La ciudad escarlata

Helia S. Haasse · Capítulo 10 de 22 · parte 1/3

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La ciudad escarlata

IX. Giovanni Borgia

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

IX

GIOVANNI BORGIA

M ucho ruido y pocas nueces. Había esperado, por lo menos, un viaje fuera de Roma, una legación a Venecia o Florencia. No acabo de comprender por qué maese Girolamo Morone necesitaba una escolta de cien jinetes, además de su propio séquito y los señores que se le unieron aquí en Roma, sólo para hacer una visita a la ciudad, al marqués de Pescara. ¿Esperaba acaso un asalto, un recibimiento hostil? En la comitiva, nadie parecía conocer los detalles del asunto. Antes de salir del Vaticano, nos comunicaron que teníamos que estar alerta y seguir en todo momento las órdenes de maese Morone. Nuestro cortejo atraía muchas miradas. Se nota que hay poca diversión en Roma. Comparado con el 18, cuando estuve aquí con Alfonso d’Este, la ciudad da la sensación de estar sucia y desmoronándose. En aquel tiempo, se acababan de edificar los palacios de la Piazza Navona, que lucían sus fachadas vivamente pintadas. A duras penas reconocí ese lugar cuando lo atravesé con el séquito de Morone. El pavimento estaba hundido y la pintura, desconchada; las calzadas eran ciénagas o vertederos; las plazas, verdaderas selvas cubiertas de vegetación, que apenas se diferenciaban de la tierra no urbanizada. A causa de la situación política y la inseguridad de los caminos, apenas vienen peregrinos a Roma. Parece ser que un gran número de ceremonias que forman parte de la celebración del Año Santo, se han suprimido este año. La peste campa por sus respetos. El barrio de Ripa, situado junto a la orilla del Tíber, ha sido cerrado para controlar el contagio. No servirá de mucho: cada día hace más calor, se prevé una estación extraordinariamente cálida y seca.

En el palazzo de Ascanio Colonna nos recibieron con el debido respeto. Los soldados de la caballería se quedaron en el cortil, mientras Morone y sus confidentes de Milán, así como los funcionarios papales entre los que me contaba yo, entramos. Nosotros, los miembros del séquito, no llegamos, por cierto, más allá de la antesala. Nadie, excepto Morone, llegó a ver al marqués. Se dice que está enfermo. La entrevista duró mucho tiempo. Los señores de Milán creían saber sobre lo que se discutía: Morone intentaría contactar con personas influyentes del partido imperial, para conseguir que se concediese el ducado en préstamo a Francisco Sforza. Otra vez un Sforza: el hermano menor del antiguo prometido de Bona. No hay nada nuevo bajo el sol; también este hombre da muestras de ser incapaz, un mero títere en las manos de maese Morone. A partir de estas conversaciones, he podido conocer la otra cara de algunos acontecimientos anteriores. Por ejemplo, que los milaneses ven en el canciller al defensor de sus intereses, al patrón que ha de guiar el ducado entre Escila y Caribdis. No consideran una traición que haya hecho caer, cuando estaba convencido de su incapacidad, tanto a El Moro como a Maximiliano Sforza. Milán lucha por la conservación de su independencia y, además, es consciente de su significado: ser la llave de Lombardía y de toda Italia. Según parece, Morone tiene el poder de proporcionar esa llave a cualquiera que garantice los derechos de la ciudad.

Mataba el tiempo escuchando estas y otras observaciones semejantes, cazando moscas y mirando por la ventana, cuando maese Morone apareció de nuevo. Se sentó un momento y enjugó el sudor de su frente; hacía calor aquel día y Morone ya no era joven. No obstante, tuve la impresión de que su cansancio tenía otro motivo. A pesar de ello, parecía satisfecho. Se disculpó con una broma por habernos hecho esperar tanto tiempo. Cuando regresamos por la galería, se mordía los labios para disimular una sonrisa.

En el pórtico, la marquesa aguardaba; probablemente para despedirnos en lugar de Pescara. Esta vez la pude observar de cerca. Esa mujer evocaba en mí un viejo sentimiento. Me gustaría hundir mi rostro en los pliegues de su vestido, como solía hacer con Isabel de Aragón cuando era niño, con la esperanza de obtener paz de su autosuficiencia casta y fría.

Cuando la vi pasar en el Vaticano, me pareció mayor, más rígida, parecía como si una coraza de férreo control la envolviese. Entre las paredes del palazzo Colonna, al despojarse del velo y la capa parecía haberse despojado de una parte de su altivez. Mostraba el cuello y los hombros hasta el nacimiento de los senos; su carne era brillante y blanca como el marfil. En su postura o en su mirada no había el menor rastro de coquetería; su expresión es seria y alerta, sus labios poseían un trazo severo. Ese contraste tuvo en mí un efecto excitante, y despertó un afán de conquista que trascendía el deseo físico. Es posible que Pescara buscara en las mujeres victorias más fáciles que las que le correspondían en el campo de batalla. En sus momentos de reposo, seguramente desearía un amor que no le diera quebraderos de cabeza. Saber que había logrado la rendición de una mujer como Vittoria le debía causar una satisfacción únicamente comparable con la derrota de un fuerte adversario o con la caída de una fortaleza considerada inexpugnable. Clavé la mirada en ella, pero no me vio, o pretendió no verme, porque tal vez consideraba mi mirada demasiado directa. Detrás, en una sala visible a través de las puertas abiertas, dos figuras oscuras hablaban ante la alta chimenea: eran Giammaria Varano y su mujer.

