La desaparición de Stephanie Mailer
Anna Kanner
Viernes 21 de septiembre de 2012. El día en que todo dio un vuelco.
Hasta aquel momento todo iba bien. En mi vida profesional y en la sentimental. Era inspectora de la comisaría del distrito 55. Mark trabajaba como abogado en el bufete de mi padre y se iba haciendo, con éxito, una clientela en el mundo de los negocios que le reportaba unos ingresos considerables. Nos queríamos. Formábamos una pareja feliz. En el trabajo y en casa. Unos recién casados felices. Me daba incluso la impresión de que éramos más felices y estábamos más realizados que la mayoría de las parejas de nuestro entorno con las que, con frecuencia, me comparaba.
Creo que el primer escollo en nuestra relación fue mi cambio de destino dentro de
la policía. Tras demostrar rápidamente lo que valía en la calle, mis superiores me propusieron para que me incorporase como negociadora a una unidad de intervención para los casos de toma de rehenes. Pasé con brillantez las pruebas para ese nuevo puesto.
Mark, al principio, no entendió bien lo que implicaba el destino nuevo. Hasta que salí, a mi pesar, por televisión con motivo de una toma de rehenes en un supermercado de Queens a principios del año 2012. Aparecí en pantalla, de uniforme negro, equipada con el chaleco antibalas y con un casco balístico en la mano. Esas imágenes las vieron toda la familia y los amigos.
—Creía que eras una negociadora —dijo Mark, espantado, después de haber visto una y otra vez esas secuencias.
—Eso es lo que soy —le aseguré.
—Con todo lo que llevas encima, cualquiera diría que te dedicas más a la acción que a la reflexión.
—Mark, es una unidad que gestiona tomas de rehenes. Ese tipo de problemas no se soluciona haciendo yoga.
Guardó silencio un rato, preocupado. Se sirvió algo de beber, fumó unos cuantos cigarrillos y, luego, vino a avisarme:
—No sé si voy a poder soportar que hagas ese trabajo.
—Ya estabas al tanto de los riesgos de mi profesión cuando nos casamos —le recordé.
—No, cuando te conocí eras inspectora. No hacías esa clase de tonterías.
—¿Tonterías? Mark, salvo vidas.
La tensión fue a más cuando un hombre trastornado mató a bocajarro a dos policías que estaban tomando un café metidos en su coche aparcado en una calle de Brooklyn con la ventanilla bajada.
Mark estaba nervioso. Cuando me iba por la mañana, me decía: «Espero volver a verte esta noche». Pasaron los meses. Poco a poco ya no bastaron las alusiones: Mark se volvió más insistente y acabó por sugerirme un cambio de profesión.
—¿Por qué no te vienes a trabajar conmigo al bufete, Anna? Podrías echarme una mano en los casos importantes.
—¿Echarte una mano? ¿Quieres que sea tu ayudante? ¿Crees que no soy capaz de llevar mis propios casos? ¿Debo recordarte que soy tan licenciada en derecho como tú?
—No me hagas decir lo que no he dicho. Pero creo que deberías prever más allá de tu futuro inmediato y pensar en un trabajo a tiempo parcial.
—¿Parcial? ¿Por qué a tiempo parcial?
—Anna, cuando tengamos hijos, ¿no pensarás pasarte el día lejos de ellos?
Mark tenía unos padres ambiciosos que le habían hecho muy poco caso de pequeño. Le había quedado una herida que intentaba curarse trabajando a destajo con la idea de atender él solo a las necesidades del hogar para que su mujer pudiera quedarse en casa.
—No voy a ser nunca ama de casa, Mark. Eso también lo sabías antes de casarnos.
—Pero ya no necesitas trabajar, Anna. ¡Gano dinero de sobra!
—Me gusta mi profesión, Mark. Siento que a ti te desagrade tanto.
—Prométeme al menos que te lo pensarás.
—¡Ni hablar, Mark! Pero no te preocupes, no seremos como tus padres.
