La comunera
Febrero de 1522
¡No lo aceptaré! ¿Lo oís? No hasta que don Carlos haya firmado la Concordia de la Sisla tal como prometió el arzobispo. No puedo entregaros las armas sin antes estar segura de que se cumplen todos los puntos del acuerdo.
—Señora, no sé si os dais cuenta de la gravedad de vuestra situación.
—Precisamente porque me doy cuenta de ella, no estoy dispuesta a ceder. Sería como entregarme atada de pies y manos.
—Así es como acabaréis si no os avenís a obedecer las órdenes del rey.
—¿Acaso vais a ser vos quién se encargue de hacerlo?
—Soy el corregidor de Toledo por orden real.
—Sois un maldito traidor al servicio de vuestros amos, los nobles, propietarios de ganados, y los ricos mercaderes de Burgos.
—¡Y vos sois la deshonra de vuestra estirpe!
María y el doctor Zumel llevaban horas discutiendo sin tregua. La condesa de Monteagudo y Gutierre López de Padilla asistían a las conversaciones intentando mediar, pero no había nada que hacer. Ninguno de los dos estaba dispuesto a transigir en su postura. El doctor, antiguo comunero, era duro y María no podía evitar sentir desprecio hacia él por haber abandonado el movimiento y haberse convertido en uno de los más fieles adalides de la Corona. Había participado activamente para que Burgos abandonara la Santa Junta, siendo nombrado corregidor de Toledo en premio a su apoyo a la causa real. Cada vez que lo tenía delante, ella recordaba a los asesinos del valiente Viriato o la iniquidad parricida de Bruto y, al mismo tiempo, lamentaba no tener ya tiempo para dedicarlo a la
lectura de la historia, a la poesía o al estudio de la filosofía que tanto le agradaban. A su vuelta de las Cortes de Valladolid, Juan le había hablado con admiración acerca del hombre que había osado enfrentarse al mismísimo consejero Chiévres y al muñeco de paja Sauvage. Apenas habían transcurrido tres años y medio desde entonces y parecía que hubiesen sido mil. El corregidor representaba para ella todo lo que de odioso podía haber en un hombre sin honor.
Él, por su parte, no veía en ella sino a una hembra ambiciosa y terca, capaz de traicionar a la Corona y ocupar un puesto que como mujer no le correspondía.
Los altercados se sucedían en la ciudad. Zumel había ordenado a sus hombres crear conflictos con los comuneros y poder así justificar el uso de la fuerza. Deseaba dar un escarmiento a los rebeldes y, en especial, a la viuda de Padilla, pero no podría hacerlo mientras éstos estuvieran armados y se mantuviera vigente el acuerdo firmado meses atrás. Quería la cabeza de doña María Pacheco, llevarla en camisa, montada en un asno y con la soga al cuello hasta el lugar de su ejecución como ejemplo para todos aquellos hombres y mujeres desleales que habían osado enfrentarse al propio rey.
Quería ser él quien diera la orden al verdugo para que abatiera de un golpe su insolente cabeza. Estaba convencido de que con su muerte, y la de quienes la habían apoyado, finalizaría el conflicto y las ovejas volverían al redil de donde nunca debieron haber salido.
Él había secundado a las Comunidades en un principio, pero su acción estaba justificada. Los flamencos se hicieron con los cargos más importantes de la gobernación, traficaban con dinero y mercancías y ponían en peligro la estabilidad económica de los comerciantes burgaleses. Aceptó la situación mientras el movimiento estuvo controlado por los hidalgos, pero las pretensiones de los pequeños burgueses, artesanos, campesinos, mercaderes, mujeres, frailes, monjas y demás, le hicieron cambiar de opinión. Se habían atrevido a hablar, a exigir, a elegir a sus representantes, a rechazar el pago de las alcabalas, como si fueran caballeros, y no eran sino unos muertos de hambre buenos para cuidar cerdos y trabajar con sus manos. Laso de la Vega, Dávalos, los Gaitán, Álvarez Zapata, Acebedo y otros hidalgos de Toledo eran culpables de que la disidencia hubiera durado
más de lo necesario y serían castigados como correspondía a sus culpas, pero era sobre todo doña María quien, tras la derrota de Villalar, más daño había hecho a Castilla, a la monarquía y al orden legal establecido por imperativo divino. En lugar de haberse recluido en su casa a la muerte de su marido, como hubiera hecho cualquier hembra honrada, se había lanzado a arengar a la población, mantener la sublevación y dirigir a las tropas comuneras creyéndose una nueva Juana de Arco. Ésta había muerto en la hoguera por bruja y aquélla moriría degollada por traidora a su clase.
—Os aviso, señora. Regresaré para llevaros al cadalso —afirmó antes de marcharse.
—Y yo os aviso a vos, señor —intervino entonces Gutierre en tono amenazador—, de que si volvéis con esas intenciones, seréis vos quien colgaréis de una soga.
El doctor Zumel abandonó airado la casona, decidido a no regresar sino para arrestar a doña María y a todos sus secuaces, aunque tuviera que reclamar refuerzos al propio rey. Como todos los días, su salida fue recibida por los hombres apostados en sus alrededores con insultos, palabras soeces y amenazas de muerte si intentaba algo contra la señora viuda de Padilla.
—Gracias, Gutierre.
María aún estaba sorprendida por la salida de su cuñado. Había vuelto a Toledo en el séquito del arzobispo, instalándose de nuevo en la casona, que también era suya, y enfrentándose a sus comuneros, en especial a Moyano, a quien no podía ver ni de lejos.
—Habéis hecho mal. Ese hombre es peligroso cuando está enfurecido y vos le habéis ofendido —señaló Gutierre con gravedad.
—También él me ofende a mí con su arrogancia y sus ínfulas de gran señor.
—Es el corregidor…
—Por mí, ¡como si quiere ser el papa!
—¡María!
La condesa de Monteagudo estaba escandalizada. Según lo prometido, había regresado de Soria para estar junto a su hermana y lograr convencerla.