Mis pensamientos describen siempre el mismo círculo; continuamente vuelvo al punto de partida: Borgia. Tanto mi ansia de poder, como mi sentimiento de inferioridad, se reducen a un solo concepto: Borgia. Mi ambición se estrella contra el secreto de mi ascendencia, que creo conocer sin ser capaz de llegar al fondo. La idea de ser presa de influencias que sólo Dios sabe cómo han penetrado en mi sangre, me vuelve inseguro. Creí que podría resignarme al hecho de que no puedo hacer valer ningún derecho sobre el ducado de Camerino. Pero es pedir demasiado. Desprecio a Varano, que castra su castillo convirtiéndolo en un monasterio, un hospital, una residencia para pobres. Alguien que trata su herencia de esta manera merece sin duda perderla. Apoya, moral y materialmente, a unos monjes apóstatas y se afana por la reforma eclesiástica. Los monjes apóstatas son, normalmente, lo bastante hombres como para defenderse a sí mismos y atacar a la Curia con sus propias fuerzas; testimonio de ello es el caso de ese alemán, el hermano Martín, que armó un gran escándalo en la Dieta de Worms.

Por pura casualidad, he oído hablar mucho sobre el tema, y de la fuente más fiable. El obispo Aleandro, mi protector, asistió como representante del pontífice a esa Dieta, y dictó personalmente el anatema. Durante nuestro largo desplazamiento del campo de batalla de Pavía a Roma, habló largo y tendido sobre las palabras y modales del alemán. Aleandro es un hombre de la vieja escuela: rígido, honrado, ascético, desconfiado e ingenuo al mismo tiempo; pertenece a una raza de prelados que, por lo que yo puedo juzgar, está extinguida en Roma. Le di la razón en todo porque tenía interés en seguir siendo amigo del anciano, incluso cuando, en su afán de defender la actuación de la Iglesia, alegó argumentos que resultaban grotescos.

Pero bueno, todo esto no viene al caso. La reforma eclesiástica es, como la propia palabra indica, un asunto de la Iglesia. Hoy en día, todo el mundo cree tener el deber de desempeñar un papel en un terreno que no es el suyo. Los sacerdotes actúan como mandos militares, los hombres de estado quieren ser filósofos, los príncipes dicen ser poetas y sabios; lo único que falta es que los grandes señores, que ante todo tienen la obligación de ser capaces de defenderse, se retiren a los bosques para meditar sobre los abusos de la Iglesia. Seré el último en negar que los señores prelados están al servicio ante todo de su propia ambición y avaricia; cuanto más alto es su rango, tanto más llamativo es el contraste entre la dignidad de su función y su conducta.

Pero, ¿no sucede en todas partes igual? El mundo sólo respeta el poder. El papa Adriano, el predecesor de Clemente, era, al parecer, un hombre piadoso y justo. A Aleandro le faltaban palabras para alabar su sencillez, su disciplina y su incorruptibilidad. En Francia no se hablaba más que con burla o desdén del pontífice, porque no supo mantener el decoro de su clase y era demasiado simple de ánimo para ser un buen diplomático. De un pontífice se esperan tan pocas virtudes civiles como de un rey.

Por lo visto, Varano se toma muy a pecho cosas como esta y de parecida calaña. ¿Por qué él y su mujer no han hecho los votos monásticos? El bonete le sentaría mejor que la corona ducal. Quién sabe lo saludable que resultaría su influencia en la curia. No tiene heredero varón, sino una hija, una niña todavía; si no engendra un hijo, Camerino pasará a otras manos. Con el dinero y el respaldo de algunos hombres influyentes, yo tendría una posibilidad razonable. Precisamente por el hecho de que estoy sin blanca y no poseo ningún asidero, se me hace aún más insoportable. Lo que soy, lo he conseguido por mí mismo.

Cuando, por aquel entonces, vagaba por los alrededores de Nápoles a mis diecisiete años de edad, podría haberme convertido en cualquier cosa: un salteador de caminos, un gorrista en la famiglia de un noble del campo, un mendigo y Dios sabe cuántas cosas más. Impulsado por el deseo de luchar en favor de Milán y los Sforza, escogí el servicio militar, y me ofrecí como mercenario a Fabricio Colonna. No puede existir mejor escuela para un soldado; todo lo que sé sobre la táctica de combate lo aprendí cuando servía entre sus hombres. Y no sólo el arte de la equitación y el manejo de las armas. Fabricio Colonna hacía formar a sus soldados todos los días. Primero, iba lentamente a caballo entre las filas y nos inspeccionaba con el bastón elevado. Su mirada se adivinaba aguda y severa bajo la visera; el viento mecía su larga y canosa barba. Finalmente, nos hablaba de pie en los estribos. Su voz era muy poderosa. Todavía recuerdo algunas de sus palabras.

