La comunera

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 4 de 12

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La comunera

Enero de 1518

Durante el mes de enero de aquel año, las gentes de Valladolid se afanaron en engalanar sus calles y casas y preparar la celebración de las Cortes de Castilla convocadas por el joven príncipe para finales del mismo. En los últimos tiempos no había tenido lugar en la ciudad un evento de tal envergadura y todo el mundo se frotaba las manos. Los nobles y hombres de negocios importantes, aunque preocupados porque las cosas salieran perfectas, no dudaban en ningún momento de que su buen hacer tendría merecida recompensa. Tal vez don Carlos decidiese establecer allí la Corte, igual a como habían hecho algunos de sus predecesores en el trono.

Los comerciantes, tenderos, taberneros y posaderos esperaban poder vender en unas semanas sus existencias del año, redondear sus cuentas y verse de algún modo compensados por la penuria general existente en todo el reino.

Los pobres, mendigos y prostitutas sabían que algo les caería de las mesas de los señores, aunque por orden de la autoridad se vieran obligados a esconderse durante el día para no empañar con su presencia el buen aspecto de la ciudad.

En suma, no había vallisoletano, ni rico ni pobre, que no se congratulase por la buena fortuna que les ponía en bandeja ser el centro del reino durante la duración de las Cortes, el juramento del príncipe y la propia estancia de éste entre ellos. Aunque también reconocían, a nada que se les insistiese un poco, que la presencia de don Carlos y de su séquito de extranjeros había alterado la normalmente pacífica vida ciudadana. Aprovechando la estancia de éstos, los precios se habían desorbitado, buscando cada cual su beneficio particular. Por otra parte, los acompañantes de los señores flamencos eran

bulliciosos y groseros; más acostumbrados a la cerveza que al vino, se emborrachaban con mucha facilidad, organizaban trifulcas por asuntos sin importancia, y traían a mal traer a las mujeres de cualquier edad o condición. También existía un gran descontento entre expendedores de vinos y licores, carniceros, verduleros y confiteros, a quienes se les habían adquirido mercancías para prever las necesidades del séquito real y cuyas facturas todavía no habían sido satisfechas, ni parecía que fueran a serlo alguna vez. No obstante, cada día, decenas de curiosos se apostaban en las entradas de la ciudad para ver llegar los carruajes de arzobispos, obispos, duques, marqueses, condes, vizcondes, comendadores y demás personalidades que, rodeados de hombres en armas, sirvientes y carros repletos de menaje y arcones de ropa, acudían a la asamblea. Las gentes hacían apuestas, intentando adivinar quién era el personaje oculto tras una cortina cuyo tocado emplumado de terciopelo asomaba de vez en cuando por la ventanilla del vehículo o aquel otro, que dejaba ver una mano enguantada de púrpura. Algunos osados, incluso, se atrevían a seguir a las caravanas para conocer su destino final y tener así la oportunidad de ver a un grande de la Tierra, aunque sólo fuera durante unos instantes y en la distancia.

Asimismo, llegaron muchos otros hombres, a caballo o en mula, solos o acompañados por no más de dos sirvientes, que se desperdigaron por la villa sin provocar ninguna curiosidad, y se alojaron en posadas, en la casa de algún pariente o en habitaciones alquiladas. Eran los representantes de las villas y ciudades castellanas con derecho a voto, un privilegio tan sólo reservado a dieciocho de ellas: Burgos, Soria, Segovia, Ávila, Valladolid, León, Salamanca, Zamora, Toro, Toledo, Cuenca, Guadalajara, Madrid, Sevilla, Granada, Córdoba, Jaén y Murcia. Los procuradores, en general, no fueron invitados a los banquetes organizados por la nobleza local en honor a sus iguales, ni tuvieron el privilegio de ser presentados al príncipe de uno en uno, pero las sesiones comenzaron en las fechas fijadas y no sin desacuerdos.

En la primera jornada el doctor Juan Zumel, procurador de Burgos, protestó en nombre de sus colegas por la presencia del señor de Sauvage y de otros flamencos en la presidencia, siendo amenazado con la cárcel por el

recién nombrado Gran Canciller. La consecuencia de tan mal comienzo fue un memorial enviado a don Carlos y firmado por todos los representantes en las Cortes, manifestándole que únicamente le jurarían fidelidad después de que él hubiera jurado guardar las libertades, privilegios, usos y costumbres de Castilla.

Las deliberaciones se alargaron un par de semanas. Las jornadas eran largas y agotadoras, interrumpidas solamente para dar cuenta de una sopa de ajo, pan y jamón, una olla de estofado, unos jarretes de ternera con salsa agria o un sabroso lechazo. Era el único momento en el que las voces crispadas se tornaban amables, las discusiones dejaban paso a bromas y chascarrillos y era unánime el acuerdo sobre las excelencias de la comida.

Después volvían a los debates sobre varios temas, en especial uno. Con motivo de su juramento como nuevo rey, don Carlos solicitaba un servicio de seiscientos mil ducados pagaderos en tres años. Era una cantidad enorme que habría de salir del pueblo por medio de un impuesto directo, y los procuradores no estaban dispuestos a aceptar semejante demanda sin antes poner sus condiciones. Doña Juana debería continuar siendo la reina propietaria. La prisionera de Tordesillas había prestado juramento y no estaba muerta; no era por tanto de ley que su hijo reinase sólo estando viva, por lo que su nombre debería ir siempre después del de ella. También pedían que el hermano del príncipe, el infante don Fernando, de quince años, no fuese enviado a Bruselas tal como pretendía hacer el consejero Chiévres por miedo a que los castellanos lo prefiriesen a don Carlos. Todos los extranjeros a su servicio deberían regresar a Flandes, comenzando por los señores Chiévres y Sauvage. Además, le solicitaban que aprendiera la lengua de sus subditos lo antes posible; que fueran castellanos quienes ocuparan los puestos más importantes de la gobernación y, por último, que contrajera matrimonio para dar un heredero al reino. Una vez de acuerdo, los procuradores presentaron sus exigencias, dejando bien claro una vez más que las ciudades y villas castellanas no jurarían lealtad a don Carlos a menos que se aviniese a sus demandas.

Fueron días de discusiones, de carrerillas entre la iglesia de San Pablo, donde tenían lugar los debates, y el palacio, donde se alojaba el séquito real; de presiones y amenazas por ambos lados; de promesas del obispo Mota,

del conde de Benavente y de otros funcionarios castellanos de alto rango en nombre del príncipe; de dudas en el lado de los procuradores que no acababan de fiarse. Los grandes nobles, mientras tanto, esperaban sin decantarse. A ellos se les había apartado del gobierno —aducían— cuando unos y otros les reclamaban una toma de posición o su apoyo. Intrigaban, sin embargo, a la espera de que las solicitudes de las villas fueran finalmente aceptadas por la Corona y ellos pudieran entonces hacer valer su peso, dejando caer en el entorno de uno y otro bando estar dispuestos a apoyar a cada uno de ellos, según el resultado obtenido. Finalmente, don Carlos consiguió el crédito solicitado y se dispuso la fecha del 5 de febrero para el juramento real, y dos días más tarde para el del reino de Castilla hacia su nuevo señor.

Durante todas aquellas semanas, la nieve, la lluvia y el viento no dejaron de azotar la región, lo cual fue interpretado por algún agorero como presagio de las turbulentas relaciones que la Corona mantendría a partir de entonces con una parte importante, al menos en número, de sus subditos.

Las calles eran un puro lodazal en el cual se hundían los cascos de los caballos, era necesario andar con alzas y las botas de badana quedaban destrozadas; capas y gorras parecían trapos mojados y pudo verse a más de un notable con la vestimenta tan descolorida que, más que un caballero, parecía un juglar errante de los muchos llegados a Valladolid al amparo de los acontecimientos. Y por si esto fuera poco, hizo su aparición una epidemia de peste que se cebó en los más pobres.

—También se le podía haber ocurrido a Su Alteza convocar Cortes en Sevilla, que allí, al menos, ¡no nieva!

Juan de Padilla y un pariente de su mujer, Juan Bravo, procurador de Segovia, se habían conocido el primer día de las deliberaciones, simpatizando de inmediato. Ambos se hallaban sentados frente a la enorme chimenea que presidía la sala de las comidas de la posada-taberna El Ciervo, donde se alojaban, y sonrieron al escuchar el comentario de Juan de Guzmán, representante de la ciudad de Sevilla, con quien compartían habitación. Los dos nuevos amigos estaban cansados y tenían ganas de regresar a sus respectivos hogares. Llevaban en Valladolid ya cerca de un mes y tampoco se sentían muy conformes con el resultado. Don Carlos

había jurado el día anterior respetar las leyes y costumbres castellanas, pero ellos dudaban de que todas sus demandas fueran a ser atendidas, a pesar de las promesas realizadas por los representantes reales y por algunos nobles castellanos, como el duque de Alba y el de Béjar, los cuales habían finalmente tomado cartas en el asunto y actuado como mediadores.

—¿Creéis que se habrá logrado algo? —preguntó Bravo alargando su pote para hacerse escanciar vino por una de las muchachas de la posada.

—Quién sabe… Mi padre dice que es mejor no confiarse.

—Pero don Carlos ha decidido prestar juramento…

—Ya…, pero, que se sepa, aún no ha prescindido de ninguno de sus consejeros y tampoco ha relevado de sus puestos a flamencos y borgoñones.

Hubiera sido un gesto de buena voluntad por su parte. Nosotros, sin embargo, hemos aprobado el elevado crédito solicitado. No sé cómo van a poder los castellanos hacer frente a un nuevo impuesto… No sé cómo nos recibirán a nuestra vuelta, cuando les expliquemos que si antes eran pobres, ahora van a serlo mucho más.

—Habría que exigir a los nobles una parte proporcional de sus riquezas.

No son mejores que los señores flamencos, ¡sólo son unos miserables

«chupacuartos»!

Juan se echó a reír al escuchar el exabrupto de su compañero.

—¡Parece mentira que un miembro de la familia Mendoza y antiguo hombre del cardenal Cisneros se exprese en esos términos!

—Miembro de segundo orden, os recuerdo —replicó Bravo con humor

—. Mi madre era prima en segundo o tercer grado, no lo sé muy bien, del duque del Infantado. Nada que ver con vuestra esposa.

