La Flecha Plateada
19. El Lucero de la Tarde
El Lucero de la Tarde
Y entonces un día, cuando el tren atravesaba resoplando una planicie de matorrales tan uniforme que parecía que alguien la había trazado con una regleta, y el pequeño pangolín había comenzado ya a comer trocitos de hamburguesa sin asar en el vagón-comedor (cosa que los enorgullecía a todos), Kate recorrió los vagones de pasajeros y observó que parecían más vacíos que de costumbre. Cada vez abordaban menos animales, y eran más los que bajaban.
Unos cuantos días después, sólo quedaban los animales de la biblioteca: la gata pescadora, la garza de pecho blanco, la mamba verde y el puercoespín.
Además de la osa polar. Y el bebé pangolín. En ese momento comenzó lo que, de cierta manera, sería la parte más difícil de todo el viaje.
Atravesaron un desierto helado, kilómetro tras kilómetro de arena yerma y dunas cubiertas con franjas de escarcha y nieve, como rayas en la piel de un tigre. Le tomó días al tren cruzar toda esa región, resoplando. La nevada como polvo seco y la arena susurraban contra las ventanas cuando el viento soplaba. El puercoespín se mostraba más gruñón que de costumbre y se quejaba de que no le permitían pasar el mismo tiempo que a los demás con el bebé pangolín. En un momento determinado, llegaron a un túnel con el letrero: PELIGRO. ZONA DE DERRUMBES. Así que Kate y Tom tuvieron que utilizar una vieja vagoneta de manivela para avanzar al frente del tren a lo largo de todo el túnel para asegurarse de que las vías estuvieran despejadas.
En otro punto, La Flecha Plateada casi se quedó sin agua, hasta que Tom recordó que tenían todo el contenido de la piscina a su disposición.
Por las noches, se turnaban para vigilar la locomotora, sólo uno dormía en su cómoda litera en el vagón-dormitorio a la vez. Estaban atentos a curvas peligrosas, señales de alerta, pendientes pronunciadas y cualquier cosa que pudiera bloquear las vías. Más de una vez tuvieron que detenerse para despejar con una pala los montones de arena arrastrada por el viento.
Tantos días transcurrieron que Kate empezó a preguntarse cuánto tiempo más podría soportar sin descanso. Tenía ojeras oscuras bajo la mirada, y cuando cerraba los ojos sólo veía los rieles que pasaban junto a ella. Estaba tan cansada que se tropezaba con la tubería de bronce caliente y se quemaba. Al mismo tiempo, el frío que irradiaba el desierto iba extendiéndose por todo el tren, hasta el punto de que podían ver las nubecitas que formaba su respiración. Ni siquiera cuando se acurrucaba junto a la caja de combustión, sentía calor a su alrededor.
¿Dónde estoy? , pensó. ¿Qué estoy haciendo aquí? Le parecía que había estado en La Flecha Plateada desde siempre. Era una de esas aventuras en las que se embarca una vez en la vida, pero también implicaba muchísimo trabajo. Y ya se había prolongado demasiado tiempo.
Una mañana muy temprano, en esa hora quieta y gélida justo antes del amanecer, el tren disminuyó la marcha. Kate miró por la ventana, pero no arribaban a una estación.
Clic-bing.
MIRA AL FRENTE
Kate bostezó, se estiró y asomó la cabeza por la ventana. Ya veía a qué se refería la máquina.
—¿Y eso qué es?
A MÍ TAMBIÉN ME GUSTARÍA SABERLO
No era fácil verlo con claridad, pero más adelante en medio de la oscuridad parecía que el terreno se precipitaba en un descenso vertical. Sin embargo, la vía no se detenía ahí, sino que seguía adelante, al frente, en el aire.
Kate se bajó del tren y caminó un poco hacia delante, en el resplandor de la luz frontal de la locomotora. Al principio las vías corrían rectas pero, a medida que sus ojos se acostumbraron a la negrura, vio que más allá se curvaban hacia arriba, como los rieles de una montaña rusa, cada vez más inclinados, hasta que se perdían en el cielo cubierto de nubes oscuras.
Kate se mordió el labio mientras pensaba. Caminó de regreso al convoy.
—¿Cómo vamos a subir esa pendiente? —dijo—. No puedes trepar eso,
¿cierto?
