La ciudad escarlata

Helia S. Haasse · Capítulo 13 de 22

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La ciudad escarlata

XII. Vittoria Colonna

XII

VITTORIA COLONNA

L a visita de Morone no la preocupó en absoluto. Sabía que Pescara y el canciller de Milán se conocían. Su llegada, acompañado de un gran séquito, dio la impresión de ser oficial, pero esto tampoco le extrañó. No era un secreto que el emperador se había declarado dispuesto a dar en préstamo el ducado de Milán al joven Sforza, siempre y cuando se cumplieran ciertas condiciones. En círculos favorables al emperador la habilidad de Morone para regatear se había vuelto proverbial. Negociaba en nombre de Sforza con los enviados españoles y cada encuentro suponía para el emperador una nueva rebaja en sus pretensiones. Tras la caída de Pavía, Morone se dirigió repetidas veces a Pescara. Como hecho en sí, era normal que buscara la mediación del general más importante del ejército del emperador. Vittoria veía con buenos ojos que un hombre como Morone, que por su oficio estaba al corriente de todo, estimara tanto la influencia de Pescara en Madrid. Pensaba que esto no hacía más que demostrar, a los ojos de los demás, que las relaciones entre su marido y el emperador no eran tan tirantes como parecía, o que la noticia todavía no se había filtrado. Creía comprender también por qué Pescara, a pesar de sus vómitos de sangre, había insistido en recibir a Morone inmediatamente. Manejaba mejor al canciller de Milán que a los demás portavoces del emperador. Cada punto diplomático que ganaba, podía acrecentar la estima que creyó haber perdido.

Tras la conversación, que duró mucho tiempo, aguardó a que Morone saliera para despedirle. No estaba obligada a hacerlo, pero tenía la sensación de que un gesto cortés podría redondear la entrevista. Pescara se comportaba violenta y recelosamente cuando el dolor le torturaba, y pronunciaba palabras burlonas e hirientes sin motivo alguno. Por tanto, buscó indicios de desagrado en el rostro de Morone, pero encontró todo lo contrario de lo que había esperado. En cuanto la vio, cayó de rodillas, besó la mano que extendió hacia él y le habló con palabras solemnes con una voz que temblaba de emoción. Le deseaba suerte en la completa recuperación de su esposo; estaba claro que el marchese había superado totalmente las heridas sufridas en Pavía. Vittoria tuvo que esforzarse para no mostrar sorpresa, no tanto por la actitud de Morone como por sus palabras. Le miró, intentando descubrir qué motivos podría tener para mentir de una forma tan descarada. Pero el canciller se deshizo en cumplidos. Viendo a madonna, le pareció como si viera encenderse una luz clara: sabía de antemano que iba a encontrarse con la mujer más bella e inteligente de Italia, la noble Colonna, que profesaba la paz como ideal, pero sólo ahora, que se hallaba cara a cara con ella, se dio cuenta de cuán verdadero era lo que de ella se decía: una voz interior le susurraba que ella triunfaría donde hombres poderosos y valientes habían fracasado.

Vittoria le escuchó en silencio hasta el final, confusa y también irritada por esa excesiva alabanza y las alusiones a un empeño que recordaba siempre con vergüenza por su propia impotencia. Comprendió que Morone no la halagaba de modo desinteresado. ¿Qué quería de ella? Miró por encima de su hombro a los miembros del séquito, que aguardaban inmóviles a que el canciller terminase de hablar. Uno de ellos se inclinó cuando sus miradas se cruzaron; pero ella se percató de que la observaba con atención. Buscaba en su memoria: «¿He visto antes esa cara?». Su mirada fija la molestaba y aumentaba la sensación de malestar que el comportamiento de Morone había despertado en ella.