—¡No metas a mis padres en esto, Anna!
Él, sin embargo, sí metió a mi padre, sincerándose con él. Y mi padre lo sacó a relucir un día en que nos vimos los dos. Fue ese famoso viernes 21 de septiembre. Me acuerdo de que era un día de otoño espléndido: la luz del sol inundaba Nueva York, el termómetro superaba los veinte grados centígrados. Yo no trabajaba ese día y quedé con mi padre para comer en la terraza de un restaurante italiano pequeñito que nos encantaba a los dos. Quedaba lejos del bufete y pensé que, si me citaba un día entre semana, era porque quería hablarme de algo importante.
En efecto, nada más sentarnos a la mesa, me dijo:
—Anna, cariño, sé que tienes problemas de pareja.
A punto estuve de escupir el agua que estaba bebiendo.
—¿Se puede saber quién te ha contado eso, papá? —pregunté.
—Tu marido. Tiene miedo por ti, ¿sabes?
—Ya tenía esta profesión cuando me conoció, papá.
—Y, entonces, ¿vas a sacrificarlo todo por tu trabajo de policía?
—Me encanta mi trabajo. ¿Será posible que nadie respete eso?
—¡Te juegas el pellejo a diario!
—Pero, vamos a ver, papá, igual puede atropellarme un autobús al salir de este restaurante.
—No juegues con las palabras, Anna. Mark es un muchacho fantástico. No te portes como una idiota con él.
Esa misma noche Mark y yo nos peleamos con saña.
—¡No me puedo creer que hayas ido a lloriquearle a mi padre! —le reproché, furiosa—. ¡Los temas de pareja son solo cosa nuestra!
—Tenía la esperanza de que tu padre te hiciera entrar en razón. Es la única persona que tiene influencia sobre ti. Pero, en el fondo, a ti solo te importa tu propia felicidad. Eres tan egoísta, Anna.
—¡Me gusta mi profesión, Mark! ¡Soy una buena policía! ¿Tan difícil es entenderlo?
—Y tú ¿puedes entender que no soporto seguir teniendo miedo por ti, sobresaltarme cuando tu teléfono suena en plena noche y te vas para atender una emergencia?
—No tengas tan mala fe. Tampoco sucede tan a menudo.
—Pero sucede. ¡Francamente, Anna, es demasiado peligroso! ¡Este oficio ya no es para ti!
—Y tú ¿cómo sabes qué oficio es para mí?
—Lo sé; y punto.
—Me pregunto cómo puedes ser tan estúpido…
—¡Tu padre está de acuerdo conmigo!
—Pero ¡yo no me he casado con mi padre, Mark! ¡Me importa un bledo lo que opine!
En ese momento sonó mi teléfono. Vi en la pantalla que era mi jefe. A aquellas horas solo podía ser una emergencia y Mark se dio cuenta enseguida.
—Anna, por favor, no contestes a esa llamada.
—Mark, es mi jefe.
—Es tu día libre.
—Pues precisamente por eso, Mark; si me llama, es porque se trata de algo importante.
—Pero, joder, no eres la única policía de la ciudad. ¿O sí?
Titubeé un instante. Luego, contesté:
—Anna —me dijo mi jefe—, hay una toma de rehenes en una joyería en la esquina de Madison Avenue con la calle 57. El barrio está acordonado. Necesitamos una negociadora.
—Muy bien —dije apuntando la dirección en un trozo de papel—. ¿Cómo se llama la joyería?
—Joyería Sabar.
Colgué y cogí la bolsa con mis cosas que siempre estaba preparada junto a la puerta. Quise darle un beso a Mark, pero se había metido en la cocina. Suspiré tristemente y me fui. Al salir de casa, vi a los vecinos por la ventana del comedor, acabando de cenar. Parecían felices. Por primera vez pensé que quizá las demás parejas estaban más realizadas que nosotros.
Me subí al coche camuflado, puse en marcha la baliza giratoria y me adentré en la oscuridad.