La Flecha Plateada
13. La estación que no estaba
La estación
que no estaba
Cuando Kate llegó al vagón-comedor, le sorprendió encontrar allí a los demás animales del vagón-biblioteca, la gata pescadora, la serpiente verde y la garza, alrededor de una mesa, conversando como si se conocieran de siempre. Por lo visto, las había unido el asunto del bebé pangolín.
El pequeño estaba dormido en el nido que le construyeron con un tazón.
Le hablaban con ternura y se turnaban para acariciarlo.
—¿Todo en orden? —preguntó la garza.
—Sí, pero no gracias a ustedes —el puercoespín seguía impasible tras su confrontación con el jabalí. Kate supuso que trenzarse en una pelea era algo que bien podía sucederle a él todos los días—. ¿Cómo está el bebé?
—¡Perfectamente! ¡Es la cría más hermosa que haya visto, fuera de los polluelos de garza!
—¡Shhhhh! —siseó la serpiente—. Vas a despertarlo.
Kate se descubrió poniendo entre ella y la serpiente toda la distancia que la buena educación le permitía.
—¿Y cómo saben que es macho? —preguntó Kate.
Todos la miraron fijamente.
—Ella no sabría decirlo —siseó la serpiente.
—Debe ser una capacidad que tenemos los animales —dijo la garza.
—Los humanos somos animales —dijo Kate, un poco a la defensiva.
—Por supuesto —agregó la gata pescadora—, pero han pasado demasiado tiempo pretendiendo que no lo son, así que han perdido práctica.
La garza cambió de tema, con diplomacia:
—¿Saben si los bebés pangolines tienen algún otro nombre, como los lobatos o los oseznos?
—¿Cómo más iban a llamarse si ya llevan el diminutivo en su nombre, pangolín? —siseó la serpiente.
—Tal vez los adultos deberían llamarse «pangos» y las crías
«pangolines».
—Las crías de conejo se llaman «gazapos», ¡qué absurdo! —dijo el puercoespín con una mueca de desagrado—. No entiendo por qué los humanos creen que pueden nombrarlo todo. Ni siquiera lo saben hacer bien.
Las anguilas eléctricas, por ejemplo, ni siquiera son anguilas de verdad. ¡O
las mantarrayas! ¿Acaso algún humano pensaría en abrigarse en su cama con una de ésas encima?
—¿Y qué tal las besuconas? —dijo la serpiente—. No es que den besos,
¿cierto?
—Cierto, el nombre está desperdiciado en esas lagartijas… Habría que buscar otro animal que sea más besucón para honrar ese nombre —opinó la gata pescadora.
—No entiendo lo que sucedió —Kate todavía se sentía temblorosa—.
¿Quiénes eran esos animales?
—¿El jabalí y los demás? —preguntó el puercoespín—. Eran invasores.
—¿Y qué es lo que iban a invadir? ¿El tren?
Los animales cruzaron una mirada.
—Deja te explico —dijo la garza—. Cada animal tiene su lugar para vivir, y también un lugar dentro de la naturaleza. Cada uno de nosotros se alimenta de alguien más, y otro animal se alimenta de nosotros. No es que sea una idea muy bonita, pero es lo que mantiene todo en equilibrio.
»Sin embargo, a veces un animal deja su lugar en el mundo y se va a otro lado. A un sitio en el que no encaja. Suele suceder que entonces muere, porque el clima no es adecuado o porque no encuentra qué comer. Pero de vez en cuando tiene la suerte de encontrar un entorno en el cual hay abundancia de presas, y ausencia de depredadores que lo molesten. ¿Qué crees que sucede entonces?
—No sé —contestó Kate—. ¿Que engorda y vive tranquilo hasta que muere de viejo?
—¡Devora todo lo que encuentra a su paso! ¡Su población aumenta hasta que sólo quedan los suyos!
—¡Ah! ¿De manera que esos animales que trataban de colarse en el tren pretendían eso?
—Exacto.
—Eso no se hace —dijo la serpiente—. Espero que los hayas pinchado con tus púas.
—¡Debí haberlo hecho! —dijo el puercoespín.
—Pero algunos de esos animales… eran sólo estorninos —exclamó Kate—. Digo, ¡eran pajaritos!
Todos sisearon, gruñeron o graznaron, según correspondiera.
—Deja que te cuente algo sobre los estorninos —explicó el puercoespín
—. Eran originarios de Europa. Allí se supone que debían vivir. Pero entonces a alguien con la cabeza rellena de paja en lugar de sesos se le ocurrió que en Norteamérica debía haber todas las especies de aves que se mencionaban en las obras de Shakespeare.
—¿Quién es Shakespeare? —preguntó la gata pescadora.
—Pues parece una idea bastante bonita —opinó Kate.
—¡No! ¡No es ni buena ni bonita! ¡Fue una catástrofe! Ese tonto de remate liberó sesenta estorninos europeos en Nueva York, ellos naturalmente se aparearon y criaron sus polluelos, y ahora vuelan por todo el país. ¡Calculan que su número asciende a los doscientos millones!
—De acuerdo. ¿Y qué hay de esas ardillas? —preguntó Kate—. ¿Esas pequeñas ardillas grises y peludas?
