La desaparición de Stephanie Mailer
Jesse Rosenberg
Jueves 26 de junio de 2014
Treinta días antes de la inauguración
Me había imaginado que mi última semana en la policía la iba pasar vagueando por los pasillos y tomando cafés con los compañeros para despedirme de ellos. Pero llevaba tres días encerrado en mi despacho de sol a sol, repasando la investigación del cuádruple asesinato de 1994 que había sacado de los archivos. La visita de Stephanie Mailer me había impactado: no podía pensar en otra cosa que no fuera ese artículo y esa frase que había dicho ella: «Tenía la respuesta ante los ojos. Sencillamente, no la vio».
Pero me parecía que lo habíamos visto todo. Cuantas más vueltas le daba al caso, más convencido estaba de que se trataba de una de las investigaciones más sólidas de
toda mi carrera: allí estaban todos los datos, las pruebas contra el hombre que se tenía por el asesino eran abrumadoras. Derek y yo habíamos trabajado con una formalidad y una minuciosidad implacables. No encontraba el menor fallo. Así que ¿cómo nos íbamos a haber equivocado de culpable?
Precisamente aquella tarde se presentó Derek en mi despacho.
—¿Qué andas haciendo, Jesse? Todo el mundo te está esperando en la cafetería. Los compañeros de secretaría te han hecho una tarta.
—Ya voy, Derek, lo siento, estoy un poco distraído.
Miró los documentos que tenía desperdigados por el escritorio, cogió uno y exclamó:
—¡Ah, no! No me digas que te has tragado las chorradas de esa periodista.
—Derek, solo quería asegurarme de que…
No me dejó acabar la frase:
—¡Jesse, la investigación era a prueba de bomba! Lo sabes tan bien como yo. Venga, ven, que todo el mundo te está esperando.
Asentí.
—Dame un minuto, Derek. Ahora mismo voy.
Suspiró y salió de mi despacho. Eché mano de la tarjeta de visita que tenía delante y marqué el número de Stephanie. Tenía el teléfono apagado. Ya había intentado llamarla la víspera, sin conseguirlo. Ella no había vuelto a ponerse en contacto conmigo desde que nos vimos el lunes y decidí no insistir más. Ya sabía dónde encontrarme. Acabé por decirme que Derek tenía razón, no había nada que permitiera dudar de las conclusiones de la investigación de 1994, y fui a reunirme con mis compañeros a la cafetería con el ánimo tranquilo.
Pero, al volver a subir a mi despacho, una hora después, me encontré con un fax de la policía estatal de Riverdale, en los Hamptons, que comunicaba la desaparición de una joven: Stephanie Mailer, de treinta y dos años, periodista. No se sabía nada de ella desde el lunes.
El corazón me dio un vuelco. Arranqué la hoja del aparato y me abalancé hacia el teléfono para hablar con la comisaría de Riverdale. Desde allí un policía me explicó que los padres de Stephanie habían ido a primera hora de la tarde, preocupados porque no sabían nada de su hija desde el lunes.
—¿Por qué los padres han ido primero a la policía estatal sin pasar por la local? —pregunté.
—Eso hicieron, pero la policía local por lo visto no se lo tomó en serio. Así que he pensado que más valía llevar el asunto más arriba, directamente a la brigada de delitos graves. A lo mejor no es nada importante, pero prefería darle la información.
—Ha hecho bien. Ya me encargo yo.
La madre de Stephanie, a la que llamé en el acto, me contó lo preocupada que estaba. La última vez que había hablado con su hija había sido el lunes por la mañana. Desde entonces, nada. El móvil se encontraba apagado. Tampoco había podido localizarla ninguna de las amigas de Stephanie. Al final, había ido al piso de su hija con la policía local, pero no había nadie.
Fui enseguida a ver a Derek a su despacho de la brigada administrativa.
—Stephanie Mailer —le dije—, la periodista que vino el lunes, ha desaparecido.
—¿Qué me estás contando, Jesse?
Le alargué el aviso de desaparición.
—Míralo tú mismo. Hay que ir a Orphea. Hay que ir a ver lo que pasa. Todo esto no puede ser una coincidencia.
Derek suspiró.
—Jesse, ¿no se supone que dejas la policía?
—No hasta dentro de cuatro días. Todavía me quedan cuatro días de policía. El lunes, cuando la vi, Stephanie decía que tenía una cita que iba a proporcionarle los datos que le faltaban a su investigación…
—Deja el caso a algún compañero —me sugirió Derek.