NO
Kate lo pensó algún tiempo.
—¿Hay otro camino? —preguntó.
CREO QUE NO
—¿Puedes moverte en reversa?
SÍ
Luego de esta respuesta admirablemente breve, el tren comenzó una perorata bastante larga sobre las maravillas del mecanismo de reversa y algo llamado distribución de válvula de Walschaerts, inventada por el heroico, pero poco conocido ingeniero belga Egide Walschaerts (1820-1901), que consiguió que fuera más sencillo que las máquinas de vapor pudieran desplazarse en reversa. Pero voy a omitir esa parte.
—Tal vez deberíamos regresar —dijo Kate.
TAL VEZ
Kate no añadió nada. Se llevó las manos heladas al rostro. Estaba tan cansada y sentía tanto frío. No podía pensar en otra cosa que en correr a casa, arrojarse en su vieja cama y dormir durante una semana completa.
Pero eso implicaría abandonar su trabajo, que era llevar a estos animales a su destino. Y es que ya no eran simples animales, eran sus amigos.
Pero ¿qué más podía hacer? Era imposible. Estaba fuera de sus manos.
La idea de darse por vencida y renunciar la llenaba de tristeza, pero también le producía infinito alivio, por más que no le gustara reconocerlo. Quizás este trabajo era demasiado para ella. Al fin y al cabo, tenía apenas once años.
—No quisiera darme por vencida —dijo al fin. Su voz sonó hueca. En el fondo, sí quería.
NADIE TE CULPARÍA POR HACERLO
—¿Podría conservar las gafas? —su voz se oía con timidez—. ¿Los anteojos de Grace Hopper? ¿Incluso si no cumplo con mi misión?
PODRÍAS
Pero no habría conducido hasta el final. Eso la incomodaba. Era algo que la antigua Kate hubiera hecho, la Kate previa a que todo esto sucediera.
Estar en el tren le había enseñado a responsabilizarse por las cosas, no sólo
las de juego, sino las serias. Pero había algunas que le resultaban simple y sencillamente imposibles. Eso también era cierto.
¿POR QUÉ NO CAMINAS UN POCO?
—¿Y eso de que serviría?
NI ME PREGUNTES, NI SIQUIERA TENGO PIERNAS
PERO LOS HUMANOS SUELEN HACERLO
CUANDO NECESITAN ALGO DE INSPIRACIÓN
Salió a caminar. Al menos serviría para ayudarla a entrar en calor.
No bajó del tren. En vez de eso, hizo algo que todos hemos querido hacer, pero que casi nadie consigue en realidad: caminar sobre el techo de los vagones a lo largo de toda la extensión del convoy. Cuando uno viaja en tren, puede ver con claridad las escaleras que llevan al techo de cada vagón pero, por alguna razón absurda, nadie tiene permitido subir por esas escaleras, a excepción de los conductores y los que se enfrentan a golpes y puñetazos en las películas de acción.
Ésta era su oportunidad. Trepó por una escalera al techo de un vagón de pasajeros, y ahí comenzó. No era difícil: el techo tenía unos tres metros de ancho, y se curvaba ligeramente hacia arriba en la parte central. El espacio entre los vagones era lo suficientemente amplio para que su corazón se acelerara levemente al brincarlo. Se preguntó si podría hacerlo también con el tren en movimiento. Sería increíble, ¿cierto?
Pero estaba yéndose por las ramas. Eso era algo que los animales nunca hacían, según había notado. Las personas miraban a los animales como seres inferiores, pero los animales no ponían excusas ni sentían lástima de sí. Nunca se les pasaría por la mente algo semejante. Siempre enfrentaban los problemas ante ellos.
Recorrió todo el tren hasta el furgón de cola, que nunca antes había visitado. Estaba pintado de rojo, y adentro había una pequeña estufa, literas y un escritorio. Era como una casa club. En la parte trasera había un balcón en el que uno podía sentarse a mirar los rieles que se alejaban. Tomó nota mental, para regresar en otro momento. Pero recordó que tal vez ese momento nunca llegara.
Fue cuando regresaba al frente que vio otro par de rieles oxidados, que corrían por entre la hierba hacia una arboleda. Lucían tan viejos y corroídos como los que había visto a espaldas de su casa. Se bajó del tren y los siguió.