—En nuestros días todo el mundo se esfuerza por imitar los aspectos externos de los antiguos. Tomemos, por el contrario, un ejemplo de su fuerza espiritual y moral. La sencillez, el orden, la disciplina, son normalmente ajenos a los hombres como vosotros, que hacéis de la guerra una profesión. Sólo sabéis robar, asesinar, cometer actos de violencia. Los de vuestra calaña han de subsistir a costa de guerras largas. En tiempos de paz, os convertís en criminales. Un soldado sin sentido del honor, sin sentimiento de vergüenza, es un instrumento del diablo, la causa de una indecible miseria.

»Para mí, no es suficiente ser el comandante de un ejército. Quiero educaros para llegar a ser lo que yo llamo soldados. No tolero gentuza indisciplinada en mi tropa. Os enseño a luchar, el arte de formar, atacar, cercar, replegarse; pero no es suficiente. No perdono en mis tropas la traición, la avaricia ni la crueldad.

 

Probablemente sus discursos eran como echar margaritas a los puercos, pero su entusiasmo e inspiración le aseguraban, en todo caso, nuestra adhesión.

Algunas veces, se habló de que embarcaríamos para Lombardía. Pero las batallas siempre resultaron ser de corta duración. Antes de haber ultimado los preparativos para la partida, solía llegar la noticia de que las hostilidades habían cesado por tiempo indefinido. A Fabricio Colonna le hubiera gustado mantenernos junto a él, pero la falta de dinero le forzó a disolver la tropa que había instruido con tanto esmero. Gran parte de los soldados se dirigió al Norte, para incorporarse por su cuenta a los ejércitos que vagaban errantes por allí. Seguramente, yo mismo habría seguido este ejemplo, si mi vida no hubiera tomado otro giro.

En aquel tiempo, me presentaba siempre como don Joan de Borja i Llançol. Pertenecer a la nobleza española supone una recomendación especial en Nápoles. Sólo los hombres de mayor edad junto a los que serví en la tropa de mercenarios de Fabricio Colonna relacionaron el nombre de Borja con Borgia. Cuando me preguntaron si pertenecía a la familia de ese notorio linaje, contesté afirmativamente, pero sin aclarar el grado de parentesco. En dos ocasiones llegué a desenvainar el puñal para poner coto a las insinuaciones de un bromista imprudente. Aumentó mi prestigio el hecho de que estuviera dispuesto a defender con las armas el honor de mi nombre. No solamente reaccioné así por orgullo herido; las observaciones que me llevaron a desenfundar el puñal —el puñal de Rodrigo y de César— me hicieron comprender, sobre todo, la cantidad de cosas que ignoraba.

La primera vez, una pregunta capciosa fue el motivo de un duelo: se me inquiría si conocía el secreto de la cantarella, el veneno que repetidamente había prestado tan buenos servicios al papa Alejandro y a César.

—Venga, estás entre amigos, desembucha: tu silencio te hace sospechoso, hombre. Limaduras de cobre y orina, eso ya lo sabíamos; pero, ¿qué otros ingredientes contiene? Un buen medio que no deja huellas en el cuerpo de la víctima. ¿Tus consanguíneos asesinos no te han dejado la fórmula?

Otra vez, cuando había hablado de los lazos existentes entre Jofré y Lucrecia con miembros de la Casa de Aragón:

—¿Se tragaron tal fanfarronada en Roma? ¡Aquí, en Nápoles, todo el mundo sabe que el viejo rey Alfonso consideró a sus hijos legítimos demasiado buenos para los bastardos de un sacerdote, sea pontífice o no! Clase con clase… especie con especie.

La vanidosa Sancha, el orgulloso padre de Rodrigo: ¿bastardos? Gané las peleas, pero en mi interior era presa de la confusión.

 

Un día encontré un cortejo que iba camino del campo de horcas. Unos alguaciles arrastraban a un hombre y una mujer; detrás de ellos la muchedumbre chillaba. Los condenados ya estaban medio muertos; en otro lugar de la ciudad se les había estado torturando desde la salida del sol. El pueblo les arrojaba excrementos y piedras, les insultaba y gritaba con una vehemencia sorprendente. El hombre, canoso y gordo, sangrando por sus muchas heridas, se dejó arrastrar como un saco. La mujer era todavía joven; iba desnuda hasta la cintura y tenía la cabeza afeitada. Sin que yo lo pidiera, me gritaron, de diez lados a la vez, la naturaleza de su crimen. Un hombre que estaba a mi lado agitaba los dos puños, insultándolos, por encima de mi cabeza:

—¡Hay que colgar a esos cerdos, colgarlos! Padre con hija: no existe pecado más sucio —dijo. Y dirigiéndose a mí añadió—: el año pasado colgaron a dos por incesto en Foligno. Allí, hubo además un hijo de por medio; al que habían atado en un saco y ahogado. Un horror antinatural. ¡Ningún cristiano puede tolerarlo!

De la aglomeración humana surgió otro para replicarle. Todo era tan natural como si se tratase de una representación teatral, en la que la acción y el texto marchaban a la par hasta en los más mínimos detalles.

—Hubo un tiempo en que lo tuvimos que tolerar, quisiéramos o no. A propósito de los cristianos, ¿qué cristiano quiere ser el primero en arrojar excrementos y basura a la tiara?