—Cierto. Ella es una Mendoza de primera línea…

Juan permaneció pensativo, con la mente puesta en María y una mirada ensoñadora. Era la primera vez, exceptuando los primeros meses tras su boda, que estaban tantos días separados y la echaba en falta, mucho. Se la imaginó a punto de acostarse, su cuerpo cubierto con una camisa de noche de seda brillante y pesada que se deslizaba ligera hacia el suelo a nada que se soltase el lazo del escote y se dejasen sus hombros desnudos, descubriendo entonces una figura delgada, de piel blanca y suave, que la preñez no había logrado deformar. Desde los tiempos de la difunta reina y

por orden suya, la seda estaba controlada por unos cánones muy severos que impedían su libre uso en Castilla. Se decía que doña Isabel había visto un día a una prostituta muy hermosa, envuelta en sedas como una dama, y había desterrado de su reino el precioso tejido, provocando la natural indignación de los artesanos textiles de la especialidad. No sabía si la historia era cierta y durante el reinado de don Felipe la orden había sido revocada, aunque continuaba manteniéndose un control riguroso sobre su adquisición y uso. María guardaba en su arcón decenas de prendas de dicho material a pesar de continuar vigente el control. Se la imaginó cepillándose el cabello, largo, abundante, negro, con olor a almizcle y jazmín en el cual hundía él la cara después de haberle hecho el amor. Este pensamiento lo desasosegó de tal forma que a punto estuvo de abandonar la taberna, montar en su caballo y salir disparado hacia Toledo. Estaría en brazos de su amada antes de la medianoche, lejos de intrigas y discusiones. En paz. La voz de su amigo lo volvió a la realidad. No podía abandonar Valladolid antes de que el príncipe hubiera jurado como rey, acto previsto para el día siguiente.

Se pasó la mano por la boca. Tenía los labios secos y también la garganta y bebió de un trago el licor del cubilete para ahuyentar su deseo.

—Esta tierra nuestra es hermosa, pero aún lo sería más si los campesinos y menestrales no se vieran aplastados por los impuestos, los grandes nobles no abusasen de sus derechos, los gobernantes tuvieran conciencia de que nada son sin sus gobernados, el Santo Oficio no anduviese siempre buscando herejes donde no los hay…

Juan miró con simpatía a Bravo. La obligada convivencia durante aquellas semanas los había llevado a las confidencias, a hablar de sus familias, de sus mujeres e hijos, de sus esperanzas. Sabía que su compañero se había casado dos veces, siendo ambas esposas hijas de judíos conversos.

Sus dos suegros eran comerciantes, gente de bien, respetados por sus vecinos, pero sobre ellos y sus familiares pendía de continuo la duda de los cristianos viejos. Conocía la opinión del procurador segoviano acerca de los oficiales de la Inquisición y de sus confidentes.

—¡Son pura basura! Corrompen, compran delaciones falsas, torturan a inocentes, se enriquecen con los despojos de sus víctimas… —había expresado una noche parecida a aquélla, con las mejillas coloreadas por el

calor del fuego y el alcohol—. Es preciso que las Cortes muestren su desacuerdo con sus manejos y se les impida actuar con la impunidad que vienen haciéndolo.

Su empeño y el de otros procuradores había logrado que, entre las exigencias presentadas a don Carlos, se mencionase una solicitando que el Tribunal del Santo Oficio dejase de ser un ente dependiente de la Iglesia y fuese controlado por el gobierno.

—Si os soy sincero, me temo que muchas de las disposiciones que hemos redactado queden en agua de borrajas —dijo Juan, intentando desviar los pensamientos de Bravo.

—El príncipe las ha jurado…

—Los príncipes pueden jurar hoy y desjurar mañana, pueden cambiar las leyes aprobadas por ellos mismos y crear unas nuevas.

—Tal vez… —el segoviano se detuvo, como si meditase las palabras que estaba a punto de pronunciar, y bajó el tono de la voz antes de proseguir

— los pueblos viviesen en mayor armonía sin reyes que los gobernaran.

—Sabéis que eso es imposible —Juan bajó también el tono de la suya casi sin darse cuenta—. Siempre ha habido reyes.

—No siempre. No los había en Grecia ni en Roma. Decidme, señor de Padilla, ¿por qué es diferente un rey del resto de los mortales? Nacen igual que los demás y también mueren como todo el mundo. La historia de nuestro reino está plagada de guerras entre hermanos, de fratricidios reales, bastardos, asesinatos, usurpaciones… Desde los tiempos del primer rey de Castilla, no ha habido un solo reinado que haya transcurrido en paz. Y lo mismo puede decirse de las tierras vecinas a la nuestra.

—Cuidado con vuestras palabras, señor Bravo, podrían considerarse traición.

—Es la verdad y también es la historia de siempre. ¿Os habéis detenido a pensar que desde que nacemos nos vemos obligados a caminar por un estrecho puente, colgado sobre un acantilado?

—No os entiendo…

—No podemos salirnos del puente, estamos abocados a caer si nos desviamos, nuestros pasos están vigilados por los servidores del rey y… los de Dios.

La conversación estaba tomando un derrotero incómodo para Juan, La taberna estaba repleta de oídos dispuestos a repetir sus palabras, y eso era algo muy peligroso. Nadie estaba seguro y menos en aquellos momentos en los que afloraban las susceptibilidades. La ciudad estaba plagada de espías, al servicio de los flamencos, de los nobles y, también, de los ricos comerciantes de la lana y de otros deseosos de asegurarse cuanto antes la continuidad en lo referente a sus negocios. Era más sabio guardarse las opiniones, incluso las intrascendentales, porque las cárceles estaban llenas de indiscretos y aún podían estarlo más.

—Amigos, ¿qué tal si nos zampamos un lechoncito entre los tres?

¡Tanta reunión y tanta charla me han dado hambre!

Juan agradeció de corazón la intervención de Guzmán, quien se había aproximado a ellos en busca de compañía, harto de intentar meter mano a una de las mozas de la taberna sin obtener resultado alguno. Acabaron la jornada en torno a un plato de asado y más de una jarra de vino peleón, contando historietas subidas de tono y lanzando requiebros a las mozas.

Finalmente, subieron a la habitación ayudándose unos a otros mientras entonaban una copla que el cuñado de Juan, Diego, había improvisado en un momento de euforia durante las últimas fiestas navideñas en honor a Diana cazadora al contemplar una ilustración en un libro propiedad de su hermana. Sus dos colegas la aprendieron enseguida e incluso le pusieron música:

Señora, la del arco y las saetas,

que andáis siempre cazando en despoblado,

decidme, por vuestra vida, ¿no habéis topado

quien os meta las manos en las tetas?

El día dispuesto para el juramento amaneció frío, la nieve y la lluvia caían de forma alternativa, mezclándose con los residuos lanzados a las calles por los vecinos, enlodando el suelo y amenazando con continuar haciéndolo el resto de la jornada. Don Carlos no estaba de buen humor y

fueron pocas las sonrisas prodigadas de camino a la iglesia de San Pablo, montado en un hermoso caballo y acompañado por los embajadores de las principales Cortes europeas, y la nobleza castellana a pie y con la cabeza descubierta. Precedido por tambores, clarines y heraldos, vestido de ceremonia a la antigua, con ropaje largo recamado en oro, los cabellos rubios y los ojos azules, en un día soleado el príncipe hubiera semejado un dios pagano, pero la lluvia había ajado los arcos triunfales y las guirnaldas colgadas en los balcones. Además, la peste había ahuyentado a los plebeyos de las calles embarradas.

El joven echaba en falta a su tía Margarita, la madre que nunca tuvo, su alegre corte, su país de origen, las jóvenes sonrientes siempre dispuestas a agradarle, la música y el baile. En su opinión, aquel reino que le había tocado en suerte era oscuro, al igual que lo eran sus habitantes, las costumbres severas, sin refinamiento, y excesivamente religioso a su entender. En Borgoña también hacía frío y los inviernos eran largos, pero los palacios se caldeaban con grandes chimeneas y braseros de porcelana.

Además, a él le gustaba la cerveza y en Castilla ésta era de un sabor desagradable y todo el mundo se empeñaba en servirle vino. Hizo el trayecto hasta la iglesia con la mente puesta en su próxima marcha, en cuanto hubiese jurado como rey y le hubieran entregado el servicio solicitado. Iría a Zaragoza después, de allí a Barcelona y luego a Valencia.

Su ayo y consejero, el señor de Chiévres, le había informado que Cataluña era una tierra soleada y sus habitantes, más abiertos que los castellanos.

Además, muchos de ellos conocían la lengua francesa y no precisaría de intérprete para entenderse con sus interlocutores, lo cual, sin duda alguna, sería un alivio para él.

La ceremonia duró horas. La misa celebrada por el cardenal de Tortosa, Adriano de Utrecht, la lectura de la fórmula del juramento, la lista de los nobles, prelados, hidalgos y procuradores de las villas y ciudades que debían jurarle fidelidad le pareció interminable. Repitió también él su juramento, se cantó un TeDeumy, finalmente, salió de la iglesia, esta vez como rey de aquellos castellanos que habían osado exigirle cumpliera hasta ochenta y ocho disposiciones antes de acatar su autoridad sin pedir nada, como era la obligación de cualquier buen vasallo. Aceptaría algunas de

ellas, pensó, pero no sustituiría a ninguno de los señores flamencos e italianos de su séquito a los cuales había concedido los cargos más importantes de la gobernación. No se fiaba de los nobles arrogantes a quienes había observado con atención durante el tiempo que llevaba en su nuevo reino. Sus abuelos los habían apartado del poder por su gran ambición y él estaba dispuesto a hacer lo mismo. Tampoco había escapado a su aguda mirada la atención prestada a su hermano Fernando, y estaba seguro de que no les importaría coronarlo rey en su lugar a la menor oportunidad. Recordó una de las últimas cartas del difunto cardenal-regente recomendándole enviar al infante a Flandes en previsión de una repetición de los hechos que habían llevado a su abuela Isabel al trono en pugna contra su sobrina, para algunos la legítima heredera, para otros una bastarda: tampoco cumpliría con esa demanda solicitada por los procuradores y enviaría a su hermano pequeño fuera de Castilla en cuanto le fuera posible.

