La comunera
Junio de 1526
Durante más de tres años María convaleció de una enfermedad ante la cual los mejores remedios se mostraban ineficaces. No empeoraba, pero tampoco mejoraba para desesperación de las cuatro personas que la velaban de día y de noche. Ahmad ibn al-Barazi iba a visitarla a menudo, más en calidad de amigo que de médico. Ambos disfrutaban de su mutua compañía y sus conversaciones eran largas y fructíferas. Al anciano musulmán le llenaban de asombro la inteligencia y los conocimientos de su paciente, joven y mujer, y María encontraba en él un hombre erudito, conocedor de las obras de los grandes filósofos árabes y también cristianos y hebreos. Pero era sobre todo su origen común, Granada, lo que les aproximaba, a pesar de pertenecer a dos grupos antagónicos, tan diferentes en sus creencias y cultura. El amor del médico por el paraíso perdido y el de María por la tierra de sus sueños lograron crear entre ellos un lazo afectuoso e igualmente nostálgico. El día en que ella descubrió que su amigo conocía los poemas escritos en la Alhambra gozó de uno de los pocos momentos felices de su exilio.
—Contemplaba durante horas los caracteres árabes escritos en las paredes del palacio —le confesó—, deseando que alguien pudiera leerlos para mí.
—Son ya muchos años los que llevo alejado de la tierra en la que nacieron mis antepasados —suspiró el médico—, pero guardo grabados en mi memoria tantos recuerdos que sólo he de cerrar los ojos para volver a encontrarme allí, rodeado de flores, aromas y belleza. Mi padre era médico del príncipe Boabdil y yo solía acompañarle en sus visitas.
—¿Nunca habéis regresado a Granada, ni siquiera de visita?
—¿Para qué? Prefiero conservar mi añoranza. He borrado de ella la miseria de la guerra, la visión de cuerpos mutilados, la destrucción de nuestras mezquitas… En su lugar, mantengo viva la imagen idealizada del jardín de Allah, grande y misericordioso.
—¿Y los versos…?
—Ah, los versos…
Yo soy un orbe de agua que se muestra a las criaturas diáfano y transparente;
un gran océano cuyas riberas
son labores selectas de mármol escogido
y cuyas aguas, en forma de perlas,
corren sobre un inmenso hielo primorosamente labrado.
Permanecieron unos instantes en silencio mientras en la habitación flotaba aún el eco de los versos rescatados del pasado. Por la ventana abierta les llegó la llamada de un aguador, se miraron y sonrieron.
—¿Hablan de una fuente? —preguntó María refiriéndose a los versos.
—De la del jardín de la Daraxa o Lindaraja, como la llaman los cristianos. ¿Conocéis el lugar?
—Sí…
Su voz fue un hilillo, un suspiro, el aleteo inaudible de unas alas de paloma en medio del fragor de una batalla. Se vio a sí misma paseando por el jardín acompañada de Juan y, al igual que hacía el anciano, no tuvo más que cerrar los ojos para ver a su amado iluminado por las luces del atardecer y un par de lágrimas resbalaron silenciosas por sus mejillas.
—Siento haber evocado en vos recuerdos tristes —se disculpó Ibn al-Barazi, ciertamente pesaroso.
—No son tristes, todo lo contrario, mi querido amigo. Proseguid, os lo ruego, recitadme otro poema escrito en los muros del que también fue mi hogar.
Aquel día, el médico abandonó el palacio arzobispal más tarde que de costumbre, dejando a María dormida con la sonrisa en los labios. Aunque
estas visitas no mejorasen su salud, sí aliviaban su estado anímico. Recobró el gusto por la lectura, en especial por los libros de medicina en los cuales intentaba hallar la causa de sus males, y también retomó el trabajo de escribir la historia de las Comunidades, aunque ella se limitaba a dictar y la señora Valenzuela escribía. De vez en cuando, se animaba a jugar una partida de damas con ella, pero ya no tenía el ímpetu que la había caracterizado desde su infancia y la partida solía quedar inacabada.
Permanecía horas en silencio, perdida en sus recuerdos, y sus acompañantes estaban seguros de que esperaba la muerte como una liberación para todos sus males de cuerpo y de alma. También mantenía largas charlas con Hernando Dávalos, cuya salud le preocupaba más que la suya propia. El tío de Juan había envejecido en tres años más que en los diez anteriores; su cabello se había vuelto totalmente blanco y se perdía dentro de sus ropas.
Permanecía la mayor parte del tiempo sentado en una silla, con la mirada ausente, preguntándose la razón del fracaso de una idea que había hecho vibrar los corazones y alentado las esperanzas de tantos miles de personas.
—Tal vez no estábamos aún preparados —meditó María más para sí que en respuesta a la pregunta de su compañero de infortunio.
—El pueblo nos seguía…
—Pero teníamos enfrente a una casta de hombres poderosos que han hecho de la guerra un oficio. ¿Os habéis detenido a pensar que los títulos nobiliarios son en realidad recompensas por triunfos militares a lo largo de generaciones? Decidme uno cuyos antepasados no intervinieran en alguna batalla victoriosa a favor de este o aquel rey. Llevan la guerra en la sangre y el bagaje de nuestros valientes comuneros estaba formado solo por el deseo de justicia y libertad.
—¿Queréis decir que nunca podremos vencerlos? ¿Nunca cambiarán las cosas?
—Cambiarán, nosotros hemos empezado a cambiarlas, pero llevará tiempo, aunque vos y yo no lo veamos.
Eran conversaciones inútiles que los deprimían, pero no podían evadirse de los recuerdos y volvían una y otra vez sobre ellas, deseando justificarse y, al mismo tiempo, castigarse por su fracaso.
Asimismo, acudían a visitarla otras personas, todas huidas de la persecución organizada tras la rendición y en su mayoría gentes instruidas.
Pronto se creó a su alrededor un círculo de asiduos cuyas conversaciones giraban casi siempre en torno a su precaria situación. Los rumores de amnistía llegados de Castilla se transformaban en verdades esperanzadoras para ser desmentidos más tarde, sumiéndoles de nuevo en la tristeza.
También se comentó la triunfal entrada en Toledo de don Carlos, tres años después de la derrota de las Comunidades, acompañado por duques, marqueses y condes castellanos, embajadores y príncipes extranjeros, obispos y cardenales; de increíbles y costosas fiestas organizadas en su honor por los nobles que competían entre sí para ver cuál de ellos superaba a los demás, entre ellos el marqués de Villena, el hombre que había negado asilo por una noche a su desventurada sobrina; de corridas de toros, justas y bailes de máscaras; de olvido para los exiliados cuando no de su detención y encarcelación. Dicho proceder había creado cierta tirantez en las relaciones del almirante Enríquez con el monarca. El virrey había empeñado su palabra de perdón para lograr la rendición o traición de algunos comuneros importantes, pero don Carlos se había negado a mantenerla, ordenando la prisión o ejecución de los mismos.
Se hablaba asimismo de antiguos compañeros como Juan Gaitán, el valiente y esforzado soldado cuya última acción había sido pasarse al bando enemigo y tomar parte en el ataque a la casa de María el día de San Blas.
