La esfinge

Robin Cook · Capítulo 4 de 12 · parte 3/3

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La esfinge

Dia 1

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Entonces comenzó una caminata que parecía tan larga como el trayecto que habían recorrido desde el Hilton. Con el único acompañamiento del sonido hueco de sus pisadas sobre el piso de mármol manchado, cruzaron una asombrosa cantidad de corredores desiertos, que los hacían entrar más y más profundamente dentro de los laberintos de una prodigiosa burocracia. Por fin llegaron al despacho de Ahmed. Este introdujo su llave en la cerradura, abrió la puerta y condujo a Erica a través de una oficina atestada de escritorios de metal y de viejas máquinas de escribir. Entraron luego en una espaciosa oficina, y Ahmed le señaló una silla. Estaba frente a un antiguo escritorio de caoba, prolijamente ordenado y lleno de lápices de punta cuidadosamente afilada y con un papel secante verde completamente nuevo. Ahmed mantuvo su silencio mientras se sacaba el saco de seda.

Erica se sentía igual que un animal acorralado. Suponía que la conducirían a una habitación llena de caras acusadoras, en la que sería sometida a las rutinas burocráticas oficiales de costumbre, como tomarle las impresiones digitales. Creyó que se le crearían problemas por el hecho de que no tenía consigo su pasaporte, que el hotel había

exigido que entregara para su registro, diciendo que era necesario sellarlo y que no se le devolvería hasta veinticuatro horas después. Pero esa habitación vacía le resultaba aún más aterradora. ¿Quién podría saber su paradero? Pensó en Richard y en su madre, y se preguntó si le permitirían hacer una llamada de larga distancia.

Miró nerviosamente a su alrededor, estudiando la oficina. Había sido amueblada en forma espartana y estaba muy ordenada. Las paredes habían sido adornadas con fotografías de varios monumentos arqueológicos y con un moderno póster de la máscara funeraria de Tutankamón. Dos mapas enormes cubrían la pared de la derecha. Uno era un mapa de Egipto y en varias zonas tenía insertados una serie de alfileres de cabeza colorada. El otro era un mapa de la Necrópolis de Tebas, con las tumbas marcadas por cruces de Malta.

Erica miré a Ahmed, mordiéndose el labio para esconder su ansiedad. Para su sorpresa, vio que estaba encendiendo un calentador eléctrico.

–¿Le gustaría tomar un poco de té? – preguntó, dándose vuelta para mirarla.

–No, gracias -contestó Erica, atónita ante tan extrañas circunstancias. Gradualmente, comenzó a pensar que había sacado conclusiones apresuradas, y dio gracias a Dios por no haber hecho una confesión atropellada antes de enterarse de lo que el árabe tenía que decirle.

Ahmed se sirvió una taza de té y la llevó hasta el escritorio. Después de ponerle dos terrones de azúcar, comenzó a revolverlo lentamente y una vez más fijó en Erica su mirada poderosa. Ella bajó rápidamente los ojos para sustraerse al impacto, y habló sin levantar la vista.

–Me gustaría saber por qué motivo he sido traída a esta oficina.

Ahmed no le contestó. Erica levantó la mirada para estar segura de que la había oído, y en el momento en que sus ojos se encontraron, la voz de Ahmed surgió como un latigazo.

–¡Y yo quiero saber qué está haciendo usted en Egipto! – dijo, prácticamente gritando.

El enojo del hombre tomó a Erica por sorpresa, y sus palabras salieron en forma atropellada y confusa.

–Estoy… estoy acá… soy egiptóloga.

–Y es judía, ¿verdad? – respondió Ahmed de mal modo.

Erica fue lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que el hombre pretendía confundirla, pero no estuvo segura de tener la fuerza necesaria para resistir el ataque.

–Sí -dijo simplemente.

–Quiero saber por qué está en Egipto -repitió Ahmed, levantando la voz nuevamente.

–Vine aquí… -comenzó a decir la joven, poniéndose a la defensiva.

–Quiero saber cuál es el motivo de su viaje, y para quién trabaja.

–No trabajo para nadie, y en mi viaje no hay ningún motivo secreto

-contestó Erica nerviosamente.

–¿Pretende que crea que no hay un motivo detrás de su viaje? – dijo Ahmed cínicamente-. ¡Vamos, Erica Barón! – Sonrió y su piel morena realzó la blancura de sus dientes.

–Por supuesto que hay un motivo -dijo Erica, y su voz se quebró-.

Lo que quise decir es que no vine por un motivo ulterior. – Su voz se perdió mientras recordaba los complicados problemas que tenía con Richard.

–Lo que dice no es convincente -respondió Ahmed-. No es para nada convincente.

–Lo lamento -dijo Erica-. Soy egiptóloga. He estudiado el antiguo Egipto durante ocho años. Trabajo en el departamento de egiptología de un museo. Siempre he querido venir. Planeaba venir hace años, pero la muerte de mi padre me lo impidió. Y hasta este año no me fue posible venir. He hecho arreglos para hacer algunos trabajos mientras estoy aquí, pero en general éste es un viaje de placer. Estoy de vacaciones.

–¿Qué tipo de trabajo piensa hacer?

–Pienso hacer in situ, algunas traducciones de jeroglíficos del Imperio Nuevo en el Alto Egipcio.

–¿No ha venido a comprar antigüedades?

–¡Por Dios, no! – exclamó Erica.

–¿Cuánto tiempo hace que conoce a Yvon Julien de Margeau? – Se inclinó hacia adelante, y sus ojos se clavaron en los de Erica.

–Lo conocí hoy -dijo Erica abruptamente.

–¿Cómo se conocieron?

El pulso de la joven se aceleró, y volvieron a aparecer gotas de transpiración en su frente. ¿Estaba enterado Ahmed del crimen, después de todo? Un momento antes hubiera afirmado que no, pero ahora no estaba segura.

–Nos conocimos en la feria -tartamudeó. Contuvo el aliento.

–¿Está enterada de que el señor de Margeau ha adquirido valiosos tesoros nacionales de Egipto?

Erica tuvo miedo de que se notara el alivio que sentía. Obviamente, Ahmed no estaba enterado del crimen.

–No -dijo-. No tenía la menor idea.

–¿Comprende -continuó Ahmed-, la magnitud del problema que debemos enfrentar al intentar detener el mercado negro de antigüedades? – Se puso de pie y caminó hasta el mapa de Egipto.

–Conozco algo el problema -dijo Erica, confundida por los múltiples giros que tomaba la conversación. Todavía no sabía por qué había sido llevada a la oficina de Ahmed.