En cuanto la comitiva se marchó, se dirigió a la habitación de Pescara. En las antesalas no encontró ningún criado ni ningún miembro del séquito. Pescara estaba sentado frente a una mesa, dando la espalda a la ventana. Un enlistonado cubierto de tela roja suavizaba la luz del mediodía. No la oyó entrar. Cuando se detuvo frente a él, alzó la vista como quien despierta de un sueño.

 

Se ha producido un cambio en Ferrante desde esta mañana. El que está aquí sentado posee un engañoso parecido con el Ferrante que yo conozco; pero dentro de esa capa, esa delicada superficie, todo se ha revuelto y desencajado. Si no hubiera entrado justamente en este momento, no habría sabido nunca nada. En ese caso, hubiera recobrado en la soledad el dominio de sí mismo, dejándome a mí y a los demás al margen de lo que se oculta tras esa rígida máscara. Pero le he sorprendido mientras estaba indefenso. Ahora es incapaz de ocultarme el desconcierto que alberga en su interior. Esta es la primera vez que se muestra ante mí sin disimulo, vulnerable. Por primera vez puedo ver no la apariencia, sino el hombre mismo. Su frente cubierta de gotas de sudor, su mirada vacilante… ¿Qué leo en ella sino la tortura de la tentación? Acaba de pensar: Satanás, retírate. ¿Por qué? ¿Qué es lo que se ha discutido aquí? Entre Ferrante y la silla donde debe de haber estado sentado Morone, hay una mesa ancha y un espacio más ancho aún de suelo enlosado. ¿Es posible que Morone realmente no haya visto lo que veo yo, lo que cualquiera debe ser capaz de ver a primera vista: que Ferrante no es más que la sombra de lo que en su día fue? Esa falta de defensas le pone a mi alcance. Siempre me ha rechazado, me ha mantenido a distancia, incluso cuando estaba enfermo o dolorido. Ya no es así. Me mira como si viera en mí la personificación de la fuerza que ha perdido. Le pongo la mano en la frente y no se opone. Nunca hemos estado tan cerca el uno del otro como ahora en este silencio. Se inclina hacia mí; no es una alucinación. Este abrazo sin un ápice de deseo físico, este silencioso escuchar la respiración y los latidos del corazón del otro es la gracia, por fin. No importa que mis lágrimas

caigan sobre su cabeza, sobre sus manos. Por primera vez me necesita.

 

—No hables, no te muevas. Estás agotado.

—No tengo tiempo que perder.

—¿Qué es lo que te preocupa? Dímelo con una sola palabra. ¿Milán sigue resistiéndose a las exigencias del emperador?

Pescara se echó a reír ligeramente, pero pronto esa risa terminó en un ataque de tos. Le sujetó mientras jadeaba para recobrar el aliento.

—No hemos hablado de las exigencias del emperador.

—Pero entonces, ¿cuál era el objetivo de la visita de Morone?

Pescara apartó su brazo y se incorporó.

—Mírame. Siéntate en esa silla. Morone me tuvo así, delante de sus ojos. Se ha dejado engañar por un viejo truco de magia, por esa luz roja. Me deseó suerte con toda sinceridad en mi restablecimiento.

—¿No dudas de esa sinceridad?

—Lo que siguió a ese augurio era la prueba de su buena fe, al menos en este aspecto. Sólo un completo idiota se hubiera presentado ante alguien cuya situación intuye, con una propuesta semejante. Morone no es idiota y dista mucho de serlo. Por Dios, empiezo a tenerle respeto a ese hombre. No le confiaría mi alma y salvación, pero, ¡qué diablo más astuto y atrevido!

—¿Qué quiere?