—Roma no paga a traidores y don Carlos tampoco —se limitó a decir ésta al saber que el hermano de Gonzalo, el amigo de Juan, había sido encarcelado y había muerto en prisión.
De don Pedro Laso de la Vega se decía que estaba empeñado en regresar a su casa por todos los medios. En su primer año de exilio, el hidalgo toledano había cruzado la frontera con Extremadura en numerosas ocasiones y se había hecho fuerte en la fortaleza de Los Arcos, propiedad de su madre, aunque había vuelto a huir al ser sitiado el castillo por tropas reales. También se decía de él que había matrimoniado, al quedar viudo de su primera mujer, con una adinerada dama portuguesa del entorno de la emperatriz doña Isabel y esperaba el perdón por mediación de ésta.
De don Pedro Girón, el traidor que había permitido la toma de Tordesillas por los imperiales, se sabía que había intervenido en la guerra de Navarra, siendo incluso herido durante una batalla. Había logrado el perdón a condición de seguir haciendo méritos fuera del país y ahora se hallaba luchando en el norte de África.
A María acabaron por cansarle los chismes y, más aún, la triste resignación de sus visitantes. No le interesaban las andanzas de Laso de la Vega ni de otros como él, traidores a la causa por la cual su querido Juan había perdido la vida. Estaba segura de que, antes o después, lograrían el perdón real, aunque tuviesen que rebajarse, renegar del movimiento que ellos mismos alentaron con proclamas y discursos mientras les fue bien y abandonaron cuando las cosas comenzaron a torcerse, en parte, por su culpa.
Su propia situación tampoco era muy segura como asilada bajo la protección del arzobispo de Braga. Don Carlos no la había olvidado. No pasaba un mes sin que su embajador o algún representante real se personasen en el palacio reclamando a la fugitiva, pero don Diego de Sousa se mantenía firme en su decisión: doña María Pacheco saldría del palacio únicamente por voluntad propia. A pesar de la mediación de sus hermanos Luis y Antonio, ambos consejeros y próximos al emperador, éste había dejado bien claro que jamás perdonaría a la mujer a la cual responsabilizaba de la sublevación de uno de sus reinos por haber sido ella, según le habían informado, quien había inducido a su marido a rebelarse contra él; era culpable de la prolongación del conflicto en el cual su autoridad se había visto menoscabada y, además, también le había hecho perder una considerable fortuna.
Había regresado a España meses después de la caída de Toledo, dispuesto a ejercer como único rey y señor, aunque su madre continuara siendo la reina propietaria. Una de sus primeras decisiones fue condenar a muerte sin apelación a trescientas personas, todas ellas significativas dentro del movimiento comunero. En la lista aparecían desde un conde, el de Salvatierra de Álava, don Pedro López de Ayala, a quien habían cortado las venas y dejado desangrarse en la cárcel de Burgos, hasta un zapatero de León, de nombre Rodrigo Decimantes, pasando por escribanos, tundidores,
frailes, médicos, hombres de leyes, regidores, secretarios, campesinos, criados, bachilleres, barberos, canónigos, regidores y muchos más. Algunos habían huido de sus casas, otros habían sido ajusticiados inmediatamente después de haber sido presos, y otros, como el maestrescuela Álvarez Zapata, se pudrían en los calabozos a la espera de juicio. Pero sólo había una mujer entre ellos: María, una piedra en su real zapato de la cual sólo quería oír hablar cuando su cabeza fuera clavada en una pica, al igual que lo había sido la de su marido.
El viajero se detuvo al llegar al puente. Iba embozado en un capellar, un manto al estilo morisco que le cubría media cara, y montaba una jaca cordobesa de dos cuerpos, muy parecida a una yegua, de sólida planta y crin lustrosa. Permaneció largo rato contemplando la ciudad sin decidirse a cruzar el puente, hasta que finalmente espoleó al animal y entró en Toledo.
Ascendió la cuesta sin dar reposo a su montura y la dejó, finalmente, en una caballeriza pública situada a la entrada de la plaza de Zocodover. Al igual que en el puente, el hombre contempló sin moverse durante un buen rato los puestos de los mercaderes y las discusiones entre compradores y vendedores por el precio de las mercancías. Todo parecía igual a como él lo había dejado al marcharse. Después se dirigió a la calle Ancha y anduvo despacio hasta llegar a la vieja imprenta, clausurada por orden de la Inquisición, según rezaba el papel clavado en la puerta. Desde fuera comprobó que también la casa había sido sellada por la misma institución, pero los precintos habían sido rotos y podía apreciarse sin demasiado esfuerzo que su interior había sido desvalijado. Francisco Serrano, el impresor, regresaba a la ciudad cuatro años después de su salida para encontrar destruido el esfuerzo de toda su vida.
Algo más tarde alquiló una habitación en un hostal del callejón de los Bodegones, lugar siempre concurrido pues en casi todos los portales se abría una taberna o una bodega, y de ahí su nombre. Pagó una semana por adelantado, ganándose de inmediato al hostelero y a su mujer, poco acostumbrados a gestos semejantes y sí más bien a espiar a sus huéspedes para evitar que se fueran sin abonar lo debido. No los conocía, pero no era
algo extraño porque era imposible conocer a todo el mundo en una ciudad tan poblada como Toledo. Por su acento dedujo que eran extremeños, aunque no indagó. No deseaba entrar en familiaridades ni dar explicaciones.
Había recuperado su figura más bien tirando a oronda y dejado crecer sus cabellos y barbas, ahora completamente canos. Si hubiera vestido hábito en lugar de las ropas moriscas, cualquiera lo hubiera tomado por un fraile franciscano y ello ayudaba a sus planes. No quería ser reconocido, al menos hasta evaluar la situación y comprobar si estaba o no en alguna lista de perseguidos. Habían llegado noticias hasta Alhama hablando de las drásticas medidas tomadas por el corregidor Zumel tras el último levantamiento de la ciudad, y no quería correr riesgos inútiles. Por esta razón había elegido un albergue a cierta distancia de la calle Ancha, para evitar encontrarse con gente conocida. El dinero no era un problema. Aún guardaba intacta la suma entregada por doña María, casi sus ganancias de todo un año trabajando en la imprenta; asimismo, Pedro López de Padilla le había hecho entrega de una cantidad similar al regresar a Toledo pocos días después de haber dejado al niño y a él en casa del regidor Maldonado.
—El regidor ha sido debidamente remunerado —le informó antes de marcharse—, pero os dejo esta cantidad para el caso de que mi sobrino necesite algo especial.
Él no le dijo nada sobre el dinero de doña María, ¿para qué? Más valía callar pues nunca se sabía lo que podía ocurrir. El tío del niño regresó algunos meses después, pero no le reclamó la suma y él no se la recordó. En caso de que las cosas fueran mal, al menos tendría suficiente para subsistir, algo que había hecho desde su marcha de Alhama.
