo una esposa y madre joven que trabajaba a jornada completa para poder llegar a fin de mes. La pobre no daba abasto con todo.
Mi abuela fue una madre ausente porque se pasaba el día fuera de casa trabajando, lo cual Ginny interpretó como que nadie la quería. Era una niña menuda y enclenque. Nunca llegó a comprender por qué su madre no la había cuidado más y atendido mejor. Siempre creyó que no había tenido suficiente dinero ni bastante amor. Jamás se le pasó por la cabeza que mi abuela no dispusiera de los medios para criarla y educarla como habría querido. Ginny era incapaz de ponerse en la piel de mi abuela y tratar de entender lo duro y difícil que debió de ser para ella vivir con un marido infiel por el que había renunciado a todos sus sueños, mantener a toda una familia ella sola, sin ningún tipo de ayuda o prestación y, para colmo, cuidar a tres hijas pequeñas.
Mi abuela Marie ha sido, sin ningún lugar a dudas, la persona que más confianza y seguridad me ha transmitido en mi vida. Nació y creció en una granja rodeada de campos de sorgo en Elida, Nuevo México, allá por 1930. Quizá por eso era muy pragmática: «hacía lo que se debía hacer», sin plantearse nada más. Era una mujer noble, coherente, consecuente y en quien se podía confiar.
Sin embargo, a pesar de todas sus cualidades, le había enseñado a mi madre, que a su vez me los había enseñado a mí, ciertos mecanismos de defensa un pelín extraños. Siempre que mi abuelo echaba una canita al aire y le era infiel, acababa convenciendo a su esposa de que el problema eran las «mujeres». En cierta ocasión, después de su última aventura amorosa, le propuso mudarse para así poderse librar de la mujer que lo acosaba y perseguía día y noche. Así pues, hicieron las maletas y se marcharon a Richmond, California, donde nació mi madre, aunque años después regresaron de nuevo a Roswell. Cierto día, Ginny, que debía de tener unos doce años, volvió a casa antes de lo esperado y pilló a su padre en la cama con la esposa de su hermano. Se puso hecho una furia y culpó a su hija de toda la situación. Hasta ese momento, mi abuelo era el refugio seguro de mi madre. Lo admiraba y lo adoraba a partes iguales. A partir de aquel incidente, su vida no volvió a ser la misma.
Una calurosa tarde de verano, Ginny se acercó a mí con una sonrisa de oreja a oreja. Me dijo que debía hacer las maletas lo más rápido posible; esa noche íbamos a dormir a un hotel. Aquella repentina decisión no tenía ningún sentido, pero mi madre parecía tan entusiasmada que hice lo que me pidió sin rechistar. Nos montó a Morgan y a mí en su Pinto y nos llevó hasta un hotel cercano que estaba forrado de tablones de madera de color clarito. Recuerdo que todo estaba iluminado y que no había ni una sola mota de polvo. Mi emoción empezó a transformarse en confusión y ansiedad cuando nos contó que pasaríamos allí un par de noches porque iba a dejar a papá por su psiquiatra, Roger. Nos aseguró que estaban enamorados. Roger se haría cargo de los gastos de la habitación y después nos trasladaríamos a California con él. Allí iba a construir una casita de cristal para nosotros. Incluso nos mostró los planos del proyecto.
Fue una charla propia de un coach emocional. Nos presentó unos planes de futuro sin fisuras, que parecían razonables y muy muy meditados. Sin embargo, ni siquiera se planteó que la ruptura matrimonial pudiera causar un ápice de confusión, dolor o miedo en sus propios hijos. En parte era porque estaba demasiado absorta en su fantasía como para tener en cuenta nuestra opinión o lo que pudiéramos sentir. Pero también me pregunto si, en el fondo, sabía que ese no iba a ser el punto final de su relación con mi padre.
