La ciudad escarlata
VII. Vittoria Colonna
VII
VITTORIA COLONNA
S abía qué enfermedad había contraído su marido en Pavía. Sabía, asimismo, que no debía hablar a nadie de su descubrimiento, ni siquiera con el propio Pescara. Su actitud lo puso de manifiesto desde el principio. Tras cada ataque de tos seca y martirizante en su presencia —¿cómo cabía la posibilidad de ocultarle las manchas de sangre en el pañuelo?—, la miraba con una mirada suspicaz, desafiante de antemano: no te atrevas a compadecerme. Rechazó de forma seca, al instante, la propuesta de un viaje a sus posesiones del Sur. Replicó que él no había venido a Roma para descansar. No hacía falta salir de la fortaleza de Novara para recuperar la salud. Allí le cuidaban muy bien. Vittoria se calló y apartó la cabeza para no dar a entender que aquella insinuación le había resultado desagradable.
Le conocía demasiado bien como para ignorar que no toleraría ninguna infracción de sus costumbres ni de sus propósitos. Se levantaba todos los días muy temprano y daba un paseo a caballo, aunque las cicatrices del muslo izquierdo todavía le hacían mucho daño durante el paseo. Después recibía a parientes, amigos, miembros del partido español. Desde que Vittoria le vio por última vez, se había dejado crecer una barba corta al estilo hispano. Vestía de negro. Su postura era más rígida, su gesto más parsimonioso; todo su ser parecía inmovilizado por la formalidad castellana. Malgastaba sus fuerzas intentando soportar el dolor estoicamente y ocultando sus ataques de debilidad. Su dominio exterior era total. La irritación y la cólera sólo se manifestaban cuando hablaba. Todas las conversaciones trataban de política. Pescara no escatimaba sarcasmos para ridiculizar la táctica de combate de los franceses, la diplomacia del pontífice y la actitud expectante de los estados italianos en general. Desdeñoso, declaraba que Francia merecía plenamente la derrota e Italia, la ruina. La fortuna del emperador era la incompetencia de sus enemigos. Su llegada a la ciudad se consideraba el acontecimiento más importante de la primavera y tanto sus amigos como sus enemigos querían conocer su opinión sobre la situación actual. Como un príncipe, concedía a diario numerosas audiencias.
Yo comparto el honor y el interés junto a él. Veo lo que se escapa a los visitantes, a los miembros de su séquito e incluso a nuestros parientes: cómo las sombras alrededor de las aletas de la nariz y las sienes se acentúan cada vez más; cómo roza con la lengua sus labios secos; cómo, en medio de una conversación, su sonrisa se congela en una mueca de dolor. Tan sólo yo le oigo suspirar, blasfemar para sí, ahogar un gemido. Todavía logra, gracias a su implacable autodisciplina, mantener ante los extraños la apariencia del hombre que ha sido siempre. Su postura, el corte de su jubón y su capa disimulan que ha perdido mucho peso y que cojea. En las conversaciones que se sostienen en la mesa, el cortesano juego de preguntas y respuestas, sabe desplegar tanto ingenio y elegancia, que por un instante creo que mis miedos no son más que alucinaciones mías. Entonces quiero creer que sólo ha sido un sueño, una más de esas pesadillas que me han acompañado en el transcurso de los años: fantasmas de enfermedad y muerte, repentinas noticias catastróficas. Me despierto y compruebo que es mentira: a mi lado está sentado Ferrante, recostado descuidadamente en su sillón, con los dientes al descubierto en esa familiar sonrisa llena de ironía. Veo la luz de las antorchas, el desorden de las copas de vino y la fruta sobre la mesa; escucho el lejano canto al son de la música de laúd y, más allá de los arcos de la ventana, discurre el cielo azul nocturno como un decorado perenne, el mismo decorado de esas otras noches en Nápoles e Ischia, hace diez o doce años. Entonces surge en mí un antiguo sentimiento, una sombra de los deseos de mis tiempos de novia. Somos jóvenes, no hay distancia ni amargura entre nosotros. Quiero sumergirme en ese juego, olvidar que el tiempo no se ha detenido, que me encuentro en Roma y que estoy sentada al lado de un enfermo. El resplandor que brilla sobre ese rostro pardo y delgado es engañoso. La melodía de un madrigal merma mi resistencia interior y despierta en mí ensueños sin sentido. Pero cuando los invitados se han ido, y las antorchas en la sala se han apagado, la máscara cae. Pálido como un trapo, apoyándose en el hombro de un sirviente, Ferrante buscará su dormitorio, y yo no sabré nada de sus noches.