—Con ésas pasó a la inversa —continuó el puercoespín—. Las ardillas grises provienen de Norteamérica. Pero un turista llevó unas cuantas a Inglaterra porque le pareció que se verían bonitas en sus tierras. ¡Lindas! Y
las ardillas grises se la pasan de maravilla en Inglaterra. Se comen a las aves, perforan los árboles, y prácticamente han llevado a la ardilla roja autóctona al borde de la extinción.
Kate pensó en todo aquello. No parecía que ninguno de los involucrados hubiera tenido malas intenciones, en realidad. Eran pequeños gestos. La idea de las aves de todas las obras de Shakespeare le seguía gustando. ¡Pero hay que ver lo que desencadenó! Ese equilibrio tan cuidadosamente logrado se había roto. ¿No sería posible enviar a los animales de regreso al lugar del cual venían y empezar todo de nuevo?, se preguntó. ¿Y hacerlo con más cuidado esta vez? Pero ¿cómo hacía uno para capturar doscientos millones de estorninos? Dudaba de ser capaz de agarrar siquiera uno.
O una ardilla. No había vuelta atrás. El equilibrio se había perdido para siempre.
Kate suspiró. En cualquier caso, podía mantenerlos fuera de su tren.
—¿Y qué hacen los demás animales aquí? —preguntó—. Los que sí tienen boletos, quiero decir. ¿Cómo consiguieron sus boletos?
—Ah, aparecen, así sin más —dijo la garza—. Encontré el mío en mi nido, cuando volvía de cazar.
—El mío estaba dentro de un pescado —dijo la gata—. Por poco me lo como.
—El mío colgaba de un árbol, como si fuera una hoja más —dijo la serpiente—. Aquel que se encargue de los trenes debe ser quien emite los boletos. O tal vez éstos aparecen solos.
—Pero ¿por qué? —preguntó Kate—. Me refiero a ¿por qué los necesitan? No son invasores, ¿cierto?
—Por supuesto que no —de pronto, la garza pareció extrañamente avergonzada—. Sólo estamos migrando. Algo así. Ya sabes que los animales migramos.
Hubo algo en el silencio que siguió que llevó a Kate a pensar que no estaba al tanto de buena parte de la historia. Pero el tren reducía su velocidad de nuevo.
—Muy bien —dijo—. Perdónenme, pero creo que debo atender la máquina.
Al recorrer los vagones de pasajeros para ir hacia la cabina, miró por la venta y se llevó un buen susto: el tren avanzaba por en medio del océano.
Kilómetros y kilómetros de olas grisáceas los rodeaban, sin tierra a la vista.
El aire era frío y sabía a sal. Kate se puso de nuevo su saco de maquinista, y fue a buscar su abrigo de invierno también.
El tren fue aminorando su paso hasta detenerse ahí, en pleno océano.
Miró alrededor, buscando una estación, pero sólo veía agua. Las olas golpeteaban contra las ruedas del tren. ¿Sería un error? ¿Tal vez habrían pasado de largo la plataforma? Se inclinó todo lo que pudo para asomarse y mirar hacia delante, y luego hacia atrás. Nada.
Un viento helado la despeinó. Podía ver la nubecilla que formaba su aliento.
¿Y sobre qué se apoyaban las vías del tren? Miró hacia abajo pero no pudo ver más que agua. ¿Pilotes? ¿Alguna cresta rocosa que corría bajo la superficie? Tuvo la misma sensación extraña que en la última parada…
había algo raro aquí.
Deberíamos seguir adelante, pensó. Cerró las puertas… pero en cuanto el tren empezó a moverse de nuevo, oyó un grito.
—¡Paren! —era Tom, en algún lugar más atrás en el tren—. ¡Esperen!
¡Paren el tren!
¿Y ahora qué? Kate pudo distinguir a Tom parado en el vagón abierto, tipo plataforma, agitando los brazos frenético y señalando algo en el agua.
Kate fue corriendo a reunirse con él.
Estaba agachado, mirando al agua por encima del borde del vagón, así que Kate siguió su mirada.
—Acabo de ver… —dijo—. Hace un momento.
—¿Qué?
Meneó la cabeza hacia ambos lados.
—No sé… era…
Algo grande y blanco surgió del agua. Kate estaba tan impactada que cayó de espaldas. Por unos momentos, estuvo segura de que se trataba de un enorme tiburón blanco que saltaba del agua para devorarlos de un solo bocado.
Pero eso no sucedió. No era un tiburón. Era una osa polar.
La pobre lucía exhausta, moviendo desesperadamente sus patas para mantener la negra nariz por encima del agua. Con sus últimas fuerzas, la osa se impulsó hacia arriba, para subir la cabeza y las patas delanteras al borde del vagón.
Kate y Tom la aferraron con ambas manos, dos puñados de pelaje denso, frío y mojado, y tiraron de ella con todas sus fuerzas. La osa se las arregló para subir una pata trasera al vagón, y Kate tiró de esa pata también.
Se esforzaron jalando y alzando, y durante un largo minuto pareció que la pobre osa no lo conseguiría, pero al fin logró rodar y deslizar pesadamente el resto de su cuerpo sobre la plataforma del vagón, entonces los tres se derrumbaron sin aliento.
A Kate le ardió la piel donde se había raspado con el borde de la plataforma. La osa estaba mojada hasta los huesos y, aunque era increíblemente pesada, parecía famélica y demacrada. Casi se traslucían sus costillas contra el pelaje. No se movía. Kate ni siquiera estaba segura de que siguiera con vida.
—En verdad, espero que tenga usted un boleto —le dijo.
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