Había traído cartas para ella de casi todos los miembros importantes de la familia: del duque del Infantado, del marqués de Villena y de sus hermanos.
Todos le rogaban que cediese; era inútil persistir. El movimiento comunero había sido desbaratado en las ciudades, villas y pueblos castellanos, los cabecillas ajusticiados o arrestados, sus propiedades confiscadas. No había ya nada que ella pudiera hacer. La condesa esperaba encontrar a María dispuesta a dar su brazo a torcer. La noticia de que por fin había permitido la marcha de su hijo a tierras andaluzas le hizo suponer que estaba entrando en razón, pero no fue así. A su vuelta, la encontró más decidida que nunca.
La observaba conversar con sus hombres y dar órdenes con tanta seguridad y con una voz tan firme que no podía evitar compararla al padre de ambas, y lamentaba en lo más profundo que, además de su amor por la cultura, María también hubiera heredado de él sus dotes de mando. Habría sido un excelente capitán…, si hubiera nacido varón.
—¿Cómo está vuestra herida? —preguntó María a su cuñado.
—Apenas la siento.
—Pedí que os trajeran aquí. Yo me hubiera ocupado de vos.
—Lo sé y os lo agradezco.
María hacía referencia a la herida sufrida por Gutierre durante uno de los encuentros de las tropas reales con los comuneros toledanos. Durante el cerco, las escaramuzas por las dos partes habían sido continuas y él había regresado de Andalucía para unirse a las tropas del prior. Tenía una cuenta pendiente con la ciudad por haber sido obligado a salir de ella meses atrás acusado de traidor, y también quería ayudar a su cuñada. Las relaciones con su hermano no habían sido buenas en los meses precedentes a su ejecución.
Las discusiones entre ellos fueron tormentosas y, en más de una ocasión, los insultos y acusaciones por ambas partes tomaron el lugar de las palabras.
Desde el principio, habían estado en desacuerdo en lo concerniente a las Comunidades y tomado caminos opuestos, pero lamentaba su muerte, aunque no sabía discernir si se debía a la propia desaparición de Juan o a la pena que había llevado a su padre a la tumba. Y, sobre todo, le pesaba el dolor de María.
La admiraba desde que la conoció la víspera de su boda; quedó prendado de ella nada más verla, de su piel blanca como la nieve, de sus ojos de fuego. Todavía recordaba a la novia distante, a la niña enfurruñada por un matrimonio que no deseaba; la observó durante el banquete nupcial,
vio cómo su hermano intentaba hablar con ella sin recibir ni una mirada a cambio y constató su porte arrogante al reunirse con la familia al día siguiente. Él no era mucho más viejo que ella, tan sólo dos años mayor, y, se dijo, los dos hubieran hecho una buena pareja. Se alegró de que María se mostrase tan fría con su marido. Juan era el primogénito, el favorito de su padre y de su tío, el comendador, el joven atractivo, de modales exquisitos y fuerza de carácter admirados por todos los que le conocían, el heredero. Él únicamente era Pedro el Mozo, un segundón, un joven sin fortuna, obligado a forjarse un futuro a la sombra de algún personaje poderoso. Se alegró, sí, de que María no cayese rendida en los brazos de su hermano. Era una Mendoza y, pensó entonces, haría pagar a Juan la desfachatez de haberla obligado a yacer con él. Sin embargo, ¡qué equivocado estaba! Pocas parejas matrimoniadas por interés había visto él tan enamoradas, por no decir ninguna. Había tenido ocasión de observarles en repetidas ocasiones durante aquellos años, sintiéndose celoso de su amor, entendimiento, complicidad, pues estaban tan unidos que era difícil diferenciarlos. Él hablaba por su boca y ella por la de él; entrelazaban sus manos cuando creían estar solos; no necesitaban decirse nada, les bastaba una mirada, una sonrisa, un gesto. Quiso correr hacia ella al conocer el fin de su hermano, consolarla y rodearla con sus brazos, pero se contuvo. Juan continuaba en ella, tan vivo como cuando aún respiraba; lo supo en cuanto la miró a los ojos.
—Escuchadme, María, voy a ir a hablar con el obispo; le pediré en vuestro nombre que interceda y haga entrar en razón al doctor Zumel, pero vos también tenéis que ceder…
—Agradezco vuestra ayuda, cuñado, pero no entregaré mis armas ni las de mis hombres hasta no ver firmado el acuerdo de puño y letra del hijo de la reina.
—Del rey.
—De don Carlos.
Gutierre partió sin dilación, dejando a las dos hermanas sentadas junto al fuego de la chimenea de la sala grande. La habitación se utilizaba ahora en contadas ocasiones, pero por nada del mundo hubiera María recibido a Zumel en la intimidad del cuarto compartido con Juan. Hubiera sido
mancillar el recuerdo de su amado. Las dos mujeres permanecieron largo rato contemplando las llamas en silencio.
—¿Te acuerdas de los braseros que había en la Alhambra? —dijo por fin la más joven.
—¿Cómo se te ha ocurrido ahora pensar en ellos? —le preguntó la condesa sorprendida.
—No lo sé… En estos últimos tiempos he vuelto a recordar muchas cosas que creía olvidadas…
—Todavía estás a tiempo.
—No, querida hermana, ya no hay tiempo y tú lo sabes.
—Siempre lo hay…
—No. Lo que se ha perdido no vuelve a recuperarse —una sonrisa distendió el rostro serio de María— pero no lamento nada. He sido más afortunada que muchas mujeres y eso nadie podrá quitármelo jamás.
—Aún eres joven; tienes toda la vida por delante.
—No se mide la edad por los años, sino por la forma como se han vivido, y yo lo he hecho de manera intensa. Siento que esto llega a su fin y quiero darte las gracias por haber estado a mi lado en estos momentos tan duros para mí.