—Me quiere a mí. Y está dispuesto a dar algo a cambio. Lo que me ha dejado adivinar no es poco: general supremo de las fuerzas armadas unidas de Italia. Rey de Nápoles, si todo sale según lo provisto. ¿Te parece un galimatías incomprensible? Quiere que traicione al emperador. Que haga asesinar a De Leyva y a media docena de comandantes, que haga prisioneros a mis oficiales españoles o los mande fuera, y que soborne a los que no son españoles con promesas de fama y botín de guerra. Que engatuse a los mercenarios extranjeros que están a mi servicio con el dinero que mis nuevos protectores me mandarán a manos llenas y que, finalmente, disuelva, disperse y, si es necesario, pase a cuchillo las tropas que no quieran reconocer mi autoridad. No, Morone no está loco. Detrás de él está Milán, Venecia, Florencia y el Santo Padre en persona. Francia ha afirmado que, si los planes prosperan, renunciará a todos los derechos sobre el territorio italiano. Un sacrificio nada despreciable… y todo eso sólo con la esperanza de ver morder el polvo a su majestad imperial. Cuando llegue el momento, los españoles serán expulsados y se restablecerán la tranquilidad y la paz —una será la lógica consecuencia de la otra, como parecen pensar esos señores patriotas—; entonces, Su Santidad me pondrá personalmente la corona de Nápoles sobre mi cabeza. Ya no nos convertiremos en fundadores de una dinastía, tú y yo, por falta de descendencia, pero a pesar de eso… ¿No te atrae tanto honor?

—No has dicho ni una palabra en serio.

—¿No has visto salir a Morone? Quería mantener el tipo, pero el triunfo iluminaba su cara.

—Tú no has aceptado esa propuesta.

—La libertad y la paz. ¿No es también ideal tuyo?

—No te creo. Estás bromeando.

—¿Lo llamas broma? Más en serio no puedo hablar. Esta conspiración contra el emperador es la gota que colmará el vaso. Nadie va a poder detener el curso de los acontecimientos.

—Por el amor de Dios, basta ya. Estás amargado porque se han atrevido a tomarte por una persona a la que se puede corromper. Dime cómo has rechazado a Morone.

—No le he rechazado. ¿Rechazarías una propuesta semejante? ¿Decir no y correr el riesgo de que mañana otro de los generales del emperador diga sí, con todo lo que ello implicaría?

—No entiendo lo que quieres decir.

—He de conocer qué garantías me ofrecen. Si es jurídicamente posible que un ex vasallo del emperador acepte la corona de Nápoles. Si se abonarán de inmediato las sumas prometidas para el mantenimiento de los ejércitos; si de verdad podré obrar con un poder ilimitado. He de conocer todos los detalles, así como los nombres de todos los implicados. Quiero garantías por escrito. Morone sabe que no soy un hombre que construye sobre arenas movedizas.

Apartándose de él, Vittoria se apoyó en la mesa con las manos agarradas detrás de la espalda. Pescara se había quedado inmóvil, erguido. Los ojos rígidos, hundidos en las cuencas; los dientes al descubierto, dibujando una mueca de burla. Una calavera, pensó; y ese pensamiento evocó otro que la asustó aún más. Cayó de rodillas al lado de la silla.

—Estás enfermo. Deliras. Déjame llamar a tu criado, o a tu médico de cámara para llevarte a la cama. Mejor aún, ¿me dejas que lo haga yo misma? Apóyate en mi hombro. Tienes fiebre, tu piel está ardiendo.

Pescara liberó la mano que ella había agarrado.

—Déjame en paz. ¿Cómo te atreves? No te he pedido tu opinión, y no lo haré. Tráeme pluma, tinta y papel para escribir o llama a un criado para que lo haga. Levántate; esa postura no es digna de ti. Levántate, te digo.

Vittoria obedeció en silencio. La seguridad en ella misma se había esfumado. Estaba, como antes, ante un muro sin brechas. Trajo los enseres de escritura que Pescara había pedido, y los puso en la mesa delante de él.

—Lee conmigo lo que voy escribiendo. Es de suma importancia que esté redactado a la perfección. Los secretarios no tienen por qué enterarse de esto. Una carta a su majestad imperial en Madrid.