Roger era un tipo alto, rubio y con ojos azules que solía llevar unas gafas de montura metálica y que se había criado en el norte de California. Era más que evidente que no era de la clase de terapeuta que se ceñía a un código deontológico. Se me rompe el corazón cada vez que pienso que mi madre recurrió a él en busca de ayuda: en él vio la solución a todos sus problemas, pues no era un alcohólico, sino un hombre culto e instruido con quien podría construir una vida totalmente distinta. Pero se equivocó, pues Roger le complicó aún más la vida. Le recetaba estimulantes y tranquilizantes, y hoy es el día en que todavía dudo que siguiera las dosis recomendadas al pie de la letra. Las pastillas, junto con el alcohol que ingería para tragárselas, la convirtieron en una mujer más impredecible.
Mis padres empezaron los trámites de la separación, aunque con poco convencimiento. Mi madre se instaló en casa de Roger, y nosotros vivíamos a caballo entre el hotel, cuando nos tocaba con mi madre, y nuestro piso, cuando estábamos con mi padre. Unas semanas después, mi padre nos llevó de viaje. Visitamos a mi tía en Ohio y a mi tío en Toledo. Pero se olvidó de un pequeño detalle, de contárselo a mi madre, que, ajena a todo, creyó que nos habíamos esfumado de la faz de la Tierra. (No quiero ni imaginarme la impotencia y el pánico que debió de sentir en ese momento). Papá le explicó a su familia su propia versión de la historia, es decir, que Ginny nos había abandonado y se había fugado con Roger sin decir ni media palabra y que no tenía ni la más remota idea de cómo ponerse en contacto con ella. Y ellos le creyeron. Morgan y yo estábamos tan acostumbrados a que las cosas no tuvieran ningún tipo de sentido que ni siquiera nos molestamos en dudar de él ni en preguntarnos por qué Ginny no nos había llamado para saber si estábamos bien. En cualquier caso, estábamos la mar de distraídos: mi tía y mi tío nos llevaron, junto con nuestros primos, de viaje a un famoso programa de radio de música country, el Grand Ole Opry, en Nashville. Para mí, el atractivo principal era Minnie Pearl, que siempre tenía una etiqueta con un precio colgándole del ala del sombrero. Hoy en día, en una era marcada por los teléfonos móviles, Instagram, el correo electrónico y FaceTime, las noticias vuelan, pero en los setenta era muy fácil desaparecer del mapa. Y mi padre se había vuelto un experto en ese arte. En cuanto llevábamos demasiado tiempo en un mismo sitio y empezaban a llegar facturas al buzón, él escribía la palabra «difunto» junto a su nombre, en el sobre, y lo devolvía a Correos. Recuerdo un microondas que compró en Sears, cuando los microondas parecían un invento milagroso; pues bien, cuando el repartidor vino a traérnoslo obligó a Morgan a firmar el comprobante de entrega para así justificar ante Sears que no pensaba pagarlo porque, al fin y al cabo, la firma de un niño no era legalmente vinculante. Utilizaba esa clase de argucias en casi todas las tiendas; era un tipo muy creativo. Si mis padres hubieran utilizado su astucia e inteligencia para algo constructivo, creo que podrían haber llegado muy lejos. Tenían un cerebro privilegiado, pero carecían de las herramientas necesarias para ir por el buen camino. Y dedicaban la mayor parte de sus esfuerzos y energías a sabotearse a sí mismos, o a sabotearse entre ellos. Creo que tratamos a la gente que más queremos tal y como, en el fondo, creemos que merecemos ser tratados.
Pasamos el verano en Toledo. Mi padre no sabía qué hacer cuando estaba con nosotros a solas. Siempre me había sentido muy unida a él, pero en ese momento era demasiado intratable; se había vuelto tan introvertido y huraño que era imposible conectar con él. Nos quería, eso seguro. Y no nos había secuestrado porque quisiera pasar más tiempo de calidad con sus hijos, ni porque temiera que Ginny nos llevara a California y tuviera miedo de no vernos nunca más. Creo que esa temporada que pasamos en Ohio formaba parte del juego de mis padres, de esa lucha de amor y odio interminable, y supongo que esa batalla la debió de ganar él porque, a finales de verano, logró convencer a mi madre de que le perdonara por haber raptado a sus hijos y volvimos a Pensilvania para que pudieran darse otra oportunidad.