—¡De ninguna manera! Derek, esa chica me aseguró que en 1994…
No me dejó terminar la frase:
—¡Cerramos el caso, Jesse! ¡Es historia! ¿Qué te ha entrado de repente? ¿Por qué quieres a toda costa volver a meterte en eso? ¿De verdad te apetece volver a vivir todo aquello?
Lamenté que no me apoyase.
—Así que ¿no quieres ir a Orphea conmigo?
—No, Jesse. Lo siento. Creo que se te ha ido la cabeza.
Así que me fui yo solo a Orphea, veinte años después de haber pisado por allí por última vez. Desde el cuádruple asesinato.
Había que prever una hora de trayecto desde el centro regional de la policía estatal; pero, para ganar tiempo, me salté los límites de velocidad encendiendo la sirena y las luces de mi coche camuflado. Cogí la autopista 27 hasta el desvío de Riverhead y luego la 25 en dirección noroeste. El último tramo pasaba por un paisaje esplendoroso, entre un bosque exuberante y unos estanques cubiertos de nenúfares. No tardé en tomar la carretera 17, recta y desierta, que llevaba a Orphea y por la que circulé como una flecha. Un panel de carretera gigantesco me anunció que estaba a punto de llegar.
BIENVENIDO A ORPHEA, NUEVA YORK
Festival nacional de teatro, 26 de julio-9 de agosto
Eran las cinco de la tarde. Entré por la calle principal, frondosa y colorida. Vi pasar los restaurantes, las terrazas y las tiendas. Había un ambiente apacible, de vacaciones. Como faltaba poco para celebrar el Cuatro de Julio, habían adornado las farolas con banderas de estrellas y carteles que anunciaban los fuegos artificiales el día de la fiesta nacional por la noche. Por todo el paseo marítimo y el puerto deportivo, que bordeaban macizos de flores y setos recortados, los paseantes deambulaban entre las casetas que ofrecían excursiones para observar a las ballenas y alquilaban bicicletas. Aquella ciudad parecía sacada de los decorados de una película.
Mi primera parada fue en el puesto de la policía local.
El jefe, Ron Gulliver, que dirigía la policía de Orphea, me recibió en su despacho. No tuve necesidad de recordarle que ya habíamos coincidido veinte años atrás: se acordaba de mí.
—No ha cambiado —me dijo dándome un apretón de manos.
Yo no podía decir lo mismo. Había envejecido mal y engordado bastante. Aunque ya se había pasado la hora de comer y era pronto para cenar, estaba comiendo espaguetis en una bandejita de plástico. Y, mientras le explicaba por qué había ido allí, engulló la mitad del plato de una forma repugnante.
—¿Stephanie Mailer? —dijo extrañado, con la boca llena—. Ya nos hemos ocupado de ese caso. No se trata de una desaparición. Ya se lo he explicado a los padres que está visto que son unos plastas. ¡Salen por la puerta y vuelven a entrar por la ventana!
—A lo mejor son solo unos padres preocupados por su hija —le hice notar—. Llevan tres días sin saber nada de Stephanie y dicen que eso es algo muy poco habitual. Comprenderá que quiera ocuparme de esto con la diligencia necesaria.
—Stephanie Mailer tiene treinta y dos años y hace lo que quiere, ¿no? Créame, si tuviera yo unos padres como los suyos, también tendría ganas de escaparme, capitán Rosenberg. Puede estar tranquilo; Stephanie se ha ido por unos días, así de sencillo.
—¿Cómo puede estar seguro?
—Me lo ha dicho el redactor jefe del Orphea Chronicle, su superior. Ella le mandó un mensaje al móvil el lunes por la noche.
—La noche en que desapareció —comenté.
—Pero ¡si ya le digo que no ha desaparecido! —dijo irritado el jefe Gulliver.
Cada vez que soltaba una exclamación, de la boca le salían fuegos artificiales al pomodoro. Retrocedí un paso para evitar que me impactaran en la camisa inmaculada. Gulliver tragó y, luego, siguió diciendo:
—Mi adjunto ha acompañado a los padres a casa de su hija. Han abierto con un duplicado de la llave y han pasado revista: todo estaba en orden. El mensaje que ha recibido su redactor jefe confirmó que no había razón para preocuparse. Stephanie no tiene que rendirle cuentas a nadie. Lo que haga con su vida no es cosa nuestra. Nosotros hemos cumplido con nuestro trabajo. Así que, por favor, no venga a darme la lata.
—Los padres están muy preocupados —insistí— y, si usted me lo permite, me gustaría comprobar personalmente que todo va bien.