Ella miró la hoja por encima de su hombro. Sin vacilación, Pescara escribió: Hieronimo Moron a hablarme por grandes arodeos y ultimamente dezirme que sy yo le prometía la fe de le tener secreto que él me diría y descubriría grandes coses…

Vittoria detuvo la mano que conducía la pluma.

—El papel de delator es incompatible con tu dignidad.

—¿De modo que sientes secreta simpatía por los salvadores de Italia? Antes de proseguir, me gustaría saber hasta qué punto estabas al corriente de este hermoso plan. A maese Morone le faltaban palabras para elogiarte: «Símbolo de la victoria, la columna en la que reposa la paz», y otros tantos floridos juegos de palabras con tu nombre. ¿Te ha ordenado acaso el papa, o tu amigo monsignore Giberti que influyas sobre mí en este asunto? Nada de evasivas: la verdad.

—Juro por Dios que no sé nada de todo esto. Quizá me hayan hecho insinuaciones, pero en tal caso no las comprendí. Olvidas que en el Vaticano se desconfía de mí: Giberti me conoce demasiado bien como para creer que estaría dispuesta a inducir a mi esposo a la traición.

—¿Ni siquiera por la patria que sueles pintar en tus versos como una inocente desastrosamente encadenada? Italia ha sido violada por los intrusos, en especial por ruines españoles. Esa es tu opinión, reconócelo. Tu sangre no reniega de su origen. ¿Cómo puedes entender a un pueblo que todavía tiene el valor de creer, de descubrir, de conquistar…?

Vittoria apretó ambos puños contra su pecho, en un intento de controlarse. El rostro que veía a su lado se debatía en una hostil reserva.

—Cualesquiera que sean mis deseos y opiniones, nunca minaría tu posición. Te respaldo. Tengo que actuar de común acuerdo contigo.

Pescara hizo una mueca.

—¿Y, sin embargo, quieres impedir que informe a mi señor de lo que se emprende en contra suya?

—Deja eso en manos de los espías del emperador.

—Ningún espía llegará jamás a saber tanto como lo que ahora se me presenta a mí en bandeja.

—No te rebajes a jugar un doble juego. Haz prisionero a Morone, o mantente al margen de todo esto.

—Estoy asediado por la traición y la artimaña; ¿acaso debiera convertirme en víctima suya? El emperador sabrá quién es su servidor más fiel y hábil. No hay ningún medio mejor para amontonar brasas ardientes en su cabeza.

Pescara se puso aún más pálido y dio un fuerte golpe en la mesa con el puño izquierdo.

—Por Dios, usa tu inteligencia. Este plan no fue tramado hoy o ayer. ¿Qué rumores habrán difundido sobre mí, tal vez a propósito, para sembrar el recelo hacia mí en Madrid? ¿Quién sabe lo que Lannoy susurrará al oído del emperador? «Pescara es un traidor». ¡Por todos los diablos! El emperador sabe muy bien que me ha menospreciado. Creerá a Lannoy al instante, aunque sólo sea para calmar su propia conciencia…

Es una larga carta. Frase tras frase, con lógica claridad, expone el complot. La propuesta de Morone y sus razones subyacentes. Ferrante escribe sin cesar. No se me va de la cabeza que nunca se habría mezclado en este asunto si estuviera completamente seguro de sí mismo. Su afán sólo puede servir para convencerse a sí mismo. Está manteniendo una lucha interior. No puedo olvidar la mirada que he visto en sus ojos al entrar. No estaba en guardia, como ahora. Debía de estar a punto de ceder ante la oferta de Morone. Dios me perdone ese pensamiento, pero siento que es la verdad. De un golpe, se realizó todo lo que siempre había deseado, el cumplimiento de sus sueños más ambiciosos. Una clandestina conciencia de culpabilidad le conduce ahora a este despliegue de fidelidad de vasallo. ¿Tengo razón, las cosas no son de otra manera? ¿Acaso la enfermedad y la amargura han afectado tanto su orgullo, que ahora está dispuesto a arrastrarse por el suelo para recuperar el favor del emperador? No se considera demasiado bueno para participar en el juego de Morone; es incomprensible que prefiera conscientemente esa manera de actuar, incomprensible. Por lo que se refiere a Su Santidad y a Giberti, ¿no ven ningún otro camino que les lleve a la paz que la conspiración? El pontífice debe estar por encima de los partidos. ¿Qué queda de su dignidad en este juego de reticencias? ¿Un Morone portavoz, representante de los que quieren liberar a Italia? Estoy dispuesta a servir a este fin, pero rehúso utilizar semejantes medios. Se dice que la política existe por la gracia del engaño y la traición; si la política determina nuestro tiempo, entonces nuestro tiempo está maldito, condenado a la perdición.