Durante el banquete que siguió a la ceremonia, flanqueado por sus dos hermanos, Fernando y Leonor, quien lo había acompañado en su viaje desde Borgoña, y rodeado de sus más queridos amigos y consejeros, no perdió de vista a los duques y condes que ocupaban las largas mesas dispuestas para la descomunal comida prevista y que duró aún más que la ceremonia religiosa. Tampoco le pasó desapercibida la actitud de algunos representantes de las villas y ciudades. Sentados a las mesas más alejadas, hablando entre ellos, sin tomar parte en el festejo o, al menos, no con el mismo entusiasmo que los grandes nobles. Debería tratar el asunto con sus gentes y tener un ojo puesto en ellos, no fueran a desmandarse más de lo que ya lo habían hecho.

Juan de Padilla asistió al convite con cierta desgana. No le agradaban las comidas que duraban horas. A pesar de exigirse a sí mismo no comer más de lo normal, ser sobrio en el beber y no atacar las bandejas de dulces con la glotonería habitual en sus congéneres, aquellas largas sentadas impelían, más por inercia que por necesidad, a pasarse en todos los aspectos. También se veía uno obligado a participar en unas conversaciones cuyo único tema era la política. Se hablaba, se discutía, se reñía y nunca se

convencía al vecino. Escuchó con atención a Juan Bravo, sentado frente a él, y también al doctor Zumel, a su lado, y a un caballero de nombre Pedro de Tovar, procurador de Valladolid, hablando entusiasmados del peso de las Cortes ciudadanas en la gobernación del reino. Los tres parecían muy animados y convencidos de sus palabras, pero él no las tenía todas consigo y se sentía incapaz de compartir sus esperanzas.

Observó, en la distancia, al recién coronado rey departiendo con sus allegados. Había tenido ocasión de verlo de cerca durante la ceremonia del juramento. No era mal parecido a pesar de la prominencia de su mandíbula que lo obligaba a mantener la boca semiabierta y daba la impresión de aburrirse, pero su mirada era inquisidora y no se le escapaba ningún detalle de lo que ocurría a su alrededor, a pesar de parecer distraído y de no comprender la lengua de sus subditos. Había orgullo en su porte, algo natural siendo quien era y teniendo en cuenta su educación, pero eso no significaba que fuera a ser un buen rey, pensó el toledano. Le vinieron a la mente las palabras dichas por Bravo la víspera, cuestionando la propia existencia de la realeza, y esbozó una sonrisa. Él no llegaba tan lejos en sus sentimientos, pero era imposible no pensarlo a veces, sobre todo cuando se meditaba detenidamente sobre el hecho de que todo un reino estuviera en las manos de un mozalbete extranjero. El banquete se alargó hasta bien entrada la noche, aunque él abandonó la mesa mucho antes. Deseaba pasear, despejar la cabeza de los vahos del alcohol, dejarse acariciar por el viento helado que azotaba sin piedad a los pocos viandantes visibles por las calles de Valladolid. Deambuló largo rato y acabó entrando en una tabernucha cuando dejó de notar sus pies dentro de las botas de badana fina calzadas para la ceremonia.

El antro estaba únicamente iluminado por las luces de media docena de candiles y tardó en acostumbrar sus ojos a la penumbra. Al entrar él, los parroquianos dejaron de hablar y lo contemplaron con atención, volviendo a sus conversaciones al comprobar que iba solo y no llegaba con ánimo pendenciero. Se sentó al borde de una mesa mugrienta y pidió un cubilete de orujo que manoseó antes de decidir llevárselo a los labios. Sintió un zarpazo en la garganta y estuvo a punto de vomitar el líquido, pero aguantó intentando parecer impasible aunque los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Según dicen, es el mismo veneno que bebe el propio Lucifer en el infierno —escuchó una voz a su lado—. Yo creo que no es cierto porque, si lo fuera, Satanás estaría muerto ya hace mucho.

Una risa cascada siguió a las palabras. Juan miró a su interlocutor. Era un hombre de mediana edad, de abundante cabellera, más blanca que negra, y barba rala con varias calvas, como si le hubieran arrancado algunos mechones de un tirón. Mantenía en su mano un cubilete parecido al suyo, lo levantó a modo de brindis y bebió el contenido de un golpe.

—Es peligroso para un hidalgo andar por estos parajes a altas horas de la noche —afirmó a continuación.

—¿Por qué?

—La riqueza convierte en déspotas a hombres honrados; la miseria los transforma en ladrones y asesinos. Por vuestra apariencia se ve que sois un caballero, vuestro traje es de buena tela y lleváis un anillo de oro…

Juan miró instintivamente el anillo con el escudo de armas de su familia que portaba en su dedo anular, regalo de María al año de estar casados.

—No te hice un regalo de bodas —le dijo ella en aquella ocasión—, pero te lo hago en nuestro primer aniversario. Cada año, en esta fecha, te daré una prenda de mi amor.

Y había cumplido su palabra. Un anillo, una daga, una cartera de piel de cervatillo, un cepillo de plata con sus iniciales, un juego de plumillas de varios grosores y un colgante de plata labrada en forma de corazón en el cual había introducido un mechón de sus cabellos —«para no separarme nunca de ti»—, y que él llevaba colgado de una cadena bajo su camisa, habían sido sus prendas.

—No temáis —prosiguió el hombre—. Nadie osará acercarse a vos mientras yo permanezca a vuestro lado.

—¿Tan temible eres? —inquirió el procurador, no sin ironía, acercando disimuladamente la mano a la empuñadura de la espada.

—Lo soy —afirmó el otro, satisfecho—. Aprendí el arte de las armas antes mismo que a hablar, pues mi padre era soldado de fortuna y yo también lo fui.

—¿Lo fuiste? ¿Ya no?

—Me hago viejo y estoy cansado de andar de un lado para otro. Espero encontrar un señor a quien servir y por esta razón me hallo en Valladolid.

Todos los nobles del reino han venido para el juramento y tal vez, quién sabe, encuentre a un caballero con muchas tierras y pocos líos.

—¡Seguro que lo encontrarás! —Rió Juan antes de beber el resto del cubilete y levantarse—. Gracias por la compañía, pero he de retirarme.

—Id en paz.

—Lo mismo digo.

No bien hubo andado veinte pasos al salir de la taberna cuando se vio rodeado por tres facinerosos que le exigían la bolsa de los dineros y cuanto de valor llevara encima a riesgo de verse degollado al instante. Sin apenas tener tiempo para defenderse, uno de los hombres se le echó encima, golpeándole en la cabeza con un objeto de hierro que lo hincó de rodillas en el barro. No supo muy bien lo ocurrido a continuación. Con la cabeza dolorida, incapaz de levantarse, oyó primero gritos y luego pisadas alejándose y chapoteando en los charcos.

—¿Os encontráis bien, señor?

La voz amiga del soldado de fortuna le hizo recobrar el sentido medio perdido. El hombre lo ayudó a levantarse y pasándole la mano por debajo de la axila lo obligó a andar hasta la posada de El Ciervo, exigiendo, una vez dentro, que alguien fuera en busca de un físico. La posada se hallaba cercana al hospital, y el propio hijo del posadero salió corriendo en busca de un médico. La herida, aunque aparatosa, era sólo superficial. Una buena limpieza, seguida de una aplicación generosa de pomada elaborada con corteza de olmo, aceite y cera virgen, y una venda en la cabeza fueron suficiente cura.

—No viajéis en un par de días y venid a verme antes de hacerlo. No parece nada grave, pero con este tipo de golpes, nunca se sabe… —le aconsejó el físico antes de marcharse.

El soldado lo acompañó hasta la habitación en la cual, en medio de un pestilente olor a pies, Bravo y Guzmán dormían a pierna suelta.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Juan antes de dejarse caer en el camastro.

—Sosa, Pedro Sosa, para servir a vuestra merced.

—Me has salvado la vida. Si quieres, puedes ser mi hombre.

—Pocos caballeros se hubieran dignado a entrar en una taberna miserable y a entablar conversación con un simple soldado licenciado.

Acepto.

—Una cosa más… —añadió el herido, sin fuerzas para mantener los ojos abiertos—. No tengo tierras, pero tampoco líos, hasta hoy…

El hombre ahogó una risa divertida y salió del cuarto. A Juan le dolía la cabeza, pero únicamente lamentó en aquel momento que el percance le impidiera regresar a Toledo al día siguiente, tal como tenía previsto.

Por la mañana del nuevo día, Sosa se presentó en la posada a primera hora y esperó a que su nuevo señor bajara de la habitación. Juan abandonó la estancia a eso del mediodía acompañado de Bravo, quien poco después se despidió para emprender el camino de vuelta a Segovia.

—Nos veremos pronto —dijo éste a modo de adiós.

—Será un placer recibiros en nuestra casa —respondió Juan—. A mi mujer le complacerá conocer a su primo.

—¡Ojalá nuestro encuentro solo se deba a razones familiares! —gritó el otro, espoleando su caballo y desapareciendo cuesta abajo.

El toledano y su criado se dirigieron a la plaza Mayor de Valladolid, donde algunos caballeros principales, tanto castellanos como flamencos, se disponían a romper algunas lanzas. Los torneos estaban programados dentro de los festejos para celebrar la entronización y la plaza estaba repleta de gentes ansiosas por ver a don Carlos, pues se aseguraba que el nuevo rey sería uno de los contendientes. Los dos hombres encontraron un hueco en la parte alta de la tribuna de los hidalgos, opuesta a la de los nobles. Había dejado de llover y podían verse claros en el cielo, aunque el día era gélido y desapacible. A Juan le dolía la cabeza y se veía obligado a girar el torso para seguir las evoluciones de los caballeros que, vestidos con armaduras de gala a cual más vistosa, se embestían como si se hallasen en un combate y no en una prueba amistosa. La entrada en el palenque de un caballero vestido de negro, lanza y caballo incluidos, con la celada del yelmo echada, levantó una gran expectación.

—¿Quién es ése? —preguntó Juan al hombre sentado a su lado.

—El prior de la orden de San Juan de Jerusalén, don Antonio de Zúñiga, hermano del duque de Béjar.

Uno a uno, el caballero negro fue desmontando a sus oponentes entre los aplausos y los gritos de entusiasmo de los espectadores. El hombre atacaba sin desviarse una pulgada de su camino, la punta de su lanza se estrellaba contra sus rivales haciéndose astillas y en más de una ocasión éstos quedaban maltrechos y debían ser ayudados por sus escuderos. Un rumor se extendió por las tribunas cuando apareció el último justador con armadura dorada y penacho blanco en el yelmo.