–La situación es pésima -dijo Ahmed-. Tome, por ejemplo, el robo altamente destructivo de diez tablas de jeroglíficos en relieve del templo de Dendera, realizado en 1974. Una tragedia, una desgracia nacional. –

El dedo índice de Ahmed se apoyó sobre la cabeza colorada del alfiler clavado en el mapa que señalaba la ubicación del Templo de Dendera.–

Debió ser un trabajo realizado por gente del mismo templo. Pero el caso nunca fue resuelto. Aquí, en Egipto, la pobreza trabaja en contra de nosotros. – La voz de Ahmed se perdió. Su rostro tenso reflejaba preocupación. Cuidadosamente tocó con el dedo índice la cabeza colorada de otros alfileres.– Cada uno de estos alfileres indica un robo importante de antigüedades. Si yo tuviera bastante personal, y si tuviese dinero para pagarles salarios decentes a los guardias, tendría posibilidades de tomar medidas con respecto a esto. – Ahmed hablaba más para sí mismo que para Erica. Al darse vuelta, pareció estar casi sorprendido de verla en la oficina.– ¿Qué está haciendo el señor de Margeau en Egipto? – preguntó, enojándose nuevamente.

–No lo sé -contestó Erica. Pensó en la estatua de Seti y en Abdul Hamdi. Sabía que si hablaba sobre la estatua, tendría que referirse al asesinato.

–¿Cuánto tiempo se queda él en Egipto?

–No tengo la menor idea. Recién conocí a ese hombre hoy.

–Pero cenó con él esta noche.

–Es verdad -dijo Erica poniéndose nuevamente a la defensiva.

Ahmed volvió a su escritorio. Se inclinó hacia adelante y miró amenazadoramente los ojos gris verdosos de Erica. Ella pudo percibir su intensidad, y trató de mantener la mirada sin mucho éxito. Se sentía un poco más confiada al darse cuenta de que Ahmed no estaba interesado en ella sino en Yvon, pero aún tenía miedo. Además, había mentido. Sabía que Yvon estaba en Egipto por la estatua.

–¿Qué descubrió con respecto a Monsieur de Margeau durante la comida?

–Que es un hombre encantador -respondió Erica evasivamente.

Ahmed golpeó con fuerza el escritorio con el puño, haciendo volar algunos de los lápices tan cuidadosamente afilados y sobresaltando a Erica.

–No me interesa la personalidad de ese hombre -dijo el árabe lentamente-. Quiero saber por qué está en Egipto Yvon de Margeau.

–Bueno, ¿por qué no se lo pregunta? – dijo Erica finalmente-. Todo lo que yo hice fue salir a cenar con él.

–¿Sale a menudo a cenar con hombres a los que acaba de conocer?

– preguntó Ahmed.

Erica estudió cuidadosamente la cara del árabe. La pregunta la sorprendió, pero en realidad, casi todo había sido sorprendente. En la voz del hombre había una especie de desilusión, pero Erica sabía que eso era absurdo.

–Muy pocas veces salgo a cenar con desconocidos -dijo desafiante-, pero inmediatamente me sentí cómoda con Yvon de Margeau y lo encontré encantador.

Ahmed se dirigió hacia donde estaba su chaqueta y se la puso cuidadosamente. Bebiendo de un trago el resto de su té, volvió a mirar fijamente a Erica.

–Por su propio bien le pediría que no repita esta conversación.

Ahora la llevaré a su hotel.

Erica estaba más confundida que nunca. Mientras observaba a Ahmed, colocar en su lugar los lápices que habían caído al suelo, repentinamente se sintió llena de culpa. El hombre obviamente era

sincero en su deseo de luchar contra el mercado negro de antigüedades, y ella estaba reteniendo información. Al mismo tiempo, la experiencia vivida con Ahmed había sido aterrorizante; tal como se lo había advertido Yvon, el árabe ciertamente no se había comportado como ningún oficial norteamericano que ella conociera. Decidió no decir nada y permitir que la llevara de regreso al hotel. Después de todo, siempre podría volver a ponerse en contacto con él, si sintiera que era su obligación hacerlo.

El Cairo 23.15 horas

Yvon Julien de Margeau tenía puesta una bata colorada de Christian Dior con el cinturón flojamente atado a la cintura, que dejaba al descubierto la mayor parte de su pecho cubierto de vello plateado. Las puertas corredizas de vidrio de la suite 800 estaban abiertas de par en par permitiendo que la fresca brisa del desierto susurrara suavemente a través del cuarto. En el ancho balcón había sido colocada una mesa, y desde el lugar en que Yvon estaba sentado podía mirar el Nilo en dirección al delta. La isla de Gezira, con su fina torre fálica de observación, descollaba no a mucha distancia. En la orilla derecha, Yvon veía el Hilton y sus pensamientos volvían constantemente a Erica. Era muy diferente de todas las mujeres que él había conocido. Se sentía escandalizado y atraído a la vez por su interés apasionado por la egiptología, y también, confundido por su manera de hablar con respecto a su carrera. Después de un momento se encogió de hombros y comenzó a considerarla dentro del contexto que le era más familiar. No era, por cierto, la mujer más hermosa con quien él hubiera estado durante los últimos tiempos, y sin embargo había algo en ella que sugería una sensualidad sutil pero poderosa.

En el centro de la mesa, estaba su portafolios repleto de los voluminosos papeles que él y Raoul habían encontrado en lo de Abdul Hamdi. Raoul estaba estirado sobre el sofá, revisando nuevamente las cartas que Yvon ya había examinado.

– Alors -dijo Yvon súbitamente, golpeando con la mano libre la carta que estaba leyendo-. Stephanos Markoulis. Hamdi mantenía correspondencia con Markoulis. El agente de viajes de Atenas.

–Eso puede ser lo que estamos buscando -dijo Raoul expectante-.

¿Te parece que en esa carta hay una amenaza?

Yvon continuó leyendo el texto. Después de unos minutos, levantó la mirada.

–No puedo estar seguro si hay una amenaza. Todo lo que dice es que está interesado en el asunto y que le gustaría llegar a alguna clase de arreglo. Pero no aclara a qué asunto se refiere.

–A lo único que pudo estar refiriéndose es a la estatura de Seti -dijo Raoul.

–Posiblemente, pero mi intuición me dice que no es así. Conozco a Markoulis; estoy seguro de que hubiera sido más directo si se refiriese solamente a la estatua. Tiene que haber algo más. Hamdi debe haberlo amenazado.

–En ese caso, Hamdi no era ningún tonto.