La condesa cogió la mano de su hermana y se la apretó en un gesto de cariño. Ella también sabía que el final estaba cerca y temía por María. Los principales jefes de las ciudades y villas comuneras estaban siendo ejecutados públicamente, a pesar de las rendiciones y de las promesas de los vencedores. Tal como se estaban poniendo las cosas, todo hacía presagiar que en Toledo no sería distinto. Habían transcurrido más de tres meses desde la firma del tratado y el rey no lo había ratificado y nunca lo haría, porque significaría su derrota, al menos moral. No podía permitir algo parecido, ahora que era el emperador de media Europa y de la mitad del continente descubierto en tiempos de sus abuelos. Acceder a las exigencias de una de sus ciudades equivaldría a dejar abierta una puerta a futuras revueltas. La detención de los comuneros toledanos era cuestión de días.
Ella no era como María, no era tan fuerte ni tenía su valor, pero no sería una Mendoza si no pensara en algo pronto y, desde luego, no iba a permitir que
su hermana pequeña fuera sacada a lomos de una acémila para ser ajusticiada como una criminal.
Les sobresaltaron unos gritos en la calle. El rumor era cada vez más fuerte y amenazador. Un rato después entró Gutierre, acompañado por Figueroa, capitán de María. Ambos llegaban con el rostro demudado.
—Hay disturbios —informó Gutierre a su cuñada.
—¿Qué ocurre?
—Antonio Moyano y otros han cogido una culebrina abandonada en la puerta del Cambrón y la pasean por las calles al grito de que hay traición a la Comunidad. Han logrado reunir a cerca de dos mil personas y están a las puertas de esta casa.
—También hay movimientos en el alcázar —informó Figueroa a su vez
—. Todo indica que los soldados se disponen a salir y se dice que la culebrina fue dejada en la puerta para soliviantar los ánimos y así poder atacarnos.
—¡Entre unos y otros van a quemar la ciudad! —prosiguió Gutierre, embalado—, y vuestros hombres no lograrán contener a las tropas; son mucho más numerosas y están mejor armadas. ¡Rendios de una maldita vez antes de que sea demasiado tarde! Pensad en la población, en las mujeres, en los niños…
María no respondió, hizo una seña a Zaida, que como siempre se mantenía cerca de ella, y apoyándose en su brazo salió de la habitación.
—¿Adónde vais? —le interrogó Gutierre, sorprendido.
—A hablar con ellos —respondió ella sin dejar de caminar.
La pequeña placita frente a la casa y las calles aledañas estaban repletas de hombres y mujeres agitando armas y palos. Los gritos a favor de Padilla y de la Comunidad arreciaron al verla aparecer por la puerta, y María revivió durante un instante otras situaciones similares en las cuales su Juan había sido vitoreado por la multitud. Le costó un gran esfuerzo hacer comprender a Moyano y a los demás que era necesario calmarse; aún se estaba negociando el tratado y lo más importante era que Toledo no saliera perjudicada.
—Sólo estamos celebrando las alegrías del nuevo papa —justificó el comunero.
Había llegado la noticia del nombramiento inesperado como nuevo papa del cardenal Adriano de Utrecht, quien todavía se encontraba en Vitoria supervisando la guerra en Navarra. Nadie dudaba de que don Carlos había movido sus influencias para obtener la elección de su antiguo preceptor porque el hombre, aun siendo un gran estudioso, no era muy brillante como político, al decir de quienes lo conocían, y tampoco destacaba por su piedad, aunque esto último tampoco era óbice para alcanzar el puesto supremo de la Iglesia católica.
—Dejad las celebraciones para momentos más oportunos, queridos amigos —les rogó María—. No demos ocasión a nuestros enemigos para recomenzar la guerra, que eso y no otra cosa es lo que esperan.
Se retiró agotada por el esfuerzo y con el ánimo ensombrecido.
Aquellas gentes, sus gentes, eran artesanos y menestrales, no soldados.
Serían cazados como conejos en cuanto dieran la mínima oportunidad a las tropas imperiales. No obstante, permitió a un grupo permanecer alerta dentro de las casas y en sus alrededores.
Al igual que las demás noches, su último pensamiento fue para su marido. Aquellos momentos, antes de sumirse en el sueño, se habían convertido para ella en una preciosa huida hacia el pasado. En el silencio de la noche, sola en el lecho, se adentraba en el mundo de los deseos, posibles únicamente en sus recuerdos. Revivía los días felices, sonreía al evocarlos, acariciaba la almohada y besaba los labios ausentes. Escuchó el sonido apagado de la campana de alguno de los conventos llamando a la oración y le vino a la mente la imagen de Juan en la catedral, la víspera de la Natividad dos años antes, con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre su pecho. No consiguió entonces hacerle decir qué o quién le había preocupado tanto, pero ahora ya lo sabía. El prior Zúñiga había oficiado la misa; él había sido la causa del enojo de su amado. Tal vez, como una premonición, su marido había sabido que el hermano del duque de Béjar sería con el tiempo el principal enemigo de Toledo.
El día de San Blas amaneció cubierto por grises nubarrones, presagio de tormenta. El obispo de Bari proclamó día de fiesta en honor del nuevo
papa y ordenó un Te Deum en la catedral. Desde primeras horas de la mañana, grupos de soldados recorrían la ciudad obligando a los vecinos a salir de sus casas y a dar vivas al regente y al rey. A eso del mediodía, la plaza de la catedral y las calles adyacentes estaban llenas de gentes que de grado o a la fuerza vitoreaban las consignas lanzadas por los partidarios realistas, quienes a su vez se veían apoyados por un buen número de soldados picas en mano. Muchas personas habían pasado la noche en vela, esperando en cualquier momento la entrada a saco de las tropas del prior después de los altercados de la víspera y temiendo terribles represalias, aunque nadie se atreviera a decirlo en voz alta. La situación era ya insostenible.
—¡Viva Padilla! ¡Viva la Comunidad!
El grito enmudeció las voces; la sorpresa se plasmó en muchos rostros y la ira en otros muchos. Momentos después, un chaval, casi un niño, era arrastrado al medio de la plaza por varios soldados y golpeado con saña entre los insultos y protestas de la multitud desarmada y amenazada por las picas. Rompiendo el cerco, un hombre se abalanzó sobre el grupo intentando defender al chaval de los golpes.