El frío no menguaba, pero al menos el sol ya se estaba asomando. Kate continuó caminando sobre las gruesas maderas de los durmientes hasta llegar a la arboleda.
Aunque no logró encontrar inspiración allí, sí dio con otra locomotora de vapor.
Yacía abandonada en un apartadero, que Kate ahora sabía era el nombre que se le daba a un tramo de vía que se usaba para estacionar los trenes que no estaban en movimiento y así dejar paso libre para otras locomotoras.
Nadie había puesto en marcha esta máquina de vapor en mucho tiempo.
La pintura se había descascarado, y el óxido le había conferido un color rojo ladrillo a toda la locomotora. En algunos puntos, había carcomido el metal y era posible ver el interior de la enorme caldera, donde antes solía estar el vapor. Todos los vidrios de las ventanas habían desaparecido. El pasto y la maleza habían crecido a través de las oxidadas ruedas, que ya nunca volverían a rodar.
Algún día había sido una máquina tan rápida, flamante y potente como La Flecha Plateada. Había resoplado por las vías, soltando nubes de vapor y tirando de largas hileras de vagones. Pero esos buenos tiempos habían quedado atrás. Era imposible reparar esta locomotora. Ya no tenía remedio.
Pero todavía podía entreverse su nombre, en pintura muy descolorida: EL LUCERO DE LA TARDE
Kate estiró un brazo para tocar el metal herrumbroso y corroído.
—Lo siento, Lucero de la Tarde —dijo—. Estoy segura de que eras una maravillosa locomotora.
Así que era esto… esto era lo que el tío Herbert le había dicho que buscara con atención. Bueno, lo había encontrado. No era un lucero ni una estrella real, sino el nombre de una locomotora. Se preguntó quién la habría dejado allí. ¿Sabrían que descansaría allí por siempre cuando la abandonaron? ¿Le habrían dicho que volverían, pero luego jamás regresaron? Un petirrojo salió aleteando por la ventana, hacia el aire que iba aclarándose. Kate pensó que debía haber construido allí su nido. Así que al menos había pájaros que le hacían compañía.
Kate emprendió el camino de regreso a La Flecha Plateada con la cabeza repleta de pensamientos.
—Encontré algo —dijo—. Una vieja máquina llamada El Lucero de la Tarde.
OH
—¿Has oído hablar de ella?
ÉSE ERA EL NOMBRE DEL TREN QUE ME ANTECEDIÓ
EL QUE NO REGRESÓ
Así que eso era lo que le había sucedido.
—Aquí debió ser hasta donde logró llegar.
DEBIÓ HABERSE AVERIADO AQUÍ
Y SUS CONDUCTORES SE DIERON POR VENCIDOS
Y REGRESARON A CASA
—¡Oh! ¿Y qué les habrá sucedido?
NADA
AHÍ TERMINÓ SU AVENTURA
—¿Y qué sería de los animales?
SUPONGO QUE TUVIERON QUE VALERSE POR SÍ MISMOS
NO DEBIÓ SER FÁCIL, PERO ESTÁN
ACOSTUMBRADOS A HACERLO
Kate no habló más durante un tiempo. Se sentó y miró a su alrededor en la cabina de La Flecha Plateada, que le había parecido tan extraña la primera vez que la vio y que ahora le resultaba como un segundo hogar. Se la imaginó envejecida, oxidada y estropeada como el Lucero de la Tarde.
Inmóvil, a merced del viento, la lluvia y la nieve, sola y abandonada.
—Jamás te dejaría aquí —dijo en voz baja. Pero La Flecha Plateada no respondió. Quizá no le creyó. Tal vez hacía bien en no hacerlo.
Kate no podía retroceder, pero tampoco sabía cómo continuar. Sabía que no debía darse por vencida, pero cuando la gente dice que uno debe seguir hasta el final, nunca habla de lo difícil que será. Quizá parte de ser una aventurera era reconocer cuándo la aventura termina. Tal vez ésa era otra lección de vida que debía aprender.
Pero luego pensó en los animales. Y en La Flecha Plateada. Cerró los ojos y dejó salir una lágrima. Recorrió el tren hasta el vagón-biblioteca, enjugándola.
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