—¡Es el rey! —Se escuchó.

Un silencio denso siguió al rumor cuando los caballeros tomaron posiciones y esperaron la señal para embestir. Para sorpresa de todos, al llegar a la altura de su oponente, el caballero negro ladeó su lanza y ésta pasó rozando el hombro real mientras él era desmontado de un golpe seco en pleno pecho. El público permaneció en silencio. Don Carlos levantó la celada, giró su caballo, regresó al lugar donde yacía el de Zúñiga, desmontó y lo ayudó a ponerse en pie. Entonces, la gente rompió en aplausos y en vivas al rey, arreciando en sus gritos cuando el alcaide del torneo lo declaró campeón de la justa.

—¡Jamás en mi vida había contemplado semejante amaño! —masculló Sosa entre dientes.

—¿Habrías tú derribado a un rey? —le preguntó Juan.

—Habría luchado con honestidad, fuera quien fuese mi oponente.

—He ahí una de las razones por las cuales nunca serás prior de una orden de caballería —rió el procurador, sintiendo en el mismo instante un fuerte dolor que le trepanaba la cabeza.

Desde la marcha de su marido, a María se le hacían los días interminables. Pasaba las horas muertas mirando por una de las ventanas que daba a la calle, esperando verlo regresar en cualquier momento. Su suegro continuaba en la casa. Con el mal tiempo y su quebrantada salud, no era aconsejable regresar a Mascaraque hasta que cesasen la nieve y el frío. También Gutierre, su cuñado, había retrasado su

partida a Salamanca, donde servía al duque de Alba. No tenía ninguna prisa en volver mientras su señor estuviese en Valladolid y, por otra parte, casi prefería escuchar lo acontecido de labios de su hermano. El duque no era muy dado a las confidencias y él era tan sólo un capitán a su servicio. Las veladas en la casona transcurrían apacibles, entreteniendo el tiempo con el juego del ajedrez o las damas, y el pequeño Pedro disfrutaba con la presencia de su abuelo y de su tío, aprovechando la ausencia del padre y la debilidad de la madre para alargar la hora de irse a la cama. Cuando Lucía y Antonia, la joven de Guadamur, lograban llevárselo, los mayores permanecían un buen rato más junto al fuego.

—No estoy seguro de que haya sido una buena decisión presentar las exigencias de las ciudades como condición para el juramento —comentó pensativo Gutierre una noche.

—¿Por qué lo dices, hijo? —le preguntó su padre, moviendo al mismo tiempo una torre con la intención de dar jaque a la reina de su nuera.

—No se va a un rey con exigencias… Los vasallos no pueden poner condiciones para jurar a su rey.

María detuvo el movimiento iniciado para escapar de la torre, miró a su cuñado y arqueó las cejas.

—Según vos, ser vasallo significa ser siervo.

—Don Carlos es nuestro señor por la gracia de Dios.

—Por su gracia y también por la de sus padres, la de los nobles y por una cuadrilla de flamencos ladrones que no han dejado de robar desde que pusieron los pies en Castilla. Jaque mate a vuestro rey, querido suegro —

añadió con una sonrisa dirigida al anciano al tiempo que colocaba su reina.

—Aun así, es nuestro soberano —insistió el joven.

— Audaces fortuna juvat! ¡La fortuna favorece a los audaces! —

exclamó María, recordando lo escrito por Virgilio en La Eneida, y sonriendo al observar la consternación en el rostro de su oponente por haber perdido la partida que creía ganada.

—Los ha habido audaces con la cabeza cortada por no saber cuál era su sitio —volvió a la carga Gutierre.

—Y otros que han pasado la vida escondiéndose sin dar la cara.

—Pero no han arriesgado sus vidas ni las de los suyos.

—¿A qué viene todo esto? —preguntó el señor de Padilla participando en la conversación.

—Mi cuñado no está de acuerdo con las exigencias que los procuradores de las villas y ciudades han llevado a Valladolid.

—No es que no esté de acuerdo, es que no me parece el momento adecuado.

—¿Cuál sería para vos el momento adecuado?

—Después del juramento, cuando don Carlos vaya familiarizándose con su nuevo reino.

—Entonces será ya tarde. —María colocó las piezas del ajedrez en su sitio, dispuesta a recomenzar la partida con su suegro—. Un rey sentado en su trono no acepta fácilmente que se le diga lo que debe hacer.

—Puede que no haga falta decírselo…

María miró a Gutierre y se echó a reír.

—¿Qué es lo que tanta gracia os hace? —preguntó éste, molesto.

—Vuestra ingenuidad. Los reyes, este rey, no son diferentes de cualquier otro ser humano. No nacen sabiendo. Deben de aprender su oficio como el artesano aprende el suyo. ¿Qué pensáis vos, señor suegro?

—Pienso que es peligroso enfrentarse a los poderosos. A la larga, ellos ganan y los demás pierden.

El caballero calló, ensimismándose en el movimiento de las llamas en la chimenea. Estaba preocupado por Juan. Aún no había cumplido los treinta y era, por lo tanto, joven a pesar de su experiencia como militar y de la barba cerrada que había sustituido a los cuatro pelos que tenía al marchar a tierras andaluzas. En lugar de mantenerse en una segunda posición, escuchar y apoyar las propuestas de los otros procuradores según le dictase su conciencia, tomaba parte activa en los debates y, de manera asombrosa, exhibía un dominio de la oratoria que lo tenía perplejo. El hombre tranquilo, más bien callado y observador que todos conocían en casa, se transformaba en un orador apasionado cuando tomaba la palabra ante la asamblea. Él lo había escuchado en varias ocasiones desde la galería reservada al público. Tan sólo un par de meses atrás, había hablado en contra de un nuevo impuesto que atañía por igual a hidalgos y pecheros y que el consejero Chiévres pretendía establecer para su propio beneficio.

Juan se había opuesto al pago de dicho impuesto por parte de los hidalgos y logrado que la ciudad lo rechazara. Lo más extraordinario del caso fue el entusiasmo de la multitud que lo acompañó de vuelta hasta su casa, porque entre ella no sólo había hidalgos, sino también gentes del común. Él le había advertido entonces que el rey no se lo agradecería, pero Juan se había limitado a sonreír. Y también estaban los recuerdos de su propia vida. Se había negado en todo momento a reconocer la locura de la reina, y ello le había acarreado múltiples sinsabores y la enemistad del difunto consorte real, don Felipe, aunque no se arrepentía y volvería a hacerlo. También recordó sin orgullo su participación en los enfrentamientos entre los Silva y los Ayala de Toledo, en los cuales él tuvo una participación muy activa peleando y… matando a sus conciudadanos.

—¿En qué pensáis?

La voz de su nuera interrumpió sus cavilaciones.

—Creo que Juan debería dejar la política y volver a la carrera militar.

—¿No estaréis hablando en serio? —María lo miraba asombrada—.

¿Deseáis que pase la vida en una guarnición perdida de la mano de Dios?

—Quiero que no arriesgue su seguridad.

—¿Acaso la vida de un político no es más segura que la de un soldado?

—No será la primera vez que los pueblos acaban empuñando las armas en contra de sus gobernantes.

María y su cuñado intercambiaron unas miradas preocupadas. ¿A qué se refería el viejo caballero? ¿Tal vez a los disturbios que habían agitado a los toledanos cincuenta años atrás? La ciudad se había alzado entonces en armas contra el poder de los señores feudales, pero el asunto había acabado casi antes de empezar, habiendo salido los nobles fortalecidos. ¿O a los disturbios provocados por enfrentamiento entre las dos familias más influyentes de la ciudad y sus seguidores, tan sólo hacía una decena de años?

—Eso no ocurrirá esta vez —aseguró María confiada—. Don Carlos ha de entender que las ciudades tienen sus propios fueros y administradores.

Sus opiniones deben de ser atendidas para la buena marcha del reino.

—Yo lo entiendo, querida, pero ¿lo entenderá él?

Aquella noche, María tardó mucho rato en dormirse. Las palabras de su suegro revoloteaban machaconamente en su cabeza y también le daba vueltas a la situación política. Juan y ella hablaban a menudo sobre el asunto. Al principio sorprendida, y poco a poco más convencida, aunque incómoda al tratarse de los de su propia clase —de sus parientes, en una palabra—, lo había escuchado hablar acerca de las prerrogativas de los señores, beneficiados por innumerables mercedes a lo largo del último siglo. Muchas poblaciones de realengo habían pasado de las manos de los reyes a las de los nobles. En Sepúlveda, Ágreda, Badajoz, Córdoba, Segovia y en la propia Toledo había habido revueltas lideradas por la pequeña nobleza y los hidalgos, apoyados por los comerciantes y artesanos, en contra de las pretensiones de los grandes nobles, cada vez más poderosos y dominantes. La llegada de los flamencos no había hecho sino agravar el conflicto, puesto que éstos tenían todos los vicios de aquéllos y no pertenecían a la tierra. Entre unos y otros iban camino de acabar con las libertades castellanas.

—No hay nada extraño, querida, en que los procuradores en nombre de las villas y ciudades exijamos el mantenimiento de los fueros —le había dicho Juan una noche, poco antes de partir hacia Valladolid—. Todos los monarcas han jurado mantenerlos y defenderlos. Don Carlos se proclamó nuestro rey a miles de leguas de este reino, lleva aquí varios meses y aún no ha convocado Cortes, pero sus gentes gobiernan como si ya hubiera sido reconocido.

—¿Y qué más da que jure antes o después? —había preguntado ella sin darle importancia.

A fin de cuentas, no sería la primera vez que un monarca tardaba algún tiempo en someterse al juramento.

—Cuanto antes lo haga, mejor para todos. Hasta entonces será un simple usurpador de los derechos de su madre, nuestra reina doña Juana.

—Doña Juana, lo sabes muy bien, no está en disposición de gobernar.

—Pero fue jurada y no está muerta. El pueblo ha de estar seguro de a quién debe su lealtad.