De modo que quieren pagar a Ferrante con la corona de Nápoles

por algo que, a los ojos de un hombre como él, es imperdonable, la única acción que supone la pérdida del honor para siempre: la infidelidad al soberano. Sólo a costa de una mutilación interior podría aceptar ese precio. ¿Qué clase de seres son los que se atreven a tentarle, que consideran poco la corrupción espiritual con tal de conseguir su fin? Sobre esa base no puede existir una Italia libre y feliz. La semilla podrida no germina. Si este mundo no quiere perecer a causa de su propia corrupción, la gente ha de guiarse por otras convicciones. ¡Oh Dios, si pudiera ver en la oscuridad, y encontrar palabras para explicar lo que viese! ¡Si fuera capaz de transformar en acciones protectoras mi miedo y mi aprensión de una catástrofe que se avecina!

Ferrante está escribiendo. Su pluma se desliza sobre la hoja. Si

poseyera el don de penetrar en el ser de este hombre; si pudiera

luchar con él por la conservación de su integridad. Creería en un futuro mejor, si supiera que es posible la victoria sobre la ambición, el ansia de poder y la envidia. No sé a qué estoy esperando; esta es una lucha para obtener la gracia de Dios mucho mejor que rezar y repartir limosnas. La sensación de redención que me invadió cuando, hace un instante, me senté junto a Ferrante no puede haber sido una ilusión. ¿Por qué no habría de inaugurar una nueva fase de nuestra relación? Me necesita, aunque él no lo sepa y no quiera necesitarme. Pero paulatinamente y con cautela tiene que tomar conciencia de ello. El que intente intimidarme con burla demuestra que tengo más influencia sobre él de la que está dispuesto a admitir.

Las deliberaciones con Morone le retendrán en Roma. Todo ese

tiempo lo pasará junto a mí. Quiero que me dé su confianza enteramente. Debe sentir que quiero servir a sus intereses más profundos y esenciales.

 

Vittoria tomó la hoja escrita que Pescara había dejado en el borde de la mesa. Las palabras españolas, en la letra empinada y violenta de Pescara, parecían cargadas del dolor y la pasión que no mostraba en la conversación.

«… por un momento, dudé de hacerle castigar por atreverse a hacerme semejante proposición. Pero me daba cuenta de que sería más útil llegar a saber más. Así que contesté que, efectivamente, tenía motivos para estar descontento. Que lo que me ofrecía no era nada despreciable, pero que sólo podría separarme de Su Majestad Imperial de una forma digna de un noble. Finalmente, le dije que estaba dispuesto a hacer lo que me pedía aunque sólo fuese para que Su Majestad Imperial se diese cuenta de que me necesita más que a los que actualmente estima por encima de mí. Girolamo Morone tiene ahora la impresión de que accederé a sus planes. Estas prácticas me repelen. Sólo he aceptado seguir adelante porque las circunstancias así lo exigen. Si Su Majestad no se da cuenta de la importancia de una actuación enérgica en Italia en este momento, significa que ha sido mal informado por consejeros a los que ha dado su confianza…