—De eso hace ya veinte años, hombre; nunca más se ha vuelto a ver nada igual. Esos Borgia ya han muerto, y arden en el infierno, e basta!

—Pero esa perra vive todavía en Ferrara, con todo honor y virtud. ¿Dónde está su cachorro? Eso es lo que me gustaría saber.

No seguí a aquel hombre; no le agarré, ni le forcé a explicar sus palabras. En lo más profundo de mi ser no estaba sorprendido. Lo que siempre había resultado incomprensible en las insinuaciones de Isabel y sus cortesanos en Bari, se me mostraba ahora con toda claridad. Del mismo modo que, en las tormentas nocturnas, los árboles y las casas parecen durante un momento blancos contra la oscuridad, como recortados en papel quebradizo, inmóviles a la luz del relámpago. Finalmente, revelaron su secreto las palabras y los gestos que nunca había comprendido, pero tampoco olvidado. Sentí un horror antinatural. Habían atado en un saco y ahogado a esa criatura nefasta de Foligno. Recordé el gesto de desprecio de Alfonso d’Este; la mirada de Isabel, llena de aversión y compasión; el comportamiento de la mujer en Carpi que, clandestinamente, vino a mi habitación para tocarme; y, aún más alejada en el tiempo, la repugnancia de Vannozza, sus monólogos.

Ser el bastardo de un bastardo, sin posesiones, amigos o protectores es un contratiempo, pero no una deshonra. Más bien puede ser un estímulo para hacerse valer, para arrancar a la Fortuna su benevolencia.

Pero es una maldición sentir la repulsión hacia uno mismo como una enfermedad incurable, siempre atormentado por la culpa, sin tener arte ni parte en ello y, peor todavía, dudar constantemente de la exactitud de las propias sospechas.

Decidí volver a Bari y exigir una aclaración a mi madrastra, pero me ahorraron ese viaje. Heraldos del virrey confirmaron, con fanfarrias de trompeta y discursos en las plazas y las esquinas de las calles, lo que hasta entonces circulaba por la ciudad como un vago rumor: antes del final del año se celebraría una boda real en Nápoles. Bona Sforza había sido prometida al rey de Polonia. No tenía más remedio que creer esa nueva, aunque entonces, y más tarde también, después de la boda, me parecía absurdo que Bona reinase sobre un bárbaro país lejano, y no sobre Milán.

Así que esperé hasta que Isabel y Bona llegasen a Nápoles. Bajo una lluvia torrencial, un día de otoño, el largo cortejo entró en la ciudad. Las cortinas de las sillas de mano, las gualdrapas de los caballos y las mulas, iban empapadas y desteñidas; los jinetes y las cabalgaduras y los espoliques que les acompañaban aparecían salpicados de barro de los pies a la cabeza. Se instalaron en el palacio del virrey Lannoy. El principio del invierno era más húmedo de lo acostumbrado en Nápoles. Un vaho salino flotaba sobre la costa. Bajo cielos grises, en las calles lodosas, se irguieron arcos triunfales y se tendieron guirnaldas. Yo me encontraba entre el pueblo, al lado de la carretera, y vi pasar la cabalgata de invitados ilustres bajo una lluvia de barro. Los novios no recibían más que burlas por parte de los espectadores. Bona tenía claramente diez años de más como para ser una novia radiante, mientras que el rey polaco llevaba un ridículo gorro alto y peludo. Pero a Pescara y a su mujer les recibieron con palmas y gritos: «Imperio! Spagna!». Entonces, mi atención se centraba más en el general de las tropas imperiales que en su cónyuge. Me impresionó, sobre todo, la prestancia de Pescara a caballo: derecho, inmóvil, una mano apoyada en la cintura. En su aspecto vi representado lo que yo quería ser: un español de sangre noble, orgulloso, valiente, con esa prestancia que es fruto de una disciplina perenne. Pero en aquel momento me sentí más alejado que nunca de mi objetivo, y esto me hizo rabiar de impotencia.

Cuando los festejos concluyeron —había visto salir a Bona, pálida y rígida, de la ciudad para siempre, al lado de su esposo— me dirigí al palacio del virrey. Tuve que sobornar a diversos miembros de la corte, antes de conseguir que comunicaran a Isabel mi deseo de entrevistarme con ella. Apenas había cambiado, aunque el pelo se le había vuelto blanco. No llegué a comprender, esta vez menos que nunca, qué pensamientos evocaron en sus labios y sus ojos aquella sonrisa de furtiva, Orgullosa satisfacción. Lo único que tenía que esperar en esta vida era un final tranquilo. No se mostró sorprendida cuando aparecí de repente ante ella. Tuve la impresión de que sabía a lo que venía, y que había previsto semejante encuentro desde hacía mucho tiempo. Despidió a las mujeres que se encontraban con ella.