–Fue el mayor de los tontos -corrigió Yvon-. Está muerto.

–Markoulis también había mantenido correspondencia con nuestro contacto de Beirut que fue asesinado -acotó Raoul.

Yvon levantó la mirada. Se había olvidado de la conexión de Markoulis con el contacto de Beirut.

–Creo que debemos comenzar por Markoulis. Sabemos que comercia con antigüedades egipcias. Trata de conseguir una comunicación con Atenas.

Raoul se levantó del sofá y dio las órdenes necesarias al operador del hotel.

–El tráfico telefónico es sorprendentemente escaso esta noche, por lo menos eso es lo que dice el operador -anunció después de un momento-. No debería haber inconvenientes con el llamado. Tratándose de Egipto, eso es un milagro.

–Espléndido -contestó Yvon, cerrando el portafolios-. Hamdi mantenía correspondencia con todos los museos importantes del mundo, pero aun así, Markoulis no deja de ser una lejana posibilidad.

La única esperanza real que tenemos es Erica Barón.

–Y no veo que ella demuestre ser de mucha ayuda -comentó Raoul.

–Tengo una idea-dijo Yvon, encendiendo un cigarrillo-. Erica vio las caras de dos de los tres hombres comprometidos en el asesinato.

–Eso puede ser cierto, pero dudo que los reconociera si volviese a verlos.

–Es verdad. Pero no creo que eso importe, si los asesinos creen que puede reconocerlos.

–No te entiendo -dijo Raoul.

–¿Crees que sería posible hacer que el hampa de El Cairo se enterara de que Erica Barón fue testigo del crimen y que puede fácilmente identificar a los asesinos?

–¡Ah! – dijo Raoul demostrando por su expresión que repentinamente había comprendido-. Ya veo lo que estás pensando.

Quieres usar a Erica Barón como señuelo, para obligar a los asesinos a ponerse en descubierto.

–Precisamente. La policía de ninguna manera hará nada con respecto a Hamdi. El Departamento de Antigüedades tampoco hará nada, a menos que se hayan enterado de la existencia de la estatua de Seti, de manera de Ahmed Khazzan no estará involucrado. Él es el único funcionario que podría hacer que las cosas nos resultaran difíciles.

–Existe un problema importante -dijo Raoul con seriedad.

–¿Cuál es? – preguntó Yvon, inhalando el humo de su cigarrillo.

–Es un camino muy difícil. Probablemente signifique firmar una sentencia de muerte para Mademoiselle Erica Barón. Estoy seguro de que la matarán.

–¿Sería posible que la protegiéramos? – preguntó Yvon recordando la delgada cintura de Erica, su calidez y su atractiva humanidad.

–Probablemente, si utilizáramos a la persona conveniente.

–¿Estás pensando en Khalifa?

–:En él pienso.

–Ese hombre crea problemas.

–Sí, pero es el mejor. Si quieres proteger a la muchacha y además llegar hasta los asesinos, necesitas a Khalifa. El problema real es que es caro. Muy caro.

–Eso no me importa. Quiero y necesito esa estatua. Estoy seguro de que será el punto de apoyo que necesito. En realidad, a esta altura del partido creo que es el único camino. He revisado todo el material de Abdul Hamdi que poseemos. Desgraciadamente no hay prácticamente nada en él que se refiera al mercado negro.

–¿En realidad creíste que habría algo?

–Admito que era mucho pedir. Pero por lo que me decía Hamdi en la carta que me escribió, pensé que era posible. Pero consigue a Khalifa. Quiero que comience a seguir a Erica Barón mañana por la mañana. También creo que hasta yo mismo pasaré algún tiempo con ella. No estoy convencido de que me haya dicho todo lo que sabe.

Raoul miró a Yvon con una sonrisa incrédula.

–Muy bien -dijo éste-. Me conoces demasiado bien. Encuentro algo muy atractivo en esa mujer.

Atenas 23.45 horas

Stephanos Markoulis apagó la lámpara, estirando la mano por detrás de su hombro. La habitación estaba bañada por el suave resplandor azul de la luna que entraba a través de los ventanales franceses del balcón.

–Atenas es una ciudad tan romántica -dijo Deborah Graham, desligándose del abrazo de Stephanos. Sus ojos brillaban en la penumbra. Se sentía mareada por la atmósfera y por la botella de vino Demestica que se hallaba vacía sobre una mesa cercana. Su pelo lacio y rubio le caía sobre los hombros, y haciendo un gesto coqueto con la cabeza se!o echó detrás de las orejas. Tenía la blusa desabrochada, y la blancura de sus pechos contrastaba fuertemente con el bronceado mediterráneo de su piel.

–Estoy de acuerdo -contestó Stephanos. Estiró su mano para acariciarla-. Es por eso que elegí vivir en Atenas. Atenas es la ciudad de los amantes. – Stephanos había oído esa expresión de labios de otra joven durante otra noche, y en ese momento se dijo que a él le gustaría usar esa frase. La camisa de Stephanos también estaba abierta, pero siempre estaba abierta. Tenía un pecho ancho cubierto de vello negro que constituía el marco ideal para lucir su colección de cadenas y medallones de oro sólido.

Stephanos estaba ansioso por llevar a Deborah a la cama. Siempre había encontrado que las muchachas australianas eran fáciles y de una habilidad poco común en la cama. Una cantidad de gente le había dicho que en Australia misma actuaban de manera muy distinta, pero eso no le importaba. Le gustaba atribuir su suerte a la atmósfera romántica y a su propio poder de seducción, pero sobre todo a esto último.

–Gracias por invitarme a venir, Stephanos -dijo Deborah con aire sincero.

–El gusto es mío -contestó Stephanos sonriendo. – ¿Te importaría si saliera al balcón un momento?

–En absoluto -dijo Stephanos, sufriendo interiormente por la demora.

Deborah juntó los bordes de su blusa, mientras se dirigía a las ventanas francesas.

Stephanos se quedó mirando el movimiento ondulante de su trasero bajo los desteñidos vaqueros. Adivinó que tendría alrededor de diecinueve años.

–No te pierdas allí afuera -exclamó.

–¡Stephanos, este balcón no tiene más de noventa centímetros de ancho!

–Veo que eres rápida para descubrir la ironía -contestó el hombre.

Y en ese momento le asaltó la duda de que Deborah accediera a acostarse con él. Impacientemente encendió un cigarrillo, arrojando el humo con fuerza contra el cielorraso.

–Stephanos, ven aquí y explícame qué es lo que estoy contemplando.