»Frente a la posición poderosa de Su Majestad, las oportunidades de esa conspiración no son muchas. Sin embargo, no quiero ocultarle el peligro. Italia le teme, pero la presencia de sus ejércitos es sentida como un peso odioso. Sus amigos y servidores, aquí, están cansados y desanimados. Los soldados que no reciben la paga se convierten en desertores, los comandantes amargados abandonan la vigilancia. Se lo imploro: mándenos dinero y tropas de refresco. El rey de Francia está en sus manos. Fuércele a una alianza…

»Su Imperial Majestad debe disculpar mi tono, pero es el deseo de servir a mi soberano el que me hace hablar de esta manera. Ahora se trata de ganarlo todo o de perderlo todo…».

Vittoria bajó la hoja, que rozó su vestido. Sin volver la vista, Pescara extendió la mano izquierda.

—¿La has leído?

—No envíes esta carta. Escribe otra en la que no menciones a Morone para nada…

—¿He de cometer una estupidez, peor aún, incurrir en una falta grave sólo porque mi proceder no se ajusta a la imagen del héroe noble sin miedo ni mancha que mi mujer desea ver en mí? —Pescara arrojó el papel en la mesa. Su puño se abría y cerraba crispadamente—. Este asunto no se puede resolver sin engaño. Ahora el caso es: ¿qué engaño es el menos infame? Escúchame bien: no pretendo ser mejor de lo que soy. —Leyó con gran énfasis—: «… porque sé bien que, sea como sea, cometo traición, aunque lo hago para no pecar contra Su Majestad Imperial, a la que por mi juramento estoy obligado a servir». ¿Qué me dices a esto?

Vittoria no contestó. Pescara oyó detrás de él el frufrú de las faldas al caminar ella hacia la puerta.

—Si no quieres ser reina de Nápoles, ni tampoco la cónyuge del sumo estratega del emperador, el vencedor de Italia… ¿qué quieres ser entonces, en nombre de Dios?

—La mujer de Ferrante de Ávalos, al que quiero y respeto.

Cuando Pescara, encogiéndose de hombros con impaciencia, volvió la vista, Vittoria Colonna ya había cerrado la puerta detrás de ella.

En los días que siguieron, Pescara la evitó. Ella no hizo ningún esfuerzo para hablar con él. Pasaba las horas en el patio, cerca de la fuente, allí donde el agua despertaba la ilusión de ráfagas frescas. A veces, Varano y madonna Catalina le hacían compañía; pero sabía mantenerse sola con cualquier pretexto. Desde que en cierta ocasión, en un arrebato de desesperación, se puso al descubierto ya nunca se libró de la sensación de que sus amigos, Catalina sobre todo, la observaban con cautela. No le imponían su presencia ni le ofrecían ayuda o consejo que no hubiera solicitado, pero su vigilancia era evidente. Aquella atención que Vittoria sentía como consoladora y reconfortante antes de la vuelta de Pescara, ahora la angustiaba, la llenaba de un vago sentimiento de culpabilidad. Sus pensamientos se desviaban de la lectura conjunta de las epístolas de san Pablo, y se retiraba, cansada e intranquila, durante las disertaciones que seguían. La oculta, pero a pesar de ello clara antipatía que la pareja sentía hacia Pescara (que nunca había resultado molesta durante sus años de ausencia), ahora generó desavenencias. La bondadosa indiferencia de Varano se le antojaba una máscara, detrás de la cual la espiaban secretamente; en todo lo que decía Catalina creía apreciar un fondo de impaciencia.