—Si le sobra el tiempo, capitán, por mí no se corte. Bastará con que espere a que mi adjunto, Jasper Montagne, vuelva de patrullar. Es él quien se ha hecho cargo de todo.
Cuando el sargento primero Jasper Montagne llegó por fin, me topé con un armario de luna gigantesco, con músculos muy marcados y expresión temible. Me contó que había acompañado a los señores Mailer a casa de Stephanie. Habían entrado en el piso: ella no estaba. Nada que destacar. Ninguna señal de lucha, nada anómalo. Montagne revisó después las calles adyacentes buscando el coche de Stephanie, en vano. Incluso llamó a los hospitales y a las comisarías de la zona: nada. Stephanie se había ausentado, y punto.
Como yo quería echar una ojeada al piso de Stephanie, se ofreció a acompañarme. Vivía en Bendham Road, una callecita tranquila cerca de la calle principal, en un edificio estrecho construido en tres niveles. En la planta baja había una ferretería; un inquilino vivía en el único piso de la primera planta y Stephanie, en el de la segunda.
Estuve llamando mucho rato a la puerta del piso. Tamborileé y grité, pero inútilmente: estaba claro que no había nadie.
—Ya ve que no está —me dijo Montagne.
Giré el picaporte: la puerta estaba cerrada con llave.
—¿Se puede entrar? —pregunté.
—¿Tiene la llave?
—No.
—Yo tampoco. El otro día abrieron los padres.
—Así que no se puede entrar.
—No. ¡No vamos a empezar a reventarle la puerta a la gente porque sí! Si quiere quedarse tranquilo del todo, vaya al periódico local y hable con el redactor jefe; le enseñará el mensaje que recibió de Stephanie el lunes por la noche.
—Y ¿el vecino de abajo? —pregunté.
—¿Brad Melshaw? Lo interrogué ayer. No ha visto nada ni ha oído nada de particular. No merece la pena ir a su casa: es cocinero en el Café Athéna, el restaurante de moda que está en la parte alta de la calle principal; allí se encuentra ahora mismo.
No por eso me dejé apabullar: bajé un piso y llamé en casa de Brad Melshaw. En vano.
—Ya se lo dije —suspiró Montagne bajando las escaleras mientras yo me quedaba un rato más en el rellano, esperando que me abriesen.
Cuando me metí a mi vez por las escaleras para bajar, Montagne ya había salido del edificio. Al llegar al portal, aproveché que estaba solo para pasarle revista al buzón de Stephanie. Echando una ojeada por la abertura vi que había una carta dentro y conseguí atraparla con la punta de los dedos. La doblé en dos y me la metí discretamente en el bolsillo de atrás del pantalón.
Tras la parada en el edificio de Stephanie, Montagne me llevó a la redacción del Orphea Chronicle, a dos pasos de la calle principal, para que pudiera hablar con Michael Bird, el redactor jefe del periódico.
La redacción se hallaba en un edificio de ladrillo rojo. Por fuera tenía buena pinta, pero, en cambio, por dentro estaba muy destartalado.
Michael Bird, el redactor jefe, nos recibió en su despacho. Ya vivía en Orphea en 1994, pero no me acordaba de haberme cruzado con él nunca. Bird me explicó que, por una serie de circunstancias, había vuelto a tomar las riendas del Orphea Chronicle tres días después del cuádruple asesinato y que por eso se había pasado la mayor parte de ese período con las narices metidas en papelotes y no sobre el terreno.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando Stephanie Mailer para usted? —le pregunté a Michael Bird.
—Unos nueve meses. La contraté el pasado mes de septiembre.
—¿Es buena periodista?
—Muy buena. Le da más nivel al periódico. Es importante para nosotros porque nos resulta difícil conseguir siempre contenidos de calidad. El periódico anda muy mal de dinero, ¿sabe?; sobrevivimos porque el local nos lo presta el ayuntamiento. La gente ya no lee la prensa y a los anunciantes ya no les interesa. Antes, éramos un periódico regional importante, leído y respetado. Ahora, ¿por qué va usted a leer el Orphea Chronicle si puede leer The New York Times en internet? Por no hablar de los que han dejado de leer y se conforman con las noticias de Facebook.
—¿Cuándo vio a Stephanie por última vez? —le pregunté.
—El lunes por la mañana. En la reunión semanal de la redacción.
—Y ¿le llamó la atención algo en particular? ¿Algún comportamiento inusual?
—No, nada especial. Sé que los padres de Stephanie están preocupados, pero, como les expliqué ayer, y también al subjefe Montagne, Stephanie me mandó un mensaje el lunes por la noche, ya tarde, para decirme que tenía que ausentarse.
