La desaparición de Stephanie Mailer

Joël Dicker · Capítulo 20 de 70

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La desaparición de Stephanie Mailer

Jesse Rosenberg

 

Viernes 4 y sábado 5 de julio de 2014

Veintidós días antes del festival

 

Derek y Darla organizaban todos los años una gran barbacoa en su jardín para celebrar el Cuatro de Julio y nos invitaron a Anna y a mí. Yo no acepté la invitación so pretexto de que ya me habían invitado en otro sitio. Pasé la fiesta nacional solo, encerrado en la cocina, intentando desesperadamente repetir una salsa para hamburguesas cuyo secreto tenía Natasha tiempo atrás. Aunque mis numerosos intentos eran todos infructuosos. Faltaban ingredientes y no tenía forma de identificar cuáles eran. Natasha ideó en primer lugar esa salsa para sándwiches de rosbif. Sugerí que la utilizase también con hamburguesas y tuvo muchísimo éxito. Pero ninguna de las decenas de hamburguesas que hice ese día se parecía a las que hacía Natasha.

Anna, por su parte, fue a casa de sus padres en Worcester, un suburbio encopetado situado a poca distancia de la ciudad de Nueva York, para una celebración familiar tradicional. Cuando estaba llegando, su hermana la llamó alarmadísima.

—Anna, ¿dónde estás?

—Llegando. ¿Qué pasa?

—La barbacoa la organiza el nuevo vecino de papá y mamá.

—¿Por fin han vendido la casa de al lado?

—Sí, Anna —contestó su hermana—. Y no te vas a creer quién la ha comprado: Mark. Mark, tu exmarido.

Anna hundió el pie en el pedal del freno. Pasmada. Oía a su hermana diciendo por el teléfono: «¿Anna? Anna, ¿estás ahí?». Quiso la casualidad que se detuviera exactamente delante de la casa en cuestión: siempre le había parecido bonita; a partir de ese momento la encontraba horrible y pretenciosa. Pasó revista a los adornos ridículos de la fiesta nacional que colgaban en las ventanas. Ni que fuera la Casa Blanca. Como siempre hacía con los padres de Anna, Mark se había pasado. Sin saber ya si debía quedarse o salir huyendo, Anna decidió encerrarse en el coche. En el césped cercano vio a niños jugando y a padres felices. De todas sus ambiciones, la más querida había sido fundar una familia. Envidiaba a sus amigas felizmente casadas. Envidiaba a sus amigas que eran madres dichosas.

Unos golpes en el cristal de la ventanilla la sobresaltaron. Era su madre.

—Anna —le dijo—, te lo ruego, no me avergüences y ven, por favor. Todo el mundo sabe que estás aquí.

—¿Por qué no me has avisado? —preguntó Anna con tono cortante—. Me habría ahorrado el trayecto.

—Por eso mismo no te dije nada.

—Pero ¿es que os habéis vuelto locos? ¿Celebráis el Cuatro de Julio en casa de mi exmarido?

—Celebramos el Cuatro de Julio en casa de nuestro vecino —objetó su madre.

—¡Ay, por favor, no juegues con las palabras!

Los invitados se fueron agolpando poco a poco en el césped para mirar la escena; y, entre ellos, Mark, luciendo su mejor cara de perro apaleado.

—Toda la culpa la tengo yo —dijo—. No tendría que haberos invitado sin hablar antes con Anna. Deberíamos suspenderlo todo.

—¡No vamos a suspender nada, Mark! —dijo irritada la madre de Anna—. ¡A mi hija no tienes por qué rendirle cuentas!

Anna oyó que alguien susurraba:

—Pobre Mark, que tenga que pasar por esta humillación cuando nos está recibiendo con tanta generosidad.

Anna notaba cómo le clavaban las miradas cargadas de desaprobación. No quería darle a Mark un motivo para que pudiera unir a su propia familia en su contra. Se bajó del coche y se sumó a la fiesta, que transcurría en la parte trasera del jardín, junto a la piscina.

Mark y el padre de Anna, ambos ataviados con delantales de cocina idénticos, se afanaron en la parrilla. Todo el mundo estaba embelesado con la nueva casa de Mark y con la calidad de las hamburguesas. Anna agarró una botella de vino blanco y se acomodó en un rincón, jurándose que iba a comportarse como es debido y a no organizar un escándalo.