—El que tiene ojos para ver y oídos para oír pero, sin embargo, no toma partido ni se esfuerza al máximo para defender la verdad de Dios en este miserable mundo, es más despreciable y más peligroso que el peor pecador. Mantenerte al margen cuando está en juego la vida y la muerte de nuestra alma es del todo intolerable. Ocuparse de los problemas del propio yo —la felicidad o la adversidad, el placer o el divertimiento: mera vanidad y fugacidad—, mientras el mundo perece porque ya nadie comprende lo que significa la muerte de Cristo en la cruz a causa de nuestros pecados… es temerario, irresponsable, un crimen contra Dios y la humanidad. Sobre los mejores entre nosotros pesa la obligación de hacer el mayor sacrificio. Si tuviera yo el don de la palabra como fray Mateo, gritaría la verdad en las plazas de Roma…

—La semilla está sembrada y ya no tardará en germinar —dijo Varano—. Créeme, hemos hecho cuanto podíamos; no tiene sentido querer acelerar el curso de las cosas. La mentalidad a la que nos oponemos se está descomponiendo; ¿dónde se percibe con mayor nitidez que justamente aquí, en Roma?

 

Supongo que las palabras de Varano y Catalina están destinadas a mí, pues tengo oídos para oír y ojos para ver, pero me mantengo al margen. Fui llamada y, sin embargo, no cumplo con mi deber. Quiero creer que la gracia de Dios es el supremo bien, pero amo a Ferrante más que a Dios. ¿Y qué? Por primera vez les he contradicho. Varano utiliza el nombre de Dios en interés propio. En otras circunstancias, Catalina habría puesto su ímpetu al servicio de otras convicciones. No son profetas ni ángeles predicadores. Lo que profesan no tiene por qué satisfacerme a mí. Cada cual posee un cielo propio y un infierno propio; cada cual emprende un camino personal y solitario hacia Dios. Esta convicción me asalta con violencia y tengo la sensación de ser arrancada del suelo familiar. Comoquiera que les vayan las cosas a Varano y Catalina, conmigo ya han cumplido su misión. Lo que no podían despertar en mí con explicaciones e incitaciones, madura ahora que me apercibo de las diferencias entre ellos y yo. Ni siquiera he intentado contarles lo que ha cambiado dentro de mí. Se comportan como esperaba que hicieran: se mantienen a distancia.

El distanciamiento entre yo y esos dos que fueron mis amigos y

confidentes me parece irremediable, ahora que me doy cuenta de que tengo que seguir mi propio camino sola. Aquí, en el patio, encerrada por los muros del palacio Colonna, tengo como nunca la sensación de estar completamente sola. Desde aquí puedo ver el ala donde vive mi hermano Ascanio, del que me he distanciado desde hace mucho tiempo. Es un hombre que hace intentos crispados por

desempeñar un papel de relevancia en la política, que está apesadumbrado por la idea de poseer menos poder y menos dinero de lo que estima que le corresponde por derecho, que atormenta a su mujer y realiza pruebas clandestinas de alquimia con la esperanza de poder fabricar oro. Sólo por ambición quiere tenernos a Ferrara y a mí bajo su techo, aunque nos odie.

Al otro lado, están los apartamentos donde Ferrante tiene su

residencia. Cercano e inalcanzable. Detrás de esas persianas cerradas, espera nuevas noticias de Morone o una contestación del emperador. El ayudante y el médico de cámara me cuentan cómo pasa su tiempo: se queda en su habitación, le oyen ir de un lado para otro durante mucho tiempo. Come poco y por la noche no puede dormir. Ha tenido otro vómito de sangre. No se permite a nadie la entrada para visitarle. Han recibido la orden de decir que el marchese está trabajando.

