La campaña afgana
El único modo de contrarrestar las tácticas…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
En cuanto a eficacia y maestría en técnicas de combate, el mundo no ha visto nada semejante a esta fuerza. El rey la ha estado actualizando durante el invierno, mejorando y ampliando las aptitudes de las unidades para la guerra en montaña. El equipo de asedio que antes había que transportar en carretas y bueyes se ha simplificado y reducido de forma que se puede cargar a lomos de mulas. Tenemos catapultas de montaña capaces de lanzar una piedra o un recipiente de llameante nafta a trescientas yardas. Los trenes de suministro llevan finas láminas de bronce para reforzar el frente de los manteletes de madera haciéndolos resistentes al fuego. Se han creado caparazones de tipo tortuga bajo los cuales los hombres pueden subir escalas sin miedo al aceite hirviendo ni a la arena incandescente. Las carpinterías han trabajado durante todo el invierno en la elaboración de garruchas de múltiples roldanas; cordeleros han fabricado millas de cable.
Se han desarrollado mecanismos ingeniosos, como tornos de montaña que utilizan bandas de torsión en lugar de pesados dientes de engranaje de hierro. Dos de esos, apuntalados con pedruscos, pueden montar una torre de asedio de cuarenta pies de altura. En el pasado, la guerra de montaña se había limitado a enfrentamientos en escaramuzas con lanzamiento de proyectiles con honda para luego marcharse corriendo, en tanto que la guerra de asedio estaba limitada a los terrenos llanos. Nada más. Para echar abajo esas ciudadelas encaramadas en altas cimas, los ingenieros de Alejandro han avanzado la tecnología del asedio a una esfera y una escala
totalmente nuevas. Las unidades de suministro tienen medio millar de mulas cargadas exclusivamente con aceite de terebinto —la trementina—
para preparar bombas incendiarias y como disolvente para limpiar las hojas de las hachas usadas en la tala de pinos de montaña con los que se harán brazos de catapulta y tablones para torres de asedio.
El asalto a las fortalezas de montaña se realiza por etapas. En primer lugar se establece un campamento en el llano. A continuación, es el turno de las provisiones. Cientos de toneladas de raciones para la tropa y forraje para las bestias se transportan en balsa por río o se llevan por tierra en caravanas de mulas. Lo siguiente es levantar el primer campamento de avanzada en las estribaciones. Hasta allí suben recuas con suministros y material bélico. En el caso que nos ocupa, el enemigo se ha retirado a cuatro fortificaciones monumentales. Imaginad el monte Olimpo. Tal es su apariencia, sistemas montañosos que cubren un montón de millas cuadradas, con centenares de accesos.
La primera a la que se pone cerco, antes de que acabe el invierno, es esa fortaleza a la que las tropas llaman Roca Sogdiana. El señor de la guerra Oxiartes se encuentra allí arriba con once mil guerreros y todos sus bienes.
Los defensores tienen a su disposición manantiales que fluyen todo el año y suficientes provisiones almacenadas para resistir durante años. Cuando los emisarios de Alejandro piden la rendición de los afganos, Oxiartes se mofa de ellos preguntándoles si sus soldados tienen alas, porque no conseguirán subir a la fortaleza por ningún otro medio. Por senderos y veredas serpenteantes suben nuestras provisiones en caravanas de quince millas de longitud hasta los campamentos más altos. Nosotros, los milicos, tenernos puestas todas nuestras Steven Pressfield
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esperanzas en las negociaciones. El ir y venir de los enviados de Oxiartes debería ser un secreto dentro y fuera del campamento, pero todos estamos al tanto. Allanamos un sendero para ellos.
—Aquí se busca que Alejandro elija un caballo —comenta Estéfano.
Un señor de la guerra que entregue Afganistán.
Un jefe que gobierne sobre los otros.
Los suministros están en su sitio a finales de invierno. La cima tiene el tamaño de una pequeña comarca; los accesos son repechos desprovistos de pinadas y sembrados de rocas sueltas y guijarros, demasiado escarpados
incluso para las mulas. Se podría lanzar el asalto por el oeste, donde la pendiente no es tan pronunciada, pero allí Oxiartes ha fortificado las vías de aproximación con murallones de piedra y trampas de troncos apilados y listos para rodar cuesta abajo. Las caras sur y norte se yerguen inexpugnables. Al este es peor: roca pelada en la vía de aproximación y riscos verticales en los últimos cuatrocientos pies.