–¡Dios! – dijo Stephanos hablando para sí mismo. A regañadientes se levantó y salió al balcón. Deborah estaba inclinada hacia afuera señalando la calle Ermont.

–¿Eso que se ve es la plaza Constitution?

–Así es.

–Y esa es la esquina del Partenón -afirmó Deborah señalando en dirección opuesta.

–Exactamente.

–¡Oh, Stephanos, esto es hermoso! – Clavándole la mirada, lo abrazó. Desde el primer momento, cuando él la detuvo en el Plaka, su apariencia la había excitado. Tenía profundas arrugas provocadas por la risa, que le daban carácter a su rostro, y una pesada barba que, según Deborah, aumentaba su masculinidad.

Todavía estaba un poco atemorizada por haber aceptado subir al departamento de ese desconocido, y sin embargo, porque estaba en Atenas y no en Sydney, el hecho no parecía estar mal. Por otra parte,

ese temor le daba alas a su estado de ánimo, y ya estaba increíblemente excitada.

–¿En qué trabajas, Stephanos? – preguntó, sintiendo que la demora aumentaba sus expectativas.

–¿Importa eso?

–Me interesa, eso es todo. Pero no tienes obligación de decírmelo.

–Soy dueño de una agencia de viajes, pero también introduzco de contrabando máquinas en Egipto, y en la misma forma saco antigüedades de ese país. Pero, como te dije, mi ocupación principal consiste en perseguir mujeres. Es lo único que jamás me cansa.

Deborah miró los ojos oscuros de Stephanos. Para su sorpresa, el hecho de que el hombre admitiera que era un Don Juan, aumentaba el júbilo prohibido de la experiencia. Se apretó contra él.

Stephanos era un hombre sobresaliente en casi todo lo que hacía.

Sintió que las inhibiciones de la joven cedían. Con una sensación de satisfacción la alzó, conduciéndola al departamento. Atravesó el living, y la llevó directamente al dormitorio. Sin encontrar resistencia alguna en Deborah, le quitó la ropa. En la luz azul de la habitación, la joven, totalmente desnuda, se veía deliciosa.

Stephanos se sacó los pantalones, se inclinó y la besó suavemente en los labios. Ella estiró la mano, deseando que el hombre la hiciera suya.

Repentinamente, destrozando el clima que se había creado, el teléfono que estaba junto a la cama comenzó a sonar. Stephanos encendió la luz para ver la hora. Era casi medianoche. Algo andaba mal.

–Contesta tú -ordenó.

Deborah lo miró sorprendida, pero rápidamente levantó el receptor.

Dijo "hola", e inmediatamente intentó entregarle el tubo a Stephanos, diciendo que se trataba de una llamada de larga distancia. Stephanos le hizo señas de que siguiera hablando ella, y en voz baja le indicó que averiguara quién llamaba. Deborah escuchó obedientemente, preguntó quién llamaba, y luego cubrió el receptor con la mano.

–Llaman de El Cairo. Un Monsieur Yvon Julien de Margeau.

Stephanos le arrancó el receptor, y la expresión juguetona de su rostro se convirtió repentinamente en un aire calculador. Deborah se alejó, cubriendo su desnudez. Mirando la cara del hombre en ese

momento, se dio cuenta de que se había equivocado. Intentó juntar su ropa, pero Stephanos estaba sentado sobre sus vaqueros.

–No me vas a convencer de que lo único que querías era mantener conmigo una conversación amistosa en medio de la noche -dijo Stephanos, sin esconder su irritación.

–Tienes razón, Stephanos -dijo Yvon con calma-. Quería preguntarte algo con respecto a Abdul Hamdi. ¿Lo conoces?

–Por supuesto que conozco a ese bastardo. ¿Qué pasa con él?

–¿Has realizado negocios con él?

–Ésa es una pregunta bastante personal, Yvon. ¿Qué estás pretendiendo averiguar?

–Hamdi fue asesinado hoy.

–¡Qué lástima! – exclamó Stephanos sarcásticamente-. ¿Pero eso qué tiene que ver conmigo?

Deborah todavía estaba tratando de rescatar sus vaqueros.

Cautelosamente apoyó una mano sobre la espalda de Stephanos mientras tiraba de los vaqueros con la otra. Stephanos tuvo conciencia de que lo estaba interrumpiendo, aunque no se dio cuenta del motivo, brutalmente estiró el brazo y la golpeó con el dorso de la mano, haciéndola caer al piso en el costado opuesto de la cama. Con manos temblorosas, Deborah se puso las ropas que tenía.

–¿Tienes alguna idea respecto a quién asesinó a Hamdi? – preguntó Yvon.

–Hay una cantidad de gente que estaba deseando que ese bastardo estuviese muerto -dijo Stephanos con enojo-. Incluyéndome a mí mismo.

–¿Trató de chantajearte?

–Escucha, de Margeau, creo que no quiero contestar ninguna de esas preguntas. Quiero decir, ¿qué gano yo con todo eso?

–Estoy dispuesto a negociar la información que me suministres. Sé algo que a ti te gustaría averiguar.

–Ponme a prueba.

–Hamdi tenía una estatua de Seti I igual que la que hay en Houston.

La cara de Stephanos se puso colorada como la sangre.

–¡Dios! – gritó, poniéndose de pie de un salto sin recordar su desnudez. Deborah se dio cuenta de que ésa era su oportunidad, y

rescató sus vaqueros. Finalmente vestida, se refugió al otro lado de la cama, con la espalda contra la pared.

–¿Cómo consiguió la estatua de Seti? – preguntó Stephanos, controlando su enojo.

–No tengo la menor idea -respondió Yvon.

–¿Ha habido alguna publicidad oficial? – quiso saber Stephanos.

–Ninguna. Estuve por casualidad en la escena del crimen inmediatamente después del asesinato. Tengo en mi poder todos los papeles y la correspondencia de Hamdi, incluyendo tu última carta.

–¿Y qué piensas hacer con eso?

–Por el momento nada.

–¿Hay entre esos papeles alguna información referente al mercado negro en general? ¿Estaba planeando Hamdi algún tipo de gran

exposé?

–Hum, ¡de manera que realmente intentó chantajearte! – exclamó Yvon con aire triunfante-. La respuesta es "no". No había ningún tipo de gran exposé. ¿Lo mataste tú, Stephanos?

–Si lo hubiera hecho, ¿crees honestamente que te lo diría, de Margeau? Sé realista.

–Simplemente quise preguntártelo. En realidad poseemos una buena pista. El asesinato fue visto desde muy cerca por un testigo experto.