Cada vez que pensaba en el pequeño Pedrico, los ojos se le llenaban de lágrimas. Llegó a quererlo como si hubiera sido su propio hijo, aquel Juan Bautista muerto en Mora sin haber vivido, sin que él lo hubiera tenido en sus brazos ni besado sus mejillas sonrosadas. Pedro era un niño serio, demasiado serio para su corta edad, pero sus ojos, grandes y negros, estaban llenos de interés por las cosas que le rodeaban; querían aprenderlo todo, saberlo todo. Podía pasar horas enteras haciendo dibujos o extasiarse en la contemplación de un hormiguero; podía de pronto hablar en perfecto castellano como un niño viejo y, poco después, escuchar embelesado un
cuento de brujas y dragones. Aunque fuera dócil y obedeciera siempre sin rechistar, en muchos aspectos le recordaba a doña María.
Los primeros meses fueron buenos. El niño se sentía muy excitado por el viaje; para él era la primera aventura de su joven vida. Salir del ambiente triste y belicoso que lo rodeaba en Toledo le había sentado muy bien. Pedro López de Padilla no era un compañero alegre, tenía la cara y las manos hinchadas debido a una extraña enfermedad, su carácter era más bien adusto, pero quería mucho a su ahijado, eso saltaba a la vista. Permaneció con ellos un par de semanas y aburrió hasta la saciedad a Serrano con sus consejos sobre cómo ocuparse de su sobrino. La familia Maldonado los recibió con los brazos abiertos y el niño encontró unos ruidosos compañeros de juego en los hijos del regidor granadino. El impresor, sin embargo, no dejaba de preguntarse por qué razón habían llevado a Pedrico a aquel lugar, cuando su tío, el marqués de Mondéjar, vivía a pocas millas de distancia, en la ciudad de Granada. No se atrevió a preguntárselo al cuñado de su señora y, por supuesto, tampoco al señor Maldonado. Escribió una carta a doña María al día siguiente de haber llegado a Alhama hablándole del viaje y, sobre todo, de su hijo, y ella le respondió tres semanas más tarde. Le escribió de nuevo y esta vez no hubo respuesta.
Poco después llegó la noticia de la rendición sin condiciones de Toledo, la desaparición de doña María y la ejecución o apresamiento de los principales responsables de la Comunidad toledana. También se supo que don Pedro Laso de la Vega, Hernando Dávalos y otros hidalgos se hallaban huidos por temor a las represalias. ¿Qué ocurriría ahora con el pequeño Padilla? Terribles pensamientos ocuparon la mente del impresor durante días. No pudo pegar ojo en varias noches, esperando la llegada de hombres armados en busca del niño, pero nadie fue en su busca y tampoco varió el comportamiento cariñoso hacia él del regidor y de su familia.
Transcurrieron varios meses hasta que, por fin, llegó una carta de doña María comunicando que se hallaba en Portugal, protegida por el arzobispo de Braga. Reclamaba noticias de su hijo, y Serrano se apresuró a escribirle una larga misiva sin obviar su propia preocupación por no haber sabido nada de ella durante tanto tiempo.
Dos primaveras habían transcurrido desde su llegada a tierras andaluzas cuando Pedrico enfermó de peste. Primero fueron unos bultos bajo las axilas y en las ingles y la aparición de unas manchas en el pecho, seguida de fiebre alta. No había ninguna duda en cuanto a la identidad del mal pues, desde la última gran pandemia unos años antes, la enfermedad no había dejado de hacer aparición en tierras andaluzas causando innumerables bajas entre la población, en especial mujeres embarazadas y niños. Maldonado y su mujer, aterrorizados, rogaron a Pedro López de Padilla que se llevara a su sobrino lejos de su casa.
—Comprendedlo, nuestros hijos pueden contagiarse.
—El doctor ha dado esperanzas.
—Dios lo quiera, pero no podemos arriesgar la vida de nuestros hijos —
insistió el regidor.
—¡Lleváoslo, por Dios bendito! —exclamó su mujer presa de un ataque de nervios.
—Catalina, la viuda de Alonso Rodríguez está dispuesta a acogerlo en su casa. Es una buena mujer que se ocupa de los apestados.
Pedro había regresado a Alhama una vez pacificada Toledo. El clima andaluz aliviaba su hinchazón y deseaba estar junto a su sobrino, ahora que ya no tenía ni padre ni madre. El hombre, soltero y con pocas posibilidades de casarse dados su físico y su carencia de bienes, esperaba criar al niño como si fuera el hijo que la Naturaleza nunca le daría. Por otra parte, corrían malos vientos para los Padilla en su ciudad de origen. El doctor Zumel había ordenado derribar las casas, arar el solar y esparcir sal sobre él para que ni la hierba creciese en el lugar desde el cual se había liderado la revuelta comunera. Gutierre y él pudieron sacar algunas de sus pertenencias, pocas, antes de que la orden del corregidor se llevase a efecto.
Contemplaron impotentes cómo les arrebataban los muebles, cuadros y objetos valiosos y la posterior destrucción del hogar de sus padres. De nada valieron sus protestas de lealtad. Con aquel gesto, Zumel se vengaba del jefe comunero ejecutado en Villalar, pero más aún de su enemiga personal, doña María Pacheco, que había osado enfrentarse a él e insultarle en su propia cara. También ordenó colocar un monolito con una inscripción injuriosa para ambos. Los objetos personales de la fugada fueron
inventariados, entre ellos una pulsera y una gargantilla de oro, lo único valioso que aún quedaba, puesto que María había empeñado todas sus joyas para pagar a sus hombres. Cuando el corregidor amenazó con llevar a juicio a Gutierre acusándolo de haber ayudado a su cuñada, Pedro decidió poner tierra por medio y regresar a Andalucía, donde todavía conservaba buenos amigos.
—Quedad en paz, Maldonado, me llevo a mi sobrino a casa de la viuda.
Habéis sido generoso con el niño y desagradecido sería yo si pusiera en peligro a vuestra familia.
Serrano se encargó de transportar en sus brazos hasta la casa de Catalina al pequeño envuelto en una manta. Su peso era liviano, su carita estaba húmeda y la fiebre le hacía tiritar. Si en aquel momento había en el mundo un ser humano desvalido, pensó el hombre, ése era sin duda el pobre Pedrico. Durante siete días el médico, su tío, la señora Catalina y él lucharon para arrancar a la Muerte su presa, pero todo fue inútil. El niño murió y fue enterrado en una capilla de Santa María la Mayor. El impresor no recordaba cuándo había llorado por última vez, pues ni siquiera lo había hecho por lo ocurrido en Mora. Lloró entonces por los dos, por su hijo y por el de Padilla, y también por todas las criaturas, víctimas inocentes de una guerra cruel como lo eran todas.
Tras el funeral, se sentó junto a la ventana en la cocina de la viuda, cogió sus útiles de escritura y comenzó a escribir. Jamás en su vida se había visto obligado a llevar a cabo algo tan difícil como decirle a una madre que su único hijo, el fruto de su amor, yacía bajo una losa, lejos de ella, entre extraños. Varias veces inició el escrito y rasgó el mismo número de hojas.