Se sacó el móvil del bolsillo y me enseñó el mensaje en cuestión, que había recibido a las doce, durante la noche del lunes al martes.
Tengo que irme una temporada de Orphea. Es importante. Ya te lo explicaré todo.
—Y ¿no ha vuelto a saber de ella después de ese mensaje?
—No. Pero la verdad es que no estoy preocupado. Stephanie es una periodista de carácter independiente. Va a su ritmo con sus artículos. No me meto gran cosa en lo que hace.
—¿En qué está trabajando ahora mismo?
—En el festival de teatro. Todos los años, a finales de julio, tenemos un festival de teatro muy importante en Orphea…
—Sí, estoy al tanto.
—Bueno, pues a Stephanie le interesaba contar el festival desde dentro. Está redactando una serie de artículos sobre ese tema. En este momento anda entrevistando a los voluntarios que permiten que funcione el festival.
—¿Entra dentro de su estilo eso de «desaparecer» así?
—«Ausentarse», diría yo —matizó Michael Bird—. Sí, se ausenta con regularidad. Ya sabe que en el oficio de periodista hay que salir muy a menudo de la redacción.
—¿Le habló Stephanie de una investigación de mucha envergadura que tenía entre manos? —seguí preguntando—. Afirmaba que tenía una cita importante en relación con ella el lunes por la noche.
No concreté más aposta porque no quería dar más detalles. Pero Michael Bird negó con la cabeza.
—No —me dijo—; nunca me ha hablado de eso.
Al salir de la redacción, Montagne, que consideraba que no había de qué preocuparse, me invitó a irme de la ciudad.
—El jefe Gulliver querría saber si se va a marchar ahora.
—Sí —le contesté—; creo que ya lo tengo todo hecho.
Ya en mi coche, abrí el sobre que había encontrado en el buzón de Stephanie. Era el extracto de una tarjeta de crédito. Lo leí con atención.
Aparte de los gastos habituales (gasolina, artículos del supermercado, algunas retiradas de efectivo en el cajero, compras en la librería de Orphea), me fijé en que había muchos pagos de peajes de la entrada a Manhattan: Stephanie había estado yendo con regularidad a Nueva York últimamente. Pero, sobre todo, había comprado un billete de avión para Los Ángeles: ida y vuelta rápida del 10 al 13 de junio. Unos cuantos gastos in situ —en particular en un hotel— confirmaban que, en efecto, había hecho el viaje. A lo mejor tenía un ligue en California. En cualquier caso, era una joven que se movía mucho. No había nada que pudiera extrañar en el hecho de que se ausentara. Yo podía entender muy bien a la policía local: no había ningún indicio que favoreciera la tesis de una desaparición. Stephanie era mayor de edad y libre de hacer lo que quisiera sin tener que rendirle cuentas a nadie. A falta de indicios, estaba yo también a punto de renunciar a esa investigación cuando me llamó la atención un detalle. Algo no encajaba: la redacción del Orphea Chronicle. Aquel escenario no casaba en absoluto con la imagen que me había hecho de Stephanie. Cierto era que no la conocía, pero, por el aplomo con que se había dirigido a mí tres días antes, me la habría imaginado más bien en The New York Times que en el periódico local de una pequeña ciudad de veraneo de los Hamptons. Fue ese detalle el que me impulsó a ahondar un poco más y a ir a ver a los padres de Stephanie, que vivían en Sag Harbor, a veinte minutos de allí.
Eran las siete de la tarde.
En ese preciso instante, en la calle principal de Orphea, Anna Kanner aparcaba delante del Café Athéna, donde había quedado para cenar con Lauren, su amiga de la infancia, y Paul, el marido de esta.
Lauren y Paul eran los amigos a quienes Anna veía con más frecuencia desde que se había ido de Nueva York para afincarse en Orphea. Los padres de Paul tenían una casa de veraneo en Southampton, a unas quince millas de allí, donde iban con regularidad a pasar fines de semana largos; salían de Manhattan el mismo jueves para evitar el tráfico.
Cuando Anna se disponía a bajarse del coche, vio a Lauren y a Paul sentados ya a una mesa en la terraza del restaurante y se fijó sobre todo en que los acompañaba un hombre. Al comprender en el acto lo que ocurría, Anna llamó por teléfono a Lauren.
—¿Me has montado una cita, Lauren? —le preguntó en cuanto descolgó.
Hubo un momento de silencio apurado.
—Puede que sí —contestó Lauren al cabo—. ¿Cómo lo sabes?