María notaba un cambio sutil en los planteamientos de su marido. Había comenzado defendiendo los privilegios de los hidalgos y cada vez más a

menudo hablaba de los asuntos del común. A ella aún se le escapaba el contenido de su discurso, pero estaba plenamente decidida a entenderlo aunque sólo fuera por entenderle a él también. A veces, recordaba la casita de Salobreña, en la cual se había refugiado durante su malogrado primer embarazo y también después del nacimiento de Pedro. Le gustaría regresar a aquel hermoso lugar donde viviría con Juan y crecería su hijo. Los tres juntos contemplarían las puestas de sol reflejadas en las aguas del mar, se amarían e ignorarían al resto del mundo. Pero sabía que no sentía en absoluto lo que pensaba. Le encantaba la vida de sociedad, estar metida en el trajín, conocer los chascarrillos de primera voz, escuchar los dimes y diretes de la clase política, conocer las opiniones de unos y otros. Y

comenzaba a tener su propia opinión al respecto.

Por otra parte, Toledo le ofrecía sin duda algo que Granada no podía: el acceso inagotable a las fuentes del saber, los libros. Su padre disponía de una excelente biblioteca, pero ella no podía elegir y debía limitarse a los gustos de su progenitor y de sus educadores. En Toledo, sin embargo, era libre de acudir a casa del librero Andrés de la Espina, con quien había entablado una relación cercana; él la mantenía al corriente sobre las últimas obras impresas y sobre las tendencias literarias del momento. A Juan no le interesaba la literatura en general; prefería los tratados políticos o militares y, por supuesto, la lectura y redacción de las actas concejiles, pero alentaba sus gustos aunque sin poder evitar alguna broma de tiempo en tiempo.

—Mi esposa doña María Pacheco, la escolástica —le había presentado en una ocasión a un colega, y ella lo había fulminado con la mirada.

Había vuelto a leer las obras de los filósofos griegos que años atrás consideraba tediosas para desesperación de sus maestros, entre ellos el afamado Pedro Mártir de Anglería. Su padre lo había contratado como educador de sus hijos y era un pozo de conocimientos, pero, como la mayoría de los sabios, también era doctrinal y aburrido, o eso al menos le parecía a ella en aquel entonces. Ahora, sin embargo, recordaba algunas de sus enseñanzas y releía los Diálogos de Platón, obra traducida del griego por los árabes y del árabe al latín en la famosa escuela que tanto renombre había proporcionado a la ciudad en toda Europa. A pesar de que los pensadores más respetados frecuentaban las aulas universitarias de

Salamanca, también existían en Toledo hombres y mujeres intelectualmente preparados, capaces de mantener interesantes discusiones filosóficas, como algunas de sus vecinas del barrio de Santa Leocadia, mujeres ilustradas, capaces de leer en latín igual o mejor que ella misma. Y también había otras personas, varios canónigos de la catedral, escribanos, hombres de leyes, médicos y demás, a quienes había tenido la oportunidad de conocer en las reuniones sociales —«populacheras» las había llamado ella en alguna ocasión— a las que tan aficionado era Juan. Poco a poco y casi sin darse cuenta, desdeñando charlas sin ningún interés, había ido aproximándose a ellos, sintiéndose aceptada con toda naturalidad a pesar de ser mujer. Las conversaciones acababan irremediablemente refiriéndose al mundo de la política y la proyección en ésta de los filósofos griegos, cuyas obras veían un nuevo auge a partir del interés por ellas de pensadores europeos de la talla de Erasmo y Tomás Moro, entre otros. La res publica, el gobierno de los subditos, el ejercicio de la justicia, asunto éste avivado por la presencia en la gobernación de los consejeros y hombres de confianza del príncipe Carlos, era el tema principal de unas tertulias que iban dejando su impronta en la mente de la mujer cuya inteligencia precoz ya había sido advertida por el maestro Anglería.

Lo vio entrar en el patio, una tarde de mediados de febrero en la que la nieve no había dejado de caer desde temprano por la mañana, y el corazón le dio un vuelco; corrió escaleras abajo y se lanzó en sus brazos sin el recato esperado en una dama de su clase. Sólo entonces se percató de la palidez de su rostro y del vendaje que asomaba bajo el tocado de fieltro.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó aterrorizada.

—Nada importante, señora. No os preocupéis. Fue un mal encuentro con unos maleantes en el que yo llevé la peor parte. Éste es Pedro Sosa —

añadió Juan señalando a su acompañante—, mi nuevo hombre de confianza.

Gracias a él estoy aún vivo.

María apenas dirigió una mirada al hombre un tanto desarrapado y sucio que se mantenía apartado de ellos, volviendo sus ojos rápidamente hacia su

marido. Un instante después, salía despedida y penetraba de nuevo en la casa.

—¡Martín! ¡Ficor!

Los dos hombres, uno viejo y otro algo más joven, llegaron corriendo alertados por los gritos, e igualmente lo hicieron Zaida y el resto de los servidores, así como Gutierre y su padre.

—Acompaña al amo a su habitación —indicó María al primero, dirigiéndose luego al más joven—: Tú, ¡ve en busca del doctor Martínez sin perder un instante! Zaida, la tina del baño y que el cocinero prepare un caldo de pollo con yema y un chorro de vino. Gutierre, ayudad a vuestro hermano a subir las escaleras. Señor suegro, no ocurre nada grave, volved a la sala que vais a coger frío…

Juan entró apoyándose en el antiguo soldado sin poder evitar una sonrisa divertida.

—Ya te lo había dicho, mi buen Sosa. En esta casa doña María ordena y manda y todos, incluso yo, obedecemos.

A pesar de sus protestas, el herido se vio llevado por Gutierre y Martín medio en volandas hasta su habitación, mientras María continuaba impartiendo órdenes.

—Zaida, este hombre…

—Pedro Sosa, para serviros, señora —se presentó él de nuevo.

—Búscale ropas limpias y un lugar donde acomodarse. No estará de más que tome un baño y que el barbero le arregle un poco el cabello y la barba. No me gusta ver a mi alrededor personas descuidadas —ordenó a la esclava, mirando después al nuevo criado—. Gracias por ayudar a mi marido —añadió con una sonrisa y un tono amable, y echó a correr escaleras arriba como una chiquilla.

No cejó hasta que tuvo a Juan bañado, acostado y comido y el médico hubo afirmado varias veces para convencerla de que la herida no era de gravedad: «un golpe malhadado sin mayores complicaciones», aseguró; soportó ocultando su impaciencia las visitas en la habitación de su suegro, su cuñado y un par de amigos quienes, enterados del percance, se personaron aquella misma tarde en la casa, y hasta acortó el relato nocturno

dedicado al pequeño Pedro, lo besó y, por una vez, lo dejó aún despierto en manos de Lucía.

—¡Por fin! —exclamó al penetrar en su habitación y cerrar la puerta con el pestillo—. ¡Creía que nunca iban a dejarnos solos!

Se tumbó junto a Juan, asió su mano con fuerza y cerró los ojos, apoyando su cabeza sobre el pecho de su marido.

—¿Te has quedado dormida? —preguntó éste al cabo de un rato.

—Escucho los latidos de tu corazón.

—¡Por Dios, querida, no estoy muerto! —Rió él.

—¡Ni se te ocurra estarlo!

—Estoy bien, algo cansado por el viaje nada más y también por la ausencia. Los debates han sido largos, las ceremonias pesadas, el tiempo desapacible y te he echado en falta a cada momento. Tu sola presencia me devuelve las fuerzas.

—¿Estás seguro de que estás bien?

—¡Repuesto del todo!

María abrió los ojos, lo contempló durante un rato y, después, se levantó de la cama. Se quitó el pequeño casquete de terciopelo azul adornado con perlas, la redecilla y las horquillas, y su cabello se desparramó por sus hombros como una cascada de seda negra.

—Entonces…, ¿ya tenemos rey? —preguntó.

—Sí, don Carlos reinará en nombre de su madre, quien continuará siendo la reina propietaria de Castilla —respondió Juan sin dejar de mirarla.

Lentamente, la joven soltó las sobremangas de piel de marta y las dejó caer al suelo.

—¿Habéis aceptado su solicitud de pedido?

—Sí…

—¿Cuánto?

—Seiscientos mil ducados, pagaderos en tres años.

Las manos de María se detuvieron en el tercer botón de su vestido de terciopelo también azul, adornado con pasamanería bordada con hilos de plata y almohadillas en los hombros.

—¿Sólo Castilla?

—Sólo Castilla; los otros reinos, que son más pequeños, deberán entregar por tanto cantidades menores. Don Carlos ha partido ya para Zaragoza y luego se dirigirá a Barcelona y a Valencia.

—¿Y las exigencias de las villas y ciudades?

—Las ha aceptado, en principio…

El vestido cayó al suelo y la basquiña verde trébol, fue tras él, quedando a la vista una saya blanca de lanilla, bordada con pequeñas flores también blancas. María soltó los lazos de la camisa de lino cuyo cuello ribeteado con una puntilla velaba el suyo hasta la barbilla.

—En principio…

—Ha aceptado aprender nuestra lengua y matrimoniar en breve, pero, que yo sepa, no ha dimitido a ninguno de sus consejeros, ni ha nombrado a otros castellanos en su lugar.

Debido al fuego de la chimenea, al refugio acogedor de las mantas del lecho y al caldo de pollo o, tal vez, al calorcillo provocado en él por la visión de su amada desnudándose, el semblante del hombre había recuperado el color y sus ojos brillaban maliciosos. La camisa de lino, otra interior del mismo material que la saya y finalmente ésta, quedaron amontonadas en el suelo. Durante un rato, Juan contempló extasiado a su mujer y, después, alargó los brazos en un gesto mudo de súplica.

—¿Habrá problemas? —preguntó María acurrucándose junto a él.

—Algunos, pero ya se solucionarán.

—Te he echado en falta…

—Me conformo con que la tuya haya sido una décima parte de mi añoranza. No puedo vivir sin ti.

—Yo no quiero vivir sin ti.

Juan besó sus labios suavemente, sin prisas, sabedor de que aquella mujer extraordinaria era suya en cuerpo y alma, al igual que él lo era de ella.

—¿No va siendo hora de que Pedro tenga con quién jugar? —le preguntó.

—Es labor de los dos, ya lo sabes.

Rieron y, una vez más, ambos olvidaron el mundo convulso que se agitaba fuera de su habitación. Se bastaban el uno al otro.

