La comunera
Octubre de 1523
Una carta trocó el renovado ánimo de María en desesperación.
Permaneció inmóvil al leer su contenido, con los ojos fijos en el papel, sin pestañear, sin casi respirar, mientras la señora Valenzuela y Zaida se miraban preocupadas. Finalmente, y sin poder aguantarse más, la morisca se aproximó y le tocó en el hombro. Su reacción las sumió en la perplejidad más completa. La mujer que se había mantenido firme tras la muerte de su marido, su huida y su exilio, y raramente mostraba sus sentimientos, rompió a llorar con tal desconsuelo que no hubo forma de calmarla. Sus gritos y sollozos atrajeron a Sosa y Ficor, que acudieron alarmados a la habitación y contemplaron, impotentes, el tremendo dolor de su señora. La dama de compañía recogió la carta caída en el suelo y la leyó sin poder retener las lágrimas. Con toda la pena de su corazón, el impresor Serrano comunicaba a doña María que el pequeño Pedro había muerto de peste a finales del verano en la villa de Alhama de Granada.
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