Alejandro convoca a la juventud del ejército. Promete doce talentos de oro al primer hombre que ascienda por esa ruta a la cima y primas exorbitantes a todos los soldados que se reúnan con él arriba. Seiscientos hombres se ponen en marcha de noche y escalan la cara del risco ayudándose con clavijas de hierro, de las utilizadas para sujetar las tiendas, que fijan en las fisuras de la roca y en las que aseguran cuerdas. Treinta y siete almas valerosas se precipitan a su muerte, pero trescientos hombres llegan a la cima. Cuando al amanecer se dejan ver con sus armaduras, el enemigo, creyendo que Alejandro tiene realmente guerreros con alas o que él mismo es un dios, pide la paz.
Oxiartes y un puñado de jefes escapan por una vereda secundaria, pero nuestros comandos capturan íntegro a su séquito: caballos, carretas, esposa y tres hijas. La menor, Roxana, es una belleza altiva y se dice que es la predilecta de su padre.
¿La crucificará Alejandro? ¿La retendrá como rehén? ¿Pedirá rescate por ella? ¿La usará como coacción? ¿Se aprovechará del temor del padre por su bienestar para controlarlo?
No se aclama a nuestro rey como un genio en política y en la guerra sin motivo. Aparece ante el ejército con la princesa a su lado.
Se casará con ella.
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Alejandro ha elegido su caballo.
Al desposar a la hija del señor de la guerra Oxiartes nuestro rey convierte a su enemigo más formidable en su suegro. La guerra es un asunto de familia ahora. Emisarios —entre ellos mi hermano Filipo— van y vienen entre los campamentos afganos y los nuestros. El ejército es un hervidero de rumores sobre los detalles de la posible paz.
Si Oxiartes acude a la ciudad de Bactra con ánimo amistoso y entrega a su hija en matrimonio, Alejandro lo honrará con tesoros y muestras de estima tales como hacerlo señor de todo Afganistán y par de Amintas Nicolao, que gobernará Bactria y Sogdiana en nombre de Alejandro. Esto se les puede vender a las tribus como un golpe maestro para los hijos de la patria afgana ya que, bajo el dominio de Darío, nadie excepto nativos persas había llegado tan alto. Ahora, por la sangre de sus patriotas y la gracia del ciclo, la nación les ha sido devuelta a sus legítimos gobernantes. Al menos, ésa es la historia que se cuenta.
¿Quién utiliza subterfugios?
Entonces él, Alejandro, cogerá a su ejército y se irá de Afganistán. A cambio de estos compromisos de paz, Oxiartes utilizará su influencia para llevar a la mesa de negociación a sus confederados. Alejandro garantiza que las cosas se concertarán de tal modo que ningún jefe saldrá perjudicado en la parte que le toca y que todos ellos, seguros en sus tierras y posiciones, no tendrán motivo para protestar.
—Lo que hemos de aceptar en este teatro es que la victoria militar es imposible —nos explica Filipo una noche a nuestros amigos, Bandera y Estéfano, y a mí—. Mientras un solo hombre o una sola mujer de estos afganos siga respirando, se nos opondrán. Pero lo que hemos logrado con el sufrimiento atroz que les hemos infligido, es llevarlos al punto en el que aceptarán un arreglo, un pacto si lo preferís así, al que puedan llamar victoria o, al menos, que no sea una derrota y que a la vez sea aceptable para nosotros.
»Entonces, entre retribuirlos, apartarlos de sus aliados y refugios del norte y mantener una guarnición suficiente aquí, tal vez seamos capaces de estabilizar la situación lo suficiente para poder ponernos en camino hacia la India sin dejar las líneas de suministro y comunicaciones vulnerable a ataques. Es lo más que estamos en disposición de conseguir. Y es suficiente.
Bastará.
»Al final —continúa Filipo—, la cuestión se reduce a esto: ¿cuál es la dispensa mínima aceptable? A falta de victoria, ¿qué podemos sobrellevar?
No podemos acabar con todos los hombres, mujeres y niños de Afganistán por gratificante que pudiera ser tal empresa. Por fin la paz. Las unidades de Macedonia respiran con alivio. En cuanto a mí, sólo hay un obstáculo.
Shinar no se casará conmigo. Se niega.
Para celebrar su boda con Roxana y el final de la guerra, Alejandro ha prometido una rica dote a todos los maces que se sumen a él para contraer matrimonio con sus consortes asiáticas. Las parejas Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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pronunciarán sus votos matrimoniales a la misma hora que Alejandro y su princesa y en el mismo sitio: el palacio de Corienes, en la ciudad de Bactra.
Pero Shinar no quiere hacerlo.
Es la vieja historia de siempre sobre la a'shaara.
No me lo pidas! Si te importo algo, no volverás a mencionar esto nunca.
¿Llegaré a entender a esta mujer alguna vez? Mi hijo crece en sus entrañas. No puedo dejar que se cierre en su negativa.