—¡Malditos hijos de puta! —gritó—. ¡Cobardes! ¡Bellacos! ¿Es ésta la justicia del rey? ¿Matar a golpes a un muchacho indefenso?
Gritos, empujones, puños cerrados, amenazaban ahora a los soldados.
La población enfurecida parecía dispuesta a arremeter contra ellos. El capitán de la tropa ordenó la retirada, llevándose con ella al padre del chaval. Los toledanos se echaron a la calle pertrechados con todo tipo de armas, desde arcabuces, hasta cuchillos, ballestas e incluso palos y azadones, y se dirigieron a la cárcel para liberar a su vecino, aunque sin conseguirlo. Esa misma tarde se corrió la voz de que Francisco Galán el Lechero, había sido ahorcado acusado de rebelión y de traición al rey. La chispa había prendido de nuevo; Toledo sería testigo de la última batalla. El millar de hombres que permanecía en la casona de Padilla y sus alrededores se dispusieron a la lucha y la propia María pidió su silla para acudir a casa del obispo. Gutierre se interpuso entre ella y la puerta.
—Perdonad, María, pero no puedo dejaros salir.
—¿Estoy, pues, presa de mi propio cuñado?
—Lo hago por vuestra seguridad. Esos hombres os matarán; están enloquecidos y no saben lo que hacen.
—No están enloquecidos, sino indignados, y no tocarán ni uno solo de mis cabellos; amaban a Juan y me aman a mí, pero vos sois incapaz de comprenderles a ellos y de comprenderme a mí. ¡Dejadme salir!
Durante un breve espacio de tiempo sus miradas se retaron. Gutierre no pudo evitar sentir una mezcla de ira y de deseo a la vez. Aun enferma y vencida, María continuaba siendo una mujer fuerte e incorruptible, fiel a sus ideas, a su marido, a ella misma. Y seguía siendo la hembra más atractiva que conocía. Tuvo ganas de abofetearla, pero también de poseerla en aquel mismo instante; humillar su gesto altivo y, a la vez, demostrarle su pasión por ella; borrar con sus besos los besos de Juan, hacerle el amor hasta caer rendido.
—No saldréis de esta casa, señora —replicó en un tono frío de voz—.
La guerra es cosa de hombres.
Salió a enfrentarse con los comuneros, dejando dentro a varios de los suyos con orden expresa de no perderla de vista por ningún motivo.
—¿Qué día es hoy? —preguntó María.
Ella y su hermana se habían refugiado en su habitación y exigido que los guardas puestos por Gutierre permanecieran afuera, vigilados a su vez por Zaida y Ficor. La fuerza mostrada momentos antes parecía haber huido de María, cogió un tabardo de Juan y se envolvió en él. Tenía frío.
—San Blas —respondió la condesa mientras se frotaba nerviosa las manos.
—Ah, san Blas… ¿Sabías que fue decapitado a comienzos del siglo IV
después de haber sufrido grandes tormentos? Era obispo de Sebaste, una ciudad de Gapadocia… Sanó a un niño que se ahogaba debido a una espina y por eso es el patrón de los males de garganta.
—Me asombra tu memoria; estudiabas la Historia Sagrada cuando eras una niña.
—Aún la estudio, cuando tengo tiempo… De todos modos, no creo que el santo pueda sanarme cuando llegue el momento… —añadió María con una sonrisa acariciándose el cuello.
—¿Te duele la garganta?
—Todavía no…
La condesa sintió un escalofrío. Su hermana se estaba refiriendo a su propia muerte por la cuchilla del verdugo, algo que el doctor Zumel había dejado bien claro haría en cuanto se le presentara la oportunidad. Se aproximó a ella, la besó en la mejilla y salió de la habitación decidida a buscar el medio de salvarla. Tal vez María no se había comportado como debía, tal vez se había dejado llevar por una utopía inalcanzable, pero desde luego no merecía un final tan atroz.
Los comuneros alzados y los hombres del obispo de Bari y del doctor Zumel se enfrentaron a muerte hasta la llegada de la noche. No se escuchaban en Toledo sino disparos y gritos por doquier, y familias enteras se encerraron en sus casas en una espera tensa cuya resolución nadie se atrevía a imaginar. Gutierre y sus hombres se mantenían firmes en los alrededores de la casona, ocupando la plaza y las entradas de las calles.
También había entre ellos muchos leales a la Comunidad, firmemente convencidos de que el hermano de Padilla intentaba defender a su cuñada y dándose cuenta, demasiado tarde, de que habían caído en una trampa, porque tan pronto como llegaron las tropas del prior, acampadas a las afueras, se vieron cercados y obligados a rendir las armas. Poco a poco, fueron sometidos todos los focos de rebelión, y los sublevados arrestados, cuando no ejecutados sobre la marcha.
En la confusión del momento, Gutierre aprovechó para entrar de nuevo en la casona. Todo estaba preparado para la huida de María, aunque ella misma lo ignorase. Él y la condesa habían dispuesto lo necesario para sacarla de Toledo antes de que Zumel y los suyos se hicieran los únicos amos de la ciudad. No habría entonces ninguna posibilidad de salvarla.
—No abandonaré la ciudad —afirmó María al conocer los planes de su hermana y de su cuñado.
—¡Por favor, María! ¡Basta ya! —ordenó la condesa—. ¿Por qué tienes que ser siempre tan difícil?
—No puedo abandonar a mis gentes…
—Vuestras gentes han sido prendidas y serán ejecutadas por alta traición —intervino Gutierre.
—Entonces yo también deberé serlo.
—Vos partiréis como está previsto, por vuestro hijo y por el honor de vuestra familia y de la mía, aunque tenga que golpearos hasta haceros perder el sentido y llevaros sobre mi hombro como un saco de mijo. Daos prisa, ¡no hay tiempo que perder!