—Ignoro la respuesta a tu pregunta —me dijo, cuando terminé de hablar—. Pero quiero hacerte comprender cómo ha sido posible que surja esa pregunta —guardó silencio mientras la observaba totalmente inmóvil—. La vida de personas como nosotros se define por las peripecias de los linajes a los que pertenecemos. Frente al nombre, el poder y la posesión, el hombre no cuenta para nada. Los peones, en el juego del ajedrez no piensan, ni sienten. No todo el mundo tiene la facultad de rebelarse, de darse cuenta de lo deshonroso que es dejarse mover sin voluntad, como una pieza en un tablero. El primer matrimonio de tu pariente, madonna Lucrecia, con un Sforza, se disolvió a causa de la impotencia. Incluso antes de dictar el divorcio, el papa Alejandro ya negociaba con mi padre sobre una unión entre Borgia y Aragón. Era un secreto a voces que Sforza tenía que desaparecer, dado que ya no encajaba en la política de los Borgia, y su presencia obstruía la elaboración de nuevos planes. Conocí a aquel hombre, pues era un primo de mi marido, y creo posible que sufriera realmente de impotencia. Todos los Sforza son débiles de constitución; mi propio matrimonio no se consumó hasta tres años después de su celebración. E incluso entonces… Pero los Borgia cometieron el error de poner abiertamente a Sforza en evidencia. Lo cual resultaba imperdonable, justamente porque era verdad. Sforza reaccionó a esa difamación con una acusación de incesto, y los enemigos de los Borgia —ya innumerables, por aquel entonces— se aprovecharon de esa acusación.

—¿Son mentiras, por lo tanto?

—No puedo probar nada. Te cuento todo lo que sé. Pero no juzgues precipitadamente. La verdad tiene infinitas caras. En aquel tiempo circulaba también el rumor de que madonna Lucrecia había tenido un hijo. Calumnia o no, el eco continuó resonando durante mucho tiempo. Mi padre exigió un desmentido oficial desde el Vaticano, antes de dejar salir a mi hermano hacia Roma para casarse. Te aseguro que ese matrimonio no se hubiera llevado a cabo, si mi padre hubiese tenido motivos para dudar.

Revelé entonces lo que había oído en Nápoles. Pregunté a Isabel si, a lo mejor, hacían la vista gorda a estas y otras cosas porque el joven Bisceglie era también un bastardo.

—Legítimo o ilegítimo, para nosotros no supone ninguna diferencia, en lo que a la educación y al trato se refiere —dijo Isabel con orgullo—. Estos son los hechos. No puedo brindarte ningún otro consuelo.

—Usted también me desprecia. Siente aversión hacia mí.

—Cuando te acogí, lo hice porque quería proteger a un niño solitario, no a un Borgia. Después del cobarde asesinato de mi hermano, tenía pocos motivos para abrigar buena voluntad hacia los Borgia. Minaron y destrozaron para siempre el poder de Aragón. Lamento que circunstancias ajenas a mi voluntad me obligasen a centrar mi atención en el Borgia que hay en ti. Desde entonces, nos hemos ido alejando el uno del otro, Giovanni.

—¿Por qué le asesinaron? ¿Lo hizo acaso César?

Isabel se encogió de hombros. Las comisuras de su boca dibujaron una sonrisa llena de amargura.

—¿De verdad esperas que sepa la respuesta? La Casa de Aragón había perdido, en aquel tiempo, mucha influencia y poder, como ya te he dicho hace un momento. El papa Alejandro apoyó a los franceses porque así convenía a su preferido, César. Alfonso era ya, por aquel entonces, aliado de Francia y, además, viudo. Nadie podía acusar a mi hermano de impotencia —Rodrigo acababa de nacer—, por lo que tuvo que desaparecer de otra manera. Saca tus propias conclusiones.

—¿Es, entonces, verdad que todos los Borgia son unos traidores y unos asesinos?

—Sabían conseguir su objetivo. Sus adversarios no perdonarán ni olvidarán eso nunca. Te lo digo de nuevo. No soy quién para juzgar. No tiene sentido desempolvar viejos rumores. Con ello no conseguirás nada. Eres adulto. Quieres conocerte a ti mismo. Perteneces a una nueva generación, que no descansará hasta comprender todo lo que existe bayo el cielo.

Expresó justo lo que yo pensaba.

—Así es, quiero saber quién soy.

—¿Qué quieres ser, Giovanni? El hombre es lo que es por su fe, por su convicción, por la entrega de todo su ser a un objetivo elegido a conciencia. Todo por lo que vale la pena vivir y morir existe por gracia de nuestra voluntad humana.

Repliqué que, a pesar de la fe, la convicción y la entrega, su voluntad nunca le había llevado al objetivo deseado. Bajó la mirada.

—He aprendido a querer mi destino. Lo que me pasa, ya no me hace daño; quiero entregarme a la resignación con todo mi ser.

De nuevo, creí sorprenderla en una actitud de cobardía.

—Pero esa resignación no es más que una mentira para encubrir una derrota.

—La voluntad de vivir de forma magnánima nunca puede ser considerada una mentira. Entregarse al odio, a la amargura, a la ira, eso sí es, a mis ojos, una derrota. La contención, aspirar a un orden, justo cuando todo amenaza con abandonarnos, eso es, por el contrario, actuar conscientemente. El que actúa nunca será un juguete, una víctima. Soy libre debido a mi voluntad de querer crear bajo todas las circunstancias una norma única para mí. No me pierdo por decepción o por tristeza.