Stephanos se detuvo en el umbral, mirando el balcón a través del living mientras pensaba.

–Este testigo, ¿es capaz de identificar a los asesinos?

–Por supuesto. Y sucede que el testigo es una testigo llena de atributos, que casualmente también es egiptóloga. Se llama Erica Barón y se aloja en el Hilton.

Después de apretar el botón para cortar la comunicación, Stephanos marcó un número local. Mientras le daban la comunicación, golpeaba impacientemente el teléfono.

–Evangelos, prepara tu equipaje. Salimos para El Cairo por la mañana. – Cortó la comunicación antes de que Evangelos pudiera responder-. ¡Mierda! – gritó, dirigiéndose a la noche. En ese momento vio a Deborah. Por un instante permaneció atónito, puesto que se había olvidado de su presencia-. ¡Vete de aquí! – aulló. Deborah se puso de

pie de un salto y salió corriendo de la habitación. En Grecia la libertad parecía ser tan peligrosa e impredecible como se lo habían advertido en su casa.

El Cairo 0.00 horas

Medianoche

Al salir del ambiente lleno de humo del bar Taverne, Erica parpadeó ante la luz brillante del vestíbulo del Hilton. La experiencia vivida con Ahmed y la sensación intimidante que le produjo el enorme edificio gubernamental, la habían puesto tan nerviosa que decidió tomar una copa. Había querido tranquilizarse, pero entrar en el bar no fue una buena idea. No pudo disfrutar de su copa en paz; varios arquitectos norteamericanos supusieron que ella era el antídoto ideal para una noche aburrida. Ninguno de ellos quiso creer que Erica deseaba estar sola. De manera que terminó su copa y salió del bar.

Parada en un extremo del vestíbulo, notó los efectos físicos que le había producido el whisky, y se detuvo un momento para que su equilibrio volviera a la normalidad. Desgraciadamente, el alcohol no había calmado su ansiedad. En todo caso, lo único que había logrado era aumentarla, y los ojos curiosos de los hombres que estaban en el bar incrementaron su incipiente paranoia. Se preguntó si la estarían siguiendo. Lentamente recorrió con la mirada el enorme vestíbulo.

Ubicado en un sillón, había un hombre europeo que obviamente la estaba observando por encima de sus anteojos. Un árabe barbudo, vestido con una túnica blanca que estaba parado junto a una vitrina llena de alhajas, también la miraba fijamente y sin pestañear con unos ojos negros como el carbón. Un negro enorme, parecido a I di Amin, le sonreía desde la parte delantera de la mesa de entradas, donde estaba ubicado.

Erica sacudió la cabeza. Le constaba que se estaba dejando dominar por el agotamiento. Si estuviera en Boston, sola y a medianoche, también la mirarían fijamente. Respiró hondo y se dirigió a los ascensores.

Cuando llegó a la puerta de su cuarto, Erica recordó vividamente el impacto emocional que le había producido la presencia de Ahmed en su dormitorio. El pulso se le aceleró en el momento de abrir la puerta.

Suavemente, encendió la luz. La silla que había ocupado Ahmed, estaba vacía. Enseguida revisó el baño. También estaba vacío.

Cerrando la puerta con doble vuelta de llave, notó que había un sobre en el piso del hall de entrada.

Era un sobre con membrete del Hilton. Caminando hacia el balcón, abrió el sobre y leyó que el señor Yvon Julien de Margeau había telefoneado, dejando dicho que lo llamara en cuanto llegara, a cualquier hora que fuese. En la parte inferior de la hoja que contenía el mensaje había un cuadradito impreso en el que habían escrito la palabra "urgente".

Con el aire fresco de la noche, Erica comenzó a tranquilizarse. El panorama espectacular que se divisaba desde su balcón la ayudaba.

Nunca antes había estado en el desierto, y la maravilló que hubiese tantas estrellas en el horizonte como en el cielo justo encima suyo.

Inmediatamente frente a ella se estiraba la ancha cinta negra del Nilo como si fuera el pavimento mojado de una inmensa carretera. A la distancia llegaba a ver, iluminada, la misteriosa esfinge, custodiando silenciosamente los enigmas del pasado. Junto a esa mítica criatura, las fabulosas pirámides arremetían hacia el cielo con sus moles de piedra.

A pesar de su antigüedad, su vigorosa geometría sugería una línea futurista, falseando completamente el contexto del tiempo. Hacia la izquierda, Erica podía contemplar la isla de Rodas que parecía un trasatlántico navegando por el Nilo. Sobre la orilla más cercana de la isla, pudo distinguir las luces del hotel Meridien, y sus pensamientos volvieron a Yvon. Releyó el mensaje, y se preguntó si existiría alguna posibilidad de que el francés estuviese enterado de la visita de Ahmed.

También analizó la conveniencia de contárselo, si es que él no estaba ya enterado. Pero Erica sentía una fuerte necesidad de no comprometerse en lo que se refería a las autoridades, y le pareció que el hecho de contarle a Yvon la visita de Ahmed posiblemente la comprometería. Si existía algún problema entre Ahmed e Yvon era cosa de ellos. Yvon era completamente capaz de manejarlo.

Sentada en el borde de la cama, Erica pidió que la comunicaran con la suite 800 del Hotel Meridien. Sosteniendo el receptor entre la cabeza y el hombro, se quitó la blusa. El aire fresco le hacía bien. Tardaron casi quince minutos para establecer la comunicación y Erica se dio

cuenta de que, tal como se lo había advertido, el sistema telefónico de Egipto era atroz.

–¡Hola! – era Raoul.

–Hola. Habla Erica Barón. ¿Puedo hablar con Yvon?

–Un momento.

Se produjo una pausa y Erica se sacó los zapatos. Una línea del polvo de El Cairo le cruzaba el empeine.

–¡Buenas noches! – exclamó Yvon alegremente.

–Hola, Yvon. Recibí un mensaje suyo, pidiendo que lo llamara.

Decía que era "urgente".

–Bueno, quería hablar con usted lo antes posible, pero no se trata de una emergencia. Tenía ganas de decirle que pasé una noche maravillosa, y quería agradecérsela.

–Es muy lindo que diga eso -contestó Erica, levemente confundida.

–En realidad, usted estaba muy hermosa esta noche, y estoy ansioso por verla de nuevo.

–¿En' serio? – preguntó Erica sin pensar.

–Completamente en serio. De hecho, me encantaría que desayunáramos juntos mañana por la mañana. Aquí, en el Meridien, sirven unos huevos riquísimos.