—Mi instinto —le mintió Anna—. Vamos a ver, Lauren, ¿por qué me haces esto?
El único reproche que podía hacerle Anna a su amiga era que se pasaba la vida metiéndose en su vida sentimental e intentando colocarla con el primero que pasara.
—Este te va a encantar —aseguró Lauren, tras haberse alejado de la mesa para que el hombre que los acompañaba no oyera la conversación—. Fíate de mí, Anna.
—¿Sabes qué, Lauren? En realidad, no es la noche ideal. Todavía estoy en la oficina y tengo un montón de papeleo pendiente.
A Anna le pareció divertido ver a Lauren ponerse frenética en la terraza.
—¡Anna, te prohíbo que me des plantón! ¡Tienes treinta y tres años!, ¡necesitas un tío! ¿Cuánto tiempo hace que no follas?, ¿eh?
Ese era el argumento al que Lauren recurría en última instancia. Pero lo cierto es que Anna no estaba de humor para aguantar una cita amañada.
—Lo siento mucho, Lauren. Además, estoy de guardia…
—¡Ay, no empieces con tus guardias! En esta ciudad no pasa nunca nada. ¡También tienes derecho a divertirte un poco!
En ese momento, un coche tocó el claxon y Lauren la oyó a la vez en la calle y por el teléfono.
—¡Te he pillado, guapa! —exclamó corriendo por la acera—. ¿Dónde estás?
A Anna no le dio tiempo a reaccionar.
—¡Ya te veo! —exclamó Lauren—. ¡Si te crees que ahora te vas a escaquear y a dejarme plantada…! ¿Te das cuenta de que siempre te quedas sola en casa después de cenar, como una abuela? Me pregunto si fue una buena decisión venir a enterrarte aquí…
—¡Ay, Lauren, ten piedad! ¡Es como estar oyendo a mi padre!
—¡Pues si sigues así te vas a morir sola, Anna!
Anna se echó a reír y salió del coche. Si le hubiesen dado una moneda por cada vez que había tenido que oír eso, ahora nadaría en una piscina llena de dinero. Sin embargo, no podía por menos de reconocer que, tal y como estaban las cosas, Lauren no dejaba de tener razón: era una recién divorciada sin hijos que vivía sola en Orphea.
Según Lauren, los sucesivos fracasos amorosos de Anna tenían una doble causa: por una parte estaba su falta de buena voluntad y, por otra, su profesión, que «asustaba a los hombres». «Nunca les digo de antemano a qué te dedicas —le había explicado Lauren en varias ocasiones al comentarle a Anna las citas que le preparaba —. Creo que los intimida».
Anna fue a la terraza. El candidato del día se llamaba Josh. Tenía ese aire tan desagradable de los hombres que se sienten demasiado seguros de sí mismos. Saludó a Anna mientras se la comía con los ojos, cosa que la incomodó, y resoplaba fatigosamente. Y ella supo en el acto que esa noche no iba a conocer a su príncipe azul.
—Estamos muy preocupados, capitán Rosenberg —me dijeron al unísono Trudy y Dennis Mailer, los padres de Stephanie en el salón de su casa de Sag Harbor, muy coqueta.
—Llamé a Stephanie el lunes por la mañana —explicó Trudy Mailer—. Me dijo que estaba en una reunión de la redacción del periódico y que me volvería a llamar. Y no llegó a hacerlo nunca.
—Stephanie siempre devuelve las llamadas —aseguró Dennis Mailer.
Me había dado cuenta enseguida de por qué los señores Mailer podían haber irritado a la policía. Con ellos, todo cobraba unas dimensiones dramáticas, incluso el café que no acepté al llegar:
—¿No le gusta el café? —se desesperó Trudy Mailer.
—¿Prefiere un té? —dijo Dennis Mailer.
Cuando por fin conseguí que atendieran, pude hacerles unas cuantas preguntas preliminares. ¿Tenía Stephanie problemas? No; en eso eran categóricos. ¿Tomaba drogas? Tampoco. ¿Tenía novio? ¿Algún ligue? No, que ellos supieran. ¿Podría tener algún motivo para desaparecer del mapa? Ninguno.
Los señores Mailer me aseguraron que su hija no era de esas que les ocultan cosas a sus padres. Pero no tardé en descubrir que no era del todo cierto.
—¿Por qué fue Stephanie a Los Ángeles hace dos semanas? —pregunté.
—¿A Los Ángeles? —se extrañó la madre—. ¿Qué quiere usted decir?
—Hace dos semanas, Stephanie hizo un viaje de tres días a California.