Para evitar fricciones, ella fingía no sospechar nada de su sufrimiento sigiloso. Pero Pescara sabía que lo había comprendido. Tampoco esto era un secreto para Vittoria, pero esperaba que él le revelara, por su propio impulso, el sentido y el fin de su actitud. No dudaba de que este despliegue de autoridad y esta actividad febril tenían una causa. Él, no obstante, aparentaba todo lo contrario: se sentía inquieto, inseguro, resentido. Esta vez, había tardado mucho tiempo en hacerla su confidente. Su gesto atemorizado y su mirada llena de comprensión consternada el día de la bienvenida, habían provocado en él un rechazo aún más fuerte que el que había tenido que superar cuando volvía a ver a su mujer tras una ausencia de varios años. Lejos de ella, normalmente mostraba una disposición indulgente, sabía expresar estima y respeto, alguna vez incluso le invadía la compasión por su soledad. En los brazos de Delia, a veces le sorprendió descubrir un cierto sentimiento de culpabilidad; después, se propuso mostrarse más complaciente en la siguiente ocasión. Pero, cuando su mujer fue a su encuentro para saludarle, su aversión hacia ella aumentó. El comportamiento de ella no era natural. Notaba que se dominaba con todas sus fuerzas para no delatar lo que pensaba y sentía realmente. Sabía que le rodeaba continuamente de atenciones y cuidados, que sus pensamientos no se alejaban de él, que lo veía todo, que lo escuchaba todo. Ese interés sigiloso y reflexivo le molestaba de forma desmedida. Ahora que estaba enfermo, se sentía con menos fuerzas que nunca para combatir aquella aversión.
A ratos odiaba a esa mujer tras su tranquilidad engañosa. Lo que ella se callaba, llenaba con intranquilidad el silencio que los separaba. Intentaba huir de ella conversando con extraños, lo cual le dejaba insatisfecho, pues no era sino un juego, y así no lograba escapar de la duda y la irritación. Lo que ocurría era que Vittoria era completamente digna de confianza. Había demostrado que sabía callar y sus consejos habían resultado ser valiosos en más de una ocasión. Lo que le irritó todavía más fue que ella se mezclara con el datario Giberti. La paz y la libertad son un dulce cebo para cautivar a las mujeres. Alguien que, como él, comprendía el juego, sabía que, en aquel estado de las cosas, la paz era imposible y que Italia estaba predestinada a soportar la dominación del emperador. ¿Cómo podían darse cuenta de la magnitud del conflicto los que practicaban la política desde sus palacios? Despreciaba a los prelados, a los príncipes en sus principados, a los gobernadores civiles de las Repúblicas, por ser cortos de vista, por su afán de obtener pequeños beneficios. Hacía falta haber estado en el campo, entre el hollín y el griterío de la batalla, para saber que es más sabio tener en cuenta las exigencias de una horda de mercenarios, que las promesas sobre el papel de los diplomáticos.
Consideraba una estupidez, sobre todo, los intentos de mediación de Vittoria, y no como un propósito consciente de contrariar sus planes. Sólo cuando le aseguró que ya no mantenía contacto con Giberti, que incluso sus antiguos amigos desconfiaban de ella desde Pavía, decidió hacerla partícipe de lo que le preocupaba.
Cuando estimó que había llegado el momento oportuno para mantener una conversación, fue a ver a Vittoria a la parte del palazzo Colonna donde ella pasaba de preferencia las horas matinales: una galería abierta, adyacente al patio, pero oculta a la vista por filas de naranjos en macetas. En la galería se exhibían trozos de esculturas antiguas que, durante una reforma, habían aparecido en el subsuelo, así como sarcófagos, fuentes y columnas truncadas. Los cónyuges paseaban despacio entre los arbustos en flor y el mármol dañado.
—¿Realmente hay motivos suficientes para estar disgustado? Por tus cartas he comprendido que te sientes infravalorado.
—Ninguna de mis solicitudes es aceptada. Es siempre el mismo juego: cartas afables de Madrid, repletas de elogios y promesas. Por lo demás, nada. De Leyva y Lannoy no tienen que esperar los favores, sólo porque gozan del privilegio de ser españoles de pura sangre.
—Pero el emperador conoce tus deseos.
—Por supuesto que los conoce: hace ya tres o cuatro años que me dirijo directamente a él para comunicarle mis deseos. Tengo el derecho de exigir condiciones. Pero no hace el menor caso; en cambio, recurre a mis servicios, cuenta con que de todos modos, nunca le voy a dejar. Soy su vasallo. Mi padre y mi abuelo, antes que yo, han sido fieles a la causa española. Todos mis actos han demostrado que sigo su ejemplo. Pero el emperador es condenadamente desconfiado, y no me toma en serio porque nací en Italia; se muestra receloso hacia mí. Nunca se sabe. Odia a los italianos. Con razón, porque es un pueblo de meros cobardes y traidores.