Esta vez las cosas iban a ser muy distintas. Como era de esperar, nos íbamos a mudar a una casa más grande en Charleroi, otro pueblo en Pensilvania, a unos cincuenta kilómetros de Pittsburg. Fue un salto cualitativo en todos los niveles. Una casa moderna y espaciosa, con una fachada de color verde aguacate, con techos altos y electrodomésticos nuevos y relucientes que tenían a mi madre emocionadísima. Las tuberías se encontraban en un estado bastante lamentable, pero mi padre se encargó de ello: se encendió un cigarrillo, echó el humo por las tuberías y Morgan, que estaba sentado dentro de la bañera, le iba gritando cuál era la tubería del agua caliente y cuál la del agua fría, basándose en por dónde salía el humo.
De todos los lugares en los que vivimos, creo que esa fue la casa que mejor encajaba en la fantasía que mi madre se había creado sobre una vida perfecta. A diferencia de su madre, las aspiraciones de Ginny eran mucho más convencionales: quería ser una esposa y madre hermosa, adorada y venerada por su marido y con una casa bonita. Y lo cierto es que todas las casas donde vivimos fueron bonitas. Tenía buena mano para la decoración; sabía sacarle partido a cualquier rincón, y lo hacía en un periquete: cosía cortinas, cambiaba de sitio los muebles y compraba baratijas en una empresa llamada Home Interiors. Hacía que los espacios fueran tan acogedores que daba la sensación de que llevábamos años viviendo allí. Pero en la Casa Verde, tal y como mi hermano y yo la llamábamos, se superó. Aquel lugar era el fiel reflejo de sus ambiciones domésticas. Incluso me dejaron que tuviera un perrito. Por desgracia, se metió en el cuarto de baño, justo delante del armario de mi padre, y me propinó un «azote» con su cinturón por ello. (Pero no lloré. Pasara lo que pasara, jamás soltaba una lágrima). Tuve que devolver el perrito.
Sin embargo, las cosas no fueron tan distintas en Charleroi, por supuesto. Ocurría lo mismo, solo que en una casa diferente. Danny había vuelto a las apuestas y bebía hasta perder el conocimiento. Era un jugador de billar excepcional; cuando tenía un golpe de suerte, convencía a algún incauto para que apostara en su contra, presumiendo de que podría ganarle hasta con un ojo tapado. Y entonces Danny se cubría el ojo vago, con el que apenas veía, y desplumaba a su pobre víctima.
Pero la jugada no siempre le salía bien. Perdió grandes cantidades de dinero jugando al póker. Entonces volvía a casa hecho una furia, borracho y arruinado. En una ocasión recurrió a un usurero de una mafia local para tapar los agujeros de sus cuentas bancarias, pero tardó años en pagar la deuda que contrajo con la organización. Ya había hecho algún que otro trapicheo con ellos para amañar las elecciones locales y que así los candidatos elegidos a dedo por la mafia resultaran ganadores; también había colaborado en otros asuntos de menor importancia y mucho menos desagradables. La implicación de mi padre era indirecta, pero, aun así, era peligroso. Una noche terminó metido en un tiroteo fuera de un bar, en Charleroi. Otra noche, mi madre fue con una amiga a un bar del centro del pueblo y un mafioso la vio y enseguida avisó a mi padre: le llamó por teléfono para decirle que las mujeres de los mafiosos no debían salir de casa sin la compañía de sus maridos; no era apropiado.
Por aquella época empecé séptimo curso, lo que significaba que iba a entrar en el instituto de Charleroi, un lugar enorme y aterrador. Como siempre, yo era la chica nueva de la clase. Estoy segura de que todas esas adaptaciones a las que tuve que enfrentarme de niña me han servido muchísimo en mi carrera como actriz: mi trabajo era representar la personalidad con la que creía que sería mejor recibida y valorada en cada nueva escuela, en cada nuevo pueblo. Observaba a la multitud de alumnos y los analizaba en busca de pistas. Las chicas populares… ¿llevaban pantalones cortos o de campana? ¿Qué acento tenían? ¿Qué debía hacer para que me aceptaran en su grupo? ¿Era mejor intentar llamar la atención o pasar desapercibida? Tardé varias décadas en comprender que la mejor opción es ser y actuar tal y como soy, no como la persona que creía que los demás querían conocer.