—¿Qué harías si insisto? ¿Marcharte?
Su expresión desesperada me hace comprender que lo hará.
—¿Vas a obligarme a hablar de esto?
—¡Sí! Tienes que explicármelo de una vez por todas y hazlo de forma que lo entienda. Tiene que sentarse; le duele la espalda por el peso que carga.
—¿Puedes darme un poco de agua, por favor?
Se la llevo fresca y con una rodaja de albaricoque, corno le gusta.
—A'shaara significa «vergüenza», eso al menos lo sabes, Matías, pero también significa «alma», así como «familia» o «tribu». Yo he perdido el derecho a la mía al permitir que tú, un extranjero y un invasor, me rescatara.
Por ello, estoy ad benghis, «fuera», y no podré volver a entrar nunca.
—Conmigo no estás «fuera» —arguyo con desaprobación—. Tu dios no puede tocarme, y cuando te unas a mí en matrimonio tampoco podrá tocarte a ti.
Esboza una sonrisa triste.
—Tal vez Dios no pueda, pero otros, sí. —Se refiere a sus parientes. A su hermano. Mi novia afgana. Ella y este país son una misma cosa. La amo y la temo y desvelar sus secretos está tan fuera de mi alcance como estas montañas ocres o este cielo hendido por la tormenta. Al final es mi hermano el que la convence. Acordado el tratado de paz, la unidad de Filipo se encuentra entre las primeras que se preparan para partir hacia la ciudad de Bactra a fin de ocuparse de los preparativos políticos para la boda de Alejandro. Nos visita a Shinar y a mí la última noche que pasa aquí y trae
banghee, un plato de cordero con relleno de lentejas, así como una jarra de vino de ciruela.
Shinar tiene el vientre tenso como un tambor. Si le doy golpecitos con un dedo, suena como un melón. Filipo la mima como un tío soltero. Ella hace que pegue la oreja a su vientre para que note las patadas del bebé.
Cuando pasa, los dos ríen como chiquillos.
Más tarde, Filipo habla con ella de forma vehemente y Shinar le presta oídos cuando a mí no ha querido escucharme. Por el bien de la criatura, dice, debe tomarme por esposo. Por amor a esa criatura, debe convertirse en mi mujer.
Ya no eres responsable de ti únicamente, Shinar. Debes tener en cuenta la vida de otro ser. Tu hijo no puede crecer y hacerse adulto en este país sin tener a nadie más que a ti para protegerlo; y ningún afgano te aceptará como esposa si llevas a su casa y a su familia un descendiente del invasor.
Pero el bebé puede vivir en Macedonia, desarrollarse y prosperar, acogido como estirpe de héroes, hasta hacerse hombre o mujer, entre muchos otros que serán corno él o como ella. Ve el dolor en la expresión de Shinar.
—Sé, querida niña, que crees que el cielo te ha vuelto la espalda. Tal vez fue así en algún momento, pero las cosas cambian con el tiempo. Ni siquiera una deidad tan cruel como la de estas tierras puede mantenerse impasible para siempre ante la aflicción de los suyos. La prueba crece ahora en tu vientre. El sufrimiento te ha redimido, Shinar. Dios te tiende la mano.
Tómala, te lo suplico. ¿Puede haber un acto más impío que despreciar la clemencia del cielo?
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La boda de Alejandro y Roxana tendrá lugar en Bactra, en lo alto de la gran fortaleza, Bal Teghrib. Los ritos se celebrarán al aire libre, al estilo persa. Los capitanes de las unidades —y al parecer la mitad de los príncipes de Afganistán— se congregarán en Koh-i-Waz, el palacio del señor de la guerra Corienes, vestidos con sus mejores galas.
Bandera se licencia. Vuelve a casa. Su salario y gratificaciones, contando las primas de cinco Leones de Plata y uno de Oro, ascienden a la paga de veinte años. Es rico. Yo también presento mis papeles. Me toca el equivalente a la paga de seis años. Mil cuatrocientas parejas —maces y sus
novias extranjeras—pronunciarán los votos al tiempo que nuestro rey y su princesa en este día feliz. Hemos oído que la mitad ha elegido destinos afganos. Se establecerán con sus esposas en las guarniciones de las distintas Alejandrías: Artacoana, Kandahar, Ghazni, Kabul e incluso Alejandría Escate. Todos los soldados recibirán al menos una buena granja; los oficiales recibirán haciendas como recompensa. Bandera tuerce el gesto.
—No volverán a ver Macedonia. Hace falta ser gilipollas —dice.