—Vas demasiado lejos.
—Por respeto a ti, haré una excepción con los Colonna. Pero tú conoces mi punto de vista; no tengo la intención de repetir aquí todos los argumentos. Sabes tan bien como yo que el italiano medio, ya provenga de Roma, Milán, Florencia, Venecia o de Dios sabe dónde, es un presumido sin carácter, con más astucia que inteligencia, con más despliegue de heroísmo que verdadero coraje. He podido comprobarlo en todas las circunstancias que se me han presentado.
—Tal vez no sean los mejores italianos los que sirven a la causa imperial; tienes muy poco contacto con otros.
—Te refieres a la categoría de soñadores y habladores. El cielo me guarde de aquella caterva; nunca esperes de mí que trate con ellos. He dedicado mi vida a la fama del emperador, a ayudar a cimentar su poder en Italia. Me debe mucho. Puedo afirmar sin exageración que soy yo quien ha mantenido el partido español en los últimos diez años. He pagado la soldada a las tropas y las he provisto de armas, a costa de mi propio bolsillo. Sabes cuánto hemos tenido que sacrificar, hasta qué punto estamos endeudados. Dentro de poco, vencerán las hipotecas de nuestras tierras y las perderemos para siempre. Ahora puedo exigir el reembolso por derecho y justicia. Sin mí, no habríamos vencido en Pavía. También capturé al rey francés. Así que me creí facultado para repetir la solicitud que ya hice hace dos años: asumir el mando supremo de los ejércitos imperiales. ¿Quién si no, es el indicado para ello? Pero tampoco he logrado ahora una respuesta concreta. Mientras tanto, tengo que contenerme. Esperar, siempre esperar. Mi dinero se ha acabado. Ni a ti ni a mí nos queda nada que hipotecar o vender. Tengo que dejar que los soldados saqueen y roben en las regiones donde acampan, porque no puedo pagar su soldada. Eso daña el nombre del emperador y la causa española. Me hacen responsable de todo el daño causado. En el bando contrario, tengo fama de ser el canalla más cruel que anda suelto en la tierra de Dios. Me encoleriza tener que tolerar esa falta de disciplina, ese desorden.
—¿Todo esto se sabe?
—¡No lo dudes! En este país nunca se mantiene nada en secreto. Todo el mundo sabe que el emperador no tiene dinero. Nuestros enemigos tienen motivos para reírse, pues cuentan con que su ruina vendrá de esa falta de dinero. Hay más: el condado de Carpi está proscrito desde que Alberto Pio se pasó a los franceses. Mis tropas ocupan las tierras y el castillo. He pedido al emperador que me otorgue Carpi en calidad de préstamo. ¡Petición denegada! ¿Qué te parece eso?
—O bien el emperador es extremadamente prudente, o bien tiene planes mejores para ti…
—Eres de buena fe. Me engatusa con promesas sólo para mantenerme a su servicio, pero no tiene la intención de cumplir ninguna.
—Recibí un escrito de Madrid, poco tiempo después de que se conociera tu victoria; en él, el emperador me felicitaba por tus hazañas militares. Respondí con palabras de este tenor: «Es un honor recibir loor de un soberano por los servicios rendidos, pero más grande honor es escuchar de su boca que está en deuda con nosotros».
—Una insinuación acertada; mi enhorabuena. Si quiere contestar a eso, tendrá que darse prisa; si no, me veré obligado a recurrir a un medio que le va a gustar menos. El rey francés es mi prisionero. ¿Por qué no tendría yo el derecho de cobrar el rescate? Negociándolo yo mismo, puedo hacer que los franceses paguen el mantenimiento de mis tropas y que, al mismo tiempo, me indemnicen a mí.
—Nunca harías semejante cosa. No es digno de ti.
—¿Por qué no? Repito: el rey de Francia es mi prisionero. No tiene mayor importancia que Lannoy se abriera paso empujándome y se apoderase de la espada del rey. Ahora se jacta de haber ganado la victoria, pero todos los que lucharon en Pavía saben que Lannoy miente. En lo más duro de la batalla casi se volvió loco de miedo, y gritaba como un poseso: «¡Estamos perdidos!». Los soldados españoles pueden atestiguarlo. Si yo no hubiera intervenido, se habría producido una confusión irreparable. Y ese hombre quiere arrebatarme ahora el mérito. Sólo Dios sabe lo que sus parientes en España hacen creer al emperador.