Sobra decir que cada vez que empezaba a echar raíces en un lugar porque había descifrado la fórmula para encajar en el equipo, o en el ambiente, o en las clases que se me daban bien y, por lo tanto, podía destacar, llegaba el momento de recoger los trastos y marcharse. Y casi siempre, sin previo aviso y sin ningún plan lógico que seguir.
No sé cuál de las muchas y variadas actividades ilícitas de mi padre provocó aquella tremenda pelea (quizá mi madre se enteró de otra de sus infidelidades, o tal vez fuese porque había vuelto a casa borracho y, cuando eso pasaba, se volvía desagradable y cruel), pero una tarde, mientras hacía los deberes del colegio con los gritos de mis padres como música de fondo, oí que mi madre chillaba:
—¡Ya no soporto más esta mierda!
Después entró en mi habitación hecha un basilisco y nos dijo a Morgan y a mí que hiciéramos las maletas y nos subiéramos en el coche: íbamos a volver a Roswell.
Esa repentina decisión no nos pilló por sorpresa a ninguno de los dos porque, en realidad, no era nada nuevo. Éramos capaces de hacer las maletas en un periquete, y ya nos habíamos acostumbrado a largos viajes en coche mientras mi madre fumaba un cigarrillo tras otro con la ventanilla bajada. Pero volver a Roswell fue distinto, pues no implicaba tener que empezar de cero en un lugar nuevo, lo cual es agotador. Roswell era nuestro hogar. Nos habíamos criado allí y parte de nuestra familia todavía seguía viviendo en el pueblo. Y, además, entendíamos la cultura y la comunidad de ese lugar. En Roswell estaba la abuela Marie, a quien de pequeña había llamado «mamá» y que era la única persona adulta en quien confiaba ciegamente. La idea de que íbamos a instalarnos en su casa me tranquilizó de inmediato y todos mis miedos desaparecieron. En cuanto puse un pie en su casa, sentí un gran alivio.
Aunque les separaban más de media docena de estados, mis padres se las ingeniaron para mantener su conflicto. Los gritos al otro lado del teléfono no tardaron en llegar. Mi padre chillaba tan fuerte que a veces me daba la sensación de que estaba ahí mismo. Mi madre vagaba por la casa como un alma en pena y lloraba a moco tendido. Recuerdo que prefería evitarla y no cruzarme en su camino. Morgan, por su lado, se dedicaba en cuerpo y alma a sus pequeños proyectos: desmontaba el motor de la aspiradora para después volverlo a montar, o abría el despertador y desarmaba todas las piezas para saber cómo funcionaba. No tardé en darme cuenta de las miraditas que se lanzaban mis tías cada vez que venían de visita y presenciaban uno de los ataques de rabia de mi madre, siempre acompañados de una buena dosis de alcohol. Fue la primera vez que sentí pena y vergüenza ajena. Y me culpé por sentirme así.
Ginny quería que me pusiera de su lado y le contara a todo el mundo lo mal que se había portado papá con ella, pero no pude hacerlo. Sin contar el juego y las apuestas, tenía la sensación de que los dos eran igual de culpables respecto del caos que reinaba en nuestras vidas. Ya no era una cría, y no tardé en darme cuenta de que, comparada con sus hermanas, mi madre era tan infantil que rehuía cualquier responsabilidad y que su reacción por defecto siempre era echar la culpa a los demás: a mi padre, a mi abuela, a quien fuese. Poco a poco, empecé a aislarme de ella. Ahora que mi abuela estaba cerca, ya no tenía que disimular ni tratar de justificar los delirios de mi madre para poder sobrevivir.
Y una tarde pasó lo inevitable. Cuando Ginny nos comunicó que íbamos a volver con papá, no me levanté y no me apresuré a hacer las maletas, como siempre había hecho. Papá había conseguido un trabajo en el estado de Washington, al norte de Seattle, o eso fue lo que nos contó a mi abuela y a mí. La idea era volver a Pensilvania y después mudarnos a la otra punta del país como una familia.
Miré a mi abuela. Miré a mi madre. Y después dije:
—No pienso ir.