—Sin embargo, se llama a sí misma única in disgrazia…

—Tengo todo el derecho de llamarme así. Veo que no me comprendes… Tendrás que vivir algunos años aún, antes de poder darme la razón, Giovanni.

Lo único que entonces no podía o quería comprender era que su orgullo principesco le impedía admitir que su mundo se había venido abajo como un castillo de naipes. Respetaba esa arrogancia; debía reconocer que esa postura era la única posible, pero no la creí. Me costaba trabajo disimular mi impaciencia e irritación. Ella no me diría lo que yo quería saber. Había recurrido a disquisiciones filosóficas que me dejaban frío. También sentí compasión por ella. Milán perdida para siempre, Bona lejos de ella en el otro lado del mundo. Era una mujer solitaria, al borde de la vejez. ¿Cómo podía reprocharle que quisiera ser indulgente, que evitase juzgar con dureza, que prefiriera correr un velo sobre los puntos podridos del pasado?

Las tranquilas palabras de Isabel habían adormecido temporalmente mi duda, pero no la habían ahuyentado. No había dado una respuesta a las preguntas que más me atormentaban, sino que las había esquivado, del mismo modo que su mirada había esquivado la mía en otro tiempo.

 

Iría a Ferrara, pues… Realizaría un viaje del que me acordaría durante mucho tiempo. El mar estaba alborotado, y el viento soplaba imprevisible. A la altura de la Romagna, con la costa a la vista, el mercante naufragó. Nadé hasta tierra, pero mi equipaje se perdió. En la ciudad de Pesaro me uní a un grupo de viajeros. Montando un caballo prestado, envuelto en una túnica prestada y calando un gorro prestado, me dirigí a Ferrara, ese país llano e incoloro, lleno de pantanos. El croar constante de las ranas me evocó el recuerdo de mi último viaje a Carpi. Carpi no queda muy lejos de Ferrara. Nuevo alimento para las sospechas que no me dejaban en paz.

Cuando me encontré delante del Castel Ducale, me sobrevino un sentimiento insólito de angustia. Entre yo y los altos muros rojizos de la estancia de Lucrecia — fortificada, coronada con almenas y reforzada por torres— sólo se interponía el foso inundado. La fortaleza me observaba fijamente a través de hileras de ventanas oscuras. Mantuve mi caballo al paso al cruzar el puente. Cada pisada me alejaba irremediablemente de la libertad que había gozado en Nápoles. Pero no me quedaba otra elección. Me habían visto. De la manera como me recibieron en el patio, se dedujo que mi llegada ya había sido anunciada. Isabel había enviado un mensajero. Se había acondicionado un aposento para mí. Un criado me proporcionó agua para lavarme y un vestuario adecuado. Por las expresiones y el comportamiento de las personas con las que traté durante las primeras horas, intenté averiguar qué disposición reinaba en el palacio ducal hacia mí. Únicamente encontré un servilismo al que no estaba acostumbrado desde hacía mucho tiempo. Más tarde, el secretario de Lucrecia y varios señores de la corte vinieron a saludarme. Me trataron de vostra Signoría, el título reservado a una visita importante. Me condujeron hasta la duquesa por unos pasillos largos y escasamente iluminados.

¿Cómo debía imaginarme a una mujer, cuyo nombre evocaba tanto la imagen de la extraña en Carpi como la de la condenada por incesto, que había visto arrastrada por las calles de Nápoles? No había pasado ni un solo día de mi juventud en que no recibiera noticias y rumores sobre Lucrecia; lo había absorbido todo, tanto consciente como inconscientemente: elogios, culpa, burla y ambigüedades. Había oído describir la elegancia de su aspecto, leer sus cartas, alabar y criticar sus modales. Vannozza había hablado sobre ella con asombroso respeto; César, con complacencia e ironía; Sancha, con envidia; Rodrigo, con indiferencia; Isabel, con formalidad; Bona —con una elocuente voluntariedad—, nunca había hablado de ella. Siempre había comprendido que se ocultaba más de lo que se decía. Se levantó una nube de misterio entre nosotros y aquella mujer sobre la que todo el mundo parecía estar hablando. Cada vez que aparecía en mis pensamientos, tenía un aspecto distinto. Más tarde — después de los susurros, las miradas y las insinuaciones—, la idea que me hice de ella se turbó aún más. Entre Nápoles y Ferrara, mi corazón se debatía entre la aversión y un miedo secreto.

 

En Bari, Rodrigo y yo solíamos buscar serpientes entre las rocas. Una anciana del séquito de Isabel nos había dicho que quien logra sorprender a un reptil en su guarida, queda el resto de su vida inmune a su veneno. Cautelosos, reptábamos entre la maleza, armados con un palo y un cuchillo. Se trataba de encontrar una serpiente que durmiera enrollada al sol, para seguirla cuando se deslizara de vuelta a su guarida. Pero las serpientes eran siempre más rápidas que nosotros. Una vez, nos atrevimos a penetrar en una grieta estrecha y profunda que se abría entre las rocas. En la oscuridad, frente a mí, ardían dos puntos de fuego verde que identifiqué como los ojos de un animal asustado, un gato salvaje, o un tal vez un hurón. Se me encogió el corazón palpitando. Tenía la sensación de estar completamente indefenso en la oscuridad, incluso armado como iba con mi cuchillo y mi palo de punta afilada. El animal me vio, pero yo estaba ciego. El miedo paralizó mis miembros y mi facultad de pensar. Quería huir, pero no podía. El grito de Rodrigo, que resonó desde fuera de la cueva, acabó con mi situación de parálisis. Me arrastré violentamente hacia atrás, entre las piedras sueltas. Sólo más tarde pude darme cuenta de que el animal, allá en la oscuridad, debió de haber sentido tanto miedo como yo, o aún más.