Francisco Serrano, el impresor de la calle Ancha, penetró en la tienda de libros de maese Andrés de la Espina, situada en la misma calle, varios portales más abajo. Portaba un bulto envuelto en una tela de lino recién lavada que depositó encima de un mostrador atiborrado de libros, procedió a soltar con mimo la cinta y mostró el contenido al librero. Cogió a continuación el primer volumen de los cinco descubiertos al retirar la tela, se lo tendió ceremoniosamente a éste, como si le estuviera entregando un documento real o un valioso objeto de arte, y esperó. Maese Andrés se llevó el libro a la nariz para aspirar su olor y después acarició con suavidad la cubierta de cuero, sintiendo bajo sus dedos los caracteres grabados con los nombres de la obra y del autor: Encomio de la estulticia de Desiderio Erasmo de Rotterdam. El libro había sido traducido del latín al castellano, llegando de manera semiclandestina a manos del librero, quien había encargado su impresión a Serrano. El hombre abrió el volumen y pasó las hojas una a una, comprobando si había errores, si las letras eran todas iguales, si los capítulos se hallaban colocados en perfecto orden y sonrió.

—¡Es un magnífico trabajo, querido amigo! —exclamó satisfecho.

El impresor le devolvió la sonrisa y un profundo suspiro se escapó de su pecho. Sabía que estaba jugando con fuego y el asunto podía traer consigo consecuencias muy graves. Aquel trabajo no había pasado por las manos de los frailes inquisidores que exigían supervisar y aprobar las obras impresas en su taller. La rápida expansión de la imprenta, artilugio seguramente inspirado por el Diablo, según ellos, y el peligro que suponía su existencia tenía preocupados a muchos clérigos. Hasta hacía no mucho, el saber era asunto de escolares y los libros manuscritos estaban sólo al alcance de unos pocos, pues eran difíciles y costosos de obtener, pero con la dichosa máquina hasta el más mísero de los estudiantes, o cualquiera capaz de leer, podía disponer de un ejemplar impreso. Cada día aparecían obras nuevas escritas por filósofos y pensadores, pero también por embaucadores y sacrilegos, y era necesario estar alertas. De vez en cuando y sin previo aviso, los dominicos aparecían por el taller, situado en los bajos de su propia vivienda, para comprobar que no se llevaran a cabo trabajos no

autorizados y, de paso, controlar a la competencia. Ellos habían sido los primeros en disponer de una imprenta en Toledo y eran también los únicos autorizados para imprimir y vender a buen precio bulas que aseguraban la redención de algunos pecados para acortar el tiempo de Purgatorio y permitían el incumplimiento de algunos deberes religiosos, como la vigilia.

Asimismo, imprimían libros de oraciones y todo tipo de indulgencias que suponían unos ingresos saneados, y no estaban dispuestos a repartir los beneficios del negocio.

La impresión del libro del gran pensador holandés la había llevado a cabo él solo, de noche, después de que su ayudante se hubiera marchado.

No quería testigos y tampoco había impreso el florón con su marca para evitar problemas en caso de que alguno de aquellos ejemplares llegase a manos del Santo Oficio. Maese Andrés le había hecho el encargo señalando que uno de ellos sería para él y los otros irían a parar a personas de confianza, pero cualquier precaución era poca en los tiempos que corrían.

Por menos de eso había ardido más de una persona en el brasero de la Vega, tras sufrir juicio público en la plaza de Zocodover.

A pesar de haber sido nombrado consejero del príncipe Carlos, el maestro Erasmo no era apreciado en los ámbitos eclesiásticos debido a sus duras críticas al estamento religioso, y Serrano estaba convencido de que los inquisidores no hubieran aprobado la impresión de una de sus obras.

Además, le habrían hecho unas cuantas preguntas referentes al cómo y cuándo había obtenido él una de ellas, la más satírica de todas, y sobre quién le había hecho el encargo. La falta de humor de la clase religiosa, y en especial de los miembros de la temida Inquisición, era de sobra conocida. Como si el humor también fuera uno más de los pecados inscritos en la larga lista que predicadores y moralistas se empeñaban en exponer en todo momento, pero, a falta de algo que llevarse a la boca, de un trabajo digno, de una vivienda sin ratas, del poder disfrutado por los nobles, ¿qué le quedaba al pueblo sino la risa? Él había tenido suerte y no le faltaba trabajo, pero no estaba ciego. Uno de los cuatro críos de su amigo Matías, el curtidor de la calle Cordonerías, el más pequeño, había muerto de frío y hambre el invierno anterior, y los otros se habían salvado de puro milagro porque él se enteró a tiempo, ocupándose de suministrarles alimentos, ropas

y carbón a pesar de una primera negativa por parte del curtidor. El hombre era orgulloso y no quería aceptar limosnas. Solucionó el problema encargándole varias pieles de badana, aunque no le hacían ninguna falta, pues ya tenía algunas y apenas las utilizaba. El verdadero estudioso buscaba el contenido de los libros, y las cubiertas de cartón o papel, en lugar de cuero, abarataban de manera extraordinaria el precio de los ejemplares.

Cuando regresó, y aunque aún no había anochecido, dio a su ayudante el resto de la tarde libre. Éste no se hizo repetir la orden y se despidió encantado hasta el día siguiente. Serrano, entonces, cerró la puerta con la tranca, echó un vistazo alrededor, retiró unos cuantos trozos de cuero, cartones, hojas de papel y algunas planchas de impresión de encima de un arcón y extrajo de él un sexto ejemplar de la obra. Las páginas estaban únicamente cosidas, sin cubiertas ni letras doradas o rojas, ni tampoco título. Aguantó el deseo de leerlo en aquel mismo instante y subió a su vivienda. No se había entretenido en el texto durante las semanas que le había llevado el trabajo, limitándose a colocar a toda velocidad los caracteres en las planchas para acabar cuanto antes el peliagudo encargo, pero no había podido evitar detenerse en alguna frase, en determinadas palabras, que indicaban claramente el contenido del libro: una sátira incisiva dirigida a todos los estamentos de la sociedad, en especial a los nobles y clérigos, incluidos papas, cardenales y obispos. No, a los curas no iba a gustarles el Encomio de la estulticia, y esto lo hacía aún más atractivo.

Ahora que el trabajo estaba hecho y entregado, podía él dedicar tiempo a su lectura.

Avivó el rescoldo de brasas, echando ramas, serrín y tacos de madera proporcionados a buen precio por otro conocido, carpintero en la calle de la Chapinería, y colocó el pucherete que aún contenía un poco de potaje del mediodía. Después, asió un candil, lo alumbró y salió de la cocina, se dirigió al fondo del estrecho pasillo y ascendió por una escala de mano hasta topar con la trampilla de acceso a lo que él llamaba «su rincón», un sobrado bajo el tejado dentro del cual apenas podía mantenerse erguido, y depositó el candil sobre un cajón de madera que hacía las veces de mesa. El pequeño habitáculo estaba repleto de volúmenes apilados por orden según los temas. Había allí todo tipo de obras: algún viejo códice desdeñado por

falta de calidad, libros de música, religiosos, una copia del primer libro encuadernado por su abuelo, Tirant lo Blanch, y otro de Amadís de Gaula; también guardaba poemarios y obras escritas en griego, aunque él sólo pudiera entender el latín. Todas las rendijas del tejado habían sido taponadas con pez para impedir las goteras y podían verse por doquier cepos para las ratas. Serrano estaba dispuesto a compartir su cama y su escudilla con los asquerosos animalejos, pero jamás les dejaría ultrajar su valioso tesoro. Se sentó en el suelo cruzando las piernas y comenzó a leer el libro, olvidándose de lacena.

Su padre y su abuelo habían sido encuadernadores en Salamanca y sus recuerdos estaban ligados desde siempre al olor de los cueros, pieles, cartones y colas utilizados por ellos, así como al uso de las herramientas, punzones, troqueles, agujas, cuerdas, nervios y demás útiles necesarios para transformar palabras escritas a mano en espléndidos volúmenes destinados a las casas de los ricos, los únicos que podían permitirse el lujo de pagarlos.

Él había aprendido el arte de la impresión, y también el latín, con los dominicos de Salamanca, que disponían de su propia imprenta para editar libros religiosos, de oraciones y cantos. Estuvo trabajando con los monjes hasta que un buen día su camino se cruzó con el de maese Andrés de la Espina, quien había acudido al monasterio por asunto de negocios. Fue él quien le hizo un préstamo para poder adquirir la herramienta y alquilar un bajo para instalar la imprenta. Ahora, después de veinte años de trabajo, era propietario del local y del piso situado encima y, además, había devuelto la suma prestada, entregando su amistad incondicional al hombre que lo había hecho posible. Estaba dispuesto a realizar cualquier trabajo que éste le pidiera, y no era la primera vez que imprimía una obra sin beneficio económico. Imprimir cinco o seis volúmenes, cuando lo normal era un centenar, era una verdadera ruina, pero maese Andrés no era un cliente, era un amigo. No conocía el destino de su trabajo, pero tampoco lo indagaba.

Le bastaba con que su benefactor se lo pidiese.

Primero por curiosidad, después por interés, se había acostumbrado a imprimir un ejemplar para él cada vez que recibía un encargo «especial». El esfuerzo era casi el mismo y él se beneficiaba de saberes que, de otra manera, jamás hubieran estado a su alcance. Así conoció el pensamiento

filosófico griego traducido al latín, el famoso Líber mortis, el libro de los muertos, escrito por el príncipe Abdul ben Raschid y condenado por la Iglesia, la Divina Comedia de Dante, también condenada, así como una traducción apócrifa de la Biblia y algunos textos escritos en castellano de escritores judíos y musulmanes, prohibidos por la Inquisición. No siempre era capaz de entender sus contenidos, pero el hecho de hallarse bajo sospecha los convertían en preciadas piezas que habían de preservarse.

Varios días más tarde, maese Andrés le envió un recado rogándole que fuera a verlo de nuevo, a la caída de la noche, le decía en su mensaje, después de cerrar el negocio. No había aquel día gran trabajo por hacer y se dedicó, junto al aprendiz, a limpiar los moldes, restregar con esparto las planchas de madera y acuchillar los pupitres. No podía quitarse de la cabeza el motivo de la llamada del librero y esperó impaciente el anochecer para envolverse en su capa y acudir a la tienda de su amigo, procurando no ser visto por nadie, tarea fácil visto el frío y la helada caída tras una jornada clara y luminosa, que habían ahuyentado incluso a los más asiduos parroquianos de las tabernas. No se detuvo ante el portal, dio un rodeo por el callejón y llamó a la trasera. El librero no tardó en acudir, candil en mano, y él lo siguió sin una palabra por entre cajas de madera y pilas de libros hasta un pequeño cuartito sin luz del exterior, utilizado por maese Andrés para hacer sus cuentas. Se hallaban allí otras dos personas, a las que en un principio no reconoció, y se sintió incómodo.