Comenzaba a amanecer cuando un grupo de personas se introdujo por un pasadizo que llevaba desde la casona de Padilla hasta la iglesia de Santo Domingo el Antiguo, en donde las monjas dominicas los esperaban para ayudarles; bajaron después con paso presuroso por la calle que a partir de la iglesia de Santa Leocadia desembocaba en el convento de la Merced y llegaba a la puerta del Cambrón.
Ante los ruegos de su hermana y las amenazas de su cuñado, María había accedido finalmente a escapar. Vestida con la falda de estameña encima de la basquina de franela y el corpiño de lana, utilizados en sus paseos por la ciudad en compañía de Zaida, una vieja marlota forrada de piel y un sombrero de campesina, abandonó, fugitiva, el hogar que había compartido con su marido. Con ella partieron los sirvientes de la casa, aunque sólo dos siguieron a su lado; los otros se desparramaron por la ciudad nada más salir del pasadizo. Todos tenían parientes que los acogerían y ocultarían hasta que hubiera pasado el peligro.
—Cuidaos, señora —le rogó el viejo Martín, sin poder contener su emoción—, y volved pronto.
Lucía, la nodriza, no pudo siquiera despedirse de tan acongojada que estaba; se asió al brazo de Martín y se marcharon juntos. Ficor le besó la mano y no dijo nada, pero su rostro, de habitual alegre, mostraba una rabia que apenas podía contener.
Gutierre había enviado a uno de sus hombres con dos mulas y los esperaba a poca distancia de la puerta. Él había permanecido en la casona para impedir la entrada al doctor Zumel y distraer su atención. Estaba convencido que, una vez acallados los ruidos, el corregidor se presentaría allí, tal como había prometido, para llevarse presa a su cuñada. No sabía durante cuánto tiempo podría engañarlo, pero el prior de San Juan también estaba en la ciudad y tenía en él a un aliado poderoso, no en vano había luchado a su lado y gozaba de su amistad. Mandaría en su busca y, mientras tanto, María y los otros podrían alejarse sin peligro.
—Acordaos de mí y tened presente que siempre quise a mi hermano, aunque nuestras ideas nos alejaran el uno del otro —le dijo al despedirse.
—Lo sé, Gutierre. Si creyese lo contrario jamás os hubiera vuelto a dirigir la palabra.
La contempló por última vez. A pesar de su doliente aspecto de campesina pobre, siempre guardaría de ella el recuerdo de una dama culta y elegante cuyo valor podía compararse al del más aguerrido de los hombres, de una mujer de carácter que había osado hacer frente al propio monarca, de unos ojos negros que lo enamoraron la primera vez que su mirada se cruzó con la de él.
—También os quiero a vos —confesó a media voz—. Haré lo posible para obtener la clemencia del rey.
—No la obtendréis.
—El perdón es virtud en un buen rey.
—Para eso hace falta que él lo sea. Gracias, hermano, por lo que habéis hecho por mí.
—Y más habría hecho si vos me lo hubierais permitido. Id con Dios.
Gutierre besó su mano, se quitó la ancha gorra de terciopelo e hizo la profunda reverencia reservada únicamente para la realeza.
—No puedo acompañarte más lejos, lo entiendes, ¿verdad? —se despidió la condesa de Monteagudo antes de llegar a la puerta del Cambrón.
Era ella la que había dispuesto el plan de fuga ayudada por las dominicas, quienes conocían el pasadizo, y concertado con Gutierre el momento de la huida.
—Lo que no sé es cómo has podido llegar hasta aquí —le respondió María emocionada—. Puede que te lo hagan pagar.
—Nadie se atreverá a acusarme de ayudar a mi hermana. ¿Estarás bien?
—Lo estaré, querida. Gracias por todo, por tu apoyo, tu lealtad y tu cariño.
—La señora Valenzuela te acompañará —y ante el gesto sorprendido de su hermana, añadió—: se hará pasar por mí en caso de que tengáis problemas.
—No es necesario…
—Deja que te ayude por última vez —le interrumpió la condesa en tono firme—. La señora Valenzuela es discreta e inteligente; te será de mucha ayuda.
Las dos hermanas se abrazaron con lágrimas en los ojos y la promesa de volver a encontrarse, algo que en aquel instante sabían que no podrían cumplir en mucho, mucho tiempo.
Sosa ayudó a la señora Valenzuela a montar sobre una de las mulas. La dama de compañía se había vestido con el mejor traje de viaje de la condesa, uno de terciopelo de color ámbar, e iba cubierta con una capa ribeteada de piel de zorro y la capucha echada sobre la cabeza; arregló los pliegues del vestido y de la capa, asió con fuerza las riendas y se dirigió a la puerta. Tras ella, el hombre de Padilla asía las de la otra mula, cargada con el arcón de viaje que los criados habían transportado desde la casona. María y Zaida lo seguían agarradas del brazo. La morisca no podía ocultar su nerviosismo, temiendo que su señora desfalleciera en cualquier momento.
Antes de traspasar la puerta, Ficor llegó corriendo y se colocó detrás de las dos mujeres a modo de escudo. Se había detenido al comenzar la cuesta de San Martín para comprobar que el pequeño grupo salía sin percances y decidió volver sobre sus pasos y unirse a él. Admiraba a doña María, quería a Zaida, aunque nunca se lo hubiera demostrado, y respetaba a Sosa. Si ellos se iban, él también.
Al llegar a la altura de los guardas, oyeron la voz del sargento dirigiéndose a sus hombres.
—¡Poned mucha atención! ¡No queremos que se escape ninguno de esos traidores hijos de mala madre! ¿Quién sois?
La pregunta iba dirigida a la dama elegantemente vestida.
—Soy doña María de Mendoza, condesa de Monteagudo.
—¿Lleváis salvoconducto?
La mujer hizo una seña y Sosa se apresuró a mostrar el permiso firmado por Gutierre con una firma ilegible. El sargento fijó la mirada en el papel como si lo estuviera leyendo, aunque era incapaz de distinguir una letra de otra, y luego lo comprobó con otro de parecidas características que se sacó de debajo del peto.
—¿Adónde os dirigís?