 

En el puente que conducía al Castel Ducale de Ferrara me sobrevino, por un momento, una parálisis muy parecida. Aquella sensación volvió a asaltarme cuando me llevaban ante Lucrecia por los portales abovedados y las antecámaras sombrías. Me dije a mí mismo que sería mejor mostrarme orgulloso y agresivo, preparado para cualquier revelación que hiciera Lucrecia, así como para cualquier circunstancia que Alfonso d’Este pudiera haberme reservado. Al fin y al cabo, había ido a Ferrara por propia iniciativa, movido por el deseo de saber la verdad sobre mis orígenes. Ya que había dado este paso, prefería todo lo pudiera suceder a la incertidumbre que había padecido. Traspasé el último umbral con la mano en la empuñadura del puñal de Rodrigo.

La habitación estaba llena de gente. Parecía como si toda la corte se hubiera reunido en aquel reducido espacio. Cuando entré, no se percibía ningún ruido, ningún movimiento. Por lo visto, todo el mundo había estado esperando en silencio a que yo apareciera, con la mirada fija en la puerta. El ambiente estaba cargado; olía a perfume y a sudor. No vi a Alfonso d’Este. Una mujer se levantó a duras penas de su silla y se acercó lentamente hasta mí con el andar vacilante de las mujeres en avanzado estado de gestación. Sus pequeñas manos rollizas y atiborradas de sortijas sostenían unidos los pliegues de su vestido contra su pecho. Bajo un ridículo tocado en forma de melón, descubrí una cara de niña marchita, con los ojos azules claros. Cuando estuvo muy cerca de mí, pude ver que las curvas del mentón y las mejillas eran fofas, obviamente a consecuencia de la hidropesía; las líneas de su boca, atractivas a lo lejos, eran en realidad blandas; su mirada preñada de miedo, brillaba por las lágrimas reprimidas. Alzó la vista hacia mí y me extendió las dos manos. Su «bienvenido» sonaba agudo y fuerte; con un gesto de la cabeza, implicó a todos los presentes en aquel saludo.

—Sed bienvenido en Ferrara. Este es don Joan de Borja, mi hermano.

Sus manos estaban pegajosas. Por las filas de cortesanos corrió un murmullo cortés; las mujeres volvieron a sentarse, lo que suscitó un frufrú de faldas en los sofás. Conduje a Lucrecia a su silla.

—Quédate a mi lado. Háblame de tu viaje. ¿Cómo se encuentra nuestra pariente, doña Isabel? Se dice que la boda de su hija ha sido el acontecimiento del año en Nápoles. Nosotros no pudimos asistir, muy a nuestro pesar.

Su voz siguió siendo melodiosa y ligera, pero su mirada evitó cruzarse con la mía. Los dedos estrujaban un pañuelo y le temblaban.

—Naufragué.

—Ya nos lo comunicaron. Compensaremos los daños sufridos.

—Lo que traía conmigo no era de valor. En realidad, era una carga que arrastraba en contra de mi voluntad. No habría mejor destino para ella que el fondo del mar.

—Quizá la marea alta arroje algo a la playa.

—No estoy obligado a reconocerlo como posesión mía.

—A veces, perderlo todo puede significar empezar una nueva vida.

—He perdido mi equipaje, alteza, pero no mi memoria.

—El tiempo lo devora todo. Hoy presenciamos lo que mañana será sólo un recuerdo. Aprovecha bien, por lo tanto, las horas en Ferrara. Aquí hay mucha diversión en los meses de invierno. La caza, las carreras de caballos, dentro de poco el carnaval. Nuestros ballet y representaciones teatrales son justamente famosos. Tengo los mejores bufones y enanos de Italia. ¿Dónde se han metido? Hazles entrar. Mi enana, Ana la loca, sabe bailar una moresca. Pregúntale si quiere «vadear el río». Entonces se levantará las faldas y fingirá meterse en el agua: da la sensación de que uno mismo tiene los pies mojados.

Se estremeció y se pasó el pañuelo por los labios. De un aposento contiguo, entraban los monstruos cantando y saltando. Una mujer gorda, vivamente ataviada, alzaba tanto las piernas al bailar que se le veían los muslos. Era la favorita de Lucrecia: Ana La Loca, una criatura insolente y medio idiota. El tintinear de las panderetas y el canto de los enanos ahogaron nuestra conversación.

—No hacen falta enanos para entretenerme —dije—. Su excelencia me ha propuesto un acertijo fascinante llamándome «hermano».