Por un momento se le pasó por la cabeza dejar a Pedro López de Padilla el enojoso trámite de comunicarle la mala nueva a su cuñada, pero recordó las últimas palabras de doña María confiándole el niño porque él era lo más importante de su vida. Finalmente, y con la ayuda de un buen pote de hidromiel que la viuda le sirvió al observar sus dificultades, escribió la carta, la selló y se la entregó al regidor Maldonado para que se encargara de hacerla llegar a su destino. Horas después aparejó la jaca, abandonó Alhama sin despedirse y anduvo varios meses yendo de pueblo en pueblo.
Y ahora estaba de nuevo en la ciudad del Tajo, con su negocio confiscado, su casa desvalijada y sin trabajo. El dinero de doña María no le duraría mucho más, por lo tanto era preciso averiguar si su nombre estaba en la lista de los proscritos clavada en la pared del Ayuntamiento antes de decidir lo que hacer. Respiró aliviado al comprobar que no lo estaba pero, aun así, tampoco podía echar las campanas al vuelo y prefirió mantenerse cauto. A continuación se dirigió a casa de Andrés de la Espina. Lo vio desde cierta distancia, detrás del mostrador repleto de libros abierto a la calle. Estaba atendiendo a un cliente y pudo observarlo a su gusto durante un buen rato con el corazón encogido. El librero no era ni una sombra de lo que había sido. Aquel hombre de cabello descuidado, ropas demasiado holgadas para su delgadez y mirada perdida en nada recordaba al hombre bastante mayor que él, pero que siempre había alardeado de mantener una figura cuidada tanto en lo físico como en el vestir. Esperó para aproximarse a que el cliente se hubiera marchado.
—Dios esté con vos, maese Andrés.
—¿Qué deseáis, caballero?
—Soy Francisco Serrano —susurró el impresor acercando un poco su rostro al del librero.
Maese Andrés lo miró con atención y durante un brevísimo instante el reconocimiento del viejo camarada brilló en sus ojos.
—He recibido un hermoso ejemplar de la Biblia del cardenal Cisneros que os puede interesar —dijo después con voz neutra.
—Pero, maese…
—Aunque tal vez os agrade esta reimpresión de los versos del poeta Manrique —le interrumpió el librero mostrándole la obra.
Sorprendido y apenado, el impresor hizo un gesto negativo con la cabeza y se giró para irse.
—Llevaos los versos, ojeadlos y devolvédmelos esta noche en caso de que no sean de vuestro agrado.
Se giró de nuevo. Maese Andrés le alargaba el libro con una súplica en la mirada y él lo cogió.
—Recordad que debéis devolvérmelo esta misma noche porque hay otro cliente interesado y vendrá mañana a por él.
—Lo haré, lo haré…
Antes de regresar a la posada, el impresor se acercó a la curtiduría. En aquel lugar no parecía que hubiera pasado el tiempo; todo continuaba igual.
Matías, sus hijos y aprendices se ocupaban de las pieles en medio del fuerte olor a tanino que todo lo impregnaba. La alegría del curtidor fue sincera, abrazó a Serrano hasta cortarle el resuello y le instó a beber un poco de vino y a comer el potaje sobrante del almuerzo. Ni ellos ni los demás curtidores de la calle habían sido molestados tras la derrota definitiva de la Comunidad, le informó, aunque algunos soldados habían entrado en sus casas llevándose las mejores pieles ya curtidas. El pillaje era habitual en casos parecidos y lo más sabio era mantenerse impasible y permitir que los ladrones obraran a su antojo y los dejaran luego en paz. No había habido demasiadas represalias en la ciudad, excepto contra los fieles seguidores de doña María Pacheco, apresados y ejecutados sin juicio alguno, y contra aquellos cuyos nombres habían sido exceptuados del perdón real, la mayoría huidos junto a otras personas que no aparecían en la lista pero temían ser delatadas por sus simpatías comuneras. Al resto de la población la habían dejado más o menos tranquila.
—Si el rey hubiera condenado a todos los que se le han enfrentado, Castilla entera sería ahora un inmenso pudridero y ¿quién trabajaría para ellos? —preguntó el curtidor con un tono irónico cargado de amargura—.
¿Quién labraría los campos, trabajaría en las herrerías y en los talleres, quién se ocuparía de las ovejas? Estoy seguro de que a algunos nobles les habría gustado ver los árboles llenos de cadáveres colgando de sus ramas como frutas maduras, pero ¿quién pagaría entonces las pechas y las alcabalas?
—¿Qué ocurrió con mi casa y mi taller? Tienen el sello de la Inquisición.
—Los escribanos, clérigos, libreros e impresores fueron, después de los hombres de armas, los primeros en ser expurgados. Os acusaron de propagar las ideas comuneras, pero no parece que nadie os ande buscando.
Todavía guardo vuestras llaves.
—Guardadlas algún tiempo más. No sé aún lo que voy a hacer, pero probablemente volveré a ausentarme de Toledo hasta que las cosas se hayan
calmado algo más.
—No tengáis cuidado —afirmó el curtidor al despedirse—. Yo me ocuparé de vuestras cosas y velaré por vuestra casa y también por el taller hasta vuestra vuelta.
—Soy afortunado contando con un amigo como vos.
—Tengo buena memoria y jamás olvidaré que vos me socorristeis cuando precisaba ayuda.
Serrano regresó a la posada y se encerró en su habitación, esperando impaciente a que las horas pasaran para ir a reunirse con su viejo amigo.
Aprovechó el tiempo que le quedaba para ojear el libro de versos del poeta.
Recordó que él tenía un ejemplar parecido a aquél y este recuerdo le llevó a pensar en su rincón secreto, su biblioteca particular, mucho más rica que la de muchos de algunos que presumían de ilustrados. ¿Habrían los desvalijadores descubierto el escondite en el sobrado? Era difícil distinguir el portillo al final del corredor y él había quitado la escala para ascender hasta él antes de alistarse en el ejército comunero, pero era imposible esconder nada a los ladrones. Suspiró y se quedó dormido sentado en una incómoda silla de mimbre. Cuando despertó, el sol acababa de ocultarse.
Un rato más tarde entraba en la casa de maese Andrés por la puerta trasera.
—No quise reconoceros por si acaso —se disculpó el librero tras fundirse en un abrazo con su antiguo colaborador.
—Al principio me sorprendí, pero luego me di cuenta de que no deseabais reconocerme en la calle.
—Así es, querido amigo. Están siendo tiempos muy difíciles para las personas que apoyamos a la Comunidad. Estamos en la mira de los imperiales, de los inquisidores y de los nuevos amos de Toledo.
—¿Tanto?
—Han pasado casi cuatro años desde la caída definitiva de la ciudad y la huida de doña María, Laso de la Vega, Dávalos y otros; y aún siguen ejecutando, encarcelando y multando.
—Pero el perdón real…
—¡Id a hablarle del perdón real al doctor Zumel! —exclamó el librero en un tono de impotencia más que de enfado—. El antiguo comunero actúa como el converso que ha de demostrar la verdad de su conversión; su
ataque hacia los que una vez fueron sus correligionarios es inmisericordioso. Han encarcelado al maestrescuela Álvarez Zapata, el canónigo Acebedo permanece retenido dentro de la catedral y a otros muchos los han exiliado; ejecutaron a más de un centenar sin juicio, a Moyano y a los demás que apoyaron a doña María hasta el final. También a vuestro amigo, el cordelero. A algunos los ahorcaron sin más, a otros los descuartizaron como ejemplo.