 

A pocas decenas de millas de allí, en Manhattan, en el despacho de su piso de Central Park West, Meta Ostrovski miraba tristemente por la ventana. Había creído al principio que su despido de la Revista de Letras de Nueva York no era más que una rabieta de Bergdorf y que este lo llamaría al día siguiente para decirle que era indispensable y único. Pero Bergdorf no había llamado. Ostrovski fue a la redacción y se encontró con que su despacho estaba vacío del todo y sus libros, apilados en cajas de cartón listas para que se las llevaran. Las secretarias no lo dejaron entrar en el despacho de Bergdorf. Había intentado en vano llamarlo por teléfono. ¿Qué iba a ser de él?

La asistenta entró en la habitación con una taza de té.

—Me marcho ya, señor Ostrovski —dijo con suavidad—. Voy a casa de mi hijo para la fiesta nacional.

—Hace usted muy bien, Erika —le contestó el crítico.

—¿Hay algo que pueda hacer por usted antes de irme?

—¿Tendría la bondad de dignarse coger un almohadón y asfixiarme con él?

—No, señor; eso no puedo hacerlo.

Ostrovski suspiró:

—Entonces, puede irse.

Del otro lado del parque, en su piso de la Quinta Avenida, Jerry y Cynthia se disponían a salir para ir a celebrar el Día de la Independencia en casa de unos amigos.

Dakota alegó para no salir que le dolía la cabeza. No le llevaron la contraria. Preferían saber que estaba en casa. Cuando se marcharon, estaba en el salón viendo la televisión. Transcurrieron unas cuantas horas. Cansada y sola en aquel piso gigantesco, acabó por liarse un porro, agarró una botella de vodka del mueble-bar de su padre —sabía dónde escondía la llave— y se acomodó bajo la rejilla de ventilación de la cocina para beber y fumar. Cuando se acabó el porro, un tanto colocada y un poco borracha, se fue a su cuarto. Saco el Yearbook de su instituto, encontró la página que buscaba y se volvió a la cocina. Lio otro porro, bebió algo más de vodka y acarició con la yema del dedo la foto de una alumna. Tara Scalini.

Dijo su nombre. «Tara». Se echó a reír y, luego, le corrieron las lágrimas. Se le escapó un sollozo descontrolado. Se dejó caer al suelo, llorando en silencio. Se quedó así hasta que sonó el teléfono. Era Leyla.

—Hola, Leyl —dijo Dakota al descolgar.

—Vaya mierda de voz tienes, Dakota. ¿Has estado llorando?

—Sí.

Era joven y guapa, casi una niña aún, tendida en el suelo, con el pelo desparramado como una melena de león alrededor del rostro delgado.

—¿Quieres venir? —le preguntó Leyla.

—Le prometí a mis padres que me quedaría en casa. Pero me parece bien que vengas tú aquí. No quiero estar sola.

—Me meto en un taxi y llego enseguida —prometió Leyla.

Dakota colgó y, luego, se sacó del bolsillo una bolsita de plástico donde había unos polvos claros: ketamina. Puso unos pocos en el fondo de un vaso y los disolvió en vodka antes de beberse todo de un trago.

 

Hasta el día siguiente por la mañana no descubrió Jerry que a la botella de vodka le faltaban las tres cuartas partes. Rebuscó entonces en el cubo de la basura de la cocina y encontró dos colillas de porros. Estaba a punto de sacar a su hija de la cama cuando Cynthia lo instó a que esperase a que se levantara. En cuanto asomó Dakota por la puerta de su cuarto, le exigió explicaciones.

—¡Has traicionado nuestra confianza otra vez! —se indignó esgrimiendo la botella y las colillas.

—¡Ay, no seas tan estrecho! —le respondió Dakota—. Parece que nunca hayas sido joven.

Se volvió a su cuarto y se metió otra vez en la cama. Sus padres entraron en el acto en la habitación.

—¿Te das cuenta de que te has pimplado una botella de vodka casi entera y has fumado marihuana en nuestra casa? —le dijo su padre, furioso.