—No muestres asombro, —me contestó en español, sin apartar la vista de los enanos—. Seguramente tendremos ocasión de hablar de estas cosas en privado. Por el amor de Dios, mantén una actitud desenvuelta. Todo el mundo nos presta atención.

Reía y batía las palmas. La loca se acercaba rodando como una pelota para besar el dobladillo del vestido de Lucrecia. Mientras lo hacía, me miraba con malicia.

—Cruza el río, cariño —dijo Lucrecia. Puso su mano pálida y rolliza en mi manga—. Atención, ahora viene algo bonito.

La enana gruñía intranquila, como un animal que no tolera extraños junto a su ama. Nunca he sentido mucha simpatía por ese pueblucho desfigurado; es un enigma para mí cómo se puede encontrar diversión en verse imitado por unos seres deformes, hidrocéfalos y patizambos. Por consiguiente, la mayoría de los enanos siente a su vez aversión hacia mí. Ana La Loca me odiaba desde el primer momento en que me vio. Ni las bofetadas ni las caricias de Lucrecia consiguieron que me enseñara sus trucos. Al final, sus compañeros la sacaron de allí gritando y pataleando.

El fracaso del divertimiento había puesto a Lucrecia aún más nerviosa de lo que ya estaba. Sus labios temblaban y gotas de sudor perlaban su frente bajo el turbante de brocado. Estaba claro que tenía que esforzarse por mantenerse erguida y sonreír. Sus ojos se habían vuelto blancos y opacos como el esmalte; la vida parecía haberlos abandonado; no delataban nada. Irritado y decepcionado, dirigí la mirada hacia donde ella estaba. No encontré ni rastro de la belleza que había oído elogiar, nada que me recordara a la mujer de Carpi, en aquella cara marchita y aquel cuerpo deformado por los embarazos. Aparte de una cierta gracia en las curvas de los brazos y los hombros, así como los ojos claros, de un azul de porcelana, no descubrí los encantos que justificasen su fama. A través de una fina capa de polvos, se apreciaba el color insalubre, pálido, amarillento de su piel. La nariz y el mentón eran muy pronunciados y carnosos. No se parecía en nada a César. No obstante, había esperado reconocer en ella algún rasgo oscuro y la flexibilidad felina que caracterizaba a César. Lucrecia daba, sobre todo, una impresión de indolencia; la debilidad de unos rasgos frágiles y un carácter maleable.

Parecía desamparada, vulnerable a cualquier influencia extraña; se diría que se asustaba fácilmente, y que se tranquilizaba con la misma facilidad; podía mostrarse ingenuamente alegre o triste por cosas sin importancia. Tenía la sensación de estar obligado a protegerla, pero al mismo tiempo surgió en mi la inclinación incontenible de provocar las lágrimas en aquella criatura ingenua e hipersensible. Su dignidad, su control, el tono formal de su conversación eran pura apariencia, un juego para complacer al séquito.

En cuanto nos dejaron solos, abandonó su papel. Se echó a llorar, me cubrió de besos y caricias. Con una avalancha de palabras españolas me llamaba su Juanito, su hermanito, el único pariente querido consanguíneo que le quedaba. Me suplicó que la perdonase, que tuviera paciencia con ella; me juró que todos los enigmas se aclararían, que quería cumplir todos mis deseos y cubrirme de oro. Le pregunté lo qué pensaba Alfonso d’Este de mi llegada a Ferrara.

—Ahora se encuentra de viaje. Pero es tu mejor amigo, hará por ti cuanto esté en su mano —dijo Lucrecia.

Deduje de su agitación que ni ella misma estaba tan segura de ello. Me hizo relatar mi estancia en Nápoles, seguramente para impedirme que le hiciera nuevas preguntas. Mientras yo hablaba, ella caminaba inquieta de un lado para otro en la habitación penumbrosa, dándose un masaje en la espalda con las dos manos. Después de algún tiempo, noté que no me estaba escuchando; así que me callé. Se detuvo y me dirigió una mirada suplicante, consciente de su culpa, como la de un niño que ha sido sorprendido en un juego prohibido. Tenía miedo de que me enojase y por ello se puso a hacer pucheros de una forma coquetona que en una mujer joven hubiese poseído cierto atractivo, pero que ya no armonizaba con su aspecto marchito. Adivinó mi repulsión y cambió de táctica.

—Dios mío, mi cabeza, mi pobre cabeza me duele tanto, que ya no puedo ni pensar. —Se sentó y arrancó, con los dedos temblantes, las hebillas y los alfileres de su tocado—. Nunca pude aguantar los adornos pesados. Incluso el peso de mi cabello me pone enferma. Esta toca me la pongo sólo para complacer a mi esposo. Su hermana, la marquesa de Mantua, introdujo este atuendo en palacio. Sus ideas aquí son leyes y sigo, en todo lo posible, su ejemplo. Discúlpame ahora un momento.

Mientras se hacía ordenar su peinado en otra habitación, miré por la ventana. El patio abajo era oscuro y profundo como un pozo. De allí subía un aire frío. Debajo de las arcadas, se vislumbraba de vez en cuando el resplandor de antorchas y linternas. Las galerías colgantes amortiguaban cada sonido. Me volví y descubrí a Lucrecia detrás de mí; su rostro parecía una mancha pálida contra la oscuridad.

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