La Flecha Plateada
9. Puercoespín contra ave: ¡Pelea!
Puercoespín contra ave:
¡Pelea!
El siguiente compartimento tenía más aves, dos tortugas, y un cuerpo largo y flexible y peludo, quizás de una comadreja o algo similar. Un gigantesco oso negro ocupaba el compartimento contiguo sólo para él. En el siguiente, estaba un tejón gordo, con rayas negras, el mismo que había visto antes, y una familia de zorrillos moteados, que eran pequeños pero parecía como si no le tuvieran miedo a absolutamente nada en el universo. También vio una hilera entera de murciélagos dormidos.
Los boletos tenían todos los destinos posibles: la Isla de Wight, el Desierto de la Baja Silesia, el Bosque de Bambú de Sagano… parecían lugares dispersos por todo el mundo. Kate se preguntó por qué viajarían hasta esos sitios, y cómo esperaban llegar en un tren de vapor, pero sintió que no podía hacer esa pregunta. Su tarea era perforar boletos, y eso fue lo que hizo.
Le recibió el boleto a una especie de gato grande… no era ni gato doméstico ni tampoco uno de los grandes felinos, sino una especie de tamaño intermedio. El pelaje lo tenía en parte moteado y en parte rayado, y de un color curioso: gris con un toque de verde oliva.
—Gracias —dijo el felino.
—De nada.
¿Sería un gato montés? ¿Un lince? Kate no había estudiado mucho sobre felinos.
—Fue muy valiente de tu parte arriesgarte a venir —anotó el gato o lo que fuera—, después de lo que sucedió la última vez.
Kate lo miró con curiosidad. ¿Sería una hembra? Así sonaba. Y si los animales iban a hablarle, más valía que ella aprendiera a distinguir qué eran, o a preguntarles. Quiso decirle que no era tan valiente, pues no sabía lo que había sucedido la vez anterior, o contestarle «¿Qué fue lo que dijo?», pero todavía tenía muchos boletos por revisar.
El último compartimento contenía más comadrejas (¿o serían visones o armiños?), que no podían dejar de perseguirse unas a otras. También había un enorme pavo salvaje, más murciélagos y una loba que parecía un demonio disfrazado de loba, pero quizá sería muy agradable cuando uno llegara a conocerla.
Y luego, Kate terminó. Tomó aire y se recostó contra la pared en el pasillo. ¡Puf! Eso había estado bien.
En ese preciso momento, una serie de chillidos y graznidos se oyeron desde un compartimento al final del pasillo. Kate corrió hacia allá, enderezándose la gorra. Un ave de color blanco impecable, con la cabeza negra y el pico anaranjado estaba trepada en la rejilla de equipaje, mirando enojada al otro ocupante de ese espacio, que era el puercoespín grande.
—¡Baja de ahí! —le dijo el puercoespín—. ¡Ahora mismo!
—¡No!
—¡Éste es mi compartimento, pajarraco desagradable!
—No veo por qué te incomoda mi presencia.
—Si no te bajas ahora mismo, me voy a parar en las patas traseras y…
—Los puercoespines no pueden pararse en las patas traseras —dijo el ave.
—¡Sí podemos! ¡Por unos instantes!
Pero no hizo la demostración.
—Mira —propuso el ave—, mejor acordemos que la rejilla del equipaje y la parte superior del respaldo de los asientos son mis dominios y…
—¿Y por qué no acordamos que tú te largues ahora mismo de mi compartimento o te atravieso con mis púas?
—¿Qué es lo que está sucediendo aquí? —intervino Kate.
Acababa de enterarse de que los animales podían hablar, y en este momento sólo quería que estos dos se callaran un minuto.
—Yo te explicaré lo que sucede —dijo el puercoespín—. Tengo un boleto especial que me garantiza mi propio compartimento privado, ¡y ahora esta gaviota comebasura no quiere marcharse!
El puercoespín exhibió orgullosamente su boleto, prendido al extremo de una de sus púas.
—Tu ignorancia te delata —contestó el ave—. No soy una gaviota, sino un charrán rosado.
—¡Pues bien por ti!
—Es bueno, sí, gracias. Y no comemos basura sino peces —se enderezó con toda la dignidad que puede esperarse en un charrán rosado—. Somos aves pescadoras.
Kate examinó minuciosamente el boleto del puercoespín.
—Aquí dice «si se encuentra disponible» —afirmó—. Eso quiere decir que tendrá su compartimento privado si hay uno libre. Pero me parece que no tenemos disponibles en este momento.
—¡Este compartimento podría estar vacío si sacaras a ese avechucho de aquí! —señaló el puercoespín.
—No hay otro lugar al que pueda cambiarse —dijo Kate con firmeza.
—Ponlo junto con los halcones.
—Los halcones cazan charranes —dijo el ave.
—Es el ciclo de la vida —se encogió de hombros el puercoespín.
—¡No! ¡Será el ciclo de la muerte!
Ambos animales miraron a Kate. Aunque fuera increíble, parecían estar a la espera de que ella zanjara la discusión.
Era el tipo de cosa que nadie jamás le había pedido que hiciera. Siempre había alguien más que se encargara: una maestra, un padre, cualquier adulto. Pero aquí sólo estaba ella. Debía pensar en algo.
Pero ¿qué?
—Tal vez —dijo finalmente al puercoespín—, tal vez estaría más cómodo en nuestro vagón-biblioteca.
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