—No estábamos enterados —se lamentó el padre—. No le pega nada irse a Los Ángeles sin avisarnos. ¿A lo mejor tuvo algo que ver con el periódico? Es siempre bastante discreta en lo que se refiere a los artículos en los que trabaja.
Yo tenía serias dudas de que el Orphea Chronicle pudiera permitirse enviar a sus periodistas a hacer reportajes a la otra punta del país. Y fue precisamente el hecho de que estuviera empleada en ese periódico lo que trajo consigo, a continuación, cierto número de interrogantes.
—¿Cuándo y cómo llegó Stephanie a Orphea? —pregunté.
—Vivía en Nueva York estos últimos años —me explicó Trudy Mailer—. Estudió Literatura en la universidad Notre-Dame. Quería ser escritora desde muy pequeña. Ha publicado ya algunos cuentos, dos de ellos en The New Yorker. Cuando acabó los estudios, trabajó en la Revista de Letras de Nueva York, pero la despidieron en septiembre.
—Y eso ¿por qué?
—Problemas económicos, por lo visto. Las cosas fueron muy deprisa: encontró trabajo en el Orphea Chronicle y decidió volverse a vivir aquí. Parecía contenta de haberse alejado de Manhattan y regresar a un entorno más tranquilo.
Pasó un ángel. Luego el padre de Stephanie me dijo:
—Capitán Rosenberg, no somos de esos que molestan a la policía por bobadas, créame. No habríamos dado la alerta si mi mujer y yo no estuviéramos convencidos de que ocurre algo fuera de lo habitual. La policía de Orphea nos ha dejado muy claro que no existen indicios reales. Pero incluso cuando Stephanie iba a Nueva York y volvía en el día nos enviaba un mensaje o nos llamaba al regresar para decirnos que todo había ido bien. ¿Por qué mandarle un mensaje a su redactor jefe y no a sus padres? Si hubiese querido que no nos preocupásemos, también nos habría enviado un mensaje a nosotros.
—Hablando de Nueva York —salté yo—, ¿por qué Stephanie iba con tanta regularidad a Manhattan?
—No estaba diciendo que fuese con frecuencia —aclaró el padre—; solo ponía un ejemplo.
—No, va con mucha frecuencia —dije—. Y muchas veces el mismo día y a la misma hora. Como si tuviera una cita regular. ¿A qué va?
Otra vez los señores Mailer parecían no saber de qué les estaba hablando. Trudy Mailer, cayendo en la cuenta de que no había conseguido convencerme por completo de la gravedad de la situación, me preguntó entonces:
—¿Ha ido usted a su casa, capitán Rosenberg?
—No, me habría gustado poder entrar en su piso, pero la puerta estaba cerrada y no tenía llave.
—¿Le gustaría ir ahora mismo a echar una ojeada? A lo mejor ve usted alguna cosa que no hayamos visto nosotros.
Acepté con el único propósito de cerrar aquella investigación. Una ojeada al piso de Stephanie acabaría de convencerme de que la policía de Orphea estaba en lo cierto: no existía ningún indicio que permitiera suponer una desaparición preocupante. Stephanie podía ir a Los Ángeles y a Nueva York cuando le viniera en gana. En cuanto a su trabajo en el Orphea Chronicle, podía pensarse sin inconvenientes que, después del despido, había aprovechado una oportunidad a la espera de que surgiese algo mejor.
Eran las ocho en punto de la tarde cuando llegamos delante del edificio de Stephanie, en Bendham Road. Subimos los tres a su piso. Trudy Mailer me dio la llave para que abriese la puerta; pero, cuando le iba a dar la vuelta en la cerradura, ofreció resistencia. La puerta no estaba cerrada con llave. Noté una fuerte subida de adrenalina: había alguien dentro. ¿Se trataba de Stephanie?
Apreté despacio en el picaporte y la puerta se entornó. Con una seña avisé a los padres de que guardaran silencio. Empujé la puerta con suavidad y esta se abrió sin ruido. Vi en el acto el desorden del salón: alguien había ido a hacer un registro.
—Bajen —les susurré a los padres—. Vuelvan al coche y esperen a que vaya a buscarlos.
Dennis Mailer asintió y se llevó a su mujer. Desenfundé el arma y di unos pasos por el piso. Lo habían puesto todo patas arriba. Empecé por pasarle revista al salón: habían volcado las estanterías y destripado los almohadones del sofá. Me fijé en varios objetos desperdigados por el suelo y no noté la silueta amenazadora que se me acercaba por detrás en silencio. Fue al volverme para dar una vuelta por las demás habitaciones cuando me di de bruces con una sombra que me roció la cara con un espray de pimienta. Me ardieron los ojos y se me cortó la respiración. Cegado, me doblé en dos. Me golpearon.