Esa estupidez no va ni con él ni conmigo. Cogeremos el «diploma» y nos marcharemos sin mirar atrás. Bandera dice que no piensa dedicarse a trabajar una granja allá, en casa.
—Lo mío es la vida de cazador. Engendraré un puñado de mocosos y los entrenaré en la caza de montaña. Criaremos caballos. Tú y Shinar nos visitaréis todos los veranos. Tú intentarás liarme para que me ponga a cosechar pero ¡por Zeus que nolo haré!
Le pregunto seriamente si será capaz de dejar atrás el ejército.
—Que le jodan al ejército —contesta—. ¿Quién lo necesita?
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Shinar da a luz el diecinueve de artemisio a un niño sano. Le ponemos de nombre Elías. Pesa exactamente lo mismo que mi escudo pelta (unas ocho libras) y cabe cómodamente dentro del hueco cóncavo de cuero y bronce. Cuando lo baño, vocea como un soldado de la tropa. Tiene diez dedos en las manos y diez en los pies y un pene pequeñito y sonrosado por el que, tumbado boca arriba, lanza un chorro al aire corno una fuente de mármol. No podría sentirme más dichoso. Shinar también ha cambiado. El niño tiene el pelo negro como ella y los ojos de color canela, como yo. Una amalgama habitual.
Con la llegada de este paquetito nuestra vida ha cambiado para siempre.
Mi actitud hacia la muerte, mi ¿Narik ta?, ha desaparecido. Seguir vivo y serle útil a este niño ha pasado a ser todo para mí de la noche a la mañana.
Bandera y Estéfano nos visitan para pasarle revista a este nuevo miembro de la campaña, que los recibe con una extraordinaria defecación.
Mis amigos aclaman su tamaño y su peste varonil. No me sentiría más orgulloso si el pequeño hubiese escrito una segunda Ilíada. No quiero que
mi hijo sea soldado. Que enseñe música o practique el arte de la medicina.
Que críe caballos y cultive la tierra.
Yo he cambiado, sí, pero Shinar está transformada. Ahora es madre.
Despierta en mí admiración y respeto. Me aferro a esta aspiración: verla departiendo con mi madre sobre cosas de mujeres. Quiero verlas reír juntas en nuestra cocina de Apolonia o caminar con el pequeño Elías por las colinas que se alzan cerca de la casa.
Me viene a la cabeza la idea de que mi hijo tiene dos primos. El hijo y la hija de mi hermana Eleni y de su marido Agatón. ¡Qué ganas tengo de ver a estos tres pequeñines jugando! La noche del nacimiento de nuestro hijo, mientras la madre y el pequeño dormían, saqué la carta de mi cuñado que he guardado tantos meses en el fondo del macuto con el resto de mi equipo.
Estoy sentado y contemplo a mi hijo menor, que es hijo de tu hermana y tu sobrino, jugar al sol en el patio. ¿Sabes, querido hermano, que mi deformidad dejó una impronta tan indeleble en mi imaginación que cuando nuestro hijo nació esperaba que tuviera, como yo, un muñón en lugar de una mano? Cuando lo vi íntegro y perfecto, lloré. Gracias a este niño siento que se ha creado un mundo totalmente nuevo.
Seis días después del nacimiento, se celebra en toda la ciudad una fiesta nupcial llamada Mazar Dar, «Nueva Vida». Su protagonista es la princesa Roxana; el día de fiesta es en su honor y los ritos son sólo para mujeres.
Algo le ocurre a Shinar durante esos rituales; no quiere contarme qué ha sido, pero de lo que no cabe duda es de que a su regreso está cambiada.
Quizá sea por la calidez de verse rodeada de un montón de mujeres compatriotas zureando como palomas por su hijo recién nacido. Tal vez sea por encontrarse y hablar con las numerosas novias afganas que dentro de unos días tomarán esposos griegos y macedonios. No lo sé. Pero cuando esa noche se tiende en la cama a mi lado, manifiesta que ha cambiado de idea.
—¿Es demasiado tarde para inscribirnos en la lista de boda?
—¿Quieres decir para casarnos?
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Mi amada sonríe.
—Si me aceptas...
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Tengo un amigo, Teodoro, en el cuerpo logístico. Dice que esta boda gravará al cuerpo de intendencia como no lo ha hecho ninguna operación en toda la guerra. Oxiartes, para honrar a su hija, ha hecho venir a todos los jefes de clan y malik que hay desde la ciudad de Bactra hasta el Oxo y a todos sus criados entre los seis y los ochenta años. Los otros señores de la guerra, para no ser menos (o quedar fuera del nuevo orden), han convocado a todos sus secuaces. Precediendo a la boda habrá Antar Greb, es decir, «los Diez Días del Perdón». Durante ese período se indultará a los prisioneros, se condonarán las deudas, se arbitrarán enemistades. ¿Dónde dormirá semejante multitud? ¿Cómo se la alimentará? Solamente para transportar las tiendas en las que albergar ese gentío hará falta un millar de camellos.