Ginny no consiguió darme una razón de peso para volver a los brazos del hombre que había estado criticando y denigrando día y noche durante las últimas semanas y con el que se había dedicado a pelearse y a insultarse por teléfono. Estaba hasta la coronilla de tantas incoherencias. No sabía qué se traían entre manos, pero tenía claro que no quería formar parte de ello. Mi madre intentó convencerme, pero enseguida vio que no iba a bajarme del burro. Así que se llevó a Morgan y volvió a Charleroi, sin mí.
Ese verano empecé a hacer gimnasia rítmica. Allí fue donde conocí a mi primera mejor amiga, Stacy Welch. Cuando llegó el otoño, mi abuela me matriculó en la mejor escuela pública de Roswell. No nos tocaba por zona, pero la abuela Marie hizo alguna que otra trampilla y consiguió que me aceptaran, así que me dejaba cada mañana en casa de Stacy. Algunos días íbamos andando a la parada del autobús, y otros, la señora Welch nos llevaba en coche al colegio. Entré en el equipo de animadoras. De repente, llevaba una vida normal y corriente, igual que el resto de los mortales. Y eso me encantaba.
En cuanto Ginny llegó a Washington con mi hermano, empezó la presión:
—Deberías venir a vernos. El paisaje es hermoso. ¡Te encantaría!
Y había una parte de mí que sentía que lo más sensato era estar con mis padres. Era mi deber. Pero ¿por qué? Todo me iba de maravilla en Roswell. Mi abuela cuidaba de mí como nunca nadie lo había hecho. Se aseguraba de que terminara los deberes del colegio, de que me cepillara los dientes y de que me acostara a una hora decente. Me dejó que pintara mi habitación de amarillo chillón porque me encantaba Piolín. Estaba atenta a todo lo que ocurría en mi vida, incluidos los amigos que estaba haciendo en la escuela. Siempre que iba al cine, me recogía al terminar la película o, si tenía que trabajar, le pedía a alguien que fuese a buscarme. Nunca me quedé esperando en la esquina de una calle, preguntándome si vendría alguien a por mí. Los desastres diarios que vivía con mis padres se habían esfumado. En esencia, la vida que mi abuela me estaba brindando era la vida que mi madre siempre había anhelado.
Mi abuelo falleció, y mi abuela pasó por un duelo largo y muy doloroso. Cada día, cuando llegaba a casa después de un largo día de trabajo en el despacho de una empresa inmobiliaria, se tumbaba en el sofá del salón sin tan siquiera molestarse en encender la luz. Y eso duró casi dos años. Después conoció a un hombre encantador, Harold, y volvió a enamorarse. Establecieron un horario común y me incluyeron en sus rutinas diarias: los martes y los sábados por la noche salían a bailar, así que iba a casa de una amiga a dormir, o bien una amiga venía a dormir a casa. La abuela Marie nunca se saltaba su cita obligatoria de los miércoles en la peluquería. Se arreglaba el pelo y luego salíamos a cenar las dos solas a uno de nuestros sitios favoritos: el restaurante mexicano, Furr’s Cafeteria, o el restaurante chino. Esa era mi rutina en Roswell.
Fue un periodo de mi vida lleno de seguridad y de felicidad, un tiempo en el que vi cómo podía y debía ser una madre, un ejemplo que tener en cuenta cuando quisiera tener hijos. Pero, aun así, estaba preocupada y me sentía inquieta.
No estaba acostumbrada a quedarme en un mismo sitio mucho tiempo ni a terminar todo lo que empezaba; no sabía qué significaba el compromiso, ni los esfuerzos y recompensas que conllevaba.
Siempre me quedará la duda de cómo habría sido mi vida si hubiera decidido quedarme en Roswell. Estoy segura de que habría tenido que trabajar mucho para mantener y cuidar las amistades, pues hasta el momento siempre habían sido efímeras y casi de usar y tirar. Habría tenido que marcarme ciertos objetivos y algunas metas, cosa que nunca había hecho porque no estábamos suficiente tiempo en un mismo sitio para poder alcanzarlos.
Sin embargo, no ocurrió nada de eso. Había aprendido a llevar una vida de extremos… y la echaba de menos. Estuve seis meses en Roswell. Después regresé con mis padres.