–Gracias, Yvon -contestó Erica. Lo había pasado muy bien en su compañía, pero no tenía intención de perder tiempo en Egipto flirteando. Había venido a ver los objetos que le tomaron años de estudio, y no quería que la distrajeran. Y lo que era más importante aún, todavía no había decidido cuál era exactamente su responsabilidad con respecto a la fabulosa estatua de Seti I.

–Haré que Raoul la pase a buscar a la hora que usted me diga -

continuó Yvon interrumpiendo sus pensamientos.

–Gracias, Yvon, pero estoy extenuada. No quiero tener que levantarme mañana a una hora determinada.

–Comprendo. Pero podría llamarme cuando se despierte.

–Yvon, me divertí mucho esta noche, sobre todo después de lo que sucedió a la tarde. Pero creo que necesito un poco de tiempo para mí misma. Quiero salir y conocer algunos lugares.

–Me encantaría mostrarle más cosas de El Cairo -dijo Yvon persistentemente.

Erica no deseaba pasar el día con Yvon. Su interés en Egipto era algo demasiado personal para compartirlo.

–Yvon, ¿qué le parece si cenamos juntos nuevamente? Eso sería lo más conveniente para mí.

–Yo hubiera incluido la cena en el programa del día, pero, comprendo, Erica. Me parece espléndido que cenemos juntos, y estaré deseando que llegue el momento. Pero fijemos una hora. ¿Digamos las nueve?

Después de una amistosa despedida, Erica cortó la comunicación.

La persistencia de Yvon la sorprendía. No creía haber estado particularmente atractiva esa noche. Se levantó y fue a mirarse en el espejo del dormitorio. Tenía veintiocho años, pero algunas personas pensaban que parecía menor. Notó nuevamente las minúsculas arrugas que milagrosamente le habían aparecido junto a los ojos en su ultimo cumpleaños. Entonces advirtió que se le estaba formando un pequeño granito en la piel.

–¡Maldito! – exclamó en voz alta, mientras lo apretaba tratando sin éxito de quitárselo. Erica volvió a contemplarse y pensó, intrigada, en los hombres. Se preguntó qué era realmente lo que les gustaba.

Se sacó el corpiño y después la pollera. Mientras esperaba que el agua de la lluvia se calentara, se miró fijamente en el espejo del baño.

Dando vuelta la cabeza hacia un lado se miró de perfil y tocó la leve protuberancia de su nariz, preguntándose si convendría tomar alguna medida al respecto. Retrocediendo para verse de cuerpo entero, se sintió bastante satisfecha con su figura, aunque pensó que necesitaba hacer más ejercicio. Repentinamente se sintió muy sola. Pensó en la vida que, por su propia voluntad, había dejado en Boston. Existían problemas, pero probablemente escaparse a Egipto no era la solución.

Pensó en Richard. Con la lluvia aún abierta, Erica regresó al dormitorio y miró el teléfono. Impulsivamente pidió una comunicación con Richard Harvey, y se sintió desilusionada cuando el operador le dijo que por lo menos demoraría dos horas, quizá más. Erica se quejó, y el operador le respondió que debería estar agradecida ya que las líneas no estaban demasiado ocupadas. Habitualmente tomaría varios días obtener una llamada de larga distancia, desde El Cairo; era más fácil llamar a Egipto desde el exterior. Erica le agradeció y colgó.

Mientras miraba fijamente el teléfono silencioso, se sintió conmovida por una repentina emoción. Luchó contra las lágrimas, sabiendo que estaba demasiado extenuada para pensar en ninguna otra cosa hasta que pudiera dormir.

El Cairo 0.30 horas.

Desde el auto, Ahmed miró las luces que se reflejaban en el Nilo formando dibujos, mientras cruzaban el puente 26 de Julio hacia la isla de Gezira. El conductor tocaba bocina permanentemente, pero Ahmed ya no intentaba intervenir. Los conductores de El Cairo consideraban que tocar bocina sin cesar era tan necesario como sostener el volante.

–Estaré listo a las ocho de la mañana -dijo descendiendo del auto frente a su casa en Shari Ismail Muhammad, en el distrito de Zamalek.

El chofer asintió, dio vuelta en redondo y el automóvil desapareció en la noche.

Los pasos de Ahmed eran lentos mientras entraba a su desierto departamento de El Cairo. Sin duda prefería su pequeña casa de Luxor, junto al Nilo, en el Alto Egipto donde había nacido, e iba allí tanto como le era posible. Pero el trabajo de su cargo como director del Servicio de Antigüedades lo retenía en la ciudad más de lo que él deseaba. Ahmed era quizá más consciente que nadie de las consecuencias negativas que acarreaba la inmensa burocracia de Egipto. A fin de estimular la educación, se le garantizaba un puesto en el gobierno a cada graduado en la universidad. Consecuentemente había demasiados funcionarios y poco trabajo que realizar. En un sistema así, la inseguridad era desenfrenada y la mayor parte de los individuos utilizaban su tiempo en inventar maneras de perpetuarse en sus cargos. Si no fuese por el subsidio otorgado por Arabia Saudita, todo el sistema se vendría abajo de un día para el otro.

Tales pensamientos deprimían a Ahmed, quien lo había sacrificado todo para llegar a su actual posición. Había decidido controlar el servicio de antigüedades, y ya logrado su propósito, debía enfrentarse con las tremendas ineficiencias del departamento. Hasta el momento, sus intentos de reorganizarlo habían encontrado una furiosa oposición.

Se sentó en su sofá egipcio rococó y sacó algunos memorándum del portafolios. Leyó los títulos de los mismos: "Medidas de seguridad revisadas para la Necrópolis de Luxor, incluyendo el Valle de los

Reyes" y "Recintos subterráneos de almacenamiento a prueba de bombas para los tesoros de Tutankamón". Abrió el primero de ellos, puesto que era el que le interesaba particularmente. Recientemente había reorganizado en su totalidad los servicios de seguridad para la necrópolis de Luxor. Había sido su primera prioridad cuando accedió al cargo.

Ahmed leyó una frase dos veces, antes de reconocer que sus pensamientos estaban en otra parte. Recordaba constantemente la cara exquisitamente modelada de Erica Barón. En cuanto la vio en su cuarto del hotel, la belleza de la joven lo había sobrecogido. Tenía el plan de sacarla de quicio antes de someterla al interrogatorio, pero fue él quien inicialmente se sintió fuera de sí. Había un gran parecido, no en lo físico sino en la personalidad, entre Erica Barón y la mujer de quien Ahmed se había enamorado durante sus tres años de permanencia en Harvard. Fue el único amor de Ahmed, y le dolía recordarlo. Todavía lo rondaba la angustia que sintió cuando tuvo que partir hacia Oxford.