En cuanto al número de las mulas es incalculable, como el de los cargos que ya han enviado chalanes y acemileros. ¿Cómo daremos de beber a todas esas bestias? El río Bactro es la morada de centenares de nutrias sagradas.
—¡Por Heracles, esos mamoncetes tendrán que largarse nadando a toda prisa para salvar sus peludos pellejos!
La ciudad no puede sustentar a tanta gente, de modo que empiezan a aparecer campamentos extraoficiales de la noche a la mañana. Carpas de vivaques alfombran las orillas del río, suben por las faldas de las montañas, se extienden por la Llanura de los Lamentos que parece, por fin, haber derrocado su nombre. Todos los alfayates y zapateros al este de Artacoana han viajado hasta aquí
con la esperanza de obtener en veinte días las ganancias de diez años.
Los barberos afeitan la cabeza de los hombres para que tengan buena suerte.
Los carboneros pregonan la leña envuelta en haces sujetos con cintas que cargan en carros de dos ruedas; los espaderos montan bichees; centenares de puestos se apiñan en espacios ocupados de bote en bote con bataneros, merceros, pañeros, herreros, hojalateros, artesanos del bronce. Mendigos mutilados comparten puesto con grabadores de tatuajes; encantadores de serpientes reparten su tenderete con vendedores ambulantes de yute, nas y bhang. Hay chicos que trabajan por la calle cargando a la espalda recipientes de bronce con chai caliente que sirven en tazas abriendo pitorros que llevan a la altura de la cintura. Algo que no falta en Afganistán es el pescado. La trucha de arroyo y la marrón se traen a toneladas desde los
arroyos de montaña por los barqueros dhuttie en unas ingeniosas balsas de mimbre, con los peces todavía vivos en el agua. En la ciudad no queda alojamiento, de modo que caravanas de camellos ponen tiendas al borde del desierto. Un bazar de carpas se extiende sobre centenares de acres y en él se ofrecen chalecos y calzado de Media, dagas de Damasco, gorros aghee acolchados y túnicas de Patia. Adivinos leen el futuro con tiradas de piedras; astrólogos interpretan lo que ven en el cielo. Buhoneros de baratijas y fruslerías trabajan en pareja, uno llevando ante sí una gran horca tintineante de la que cuelgan cientos de anillos para dedos de manos y pies, brazaletes, ajorcas para el tobillo, collares, fetiches, amuletos y talismanes, en tanto que su socio va dando saltitos alrededor y vende las mercancías de ambos. Como recuerdo, las imágenes de la novia y del novio se pintan en copas y platos, se tejen en alfombras, se esmaltan en bandejas y se cosen en banderines, campanillas de rezos y en casquetes; se pueden comprar retratos de Alejandro y Roxana en cuentas y monedas, conchas de cauri, pañuelos y prendas interiores. Compañías de actores, acróbatas, malabaristas, contorsionistas, charlatanes de feria y bufones organizan espectáculos improvisados; los poetas recitan; los rapsodas cantan; los filósofos edifican.
Jamás había visto a tantos oradores aficionados. Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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Un chiflado tras otro declama su desquiciada doctrina encaramado a una piedra en el mercado; dentro de un anexo entoldado cuento una decena que arenga al gentío que escucha con expresiones que van del fervor al estupor.
En un paseo por la ciudad te encuentras yoguis de la India, ascetas de Cos, automutilados de Khumar. Veo a un sadhu atravesarse las dos mejillas con una docena de varillas de hierro para kebab sin dejar de sonreír en ningún momento. Su cestillo rebosa monedas que le echan los maces y albaricoques y ciruelas de los afganos. Una chica traga espadas; otra contorsiona el cuerpo para poner las plantas de los pies sobre la cabeza.
Hombres con braseros venden sesos de cordero escalfados en el cráneo, manos de cerdo, criadillas de toro en camas de arroz humeante. Se pueden comprar globos oculares, nudillos, cráneos hundidos, collares de dientes y colmillos, orejas y dedos, amuletos contra la muerte y las deformidades, poemas para conseguir amor, suerte, felicidad; lubricantes y asfixiantes, emolientes y afrodisíacos, pociones y lociones, eméticos y panaceas. Veo al mismo tipo cojo dejar las muletas tres veces en un mismo día. De Babilonia
han venido maestros voladores de cometas; sus carpas de papel planean muy alto con el viento afgano. ¡Larga vida a Alejandro y a Roxana! La unión del rey y la princesa constituirá el día más glorioso del país desde el nacimiento de Zoroastro: los maces, jubilosos porque se van y los afganos eufóricos por verlos marchar.