—¿Por qué te machacas así? —preguntó Cynthia esforzándose en no herirla.

—¿Y a vosotros qué coño os importa? —replicó Dakota—. De todas formas estaréis encantados cuando me vaya.

—¡Dakota! —protestó su madre—. ¿Cómo puedes decir algo así?

—Había dos vasos en el fregadero. ¿Quién estaba aquí? —fue la información que exigió Jerry Eden—. ¿Invitas a gente así por las buenas?

—Invito a amigos. ¿Dónde está el problema?

—¡El problema está en que fumas marihuana!

—Tranqui, un porro nada más.

—¿Me tomas por imbécil? ¡Sé que te metes porquerías! ¿Quién estaba contigo? ¿La gilipollitas esa de Neila?

—¡Es LEYLA, papá, no NEILA! ¡Y no es una gilipollas! ¡Deja de pensar que eres superior a todo el mundo solo porque tienes pasta!

—¡Bien que vives tú de esa pasta! —vociferó Jerry.

—Cariño —dijo Cynthia, esforzándose por calmar los ánimos—, tu padre y yo estamos preocupados. Creemos que tienes que ir a que te curen tu problema de adicción.

—Ya voy al doctor Lern.

—Estamos pensando en un centro especializado.

—¿Una cura? ¡No pienso volver a hacer una cura! ¡Fuera de mi cuarto!

Agarró un peluche infantil que no encajaba con el resto de la habitación y lo tiró en dirección a la puerta para echar a sus padres.

—¡Tú harás lo que se te diga! —replicó Jerry, dispuesto a no consentir ya nada más.

—No iré, ¿me oís? ¡No iré y os odio!

Se levantó de la cama para cerrar de un portazo, exigiendo un poco de intimidad. Luego, llorando, llamó a Leyla.

—¿Qué te pasa, Dakota? —preguntó Leyla, alarmada por los sollozos.

—Mis viejos quieren mandarme a un centro especializado.

—¿Qué? ¿A desengancharte? Pero ¿cuándo?

—Ni idea. Quieren hablar con el psiquiatra el lunes. Pero no pienso ir. ¿Me oyes? No voy a ir. Me largo esta noche. No quiero volver a ver en la vida a estos gilipollas. En cuanto se duerman, me abro.

 

Esa misma mañana, en Worcester, Anna, que había dormido en casa de sus padres, soportaba los asaltos de su madre, que la bombardeaba con preguntas durante el desayuno.

—Mamá —acabó por decir Anna—, tengo resaca. Me gustaría tomarme el café tranquilamente si es posible.

—¡Ah, vaya, te pasaste con la bebida! —dijo su madre, exasperada—. Así que ¿ahora bebes?

—Cuando todo el mundo me jode, sí, mamá, bebo.

La madre suspiró:

—Si estuvieras todavía con Mark, ahora viviríamos puerta con puerta.

—Pues entonces qué suerte que ya no estemos juntos —dijo Anna.

—¿De verdad se ha acabado todo entre Mark y tú?

—¡Mamá, llevamos un año divorciados!

—Huy, cariño, pero ya sabes que hoy eso no quiere decir nada ya: las parejas empiezan por vivir juntas, y luego se casan, y luego se divorcian tres veces, y para terminar vuelven a juntarse.

Anna suspiró por toda respuesta, cogió la taza de café y se levantó de la mesa. Su madre le dijo entonces:

—Desde aquel día dramático de la joyería Sabar no has vuelto a ser la misma, Anna. Ser policía te ha echado a perder la vida, eso es lo que pienso.

—Le quité la vida a un hombre, mamá —contestó Anna—. Y no puedo hacer nada para cambiarlo.

—Y, entonces, ¿qué? ¿Prefieres castigarte yéndote a vivir al culo del mundo?

—Sé que no soy la hija que te habría gustado tener, mamá. Pero, pese a lo que puedas creer, soy feliz en Orphea.

—Creía que tenías que ser la jefe de la policía de esa ciudad —le espetó su madre —. ¿Qué ha pasado?

Anna no contestó y se fue a la terraza para aislarse y disfrutar de un rato de tranquilidad.