El hecho de saber que no la volvería a ver jamás lo convirtió en la experiencia más difícil de su vida. Y lo había afectado profundamente.

A partir de ese momento evitó todo romance, para poder cumplir los objetivos que su familia le había marcado.

Apoyando la cabeza contra la pared, Ahmed permitió que su memoria recreara la imagen de Pamela Nelson, la joven de Radcliffe.

Podía verla claramente a través de la niebla de los catorce años transcurridos desde entonces. Instantáneamente recordó esos despertares de los domingos por la mañana, cuando el frío de Boston desaparecía ante el conjuro del amor. Recordó cuánto le gustaba observarla mientras dormía, y cómo le acariciaba tan cuidadosamente la frente y las mejillas, hasta que Pamela despertaba y sonreía.

Ahmed se puso de pie y caminó hasta la cocina. Se preparó un té, tratando de escapar de los recuerdos que Erica había despertado en él.

Parecía sólo ayer el día en que partió para América. Sus padres lo habían llevado al aeropuerto, llenándolo de instrucciones y de aliento, y sin darse cuenta de los miedos de su hijo. La idea de viajar a América había sido sobrecogedoramente excitante para un muchacho del Alto Egipto, pero Boston le había resultado horriblemente solitario. Por lo menos hasta que conoció a Pamela. A partir de ese momento fue

encantador. Caldeado por el compañerismo de Pamela, devoró ávidamente las materias de su carrera, terminando sus estudios en la universidad de Harvard en tres años.

Ahmed llevó su té al living y volvió a sentarse en el duro sillón hamaca. El líquido caliente calmó la tensión de su estómago. Después de pensarlo cuidadosamente, comprendió por qué Erica Barón le recordaba a Pamela Nelson. Había presentido en Erica la misma inteligencia y generosidad que Pamela había usado para disimular su sensualidad interior. Fue la personalidad oculta de la mujer lo que enamoró a Ahmed. El árabe cerró los ojos y recordó el cuerpo desnudo de Pamela. Permaneció absolutamente inmóvil. El único sonido que rompía el silencio de la habitación era el tictac del reloj de mármol que estaba sobre el aparador.

Repentinamente abrió los ojos. El retrato oficial de un Sadat sonriente borró los cálidos recuerdos. El presente volvió a hacerse realidad, y Ahmed suspiró. Y entonces, se rió de si mismo. Dejarse dominar por tales recuerdos era poco habitual en él. Sabía que sus responsabilidades en el departamento, y con su familia, dejaban poco lugar a pensamientos sentimentales como ésos. Llegar a su actual posición había representado una dura lucha, y en ese momento estaba muy cerca de su meta final.

Ahmed tomó el memorándum referente al Valle de los Reyes, y nuevamente intentó leerlo. Pero su mente se negaba a cooperar con él; sus pensamientos volvían a Erica Barón. Pensó en el comportamiento transparente de la joven durante el interrogatorio. Sabía que las respuestas que Erica le había dado no eran una señal de debilidad, sino una evidencia de sensibilidad. Y al mismo tiempo estaba completamente convencido de que Erica no sabía nada importante.

Repentinamente recordó las palabras del asistente que originariamente le informó que Yvon de Margeau había cenado con Erica. Éste le había dicho que de Margeau la había llevado al Casino de Monte Bello y que el ambiente parecía muy romántico.

Ahmed se puso de pie y comenzó a pasearse por el cuarto. Estaba enojado y no sabía por qué. ¿Qué estaba haciendo de Margeau en Egipto? ¿Estaría por comprar más antigüedades? Durante sus viajes anteriores, Ahmed no había podido vigilarlo adecuadamente. Ahora,

existía un camino posible. Si la relación entre Erica y de Margeau crecía, podría seguir al hombre a través de Erica.

Tomó el teléfono y llamó a su segundo, Zaki Riad, ordenándole que Erica Barón fuese seguida durante las veinticuatro horas del día, a partir de la mañana siguiente. Agregó que deseaba que el individuo que siguiera a Erica, le informara directamente a él.

–Quiero saber adonde va y con quién se encuentra. Quiero saberlo todo.

El Cairo 2.45 horas

Fue un sonido discordante y poco familiar el que hizo que Erica se sentara de un salto en la cama. En un primer momento no supo dónde estaba: había ruido de agua que corría, y lo único que ella tenía puesto eran los calzones. Volvió a oír el sonido desagradable y metálico, y entonces se dio cuenta de que se encontraba en el hotel y que el teléfono estaba sonando. El sonido de agua provenía de la lluvia, que había dejado corriendo. Se había quedado dormida sobre la colcha de la cama, con todas las luces encendidas.

Cuando levantó el receptor, sus pensamientos seguían siendo confusos. El operador le anunció que había obtenido su llamado a Estados Unidos. Después de hacer varios sonidos distantes, el teléfono quedó muerto. Erica gritó "hola" varias veces, luego, encogiéndose de hombros, colgó el receptor y fue hasta el baño para cerrar la lluvia.

Una mirada casual a su imagen en el espejo la irritó.

Su aspecto era espantoso. Tenía los ojos colorados, los párpados hinchados y el granito del mentón había madurado formando una desagradable cabeza.

El teléfono volvió a sonar y corrió al dormitorio para atenderlo.

–Me alegro tanto de que hayas llamado, querida. ¿Qué tal fue el viaje? – Richard parecía contento en el otro extremo de la línea.

–¡Terrible! – contestó Erica.

–¿Terrible? ¿Sucede algo malo? – Richard se alarmó instantáneamente-. ¿Estás bien?

–Estoy perfecta. Lo único que sucede es que nada es como yo esperaba que fuese -contestó Erica. Y enseguida, percibiendo la sobreprotección que Richard ejercía sobre ella, decidió que había sido un error llamarlo. Pero como ya lo había hecho le contó todo lo

referente a la estatua y al asesinato, le confió su terror, y le habló de Yvon y luego de Ahmed.

–¡Mi Dios! – exclamó Richard, obviamente estupefacto-. Erica, quiero que vuelvas a casa inmediatamente, ¡que tomes el próximo avión! – Se produjo una pausa.– Erica, ¿oíste lo que dije?

Erica se echó atrás el pelo. La orden de Richard tuvo en ella un efecto negativo. Richard no tenía derecho a darle órdenes, fueran cuales fuesen sus motivos.

–No estoy dispuesta a irme de Egipto -dijo con tranquilidad.