Entretanto, se celebran cientos de jurgas y consejos tribales. Clemencia es la consigna del momento. El lema de empezar de nuevo lo impulsa todo.
Las bodas, como ya he dicho, se celebrarán al estilo persa. Habrá eventos preliminares durante cinco días que culminarán con la ceremonia del matrimonio en sí al quinto. El número cinco es el del amor en la numerología persa. Todo lo que forme parte de la ceremonia ha de ser divisible entre cinco: quinientos prisioneros serán indultados; quinientos esclavos serán liberados. El mismo número de cometas volará sobre el palacio el día de la boda y se soltarán dos veces cinco mil palomas en el apogeo de la ceremonia nupcial.
La ceremonia que unirá a Alejandro y a la princesa Roxana tendrá lugar al anochecer, el inicio del día en el uso persa. Un desfile militar precederá a la boda; discurrirá por la planicie y lo presenciarán los dignatarios maces y afganos que a continuación subirán a la ciudadela, donde se realizará la ceremonia en sí. Cuando los ritos concluyan y las cometas y las palomas hayan volado, darán comienzo los festejos, que durarán toda la noche, incluso des-pués de que los novios se retiren al amanecer, y todo el día siguiente, cuando varios ritos de clemencia tendrán lugar. En cuanto a nuestra compañía, hará un último ensayo a media mañana, después comeremos y prepararemos los uniformes, las armas y las armaduras. Nos bañaremos y tendremos un último servicio de barbería con corte de pelo, arreglo la barba, encerado de dientes. Varios días antes se erige una columna conmemorativa a los caídos griegos y macedonios. La ceremonia tiene lugar al amanecer. Los nombres de Elías, Lucas y Tolo, junto con seis mil novecientos más, se han cincelado en la piedra. Estéfano ha compuesto una oda de despedida.
EN COMPAÑÍA DE SOLDADOS
En compañía de soldados
no tengo que justificarme.
En compañía de soldados
todos comprenden.
En compañía de soldados
no he de fingir ser quien no soy.
Ni adoptar esa pose, por bienintencionada que sea, que esperan quienes no me han conocido en armas.
En compañía de soldados todos mis crímenes se perdonan estoy a salvo
estoy entre amigos
estoy en casa
en compañía de soldados.
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Estos ritos van acompañados de juegos funerarios. Los participantes son centenares; el talante es solemne, pero alegre. El cuerpo de ingenieros ha construido un hipódromo, un circuito de cuatro estadios alrededor de un poste de viraje. Las carreras de caballos se organizan para que todos los participantes sean griegos y macedonios con el propósito de no agraviar a los nativos, ya que su participación podría entenderse por parte de sus compatriotas como un homenaje a la muerte de los extranjeros. Pero llegado el momento, son tantos los campamentos bactrianos y sogdianos que rodean la pista de carreras ya que no queda ningún otro sitio donde dormir y estos tipos son tan buenos jinetes que se los invita también. Yo mismo participo con Khione. Ganamos una eliminatoria y llegamos terceros en la siguiente, pero al final la fatiga de la campaña ha dejado a mi pobre yegua hecha unos zorros. Acabamos los últimos en la siguiente y nos unimos a la multitud de espectadores. Estoy con Bandera en la fila de la tienda de apuestas cuando veo a un spin gar («barba blanca», el término afgano para referirse a un viejo) que me es conocido. Es Ash, el acemilero de Kandahar que me alquiló a las mujeres porteadoras para cruzar el Hindu Kush. Cruzo hacia el bribón y le palmeo la espalda.
—¡Por Zeus, creía que los guardias habían encerrado a todos los criminales!
Se vuelve hacia mí con una sonrisa desdentada.
—Entonces, ¿cómo es que estás tú en libertad?
Nos abrazamos como hermanos. El proverbio es verídico en cuanto a que incluso entre enemigos irreconciliables puede haber concordia cuando transcurre tiempo suficiente.
—¿Qué te trae por aquí, Ash?
—Mulas, ¿qué otra cosa podía ser?
Encontramos un sitio fuera de las apreturas del gentío y nos ponemos al corriente de las noticias.
—¿Esta vez no traes mujeres? —pregunto, a lo que él alza las manos al cielo con las palmas hacia arriba.
Bandera le cuenta lo de Shinar y yo.
El viejo estalla en carcajadas por lo que cree que es una broma.
—¡No, es cierto!
Hace falta un juramento para conseguir que Ash se lo crea. Se retuerce la barba mientras intenta recordar.