Serrano sintió un estremecimiento.
—¿Y vos? —preguntó para ahuyentar los fantasmas.
—Me tienen bajo vigilancia y cualquier día vendrán a por mí. Se han ocupado de los de la primera fila y luego irán a por los de la segunda.
Tampoco me importa demasiado. Soy ya viejo y, antes o después, me llegará la hora de dar cuentas de mi vida, pero mi conciencia está tranquila.
Hablaron durante horas, encerrados en el cuartillo de la contaduría del librero, hasta que finalmente el impresor se despidió.
—¿Qué pensáis hacer? —preguntó maese Andrés con curiosidad, como si nada hubiera ocurrido y estuvieran hablando de negocios.
—Iré a Salamanca; tengo parientes y nadie me conoce allí.
—Id con Dios entonces.
—Quedad vos con Él.
Al salir de la casa del librero, Serrano pasó por delante de la suya y por un momento se le ocurrió la idea de entrar y comprobar si su escondite secreto continuaba a salvo, pero no lo hizo. No quería arriesgarse a que alguien lo viera entrando en una propiedad sellada por la Inquisición. Se acercó al lugar donde un par de años atrás se alzaban las casas de los Padilla. No quedaba de ellas ni un pedazo de muro y el suelo era todo polvo y piedrillas. Se aproximó a la piedra en la que el doctor Zumel había hecho inscribir la condena de Juan de Padilla y María Pacheco y la leyó en silencio, alumbrándose con el hachón que le había proporcionado el librero.
—¿Sabéis leer?
Se giró. Un hombre al cual le faltaba un ojo se hallaba a un par de pasos de él, sostenido por un muchacho. Los dos iban vestidos con pobres ropas campesinas, ajadas y polvorientas.
—Sí.
—¿Podríais leer en voz alta lo que está ahí escrito?
—Es una condena…
—Lo sabemos, pero quisiéramos saber qué es lo que pone exactamente.
El impresor miró a su alrededor, temeroso de verse de pronto interrumpido por una patrulla. No quería preguntas, no quería leer para nadie las palabras grabadas en la piedra con la sangre de los comuneros, pero tampoco podía negarse a la súplica del pobre andrajoso.
—«Aquesta fue la casa de Juan de Padilla y doña María Pacheco, su mujer, en la cual por ellos y por otros, que a su dañado propósito se allegaron, se ordenaron todos los levantamientos, alborotos y traiciones que en esta ciudad y en estos reinos se hicieron en de servicio de Su Majestad y su justicia mayor en esta ciudad, y por su especial mandado, porque fueron contra su rey y reina y contra su ciudad, y la engañaron su color de bien público por su interés y ambición particular, por los males que en ella sucedieron; y porque después del pasado perdón de Sus Majestades a los vecinos de esta ciudad, que fueron en lo susodicho, se tornaron a juntar en la dicha casa con la dicha doña María Pacheco queriendo tornar y levantar esta ciudad y matar todos los ministros de justicia y servidores de Su Majestad. Sobre ello pelearon contra la dicha justicia y pendón real y fueron vencidos los traidores el lunes, día de San Blas, 3 de febrero de 1522 años».
Acabó de leer y giró la cabeza para mirar al hombre, estremeciéndose al observar cómo una lágrima caía lentamente de su único ojo e iba a perderse en la comisura de sus labios.
—Gracias —dijo el hombre inclinando la cabeza a modo de saludo y echó a andar, siempre apoyado en el hombro de su joven acompañante.
Con el corazón encogido, los vio desaparecer por la Portería de Santo Domingo. Después regresó a la posada, recogió sus cuatro cosas, sacó su jaca de las caballerizas públicas y salió una vez más de la ciudad como un fugitivo.
Al salir de Toledo, el impresor se dirigió a Salamanca con la mente puesta en una nueva vida, lejos de los recuerdos, pero tampoco allí pudo encontrar la paz. Uno de sus primos lo acogió en su casa con ciertas
reticencias. No había trabajo, le dijo, el oficio de encuadernador heredado de su padre apenas daba lo suficiente para mantenerle a él y a su familia; podía quedarse con ellos algún tiempo, no le faltaría un catre para dormir y un pedazo de pan que llevarse a la boca, pero cuanto antes buscase un apaño y otro alojamiento, mejor para todos. Acudió entonces al convento de los dominicos en donde había aprendido el arte de la impresión, pero el hermano portero no le permitió la entrada. Luego supo que, después de la rendición, algunos frailes habían sido paseados por la ciudad en sendos burros para mofa de sus contrarios y que casi todos habían sido dispersados por los conventos de la orden, alejados unos de otros. Su proclama y posteriores sermones a favor de las Comunidades no habían sido olvidados ni perdonados por los nuevos dueños de la situación.
Una tarde, cansado de buscar trabajo y de no encontrarlo, se acercó a la orilla del Tormes y se sentó a la sombra del viejo puente romano, testigo de la historia de Salamanca y de sus gentes. El otoño avanzaba sembrando la tierra de hojas de colores y el viento removía las aguas del río; cúmulos de nubes blancas como jirones de lana parecían suspendidos del cielo, y la ciudad y sus alrededores estaban en calma. Pensó, allí sentado, que le hubiera gustado ser poeta para poder describir el bello paisaje que contemplaban sus ojos o filósofo para meditar sobre los secretos de la vida, sin embargo sólo era un simple impresor. El dinero se estaba acabando y su primo insistía en recordarle que su estancia en su casa no podía alargarse mucho más. Él tampoco deseaba quedarse; no había calor en aquel hogar y echaba en falta un amigo con quien conversar.
Sus pensamientos volvieron a Toledo, a las apacibles tardes de verano cuando se sentaba a la puerta de su amigo el librero para hablar con éste y otras personas leídas de lo divino y de lo humano pero, sobre todo, de libros; o los atardeceres de invierno junto a un brasero, calentándose las manos y los pies y bebiendo un pote de hidromiel templado en compañía de su amigo Domingo el tintorero o de Matías el curtidor. También recordó a su querida Isabel y los escasos meses de felicidad compartidos con ella. No estaba seguro de si había sido un sueño de aquellos que de tanto repetirse uno llegaba a creerlos reales. Y doña María… Se la imaginó recibiendo la carta en la cual él le comunicaba la muerte de su hijo y notó un nudo a la
altura de la nuez que le obligó a tragar saliva varias veces. ¡Pobre señora!
¡Cuántas penas para tan poca edad! Sintió ganas de escribirle una larga carta, rescatar de su memoria los pequeños detalles omitidos en las anteriores y enviarle la figurilla de madera, regalo de Sosa, que él había conservado a la muerte del pequeño. Se levantó perezoso del suelo con los calzones húmedos por la sentada; el frescor del atardecer anunciaba una noche fría y las pocas personas con las cuales se cruzó apresuraban el paso para llegar cuanto antes a sus hogares.