—No hagas nada precipitadamente hasta que llegue la contestación de Madrid.
—No tengo tiempo para esperar más. Si la ayuda se retrasa, será demasiado tarde para mí. No digas nada. Espero que comprendas a qué me refiero; es suficiente.
Como de costumbre, su mirada me ha impuesto silencio. ¿Por qué se niega a cuidarse? ¿De verdad teme que le dejen de lado en cuanto el emperador y sus consejeros tengan noticia de su merma física? No se puede eliminar a un hombre como Ferrante. Tampoco quiero creer que el emperador le haga esperar a propósito la concesión de sus solicitudes. Es posible que De Leyva y Lannoy intenten dar esa impresión por envidia, pero, no obstante… ¿Cómo se puede mostrar el emperador tan negligente con su mejor estratega, poniendo a prueba la paciencia de Ferrante? ¿No le cabe en la cabeza que otros sacan provecho de esta situación? Ferrante bien lo dice: todo el mundo está al corriente.
Recuerdo la observación que me hizo el pontífice cuando me
encontraba con Varano de Camerino en el Vaticano: «Esperemos que su imperial majestad sepa recompensar en su justo valor el mérito del marqués de Pescara». Ya entonces sospeché que esas palabras tenían otra intención. Después se produjo un silencio breve pero muy significativo. Varano y madonna Catalina parecían relegados a un segundo plano: el pontífice, Giberti y yo misma éramos los actores principales de una comedia cuya trama y texto sólo para mí eran desconocidos. Mis dos antagonistas me miraban y aguardaban tensos. El papa Clemente, inclinado hacia delante, mantenía apoyadas las palmas de sus manos en los brazos del su trono, como si estuviera preparado para levantarse tras mi réplica. En su cara apreció una expresión de curiosidad no disimulada; en su
boca, una sonrisa condescendiente y protectora. Bajo la luz cenital, los pliegues de su esclavina resplandecían en matices que iban del blanco plateado al rojo sangre. Giberti, quieto, erguido detrás del trono del pontífice, parecía esperar mi reacción con la misma tensión. No me quitaba los ojos de encima. Palpaba, con lentos movimientos de los dedos, la fila de botones de su hábito. Primero, pensé que se burlaban de mí. ¿Por qué, si no, habría hecho esas alusiones a mi vida matrimonial, al estado desastroso de nuestras finanzas, a la indiferencia del emperador? Guardé silencio hasta que el pontífice concluyó la audiencia con unas breves palabras. Reflexionando sobre las cosas que me ha contado Ferrante, valoro de otra manera la escena de la sala de audiencias del Vaticano. El pontífice no hizo alusión alguna al regreso y al descontento de Ferrante para castigarme personalmente con su ofensa. Había otra intención detrás de ello.
Descubrió que Pescara no le había dicho toda la verdad durante su conversación en la galería. El plan de liberar al rey de Francia a cambio de una suma de dinero que cubriría el mantenimiento de las tropas del emperador en Italia era, desde el principio, algo más que una mera posibilidad. Se habían producido fuertes altercados entre él y Lannoy, el cual opinaba que había que conducir al importante prisionero a Madrid y dejar el resto en manos del emperador. Esa riña marcaba las querellas personales. Lannoy quería impedir que Pescara sacara provecho de las circunstancias, mientras que Pescara sabía que Lannoy esperaba ostentar todo el mérito ante Madrid. Al final, los dos contrincantes creían haberse anulado mutuamente mediante un pacto: hasta nueva orden, se habilitaría una estancia para el rey francés en el castillo de Nápoles. Cuando Pescara regresó a Roma, Lannoy estaba a punto de embarcar con su prisionero.
Vittoria sabía que su esposo esperaba, con creciente impaciencia, la noticia de la llegada a Nápoles. Él mismo mandó un correo para obtener información. El enviado volvió con noticias desconcertantes: la flota se había hecho a la mar rumbo a España. Pescara se encerró en sus aposentos y rehusó alimento y bebida. Apoyada en su puesta, Vittoria captaba los fragmentos de un ataque de cólera que terminaba con frecuencia en un vómito de sangre. Cuando, finalmente, la dejaron a solas con él, lo encontró tendido en la cama. Se había calmado, pero su mirada muda y oscura le preocupó más que su ira. Le leyó una nota en la que maese Girolamo Morone, el canciller de Milán, solicitaba una entrevista. Rechazó secamente la proposición de aplazar esa conversación, se levantó, se vistió de negro español con esmero, y mandó decir a Morone que el marqués de Pescara estaba preparado para recibirle.