—¿Cuál de ellas era?
—A la que golpeaste. La que te compré.
—¡Dios nos ampare! —Otra vez sube las palmas hacia el cielo—. Este país te ha vuelto más loco de lo que imaginaba.
Bandera le cuenta lo de Lucas y Ghilla, lo del niño y el final de mi amigo. Ash se pone serio.
—Era un buen tipo. Que su alma encuentre la paz.
Nos cuenta que comparte una tienda situada una milla río arriba, en el gran campamento de los panjshiri.
—Cenad conmigo, amigos míos.
No podemos. Tenemos que ensayar para el desfile militar que precede a la boda. Sin embargo, acordamos con Ash volver a encontrarnos el día de las carreras de caballos. A punto de marcharse ya, el viejo bribón me agarra del brazo.
—Sabes que su hermano está aquí también ¿verdad?
Se refiere al hermano de Shinar. Era lo que me temía, con tantos aliados afganos reunidos para la boda. Baz podría estar en cualquier parte, incluso en nuestro propio campamento.
—¿Dónde? —inquiere Bandera.
—Sirve en los lanceros sogdianos adjuntos a la brigada de Hefestión. Él y dos de sus primos. —
Ash describe un vivaque situado en la planicie, a varias millas—.
Hermano y parientes buscan satisfacer la deshonra que has ocasionado a la familia al liberar a la chica. Le he oído hablar de ello, pero no sabía que su objetivo eras tú.
Le pregunto a Ash si en su opinión esto es realmente serio.
—Hay que temer a esos gallitos exaltados —contesta—. Y temer más a las pájaras de su tribu, Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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porque la a'shaara las tiene tan cogidas como la garra de un águila aferra a una paloma. Sé lo que Bandera está pensando. Despedirse del viejo, encontrar al hermano. Matarlo. Una parte de mí está completamente de acuerdo con él, pero nuestro código de filoxenía prohíbe derramar la sangre del clan de mi prometida... y parientes de mi pequeño hijo. Además, veo en esto una oportunidad que me brinda el cielo.
—Ahora son los Diez Días del Perdón ¿verdad, Ash? Contesta afirmativamente y añade que quizá pasen años hasta que se repita esta circunstancia. Me vuelvo hacia Bandera.
—Conocimos al hermano de Shinar hace un tiempo, ¿recuerdas? Él no quiso nunca que hubiera esta pendencia, no es algo que esté deseando hacer.
Cogería al vuelo la oportunidad para dejarlo de lado.
Hay otra razón por la que soy optimista. La fecha de nacimiento de mi hijo es el diecinueve de artemiso. Allá en casa es el Día de la Anexión, el aniversario de la incorporación de Apolonia a la Gran Macedonia. En mi ciudad este día ondeará el estandarte del León en todas las casas; las calles se llenarán de danzarines. También allí se condonarán las deudas. Es un buen presagio. Le pregunto a Ash qué tenemos que hacer.
—Déjalo en mis manos —me contesta.
Hay que convocar un consejo tribal, una perspectiva que los hombres del clan aceptarán con entusiasmo. Será un gran pasatiempo; hablarán de ello durante años. Dice Ash que yo he de acudir en persona y pedir perdón por mis malas acciones.
—¿Pedir perdón? ¡Y una puta mierda! —exclama Bandera.
Pero Ash sabe de lo que habla.
—A estos dussars —dice, utilizando la palabra que significa «palurdo»
o «patán»— les causará
un gran placer debatir tu petición, Matías. Tienes que tomar parte en la función. Puede que te cueste dinero. —Se refiere a la compensación por desagravio. Dinero de sangre, como absolver a un asesino—. ¿Tienes? —
me pregunta.
—Suficiente para que un sinvergüenza como tú saque tajada —dice Bandera. Pero yo estoy lanzado.
—Puedes pedir lo que quieras, Ash. Al igual que Baz, el hermano.
¿Para qué sirve el dinero, si no? Para conseguir lo que necesitas... O
para mantener lejos lo que temes.
—¿Cuánto se tardará en organizarlo? —pregunto.
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El jurga se celebra la noche de la víspera de la boda. Por lo visto no se podía convocar un quórum antes porque muchos participantes de la tribu, que son tropas asalariadas al servicio de Alejandro, debían ensayar durante el día la participación de sus compañías en el desfile militar que precederá a las nupcias de mañana. A Bandera y a mí nos parece bien. Nuestro grupo tiene que prepararse también.