No tenía ganas de regresar a la casa de su primo; el ambiente era deprimente. Éste y su mujer no hacían más que quejarse de sus penurias, pero no hacían nada para buscar una salida a los problemas y se limitaban a echar la culpa de todos sus males a los comuneros. Después de dar unas cuantas vueltas, decidió entrar en una taberna situada cerca de la catedral.
Era un lugar oscuro y mal ventilado, pero siempre estaba lleno de hombres dispuestos a olvidar sus penas con el alcohol o jugando una partida de dados o damas, a pesar de estar prohibido el juego en los locales públicos.
Pidió un pote de aguardiente y se sentó en una banqueta, en un rincón oscuro. Intentó pensar mientras contemplaba el contenido del pote; debía tomar una decisión pues no podía continuar igual ni un solo día más. Una voz del pasado le hizo levantar la vista.
Sentado a una mesa mugrienta, a cuatro pasos de él, se hallaba el comendador don Diego López de Avalos, el culpable de la muerte de las gentes refugiadas en la iglesia de Mora, el asesino de Isabel y de su hijo. El hombre vestía un ferruelo de terciopelo y llevaba en la cabeza una aparatosa gorra de fieltro con dos plumas. Le daba la espalda, pero lo hubiera reconocido en cualquier lugar y bajo cualquier disfraz. Creía haberlo olvidado, quería olvidar, pero la inesperada aparición le produjo una conmoción tan fuerte que tardó un rato en reaccionar. Luego, se apretó contra el muro tanto como pudo, esperando que el avieso personaje no mirase hacia el rincón, aunque era del todo improbable que lo hiciera. La victoria confería confianza y el hombre jamás hubiera imaginado que el impresor a quien había amenazado en Toledo, el hombre de doña María a quien casi había reconocido en la Sisla, pudiese estar tan cerca de él. Los dos individuos que lo acompañaban no parecían ser del tipo frecuentado por
un caballero. Tenían aspecto de mercenarios, de esbirros, de los vistos con profusión durante los últimos tiempos cuyo oficio era buscar a los comuneros huidos a cambio de una recompensa. Aguzó el oído y contuvo la respiración.
—Está en Braga, acogida al asilo del arzobispo Sousa —oyó decir al comendador—. El maldito clérigo se niega a entregarla a pesar de las peticiones que se le han hecho, incluidas las del propio emperador. Se halla alojada en el segundo piso del ala derecha y nunca sale del palacio.
—¿Y cómo haremos entonces? —interrogó uno de los individuos.
—Mi informante me ha comunicado que la acompañan cuatro sirvientes, dos hombres y dos mujeres. También me ha dicho que todas las tardes, a la caída del sol, los hombres acostumbran a acudir a una taberna unas calles más abajo. No habrá problemas. Los guardas de la puerta serán generosamente recompensados por no ver ni oír nada. La mujer está enferma y a las criadas podréis despacharlas de un golpe.
—De todos modos, puede ser peligroso…
—Don Carlos quiere a esa mujer juzgada y ejecutada como la criminal que es. Una vez os hayáis hecho con ella, viajaréis sin deteneros ni para orinar hasta la frontera. Yo mismo os estaré esperando en la frontera con Galicia, en Tuy, con una escolta para hacernos cargo de la prisionera. El señor a quien sirvo desea complacer a Su Majestad y os pagará una cantidad de dinero tan importante que podréis adquirir tierras y retiraros como hacendados.
Las últimas palabras del comendador fueron recibidas con comentarios irónicos, pero satisfechos, y a Serrano se le heló la sangre en las venas. No era necesario ser demasiado perspicaz para adivinar que aquellos tres estaban hablando de doña María Pacheco y haciendo planes para secuestrarla y devolverla a Castilla, donde sería juzgada por traidora y degollada. Esperó con el alma en vilo, sin atreverse a mover ni el dedo meñique, a que los hombres se marcharan de la taberna para hacerlo él también. No tuvo que esperar demasiado. Poco rato después, don Diego se levantaba de la mesa y dejaba caer encima de ésta una bolsa llena de dinero.
—Es para adquirir cabalgaduras, para los gastos del viaje y el alojamiento —informó a los mercenarios—. Recibiréis seis iguales a éstas a
vuestro regreso.
—¿Y si algo sale mal? —preguntó el primer individuo, manoseando la bolsa con avaricia.
—Más vale que no sea así y procurad no soltar ni media palabra. Os recuerdo que lo mismo se puede degollar por traidor a un comunero que a un forajido y… la mano de mi señor es larga, muy larga.
El comendador salió de la taberna, dejando a los dos hombres algo impresionados por la amenaza, pero la bolsa les hizo olvidar enseguida sus palabras y pidieron rápidamente una jarra de vino y algo de comer.
El impresor aprovechó la ocasión para salir él también después de esperar un tiempo prudencial para no toparse con su viejo enemigo. Apenas tardó unos momentos en recoger sus cosas y despedirse de su primo, a quien prometió enviarle pronto dinero por los gastos ocasionados. Había conseguido trabajo, le dijo, en Ciudad Rodrigo y debía estar en aquella localidad al día siguiente sin falta. Por un instante pensó que su pariente no le había creído y le exigiría más explicaciones sobre dicho trabajo, pero el hombre se limitó a soltar un gruñido y ni siquiera le dijo adiós. Un poco más tarde se hallaba en las caballerizas, pagó el alojamiento de su jaca andaluza con las últimas monedas de su bolsa y abandonó Salamanca con el ánimo agitado. Iría a Braga, haría fracasar el complot, devolvería en persona la figurilla de madera a su dueña y dedicaría el resto de su vida a consolarla y a velar por ella.
El sol comenzaba a ocultarse cuando salió de la ciudad y cogió el camino en dirección a Ciudad Rodrigo para proseguir desde allí hacia el reino vecino. No tenía ni idea de hacia dónde dirigirse y tampoco sabía dónde estaba la ciudad portuguesa, última dirección de doña María, pero no sería difícil encontrarla, se dijo, no tenía más que preguntar.
Le llevó una semana llegar a Braga. Dormía tan sólo unas horas cada día, a la vera del camino, oculto tras algún árbol o una ermita; siempre con las bridas del caballo en una mano y el cuchillo en la otra, dispuesto a saltar sobre cualquiera que intentase atacarle. Comía lo que encontraba, llegando a robar manzanas, peras o cualquier otro fruto o vegetal que se le pusiese al alcance.
Tuvo la fortuna de encontrar una caravana de gitanos que llevaban su misma dirección y se apiadaron de él al verlo canoso y con cara de hambre, a pesar de ir montado en un buen animal; compartieron con él su comida, le ofrecieron cobijo para la noche y durmió entre dos niños de tez morena y ojos estrellados. Lamentó despedirse de ellos en Viseu, antiguo cruce de caminos desde la época de los romanos, y llegó a pensar que no le importaría pasar el resto de su vida yendo de un lado para otro sin rumbo fijo, en compañía de unas personas que no le habían preguntado quién era, de dónde venía ni adonde iba. Eran libres como las aves y las disputas entre nobles, burgueses, artesanos y campesinos les traían sin cuidado; no pagaban impuestos y únicamente obedecían a los ancianos de su grupo y a su propia voluntad. La figurilla de madera oculta en su bolsa le recordó, sin embargo, la razón de su viaje.