—A Escalona, a casa de mi tío el marqués de Villena.
—¿Y éstos? —preguntó de nuevo el soldado señalando a los demás.
—Mis sirvientes.
El hombre no hizo más preguntas y los dejó pasar. Al ir a cruzar la puerta, María notó los ojos de uno de los soldados puestos en ella. Supo, por su gesto de sorpresa, que la había reconocido, pero no bajó la cabeza ni intentó ocultarse el rostro; ya se sentía demasiado humillada por escapar dejando a sus hombres a la suerte del destino como para negarse a sí misma, aunque en ello le fuera la vida. El soldado esbozó una triste sonrisa y giró la cabeza en el momento en el que las dos mujeres llegaban a su altura.
—Dios bendiga a esta tierra y a sus gentes —susurró ella al pasar por su lado.
No volvió la vista atrás; no quería ver las murallas de Toledo reflejadas en las aguas del Tajo, ni la ciudad emergiendo de ellas con las primeras luces del sol. Apenas habían transcurrido cuatro años desde su llegada y deseaba recordarla como entonces, dorada por el atardecer; con su niño dormido en su regazo, asida del brazo de Juan y el corazón rebosante de felicidad y de futuro.
El hombre de Padilla se despidió en cuanto se hallaron suficientemente lejos de la muralla; allí los esperaba Hernando Dávalos, huido también durante la noche. Sosa y Ficor se apresuraron a descargar la segunda mula y a sentar a María encima; cogieron el arcón entre los dos y prosiguieron el camino. No podían detenerse. Los dos sirvientes volvían la cabeza a menudo para comprobar que no estaban siendo perseguidos. De todos modos, lo tenían claro: morirían antes de permitir que alguien pusiera la mano en su señora; eran ahora sus protectores, sólo los tenía a ellos y estaban dispuestos a todo para defenderla.
El grupo se dirigió a Escalona. El marqués de Villena se hallaba allí y no les negaría el asilo; descarriada o no, María seguía siendo su sobrina.
Pero don Diego Pacheco únicamente permitió la entrada en el castillo a la dama de compañía y, a pesar de los ruegos de ésta, dejó bien claro que no hospedaría en su casa a una proscrita condenada a muerte por orden del emperador.
—Bien poco se acordó de su familia cuando decidió tomar las armas en contra de nuestro monarca —afirmó cuando la señora Valenzuela le recordó que él y la madre de María eran hermanos—. Si entonces no atendió a mis requerimientos ni a los de otros miembros de nuestra familia, ¡que se apañe ahora como pueda!
Se pusieron de nuevo en marcha, pero un par de millas más lejos les alcanzó un criado de la marquesa.
—La señora marquesa me ha pedido que os entregue esto para el viaje
—dijo, descargando un par de alforjas repletas de conservas y embutidos—.
Y también que os diga que rezará por vos —añadió dirigiéndose a María y entregándole una bolsa repleta de escudos.
Intentando seguir las veredas menos concurridas, volvieron sobre sus pasos, tomando la dirección a La Puebla de Montalbán, en donde vivía otro de los tíos Pacheco, don Alonso Téllez.
—No creo que debamos tomarnos el trabajo —comentó María a Hernando Dávalos y a la señora Valenzuela—. Éste tampoco nos recibirá.
—Quién sabe… —meditó Dávalos—. Bien se ha visto durante este conflicto que dos hermanos pueden pensar de manera muy diferente…
El hombre tenía razón. Al contrario que en Escalona, en La Puebla de Montalbán fueron bien recibidos. María estaba rendida por el viaje y apenas podía sostenerse en pie. Nada más llegar la aposentaron en una habitación y se quedó inmediatamente dormida, mientras Zaida vigilaba su sueño y Dávalos y la señora Valenzuela hablaban con su tío. Don Alonso se ofreció a prestarles los servicios de uno de sus hombres, el cual conocía perfectamente la ruta entre La Puebla y Castellobranco, en Portugal. Él los guiaría sanos y salvos hasta la frontera. También proporcionaría caballerías para todos, a fin de que el viaje se realizara de la forma más rápida posible.
No era cuestión de perder el tiempo. María estaría siendo buscada por toda Castilla; era un personaje demasiado importante para dejar escapar, su castigo debería servir de ejemplo para que no volvieran a ocurrir los hechos que habían tenido al país en vilo durante los últimos tres años.
Ocho días después de su salida de Toledo, el pequeño grupo de fugitivos se hallaba en la frontera portuguesa. El hombre de don Alonso los había guiado sin percances hasta Castellobranco.
María y sus acompañantes anduvieron durante muchas semanas de un lado para otro, intentando buscar un refugio seguro, algo difícil de encontrar. El poco dinero que habían llevado consigo más los trescientos ducados de la marquesa de Villena les permitieron subsistir, pero el tiempo pasaba y debían encontrar una solución. La fortuna los llevó hasta la ciudad de Braga, en el norte del país, y allí encontraron refugio en casa del arzobispo, don Diego de Sousa, quien, por ocultas razones que no expuso, simpatizaba con el movimiento comunero y se había mantenido en todo momento al corriente de los acontecimientos. Les cedió unas habitaciones en el palacio arzobispal para que pudieran acomodarse y les proporcionó una pequeña renta con la que poder subsistir con dignidad, pero sin ningún tipo de lujos. Después de los azarosos meses vividos, aquel lugar era un remanso de paz al que les costó acostumbrarse. No obstante, la seguridad de María era frágil. En cuanto se supo su llegada, comenzaron a acudir comuneros exiliados a visitarla; algunos deseosos de hablar con ella aunque únicamente la conocieran de oídas; otros, los más, esperando que ella aliviaría sus penurias, pues, quien más quien menos, todos habían escapado de sus casas con lo puesto por equipaje. Sosa y Ficor se encargaban de recibirlos y despedirlos, aduciendo la debilidad de su señora, en cama desde su llegada a Braga, mientras Zaida y María Valenzuela no la abandonaban en ningún momento del día ni de la noche. El embajador del rey en Portugal exigió al arzobispo la entrega de la prófuga, amenazando con acudir al propio rey portugués, don Juan III, si se negaba. Pero ni las promesas ni las amenazas hicieron mella en el prelado, quien se negó a entregarla y, de paso, recordó al embajador que la señora viuda de Padilla se hallaba acogida a sagrado y era, por tanto, intocable.