Estéfano me exime del último ensayo para que vaya al cuartel general a recoger los papeles que nos permitirán a Shinar y a mí contraer matrimonio en la ceremonia colectiva de mil cuatrocientas parejas. Este rito se celebrará a la misma hora del crepúsculo en la que se casarán Alejandro y Roxanna, sólo que será fuera de la fortaleza, en el nuevo anfiteatro de estilo griego que se ha excavado en la falda de Bal Teghrib, en el sitio desde el que nuestro rey le habló al ejército por primera vez tras cruzar el Hindu Kush.
Bandera y yo cabalgamos hacia el campamento afgano. Falta una hora para anochecer. Se suponía que Ash se reuniría con nosotros para hacer de escolta y garante, pero no hay forma de dar con él. En su lugar, tomamos a uno de nuestros shikaris, un montañés canoso llamado Jerezrah, para que presente nuestra petición de permiso para entrar. Pero ¡ay! resulta que el tipo es de los agheila, una tribu de los panjshiri con la que nuestros anfitriones, también pactianos pero de otra clase, están en guerra. No lo dejan pasar. Entonces aparece Ash. Por lo visto nos ha estado esperando allí, preguntándose qué nos habría retrasado a Bandera y a mí. Se hace cargo de la situación. Apelando al espíritu de los Días del Perdón, persuade a nuestros anfitriones para que permitan entrar a Jerezrah. Sólo que ahora Jerezrah está molesto por el insulto y no quiere pasar.
—Conozco a estos bandidos de toda la vida —dice mientras se da media vuelta—. Siguen siendo tan marrulleros y tan indeseables como siempre.
Bandera, Ash y yo entramos al campamento. Parece que hasta el último mono de la tribu en cien millas a la redonda ha oído el runrún sobre el acontecimiento y todos se han congregado aquí, ansiosos de asistir a él. Son una pandilla de aspecto salvaje; van armados hasta los dientes y se nota que no han ido al barbero desde hace meses. Todos llevan una fusta adornada con flecos y plumas; cuando se sientan apoyan la punta de la fusta en el suelo mientras sostienen el mango entre los dedos con delicadeza, de manera que cuando la asamblea al completo se ha colocado en círculo, todos los látigos de montar apuntan hacia el centro y se sacuden rítmicamente para golpear en el suelo. Es un espectáculo pintoresco y, a su modo, bastante bonito. El gentío se ha agrupado ahora frente al pabellón del jefe, una estructura de piel de cabra sostenida por multitud de columnas de madera y con un enorme toldo como pórtico, bajo el cual hay alfombras extendidas sobre la tierra. Nos muestran cuál es nuestro sitio. Tomamos asiento. El sol se esconde tras las montañas; al momento, se siente el frío aguijonazo del aire nocturno. Ash, sentado a mi derecha, dobla las rodillas.
Los jefes y ancianos están sentados justo enfrente, con el hermano y los primos de Shinar de pie, detrás de ellos. No hay intercambio de saludos; ni siquiera dan señal de advertir nuestra presencia. Ash dice que es la costumbre. Se llama el «acomodo», cuando las partes se van conociendo por etapas, sin hablarse entre sí. En el círculo hay un runruneo de conversaciones. Todo el mundo charla excepto Bandera y yo. Ahora traen grandes cuencos de latón con agua, pero no para beber, sino para lavarse la mano Steven Pressfield
L a c a m p a ñ a a f g a n a
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derecha. El ruido de fondo se vuelve más animado. Al instante, aparece una montaña de arroz, carne de cordero y guisantes que pasan en una carretilla cargada entre cuatro. Todo el mundo coge con la mano, así que Bandera y yo hacemos lo mismo por miedo a ofenderlos si lo rechazamos, a pesar de que acabamos de engullir en el campamento una cena de las que te hacen polvo el estómago. El hermano y los primos no se sientan. Ni comen.
Se mantienen en su posición justo detrás del jefe tribal. No tengo la menor idea de lo que significa eso. Su gesto es hosco y antagónico; están cruzados de brazos. Cuando la montaña de arroz se ha devorado, cosa en la que no se tarda más de diez minutos, los hombres empiezan a debatir en pactiano el asunto de Shinar y su violación del código de la a'shaara. Nadie nos invita
a hablar a Bandera y a mí; ni siquiera miran en nuestra dirección. El jefe y los ancianos mantienen un diálogo muy hilarante entre ellos y que, en apariencia, nada tiene que ver con nuestro caso. La pasión anima el debate; en cierto momento hay que separar a varios hombres del clan que casi han llegado a las manos. Todos los viejos se lo están pasando en grande.
De repente, como si sonara una señal que todo el mundo puede oír excepto Bandera y yo, el follón cesa. Se llama a hermano y primos para que se adelanten; los tres se sientan, de cara hacia mí.