Cayó un telón negro.
Las ocho y cinco de la tarde en el Café Athéna.
Por lo visto, el Amor llega sin avisar, pero no cabía duda de que aquella noche el Amor había decidido quedarse en casa y obligar a Anna a padecer aquella cena. Josh llevaba una hora hablando sin parar. Ese monólogo entraba en el campo de la proeza. Anna, que había dejado de escuchar, se entretenía contando los «yo», los «mí» y los «me» que le salían de la boca como cucarachitas que, con cada palabra, le daban un poco más de asco. Lauren, que no sabía ya dónde meterse, iba por la quinta copa de vino blanco, mientras que Anna se limitaba a beber cócteles sin alcohol.
Por fin, agotado seguramente por sus propios proyectos, Josh agarró un vaso de agua y se lo bebió de un trago. Tras ese momento de silencio, muy de agradecer, se volvió hacia Anna y le preguntó con tono afectado: «Y tú, Anna, ¿a qué te dedicas? Lauren no me lo ha querido decir». En ese instante, sonó el teléfono de Anna. Al ver el número que aparecía en pantalla se dio cuenta en el acto de que se trataba de una emergencia.
—Lo siento —se disculpó—. Tengo que contestar.
Se levantó de la mesa y se apartó unos pasos antes de volver a toda prisa y anunciar que, por desgracia, tenía que irse corriendo.
—¿Ya? —se lamentó Josh visiblemente decepcionado—. Ni siquiera hemos tenido tiempo de conocernos.
—Ya lo sé todo de ti; era… fascinante.
Dio un beso a Lauren y a su marido, saludó a Josh con un ademán de la mano que quería decir «¡hasta nunca!» y se marchó a toda prisa de la terraza. El pobre Josh debió de quedarse muy impresionado porque le fue pisando los talones, acompañándola hasta la acera.
—¿Quieres que te lleve a algún sitio? —le preguntó—. Tengo un…
—Mercedes cupé —lo interrumpió ella—. Ya lo sé, ya me lo has dicho dos veces. Eres muy amable, pero he aparcado aquí mismo.
Abrió el maletero de su coche mientras Josh se quedaba plantado detrás de ella.
—Le pediré tu número a Lauren —dijo—. Vengo mucho por esta zona, podríamos tomar un café.
—Muy bien —contestó Anna para que se fuera mientras abría una bolsa grande de lona que abultaba mucho en el maletero.
Josh continuó:
—De hecho, sigues sin decirme en qué trabajas.
En el preciso instante en que acababa la frase, Anna sacó de la bolsa un chaleco antibalas y se lo puso. Mientras se estaba ajustando las correas, vio que a Josh se le dilataban las pupilas y las clavaba en el escudo reflectante en el que ponía en mayúsculas:
POLICÍA
—Soy subjefa de la policía de Orphea —le dijo ella, sacando una funda donde llevaba metida el arma y que se colgó del cinturón.
Josh se quedó mirándola, atónito e incrédulo. Anna se subió al coche camuflado y arrancó a la carrera, poniendo en marcha los relámpagos azules y rojos de las balizas giratorias, que brillaban en la luz del crepúsculo, antes de hacer lo mismo con la sirena, lo que atrajo la mirada de todos los transeúntes.
Según decía la central, a un agente de la policía estatal acababan de atacarlo en un edificio que le pillaba muy cerca. Habían avisado a todas las patrullas disponibles y al oficial de guardia.
Bajó por la calle principal a toda velocidad: los peatones que estaban cruzando volvieron a las aceras buscando refugio y, en ambos sentidos de la circulación, los coches se apartaban a los lados al verla acercarse. Iba por el centro de la calle pisando a fondo el acelerador. Tenía experiencia con las llamadas de emergencia en las horas punta de Nueva York.
Cuando llegó delante del edificio, ya estaba allí una patrulla de policía. Al entrar en el portal, se topó con uno de sus compañeros que bajaba las escaleras. Él le dijo a voces:
—¡El sospechoso ha huido por la puerta trasera del edificio!
Anna cruzó toda la planta baja hasta la salida de emergencia, en la parte de atrás del edificio, que daba a una callejuela desierta. Reinaba un extraño silencio: aguzó el oído, acechando algún sonido que pudiera orientarla antes de reanudar la carrera y llegar a un parquecito vacío. Silencio total de nuevo.