Tengo que tomar fuerzas para desterrar de mí todo lo que no

tenga como fin servir a su interés. Su interés quiere decir lo que le permita ser íntegramente él mismo, seguir fiel a su propia ley interior. Su interés quiere decir que se cure de la enfermedad que le destroza física y psíquicamente. Para ayudarle no debo exigirle ni esperar nada a cambio. Le he tocado, he osado hablarle de amor. Le tomé toda la mano cuando sólo me ofreció un dedo; la consecuencia podía haberla previsto: me rechaza, desconfía de mí. Ahora sé que durante años me he engañado a mí misma, aunque pensaba que lo había superado para siempre. Creía que había desistido de Ferrante completamente, pero no es verdad: mi deseo es tan fuerte como antes, quizá más fuerte aún. El dolor que sufro me hace comprender cuánto esperaba todavía de él. Lo que he de hacer ahora, lo que tengo que hacer por su bien y también para emprender el camino hacia la redención final, es olvidarme de mí, de mi deseo y mi dolor. Sólo me permitirá acercarme a él cuando sienta que no quiero nada de él, nunca más. Ayúdame, Dios; queda tan poco tiempo.

 

Cuando Pescara solicitó una entrevista con ella, la abandonó el valor que había conquistado a duras penas durante los días y las noches anteriores. Pudo comprobar que él había recobrado el control sobre sí mismo, y que había determinado irrevocablemente su posición.

—Lamento que me hayas visto desconcertado. Aquello ha pasado. Nunca más hablaremos de ello. Ayer tuve otra entrevista con maese Morone.

Su mirada de sorpresa le hizo sonreír por un momento.

—Según se acordó, vino solo y entró por una puerta lateral. Me comunicó el resultado de la investigación jurídica que le pedí. Como era de esperar, todo estaba en orden. Es irrefutable. Los mejores cerebros de Roma me aseguran por escrito que puedo aceptar la corona de Nápoles sin inconveniente. ¿Te interesa?

Desplegó los documentos y los acercó a ella, que no extendió la mano.

—Bueno. Tampoco importa mucho. Te pongo al corriente porque siento que es mi deber, ya que una vez te hice mi confidente. Angelo de Cesis y el cardenal Accolti demuestran que Nápoles en realidad todavía es un feudo pontificio, a pesar de tres siglos de dominio extraño. Me demuestran, mediante cálculos, que puedo prescindir de mis posesiones en España sin pérdida ninguna. Así esto ya está. Por lo demás, Morone me ha dado garantías escritas de las sumas de dinero prometidas. Puedo disponer hoy mismo de una gran cantidad. En relación con una y otra cosa, es importante que vuelva lo antes posible a Novara. He dado orden de prepararlo todo para mi partida.

Vittoria miró las baldosas esmaltadas que se extendían bajo sus pies. Sobre un fondo granate, caracoleaba un dibujo de arabescos entretejidos, serpientes y pámpanos. Vistos desde la distancia, esos motivos de flores y hojas, esas formas sinuosas de reptiles parecían cuerpos humanos envueltos en un abrazo caótico. Pensó: va a unirse con ella para recuperar la paz, para poder hacer tranquilamente cuánto desee.

Pescara reía en voz baja.

—Por supuesto, cuánto escribí al emperador sigue siendo mi pauta de conducta. Pobre Vittoria. ¿Mi juego diplomático te sobrepasa? No pienses más en ello. Nunca debí haberte importunado con cuestiones sobre las cuales una mujer no puede juzgar.

Tosió y escupió en su pañuelo. Cuando se repuso, descubrió su mirada fija en él.

—Supongo que sabes cómo están las cosas con respecto a mi salud. Eres una de las tres o cuatro personas que lo saben. No comentes nada. Para mí es de suma importancia que nadie lo sepa. No sé cuánto tiempo duraré. Te doy mi palabra de honor de que te haré llamar en cuanto llegue el momento. Entonces, ven… a Novara, o adonde me encuentre en aquel momento.

Pescara apreció que su mujer le ahorrase lágrimas y alusiones a circunstancias personales en el breve adiós que se dispensaron. Temía una escena emocional que consideraba inevitable porque estaba convencido de que, a partir de entonces, nunca más se hablarían a solas. Inmóvil, callada, ella recibió su beso en la mejilla y en la mano. Cuando había dejado Roma tras él, surgió en Pescara la sospecha de que sólo en el último instante ella había comprendido que él se estaba muriendo de verdad.