Como si hubiera esperado a hallarse a salvo, como si las penalidades sufridas la hubieran sostenido en todo momento, la débil naturaleza de María se derrumbó al igual que un castillo de naipes al menor soplo. Una vez aposentada en el palacio del arzobispo lusitano, la mujer que había mantenido en jaque a todo un ejército, plantado cara a un rey y luchado contra sus propios parientes, cayó tan enferma que sus leales servidores no
dudaron de su cercano final. Las crisis de asma se sucedían unas tras otras y no había nada que pudiera calmarla; apenas probaba bocado y ni las sangrías ni los remedios recetados por el médico personal del arzobispo lograban mejorar su estado. Zaida y la señora Valenzuela la bañaban todos los días en agua en la que previamente habían vertido una cocción de hierbas de San Benito para bajarle la fiebre, masajeaban su pecho y su espalda, aplicándole luego cataplasmas de hojas machacadas de estramonio y la envolvían en un montón de mantas para hacerle respirar el aire a través de la ventana abierta, pero el alivio era únicamente transitorio.
—¡Tienes que hacer algo por ella! —exclamó un día la dama de compañía, desesperada y a la vez agotada.
—No sé ya qué más hacer —respondió Zaida sin dejar de avivar el hornillo sobre el cual hervían sin cesar hojas de estramonio.
—En Toledo decían que conocías las artes… mágicas.
—Las gentes hablan de lo que no conocen, pero os aseguro que ignoro la magia. Todo lo más llego a leer las manos y los posos del té. ¿Creéis que no hubiera hecho algo para evitarle tantos sufrimientos? —la pregunta era en realidad un reproche.
—¡Se nos muere!
—¡Seguid avivando el fuego y cambiad el pucherillo cuando se consuma el agua! —ordenó la antigua esclava echándose un chal por la cabeza y disponiéndose a salir.
—¿Adónde vas?
—En busca de ayuda.
No le costó mucho a la sirvienta encontrar lo que buscaba. En Braga, al igual que en las demás ciudades y pueblos portugueses, había un número importante de musulmanes huidos después de que los Reyes Católicos hubieran decretado su expulsión en caso de no bautizarse. Las furias cristianas no se habían desatado contra ellos con la misma virulencia que contra los judíos, y muchos seguidores del islam aún permanecían en Castilla, pero sabían que antes o después irían a por ellos, y algunos habían preferido poner tierra de por medio. Zaida logró dar con un reputado médico, procedente de Granada, Ahmad Ibn al-Barazi, cuya familia había muerto durante la conquista. Era un hombre muy anciano e imán de su
comunidad; ya no se dedicaba al ejercicio de la medicina y pasaba su tiempo estudiando el Corán.
—¿Por qué debería ayudarla? —preguntó cuando la mujer le expuso la razón de su presencia—. Es de la misma raza de aquellos que nos han obligado a huir de nuestra patria y han separado a los padres de sus criaturas. ¡Alá los confunda!
—Ella no es igual, os lo aseguro. Es como nosotros, lo ha perdido todo.
—Sé quién es y la razón por la cual se halla aquí, pero no por ello deja de ser una infiel. Sus problemas no me atañen, sus penas no son las mías, su país ya no es el mío.
—«¡Desgraciados los que hacen la oración y la hacen con negligencia!
O la hacen por ostentación y se niegan a socorrer a sus semejantes…» —
musitó Zaida con voz temblorosa.
Ibn al-Barazi contempló con detenimiento a la mujer.
—Recuerdas muy bien las enseñanzas para ser una conversa, sirvienta de una cristiana.
—No soy docta, Alá me ayude, pero mi memoria es buena y mamé las palabras sagradas del pecho de mi madre.
La señora Valenzuela no pudo evitar un gesto de asombro, seguido de otro escandalizado, cuando Zaida le explicó quién era el anciano que la acompañaba, pero no dijo nada. Era una mujer sencilla, devota de la condesa de Monteagudo a quien había prometido velar por su hermana, pero en lugar de regresar a Soria después de haber cumplido el encargo, decidió permanecer junto a ésta, asombrándose de su propia determinación, pues, por una vez, hacía su propia voluntad. Admiraba a María como a una heroína de la antigüedad y le dolía verla postrada en estado tan lamentable.
Acudía todos los días a la capilla del arzobispado a rogar a la Santa Virgen por su salud, pero sus oraciones no parecían recibir respuesta alguna. Tal vez, se dijo, el viejo infiel pudiera hacer algo por ella, ya que las cosas no podían ir peor, pero se negó a abandonar la habitación mientras el hombre permaneciera allí.
Ibn al-Barazi examinó detenidamente a la enferma, le tomó el pulso y respiró su aliento. A continuación, escribió algo en un papel e indicó a Zaida que fuera al barrio musulmán, preguntase por el boticario Mohamed
ibn Mohamed y regresase con lo solicitado. Mientras esperaba a que la sirvienta volviera con el encargo, el anciano se sentó a la vera de María, cogió su mano y comenzó a hablarle en árabe con voz lenta y cadenciosa, a pesar de que ella se agitaba entre espasmos y no era capaz de prestarle atención. Más que palabras, parecía un verso o una tonada repetidos una y otra vez —la señora Valenzuela no supo explicar luego a Sosa y a Ficor lo ocurrido—. La respiración de María fue apaciguándose hasta recuperar el ritmo, y cuando Zaida regresó con el pedido, la encontró profundamente dormida y a la dama de compañía hecha un mar de lágrimas.
—La pomada es para el pecho y la espalda, abrirá sus pulmones —
indicó el médico a las dos mujeres antes de despedirse—; y el jarabe para calmar los accesos de tos.
