La desaparición de Stephanie Mailer
Jesse Rosenberg
Viernes 18 de julio de 2014
Ocho días antes de la inauguración
El anuncio de Kirk, la víspera en el Gran Teatro, de que el nombre del verdadero asesino de 1994 se revelaría durante la representación de la obra tenía a toda la zona soliviantada. Orphea, en particular, estaba en estado de ebullición. Para mí, lo de Kirk era un bluf. No sabía nada, solo aspiraba que se hablase de él.
Sin embargo, había un punto que nos traía de cabeza: La noche negra. ¿Cómo era posible que el alcalde Gordon aún tuviera el texto, si sabíamos que había roto su ejemplar? Para intentar responder a esa pregunta, Anna, Derek y yo estábamos a bordo del ferri que enlazaba Port Jefferson, en los Hamptons, con Bridgeport, en el estado de Connecticut. Íbamos a New Haven para interrogar al hermano del alcalde
Gordon, Ernest Gordon, que era profesor de Biología en Yale. Al desaparecer por completo la familia de su hermano, él lo había heredado todo. Era quien se había encargado de clasificar las cosas de este en su momento y quizá hubiera visto la obra por algún sitio. Se trataba de nuestra última esperanza.
Ernest Gordon tenía ahora setenta años. Era el hermano mayor de Joseph. Nos recibió en la cocina, donde nos tenía preparados café y galletas. Su mujer también estaba presente. Parecía nerviosa.
—¿Por teléfono decían ustedes que había novedades acerca del asesinato de mi hermano y de su familia? —preguntó Ernest Gordon.
Su mujer no conseguía quedarse quieta en la silla.
—Así es, señor Gordon —le contesté—. Para ser sinceros, hemos descubierto indicios recientes que nos obligan a considerar que pudimos equivocarnos hace veinte años en lo referido a Ted Tennenbaum.
—¿Quiere decir que no fue el asesino?
—Eso es lo que quiero decir. Señor Gordon, ¿recuerda una obra de teatro que debería haber estado en posesión de su hermano? Se titula La noche negra.
Ernest Gordon suspiró:
—Mi hermano tenía en casa una cantidad ingente de papeles; intenté hacer una selección, pero había demasiados. Acabé por tirarlo casi todo.
—Me da la impresión de que esa obra de teatro tenía cierta importancia. Por lo visto no se la quería devolver a su autor. Lo cual nos lleva a pensar que la había puesto a buen recaudo. En algún lugar poco habitual. Un sitio en donde nadie habría ido a buscarla.
Ernest Gordon nos miró. Hubo un silencio incómodo. Al cabo, fue la mujer quien habló.
—Ernie —dijo—, hay que contárselo todo. Podría ser muy grave.
El hermano del alcalde Gordon suspiró.
—Después de morir mi hermano, se puso en contacto conmigo un notario. Joseph había hecho testamento, algo que me sorprendió, porque, aparte de su casa, no tenía bienes. Ahora bien, en el testamento aparecía una caja de seguridad en un banco.
—Por entonces nunca oímos hablar de esa caja de seguridad —comentó Derek.
—No se lo mencioné a la policía —nos confesó Ernest Gordon.
—Pero ¿por qué?
—Porque en esa caja había dinero en efectivo. Mucho dinero en efectivo. Lo suficiente para mandar a nuestros tres hijos a la universidad. Así que decidí quedarme con el dinero y ocultar su existencia.
—Esas eran las comisiones que Gordon no había podido transferir a Montana — cayó Derek en la cuenta.
—¿Qué más había en esa caja? —pregunté.
—Documentos, capitán Rosenberg. Pero le confieso que no miré de qué se trataba.
—¡Mierda! —renegó Derek—. ¡Supongo que lo tiró todo!
—A decir verdad —nos explicó Ernest Gordon—, no le comuniqué el fallecimiento de mi hermano al banco y le di al notario la cantidad suficiente para pagar el alquiler de la caja hasta que yo muera. Ya sospechaba yo que el dinero que había allí no era muy limpio y pensé que la mejor manera de conservar en secreto la existencia de esa caja era no meterme en nada. Me dije que, si empezaba a hacer gestiones con el banco para cerrarla…
Derek no lo dejó terminar.
—¿Qué banco era, señor Gordon?
—Voy a devolver todo el dinero —aseguró Gordon—, lo prometo…
—Nos importa un bledo ese dinero, no tenemos intención de buscarle las vueltas con eso. Pero es imprescindible que vayamos a ver qué documentos ocultaba su hermano en esa caja.
A las pocas horas, Anna, Derek y yo estábamos entrando en la sala de las cajas de seguridad de un pequeño banco privado de Manhattan. Un empleado nos abrió el cubículo y sacó la caja, que nos apresuramos a destapar.
Dentro encontramos un fajo de páginas encuadernadas en cuya cubierta ponía:
LA NOCHE NEGRA
por Kirk Harvey
—Pero ¡bueno…! —dijo Anna—. ¿Por qué el alcalde Gordon había guardado este texto en la caja de seguridad de un banco?
—Y ¿qué relación hay entre los asesinatos y esta obra? —se preguntó Derek.
En la caja había también documentos bancarios. Derek los hojeó, parecía intrigado.
—¿Qué has encontrado, Derek? —le pregunté.
—Son extractos de cuenta con ingresos muy elevados. Comisiones, casi seguro. También hay retiradas. Creo que corresponden al dinero que Gordon se envió a Montana antes de escapar.
—Ya sabíamos que Gordon era un corrupto —le recordé a Derek, sin entender por qué parecía tan desconcertado.
Y entonces me contestó:
—La cuenta está a nombre de Joseph Gordon y de Alan Brown.
Así que Brown también estaba pringado. Y no se habían acabado ahí nuestras sorpresas. Al salir del banco, fuimos al centro regional de la policía estatal para recoger los resultados del análisis del vídeo del discurso de Alan Brown la tarde del primer festival.
Los expertos en imagen habían encontrado un brevísimo momento de la secuencia del vídeo en que, con el contraluz de los focos del escenario en la hoja de Alan Brown, se veía por transparencia el texto que había en ella. El informe decía, de forma concisa: «Por las pocas palabras que pueden verse, el texto que pronuncia el orador parece corresponder a lo que pone en la hoja».
Al observar la ampliación, me quedé con la boca abierta.
—¿Dónde está el problema, Jesse? —me preguntó entonces Derek—. Acabas de decirme que el texto de la hoja corresponde al discurso de Brown, ¿no?
—El problema —le contesté, enseñándole la imagen— es que el texto está escrito a máquina. La noche de los asesinatos, al contrario de lo que afirmó, Alan Brown no improvisó un discurso. Lo llevaba escrito de antemano. Sabía que el alcalde Gordon no iba a ir. Lo tenía todo preparado.