—Podemos comenzar —oyó decir a su anfitrión—. No esperamos a nadie más.

Aturdido, el impresor escuchó durante más de media noche hablar a los tres hombres. No había sido presentado, pero sus ojos no tardaron en acostumbrarse a la penumbra y acabó distinguiendo sus rasgos. Eran el canónigo de la catedral Rodrigo de Acebedo y el también canónigo y maestrescuela Álvarez Zapata, a quienes conocía de vista, sobre todo a este último, pues era el fundador y director de la escuela de Santa Catalina para eclesiásticos y solía hacerle algunos encargos. Les oyó decir palabras jamás antes escuchadas, ni siquiera intuidas, sobre asuntos de suma gravedad, traición dirían algunos, y permaneció callado sin perder ni una de ellas.

—El pueblo no sabe de los asuntos de la gobernación.

—O no le dejan saber —adujo el maestrescuela, respondiendo a la afirmación de Acebedo.

—No tiene capacidad para entender —insistió el canónigo.

—Decid más bien que no tiene la posibilidad. Hubo un tiempo, y vos deberíais saberlo, en el cual los pueblos se gobernaban a sí mismos. No eran naciones, ni estados, ni reinos, simplemente pueblos. Los reyes, los nobles, llegaron después.

—Reconoced que reyes y nobles han hecho grande a este reino.

—¿Grande? ¿Os habéis dado una vuelta por las callejas de Toledo? El pan no llega a las mesas, los chicuelos van casi desnudos a pesar del frío, las epidemias atacan a los pobres antes que a los ricos…

—Es ley de vida.

—Es la ley del hombre. Ahora nos ha llegado un príncipe extranjero cuyo único mérito es ser hijo y nieto de reyes, está rodeado por gentes extrañas a esta tierra que pretenden imponernos su dominio. Las villas tienen unos derechos adquiridos a lo largo de la Historia y quieren acabar con ellos; pretenden dirigir nuestros destinos, reorganizar nuestros asuntos públicos y, de paso, robarnos hasta el último maravedí.

—El rey lo es por voluntad de Dios.

—¿Fue voluntad de Dios enviarnos a un adúltero como Alfonso, a un depravado como Pedro, a un bastardo como Enrique?

—Pronunciáis palabras blasfemas.

—No hay más blasfemia que usar el nombre de Dios en vano y en provecho de unos pocos. La voz del pueblo es la voz de Dios.

Serrano escuchaba horrorizado el diálogo mantenido entre los dos hombres. Miró a maese Andrés, sentado a su lado, y sorprendió al constatar su mirada brillante y la sonrisa en sus labios.

—Las villas no aceptarán un monarca absoluto —retomó la palabra el maestrescuela.

—«Todos han de someterse a las potestades superiores; porque no hay potestad que no esté bajo Dios, y las que hay han sido ordenadas por Dios»

—respondió Acebedo haciendo alusión a la Carta de Pablo a los Romanos.

—«No oprimirás a tu prójimo, ni lo despojarás» —dijo Zapata, repitiendo las palabras de Dios a Moisés, añadiendo después—: Los males

de los hombres derivan de una mala organización y gestión de lo público.

—Los gobernantes se ocupan del bienestar de sus gobernados.

—El único camino hacia el bienestar público está en declarar la comunidad de bienes. La división entre ricos y pobres, opresores y oprimidos, surge de un desigual reparto de la riqueza.

—Una revuelta en contra de la autoridad sería aplastada irremediablemente.

—No, si nos unimos. No, si se escucha como una sola la voz de hidalgos, clero, artesanos y labradores, juntos.

—Ellos tienen la fuerza.

—Nosotros la razón.

—De nada vale la razón sin cañones.

—No harán falta. El clamor del pueblo acallará su sonido.

—Sois un insensato.

—Al igual que vos.

Los dos hombres se echaron a reír y maese Andrés se unió a ellos.

Serrano tuvo la impresión de hallarse rodeado por unos locos que mejor sería estuviesen encerrados en el Hospital del Nuncio. ¿Quién le había dado a él vela en aquel entierro? En cualquier momento aparecerían los alguaciles del corregidor y se los llevarían a los cuatro a un calabozo del alcázar, húmedo y apestoso; los torturarían y después los quemarían en Zocodover por herejes y traidores. Respiró más tranquilo cuando, algo más tarde, los dos canónigos se despidieron y los vio desaparecer de su vista.

Aún con el miedo en el cuerpo, esperó el regreso de su amigo que había acompañado a sus visitantes a la salida.

—¿Qué os ha parecido? —le interrogó éste nada más entrar en el habitáculo.

—¿El qué? —preguntó él, incapaz de responder de otra manera.

—¿No ha sido un espléndido ejercicio de dialéctica?

—Yo sólo he escuchado palabras insensatas en boca de dos locos.

—Palabras inspiradas por los antiguos griegos y algunos europeos de nuestros días.

—Palabras necias, os repito.

Maese Andrés se echó a reír y le palmeó en la espalda.

—He querido que vinierais porque confío en vos y espero vuestra ayuda.

—¿Mi ayuda? ¿Mi ayuda? —repitió el impresor aterrorizado de nuevo.

Pasaron el resto de la noche hablando. Cuando Serrano abandonó el cuchitril del librero, a punto de amanecer, la cabeza le daba vueltas y ni el frío gélido golpeándole con saña fue capaz de aclarar su mente. Se alegró de que fuera domingo, lo cual le evitaba tener que abrir el negocio y le daba, tiempo para pensar. Quería correr, llegar cuanto antes a su humilde vivienda, pero el suelo estaba helado y era necesario pisar con cuidado para no resbalar y no romperse ningún hueso. La casa estaba fría, pero no se molestó en encender el fuego y se metió en la cama, vestido y todo, esperando quedarse dormido y olvidar su experiencia nocturna.

Él era un hombre tranquilo. Pasada la cuarentena, no había tenido la fortuna de encontrar aún a una buena mujer con la cual compartir su vida, ni tampoco tenía hijos, aunque no desesperaba. De hecho, su vecina, una viuda algo más joven que él, parecía ponerle buena cara cuando se encontraban.

Era tejedora y algunas veces, incluso, habían intercambiado palabras sobre lo difícil que se estaba poniendo la vida para todos. No sabía leer, pero había mostrado interés por su trabajo, lamentando su falta de instrucción e insinuando que no le importaría aprender algunas letras. Había pensado en ofrecerse para enseñarle o para leerle un poemario, pero las palabras de maese Andrés se habían congelado en su alma como los carámbanos colgados de los tejados.

—Se aproximan tiempos difíciles, querido amigo —le había dicho al despedirse—, y la imprenta será una herramienta valiosa de apoyo.

—¿Para qué?

—Para dar a conocer las nuevas ideas.

Si aquellas ideas de las que hablaba el librero tenían algún parecido con las escuchadas esa misma noche en boca de los dos canónigos, podían darse todos por muertos, pensó Serrano, a quien el sueño no acababa de llegar.

Por un instante, se dijo, tal vez sería conveniente hacer el equipaje y regresar a Salamanca, pero ¿cómo empezar de nuevo en pleno invierno y a su edad, sin amigos en aquella ciudad, sin dinero para el traslado ni para

adquirir otro local? Aunque…, también podría negarse llegado el momento.

Su último pensamiento fue para la viuda.

—Mañana mismo la pediré en relaciones —murmuró antes de lograr conciliar por fin el sueño.

Durante los meses siguientes, una calma relativa se instaló en las ciudades castellanas. Don Carlos se hallaba en Zaragoza, intentando recabar el servicio solicitado a los aragoneses: doscientos mil ducados, pero encontró allí las mismas dificultades que en Valladolid. Los aragoneses no estaban dispuestos a concederle los dineros solicitados sin prestaciones iguales a las reclamadas por Castilla. La situación degeneró en peleas entre éstos y los castellanos del séquito real, ensangrentando las calles de la ciudad del Ebro. Finalmente, los consejeros del rey obtuvieron los votos necesarios mediante promesas, amenazas y, sobre todo, sobornos a los más maleables de los procuradores. Tiempo era ya, puesto que se había gastado más de la mitad de la suma solicitada y se había tenido que recurrir a prestamistas usureros para poder hacer frente a los gastos de viaje y a los originados por el séquito real. Por fin pudo don Carlos continuar su viaje hacia Cataluña después de haber enviado a su hermano Fernando a Alemania, contraviniendo de esta forma una de las promesas hechas como respuesta a la solicitud de las ciudades. En Barcelona encontró igual oposición a la hallada en Castilla y Zaragoza para ser jurado como conde, a pesar de que la demanda económica era muy inferior a las anteriores: únicamente doscientas cincuenta mil libras, una limosna. Pero no todas tenían que ser malas noticias. En enero de 1519 supo el rey de la muerte de su abuelo Maximiliano. El camino hacia el Imperio era ahora sólo cuestión de tiempo y… de dinero.

La tía Margarita se encargaría de comprar las voluntades de los siete príncipes electores alemanes, vacilantes entre su elección o la del rey Francisco de Francia. Pero los príncipes alemanes eran más caros de convencer que los procuradores de sus reinos peninsulares y fueron precisos ochocientos cincuenta mil florines de oro para los sobornos e importantes promesas a las cortes europeas; entre ellas, la entrega a Francia del recién

conquistado reino de Navarra —promesa que, por supuesto, no tenía ninguna intención de cumplir—. El banquero Jacobo Fugger le prestó una gran suma a cambio de un exorbitante interés y parte de las rentas de las órdenes militares: un importe de cincuenta millones de maravedíes anuales a cuenta de los servicios prometidos por los subditos españoles de su Sacra Majestad, título éste adoptado por don Carlos a partir de su elección como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en junio de aquel mismo año.