–Mira Erica, has demostrado lo que querías. No es necesario llevar las cosas más lejos, sobre todo si estás en peligro.

–No estoy en peligro -dijo Erica rotundamente-. ¿Y a qué te refieres con eso de la demostración?

–A tu independencia. Ya he comprendido. No es necesario que sigas.

–Richard, creo que no comprendes nada. No es tan simple. No estoy simulando. El antiguo Egipto significa mucho para mí. Desde que era una criatura, sueño con visitar las pirámides. Estoy aquí, porque quiero estar aquí.

–Bueno, pienso que estás actuando como una tonta.

–Francamente no creo que éste sea un tema apropiado para un llamado intercontinental. Sigues olvidando que, aparte de ser mujer, soy egiptóloga. He pasado ocho años de mi vida estudiando para recibirme, y mi carrera es vital para mí. Es importante para mí. –

Erica sintió que una vez más estaba furiosa con Richard.

–¿Es más importante todo eso que nuestra relación? – preguntó Richard con una mezcla de dolor y de enojo.

–Para mí la egiptología es tan importante como la medicina para ti.

–La medicina y la egiptología no pueden compararse.

–Por supuesto, pero lo que tú olvidas es que uno puede dedicarse a la egiptología con el mismo fervor con que tú te dedicas a la medicina.

Pero ahora no quiero seguir hablando de eso, y no estoy dispuesta a regresar a Boston. Todavía no.

–Entonces yo iré a Egipto -dijo Richard con tono magnánimo.

–No -contestó Erica simplemente.

–¿No?

–Eso es lo que dije: no. No vengas a Egipto. Por favor. Si quieres hacer algo por mí, llama a mi jefe, el doctor Herbert Lowery, y pídele que me telefonee en cuanto pueda. Aparentemente es mucho más fácil llamar a Egipto, que conseguir comunicarnos desde aquí con el exterior.

–Llamaré a Lowery con todo gusto, ¿pero estás segura de que no quieres que me reúna contigo? – preguntó Richard, atónito ante el rechazo que había sufrido.

–Estoy segura -contestó Erica, antes de despedirse y cortar la comunicación.

Cuando el teléfono volvió a llamar a las cuatro de la mañana, Erica no se sobresaltó tanto como se había sobresaltado con la llamada anterior. Sin embargo, tuvo miedo de que fuera Richard nuevamente, y dejó que el teléfono llamara varias veces mientras decidía exactamente lo que le diría. Pero no se trataba de Richard. Era el doctor Herbert Lowery quien llamaba.

–Erica, ¿estás bien?

–Muy bien, doctor Lowery. Perfectamente bien.

–Richard parecía muy preocupado cuando me llamó hace alrededor de una hora. Me dijo que querías que te llamara.

–Así es, doctor Lowery. Le explicaré -dijo Erica, sentándose en la cama para despertarse completamente-. Quería hablar con usted respecto de una cosa sorprendente, y me dijeron que es más fácil comunicarse con El Cairo que llamar desde aquí al exterior: ¿Richard le contó algo acerca de mi primer día en Egipto?

–No. Lo único que me dijo es que habías tenido algunos problemas.

Nada más.

–Problemas no es exactamente la palabra indicada -contestó Erica.

Rápidamente, le narró los acontecimientos del día. Y luego, tan detalladamente como su memoria se lo permitió, le describió la estatua de Seti I.

–¡Increíble! – exclamó el doctor Lowery cuando Erica terminó su descripción-. Casualmente, yo he visto la estatua de Houston. El hombre que la compró es indecentemente rico, y nos contrató a Leonard y a mí para que voláramos a Houston en su 707 para autenticarla. Ambos estuvimos de acuerdo en que es la estatua más

magnífica que haya sido hallada jamás en Egipto. Yo pensé que probablemente procedería de Abydos o de Luxor. El estado de la estatua era sorprendente. Costaba creer que hubiese estado enterrada durante tres mil años. De todos modos, la que tú describes, parece idéntica a la que yo vi.

–¿La estatua de Houston tiene jeroglíficos tallados en la base? –

inquirió Erica.

–Sí, por cierto -contestó el doctor Lowery-. Tenía una típica exhortación religiosa, pero también había un jeroglífico muy curioso tallado en la base.

–En la que yo vi, también -contestó Erica excitada.

–Era muy difícil de traducir -continuó Lowery-, pero decía algo como: "Que la paz eterna le sea concedida a Seti I, que gobernó después de Tutankamón".

–Qué fabuloso -dijo Erica-. La que yo vi, también tenía tallados los nombres de Seti I y de Tutankamón. Estaba segura de eso, ¡pero es tan extraño!

–Estoy de acuerdo en que no tiene sentido que aparezca el nombre de Tutankamón. En realidad, tanto Leonard como yo, dudamos acerca de la autenticidad de la estatua cuando comprobamos eso. Pero no cabía ninguna duda: era auténtica. ¿Notaste cuál de los nombres de Seti I había sido tallado?

–Creo que era el nombre que se asocia con el dios Osiris -dijo Erica-. Recuerdo que es el mismo que vi tallado en un escarabajo estupendamente falsificado. De todas maneras, doctor Lowery, ¿le sería posible conseguir una fotografía de los jeroglíficos de la estatua de Houston y mandármela?

–Estoy seguro que la conseguiré. Recuerdo al propietario, un tal Jeffrey Rice. Le interesará muchísimo saber que existe otra estatua como la suya, y creo que a cambio de la noticia cooperará conmigo.

–Es una pena que no se haya podido estudiar la estatua en el lugar donde fue encontrada -comentó Erica.

–Por cierto -dijo el doctor Lowery-. Ése es el problema real del mercado negro. ¡Los cazadores de tesoros destruyen tanta información!

–Yo conocía la existencia del mercado negro, pero nunca me di cuenta de la importancia que tenía -dijo Erica-. Realmente me gustaría

pode hacer algo al respecto.

–Ése es un objetivo maravilloso. Pero los riesgos son grandes y, como descubrió Abdul Hamdi demasiado tarde, se trata de un juego mortal.

Erica agradeció al doctor Lowery por haberla llamado, y le dijo que pronto se dirigiría a Luxor para comenzar a trabajar en las traducciones. El doctor Lowery le recomendó que tuviese cuidado, y le deseó que se divirtiera.

Al cortar la comunicación, Erica disfrutó de la excitación que sentía. Le hizo recordar el motivo por el que había estudiado egiptología, en primer lugar. Instalándose en la cama para dormir nuevamente, sintió renacer su entusiasmo inicial por el viaje.

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