Preguntó por el palacio arzobispal al llegar a Braga, a media mañana, después de dejar la jaca en una cuadra comunal y no tuvo mayores problemas en encontrarlo. Se trataba del edificio más alto de la ciudad, imponente, majestuoso. Los rayos del mediodía golpeaban en sus muros encalados y su reflejo parecían iluminar la sede religiosa más importante del norte de Portugal.
Más difícil fue penetrar en él. Dos sirvientes, grandes y fuertes, le impidieron el paso cuando mencionó el nombre de doña María Pacheco. Su aspecto polvoriento, sus barbas y cabellos largos y el cuchillo que llevaba al cinto —el mismo comprado en Toledo cinco años antes— fueron suficientes para que los dos hombres lo empujaran sin miramientos fuera del recinto. No tenía dinero y no podía alojarse en una posada y menos adquirir ropa nueva y acudir al barbero, así que decidió apostarse frente al palacio el tiempo que fuera necesario a la espera de que la propia doña María o alguno de sus servidores saliese de él.
La espera duró el resto del día. Ya estaba resignado a pasar la noche a la intemperie cuando vio salir a dos hombres. No los reconoció en la distancia, pero los andares de uno de ellos le eran vagamente familiares y los siguió hasta una callejuela oscura, iluminada por la luz de unos hachones colgados a la puerta de una taberna. Tenía hambre y sed y, antes de entrar en el tugurio, se encomendó a santa Leocadia, la santa patrona de su mujer,
rogándole suerte. Tardó en encontrar un rostro conocido; el lugar estaba repleto hasta los topes y no era fácil reconocer a alguien a la exigua luz de unos candiles y entre el humo que flotaba en el ambiente. Creyó en un principio que éste lo producía el aceite de las lamparillas, pero pronto observó incrédulo que algunos hombres se llevaban a la boca una especie de objetos alargados de los cuales emanaba un humo con un extraño olor.
No intentó averiguar a qué se debía tan extraño proceder y continuó buscando. Los halló en el otro extremo, apoyados contra un muro negro de tan sucio, y no tuvo dudas: aquél no podía ser otro que el hombre de Padilla, Sosa, y también reconoció al otro, el criado de doña María cuyo nombre no recordaba.
La sorpresa de ambos se trocó en expresiones de alegría y preguntas a las que no le daba tiempo de responder. Más tarde, en el pequeño cuchitril que ocupaban bajo el tejado del palacio del arzobispo, los tres pudieron hablar con tranquilidad hasta bien entrada la madrugada, celebrando el encuentro con una garrafilla de aguardiente marinero capaz de reavivar a un muerto.
—Los hombres del comendador no tardarán en llegar o tal vez ya estén aquí —afirmó tras explicarles lo escuchado en Salamanca.
—Y aquí les estaremos esperando, no os preocupéis —le tranquilizó Sosa—; para llegar a doña María tendrán primero que vérselas conmigo.
—Y conmigo —añadió Ficor.
Aquella noche durmió en un colchón de paja, tapado con una simple manta, pero feliz. Después de tanto tiempo, por fin compartía el aire con dos amigos y su compañía aliviaba su corazón cansado.
—Doña María…, aquí hay alguien que desea veros.
Serrano avanzó con timidez pisando la alfombra acolchada que amortiguaba el ruido de los pasos en la habitación y se detuvo a corta distancia de la mujer postrada en el lecho. No pudo ocultar su impresión al ver, medio oculta entre almohadones, cobertores y mantas, a la dama que él recordaba, algo delgada para su gusto, pero siempre entera. Su delgadez era extrema, los pómulos se marcaban en sus mejillas, su piel blanca había adquirido un tinte amarillento e incluso su cabello había perdido el brillo y parecía menos negro. El impresor se volvió para mirar a Sosa, Ficor, Zaida
y la señora Valenzuela; los cuatro estaban pendientes de la menor reacción de la enferma. También dirigió su mirada hacia el señor Dávalos, a quien recordaba, pero éste estaba sentado en una silla cerca de la ventana y parecía ajeno por completo a lo que ocurría a su alrededor.
María abrió los ojos y contempló sin reconocer al hombre que esperaba al pie de su cama.
—¿Quién sois? —preguntó sin fuerzas.
—Francisco Serrano, el impresor.
Ella cerró de nuevo los ojos, pero volvió a abrirlos unos instantes después.
—Parecéis más viejo.
—Así es, señora.
—¿Por qué habéis venido?
—Para serviros, señora.
—Poco podéis servirme. Ya veis en qué estado me encuentro. Volved por donde habéis venido y no malgastéis vuestro tiempo con una mujer que es casi un cadáver.
—Haré como vos ordenéis, señora, y me llevaré mis recuerdos conmigo.
—Pedrico…
—Pedrico, sí, y también Toledo.
María sonrió por primera vez y su mirada brilló como antaño, aunque sólo fuera un reflejo de la luz del sol que entraba por la ventana.
—No os vayáis entonces, quedaos aquí y compartid nuestra triste vida en este exilio del cual…
Un ataque de tos interrumpió sus palabras y Zaida y la señora Valenzuela se apresuraron a ponerse a su lado mientras los hombres abandonaban la habitación.
A media tarde, la morisca fue en su búsqueda y lo acompañó de nuevo a la habitación de María. La halló sentada, apoyada en los cojines y con un suave chal de lana sobre sus hombros; le habían recogido el cabello y coloreado un poco las mejillas. Le tendió la mano nada más verlo entrar y pidió a la señora Valenzuela que le acercara una silla. Serrano se aproximó al lecho, besó la mano tendida y la mantuvo entre las suyas.
—Bien, amigo mío. No me encontráis en mi mejor momento, pero me alegro de veros. Tenéis mucho que contarme y yo ansio escucharos y, os lo suplico, no os guardéis nada por temor a hacerme daño. Ya nada puede herirme.
Despacio, sin soltar la escuálida mano de la enferma, el impresor fue recordando cada momento desde su marcha de Toledo, acompañando a Pedro López de Padilla y a Pedrico. Le relató detalles, anécdotas, conversaciones, juegos y todo lo que atañía a este último aunque, por un sentimiento de piedad, omitió hablar del sufrimiento del niño cuando la peste se adueñó de su pequeño cuerpo y de los terribles días en los que tardó en morir. Le dijo que la enfermedad se había presentado de improviso y apenas habían tenido tiempo de darse cuenta, que el niño se durmió y no despertó. A pesar de la preocupación de Zaida y de la dama de compañía ante lo que podía ser una reacción negativa en el estado de salud de su señora, María pareció sentirse mejor después de haber hablado con el impresor y, como si se hubiese quitado un gran peso de encima, pidió algo de comer.