Le pareció oír un ruido en los matorrales, sacó el arma de la funda y entró precipitadamente en el parque. Nada. De pronto, le pareció ver correr una sombra. La persiguió, pero no tardó en perder el rastro. Acabó por pararse, desorientada y sin resuello. La sangre le golpeaba las sienes. Oyó un ruido detrás de un seto: se acercó despacio, con el corazón palpitante. Vio una sombra que avanzaba con pasos cautelosos. Esperó el momento propicio y luego dio un brinco apuntando con el arma al sospechoso y ordenándole que no se moviera. Era Montagne, que la estaba apuntando también.
—Joder, Anna, ¿de qué vas? —exclamó.
Ella suspiró y volvió a enfundar el arma mientras se doblaba por la cintura para recobrar el aliento.
—¿Qué coño estás haciendo aquí, Montagne? —le preguntó.
—¡Eso debería preguntártelo yo! ¡No estás de servicio esta noche!
Como subjefe, Montagne, técnicamente, era su superior jerárquico. Anna no era más segunda adjunta.
—Estoy de guardia —explicó Anna—. Me han llamado de la central.
—¡Pensar que estaba a punto de pescarlo! —dijo Montagne, irritado.
—¿De pescarlo? He llegado antes que tú. Solo había una patrulla delante del edificio.
—He ido por la calle de detrás. Podrías haber dado tu posición por radio. Eso es lo que hacen los compañeros de equipo. Comunican la información, no van a lo loco.
—Estaba sola y no tenía radio.
—Tienes una en el coche, ¿no? ¡Siempre estás dando por culo, Anna! ¡Desde el primer día que llegaste, no paras de dar por culo a todo el mundo!
Escupió en el suelo y volvió hacia el edificio. Anna lo siguió. Ahora los vehículos de emergencia tenían tomada Bendham Road.
—¡Anna! ¡Montagne! —los increpó el jefe Ron Gulliver al verlos llegar.
—Lo hemos perdido, jefe —refunfuñó Montagne—. Podría haberlo cogido si Anna no lo hubiera jodido todo, como siempre.
—¡Vete a la mierda, Montagne! —exclamó ella.
—¡A la mierda te vas tú, Anna! —vociferó Montagne—. ¡Ya puedes irte a tu casa, esto es asunto mío!
—¡De eso nada, es mío! He llegado antes que tú.
—¡Haznos un favor a todos y quítate de en medio! —rugió Montagne.
Anna se volvió hacia Gulliver para ponerlo por testigo.
—Jefe… ¿puede intervenir?
Gulliver aborrecía los conflictos.
—No estás de servicio, Anna —dijo con voz apaciguadora.
—¡Estoy de guardia!
—Déjale el caso a Montagne —zanjó Gulliver.
Montagne sonrió victorioso y se dirigió hacia el edificio, dejando a Anna y a Gulliver a solas.
—¡No es justo, jefe! —arremetió ella—. Y ¿permite que Montagne me hable así?
Gulliver no quería hablar del tema.
—¡Anna, por favor, no montes un número! —le pidió amablemente—. Todo el mundo nos está mirando. Es lo que menos necesito ahora mismo.
Miró a la joven con cara de curiosidad y, luego, le preguntó:
—¿Tenías una cita?
—¿Por qué me pregunta eso?
—Te has pintado los labios.
—Me pinto los labios muchas veces.
—Esto es diferente. Tienes cara de tener una cita. ¿Por qué no te vuelves? Nos vemos mañana en comisaría.
Gulliver se encaminó a su vez hacia el edificio, dejándola sola. Oyó de repente una voz que la llamaba y volvió la cabeza. Era Michael Bird, el redactor jefe del Orphea Chronicle.
—Anna —le preguntó al llegar a su altura—, ¿qué está pasando aquí?
—No tengo nada que comentar —contestó ella—; no estoy a cargo de nada.
—Pronto lo estarás de todo —sonrió él.
—¿A qué te refieres?
—¡A cuando dirijas tú la policía de la ciudad! ¿No acabas de pelearte por eso con el subjefe Montagne?
—No sé de qué estás hablando, Michael —afirmó Anna.
—¿De verdad? —contestó él con fingida expresión de asombro—. Todo el mundo sabe que vas a ser la próxima jefa de policía.
Ella se alejó sin responder y regresó a su coche. Se quitó el chaleco antibalas, lo arrojó en el asiento de atrás y arrancó. Habría podido regresar al Café Athéna, pero no le apetecía nada. Se volvió a casa y se instaló en el porche con una copa y un cigarrillo para disfrutar de aquel anochecer tan agradable.