Las noticias habían corrido de boca en boca, encrespando los ánimos, provocando protestas en las ciudades castellanas y en Valencia, lugar al que debía ir el rey para recibir el juramento y el servicio correspondiente y al cual decidió finalmente no acudir debido a las revueltas y, entre otras causas, a la peste que se abatía sobre la región y la huida de los nobles hacia latitudes más seguras. Siguiendo el parecer de sus consejeros, don Carlos decidió retornar a Castilla después de las festividades de la Natividad con la intención de convocar una reunión de las Cortes castellanas en Santiago de Galicia desde donde embarcaría a Alemania para recibir la corona imperial.

Solicitaba, por otra parte, la entrega de doscientos mil ducados más para hacer frente a los gastos del viaje y de la coronación.

¡Ni un solo maravedí más! Las palabras de don Pedro Laso de la Vega fueron recibidas con aplausos y gritos por parte de la mayoría de los regidores de Toledo y el numeroso público congregado para seguir la asamblea. Llevaban reunidos todo el día en la casa del Ayuntamiento, decididos a no abandonar sus puestos sin antes haber llegado a un acuerdo.

Las propuestas se habían sucedido desde primeras horas de la mañana, siendo discutidas acaloradamente por las diversas facciones que componían el gobierno de la ciudad. Una y otra vez volvían sobre las exigencias realizadas con motivo de la jura en Valladolid un año antes, incumplidas a pesar de las promesas realizadas.

—¡Toledo debe oponerse a la marcha del rey y negarse a pagar la cantidad solicitada! —insistió Laso de la Vega.

—Habláis de Toledo como si fuera el centro del universo —terció uno de los regidores del bando leal a don Carlos, el de la familia Ribera— y tan sólo es una cagada de mosca en los designios imperiales.

Durante largo rato se intercambiaron improperios, insultos y gritos entre los miembros de la asamblea y Juan de Padilla desenvainó su cuchillo decidido a medirse con el hombre que insultaba a su ciudad. La rápida actuación de los alguaciles, dispuestos a descargar sus varas por igual entre unos y otros al menor asomo de alteración del orden público, calmó un tanto los ánimos exaltados.

—Escribamos a las ciudades y villas con derecho a voto en las Cortes, pidámosles que apoyen nuestra solicitud en Santiago —retomó la palabra don Pedro Laso una vez restablecida la calma—. Don Carlos tendrá que escuchar a sus subditos.

—¡Un rey no tiene por qué escuchar a nadie! —exclamó a voz en grito el mismo individuo que había provocado el altercado anterior.

—¡No es el rey quién hace el reino, sino al revés! —respondió en el mismo tono el regidor Hernando Dávalos, uno de los más activos opositores a las demandas del nuevo emperador y, además, tío de Laso de la Vega y también de Juan de Padilla.

—Si don Carlos no atiende las peticiones de las ciudades, que tomen ellas de común acuerdo las medidas que parezcan más convenientes al reino y al Estado.

Las palabras de Laso de la Vega fueron recibidas con un gran aplauso acompañado por un estruendoso pateo que acalló las réplicas del bando opositor. Tras varios intercambios de opiniones, quedó finalmente decidido que Toledo dirigiría una carta a las demás ciudades exponiendo su postura en lo tocante a la marcha de don Carlos y a la entrega del dinero exigido para el viaje.

—Ha sido duro —comentó don Pedro al acabar la sesión.

—Mucho me temo que aún lo será más —respondió Padilla con el ánimo decaído.

Tenía ganas de regresar a su casa, recogerse junto a los suyos, en el cálido nido que él y María habían creado para su familia; deseaba hablar con su padre, a quien había visto fugazmente durante la mañana en la

galería de invitados. Lo había observado menear la cabeza en tono dubitativo, no sabiendo si se debía al desacuerdo con las palabras pronunciadas por sus amigos y apoyadas por él o con la situación en general. Pero ¿qué otra cosa podía hacerse? Lejos de su mente estaba mostrarse contrario al rey y a lo que él representaba, pero cada día era mayor la inestabilidad del reino. Don Carlos no se dedicaba a la gobernación; únicamente parecía importarle la obtención de enormes cantidades de dineros sin detenerse a pensar lo mucho que costaba a sus subditos reunirías. No podían permanecer callados viendo el despilfarro de la Corte, los abusos de flamencos e italianos ocupados en la venta de cargos públicos cuyas ganancias sacaban a toda prisa del reino, el latrocinio del consejero Chiévres y sus próximos. Tan sólo unos días antes se había sabido que la mujer de Chiévres había embarcado en Barcelona trescientas ochenta acémilas cargadas hasta los topes de objetos valiosos expoliados en todos los rincones del reino. No, no podían callar, pues quien callaba se convertía en cómplice.

—Don Carlos se dirigirá a Valladolid antes de partir para Santiago. En cuanto llegue, enviaremos una representación para presentarle nuestras demandas.

La voz de Hernando Dávalos le hizo prestar atención a la conversación.

Después de la tumultuosa reunión, se hallaban en una pequeña y acogedora taberna de la calle de la Trinidad, bebiendo un pote de vino con canela y sosegando sus estómagos con unas lonchas de cecina curada y queso manchego. No habían comido nada durante todo el día y los cuerpos les pedían algo de alegría.

—No la recibirá —vaticinó Gonzalo Gaitán que acababa de unirse al grupo.

—Tendrá que hacerlo.

—¿Por qué? ¿No habéis oído lo que ha dicho ese malnacido pariente de los Ribera? Un rey no tiene por qué escuchar a nadie.

—Éste sí tendrá que hacerlo —intervino Laso de nuevo—. Si las demás ciudades nos apoyan, si le negamos el dinero solicitado, no le quedará más remedio que escuchar.

—Aun así acabará marchándose a Alemania digamos lo que digamos.

Nadie rechaza un imperio por un reino, pudiendo tener, además, los dos.

—Deberemos también solicitar que parte de la gobernación del reino recaiga en las ciudades, al menos la parte que les atañe —Laso continuaba con la idea ya expuesta durante la asamblea del Ayuntamiento.

—¡Por ello! —exclamó Dávalos, alzando el pote de vino y bebiendo el contenido de un trago.

—¡Ypor Toledo! —Brindaron sus compañeros.

Juan regresó muy tarde a su casa, acompañado por Sosa, que no lo abandonaba ni a sol ni a sombra, aunque manteniéndose siempre en un segundo plano y retirándose de su lado cuando se hallaba acompañado.

—No hace falta que vengas conmigo a todas partes —le había dicho él al comienzo de su relación, un tanto divertido por su entrega.

El hombre parecía estar siempre al acecho y aparecía en cuanto él se disponía a salir. Dentro de la casa, ni siquiera se percataba de su presencia.

—Acepté serviros y eso es lo que hago.

—Aquí, en Toledo, no corro ningún peligro.

—Cualquier hombre que se exponga en público como vos lo hacéis corre peligro, aquí o en cualquier otro lugar.

Las luces estaban apagadas, excepto el candil de la entrada. Le hubiera gustado jugar con el niño, hablar con su padre y su mujer, pero, por otra parte, estaba cansado y sólo deseaba meterse en la cama y dormir a pierna suelta lo que le pidiese el cuerpo. La jornada había sido una de las muchas agotadoras mantenidas durante los últimos tiempos y aún habría otras. Por un momento añoró los años transcurridos en la sierra de Gazorla, lejos de intrigas y discusiones. Los soldados eran rudos, pero obedecían sus órdenes sin rechistar. A pesar de lo que muchos pudieran pensar, él odiaba las discusiones, minaban su moral y lo agotaban físicamente.

—¿Qué opinas de lo ocurrido hoy durante la asamblea? —preguntó con curiosidad a Sosa mientras encendía una vela para subir a su habitación.

—Mi opinión no tiene importancia.

—Sí, claro que la tiene, como la de cualquier otro. Los regidores representamos a todos los habitantes de Toledo y ahora tú eres uno de los nuestros.

—Si me permitís que os lo diga, es mal asunto.

—¿El qué?

Había aproximado la vela al rostro del hombre. Aunque más aseado, seguía teniendo la misma expresión que en la mugrosa taberna de Valladolid, la de un soldado curtido y duro, difícil de conmover.

—Oponerse a las decisiones del rey. Él tiene poder y los vasallos no.

—Nuestras solicitudes son justas.

—No es una cuestión de justicia, sino de derecho. El tiene ese derecho.

—No tiene derecho a abandonar su reino y arruinar a su pueblo.

—Vos se lo habéis dado.

—¿Yo?

—Vos y todos los que le juraron lealtad en Valladolid.

Juan penetró en su habitación dando vueltas en su cabeza a las palabras de su sirviente, pero estaba demasiado cansado y no quería seguir pensando.

Depositó la palmatoria encima de la mesita de noche y contempló el rostro dormido de María antes de desnudarse, apagar la vela e introducirse en el lecho. Tenía los pies fríos e instintivamente los acercó a los de su mujer.

Ésta se removió y él separó los pies.

—No me importa —la oyó decir medio dormida—. Deja que te caliente.

Estás helado.

—Ha sido una jornada muy dura.

—En cuanto llegue el buen tiempo nos iremos a Mascaraque. Necesitas descansar y yo también…

Juan se apretó junto a su cuerpo, dejándose llevar por una sensación de bienestar que únicamente sentía a su lado, y cerró los ojos vencido por el sueño.

—Querido…, estoy embarazada…

Tardó un rato en asimilar la noticia. Hizo un esfuerzo y apoyó su mano sobre el vientre aún plano de María.

—Esta vez será una niña preciosa, como tú.

—Será lo que Dios quiera.

—Eso…

Al día siguiente, en una sesión mucho más tranquila que las anteriores, los procuradores de Toledo redactaron una carta dirigida a las demás

ciudades y villas con voto en las Cortes castellanas, exponiéndoles su oposición a la marcha del rey a Alemania y negándose a costear los gastos de dicho viaje. Solicitaban, además, ser apoyados en sus demandas.

También nombraron a cuatro representantes: a Laso de la Vega, a don Alonso Suárez de Toledo y a dos jurados más para que fueran en persona a entrevistarse con don Carlos a su regreso a Castilla, hecho previsto para comienzos del mes de marzo.

Una calma densa se apoderó de la ciudad. Quien más, quien menos conocía la decisión tomada por sus representantes, pero nadie se atrevía a predecir en qué acabaría todo aquello. Desde los que estaban claramente de acuerdo hasta los que temían una reacción negativa por parte del rey, no hubo nadie a quien la decisión consistorial dejase indiferente.

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