Zaida lo acompañó de vuelta al barrio musulmán y, en un gesto de agradecimiento, le besó la mano en el momento de la despedida.
—Tu señora está muy enferma y no sanará. Su mal no tiene cura y la vida se escapa de su cuerpo como de un odre agujereado; se consumirá poco a poco, aunque no será enseguida —añadió el médico con una sonrisa comprensiva al observar el dolor en los ojos de la mujer—. Aparte de otros males, su corazón sufre de melancolía y no hay remedios milagrosos para las enfermedades del espíritu, salvo la propia voluntad.
—Doña María siempre ha tenido un carácter fuerte…
—No es cuestión de carácter, sino de deseo de vivir, y ella no lo tiene.
En cuanto se recuperó, María escribió a Serrano reclamando noticias de su hijo. Llevaba meses sin saber nada de él y temía por su salud y también por su vida. El arzobispo le había hecho llegar una copia del perdón real, leído en Valladolid en medio de una gran pompa y ante el propio don Carlos, de regreso al reino que había abandonado dos años atrás, dejándolo inmerso en medio de un conflicto sin precedentes en su historia.
—¡Muy propio de él! —exclamó excitada al leer el contenido del documento—. Cuenta las cosas a su modo y, encima, se proclama representante de Dios.
—¿Qué dice? —preguntó la señora Valenzuela sin poder ocultar su curiosidad.
—«Acatando que la clemencia y la piedad es cosa conveniente y propia a los príncipes que tienen las veces de Dios en la tierra» —leyó María con desdén—. ¡Las veces de Dios en la tierra! ¡La osadía de algunos hombres no tiene límites!
—Es el rey…
—Es sólo un ser nacido de reina, ni más, ni menos. No es el representante de Dios, no es un santo ni un profeta y, desde luego, está bien lejos de serlo. Los seres humanos nacen todos iguales, desnudos del vientre de sus madres, y los monarcas tienen más obligaciones que derechos, pues suya es la obligación de velar por el bien de sus subditos y no de aprovecharse de ellos y abandonarlos para ir en busca de otras coronas compradas con el sudor del pueblo.
—¿Y el perdón? —preguntó la dama de compañía, ansiosa por conocer si el nombre de su señora estaba entre los perdonados.
—Don Carlos perdona al pueblo, a excepción de estos que aparecen en la lista acusados de traición —María ojeó los nombres—: don Pedro de Ayala, conde de Salvatierra; don Pedro Girón…, mirad, ¡de poco le ha valido a éste su traición!; don Pedro Laso de la Vega, otro que flaqueó cuando más falta hacía; Juan de Padilla, ajusticiado… —la voz se le quebró, pero continuó leyendo—, doña María Pacheco…
Levantó la cabeza al escuchar el gemido de su dueña.
—¡Vamos, vamos, señora! ¿Acaso os imaginabais que iba a tratarme a mí de manera diferente a mi marido?
—Sois mujer y miembro de la nobleza.
—Por eso, querida amiga, por eso.
La lista parecía interminable: nombres, oficios, ciudades, se mezclaban en un baile macabro en el cual aparecía de vez en cuando la palabra
«ajusticiado». María buscó los nombres de los condenados de Toledo que aparecían aquí y allá: Hernando Dávalos, el buen tío de su marido, Juan y Gonzalo Gaitán, Juan Carrillo, el maestrescuela Álvarez Zapata, Francisco y Fernando de Rojas, Pedro y Fernando de Ayala, Pedro Ortega, el doctor Martínez, el bachiller García de León, el canónigo Rodrigo de Acebedo…, todos conocidos, muchos buenos amigos, algunos ya muertos.
—Algún día alguien escribirá la verdadera historia de las Comunidades, lo que realmente ocurrió.
—Hacedlo vos.
María miró a la señora Valenzuela con curiosidad. Había aceptado su compañía porque su hermana se lo había rogado con insistencia, aunque con la intención de enviarla de vuelta en cuanto pudiera disponer de dinero suficiente. En un principio, le había parecido una persona simple, carente de interés, pero a medida que la conocía descubrió en ella a una mujer leída con la que poder hablar. Hija de un oscuro militar y sin dote, condenada a no encontrar marido, no le había quedado más remedio que trabajar como dama de compañía de la condesa, pero había suplido con el estudio la falta de cariño de un hombre y de unos hijos. Su negativa a abandonarla cuando ella se lo propuso la dejó confusa y agradecida.
—¿Me ayudaríais? —le preguntó.
—Me sentiría muy honrada.
—Decidme, ¿por qué os habéis quedado aquí conmigo en vez de regresar al lado de mi hermana, a la seguridad que ella os brinda?
—La señora condesa me rogó que velara por vos…
—Ningún ruego puede obligar al exilio.
—Sí, si la persona que nos lo pide merece ser obedecida y… —la señora Valenzuela dudó unos instantes antes de continuar—, si la persona a quien ahora se sirve es digna de respeto y admiración.
A partir de aquel día, María se aplicó a la tarea. A veces escribía ella misma y otras dictaba el texto a su dueña. Los recuerdos políticos se mezclaban con los personales, la exposición de las discusiones durante los primeros días de las Comunidades con su llegada a Toledo, sus conversaciones con las damas del barrio de Santa Leocadia con la muerte de su niño recién nacido, las batallas con sus noches de amor. Algunas tardes, la tensión de tanto esfuerzo acababa por agotarla, y Zaida se veía obligada a intervenir para poner fin al trabajo que absorbía a las dos mujeres; retiraba los pocillos de la tinta y los útiles de escritura y se llevaba las hojas ya escritas ante las protestas de María y la sorpresa de la señora Valenzuela por el comportamiento descarado, en su opinión, de la sirvienta.
Las tres acababan charlando y tomando tisanas de hierbas y pastelillos de
almendras, acompañadas en ocasiones por Dávalos, Sosa y Ficor. El pequeño grupo de exiliados se transformaba entonces en una familia, lo más parecido a la rama desgajada de su tronco que aún conserva suficiente savia para extender sus raíces.
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