En días sucesivos su salud mejoró, pudo levantarse y dar unos pasos, siempre bajo la atenta vigilancia de Ficor, dispuesto a cogerla en brazos a la menor vacilación. Una y otra vez reclamaba la presencia de Serrano y le rogaba que le hablase de su hijo. El impresor llegó a inventarse algunas situaciones para satisfacer su demanda, pero no le entregó la figurilla de madera, que esperaba el momento oportuno oculta en el fondo de la bolsa de viaje.
Una tarde, a su regreso de una de las visitas a un colega con el cual había entablado amistad y a quien a veces ayudaba por una módica cantidad cuando había exceso de trabajo, el impresor se cruzó con un hombre en la misma entrada del palacio arzobispal. Éste no le prestó atención y pasó por su lado sin tan siquiera verlo, pero él sí lo vio y permaneció petrificado, demasiado sorprendido para reaccionar. Era uno de los individuos a quienes había visto con López de Avalos en la taberna de Salamanca, aunque bastante mejor vestido y con aire de señor, sombrero de plumas incluido.
Casi había olvidado el motivo que lo había llevado a Portugal y ya habían transcurrido más de dos meses sin noticias de los forajidos enviados
por el comendador para llevarse a doña María. En todo aquel tiempo, Sosa, Ficor y él se habían turnado para estar siempre cerca de la señora, pero no habían hablado del asunto ni siquiera con Zaida y la dama de compañía.
Cuanto menos supieran, mejor.
Sin darse mucha cuenta de lo que hacía, echó a andar tras él. Lo siguió por la estrecha rúa de las tiendas, donde decenas de puestos dificultaban el avance y los vendedores importunaban a los viandantes ofreciéndoles pellejos para el agua, collares de abalorios, sombreros de paja, zapatos de tacón ancho y punta alargada a la moda francesa, perfumes en botellitas de vidrio de colores o unas hojas enrolladas llegadas de las Indias a las que llamaban «tabaco». Se detuvo un instante y contempló maravillado cómo el vendedor echaba humo por la boca al igual que los hombres que vio en la taberna el día de su llegada. Le hubiera gustado probar él también, pero decidió dejarlo para mejor ocasión y, en buena hora, porque a poco pierde la pista del facineroso. Él no era alto y la calle estaba atestada de gente sin prisa, pero su buena vista le permitía seguir en la distancia el penacho de plumas agitándose al viento. Para su alivio, se detuvo justo en el momento en el que había creído perderlo. Lo vio saludar a un hombre y reconoció en éste al otro individuo de Salamanca. Ambos se pusieron a hablar con un vendedor de cuchillos y dagas y él se aproximó, cogiendo aire para darse ánimo y calándose su gorra de artesano hasta los ojos, a pesar de no correr ningún peligro puesto que ellos no lo conocían. Al llegar a su altura, se detuvo mostrando interés por las gubias y martillos expuestos en el tenderete vecino mientras intentaba captar su conversación.
—Será entonces mañana, al anochecer —escuchó decir al más alto de los dos—. He pagado una buena cantidad a los guardas de la puerta y nos dejarán pasar sin problemas. Tal como nos dijo el hombre de Salamanca, la mujer se aloja en el segundo piso, acompañada por dos sirvientas.
—¿Y los hombres?
—También me han confirmado lo dicho: salen todos los días en cuanto comienza a anochecer y no vuelven hasta antes del toque de la medianoche.
El impresor no pudo escuchar nada más; esperó unos instantes y alzó la vista. Los dos hombres habían desaparecido tragados por el enjambre humano que ocupaba la calle. Regresó lo más rápido que pudo, incluso
corriendo en algunos tramos, al palacio arzobispal; entró como una exhalación en las habitaciones de doña María y salió de nuevo de ellas cuando Zaida le informó que Sosa y Ficor estaban echando la siesta en su cuartucho bajo el tejado. Sus compañeros se despertaron sobresaltados cuando él entró dando voces para informarles sobre lo visto y escuchado.
Al día siguiente, como de costumbre al caer la noche, Sosa y Ficor salieron del palacio y desaparecieron por la primera callejuela que encontraron. Las dos sombras que esperaban frente al edificio se aproximaron entonces hacia la puerta y penetraron por ella sin que los hombres de la guardia les hicieran preguntas o impidieran su entrada. Una vez dentro, se vieron rodeados por una docena de criados del arzobispo armados y con el propio prelado a la cabeza. Serrano se mantenía a la expectativa detrás de éste asiendo con fuerza el mango de su cuchillo.
—¿Y bien, señores? ¿Qué se os ha perdido en mi casa? —interrogó don Diego de Sousa en un tono helado de voz.
—Somos servidores de Su Cristianísima Majestad, el emperador —
respondió el más alto intentando controlar el tembleque de sus piernas.
—Por mí como si queréis ser el propio emperador. Habéis entrado en mi casa sin haber sido invitados con el propósito de raptar a una persona que goza de mi asilo y merecéis ser entregados a la justicia.
El mercenario analizó su situación durante un instante, se irguió todo lo que pudo, se quitó la gorra de plumas e hizo una reverencia.
—Exijo hablar con el embajador de don Carlos.
—Es conmigo con quien vais a hablar, malnacido.
Una voz ronca resonó como un latigazo en la noche. Los dos hombres se volvieron sorprendidos y se encontraron con las miradas coléricas de Sosa y de Ficor. Serrano, entonces, dio un par de pasos y se colocó al lado de sus amigos. Pareció durante un instante que los forajidos iban a echar mano de sus dagas y entablar la lucha, pero debieron de pensárselo mejor y dejaron caer sus manos a lo largo del cuerpo.
—Queremos acogernos a sagrado —dijo en un tono chulesco el más alto dirigiéndose al arzobispo.
Un golpe seco lanzado a su sien por Sosa lo dejó sin sentido tumbado en el suelo. Su cómplice se arrodilló, suplicando clemencia.
—Ni yo ni mis gentes sabemos nada de esto —afirmó el arzobispo iniciando la retirada.
—Aquí no ha pasado nada, ilustrísima —afirmó a su vez el soldado.
—¿Y ahora? —preguntó el impresor.
Un par de horas después, Sosa y Ficor salían de la ciudad en dirección a la costa montados en un carro en cuyo interior, y ocultos bajo unas lonas, los hombres del comendador, atados y amordazados, emprendían el viaje más largo de su vida. Cuando regresaron al día siguiente explicaron de manera vaga a doña María la razón de su ausencia: el deseo de Ficor de ver el mar.
—¿Y ellos? —preguntó Serrano a Sosa cuando estuvieron a solas.
El soldado soltó una carcajada antes de responder y luego puso en la mano del impresor una bolsa llena de monedas.
—Vendidos como esclavos al capitán de un barco que se dirige a las Indias. A estas alturas, ¡ya debe de estar a medio camino! —El hombre rió de nuevo antes de volver a su seriedad habitual—. Doña María corre peligro en Braga. Quienquiera que haya sido el que ha ordenado su secuestro volverá a intentarlo.
Días después, don Diego de Sousa se ponía en contacto con el obispo de Oporto, don Pedro de Acosta, y varias semanas más tarde doña María y sus compañeros emprendían una vez más un viaje de huida.
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